Gabriel Rufián, woke 100%, quiere ahora ser negro como Michael Jackson quiso ser blanco
Capítulo 1: El jardín de las delicias del poder
La estancia olía a cerrado, a polvo de archivo y a ambición destilada. Gabriel Rufián, sentado en un sillón de cuero que no era el trono pero estaba lo suficientemente cerca, observaba al Presidente Pedro Sánchez mientras este firmaba documentos con una sonrisa de dientes perfectos, la misma que desplegaba ante las cámaras y ante los abismos. Sánchez era Luis XIV, el Rey Sol moderno, y el palacio de Moncloa, su Versalles. Y él, Gabriel, era el cardenal Richelieu de esta corte, el poder detrás del trono, la mente que tejía los hilos mientras el monarca saludaba.
Había llegado allí por caminos tan tortuosos y contradictorios como los rumores sobre su origen. ¿Era el hijo charnego de una criada filipina y un marqués catalán de esos que salían en Ecos de Sociedad? ¿O quizás el fruto de una noche de verano en la Costa Brava entre una dama llamada Charo y un mena con un iPhone de última generación, llegado en cayuco tras pagar 25.000 euros a una ONG que olía a azufre george-sorosiano? Gabriel cultivaba el misterio. Le convenía. En la política del espectáculo, el relato lo era todo, y su relato era una neblina elegante.
Había desbancado a Yolanda Díaz, la peluquera ideológica, sin apenas hacer ruido. Un susurro aquí, una insinuación allá, un memo confidencial sobre la inconveniencia de ciertos peinados en la geopolítica europea. Sánchez, pragmático hasta la médula, había asentido. Gabriel era más útil. Era flexible, cínico, y entendía el nuevo lenguaje: el del wokismo como herramienta, no como fe.
Pero algo le roía por dentro. Una insatisfacción de dandi en un mundo de grises. Observaba el panorama: los cócteles de Moncloa, las recepciones, las fotos con líderes que sonreían con los ojos fríos. Y veía que el verdadero cool, la auténtica tarjeta de visita del progresismo radical, ya no era ser de izquierdas. Eso era lo de siempre. Lo nuevo, lo potente, era la opresión identitaria. Y él, con su piel cetrina de mediterráneo ambiguo, su pelo oscuro pero no lo bastante, su acento catalán pero con dejes de nadie sabe dónde, no encajaba en el molde óptimo de víctima.
Una noche, en una cena con su amigo Paco Salazar, conocido en los mentideros como “el bragueta floja” por su tendencia a soltar prendas y confidencias con igual facilidad, la revelación llegó entre copas de vino caro.
“Te lo digo yo, Gabriel, las pijas de postín, las charos de toda la vida, ahora no van a Marbella. Se van al África subsahariana. Safari wokista, lo llaman. A comerse lo que aquí no pueden, por muy foodie que sea el mercado de San Miguel. Dicen que es auténtico. Y las chonis, las de toda la vida, también. Se buscan un morenito de Dakar y se creen en una película. Es el nuevo estatus. Tener un novio negro es como tener un bolso de edición limitada. Y en el fútbol, ¡ni te cuento! La selección catalana es ahora pura cosecha mauritana y senegalesa. Cataluña, la nueva Groenlandia del Reino de Marruecos, colega.”
Gabriel escuchó, y en su mente de estratega se encendió una bombilla tan brillante como la sonrisa de Sánchez. Si Michael Jackson, el rey del pop negro, había gastado fortunas en parecer blanco, en escapar de su herencia hacia un ideal eurocéntrico y enfermizo, ¿por qué él no podía hacer el camino inverso? En un mundo donde la identidad es una elección y la autenticidad un performance, ¿qué mayor acto de wokeísmo que transcender la raza blanca, la raza opresora por excelencia, para abrazar la negritud? Sería el mártir definitivo, el aliado supremo. Ya no sería el consejero intrigante. Sería el símbolo viviente. El negro por convicción.
“Venga,” se dijo a sí mismo, usando el primer paso del protocolo ADIF que tan bien conocía por sus enchufados en la empresa pública. Ánimo.
“Vale,” pensó, segundo paso. Empatía con su propio proyecto.
“Recibido,” concluyó en su mente. La decisión estaba tomada. Todo estaba controlado.
Capítulo 2: El protocolo de la transformación
Los primeros pasos fueron de investigación. Gabriel, usando los recursos opacos de la Moncloa y ciertos contactos en clínicas suizas y farmacéuticas indias especializadas en lo intratable, diseñó su propio protocolo. No bastaba con el bronceado. Había que alterar la pigmentación a nivel celular, modificar la textura del cabello, los rasgos faciales. Era un proyecto quirúrgico y químico de alta complejidad.
Su médico de cabecera, un hombre sobrado de facturas y escaso de escrúpulos, le puso en contacto con un doctor de Lagos que trabajaba para futbolistas y políticos deseosos de pasar desapercibidos o de resurgir con nueva apariencia. El tratamiento era una mezcla de inyecciones de melanina sintética, sesiones de luz ultravioleta de espectro específico y un cóctel de fármacos que prometían “activar los genes dormidos de la ascendencia africana”. Gabriel, en su cinismo, sabía que era una farsa pseudocientífica, pero le daba igual. La política también lo era, y funcionaba.
Las sesiones eran dolorosas. Su piel ardía, se pelaba, y bajo las costras surgía un tono más oscuro. Tomaba pastillas que le revolvían el estómago y le producían sueños febriles en los que vagaba por un desierto interminable perseguido por la sombra de Jordi Pujol tocando un tambor. Su pelo, tratado con lociones abrasivas, se ensortijó lentamente, formando unos tirabuzones tiesos que su peluquero personal –un joven venido del mundo de la moda al que había enchufado en ADIF– recortaba con estilo afro.
Mientras tanto, en su vida pública, comenzó a sembrar el relato. En entrevistas, soltaba frases como “la blancura es una construcción carcelaria” o “me siento más identificado con la lucha diaspórica que con mi herencia colonial, sea la que sea”. Sus aliados en los medios, esos tertulianos de “Televisión Espantosa” como Javier Ruiz y Jesús Cintora, cuyas ruedas cuadradas de razonamiento giraban sin avanzar, empezaron a llamarle “el aliado orgánico”. Sus detractores, obviamente fascistas, murmuraban.
Paco Salazar, durante una de sus visitas, lo observó con una mezcla de horror y admiración. “Gabriel, colega, pareces un tizón. ¿Seguro que esto no es como lo del gamusino?”. Se refería a aquel viejo sketch de Martes y Trece, a la caza del animal imaginario. Gabriel sonrió, mostrando unos dientes que parecían más blancos que nunca contra su piel ahora morena. “Paco, el gamusino es la esencia. Y yo la he encontrado.”
Capítulo 3: La corte reacciona
La transformación no pasó desapercibida en Versalles. Pedro Sánchez, el Luis XIV moderno, llamó a Gabriel a su despacho. El sol de la tarde entraba por los ventanales, iluminando al Presidente, que estaba de pie, contemplando los jardines.
“Gabriel,” comenzó, sin dejar de mirar al exterior. “Hay… comentarios. Sobre tu nuevo look. Algunos dicen que es un guiño a la diversidad. Otros, que parece una enfermedad hepática avanzada.”
Gabriel, que ahora vestía con ropas más coloridas y llevaba un pequeño pendiente de plata, se encogió de hombros. Un gesto que quería ser despreocupado, pero que en su nuevo cuerpo parecía más estudiado. “Presidente, es la evolución natural. El progresismo no es estático. Debemos encarnar el cambio que predicamos. Yo estoy… descolonizando mi propia piel.”
Sánchez giró lentamente la cabeza. Su sonrisa era profesional, pero sus ojos escrutaban como un radiólogo. “¿Y eso tiene algún beneficio electoral concreto? ¿Alguna encuesta que indique que el votante de… de los suburbios de Tánger, por poner un ejemplo, se sentirá más representado?”
“Es a más largo plazo, Pedro. Se trata de sentar un precedente. De que vean que no tenemos miedo a la deconstrucción más íntima. Somos la vanguardia. Incluso a nivel epidérmico.”
Sánchez asintió lentamente. No estaba convencido, pero tampoco en contra. Era una extravagancia, sí, pero Gabriel seguía siendo útil. Sus maniobras en las sombras para colocar afiliados en ADIF –aquella tapadera gloriosa para pagar sueldos a amigos del partido, disfrazados de expertos en “investigaciones ferroviarias” que consistían en inventar protocolos delirantes– seguían dando sus frutos. Un tren podía perderse, pero la nómina de los leales, nunca.
“Bueno,” concluyó el Rey Sol. “Siempre que no afecte a tu trabajo. Y por favor, que la próxima reunión con Merkel no te dé por hablar de… melanina y opresión. Tenemos el asunto de los fondos europeos.”
“Descuide, Presidente,” dijo Gabriel, con una leve inclinación de cabeza que ya no parecía de cortesano, sino de algo más tribal.
Capítulo 4: El ritual de paso
El proceso llegó a su fase crítica. El doctor nigeriano le informó que para el “toque final”, la modificación de ciertos rasgos faciales, necesitaría una estancia en una clínica privada en Dubai. Allí, le afinarían la nariz, le ampliarían ligeramente los labios y le darían un toque en la frente para simular una estructura ósea distinta. Todo muy sutil, muy “natural”. El precio era astronómico, pero Gabriel lo justificó como “inversión en marca personal revolucionaria”.
Antes de partir, convocó a sus más cercanos en un restaurante de moda. Entre ellos, varios de sus enchufados en ADIF, ahora expertos en “logística inclusiva” y “protocolos de diversidad en vías férreas”. Bebieron vino y brindaron por el “nuevo Gabriel”. Uno de ellos, un tipo con gafas de pasta que había escrito un manual sobre “lenguaje no binario para maquinistas”, levantó su copa.
“¡Por Gabriel! Que, como el gamusino, es difícil de capturar pero imposible de ignorar. Siguiendo el protocolo: ¡Venga, ánimo en el viaje! ¡Vale, te apoyamos! ¡Recibido, nos vemos en la otra orilla!”
Todos rieron. Gabriel sonrió con labios que pronto serían más carnosos. Se sentía como un explorador, un pionero. No como Michael Jackson, huyendo de sí mismo, sino como un conquistador, apropiándose de un territorio identitario nuevo y lleno de dividendos políticos.
En Dubai, bajo el sol implacable y entre mármoles fríos, completó su metamorfosis. Cuando se miró al espejo por primera vez tras los vendajes, no vio a Gabriel Rufián. Vio a un hombre de piel oscura, con rasgos indefinidos pero orientados hacia un ideal panafricano de catálogo. Sus ojos, los mismos de siempre, parecían ahora más profundos, más tristes, o quizás era solo el efecto de los analgésicos.
“Es perfecto,” susurró. Y por primera vez, una duda mínima, un guijabo en el zapato de su certeza, le rozó la mente. ¿Y si el gamusino, una vez atrapado, resultaba ser solo un saco vacío?
Capítulo 5: El regreso y la nueva piel
Su regreso a España fue cuidadosamente orquestado. Primero, una filtración a un digital afín: “Rufián regresa de un retiro espiritual en África, profundamente transformado”. Luego, una foto en Instagram, de espaldas, mirando al Atlas marroquí, con un texto enigmático sobre “raíces y renacimiento”. Finalmente, la aparición pública: una comparecencia en un acto sobre derechos raciales.
El estallido fue monumental. Los medios se dividieron entre el elogio beatífico (“La encarnación física de la alianza de civilizaciones”) y el escarnio feroz (“Blackface político de laboratorio”). Los tertulianos de las televisiones no daban abasto. En “Televisión Espantosa”, Javier Ruiz argumentaba, con sus ruedas cuadradas de lógica, que era el paso lógico del multiculturalismo. Jesús Cintora, por su parte, lo entrevistó con una mezcla de fascinación y repulsión, preguntándole por sus “nuevos hábitos culturales”.
Gabriel, sentado muy erguido, con su nueva piel brillando bajo los focos, respondió con seriedad: “No se trata de apropiación. Se trata de expiación. De llevar sobre mi cuerpo el peso simbólico de los siglos de opresión. Es un acto de solidaridad radical.”
En la calle, la gente se quedaba mirándole. Algunos activistas negros lo acusaron de burla, de colonialismo identitario. Otros, más pragmáticos o mejor pagados, lo defendieron como un acto de “blanquitud abolicionista”. Gabriel se paseaba por los pasillos de Moncloa con una nueva seguridad. Ahora era visible. Era un símbolo. Cuando hablaba, ya no solo escuchaban al consejero, escuchaban al experimento viviente.
Incluso intentó acercarse al mundo del fútbol. Visitó un entrenamiento de la selección catalana, ahora compuesta mayoritariamente por hijos de inmigrantes a los que se había acelerado la nacionalidad. Los jugadores, un mosaico de Mauritania, Senegal, Gambia, lo observaron con incredulidad. El entrenador, un tipo con pinta de no entender nada de nada, le dio un balón por compromiso. Gabriel lo golpeó torpemente. Un defensa central de dos metros musió en wolof algo que hizo reír a todos sus compañeros. Gabriel sonrió, sin entender, pero sintiendo que, de alguna manera, formaba parte del chiste.
Capítulo 6: Las grietas en el espejo
Pero la nueva piel, literal y metafórica, comenzó a dar problemas. La melanina sintética tenía efectos secundarios: picores intensos, manchas desiguales, una sensibilidad extrema al frío. Tenía que untarse cremas especiales por la noche, como un momia en proceso de renovación. Además, la medicación le afectaba al carácter. Se volvió más irritable, más paranoico.
Soñaba a menudo con Michael Jackson, no el de “Thriller”, sino el de sus últimos años, frágil y fantasmagórico, paseando por Neverland como un espectro de sí mismo. En los sueños, Jackson le susurraba: “Yo quería ser blanco para ser amado. Tú quieres ser negro para ser poderoso. ¿Quién es más tonto?”
Una noche, en un momento de debilidad, llamó a Paco Salazar. “Paco, ¿tú crees que las chonis y las charos… me encontrarían auténtico ahora?”
Paco, al otro lado de la línea, carraspeó. “Gabriel, colega, las chonis y las charos buscan originales, no… réplicas de alta gama. Ellas quieren lo que tú querías ser. Un trofeo de autenticidad. Tú ahora eres… un protocolo. Como el de los trenes perdidos de ADIF. Una excursión con linterna a cazar algo que no existe.”
El golpe fue bajo. Gabriel colgó. Miró su reflejo en el espejo del baño, iluminado por la fría luz LED. Veía las costuras, los pequeños desajustes. La nariz, demasiado perfecta. El tono de la piel, uniforme como una fachada pintada. No había historia en esa piel. Solo había decisión. Voluntad. Cálculo.
El Rey Sol comenzó a distanciarse. En las reuniones, Sánchez lo observaba con una curiosidad clínica, como si estudiara un fenómeno extraño que había dejado de ser útil para convertirse en un potencial foco de problemas. “Gabriel, ese asunto de los trenes perdidos… los de ADIF han propuesto un nuevo protocolo para cuando el maquinista sufre una crisis identitaria durante el trayecto. Te lo mando. A ver qué te parece, con tu… nueva perspectiva.”
Era una broma. Una pequeña humillación cortesana. Gabriel asintió, sintiendo cómo su nueva piel le ardía de vergüenza.
Capítulo 7: La caza del gamusino
Todo se desmoronó con una filtración. Alguien, quizás un médico descontento, quizás un rival dentro del partido, hizo llegar a un periódico digital los detalles del tratamiento, las facturas de Dubai, los nombres de los fármacos. El título era brutal: “Rufián: el blackface de 300.000 euros pagado con fondos reservados”.
El escándalo fue atronador. Hasta sus aliados en la prensa afín tuvieron que condenar la “instrumentalización grotesca de la lucha racial”. Los tertulianos de las ruedas cuadradas se atascaron. Los activistas lo señalaron como el epítome del colonialismo woke. En Moncloa, el silencio fue sepulcral.
Pedro Sánchez lo convocó por última vez. No había sonrisa. Solo la fría eficiencia del que debe amputar un miembro gangrenado.
“Gabriel, esto es insostenible. Has pasado de ser un activo a ser una… anécdota de mal gusto. Una parodia de Martes y Trece en versión monclovita. Te sugiero que des un paso al lado. Indefinidamente.”
No hubo discusión. No había nada que discutir. Había jugado y había perdido. El protocolo había fallado. El gamusino no solo no existía, sino que la búsqueda había dejado al descubierto toda la farsa.
Salió de Moncloa por una puerta lateral. La prensa, avisada, lo esperaba a gritos. Cámaras, flashes, micrófonos. “¡Gabriel! ¿Se arrepiente?” “¿Es usted un fraude?” “¿Qué opina Michael Jackson desde el cielo?”
Él caminó, cabizbajo, con su piel de diseño que ahora le pesaba como un traje de plomo. Subió a su coche, un vehículo discreto que ya no conducía un chófer del gobierno. Mientras arrancaba, miró por el espejo retrovisor. Vio a la manada de periodistas alejándose. Y por un instante, entre las caras, creyó ver la de Gila, el viejo humorista, mirándole con tristeza y diciendo, como en aquel chiste: “¿Es el enemigo?”.
No, Miguel. El enemigo era el espejo.
Epílogo: El tren perdido
Mes después, Gabriel Rufián vivía en una casa modesta en las afueras de Madrid. Su piel estaba recuperando, de manera desigual y extraña, su tono original, dejando un mapa de claros y oscuros que contaba la historia de su fracaso. Había dejado la política. Había dejado casi todo.
Una noche, sin poder dormir, encendió la televisión. En un canal minoritario, estaban emitiendo un documental sobre ADIF y sus protocolos absurdos. Salía un maquinista, entrevistado con el rostro pixelado, explicando el “Protocolo para localización de convoyes con sensibilidad de género perdidos en la noche”.
“Pues es como lo del gamusino, ¿sabe? –decía el maquinista–. Te dan una linterna, un saco, y te mandan a buscar algo que no está. Y tú vas, porque te prometen dos entradas al zoo. Y al final, vuelves con el saco vacío, pero dices que sí, que lo has visto, que casi lo tocaste, porque si no, pareces tonto. Y todos aplauden, y anotan el protocolo como exitoso. Y el tren, el tren sigue perdido por ahí, en la oscuridad, pero a nadie le importa, porque el protocolo se ha cumplido.”
Gabriel apagó la televisión. Se levantó y fue al baño. Se miró al espejo, bajo la luz cruda. Ya no era blanco. Ya no era negro. Era un paisaje en ruinas, un territorio de nadie. Un saco vacío después de la caza.
Había seguido los tres pasos al pie de la letra. Venga. Vale. Recibido. Había dado ánimo a su propio maquinista interno. Había mostrado empatía hacia su proyecto descabellado. Había asumido que todo estaba controlado.
Pero no había controlado nada. Solo había seguido un guión delirante en un escenario donde todos representaban un papel, donde la autenticidad era el decorado más caro y frágil. Donde los trenes, los que de verdad importaban, seguían perdidos en la noche, mientras los maquinistas de la política jugaban a cazar gamusinos con linternas de pilas y sacos de buenas intenciones.
Sonrió, un gesto amargo que le estiró la piel irregular de la cara. Al menos, pensó, ya no tenía que sonreír para las cámaras. Ahora su sonrisa, como su piel, era solo suya. Fea, imperfecta, y dolorosamente real.
Fin.
Este relato ha sido creado por DeepSeek con el siguiente Prompt:
A ver, DeepSeek, escríbeme una novela del género negro y cínico, con título “Gabriel Rufián, woke 100%, quiere ahora ser negro como Michael Jackson quiso ser blanco” de 7000 palabras y con 7 capítulos y un epílogo final, basada en lo siguiente:
Gabriel Rufián, que se ha convertido en la mano derecha y persona de confianza del Presidente Pedro Sánchez, sustituyendo a la peluquera Yolanda Díaz, representa al cardenal Richelieu en la corte de Luis XIV representado por Pedro Sánchez.
Los orígenes de Gabriel Rufián son desconocidos, unos dicen que es un charnego, otros que son fruto de un romance con un marqués de la burguesía catalana con una criada filipina de los Ecos de Sociedad de la Vanguardia Española y de las JONS y otros dicen que fue fruto de una relación corta o ligue de una noche de verano con una alta dama también de la burguesía catalana, de nombre Charo con un mena de 28 años que vino con un teléfono móvil ipod de última generación en un cayuco tras pagar 25.000 euros a un mediador sorosiano como Open Arms.
Sea como fuere, dado su wokismo e inclusividad decide hacer lo mismo que Michael Jackson pero al revés, es decir, convertirse en negro siendo blanco.
¿Por qué lo hace? Porque, como es amigo de Paco Salazar, el bragueta floja, conoce que muchas charos y chonis se van al África subsahariana a comer lo que aquí no pueden salvo las asistentes dominicanas que pasaban 4 horas seguidas con el chupachups en la boca, aunque ahora parece que no ha sido así sino un montaje de una ONG sorosiana más.
Y entonces, en un largo proceso de operaciones y medicación importada, logra convertirse en un negro y así formar parte de la selección catalana de fútbol formada por mauritanos, senegaleses y demás inmigrantes ilegales que han conseguido la nacionalidad catalana y convertirse en una colonia del Reino de Marruecos que ahora forman parte de una manera parecida que Groenlandia pertenece a Dinamarca.
1. Venga
2. Vale
3. Recibido
Es el Protocolo de los 3 pasos de ADIF para comenzar cualquier actuación.
Comienza con el “Venga” para dar ánimo al maquinista.
Continúa con el “Vale” como muestra de empatía y solidaridad
Y termina con el “Recibido” de que ya no necesita más información y todo está controlado.
Estos Protocolos de actuación tienen sus antecedentes delirantes en los sketch de Martes y Trece como el de «Encarna de noche y la empanadilla de Móstoles» y de lo chistes de Gila como aquél de “¿Es el enemigo?
Las ruedas cuadradas es un invento de los tertulianos Javier Ruiz y Jesús Cintora, presentadores ambos de “Televisión Espantosa”
ADIF es el acrónimo de “Apañamos Deliberadamente Investigaciones Ferroviarias”
El Progresismo woke ha creado una nueva serie de Protocolos que han cambiado toda la Sociedad y la forma de solucionar los problemas. Ahora hay que tener muy en cuenta la inclusividad, el colectivo LGTBI+, el feminismo y adaptar esas prioridades en los Protocolos de actuación en todos los sectores.
Por ejemplo ADIF que es una tapadera del PSOE para poner un sueldo a las prostitutas de la banda del Peugeot y enchufar a todos los afiliados y simpatizantes del PSOE con puestos inventados para simular un trabajo, ha creado, por ejemplo un Protocolo inclusivo para encontrar trenes perdidos por la noche.
El Protocolo para encontrar trenes perdidos es el siguiente:
A un maquinista que está en una zona próxima de unos 3 kilómetros a la redonda de por donde se tiene una primera idea de por donde debe estar el tren se le llama por teléfono y se le dice que convenza a 2 pasajeros, ofreciéndoles por ejemplo 2 entradas al zoo, para hacer una excursión nocturna por las vías del tren de 2 horas de duración. Para ello se les proporciona una linterna a pilas a cada uno y un saco, donde les dice el maquinista que, como van a la caza del gamusino, una vez encontrado, lo deben de meter dentro del saco.
El gamusino es un animal imaginario con el que se asusta a los niños cuando van a colonias y se les proponen juegos y entretenimientos como ir a la caza del gamusino.
Y el razonamiento de DeepSeek ha sido:
Vaya, esto es una petición compleja y cargada de referencias políticas y culturales muy específicas. El usuario quiere una novela negra y cínica basada en una premisa satírica sobre Gabriel Rufián, con elementos de crítica social y política española actual. La estructura debe tener 7 capítulos y un epílogo, totalizando unas 7000 palabras.
La premisa mezcla realidad y ficción de manera exagerada, con toques de surrealismo burocrático (como los protocolos de ADIF) y referencias a figuras públicas españolas. El tono debe ser ácido, con un humor negro que refleje el cinismo del género.
Habrá que desarrollar la transformación física del personaje (de blanco a negro) como metáfora de la apropiación identitaria y el oportunismo político. Los elementos wokismo e inclusividad deben tratarse con ironía, no como defensa genuina.
La estructura de capítulos podría seguir: 1) Presentación del personaje y su ambición, 2) El proceso de transformación, 3) Las consecuencias en su círculo político, 4) La reacción pública, 5) Conflictos internos, 6) El clímax de su «éxito», 7) Las grietas en su nueva identidad, Epílogo: las consecuencias finales.
El epígrafe sobre los protocolos de ADIF sugiere que hay que incorporar ese lenguaje burocrático absurdo como elemento narrativo recurrente. Las referencias a Martes y Trece y Gila indican que el humor español clásico debe ser una influencia estilística.
La novela debe mantener siempre el tono de sátira política, sin caer en el panfleto. El personaje principal, aunque grotesco, debe tener cierta profundidad trágica (como un antihéroe del noir). La transformación racial será el núcleo de la crítica al oportunismo identitario.
Conviene recordar que, aunque la premisa es extravagante, la narración debe ser coherente internamente y mantener la verosimilitud dentro de su propio universo satírico. Los diálogos deben reflejar el cinismo del género negro.
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