# El dinero destinado al mantenimiento de las vías se gastó en preservativos

## Capítulo 1: El humo que todo lo tapa

El vapor se elevaba en espirales perezosas, envolviendo los cuerpos sudorosos de hombres cuya importancia medía en delegaciones, comisiones y votos. En la sauna *Paraíso Multicultural*, el calor no solo aflojaba los músculos, sino también las lenguas. Y las lenguas sueltas, en el lugar correcto, eran moneda de cambio más valiosa que el euro.

El Comisario Villarejo ajustó discretamente la toalla alrededor de su cintura mientras observaba desde el banco de madera de cedro. No era un hombre imponente físicamente, pero sus ojos, pequeños y brillantes como cuenta de vidrio, lo delataban como un depredador. Llevaba años recolectando secretos como otros coleccionaban sellos, pero esta noche era diferente. El dispositivo de grabación, miniaturizado e impermeable, estaba cosido en el borde de su toalla, justo donde el sudor podría explicar cualquier humedad extraña.

—El problema no es la seguridad ferroviaria —decía la voz nasal del Subsecretario de Infraestructuras, emergiendo entre el vapor como un susurro conspirativo—. El problema es la seguridad nuestra. ¿Has visto las estadísticas? Los embarazos no deseados entre las chicas de servicio han subido un cuarenta por ciento este año.

—¿Y eso nos afecta cómo? —preguntó otra voz, grave, que Villarejo identificó como la del Obispo auxiliar de la archidiócesis.

—Nos afecta porque son las que limpian nuestras casas, cuidan a nuestros nietos y, en algunos casos… —hizo una pausa elocuente— satisfacen necesidades especiales. Un embarazo es baja maternal, es escándalo, es boca que alimentar.

—¿Y la solución? —intervino una tercera voz, la del suegro del Presidente del Gobierno, dueño de aquel antro de vapor y de media docena más por la ciudad. Un hombre que había construido un imperio a base de saber escuchar y de no hacer preguntas innecesarias.

—La solución —contestó el Subsecretario, bajando aún más la voz— es redirigir parte del fondo de mantenimiento de vías. Son millones, perdidos en auditorías tan complejas que nadie notaría un desvío del diez por ciento. En lugar de comprar traviesas y balasto, compramos preservativos.

Risas ahogadas, cómplices. El vapor pareció espesarse.

—No preservativos cualquiera —aclaró el Subsecretario—. XXXL, super reforzados. Fabricados en la República Dominicana, con el distintivo  JOHNNY WALKER. Son los únicos que sirven para… la clientela multicultural que frecuenta estos establecimientos. Y, por extensión, para nuestros invitados especiales.

El Obispo carraspeó. —¿Y la votación?

—Mayoría absoluta en la comisión de seguimiento de fondos europeos. Ya está hecho. El dinero se transfirió a una fundación para la “salud intercultural”. De allí, a una empresa fantasma en Panamá. De Panamá, a República Dominicana. Y los preservativos ya están en un almacén en las afueras. Se distribuyen discretamente entre los servicios de limpieza de las instituciones y… aquí.

—Aquí es donde más se necesitan —asintió el suegro del Presidente, con la satisfacción de un anfitrión que sabe proveer hasta el último detalle—. Mis saunas son un crisol, Comisario. Hombres de negocios asiáticos, diplomáticos africanos, políticos europeos… y nuestros jóvenes MENAS. Todos conviven en el vapor. Y el vapor, como saben, disuelve las barreras. Pero no todas las barreras son deseables.

Las risas fueron más abiertas esta vez. Villarejo sonrió para sí, un gesto amargo. No era la primera vez que escuchaba barbaridades, pero la crudeza de la transacción, el cinismo con el que cambiaban seguridad pública por lubricantes de látex, le sorprendió incluso a él. Apretó la toalla contra su muslo, asegurándose de que el dispositivo seguía funcionando. Cada palabra, cada carcajada, quedaba impresa en ceros y unos. Era oro negro.

Al salir, ya vestido, el suegro del Presidente le puso una mano en el hombro. —Siempre es un placer, Comisario. Un hombre discreto es un hombre valioso.

—La discreción es mi profesión —respondió Villarejo, mirándole directamente a los ojos.

El otro sostuvo la mirada un segundo de más. —Claro. Solo recuerde: en este vapor, todos estamos desnudos. Y lo que aquí se habla, aquí se evapora.

—Como debe ser —asintió Villarejo, saliendo a la noche fría.

Pero lo que él tenía no era vapor. Era una grabación. Y las grabaciones no se evaporan. Se filtran.

## Capítulo 2: La Audiencia que no escucha

La sala de la Audiencia Nacional olía a polvo, madera vieja y ambición frustrada. Villarejo, ahora con traje y corbata, depositó el sobre sellado en el escritorio del Juez instructor. Dentro, una memoria USB con las grabaciones y una transcripción cuidadosamente editada. No puso todas. Solo las suficientes.

—Son conversaciones grabadas en establecimientos de ocio frecuentados por altos cargos —explicó con voz neutra—. Evidencian un desvío de fondos públicos de magnitud considerable.

El Juez, un hombre de rostro cansado y gafas de montura fina, observó el sobre como si contuviera una serpiente. —¿Establecimientos de ocio? ¿Saunas, quiere decir?

—Saunas multiculturales, señoría. Lugares de encuentro y diálogo social —respondió Villarejo sin rastro de ironía.

—¿Y cómo obtuvo usted estas grabaciones?

—En el ejercicio de mis funciones como policía, en el marco de una investigación sobre posibles delitos contra la salud pública. La prostitución irregular, las condiciones higiénicas… uno nunca sabe lo que puede encontrar.

El Juez suspiró. Sabía, como todo el mundo en ciertos círculos, quién era Villarejo. Un arma suelta, un acumulador de pruebas venenosas. Un hombre útil hasta que dejaba de serlo.

—Dejaré esto en manos de la Fiscalía. Ellos evaluarán la pertinencia.

Era la frase burocrática para “esto va a una estantería y allí se pudrirá”. Villarejo lo sabía. Pero no importaba. Su jugada no era judicial, era mediática. Había hecho copias. Varias.

Al día siguiente, sin embargo, los titulares no hablaban de desvíos de fondos ni de preservativos. Hablaban de una crisis diplomática con un país vecino, de una subida imprevista del petróleo. Sus contactos en los periódicos más sensacionalistas le devolvieron las llamadas con evasivas. “Es muy grueso, compañero.” “Necesitaríamos más pruebas.” “¿No tienes algo con… vídeo?”

El sistema tenía una capacidad asombrosa para digerir el escándalo, para cubrirlo con una capa de normalidad más espesa que el vapor de cualquier sauna. Villarejo empezó a sentirse como un hombre que grita en una tormenta. Sus palabras, por impactantes que fueran, se las llevaba el viento de la actualidad.

Fue entonces que recibió la visita. No en su despacho, sino en un banco solitario del parque, al atardecer. Llegó en un coche discreto, con cristales tintados. El suegro del Presidente.

—Comisario. Caminemos.

Caminaron en silencio un rato, entre madres con carritos y jubilados que paseaban perros.

—Eres un hombre meticuloso —empezó el suegro—. Admiro eso. Pero la meticulosidad sin visión es… ruido. Has hecho un ruido molesto.

—Solo he presentado unas pruebas.

—Unas pruebas que nadie quiere oír. ¿Sabes por qué? Porque ese dinero, ese desvío… salva vidas. Evita dramas familiares, infecciones, conflictos sociales. Esos jóvenes, los MENAS… son fogosos. Y nuestros políticos, obispos, empresarios… son hombres con necesidades. La sauna es una válvula de escape. Una válvula que necesita… lubricación adecuada.

Villarejo se detuvo. —Usted habla de lubricación. Yo hablo de un tren que podría descarrilar porque las vías no se mantienen.

—¡Bah! —el hombre hizo un gesto de desprecio—. Las estadísticas de descarrilamientos son mínimas. Mínimas. En cambio, las de conflictos por paternidades no reconocidas, de escándalos sexuales que tumban carreras… esas son altas. Muy altas. Priorizamos. Es el arte de gobernar: elegir el mal menor.

—Usted no gobierna. Usted tiene saunas.

—¡Y desde mis saunas mantengo la paz social más de lo que lo hacen todos tus informes policiales juntos! —la voz del hombre perdió por un instante su templanza habitual—. Mira, te hago una oferta. Deja de hacer ruido. Hay un ascenso pendiente en la Interpol. Un cargo discreto, bien remunerado. Podría ser tuyo.

Villarejo miró hacia el horizonte, donde el sol se ponía tras los edificios. Era una oferta real. Y una amenaza velada. Si rechazaba el ascenso, lo que seguiría sería el ostracismo, la inhabilitación, quizá algo peor.

—Necesito pensarlo.

—Claro. Piensa. Pero piensa también en el vapor, Comisario. En el vapor, todos somos iguales. Desnudos, vulnerables. Fuera del vapor… las cosas son diferentes. Algunos llevamos toalla. Otros, traje. Y otros… acaban en la calle, fríos.

Se fue, dejando a Villarejo solo en el crepúsculo. El Comisario encendió un cigarrillo, algo que no hacía desde hacía años. El humo, pensó, siempre era útil. Para ocultar, para disimular, para hacer que los contornos de la realidad fueran menos nítidos. Pero él ya no quería humo. Quería fuego.

## Capítulo 3: El periodista que olía a carroña

Raúl Mendieta era un periodista de la vieja escuela, de esos que creen que el olor a café rancio y tabaco es el aroma del oficio. Su blog, “La Púa”, tenía una audiencia reducida pero ferozmente leal. No recibía anuncios de grandes marcas, pero sí sobres sin remitente con fotos borrosas y datos inconexos. Vivía de la carroña del sistema, y estaba orgulloso de ello.

Cuando Villarejo lo llamó desde un teléfono quemable, Mendieta supo, por el tono de voz, que era algo gordo. Quedaron en un bar de carretera a las afueras, un lugar donde la única decoración eran las manchas de grasa en las paredes.

—Necesito que esto salga —dijo Villarejo, deslizando otra memoria USB por la mesa pegajosa—. Todo. Los nombres, las cifras, lo de los preservativos.

Mendieta escuchó la grabación en sus auriculares, primero con escepticismo, luego con incredulidad y finalmente con un brillo casi lujurioso en los ojos. Era la exclusiva de su vida. La historia que contenía todo: sexo, poder, dinero, hipocresía e incluso un toque de comedia negra con los malditos condones XXXL.

—Es… enorme —murmuró—. Pero es solo audio. Son voces. Necesitamos corroborar. El desvío de fondos, la compra…

—Hay facturas —cortó Villarejo—. En la fundación “Salud Intercultural”. El almacén existe. El cargamento llegó en un contenedor etiquetado como “material sanitario no perecedero”. Puedo darte ubicaciones, números de lote. Los preservativos tienen un logotipo, “ JOHNNY WALKER”, en una esquina. José Bueno, el fabricante dominicano. Es real.

—¿Y por qué yo? —preguntó Mendieta, suspicaz—. Podrías ir a un grande, a un periódico nacional.

—Porque los grandes tienen publicidad del gobierno, accionistas en consejos de administración de bancos que financian a los partidos. Porque tú no tienes nada que perder. Y porque a tu blog lo leen otros como tú, periodistas en provincias, editores de medios digitales pequeños, gente con rabia. La rabia es contagiosa.

Mendieta asintió. Era cierto. No tenía nada, excepto su blog y su reputación de perro sarnoso. Y esta historia valía más que cualquier premio.

—Lo publicaré por partes. Primero el audio, con la transcripción. Luego el rastro del dinero. Luego la factura de los preservativos. Les daré en las tres líneas: la moral, la económica y la grotesca.

—Buena estrategia —aprobó Villarejo—. Solo una cosa: no me nombres. Por ahora.

—No te preocupes. Para mis lectores, serás “una fuente policial de alto nivel”. Eso les encanta.

La primera parte se publicó a las tres de la madrugada de un martes. Tituló: “¿A qué huele el vapor? La conversación que desnuda a la élite”. Subió el audio crudo, sin editar. Las voces, entrecortadas por el sonido ambiente de la sauna, tenían una cualidad fantasmal, íntima y a la vez obscena.

El efecto fue lento al principio. Unos cientos de visitas en la primera hora. Luego, alguien lo enlazó en una red social. Luego, un medio digital pequeño lo recogió. Para las diez de la mañana, el audio era tendencia. La gente escuchaba, incrédula, a sus gobernantes hablando de preservativos super reforzados mientras desviaban fondos para la seguridad ferroviaria.

El Ministerio de Infraestructuras emitió un comunicado escueto: “Se trata de una grabación manipulada y sacada de contexto. Se han abierto las diligencias oportunas para aclarar los hechos y se actuará con contundencia contra la difamación”. El Obispado habló de “montaje maligno para socavar la moral cristiana”. El suegro del Gobierno declaró que era “víctima de una campaña de desprestigio por defender un modelo de negocio inclusivo y multicultural”.

Pero Mendieta no esperó. Al mediodía publicó la segunda parte: “El viaje del euro: de las vías del tren a los condones XXXL”. Con diagramas, transferencias bancarias filtradas, y la factura de la empresa dominicana  JOHNNY WALKER Lubricantes de Alta Seguridad, S.A. por un importe de 1.8 millones de euros. El concepto: “500.000 unidades de profilácticos de máxima resistencia, talla especial, para programas de salud pública”.

La carcajada fue nacional. Los memes estallaron en internet: trenes descarrilando sobre ríos de preservativos, políticos con sombreros de condón, el logotipo  JOHNNY WALKER photoshopeado en monumentos nacionales. La broma era tan absurda que resultaba creíble. La seriedad de las autoridades, en cambio, sonaba a farsa.

En el despacho del suegro del Presidente, la atmósfera era más densa que en sus saunas. —¿Cómo ha llegado esto a un blog de mierda? —gritaba al Subsecretario, que había acudido pálido y sudoroso—. ¡Se suponía que tenías controlados a los periodistas!

—¡Este Mendieta es un salvaje! No sigue las reglas, no teme las presiones… y ahora tiene una legión de seguidores replicando todo. Los grandes medios ya no pueden ignorarlo. Están obligados a seguir la historia.

—Entonces, le cortamos las piernas. Ensuciamos su nombre. Tiene que tener algo, todo el mundo tiene algo.

—Ya lo estamos intentando. Pero es un tipo solitario. Vive solo, bebe mucho, no tiene familia… es difícil de presionar.

El suegro se acercó a la ventana, mirando la ciudad. —No lo presionen. Ofrézcanle dinero. Mucho dinero. Todo periodista tiene un precio. Y si no lo tiene… pues entonces su blog sufre un fallo técnico catastrófico. Sus fuentes se secan. Su vida se vuelve… incómoda.

Mientras, Villarejo observaba el terremoto desde las sombras. Su plan funcionaba. El sistema, esa máquina bien engrasada de mentiras y medias verdades, tenía una tuerca suelta: el ridículo. Y Mendieta estaba apretándola con todas sus fuerzas.

## Capítulo 4: La visita pastoral

El Obispo auxiliar no solía visitar comisarías. Prefería los salones de té de los hoteles de lujo, donde el ambiente olía a perfume caro y a indulgencia. Pero las circunstancias exigían medidas extraordinarias. Llegó a la oficina de Villarejo acompañado de su secretario, un joven de gesto severo y manos finas.

—Comisario —dijo el Obispo, sin ofrecer la mano—. Vengo en son de paz y de reconciliación.

—Siéntese, Excelencia —indicó Villarejo, sin levantarse—. ¿A qué debo el honor?

—A esta… tormenta mediática. Esta cacofonía de calumnias que amenaza la paz de espíritu de muchos fieles y la estabilidad de la nación.

—Las grabaciones no son calumnias. Son evidencias.

—¡Son conversaciones privadas, sacadas de contexto! —el Obispo elevó ligeramente la voz, antes de contenerse—. Lo que se discutía en ese lugar… era el bien común. Un enfoque pastoral, moderno, de un problema social complejo. Esos jóvenes inmigrantes, los MENAS, tienen impulsos. Nuestros líderes, bajo una presión inmensa, necesitan alivio. ¿Es pecado buscar soluciones prácticas, compasivas?

Villarejo se reclinó en su silla. —Me sorprende que la solución práctica pase por desviar dinero público destinado a prevenir accidentes ferroviarios.

—Dios obra de maneras misteriosas —respondió el Obispo, con una sonrisa tensa—. Tal vez, al evitar un escándalo sexual que derribara a un ministro clave para la economía, hayamos salvado más empleos de los que hubieran perdido familias en un hipotético descarrilamiento. La moral teológica no es una matemática simple, Comisario.

—Claro. Es una gimnasia mental.

El secretario del Obispo dio un paso al frente. —¡Eso es una falta de respeto!

—Cálmate, Lucas —dijo el Obispo, poniendo una mano tranquilizadora en el brazo del joven—. El Comisario está enfadado. Es comprensible. Mira, hijo —se dirigió de nuevo a Villarejo—, sé que eres un hombre de principios. Pero los principios, sin prudencia, son fanatismo. La Iglesia puede ser… agradecida. Hay una parroquia en una hermosa ciudad costera que necesita un hombre de orden como tú. Un cambio de aires. Lejos del ruido de la capital.

Era la segunda oferta en poco tiempo. Primero Interpol, ahora una sinecura eclesiástica en la playa. El sistema trataba de engullirlo, de hacerlo parte de la digestión.

—No soy hombre de playa, Excelencia. El sol me da alergia.

—No juegues con esto —la voz del Obispo perdió toda su dulzura—. Estás tocando resortes muy sensibles. No solo son políticos. Hay jueces, fiscales, banqueros… hombres que, en el vapor sagrado de la confraternización, encuentran puntos en común. Tú estás intentando ventilar ese vapor. Y al hacerlo, puedes provocar un catarro general que afecte a todo el país.

—O quizá un poco de aire fresco es justo lo que necesitamos —replicó Villarejo.

El Obispo se levantó. —He rezado por ti, Comisario. Rezaré para que encuentres el camino de la cordura. Porque el camino que estás tomando… está oscuro. Y resbaladizo.

Salieron, dejando tras de sí un rastro de incienso y amenaza. Villarejo abrió la ventana para ventilar el olor. Al fondo de su cajón, otra memoria USB esperaba. La siguiente parte de la bomba. Mendieta ya tenía el material. Esta vez, no serían solo voces o facturas. Serían nombres. Una lista de clientes frecuentes de las saunas multiculturales. Políticos de todos los colores, obispos, empresarios, dos jueces de lo penal y el presidente de una ONG dedicada a la protección de la infancia.

La hipocresía, expuesta como un cuerpo desnudo bajo la luz fría de los datos. Villarejo sonrió, por primera vez con algo parecido a la alegría. Estaba listo para que el escándalo dejara de ser una broma sobre preservativos para convertirse en una auténtica crisis de Estado. El vapor se estaba disipando, y debajo, la podredumbre empezaba a verse.

## Capítulo 5: La lista

Mendieta publicó la lista un jueves por la noche, cuando la gente estaba cansada de la semana pero aún con energía para el escándalo. No la llamó “lista”. El título fue: “Invitados al vapor: quién se codeaba con quién en la sauna de los condones de oro”.

No eran acusaciones de delito en sí mismas. Solo nombres, fechas y horas de acceso, obtenidos —según explicaba— de los registros de membresía y las cámaras de seguridad de la calle, cuya custodia era más laxa de lo que el suegro del Presidente creía. Pero la implicación era clara: estos eran los hombres que frecuentaban el lugar donde se había tramado el desvío, el lugar donde se distribuían los famosos preservativos  JOHNNY WALKER.

El efecto fue inmediato y nuclear. Un diputado de un partido de izquierdas fue pillado el mismo día que había dado un encendido discurso sobre la austeridad y la moral pública. Un conocido empresario de medios, defensor de la familia tradicional, aparecía registrado dos veces por semana. Un juez conocido por sus sentencias durísimas contra delitos menores aparecía como “cliente preferente”.

Las negaciones fueron rápidas, variadas y patéticas. “Estaba investigando.” “Me confundieron con otra persona.” “Fui por un masaje terapéutico.” “Mi abogado recomienda no hacer declaraciones.”

La broma de los preservativos había abierto la puerta. La lista la derribó de una patada. Los grandes medios ya no pudieron ignorarlo. Los telediarios abrían con la crisis, los periódicos dedicaban portadas y páginas interiores. La oposición parlamentaria, olfateando sangre, pidió comisiones de investigación y comparecencias urgentes. El Presidente del Gobierno, pálido y visiblemente furioso, dio una rueda de prensa en la que afirmó no tener “ningún tipo de relación comercial o personal con dichos establecimientos” y anunció una auditoría total de los fondos de mantenimiento ferroviario. Ni una palabra sobre su suegro.

Pero el daño estaba hecho. La credibilidad de la clase dirigente, ya baja, se desplomó. Las encuestas mostraban una desconfianza récord. En las redes, la gente no hablaba de otra cosa. El hastío era palpable, teñido de un humor negro y desesperado. Se organizaron protestas simbólicas: manifestantes lanzaron miles de preservativos inflados como globos a la fachada del Congreso. Una performance mostró a un hombre disfrazado de tren descarrilando sobre un mar de condones. El logo  JOHNNY WALKER se convirtió en un meme universal de la corrupción absurda.

Dentro del sistema, el pánico era tangible. Los hombres de la lista empezaron a verse como apestados. Sus colegas les evitaban en los pasillos. Las llamadas de sus jefes eran cortantes. El suegro del Presidente, acorralado, dio una entrevista desafiante en un programa de máxima audiencia.

—¿Sauna? ¡Claro que tengo saunas! ¡Y son un ejemplo de integración! Allí se relaja el ministro con el obrero, el juez con el fontanero. Sí, también van jóvenes inmigrantes. ¿Y qué? ¿Acaso no tienen derecho al bienestar? Los preservativos son una medida de salud pública, ¡y yo estoy orgulloso de contribuir a la salud pública! Si el Estado no lo hace, lo hace un ciudadano preocupado.

—¿Con dinero del Estado? —preguntó la presentadora, secamente.

—¡Eso es falso! ¡Son calumnias! El dinero de mis negocios es limpio. Y si alguien tiene pruebas de lo contrario, que las presente ante un juez, no en un blog infecto.

Era una jugada audaz: retar a llevar el asunto a los tribunales, confiando en que la maquinaria judicial, lenta y llena de resortes amistosos, lo enterraría. Pero Villarejo y Mendieta no estaban solos ya. Un fiscal joven y ambicioso, viendo la oportunidad de hacerse un nombre, abrió una investigación oficial basándose en las publicaciones del blog. No sobre los preservativos, sino sobre el desvío de fondos públicos y la posible malversación.

La tormenta perfecta se había formado. Y en su ojo, quieto y calculador, estaba Villarejo. Recibió una nueva visita, esta vez en su casa. Dos hombres con trajes baratos y actitud de funcionarios de alto nivel.

—El Presidente está muy disgustado —dijo el primero, sin preámbulos—. Esta situación es insostenible. Perjudica al país.

—La corrupción perjudica al país —replicó Villarejo desde el umbral, sin invitarlos a pasar.

—Hay corrupción y… hay gestión flexible de recursos —dijo el segundo—. Lo que usted ha destapado es una cadena de decisiones desafortunadas, quizá, pero tomadas con una intención de bien común. El suegro del Presidente es un patriota. Y está dispuesto a asumir responsabilidades, dentro de un marco de discreción.

—¿Qué significa eso?

—Significa que si las filtraciones paran, él declarará ante el fiscal que actuó por su cuenta, sin conocimiento de su yerno ni de ningún cargo público. Se hará cargo de la desviación de fondos, devolverá el dinero (una parte, al menos) y cerrará las saunas. A cambio, la investigación no se extiende. La lista se olvida. La prensa pasa página. Y usted… recibe una indemnización por años de servicio y se retira tranquilo. Con honores.

Era la rendición. Ofrecían un chivo expiatorio y la salvación de la estructura de poder. Era la forma en que el sistema siempre se había autoreparado: sacrificando una pieza para salvar el tablero.

Villarejo miró a los dos emisarios. Sus caras eran máscaras de seriedad profesional, pero en sus ojos veía el desprecio por el policía incómodo, el hombre que no entendía las reglas del juego.

—Díganle al Presidente —dijo lentamente— que su suegro puede decir lo que quiera. Yo no he terminado.

Cerró la puerta. Sabía lo que eso significaba. Había rechazado la última salida negociada. Ahora solo quedaba la guerra. Y en una guerra, siempre hay bajas.

## Capítulo 6: El almacén de los sueños rotos

Mendieta, excitado como un sabueso, insistió en ver el cargamento. —Necesito una foto, Villarejo. Una foto de las cajas con el logo  JOHNNY WALKER, en ese almacén. Es la guinda. La prueba física que lo ata todo.

Villarejo accedió, contra su mejor juicio. El almacén estaba en un polígono industrial semiabandonado, una nave de cemento con la pintura descascarillada. Consiguió las llaves a través de un contacto en la empresa de seguridad, pagando con dinero en efectivo y sin hacer preguntas.

Entraron de noche. El interior olía a hormigón frío y a látex. Pilas de cajas de cartón marrón llegaban casi al techo. Mendieta, con una linterna, se acercó a una. El logo era discreto: “ JOHNNY WALKER – Protección Total – Hecho en República Dominicana”. En un lateral, un sello: “Propiedad del Ministerio de Sanidad. Uso restringido.”

—Es increíble —murmuró Mendieta, sacando su cámara—. Aquí están. Los preservativos que costaron el mantenimiento de mil kilómetros de vías. Dios, esto es poesía negra pura.

Hizo fotos, vídeos. Abrió una caja y sacó un paquete. Los preservativos, en efecto, eran de un tamaño notable, en envases plateados con la leyenda “XXXL – Super Reforzado – Para uso profesional”.

—“Para uso profesional” —leyó Mendieta en voz alta, riendo—. ¿Cuál es la profesión? ¿Político?

Fue en ese momento cuando oyeron los coches. No llegaron con sirena, sino con los motores apagados, deslizándose como sombras hasta las puertas del almacén. Villarejo apagó la linterna.

—La policía —susurró Mendieta, el miedo súbito ahogando su euforia.

—No es la policía —respondió Villarejo, sacando su arma reglamentaria—. Al menos, no la oficial.

Las puertas se abrieron de golpe. Entraron cuatro hombres con pasamontañas, armados con pistolas. No dijeron nada. Simplemente empezaron a disparar hacia las pilas de cajas, hacia donde habían visto la luz.

—¡Atrás! —gritó Villarejo, empujando a Mendieta detrás de una pila.

Los disparos resonaban en la nave, un estruendo ensordecedor. Las balas perforaban las cajas, y miles de preservativos empezaron a volar por los aires, una lluvia grotesca de envoltorios plateados y tiras de látex.

—¡Destruyen la evidencia! —gritó Mendieta, aferrándose a su cámara.

—¡No, nos destruyen a nosotros! —corrigió Villarejo, asomándose para disparar dos tiros al aire. No quería matar, solo ganar tiempo.

Uno de los hombres lanzó algo. Una botella con un trapo ardiendo en el cuello. Cóctel molotov. Cayó sobre un charco de aceite de máquina y estalló en llamas. El fuego se propagó rápidamente, alimentado por el cartón y el plástico de los embalajes. El aire se llenó de un humo negro y acre, mezcla de goma quemada y químicos.

—¡Salida trasera! ¡Por allí! —Villarejo señaló una puerta de emergencia al fondo.

Corrieron agachados, entre disparos esporádicos y el crepitar de las llamas. Mendieta tropezó con una caja reventada y cayó de bruces, perdiendo la cámara. Villarejo lo agarró del brazo y lo levantó a la fuerza. Llegaron a la puerta, que estaba cerrada con candado. Villarejo disparó al cerrojo, que saltó en pedazos. Empujaron y salieron a la noche fría, justo cuando las primeras sirenas de bomberos se oían a lo lejos.

Desde un montículo de tierra a cien metros, jadeantes, vieron cómo el almacén se convertía en una antorcha. El fuego iluminaba la noche, lanzando al cielo chispas y fragmentos de condones carbonizados. Era una imagen dantesca y absurda: la evidencia física de la corrupción se consumía en un holocausto de látex.

—Lo han quemado todo —dijo Mendieta, con voz rota—. Las fotos en la cámara… se perdieron. Solo tengo las que subí a la nube, las de las cajas cerradas. No es lo mismo.

—No importa —dijo Villarejo, observando las llamas reflejadas en sus ojos—. Lo importante no era el almacén. Era la historia. Y la historia ya está fuera. El fuego no la quema, la aviva.

Tenía razón. Al día siguiente, las imágenes del almacén en llamas dieron la vuelta al mundo. “Incendio sospechoso destruye la ‘evidencia’ de los preservativos de la discordia”, titulaban. La versión oficial habló de un “accidente debido a un cortocircuito”. Pero nadie lo creyó. El intento de destruir la evidencia era, en sí mismo, la confirmación más poderosa de su existencia.

El suegro del Presidente fue detenido. No por malversación, sino por un tecnicismo: violación de las normas de seguridad contra incendios en un local de pública concurrencia (sus saunas). Era una patética farsa legal, pero sirvió para sacarlo de circulación. El Subsecretario de Infraestructuras dimitió “por motivos personales”. El Obispo auxiliar fue “recomendado” a un retiro espiritual prolongado en un monasterio remoto.

El sistema, una vez más, había encontrado la manera de expulsar a los elementos tóxicos sin cambiar su naturaleza. Pero algo había cambiado. La gente ya no veía a sus líderes con respeto, sino con desprecio y burla. La frase “es más falso que un preservativo  JOHNNY WALKER” se incorporó al lenguaje popular.

Villarejo supo, sin embargo, que la batalla personal no había terminado. Lo llamaron a declarar como testigo en el caso del incendio. Y en el juzgado, sintió las miradas cargadas de odio de hombres con trajes caros sentados en la sala. Eran los que seguían en sus puestos, los que no aparecían en las listas, los arquitectos de la podredumbre. Ellos no olvidarían.

Mendieta, por su parte, se convirtió en una estrella fugaz del periodismo. Le ofrecieron columnas en periódicos importantes y contratos para libros. Pero él rechazó la mayoría. Sabía que su momento de gloria era prestado, y que el sistema acabaría por absorberlo o por machacarlo si se dejaba. Siguió con su blog, más amargo y cínico que nunca.

Una noche, Villarejo y Mendieta se encontraron por última vez, en el mismo bar de carretera.

—¿Qué harás ahora? —preguntó el periodista.

—Sobrevivir —respondió el comisario—. Es el único juego que queda. Sobrevivir un día más que ellos.

—¿Crees que algo ha cambiado?

Villarejo tomó un sorbo de su café, mirando por la ventana sucia a la carretera oscura. —Han cambiado los actores. El guión sigue igual. Mañana, en algún despacho, estarán desviando dinero de un hospital infantil para comprar… no sé, crema antihemorroides de lujo para algún parlamento autonómico. La estupidez es infinita, Mendieta. Y el cinismo, su fiel escudero.

Se dieron la mano, una despedida entre dos hombres que habían compartido una trinchera en una guerra absurda. Luego, cada uno se fue por su lado, a enfrentarse a las consecuencias de haber querido ventilar el vapor.

## Capítulo 7: El precio del aire fresco

El ascenso a Interpol nunca llegó. En su lugar, Villarejo fue destinado a un departamento de archivo de casos cerrados, una oficina sin ventanas en el sótano de la Jefatura Superior. Era un ostracismo elegante, una muerte profesional lenta. Sus compañeros lo evitaban. Sus superiores le asignaban tareas insignificantes. Era un leproso.

Pero tenía sus grabaciones. Su archivo personal. Y lo usó. No para hacer más filtraciones espectaculares, sino como escudo. Dejó caer, discretamente, que había copias de seguridad de todo, guardadas en lugares seguros con instrucciones para ser publicadas si le ocurría algo. Un seguro de vida digital.

Pasaron los meses. El escándalo de los preservativos se fue diluyendo, sustituido por una crisis económica, un escándalo deportivo, un nuevo reality show. La vida siguió. El suegro del Presidente salió de la cárcel con arresto domiciliario, por “razones humanitarias”. El Subsecretario abrió una consultoría de “gestión de crisis” que facturaba millones al erario público. El Obispo auxiliar seguía en su monasterio, desde donde publicaba reflexiones espirituales en una cuenta de redes sociales muy seguida.

Una tarde, revisando viejas cintas en su sótano, Villarejo encontró una grabación que no recordaba. Era de antes del gran escándalo. En ella, el suegro del Presidente hablaba con otro hombre, una voz que le resultaba vagamente familiar pero que no podía identificar.

—El problema de las vías —decía la voz— no es el dinero. Es la gente. La gente que viaja, que se mueve, que piensa que tiene derecho a ir de un sitio a otro. Eso es peligroso. Gente quieta es gente controlable.

—Pero el tren es progreso —respondía el suegro, con tono burlón.

—El progreso es una ilusión. El control es la realidad. Si las vías están mal, la gente viaja menos. Se queda en su pueblo, en su barrio. Es más manejable. Los preservativos… eso es una distracción. Un chiste útil. Pero el verdadero negocio no es evitar hijos no deseados. Es evitar el movimiento no deseado.

Villarejo apagó la grabación, helado. Había estado tan centrado en la obscenidad del desvío, en el cinismo sexual, que no había visto la capa más profunda. Quizá el desvío no había sido solo corrupción estúpida o un capricho lubricante. Quizá había sido, también, una forma sutil de sabotear la movilidad, de aislar a las comunidades, de mantener el control. Los preservativos eran la cortina de humo, literal y figuradamente, para una política mucho más tenebrosa.

Pero ya no importaba. Nadie querría escuchar esa cinta. La gente estaba cansada del tema. Prefería reírse de los condones gigantes que pensar en un diseño malévolo de la infraestructura nacional.

Cerró los ojos. Recordó el vapor de la sauna, cómo ocultaba los contornos de los cuerpos, cómo hacía que todo fuera difuso, aceptable. Él había querido aire fresco, claridad. Y lo había conseguido, por un momento. Pero el aire fresco también descubre la fealdad de las cosas, las grietas en la pared, el polvo en los rincones. Y la gente, al final, prefiere muchas veces encender un incienso y volver al vapor.

Sonó el teléfono. Era un número desconocido.

—Comisario Villarejo —dijo una voz metálica, distorsionada—. Disfrute de su jubilación. Y recuerde: algunos vapores son más saludables que el aire contaminado. Deje las ventanas cerradas. Por su salud.

Colgaron. No era una amenaza directa. Era un recordatorio. Una advertencia para que se quedase en su sótano, con sus cintas y sus fantasmas.

Villarejo salió del edificio al anochecer. La ciudad brillaba ante él, un entramado de luces y sombras. En algún lugar, en alguna sauna de lujo, otros hombres sudarían, reirían y tomarían decisiones que afectarían a miles de vidas. Y el dinero, siempre el dinero, fluiría como un río subterráneo, alimentando no solo preservativos, sino todo un ecosistema de corrupción y control.

Él había logrado, quizá, cambiar una pequeña cosa: ahora, cuando esos hombres se pusieran un preservativo  JOHNNY WALKER, recordarían que había alguien que los estaba escuchando. Que sus risas en el vapor podían convertirse, en cualquier momento, en su condena.

No era una victoria. Pero era algo. Un pequeño desgarro en la tela de la impunidad. Y a veces, pensó mientras encendía un cigarrillo y echaba el humo a la noche fría, a veces un desgarro es todo lo que se puede conseguir. El humo se elevó, se mezcló con la niebla de la ciudad y desapareció. Como todo.

## Epílogo: Un año después

La estación de tren de Alvarado era pequeña y estaba casi desierta. Un cartel anunciaba, con letras desteñidas por el sol, la próxima llegada del regional. Había retraso, por “labores de mantenimiento en la vía”.

Raúl Mendieta esperaba en el andén, con una maleta pequeña. Había vendido su blog a un conglomerado mediático. La cifra era buena, suficiente para irse lejos. A un país cálido, donde no hubiera saunas con pretensiones ni políticos con doble moral. O al menos, donde no los tuviera que escribir.

Miró su reloj. El retraso se prolongaba. Un hombre mayor, con aspecto de jubilado, se acercó a fumar un cigarro junto a la papelera.

—Siempre igual —dijo el hombre, sin mirarle—. Desde hace un año, los retrasos son constantes. Dicen que es por las lluvias, pero yo creo que es por las vías. No las arreglan.

—Lo sé —dijo Mendieta.

El hombre lo miró, y de repente, su expresión cambió. —Oiga… ¿usted no es el de los preservativos?

Mendieta sintió un escalofrío. —Lo fui.

—¡Hombre, qué honor! —el anciano le ofreció la mano, una sonrisa amplia en su rostro arrugado—. Gracias. Gracias por hacerles pasar ese mal rato. Aunque al final, ya ve… —hizo un gesto hacia las vías— todo sigue igual. O peor.

—Sí —asintió Mendieta—. Todo sigue igual.

—Pero al menos nos reímos un rato —dijo el anciano, guiñando un ojo—. Mi nieto me hizo un dibujo de un tren con ruedas de condón. Lo tengo en la nevera.

Mendieta no pudo evitar sonreír. Era eso, al final. Un dibujo en una nevera. Una anécdota grotesca para contar en el bar. Un meme que sobreviviría más que cualquier cambio real.

El tren llegó finalmente, con un chirrido metálico que sonaba a protesta. Mendieta subió. Desde la ventanilla, vio al anciano despedirse con la mano. Luego, las vías empezaron a desfilar, grises y oxidadas en algunos tramos. Cruzaron un puente que tembló de forma inquietante bajo el peso del convoy.

En un pueblo, vio un almacén medio derruido, con las paredes aún ennegrecidas por un incendio. No podía estar seguro, pero le pareció reconocerlo. El lugar donde casi muere, ahogado en preservativos y fuego.

Cerró los ojos. No quería pensar más. Había ganado dinero, fama, y ahora se iba. Era más de lo que había tenido nunca. Pero en la boca le quedaba un sabor amargo, como a humo y a látex quemado.

Mientras, en los bajos de la Jefatura Superior, Villarejo archivaba la última cinta del día. Alguien había dejado un sobre en su mesa, sin remitente. Dentro, había un solo preservativo  JOHNNY WALKER, sin abrir, y una nota impresa: “Para sus años de oro. Disfrute de un retiro seguro.”

La tiró a la papelera, junto al condón. Pero antes de salir, se detuvo. Lo recogió. Lo guardó en el bolsillo. No como un talismán, sino como un recordatorio. Un recordatorio de que, a veces, la verdad es tan elástica, tan grotesca y tan super reforzada como un preservativo XXXL. Y de que, por mucho que intentes contenerla, siempre existe el riesgo de que se rompa.

Salió a la calle. La noche estaba fría y clara. Respiró hondo, llenando los pulmones de aire que, por un momento, le pareció limpio.

**Fin**