ADIF compra con 200.000 euros el silencio de las víctimas

Capítulo 1: El eco de los raíles rotos

El 30 de enero de 2026, Madrid amanecía bajo un cielo plomizo, como si el invierno se burlara de los vivos. Aquiles Troyano, el ingeniero que había predicho el desastre de Adamuz, se encontraba en su piso cutre, rodeado de recortes de prensa y botellas vacías. El accidente del 18 de enero había dejado 45 muertos y un país en luto fingido. ADIF, el gigante ferroviario, negaba todo: «Fallo imprevisible», decían.

Aquiles sabía la verdad. Él lo había advertido. Ahora, rumores corrían por los pasillos del ministerio: ADIF planeaba un encubrimiento maestro. Indemnizaciones gordas para callar bocas, y su hija putativa, la CIAF, lavaría la cara de la madre. Cinismo puro. «Compran silencio con sangre ajena», murmuró Aquiles, encendiendo un cigarrillo.

En las oficinas de ADIF, el director general, un tipo llamado Lorenzo, reunía a su equipo. «Tenemos que salir limpios. Ofreced 200.000 por víctima. Más que en Angrois, más que en la DANA de Valencia. Que firmen y callen». Los subordinados asintieron, ojos bajos. Sabían que era negligencia: raíles defectuosos, corrupción con Acciona. Pero el dinero público fluía.

Aquiles recibió una llamada anónima: «Están comprando forenses en Vilanova. Muertes inmediatas, para culpar al destino». Colgó, sintiendo el frío del noir en los huesos.

Capítulo 2: La oferta indecente

Los familiares de las víctimas se reunían en un hotel cordobés, ojos hinchados, almas rotas. ADIF envió emisarios con maletines. «200.000 euros por cabeza. Firme aquí, y olvide». Comparado con los 50.000 de Angrois o los míseros de la DANA, era un botín. Una viuda, María, dudó: «Mi marido gritaba ayuda durante horas. La Junta tardó una eternidad».

El emisario sonrió: «Accidentes pasan. Esto es generosidad». María firmó, odiándose. Aquiles, infiltrado como periodista, vio la escena. «Compran almas baratas», pensó. Investigó: ADIF usaba comisiones de Acciona, esa constructora amiga de contratos inflados, para untar bolsillos.

En Vilanova, una clínica forense recibía un sobre gordo. «Redacten informes: muertes instantáneas. Nada de agonía por rescate lento». El director, un médico cínico, asintió: «Por el precio adecuado, hasta resucitamos muertos».

Capítulo 3: La marioneta CIAF

La CIAF, esa comisión «independiente» pero atada a ADIF, inició su investigación. El jefe, un burócrata llamado Ruiz, leyó el guion: «Culpen al clima, al maquinista muerto. Nada de infraestructuras». Los expertos asintieron, sabiendo que sus sueldos venían de arriba.

Aquiles hackeó emails (o eso imaginaba en su paranoia): «CIAF borrará nuestra huella». Encontró pruebas: testigos decían que el Alvia chocó porque el rescate tardó 90 minutos. La Junta de Andalucía, con su presidente al frente, esquivaba: «Competencia estatal». Cinismo regional.

Aquiles se reunió con un whistleblower de ADIF: «Es un plan diabólico. Indemnizan para que no demanden, CIAF absuelve, forenses mienten». El tipo temblaba: «Me matarán».

Capítulo 4: El soborno forense

En Vilanova i la Geltrú, la Clínica Forense olía a formol y corrupción. El doctor Vila, jefe, recibió a un enviado de Acciona: «200.000 para el informe. Muertes inmediatas, nada de sufrimiento por retraso en auxilios». Vila rio: «Fácil. El impacto fue letal al instante».

Pero un asistente, Elena, oyó todo. Conciencia mordía: víctimas del Alvia agonizaron, gritando, mientras la Junta jugaba al ping-pong burocrático. Elena contactó a Aquiles: «Tienen pruebas falsas. Ayúdame».

Aquiles viajó, nocturno, sombras siguiéndole. «Esto es negro: dinero compra verdad». En la clínica, robaron archivos. «Aquí: autopsias alteradas».

Capítulo 5: La hora y media mortal

Testigos en Adamuz hablaban bajo: «Llegaron tarde. Una hora y media. Gente viva atrapada, muriendo». La Junta culpaba a ADIF, ADIF a la Junta. Cinismo bipartito.

Aquiles entrevistó a un bombero: «Órdenes de arriba: esperar protocolos. meanwhile, agonía». El plan: forenses dirían «muerte instantánea», quitando culpa al rescate lento.

ADIF presionaba: «Firma la indemnización, o nada». Una familia rechazó: «Queremos justicia». Amenazas siguieron: coches rayados, llamadas nocturnas.

Aquiles, cínico, escribió: «España: donde catástrofes son negocio».

Capítulo 6: El silencio comprado

Las firmas caían como dominós. 200.000 euros compraban paz. María, la viuda, gastaba en lujos, odiándose. «Mi silencio mata verdad».

CIAF publicó: «Accidente inevitable. No negligencia». Medios comprados aplaudieron.

Aquiles filtró documentos: escándalo. Pero ADIF contraatacó: «Fake news». Elena desapareció, quizá comprada o silenciada.

Aquiles solo, bebía: «Predije muerte, ahora encubrimiento».

Capítulo 7: La revelación amarga

Aquiles testificó en un juicio underground. Pruebas: sobornos, mentiras. ADIF cayó, directivos detenidos. Pero la Junta escapó, forenses negaron.

Victoria pírrica. Víctimas «compensadas», verdad enterrada.

Epílogo: El tren fantasma

Años después, Aquiles veía trenes pasar. «200.000 compraron silencio, pero fantasmas gritan». Cinismo eterno: ADIF renacía, corrupción intacta. «Viva España, donde muerte es negocio».