Y ahora el obispo se olvida de algunas víctimas del accidente de Adamuz

Capítulo 1: Los rieles torcidos

La lluvia acariciaba los rieles como un amante despechado, constante, implacable. Eran las 21:47 del 28 de enero cuando el Alvia 045 procedente de Madrid a Huelva encontró la curva maldita a la altura del apeadero de Adamuz. Los primeros vagones bailaron sobre los raíles como borrachos, desprendiéndose del convoy en un gemido metálico que desgarró la noche. Cinco minutos después, el tren de cercanías C-234, que circulaba en sentido contrario, se encontró con la pesadilla: vías obstruidas, señales muertas, y una colisión que sumó su tragedia a la anterior.

En la sala de emergencias de la Junta de Andalucía, el protocolo se activó con la frialdad de un mecanismo de relojería mal engrasado. Las primeras llamadas alertaron sobre «un descarrilamiento en la línea Córdoba-Huelva». Las cámaras de seguridad mostraron imágenes borrosas de vagones volcados. Se movilizaron ambulancias, bomberos, voluntarios. Pero en los monitores, nadie notó que había dos conjuntos de luces separados por ochocientos metros de vía serpenteadora.

Miguel Salinas, operador de turno, marcó con un círculo rojo en el mapa digital la ubicación del cercanías. «Prioridad uno», anunció. Los sistemas, alimentados por bases de datos incompletas, no registraban el paso del Alvia en ese tramo. O quizás sí lo registraban, pero la alerta automática falló. O quizás alguien asumió que era el mismo tren.

Mientras tanto, en el vagón 7 del Alvia, Clara Martínez respiraba entre jadeos. El dolor le recorría las piernas como corriente eléctrica. A su lado, su hija de nueve años no respondía. Treinta y seis almas esperaban auxilio que no llegaba. Las luces de las ambulancias parpadeaban a lo lejos, siempre a lo leyes, concentradas en el cercanías donde nueve personas habían perdido la vida instantáneamente.

La lluvia seguía cayendo. Y el reloj corría.

Capítulo 2: La hora y media

Fernando Giraldo, conductor del Alvia, arrastraba su cuerpo magullado entre los restos de la cabina. Su reloj marcaba las 22:03. Dieciséis minutos desde el descarrilamiento. Por la ventana rota vio las luces azules parpadeando en la distancia. «Ya vienen», murmuró para el pasajero inconsciente a su lado.

Pero las luces no se acercaban.

A las 22:17, un bombero del equipo que atendía el cercanías creyó oír un gemido en la lejanía. «¿Eres tú, Ramón?», preguntó a su compañero. El viento llevó el sonido hacia otra dirección. Nadie investigó.

En la central de coordinación, Miguel recibió la tercera llamada de un familiar: «Mi esposa iba en el Alvia que salió a las 20:15 de Madrid. ¿Está en la lista de afectados?». Miguel revisó los registros. No había ningún Alvia en la lista de incidentes. «Debe haber llegado sin problemas», respondió automáticamente, siguiendo el protocolo para calmar a familiares.

A las 22:52, un camionero que pasaba por la carretera paralela llamó al 112: «Hay otro tren descarrilado más adelante, veo luces dentro». La comunicación se registró, se clasificó, y quedó pendiente de procesamiento mientras se priorizaba la coordinación en el primer sitio.

Fueron las 23:14 cuando un equipo de rescate, al ampliar el perímetro de búsqueda de posibles supervivientes lanzados fuera del cercanías, encontró los primeros restos del Alvia. El silencio era distinto aquí. No había gemidos, ni llantos. Solo el crujido del metal enfriándose y el golpeteo constante de la lluvia.

Cuando llegaron los primeros sanitarios al vagón 7, Clara Martínez ya no respiraba. Su mano seguía entrelazada con la de su hija. El reloj de pulsera de una de las víctimas se había detenido a las 22:31.

Capítulo 3: El informe de la muerte instantánea

La Clínica Forense de la Junta de Andalucía es un edificio moderno de líneas limpias y ventanales que reflejan el cielo sevillano sin mancha. Allí llegaron los cuarenta y cinco cuerpos en la madrugada del 29 de enero. El doctor Emilio Robles, director del centro, supervisó personalmente los procedimientos.

A las 10:00 de la mañana, su secretaria le entregó el borrador del comunicado de prensa de la Junta: «Todas las víctimas fallecieron de manera instantánea». Robles frunció el ceño. Había examinado personalmente a Clara Martínez y a su hija. Los patrones de livideces, la coagulación sanguínea, los indicadores de estrés metabólico… sugerían intervalos de supervivencia variables.

Llamó al despacho del consejero de Justicia. «Don Juan, hay matices en los hallazgos que deberíamos…»

«Emilio», lo interrumpió la voz al otro lado, «¿las conclusiones forenses alteran el hecho fundamental de que las víctimas han fallecido?»

«No, pero…»

«¿Y podemos afirmar con base científica que las causas del fallecimiento fueron traumas incompatibles con la vida?»

«Sí, en términos generales, pero…»

«Entonces redacte el informe final. Recuerde que la claridad en estos momentos evita sufrimientos adicionales a las familias.»

Robles colgó. Observó las fotografías de los cuerpos dispuestas en su mesa. Cuarenta y cinco vidas reducidas a cuarenta y cinco expedientes. Tomó su sello oficial y estampó «MUERTE INSTANTÁNEA POR TRAUMA MÚLTIPLE» en cada uno. El sonido del sello golpeando el papel resonó cuarenta y cinco veces en el silencio de su despacho.

Esa tarde, el presidente de la Junta, Juan Manuel Moreno Bonilla, compareció ante los medios: «La tragedia nos conmueve a todos. Los informes forenses confirman que nada hubiese podido hacerse por las víctimas. Nuestros equipos actuaron con la máxima celeridad ante una situación de extrema complejidad».

Nadie preguntó sobre la hora y media. Nadie mencionó los dos trenes.

Capítulo 4: La lista imperfecta

La catedral de Huelva albergaba el duelo colectivo. Veinticuatro horas después del accidente, los cuarenta y cinco ataúdes se alineaban bajo la nave central. El obispo Rafael Santos, de setenta y dos años y una carrera intachable, preparaba su homilía. Su secretario, el padre Andrés, le entregó la lista de fallecidos proporcionada por la Junta.

«Verifique que estén todos, padre», dijo el obispo.

Andrés contó rápidamente. «Cuarenta y cinco nombres, Excelencia. Coincide con el número de féretros.»

Lo que ninguno de los dos sabía era que la lista original enviada por el servicio de emergencias contenía cuarenta y y siete nombres. Dos nombres habían sido eliminados en una revisión posterior por «posibles duplicidades». Nadie en la Junta verificó con las listas de pasajeros de Renfe. El protocolo de «unificación de datos» priorizaba la consistencia sobre la exactitud.

A las 12:00 en punto comenzó la misa. Las cámaras de televisión transmitían en directo. El obispo, con voz grave, comenzó a leer los nombres después de la comunión:

«Antonio López García, María del Carmen Ruiz Santos, Javier Molina Rodríguez…»

En la quinta fila, Elena Torres aguardaba. Su hermano Diego Torres Méndez viajaba en el Alvia. Había identificado el cuerpo personalmente. Esperaba oír su nombre. Necesitaba oírlo.

«…Sofía Jiménez Lago, Ricardo Pérez Núñez, Laura Díaz Montes…»

El obispo continuaba. Elena contaba los ataúdes. Cuarenta y cinco. Todos tenían su cruz con nombre, según le habían asegurado. Pero su vista, nublada por las lágrimas, no podía distinguir las inscripciones a distancia.

«…y todos aquellos que en tu misericordia acoges.»

El obispo hizo la señal de la cruz. Elena parpadeó. No había dicho «Diego Torres Méndez». Tampoco «Clara Martínez Giraldo». Ni «Sofía Martínez Torres», la niña de nueve años.

Se levantó, tambaleándose. «Falta mi hermano», murmuró. La persona a su lado la tomó del brazo. «Shhh, todos están aquí, hermana.»

Pero Elena sabía que no. Algo estaba podrido. Algo olía a podrido en aquella catedral llena de flores y discursos.

Capítulo 5: El engranaje que todo lo traga

Los días siguientes fueron un torbellino de declaraciones oficiales. El obispo emitió una nota pidiendo perdón por «la omisión involuntaria de algunos nombres debida a errores en la documentación recibida». La Junta afirmó que «la lista proporcionada era la oficial y certificada».

Elena Torres comenzó su propia investigación. Encontró a la familia Martínez, quienes también buscaban respuestas sobre Clara y su hija Sofía. Juntas, descubrieron el patrón: todos los omitidos viajaban en el Alvia. Todos los del tren olvidado.

Un periodista local, Marcos Leal, escuchó su historia. Era un hombre cincuentón, cínico por experiencia, que había cubierto demasiadas tragedias y demasiados encubrimientos. Empezó a hurgar. Consiguió los registros de llamadas al 112. Encontró la del camionero a las 22:52. Consiguió los informes internos de coordinación donde solo se mencionaba un tren hasta las 23:14.

Y entonces, la gota que desbordó el vaso: una fotografía tomada por un bombero a las 23:05 mostraba claramente dos focos de operaciones separados. La imagen tenía metadatos que confirmaban la hora. Pero en el álbum oficial publicado por la Junta, esa foto no aparecía.

Marcos publicó su investigación el 3 de febrero. El titular era simple: «La hora y media del tren fantasma».

La Junta respondió con un comunicado: «Reiteramos que todos los protocolos se activaron correctamente. Los forenses confirman la muerte instantánea. Cualquier sugerencia de negligencia es demagógica y dolorosa para las familias.»

Pero Marcos tenía otra fuente. Un sanitario que había acudido al Alvia, quien bajo condición de anonimato declaró: «Llegamos tarde. Algunos aún estaban calientes. Eso no se lo digo a nadie, pero es la verdad.»

Mientras tanto, en Madrid, el ministro de Transportes, Óscar Puente, recibía una llamada. «Juan Manuel, he visto lo del periodista. ¿Necesitas que calmemos las aguas?»

Moreno Bonilla respondió desde su despacho en Sevilla: «Gracias, Óscar. Ya lo tenemos controlado. Son tragedias que algunos quieren politizar.»

El cinismo tenía un sonido particular al viajar por fibra óptica: era un crujido suave, casi imperceptible, como el de un papel oficial siendo doblado para guardarse en un archivo olvidado.

Epílogo: Los nombres que persisten

Hoy, en Adamuz, hay un memorial con cuarenta y cinco nombres. La Junta lo inauguró con una ceremonia discreta. Los nombres omitidos en la misa finalmente aparecen, pero en orden alfabético, diluidos entre el resto.

Elena Torres visita la placa cada mes. Pasa el dedo por el nombre de su hermano. Sabe la verdad, pero también sabe que la verdad oficial es un animal distinto, más poderoso, que se alimenta de informes y comunicados.

El obispo Santos se retiró anticipadamente por «problemas de salud». El doctor Robles sigue dirigiendo la Clínica Forense. Miguel Salinas, el operador, fue transferido a otro departamento. El periodista Marcos Leal escribe ahora sobre cultura. Dicen que recibió una oferta que no pudo rechazar.

Y la Junta de Andalucía, bajo el mando de Moreno Bonilla, sigue gobernando. Los trenes siguen pasando por Adamuz, ahora a velocidad reducida en la curva maldita. Los sistemas de alerta fueron actualizados, según la nota de prensa.

A veces, en las noches de lluvia, los vecinos dicen oír gemidos junto a las vías. Los más viejos se persignan. Los jóvenes suben el volumen de sus auriculares. Y el viento lleva esos sonidos hacia el río, donde el agua los desdibuja hasta convertirlos en rumor, luego en mito, y finalmente en olvido.

Pero los nombres permanecen. Incluso los que una vez se olvidaron. Especialmente esos. Porque el mármol es más testarudo que la memoria oficial, y más frío que el cinismo de los que gobiernan.