El dilema del prisionero. Los conversos Moreno Bonilla y Puente se asocian

Capítulo 1: Los escombros de Adamuz

El humo olía a metal fundido, a plástico quemado y a algo dulzón que nadie quería nombrar. Los hierros retorcidos de los vagones del Iryo y el Alvia se enlazaban en un abrazo mortal, una maraña de acero y vidrio esparcida a lo largo de la vía muerta cerca de Adamuz. Las luces azules y rojas de los servicios de emergencia parpadeaban en la noche húmeda, pintando de forma intermitente la escena dantesca.

Desde la carretera, protegido por un cordón de sus guardaespaldas, Juan Moreno Bonilla observaba con el rostro cincelado en una máscara de preocupación oficial. Dentro, solo hervía un cálculo frío. Cuarenta y cinco almas. Cuarenta y cinco votos, cuarenta y cinco familias que gritarían, cuarenta y cinco expedientes que podían sepultar una carrera. Había llegado tarde, demasiado tarde. La coordinación entre su gobierno autonómico y los servicios de tierra había sido un desastre de llamadas perdidas, protocolos obsoletos y una torpeza burocrática que ahora tenía el olor de la muerte.

A su lado, sudando a pesar del frío, estaba Jesús Puente. Su mirada no se dirigía a las víctimas, sino a los rieles partidos como palillos de dientes. Su obsesión era la infraestructura, el orgullo de su gestión. Esas vías debían aguantar un milenio, según el folleto de licitación. Ahora yacían retorcidas, traicioneras. Recordó las palabras del fabricante, un consorcio con sede en Luxemburgo: “Calidad europea, señor Puente”. La misma calidad, pensó con un arranque de pánico cínico, que los destornilladores de los bazares chinos que se parten al segundo uso. Un maldito ahorro de cinco millones de euros sobre el papel. Ahora el coste se medía en vidas.

Un asistente se acercó a Moreno Bonilla y susurró algo. Este asintió, sin apartar los ojos de la tragedia. “Que se ponga en marcha el protocolo Vilanova”, murmuró. El asistente palideció ligeramente, pero desapareció entre la multitud de uniformes.

“¿Protocolo Vilanova?”, preguntó Puente, con la voz ronca.

Moreno Bonilla se volvió hacia él. Sus miradas se cruzaron, y en ese instante, en medio del caos, se reconocieron. No como colegas de administración, sino como dos hombres al borde del mismo precipicio. No había acusación en sus ojos, solo un entendimiento instantáneo y terrible: ambos estaban hasta el cuello. Uno por la vía que se rompió, el otro por la ayuda que no llegó.

“Daños colaterales, Jesús”, dijo Moreno, su conversión reciente al islam dándole un aire de calma estoica que no sentía. “Pero los daños colaterales, si no se contienen, te arrastran consigo”.

Capítulo 2: La estrategia del chivo expiatorio

Las ruedas de prensa fueron un ejercicio de funambulismo. Puente, ante los medios, mostró un trozo de rail retorcido. No era de Adamuz, pero servía. “Observen”, dijo, con la gravedad de un cirujano forense, “la fractura granular. Fragilidad. Material defectuoso. Hemos sido víctimas de un fraude tecnológico. Unos malditos trenes-bazar sobre vías de pacotilla”. La palabra “bazar” se hizo viral. Los titulares al día siguiente hablaron de “la chapuza china” y desviaron, por un momento, la mirada de los protocolos de emergencia.

Moreno Bonilla, por su parte, adoptó un tono de dolorosa resignación. Anunció tres días de luto oficial. Y luego, en un movimiento maquiavélico, filtró a un periódico afín el dictamen preliminar de la Clínica Forense de Vilanova. “Muerte instantánea en el 100% de los casos”, rezaba el titular. “Nada que hacer tras el impacto”. La estrategia era clara: si todos murieron al instante, la demora en el auxilio, la descoordinación, era irrelevante. Una tragedia, no un crimen de negligencia.

Pero en el sur, sus nuevos aliados, sus “colegas del Reino”, fruncieron el ceño. La islamización de su imagen era una jugada a largo plazo, pero las sensibilidades religiosas eran un campo minado. Un dictamen forense frío podía verse como una falta de respeto a los difuntos. Su asesor de comunicación, un hombre pálido que olía a café y ansiedad, le dio la solución: “Una misa laica, presidente. Un acto de recogimiento, ecuménico, respetuoso con todas las creencias. Mostramos dolor humano, no técnico”.

Moreno asintió. “Que sea en el auditorio principal. Velas, música de cuerda, discursos sobre la vida. Nada de crucifijos. Nada de imanes. Solo… paz.”

Capítulo 3: La jugada de Ayuso

La noticia de la misa laica llegó a Madrid como un reguero de pólvora. En el despacho de la presidenta, con vistas a la plaza de Oriente, Isabel Díaz Ayuso soltó una carcajada seca. Tenía entre manos un dossier sobre las inversiones fallidas en ferrocarril y las partidas fantasma de la gestión de emergencias en la autonomía vecina. Podía oler la sangre en el agua.

“Quieren jugar al poker con sentimientos”, dijo a su consejero de más confianza. “Pues nosotros vamos a jugar al mus con féretros”. No consultó con nadie. Dio una orden directa: se oficiaría una misa cristiana y católica, de réquiem, por las almas de los fallecidos de Adamuz. Y no en cualquier sitio. En la Catedral de la Almudena. Con el cardenal, con los medios, con toda la pompa y circunstancia del Estado. “Que sea un espectáculo de verdadero dolor, no de postureo laico”, sentenció.

La imagen fue demoledora. Mientras en el sur se encendían velas genéricas en un auditorio con aire acondicionado, en Madrid, el incienso subía hacia las bóvedas, el Dies Irae retumbaba en la piedra y Ayuso, de negro riguroso, arrodillada en un reclinatorio, ofrecía el rostro de una España tradicional que lloraba a sus hijos. El mensaje era claro: unos tienen rituales de cartón piedra para lavar su culpa; nosotros tenemos fe y tradición para honrar a los muertos. La jugada convirtió la estrategia de Moreno en una pirueta ridícula y fría.

Capítulo 4: El dilema

Puente llamó a Moreno Bonilla a una reunión secreta. Se vieron en un cortijo a medio restaurar, propiedad de un testaferro. El aire olía a polvo y a derrota.

“Nos están destrozando por separado”, empezó Puente, sirviendo un whisky con mano temblorosa. “Tú con tu misa de yogui, yo con mis rails de bazar. Ayuso nos ha puesto contra las cuerdas. Y si seguimos así, la comisión de investigación nos crucificará.”

Moreno observaba el líquido ámbar. “El dilema del prisionero”, murmuró.

“¿El qué?”

“Una teoría de juegos. Dos cómplices son arrestados por separado. Si ambos callan, les caen dos años. Si uno delata al otro y este calla, el delator sale libre y el callado se come diez años. Si ambos se delatan, cinco años cada uno. La tentación de traicionar al otro para salvarse es enorme. Pero si cooperan, si callan juntos, la condena total es menor.”

Puente lo entendió al instante. “Ahora mismo, cada uno está intentando echarle la culpa al otro de forma indirecta. Yo a tu descoordinación, tú a mis vías defectuosas. Y mientras nos señalamos, Ayuso y los jueces recogen las pruebas. Si nos delatamos mutuamente, caemos los dos.”

“Exacto”, dijo Moreno, por primera vez con una chispa en los ojos que no era religiosa, sino de pura supervivencia. “Hay una cuarta opción que el modelo no contempla.”

“¿Cuál?”

“Casarnos.”

Puente casi escupe el whisky. “¿Qué?”

“Una alianza. Pública, inquebrantable. No somos rivales que se señalan, somos compañeros de gobierno que juntos enfrentan esta terrible tragedia. Unificamos la narrativa: fue un fallo técnico imprevisible agravado por una desgracia logística. Compartimos la responsabilidad política, no la penal. Nos protegemos mutuamente. Si uno cae, el otro suelta toda la carga. Es una garantía mutua de destrucción asegurada. Nadie se atreverá a tocar a uno sin tocar al otro.”

Puente lo meditó. Era una locura. Pero en el mundo negro y cínico en el que se movían, era la única lógica que quedaba. “Es un pacto con el diablo”, dijo.

Moreno Bonilla sonrió, una sonrisa que no llegaba a sus ojos. “Ya soy converso, Jesús. Los pactos son mi especialidad.”

Capítulo 5: La boda política

El anuncio fue un terremoto. En una rueda de prensa conjunta, Puente y Moreno Bonilla aparecieron lado a lado, con banderas combinadas de fondo. No hubo acusaciones, ni desviaciones. Hablaron de “lecciones aprendidas”, de “dolor compartido”, de “un frente común para apoyar a las familias”. Anunciaron la creación de una comisión conjunta de investigación (controlada por ellos), un fondo de indemnizaciones (con dinero público) y un plan de modernización de infraestructuras y emergencias (para el futuro).

La prensa lo bautizó al instante: “La boda de los conversos”. Uno, converso al pragmatismo más feroz; el otro, literalmente converso. Se protegían con el escudo de la unidad. Las familias de las víctidas gritaron en los platós de televisión, los editoriales clamaron por justicia, no por política, pero la maquinaria era imparable. Sus partidos, azul y rojo en sus respectivos territorios, vieron la jugada: era preferible salvar dos peones importantes que perderlos a ambos y regalar piezas a Ayuso y a los jueces. El silencio institucional empezó a tejerse a su alrededor.

Capítulo 6: Los trapos sucios

Pero un pacto así necesita cemento más fuerte que las palabras. Y el cemento, en su mundo, era el barro que ambos tenían enterrado.

Se reunieron de nuevo, esta vez en un club privado. Intercambiaron sobres.

Puente deslizó hacia Moreno un dosier con transferencias bancarias, licitaciones amañadas y fotos de la mansión del director de la Clínica Forense de Vilanova, recién ampliada. “Tu dictamen de ‘muerte instantánea’ huele a formol y a soborno. Si esto sale, tu conversión no te salvará. Te lincharán.”

Moreno, sin inmutarse, abrió su portátil y mostró a Puente unos correos. Eran del fabricante de Luxemburgo, pero copiados a una cuenta personal de Puente. Hablaban de “comisiones de agradecimiento” y de “relajación de controles de calidad” tras “una favorable intervención administrativa”. “Tus rails de bazar chino no fueron un error, Jesús. Fue un negocio. Y las cuarenta y cinco almas, el margen de beneficio.”

El aire se espesó. No había ira, solo el frío reconocimiento de que ambos tenían un arma apuntando a la sien del otro. Era la perfección del dilema del prisionero resuelto: la traición era imposible porque llevaría a la aniquilación mutua. La cooperación, por miedo, era la única opción.

“Entonces, estamos de luna de miel”, dijo Puente, con amargura.

“Hasta que la muerte nos separe”, respondió Moreno, cerrando el portátil. “O la justicia.”

“La justicia”, rio Puente, un sonido seco. “Eso es para la gente que compra sus destornilladores en ferreterías de verdad.”

Capítulo 7: El nuevo orden

El frente funcionó. La comisión de investigación del parlamento nacional, polarizada y llena de intereses cruzados, se atascó. Los testigos clave perdieron memoria. Los informes técnicos se llenaron de jerga incomprensible. La presión mediática, aunque feroz al principio, se fue diluyendo en el ciclo de noticias, reemplazada por un nuevo escándalo, otra riada, otra pelea partidista.

Moreno Bonilla y Puente se convirtieron en un icono de la política cínica. Un matrimonio de conveniencia que todos sabían podrido, pero que nadie con poder tenía interés en disolver. Representaban algo demasiado útil: la demostración de que, al final, el sistema se autoconserva. Los colores partidistas se difuminaban ante el color del dinero y del poder retenido.

Organizaron, juntos, un acto de “reconciliación y memoria” en Adamuz. Fue un híbrido grotesco: un imán rezó brevemente, un cura dijo un padrenuestro, un coro infantil cantó una canción sobre la paz. No hubo disculpas, solo un “nunca más” hueco dirigido a un futuro que solo ellos administrarían. Asistieron las familias, algunas con la resignación de los vencidos, otras con la rabia impotente en los ojos. Los fotógrafos capturaron a Moreno y Puente, de pie ante una placa con los 45 nombres, con las cabezas gachas en un duelo perfectamente coreografiado.

Detrás, en la sombra del poder, sus respectivos partidos respiraban aliviados. Habían esquivado una bala. El coste: la decencia, la justicia, la verdad. Pero en sus balances, era un coste asumible. Un mal menor, o quizás, simplemente, el negocio de siempre.

Epílogo: La partida continúa

Un año después, en un bar de carretera a medio camino entre sus dos capitales, un periodista freelance que había seguido la pista desde el principio se reunió con un ex-técnico de Adif, jubilado anticipadamente.

“Nada se movió”, dijo el periodista, derrotado. “Tienen inmunidad. Su pacto los hizo intocables.”

El técnico, un hombre con manos callosas y mirada clara, tomó un sorbo de vino. “El dilema del prisionero”, dijo.

“¿Usted también?”

“Lo leí. Hay una variante”, continuó el viejo técnico. “Cuando el juego se repite infinitas veces. La cooperación puede ser estable. Pero tiene un requisito.”

“¿Cuál?”

“Que los jugadores sean los mismos, partida tras partida. Que crean que el juego nunca terminará.” El técnico miró por la ventana, hacia la vía del tren que pasaba a lo lejos. “Pero el juego sí termina. Para todos. Y a veces, las piezas que creen que controlan el tablero se descubren, un día, como simples peones en una partida más grande.”

“¿Qué quiere decir?”

El técnico se encogió de hombros. “Que ese pacto, ese matrimonio… está basado en la idea de que su miedo mutuo es más fuerte que todo lo demás. Pero el miedo se gasta. La ambición renace. Y un día, uno de los dos verá una oportunidad, un resquicio, una forma de salvarse solo y echará el cerrojo de la celda para que el otro no pueda salir.”

“¿Cree que se traicionarán?”

El hombre sonrió, una sonrisa triste y llena de conocimiento de causa. “No lo sé. Pero el problema de pactar con un converso, joven, es que nunca sabes a qué dios reza en realidad. Ni cuándo decidirá que tú eres el sacrificio que ese dios pide.”

Fuera, un tren de mercancías pasó rugiendo, haciendo temblar los vasos. Llevaba contenedores de un puerto a una fábrica. La vía, recién reparada con acero de una nueva licitación, aguantó firme. El periodista miró el sobre que tenía sobre la mesa, con fotocopias borrosas y números de cuenta. Quizás el juego no había terminado. Quizás solo estaba en una pausa, esperando a que el miedo dejara paso a un cálculo aún más frío, a una traición aún más cínica. Porque en el género negro en el que vivían, el final feliz no existía. Solo existían distintos grados de derrota, y la esperanza, vana, de que la tuya no fuera la definitiva.

Fin.