¿Trabajar? ¿Para qué? Mejor okupar, robar y vivir de ayudas y subvenciones progresistas según DeepSeek
¿Trabajar? ¿Para qué? Mejor okupar, robar y vivir de ayudas y subvenciones progresistas
Capítulo 1: Los números de la desesperanza
Marcos tenía veinticinco años y una licenciatura en Filosofía que solo servía para limpiar el polvo en el estante de su antigua habitación en casa de sus padres. Sentado en un banco del parque, con la pantalla del móvil iluminándole el rostro pálido, repasaba los cálculos por enésima vez. Los había copiado de un foro oscuro de internet, donde los desencantados como él vomitaban estadísticas como balas.
«Esperanza de vida: hombres 81,38 años. Jubilación a los 65. 16,38 años cobrando. 229 pagas.» Marcos mascullaba los números. «Ellas, 301 pagas. Un 25% más. Y yo, mientras, partiéndome la espalda por menos de mil doscientos euros limpios en una cadena de montaje de muebles modulares. De los cuales, según este tío, más de la mitad se va directo a pagar pensiones de viejos que ni conozco. Viejos que compraron pisos por dos duros y ahora viven en la playa.»
Respiró hondo. El aire olía a contaminación y a resignación. Delante de él pasó una mujer mayor, elegantemente vestida, tirando de un carrito de la compra de una marca cara. «Probablemente una jubilada de esas que cobra más que yo», pensó, con un rencor que le sorprendió por su intensidad. Luego pasó un chico de su edad, con chaleco reflectante de repartidor, sudando bajo el sol de junio. Esclavos. Todos esclavos de un sistema que te prometía futuro a cambio de tu presente, y luego te escupía cuando ya no tenías fuerza para dar más.
Los cálculos posteriores eran los que realmente le habían hecho clic. Los 1.800 euros de gastos fijos de supervivencia. El alquiler, una sangría. La comida, cada vez más cara. El transporte, otra mordida. Trabajando ocho horas, cinco días a la semana, cincuenta semanas al año, para llegar justo a fin de mes, sin poder ahorrar, sin poder planificar, sintiendo cómo los años se le escapaban entre los dedos como arena sucia.
Y luego estaba la otra columna de cálculos. La del «qué pasaría si». Si dijera «basta». Si se declarara vulnerable. Si encontrara una puerta en un edificio vacío y diera una patada. Si conociera a ese tal Pablo, el voluntario del Banco de Alimentos que siempre repartía paquetes en el barrio y parecía un buen tipo. Si perdiera el miedo a colarse en el metro. Si solicitara todas y cada una de las ayudas que ofrecían: la Renta de Inserción Social, el bono de transporte joven, las subvenciones para «colectivos en riesgo de exclusión». Sumando todo, según el foro, podías rozar los mil euros sin levantar un dedo. Mil euros para ver Netflix, pedir Telepizza y esperar a que el mundo se fuera definitivamente a la mierda.
Marcos cerró la aplicación de la calculadora. No era un plan. Era una rendición. Pero, ¿acaso no se había rendido ya el mundo con él? Se levantó del banco. Tenía que estar en la fábrica en media hora. Por primera vez, la idea de pisar aquel lugar le produjo náuseas físicas.
Mientras caminaba hacia la parada del autobús, pasó frente a un bloque de pisos de los años setenta. En la planta baja, un local comercial con las persianas echadas, oxidadas. Pegado en la puerta, un cartel de «SE VENDE» medio arrancado. Una ventana rota, tapada con un cartón. Miró a su alrededor. La calle estaba desierta a esa hora de la tarde. Un hormigueo extraño, mezcla de pánico y excitación, le recorrió la espina dorsal.
No subió al autobús. Se quedó allí, mirando la ventana rota. La primera patada al sistema no sería metafórica.
Capítulo 2: La puerta rota
La madera estaba podrida en los bordes. La primera patada fue tímida, casi una prueba. La segunda, cargada con toda la rabia acumulada de meses de turnos de noche y jefes gritones, hizo saltar el cerrojo con un crujido satisfactorio. El corazón le latía con fuerza, pero no era solo miedo. Era una especie de liberación eléctrica, como romper un cristal gigante que hubiera estado delante de él toda la vida.
El local olía a polvo, humedad y abandono. Unos treinta metros cuadrados, con un baño minúsculo y sucio en el fondo. Luz no había, pero el sol de la tarde se colaba por la ventana rota. No era la Riviéra, pero era suyo. O mejor dicho, no era de nadie. Pronto sería suyo por derecho de okupación. Había leído las historias en los periódicos: procesos de desahucio que tardaban años, ayudas municipales para realojar a los «ocupantes de buena fe», políticas progresistas de «derecho a la vivienda» que, en la práctica, significaba que si te instalabas, eras intocable.
Pasó la primera noche en el suelo, envuelto en una manta que había traído de casa de sus padres junto con una mochila con algo de ropa. No se lo había dicho a nadie. Era su acto de rebelión privada. Escuchó los ruidos de la calle, los coches, alguna sirena lejana. Por primera vez en años, durmió sin poner la alarma.
A la mañana siguiente, empezó el plan. Lo primero era hacerse «vulnerable». Fue al centro de servicios sociales con su mejor cara de desamparo. Contó una historia tejida con medias verdades: desahucio por impago (su casero había subido el alquiler, casi contaba como desahucio), trabajo precario perdido (eso era cierto), falta de red familiar (sus padres vivían, pero estaban hartos de mantenerle, otra media verdad). La trabajadora social, una mujer cansada de unos cincuenta años, le miró con una mezcla de escepticismo y resignación.
«Tendrá que presentar la solicitud de la Renta de Inserción. Y el informe de empadronamiento.» Marcos asintió, ya había investigado eso. «Para empadronarme necesito un contrato de alquiler o una factura de luz.»
«En mi situación… es complicado», dijo él, bajando la mirada.
La trabajadora suspiró. «Hay una vía para situaciones de extrema urgencia. Una declaración jurada y un informe de los servicios sociales previo a la inscripción. Pero tiene que demostrar que vive realmente en esa dirección. Un vecino que le avale, algo.»
Marcos salió del centro con un montón de papeles y la sensación de estar atravesando un laberinto burocrático diseñado para desanimar. Pero él tenía tiempo. Todo el tiempo del mundo.
El siguiente paso fue Pablo. Lo encontró repartiendo leche y legumbres en una plaza cercana a su nuevo «hogar». Se acercó con humildad.
«Hola. ¿Es posible… conseguir ayuda? Acabo de… quedarme sin nada.»
Pablo, un tipo de barba canosa y sonrisa fácil, le escrutó. «¿Primera vez?»
Marcos asintió.
«¿Documentación?»
Se la dio. Pablo la miró, anotó algo en una tablet. «Volveré a verte por aquí. Trae una bolsa. Y no abuses, que hay mucha gente necesitada.»
Necesitada. La palabra resonó en la cabeza de Marcos. ¿Lo era él? Tenía estudios, salud, fuerza. Pero el sistema le decía que no era suficiente. Que su fuerza, su salud, su juventud, eran para mantener a otros. Muy bien. Jugaría a ser necesitado.
Consiguió dos vecinos que, a cambio de un billete de veinte euros cada uno, firmaron un papel avalando que vivía en el local. No preguntaron por qué. En ese barrio, la ley del silencio era más fuerte que la del estado.
En un mes, tenía el empadronamiento. En dos, la solicitud de la Renta de Inserción en trámite. Y mientras, vivía. Comía de los paquetes del Banco de Alimentos: legumbres, pasta, latas de atún. Aprendió a colarse en el metro observando a otros: un salto ágil por encima del torno en un momento de aglomeración. El primer día, el sudor le empapó la camiseta. A la semana, lo hacía con una sonrisa cínica. Era un impuesto revolucionario, se decía. Una devolución de lo que le robaban a él.
Por las noches, en la penumbra de su local, iluminado por una vela robada de un bazar, hacía sus cálculos en una libreta. «Alquiler: 0. Comida: 0. Transporte: 0. Ayudas estimadas: 480€ de la RIS + 150€ bono transporte + posible ayuda municipal de emergencia de 300€. Total: 930€.» No eran mil, pero estaba cerca. Y no trabajaba. Leía libros de la biblioteca pública, vagaba por la ciudad, dormía siestas largas. Una paz extraña, vacía, empezó a asentarse en él. Había cruzado un umbral. Ya no era un joven con futuro incierto. Era un parásito del sistema. Y el sistema, sorprendentemente, no solo no le aplastaba, sino que empezaba a darle de comer.
Capítulo 3: La tribu de los náufragos
Marcos no estaba solo. Lo descubrió una tarde de lluvia, refugiándose bajo el dintel de una tienda cerrada. A su lado, un hombre mayor, con un abrigo raído y una bolsa de plástico llena de latas, le ofreció un cigarrillo.
«No, gracias.»
«Tranquilo, chaval. No muerdo. Te he visto por el barrio. En el local de la esquina, ¿no?»
Marcos se puso en guardia. El hombre, que dijo llamarse Rogelio, soltó una carcajada seca. «Tranquilo. No soy de la poli. Soy de los tuyos. De los que vemos los números.»
Rogelio resultó ser un antiguo administrativo, licenciado en Derecho, que había «tirado la toalla» diez años atrás. Vivía en una habitación okupada en un piso compartido con otras tres personas en situaciones similares. «Somos la resistencia pasiva», decía, con un punto de grandilocuencia trágica. «El sistema se basa en que todos rememos. Nosotros hemos soltado los remos. ¿Que el barco se hunde? Mejor aprender a nadar en el fango.»
A través de Rogelio, Marcos conoció a la «tribu». No era una organización, sino una red difusa de desencantados, supervivientes y cínicos profesionales. Estaba Lucía, una mujer de cuarenta años que había sido periodista y ahora vivía de escribir contenidos fantasma para blogs de ayuda social mientras cobraba un subsidio por «cuidadora no profesional» de una tía lejana que vivía en otra provincia. Estaba «El Filósofo», un tipo en los cincuenta que nunca había cotizado un día y discutía sobre la teoría del valor-trabajo de Marx mientras hacía cola para la sopa bíblica. Y estaba Nora. Sobre todo, estaba Nora.
Nora tenía veintiocho años, pelo teñido de azul y una mirada que perforaba. Había estudiado Bellas Artes y su arte consistía ahora en pintar grafitis políticos en muros abandonados. Vivía en una nave industrial okupada en las afueras, que había convertido en un loft ilegal lleno de cuadros furiosos y libros anarquistas. Cobraba una beca de «creación joven» del ayuntamiento, una ayuda para «artistas en situación de precariedad».
«Lo tienes todo por delante, Marcos», le dijo la primera noche que fueron a su nave, compartiendo una botella de vino barato. «Has visto la mentira. La gran mentira del ‘esfuerzo y el progreso’. Nos han vendido que éramos especiales, que con un título y currando duro llegaríamos lejos. Y lo único que hemos hecho es financiar la segunda residencia en la costa de un baby boomer que se jubiló a los sesenta.»
Marcos se sentía comprendido por primera vez. Con Nora, los cálculos fríos se convertían en consignas fogosas. Hablaban de la esperanza de vida como un arma de desigualdad. «¿Ves? Hasta en la muerte nos joden», decía ella. «Ellas viven más, cobran más años, y encima se jubilan antes en algunos países. ¿Y nos llaman a nosotros privilegiados?»
Nora le enseñó los trucos avanzados. Cómo solicitar la ayuda de «pago único» por «riesgo de exclusión social extrema». Cómo conseguir una tarjeta de transporte para «personas con discapacidad» (un amigo médico les extendía informes ambiguos por un porcentaje). Cómo entrar en los programas municipales de «rehabilitación de viviendas vacías» que, en la práctica, legalizaban tu okupación a cambio de reformar el lugar con materiales subvencionados.
Marcos se convirtió en un alumno aplicado. Su local empezó a mejorar. Consiguió un radiador eléctrico de segunda mano. Un colchón inflable. Una estufa de camping para cocinar. Y el dinero empezó a llegar. Primero fueron los 480 euros de la Renta de Inserción, que le concedieron tras seis meses de trámites. Luego una ayuda de la comunidad autónoma de 200 euros para «gastos de primera necesidad». Sumado al bono de transporte (que vendía en el mercado negro por 100 euros, ya que él no lo usaba), y a la comida del banco de alimentos, tenía casi 800 euros mensuales para nada. Para existir.
Una tarde, mientras ayudaba a Nora a pintar un mural contra las pensiones injustas, le preguntó: «¿No te da… culpa? ¿Vivir de lo que pagan otros?»
Nora dejó el pincel y le miró fijamente. «¿Culpa? Ellos nos robaron el futuro. Nos endeudaron con estudios inútiles, nos cerraron las puertas del mercado laboral, nos hicieron pagar pensiones de oro con sueldos de hojalata. Esto no es robar, Marcos. Es un reajuste. Una redistribución forzosa. Si el estado no va a garantizarme una vida digna trabajando, lo haré yo mismo, usando sus propias reglas torcidas.»
Marcos asintió. La lógica era perfecta, circular, como una celda de la que no querías escapar. Pero a veces, en medio de la noche, le despertaba un sudor frío. Soñaba que era un anciano, de más de ochenta años, y que unos jóvenes con caras borrosas le gritaban mientras intentaba cobrar su pensión inexistente. «¡Ladrón! ¡Parásito!» Se despertaba con el corazón acelerado, mirando las sombras en las paredes desconchadas de su local. Luego encendía el móvil, robaba wifi de algún vecino, y repasaba sus cálculos en la pantalla. Los números no mentían. Los números eran su armadura.
Capítulo 4: La grieta en el muro
La paz parásita de Marcos se resquebrajó con la llegada del invierno. Un frío húmedo se colaba por cada grieta de su local. El radiador eléctrico hacía saltar los plomos del edificio, provocando las quejas de los pocos vecinos legales que quedaban. Una mañana, encontró una nota pegada en su puerta, escrita con una letra temblorosa de anciano: «Lárguese, sinvergüenza. Esta es mi propiedad. Mi jubilación.»
Marcos arrugó la nota con rabia. Su jubilación. Un piso vacío que el viejo probablemente había heredado y que usaba como inversión mientras vivía en su chalet en la sierra. ¿Quién era el sinvergüenza? Rompió el papel y lo tiró al suelo. Pero la palabra resonó en su cabeza: propiedad.
Unos días después, llamaron a la puerta. No era un golpe tímido, sino un puñetazo seco, autoritario. Al abrir, se encontró con dos hombres. Uno, alto y con chaqueta de cuero, era el dueño, D. Arturo. El otro, más bajo y con una carpeta bajo el brazo, era un abogado.
«Buenos días. Supongo que sabe por qué estamos aquí», dijo el abogado con voz neutra.
«Este local está ocupado ilegalmente», añadió D. Arturo, con la cara congestionada. «Tiene veinticuatro horas para desalojarlo voluntariamente o iniciaremos el proceso de desahucio.»
Marcos, recordando las lecciones de Rogelio, adoptó una pose de falsa calma. «No sé de qué me habla. Yo vivo aquí. Llevo meses empadronado. Tengo derecho a una vivienda digna. Si quiere echarme, tendrá que pasar por los juzgados. Y por los servicios sociales. Y por la oficina del defensor del pueblo.» Soltó el discurso aprendido, una letanía de derechos y trámites diseñada para aplazar, para cansar.
El dueño palideció aún más. «¡Es un delincuente!»
«Llámelo como quiera. El proceso de desahucio por vía civil tarda una media de dieciocho meses. Y si alegamos vulnerabilidad extrema, que lo haremos, puede alargarse años. ¿Tiene años, señor Arturo?»
Fue Nora, que había aparecido silenciosamente detrás de él, quien habló. Llevaba una camiseta con un eslogan anarquista y su mirada era de hielo.
El abogado puso una mano en el brazo de su cliente, conteniéndolo. «Señorita, esto no es un juego. Hay propiedades privadas.»
«Y hay derechos humanos», replicó Nora. «Derecho a una vivienda. Su cliente tiene tres propiedades según el catastro. ¿Derecho a la propiedad versus derecho a la vida? Los jueces progresistas lo tienen claro.»
La escena terminó con amenazas y promesas de acción legal. Cuando se marcharon, Marcos se apoyó en la pared, temblando. El enfrentamiento directo le había sacudido.
«¿Ves?» dijo Nora, encendiendo un cigarrillo. «El miedo es su arma. Pero las leyes, ahora, son las nuestras. Estamos en el lado correcto de la historia. El futuro es de los que no tienen nada que perder.»
Pero algo en la mirada del dueño, una mezcla de furia y de impotencia auténtica, se le había quedado grabado a Marcos. No era el capitalista sin rostro de sus teorías. Era un hombre mayor, con las manos callosas, que seguramente había comprado ese local con los ahorros de toda una vida. ¿Para qué? ¿Para que un chaval con estudios se instalara gratis?
Esa noche, en la nave de Nora, la tribu celebró una especie de consejo de guerra. Rogelio trajo noticias: «Hay rumores de que quieren modificar la ley para agilizar los desahucios de locales comerciales. Tenemos que adelantarnos. Marcos, necesitas que te incluyan en el plan municipal de realojo de okupas. Esa es la santificación. Si el ayuntamiento te ofrece una alternativa, aunque sea una mierda, ya eres intocable. El dueño no podrá hacer nada.»
Lucía, la ex-periodista, sonrió con sorna. «Conozco a una concejala. Le hice un favor una vez, escribiéndole un discurso. Es de esos progres de salón que adora las causas perdidas. Una foto con un joven ‘excluido’ al que han ‘reinsertado’ le vendría de perlas para las próximas municipales.»
Así empezó la campaña para convertir a Marcos de okupa ilegal a «beneficiario de políticas de inclusión». Lucía preparó un relato conmovedor: joven con estudios, víctima de la precariedad laboral, forzado a la ocupación como último recurso, pero con ganas de «reintegrarse». Era pura ficción, pero la concejala, una mujer en la cincuentena llamada Gloria, lo compró. Vino con un fotógrafo del partido. Le hicieron fotos a Marcos, con su mejor aspecto de chico bueno, delante del local (sin mostrar la puerta rota). La concejala prometió «canalizar su caso con la máxima urgencia».
Un mes después, Marcos recibió una carta del ayuntamiento. Le ofrecían un «alojamiento temporal» en una antigua residencia de estudiantes rehabilitada, un cubículo de doce metros cuadrados con baño compartido, a cambio de un «alquiler social» de 50 euros al mes. Era peor que su local, pero era legal. Era el sello del sistema aceptándole, bendiciendo su parasitismo.
Firmó con una mano temblorosa. Había ganado. El dueño, D. Arturo, cuando se enteró, abandonó. Vendió el local por una fracción de su valor a un fondo de inversión. La rueda seguía girando.
Pero Marcos, la noche que se mudó a su nueva celda legal, no pudo dormir. Había visto la grieta en su muro de cinismo. Había visto el rostro humano del «enemigo». Y por primera vez, la palabra «sinvergüenza» no le rebotó. Se le quedó pegada, como una costra.
**Capítulo 5: La economía del favo
Capítulo 5: La economía del favor
La nueva vida en el alojamiento social tenía una paradoja: era más segura, pero infinitamente más deprimente. Un pasillo largo y mal iluminado, con puertas idénticas tras las cuales se escondían otras vidas truncadas. Vecinos que apenas se saludaban, cargados de una vergüenza compartida y no dicha. Marcos ya no era un rebelde que okupaba, era un número en un archivo municipal. Un éxito de las políticas sociales.
Para mantener su estatus de «vulnerable» y seguir recibiendo las ayudas, necesitaba seguir en el circuito. Asistir a talleres de «búsqueda activa de empleo» donde un monitor mal pagado les enseñaba a mentir en un currículum. Acudir a sesiones de «coaching emocional» grupales donde se les instaba a «tomar las riendas de su vida» mientras el sistema les ataba las manos a la espalda. Era un teatro absurdo, y todos sabían su papel.
Fue allí donde conocié a Dani. Dani era distinto. No tenía el discurso ideológico de Nora ni la resignación amarga de Rogelio. Dani era un pragmático puro, un ingeniero de sistemas que había visto el colapso venir y había decidido hackearlo. Trabajaba en negro, desde su habitación, haciendo mantenimiento para webs de apuestas y comercios poco éticos. Cobraba en criptomonedas. Y seguía percibiendo todas las ayudas, porque oficialmente era un «desempleado de larga duración sin ingresos».
«El truco, Marcos, es la economía sumergida pero digital», le explicó una noche, compartiendo una pizza pagada con una tarjeta monedero anónima. «El estado puede rastrear una transferencia bancaria, pero no un puñado de Bitcoin movido con una wallet fría. Puedes trabajar, ganar bien, y seguir siendo pobre sobre el papel. Lo mejor de los dos mundos.»
Dani le introdujo en los foros oscuros donde se comerciaba con identidades robadas, con métodos para duplicar solicitudes de ayuda, con contactos de médicos que expedían bajas laborales falsas por estrés o ansiedad, condiciones ideales porque eran difíciles de verificar. «Una baja de seis meses son seis meses de subsidio por enfermedad, que es mayor que la RIS. Y luego la prorrogas, o cambias a otra ayuda.»
Marcos se sintió abrumado. Él solo había querido dejar de trabajar, no convertirse en un delincuente de medio pelo. Pero Dani se rió. «¿Delincuente? ¿Comparado con los políticos que se embolsan millones? ¿Con los bancos que estafaron a media España? Esto es justicia distributiva de andar por casa. Nosotros nos aprovechamos de las migajas del banquete que ellos se zampan.»
La tentación era fuerte. La vida en el alojamiento social era gris y los 800 euros justos. Con lo que proponía Dani, podía doblar o triplicar sus ingresos sin salir de su habitación. Podría permitirse un mejor colchón, un ordenador decente, tal vez hasta un viaje barato con esos «bonos de transporte joven» que el gobierno progresista regalaba para fomentar el ocio de los «colectivos vulnerables». Un viaje a Adamuz, quizás. ¿Por qué no?
Comenzó en pequeño. Dani le pasó unos trabajos de introducción de datos para una empresa fantasma. Le pagaron en una tarjeta prepago. Fue emocionante, como robar en una tienda y salir sin que te pillen. Luego, le consiguió unos documentos falsificados (un informe médico, un certificado de discapacidad del 33%) para solicitar una ayuda específica que duplicó su ingreso mensual durante un año.
Marcos empezó a tener dinero en efectivo. Se compró ropa nueva. Empezó a salir a bares baratos. Conoció a una chica, Carla, una estudiante de trabajo social que creía que él era un «activista por el derecho a la vivienda». Le contó una versión edulcorada de su historia, y ella lo admiró. «Eres valiente», le dijo. «Plantarle cara al sistema.»
La mentira le sabía agria, pero el afecto de Carla era dulce. Empezaron una relación. Marcos vivía una doble vida: el luchador social ante Carla y los servicios sociales, y el estafador de baja intensidad en la sombra. A veces, cuando estaba con ella, sentía un impulso de contarle la verdad, de confesarlo todo. Pero el miedo a perderla, a perder el respeto que veía en sus ojos, era más fuerte.
Una tarde, paseando con Carla, pasaron frente a su antigua fábrica de muebles. Vio a algunos de sus ex-compañeros saliendo, con las caras cansadas, las ropas manchadas de serrín. Uno de ellos, un hombre mayor llamado Emilio que siempre le había cubierto los turnos cuando estaba enfermo, le vio. Sus miradas se cruzaron. Marcos iba bien vestido, limpio, con Carla del brazo. Emilio le dedicó una leve inclinación de cabeza, una mirada inescrutable, y siguió caminando hacia la parada del autobús.
En ese momento, Marcos no vio a un esclavo del sistema. Vio a un hombre digno. Un hombre que, a pesar de todo, seguía levantándose cada día y cumpliendo con lo que él consideraba su deber. La vergüenza le subió por el cuello como un sofoco. Se giró y apretó el paso, arrastrando a Carla.
«¿Qué pasa?» preguntó ella.
«Nada. Es que… tengo frío.»
Pero lo que tenía era miedo. Miedo a que la fachada se derrumbara. Miedo a que Carla, o Emilio, o el fantasma de D. Arturo, descubrieran que su valiente rebelde no era más que un cobarde que había encontrado un atajo hacia la nada.
Capítulo 6: La caída de Nora
La red comenzó a deshilacharse por los extremos. Primero fue Rogelio. Lo encontraron muerto en su habitación okupada. Un infarto. Tenía sesenta años, pero parecía de ochenta. En su habitación solo había libros de teoría económica anarquista, latas vacías y un cuaderno con cálculos interminables sobre la deuda intergeneracional. Nadie reclamó el cuerpo. Lo enterraron en una fosa común pagada por el ayuntamiento. Marcos fue al funeral, solo él y un par de vagabundos que no sabían quién era Rogelio pero iban a todos los funerales gratis por la comida después. La «resistencia pasiva» se había extinguido en silencio, sin testigos.
Luego le llegó el turno a Nora. Su arte militante se había vuelto más agresivo, más desesperado. Pintó una fachada entera de un edificio de lujosas oficinas con la frase: «Vuestras pensiones manchan de sangre nuestras nóminas». La policía, presionada por los empresarios de la zona, actuó rápido. No fue por el grafiti, sino por una denuncia antigua del dueño de la nave donde vivía. Un juez, de esos que no se dejan impresionar por el discurso de los derechos sociales, aceleró el proceso. El desahucio fue rápido y violento.
Marcos y otros fueron a «hacer presencia» el día del lanzamiento. Vieron a Nora forcejear, gritar consignas, ser reducida y esposada por dos policías mientras una máquina excavadora sellaba la entrada de su nave con una losa de hormigón. Sus cuadros, su biblioteca, toda su vida, quedaron enterrados bajo toneladas de cemento. Una medida «disuasoria», dijeron los periódicos.
Nora, desde la furgoneta policial, les gritó a ellos, a sus compañeros: «¡No os rindáis! ¡El sistema es una puta!». Pero su voz se quebró. Marcos vio en sus ojos no rabia, sino pánico. El pánico de quien descubre que las reglas pueden cambiar, que la protección «progre» tiene límites, y que cuando tocan la propiedad privada de los poderosos, la ley se aplica con toda su fuerza.
Nora salió a las 48 horas. Sin casa, sin sus cosas, con una orden de alejamiento de la zona. La beca de creación joven se la retiraron por «incumplimiento de las condiciones de convivencia». Se derrumbó. Marcos la acogió en su cubículo durante unos días, pero era imposible. El lugar era minúsculo. Nora, sin su fuego ideológico, era una sombra que lloraba en silencio en el colchón en el suelo.
«Me han ganado, Marcos», susurró una noche. «He pasado de pintar la revolución a ser una mendiga. ¿Sabes qué es lo más jodido? Que tengo treinta años. Podría… intentarlo de nuevo. Buscar un trabajo de mierda, alquilar una habitación carísima, volver a la rueda. Pero no puedo. Me he pasado la vida diciéndome que no valía la pena. Y ahora… ahora ya no sé hacer otra cosa.»
Marcos no supo qué decir. Le ofreció contactos de Dani, rutas de estafa, atajos. Nora lo miró con desprecio. «¿Para terminar como Rogelio? Enterrado en una fosa sin que a nadie le importe? No, gracias.»
Se fue una mañana, sin despedirse. Marcos supo después, por rumores, que había intentado volver con su familia, que la habían echado. Que se la veía pidiendo en el metro, con el pelo azul apagado y sucio. La profetisa de la rebelión inútil se había convertido en su predicción más triste.
La caída de Nora fue un terremoto para Marcos. Su cinismo, que hasta entonces había sido una coraza, mostró su verdadera naturaleza: era frágil, hueco. Se dio cuenta de que su «estilo de vida» no era una victoria, sino una trampa de la que era cada vez más difícil escapar. Tenía veintisiete años. No tenía currículum, no tenía ahorros, no tenía habilidades reales más que saltar tornos y rellenar solicitudes de ayuda. Había quemado todos los puentes. Incluso con Carla, la mentira se hacía cada vez más pesada. Ella hablaba de futuro, de ahorrar para vivir juntos algún día. Él solo podía pensar en cómo estirar las ayudas un mes más.
Una noche, revisando sus cuentas clandestinas (ya tenía un pequeño colchón de dinero negro), hizo un cálculo nuevo. No sobre pensiones o esperanzas de vida, sino sobre él. Si vivía hasta los 81 años, le quedaban 54. Cincuenta y cuatro años viviendo así, en la cuerda floja, esquivando controles, mintiendo, durmiendo en cubículos, dependiendo de la volatilidad de las políticas sociales. La idea le provocó un pánico existencial tan profundo que salió a la calle a caminar sin rumbo, hiperventilando.
Pasó frente a un bar. En la televisión, un debate político. Un representante de un sindicato mayoritario, un hombre con corbata y cara de pocos amigos, decía: «Hay que proteger el estado del bienestar. Las pensiones son sagradas. Los jóvenes deben entender que es un pacto intergeneracional.»
Un joven economista en la mesa replicaba: «Pero ese pacto se ha roto. La carga para los jóvenes es insostenible. La esperanza de vida ha cambiado las reglas. ¿No habría que replantearlo todo?»
El sindicalista espetó: «Eso es un discurso peligroso, egoísta. Lo que proponéis es que los mayores paguen la crisis.»
Marcos se quedó mirando la pantalla. De repente, los números cobraron un nuevo significado. No eran solo armas aritméticas para justificar su parásita existencia. Eran la expresión de un problema real, enorme, que él no había creado pero del que se había convertido en un síntoma patético. Él no era un revolucionario. Era un desertor. Y en su deserción, no había herido al sistema. Solo se había herido a sí mismo.
Capítulo 7: La cuenta atrás
La llamada fue a primera hora de la mañana. Un número desconocido.
«¿Marcos López?»
«Sí.»
«Hablo del Departamento de Inspección de la Seguridad Social. Necesitamos que pase por nuestras oficinas para una verificación de su situación. Mañana a las diez. Traiga toda la documentación de sus ayudas y sus justificantes de ingresos de los últimos tres años.»
Colgaron sin dar más explicaciones. Marcos se quedó con el móvil pegado a la oreja, el cuerpo frío. Inspección. La palabra resonó como una campana de muerte. Dani le había advertido: «Si te llaman de Inspección, es que algo han olido. Un movimiento bancario raro, una denuncia anónima, una contradicción en los papeles… algo.»
Se pasó el día en un estado de parálisis temerosa. Revisó todos sus papeles. Su declaración de la renta (cero ingresos). Sus justificantes de las ayudas. Pero también estaban las tarjetas prepago, los movimientos en la wallet de criptomonedas que Dani le había ayudado a crear. No eran grandes cantidades, pero si los cruzaban con su declaración de pobreza absoluta, saltarían todas las alarmas. Podía ser una multa enorme. Podía ser la obligación de devolver todas las ayudas percibidas fraudulentamente. Podía ser, incluso, algo peor.
Llamó a Dani. «Tío, estoy jodido.»
Dani escuchó y soltó un suspiro al otro lado. «Mierda. Bueno, opciones: no vas y te declaras en rebeldía, lo que empeora todo. Vas y te la juegas a que solo sea rutina. O vas y suplicas misericordia, alegando ignorancia o problemas mentales.»
«¿Y tú?»
«Yo ya me estoy preparando para una temporada fuera. Tengo un contacto en Portugal. Las fronteras son porosas para este tipo de… emprendedores.»
Marcos colgó. No podía huir. No tenía dinero para eso, ni contactos. Y Carla… ¿Qué le diría a Carla?
Fue a verla esa noche. Vivía en un piso de estudiantes compartido. Le pidió que salieran a dar un paseo. El aire era frío.
«Carla, tengo que contarte algo.»
Le contó todo. No los detalles de las estafas menores, pero sí la verdad. Que no era un activista valiente, sino un vago que había encontrado un resquicio en el sistema. Que había okupado no por ideología, sino por conveniencia. Que vivía de ayudas porque le daba pereza trabajar. Que la había mentido.
Carla lo escuchó en silencio. Cuando terminó, no hubo gritos, ni lágrimas. Solo un desprecio silencioso que cortaba más que cualquier insulto.
«Así que todo era mentira», dijo al final, con una voz plana. «Tu lucha. Tus principios. Éramos… yo era parte de tu farsa.»
«Al principio no… luego te quise de verdad, y no supe cómo salir.»
«¿Salir? Marcos, nunca entraste en nada. Te montaste una comodidad en la marginalidad y te inventaste un personaje para poder mirarte al espejo. Eres más cobarde que los que criticas.» Dio media vuelta y se fue. No corrió. Caminó con determinación, alejándose de él para siempre.
La entrevista en la Seguridad Social fue un suplicio. Una oficina gris, una funcionaria de mediana edad con gafas y una expresión imperturbable. Le hizo preguntas precisas, incómodas.
«¿No ha tenido ningún ingreso por actividades esporádicas en los últimos tres años? Ni siquiera por trabajos de temporada, pequeños encargos…»
«No, señora.»
«¿Y cómo explica estos movimientos en esta cuenta bancaria a su nombre en este otro banco?» Puso sobre la mesa un extracto. Era una cuenta que había abierto hacía un año para un trabajo de Dani y que había olvidado cerrar. Tenía dos ingresos pequeños.
Marcos sintió que el suelo se abría. Tartamudeó una explicación sobre un préstamo de un amigo, un regalo.
La funcionaria no dijo nada, solo anotó. Luego levantó la vista. «Señor López, el sistema de protección social está para ayudar a quienes lo necesitan de verdad. No es un estilo de vida alternativo. Su caso ha sido marcado por inconsistencias. Vamos a auditar todas sus ayudas. Recibirá una notificación. Y mi consejo, como persona, no como funcionaria: busque un trabajo. Cualquier trabajo. Aunque sea mal pagado. Es mejor que esto.»
Al salir a la calle, la luz del día le dolió en los ojos. Se sentó en un banco, vencido. No tenía a Nora, ni a Carla, ni siquiera a Dani. Rogelio estaba muerto. La tribu se había disuelto. Solo quedaba él, y el edificio de papel de mentiras que había construido y que ahora se desmoronaba.
Miró su móvil. Tenía una notificación de su banco principal. La transferencia de la Renta de Inserción, 480 euros, había entrado. La miró fijamente. Durante años, ese había sido el símbolo de su triunfo, de su «libertad». Ahora era la prueba de su derrota, de su pequeñez.
Se levantó y empezó a caminar. Sin rumbo. Pasó frente a una obra. Unos obreros levantaban una pared. Sudaban, reían entre ellos, se pasaban una botella de agua. Uno de ellos, un chaval joven, le vio pasar y le dedicó un leve asentimiento, como diciendo «aquí se trabaja, colega». Antes, Marcos habría sentido lástima o superioridad. Ahora solo sintió envidia. Una envidia profunda y amarga. Ellos tenían algo que él había perdido, o quizás nunca tuvo: la simple dignidad de ganarse el pan con el sudor de su frente, por poco que fuera.
Llegó al río. Se apoyó en la barandilla, mirando el agua sucia que fluía lenta. Pensó en los números finales. Los 81,38 años. Los 229 pagas. Los 2,4 trabajadores por jubilado. Eran reales. El problema era real. Pero él no había encontrado una solución. Solo había encontrado un agujero para esconderse. Y el agujero se estaba cerrando.
Sacó el móvil. Abrió una app de ofertas de empleo. La había descargado hacía años y nunca la había usado de verdad. Empezó a buscar. «Operario de almacén.» «Repartidor.» «Atención al cliente.» Los sueldos eran miserables, muchos por debajo de esos 1.800 euros que calculó como mínimo de supervivencia. Sería duro. Muy duro. Tendría que compartir piso, apretarse el cinturón, tragarse el orgullo.
Pero por primera vez en años, la idea de un sueldo miserable, ganado, le pareció más valioso que todas las ayudas del mundo. Porque era suyo. No era un favor del estado, ni un robo al sistema. Era su intercambio, su parte del trato, por defectuoso que estuviera el trato.
No sabía si tendría fuerzas. No sabía si lo conseguiría. Solo sabía que mañana, a las diez, no estaría en su cubículo esperando a que la siguiente ayuda cayera del cielo. Estaría en una calle, con un montón de currículums impresos, llamando a puertas, pidiendo una oportunidad para volver a entrar en la rueda de la que una vez, tan ufano, había decidido bajarse.
El sol empezaba a ponerse, teñiendo de naranja el agua del río. Marcos respiró hondo. El aire seguía oliendo a contaminación. Pero también olía, solo quizás, a posibilidad.
Epílogo: Las 301 pagas
Veinte años después.
La oficina era pequeña, pero tenía ventana. Marcos, ahora con cuarenta y siete años, firmó el último documento del día. Era el encargado de un almacén de material eléctrico. El sueldo no era gran cosa, pero le daba para un alquiler modesto de un estudio y para ahorrar algo. Estaba casado con una mujer que había conocido en el trabajo, una divorciada con un hijo pequeño. No era una pasión desbordada, sino un cariño tranquilo, construido sobre verdades, no sobre mentiras. Le había contado su pasado, y ella, con una sabiduría práctica que él admiraba, había dicho: «Todos hemos hecho tonterías de jóvenes. Lo importante es dónde estás ahora.»
Su móvil vibró. Era una notificación del banco. Su nómina: 1.650 euros netos. Más un pequeño plus por objetivos. Sonrió, irónicamente. Después de años de saltar de trabajo en trabajo, de aguantar jefes abusivos y turnos inhumanos, había logrado una cierta estabilidad precaria. Justo por debajo de la cifra que, veinte años atrás, había considerado el límite de la supervivencia.
Al salir del trabajo, pasó frente a un centro de día. En un banco exterior, un grupo de ancianas charlaba animadamente. Una de ellas, menuda y con el pelo blanco como la nieve, le sonrió al verle pasar. Marcos le devolvió la sonrisa. Pensó en las 301 pagas. Esa mujer probablemente las estaba cobrando. Y una parte de su sueldo, de sus 1.650 euros, iba directa a su pensión. El ratio ya no era 2,4 a 1. Había oído en la radio que estaba cerca de 1,7. Una presión cada vez mayor sobre sus hombros.
Pero ya no le producía rabia. O no la misma rabia. Había entendido que el sistema no era una entidad malévola, sino un mecanismo complejo y roto, del que él, durante un tiempo, había sido un engranaje desviado, y ahora era uno normal, que sufría la fricción.
Llegó a su edificio. En el portal, un cartel nuevo: «Se prohíbe tajantemente colarse en el ascensor. Los vecinos pagamos por su mantenimiento.» Al lado, otro cartel, hecho a mano: «OKUPAS NO. Esta comunidad se defenderá.» Los tiempos habían cambiado. El discurso se había endurecido. Las políticas progresistas que una vez le habían dado cobijo estaban ahora a la defensiva, acorraladas por la fatiga social y los números rojos.
Subió las escaleras (el ascensor siempre estaba estropeado). Al abrir la puerta de su estudio, su hijastro, un chico de quince años, estaba frente al ordenador.
«¿Qué haces, Lucas?»
«Calculando», dijo el chico, sin levantar la vista. «Estaba viendo un vídeo. Dicen que para cuando yo me jubile, no habrá pensiones. Que el sistema está quebrado. Y que nosotros vamos a tener que pagar por los viejos de ahora y luego mantenernos nosotros. Es una estafa.»
Marcos se quedó quieto en el umbral. Las palabras eran eco de las suyas, veinte años atrás. El mismo resentimiento, la misma sensación de injusticia.
Se acercó y puso una mano en el hombro del chico. «Los números pueden decir muchas cosas, Lucas. A veces te muestran un problema. Otras veces, solo te dan una excusa para rendirte.»
«¿Y tú qué hiciste?» preguntó Lucas, por fin mirándole.
Marcos dudó. Podía contarle la historia del rebelde que okupó. O podía contarle la verdad.
«Hice las dos cosas», dijo al fin. «Busqué una excusa para rendirme. Y luego, mucho más tarde, empecé a buscar una solución. La solución no era grande. Solo era… seguir adelante. Es menos glamuroso, pero duele menos al mirarte al espejo.»
Lucas frunció el ceño, sin entender del todo. Marcos sonrió. «Mañana te ayudo con esos cálculos. Pero ahora, apaga eso y ven a cenar. Tu madre ha hecho lentejas.»
Mientras cenaban, Marcos pensó en Nora. Nunca supo qué fue de ella. En Rogelio, en su tumba sin nombre. En Dani, que probablemente seguía hackeando el sistema desde alguna playa portuguesa. En Carla, que seguramente tenía una familia y una vida normal.
Y pensó en los 1.650 euros de su nómina. En la parte que se iba en impuestos. En la parte que se iba en la pensión de aquellas ancianas del banco. En la parte que se quedaba, justa, para vivir.
No era un final feliz. Era un final real. Había salido del agujero, pero el mundo fuera seguía siendo un lugar difícil, injusto, lleno de números que no cuadraban. La única diferencia era que ahora él era uno de los que intentaba, día a día, con esfuerzo y sin grandilocuencias, hacer que su pequeño cálculo personal tuviera sentido. No era mucho. Pero era suyo. Y por primera vez en mucho, mucho tiempo, eso le bastaba.
Fuera, la ciudad brillaba con luces frías. En algún lugar, un joven de veinticinco años hacía sus propios cálculos en la pantalla de un móvil, buscando una salida fácil a una ecuación imposible. El ciclo continuaba.
FIN












