Título: La PSOE organiza un autobús del IMSERSO para charos y perroflautas con el lema No a la Guerra
Capítulo 1: El billete de ida sin vuelta
Me llamo Ramiro Castaño, pero en el barrio me conocen como el Cínico. Cuarenta y siete años, dos divorcios, un hígado que pide clemencia y una pistola que ya no disparo porque cuesta más balas que respuestas. Aquella mañana de marzo, con el cielo de Madrid gris como un informe de Hacienda, entró en mi despacho una mujer que olía a pachuli y a decepción. Se llamaba Lola, madre de un perroflauta de veintiocho años que se hacía llamar “Kike Libertad”.
—Mi hijo iba en ese autobús del “No a la Guerra” —dijo, dejando caer una foto arrugada sobre la mesa—. Salió vivo del COVID, de tres desahucios y de una novia que se fugó con un youtuber de OnlyFans. Y ahora está muerto. Dicen que fue un infarto. Yo digo que fue el PSOE.
La foto mostraba a un chaval con rastas, banderita arcoíris y una camiseta que ponía “Paz o muerte, pero con WiFi gratis”. Detrás, un autobús amarillo con el logo del IMSERSO repintado a toda prisa y un cartel enorme: “No a la Guerra. Excursión solidaria con merienda incluida”. PSOE había contratado la flota entera. Precio por cabeza: treinta euros. Incluía bocata de calamares, peluca violeta opcional y selfie con el diputado de turno.
Cogí el caso. No por dinero —Lola solo tenía un vale de Mercadona—, sino porque el cinismo es mi religión y aquella historia olía a podrido desde el primer kilómetro.
Capítulo 2: La yaya con espray de pimienta
El conductor se llamaba Paco “Volando Voy”. Ex taxista, ex militante del PSOE de la rama “yo solo quiero el carnet para el paro”. Me recogió en la plaza de Leganés a las diez de la mañana. El autobús parecía un geriátrico infiltrado en un festival de Coachella. Delante, doce yayas con pelucas violetas y serpentinas. Detrás, charos con cadenas de oro y chonis con uñas de gel que gritaban “¡No pasarán… pero si pasáis, traednos selfies!”. En medio, perroflautas con perros que olían peor que la ética del partido.
—Esto no es una manifestación, es un IMSERSO woke —me soltó Paco mientras metía segunda y subía Camarón a todo trapo—. El PSOE paga el gasóleo, la merienda y hasta el espray de pimienta “por si hay polis fachas”. La orden vino de Ferraz: “Haced bulto, que las fotos salgan en Telemadrid y La Sexta”.
Le pregunté por Kike Libertad. Paco se rio con esa risa de quien ha visto demasiado.
—El chaval se puso pesado en la parada de Benidorm. Dijo que había visto papeles en la guantera. Algo de “fondos de solidaridad” que acababan en cuentas de Andorra. Luego se mareó. O alguien le mareó.
La yaya más antigua, doña Remedios, ochenta y tres años y un DNI que había votado PSOE desde Felipe, me ofreció un bocata de calamares.
—Toma, hijo, que la guerra da hambre. Yo vine por el viaje gratis. Mi marido murió en el 78 y desde entonces solo viajo si me dan merienda.
Le pregunté si había visto algo raro. Ella se ajustó la peluca violeta y susurró:
—Vi al diputado Rubén Torres meter un sobre en la mochila del perroflauta. Y luego el chaval empezó a toser sangre. Pero yo no digo nada, que tengo la pensión mínima y el PSOE me la sube dos euros al año.
Capítulo 3: El bocata envenenado
Llegamos a la “manifestación” en Sol a las doce. No era una protesta, era una verbena. Pancartas de “No a la Guerra” hechas en Canva, un escenario con reggaetón versión pacifista y un catering de bocadillos que olía a subvención. Los charos bailaban sevillanas con la bandera de Palestina. Las chonis se hacían TikToks con filtro arcoíris. Los perroflautas fumaban porros legales y gritaban “¡El pueblo unido… pero que no se levante antes de las once!”.
Encontré la mochila de Kike en un contenedor. Dentro: un pendrive y un sobre con diez mil euros en billetes usados. El pendrive tenía un Excel: “Operación Autobús Solidario”. Fondos europeos para “asistencia humanitaria” que acababan en cuentas de un concejal de Alicante y, sorpresa, en un chalet de Marbella a nombre de la mujer del diputado Torres.
Kike había descubierto que el “No a la Guerra” era un lavado de dinero. La guerra real daba igual —Ucrania, Gaza, la que tocara esa semana—. Lo importante era el autobús: treinta euros por cabeza, cuatrocientas plazas, doce viajes al mes. Multiplicad. Y nadie preguntaba adónde iba el dinero después de la foto.
Me comí un bocata de calamares por pura investigación. Sabía a traición y a mayonesa rancia.
Capítulo 4: El perroflauta que no llegó a Torrevieja
Volví al autobús por la tarde. El cuerpo de Kike ya estaba en el tanatorio, pero su perro —un galgo sarnoso llamado “Anarquía”— seguía atado al asiento 14. Paco me dejó subir.
—Nadie quiere al chucho. Dicen que trae mala suerte.
El galgo me miró como si supiera que yo era el último idiota que intentaría arreglar algo. En el asiento encontré una nota garabateada: “Torres me prometió que la guerra era mentira. Que todo era para la foto. Pero el dinero era real. Y yo ya no soy real”.
Llamé a Lola. Lloró. Luego me dijo que su hijo había recibido una llamada del diputado la noche anterior: “Ven al viaje, Kike, que te presento a los de la Internacional Socialista. Y trae la cámara, que esto sale en el telediario”.
La Internacional Socialista resultó ser un chalet con piscina y tres rusos que hablaban de “exportaciones especiales” mientras las yayas cantaban “Volando voy”.
Capítulo 5: La peluca violeta y la bala perdida
Doña Remedios me citó en un bar de Lavapiés. Pidió un carajillo y se quitó la peluca. Debajo tenía el pelo blanco y una cicatriz de cuando Franco aún mandaba.
—El diputado Torres vino anoche a mi casa. Me dio quinientos euros y me dijo: “Abuela, usted no vio nada. Esto es por la paz”. Yo le contesté que la paz me la suda, que yo vine por el bocata y por joder al PP. Pero luego vi cómo metía algo en el bocata de Kike. Un polvito blanco. Dijo que era “vitamina para la manifestación”.
Saqué la pistola por primera vez en tres años. No disparé. Solo la enseñé. Doña Remedios sonrió con dientes postizos.
—Hijo, si vas a matar a alguien, hazlo antes de que el PSOE organice otro viaje. Porque el siguiente es a Eurodisney con lema “No al cambio climático” y merienda vegana.
Aquella noche seguí a Torres hasta un garaje en Vallecas. Allí cargaban cajas en otro autobús. En las cajas ponía “Material humanitario”. Dentro: sobres con dinero, pasaportes falsos y, en una nevera, paquetes pequeños etiquetados “Calamares especiales”.
Capítulo 6: El conductor que cantaba Camarón mientras moría
Paco “Volando Voy” me esperaba en la gasolinera de la A-3. Tenía un ojo morado y la camisa manchada de sangre que no era suya.
—Me han ofrecido cincuenta mil por callarme. O una bala por hablar. Elegí la bala, pero fallaron. Ahora quiero que lo publiques todo, Cínico. Que sepan que el PSOE no organiza manifestaciones. Organiza excursiones con cadáveres incluidos.
Me dio un USB extra. Tenía grabaciones: Torres hablando con un ministro, riéndose de “esos pringados que creen que cantando en Sol paramos las guerras”. También tenía un vídeo de Kike ahogándose mientras Torres le sujetaba el hombro y le decía “tranquilo, chaval, es por la causa”.
Paco arrancó el autobús por última vez. Puso Camarón a todo volumen. “Volando voy…”. Y se largó hacia Alicante. Nunca llegó. Al día siguiente encontraron el vehículo volcado en una cuneta. Oficialmente: fallo mecánico. Extraoficialmente: dos tiros en la nuca y el lema “No a la Guerra” borrado con pintura negra.
Capítulo 7: La selfie final
Cogí a Torres en su chalet de Marbella. Estaba bronceado, con una copa de vino y una choni de veintidós años que le hacía fotos para Instagram. Le puse la pistola en la sien mientras doña Remedios grababa con su móvil (sí, la yaya tenía TikTok).
—Esto no es por Kike —le dije—. Es por todas las yayas que vinieron creyendo que iban de excursión y volvieron con un hijo menos. Es por los perroflautas que pensaron que bailando paraban tanques. Es por España, que se cree que las guerras se paran con serpentinas.
Torres sonrió con esa sonrisa de político que sabe que mañana sale en los periódicos como “víctima de un loco”.
—Ramiro, esto es política. La gente necesita espectáculo. Nosotros les damos autobús, merienda y un enemigo. Ellos nos dan votos. ¿Quieres unirte? Te pongo en la lista para las europeas.
Le pegué un puñetazo. No por heroísmo. Por asco. La choni gritó. Doña Remedios subió el vídeo a TikTok con el hashtag #NoALaGuerraPeroConBocata. En dos horas tenía tres millones de views. Al día siguiente, el PSOE emitió un comunicado: “Condenamos la violencia y organizamos un nuevo viaje solidario a Benidorm. Precio especial para jubilados y activistas”.
Epílogo: El sofá sigue caliente
Escribo esto desde un bar de Lavapiés que huele a cerveza barata y a derrota. Doña Remedios viene cada jueves. Ahora lleva una peluca verde porque “el cambio climático también necesita color”. Paco “Volando Voy” está en un ataúd de pino barato con una corona que pone “Gracias por el viaje”. Kike Libertad tiene una placa en Sol que nadie lee. Y Torres sigue en Marbella, con un escaño nuevo y una sonrisa que no se borra ni con lejía.
La guerra —la que sea esta semana— sigue. El autobús vuelve a salir el sábado. Esta vez el lema es “No al fascismo”. Incluye paella colectiva y selfie con filtro de paz mundial.
Yo me pido otro gin-tonic. El camarero me pregunta si voy a la manifestación.
—No —le contesto—. Voy a quedarme aquí. Total, el sofá está caliente y Netflix tiene una serie nueva sobre corruptos.
Porque en España las guerras se ganan o se pierden, pero las manifestaciones siempre se ganan con un bocata de calamares y una peluca violeta.
Y el PSOE… el PSOE sigue organizando el viaje.
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