Te ayudo con esa novela. Aquí tienes «La compra-venta de inmigrantes es la esclavitud del siglo XXI», una historia de género negro con el tono cínico que buscas.


La compra-venta de inmigrantes es la esclavitud del siglo XXI

Novela negra en siete capítulos y un epílogo


Capítulo 1: El último hombre honrado

La oficina olía a café recalentado y derrota. Llevaba diecisiete años en este oficio y aún no me había acostumbrado al olor del fracaso ajeno. Supongo que por eso seguía allí, con las persianas bajadas a las once de la mañana y una botella de whisky en el cajón que juraba no tocar hasta después del mediodía.

—Señor Varela, le pagaré lo que pida.

La mujer al otro lado del escritorio no tendría más de cuarenta años, pero los llevaba muy mal llevados. Manos de haber trabajado toda la vida, ojos de haber llorado toda la noche. Llevaba un abrigo marrón de esos que compran las mujeres decentes cuando no les queda otra que ser prácticas.

—No se trata de dinero, señora… —

—Castaño. Julia Castaño. Y sí se trata de dinero, no me tome por tonta. Usted es detective, yo necesito un detective. Es un intercambio de servicios.

Sonreí. Me gustaba esa mujer. Lástima que viniera a contarme una historia que ya conocía antes de que abriera la boca.

—¿Qué ha perdido?

—A mi hija. A Sara. Tiene diecinueve años. Desapareció hace tres meses.

—¿Denunció?

—Claro que denuncié. ¿Sabe lo que me dijeron en comisaría? Que seguramente se había ido con un novio. Que los jóvenes son así. Que ya aparecería.

Apretó el bolso contra el pecho. Un tic de defensa, de alguien que espera que le quiten algo en cualquier momento.

—Y no apareció.

—No. Apareció una foto. En internet.

Sacó el teléfono del bolso con manos temblorosas. Me lo tendió como si pesara veinte kilos. En la pantalla, una chica morena, delgada, con los ojos vacíos y esa mirada que solo he visto en dos sitios: en fotos de campos de concentración y en las caras de las chicas que logran escapar de los puteros que las tienen secuestradas.

—¿Reconocida?

—¿Cómo dice?

—¿Hay algún tatuaje, alguna señal que identifique a su hija sin lugar a dudas?

—Un lunar. Detrás de la oreja izquierda. En forma de media luna. Como el mío.

Miré la foto. La oreja izquierda quedaba fuera del encuadre. Casualidad, supongo.

—¿Dónde encontró esto?

—En una página. Una página de contactos. Llamé al número. Colgaban. Volví a llamar. Un hombre me dijo que si quería a la niña, tenía que pagar. Cinco mil euros. Que la traían en dos días.

—¿Y?

—Los junté. Los cinco mil. Pedí prestado, empeñé lo que tenía. Pagué. Y no vino nadie.

Cerró los ojos. Cuando los abrió, estaban secos. Ya no le quedaban lágrimas. Eso era malo. Las lágrimas limpian. La sequedad quema por dentro.

—¿Cuánto hace de eso?

—Un mes.

—Señora Castaño, yo no soy policía. No tengo acceso a bases de datos, ni puedo pedir registros, ni tengo jurisdicción para nada. Lo mío son maridos infieles y empresas que quieren saber si sus empleados les roban. Esto no es lo mío.

—No tengo a nadie más.

Lo dijo tan simple, tan llano, que me golpeó en el pecho como un puñetazo. No tenía a nadie más. Y yo llevaba tres años sin aceptar un caso que no fuera de rutina, desde lo de Malena, desde aquella vez que intenté salvar a una y terminé enterrándola. Desde que entendí que contra esto no se puede luchar porque es más grande que nosotros, más grande que todo, un monstruo de mil cabezas que cuando le cortas una, le crecen dos.

—¿Cuánto puede pagar?

—Trescientos euros. Y el abrigo. Es lo único que me queda de valor.

Miré el abrigo. Marrón, de esos que compran las mujeres decentes cuando no les queda otra que ser prácticas.

—Guárdese el abrigo. Los trescientos están bien.

No sé por qué lo dije. Quizás por sus ojos secos. Quizás porque hacía tres años que no intentaba nada y el monstruo seguía ahí, creciendo, engordando, haciendo su agosto mientras gente como yo miraba hacia otro lado.

O quizás porque sabía que, en el fondo, yo también era parte de esto. Todos lo somos. Mire a su alrededor. Mire la ropa que lleva, la comida que come, las calles que barre el municipio. Todo está limpio, ordenado, en su sitio. Y detrás de ese orden, siempre hay alguien pagando el precio para que usted no tenga que mancharse las manos.

Eso es la civilización, supongo. Una capa muy fina de barniz sobre un pozo de mierda.

—Bien —dije, encendiendo un cigarrillo—. Cuéntemelo todo desde el principio. Y no se deje nada. Ni lo que le parezca importante ni lo que no. Sobre todo, lo que no.


Capítulo 2: La geografía del dolor

La última vez que vi a Sara Castaño fue un martes. Los martes solía ir a clase de inglés por las tardes, de siete a nueve, en una academia del centro. Salía del trabajo —dependienta en una tienda de ropa, contrato de prácticas, cuatrocientas euros al mes—, cogía el autobús, llegaba justa, y luego volvía a casa en el último metro.

Ese martes no volvió.

—¿Discutieron? ¿Había algún problema?

—No. Bueno, sí, los normales. Quería independizarse, buscaba un piso compartido. Yo no quería, me daba miedo. Una chica tan joven, sola en la ciudad… ¿Ve? Al final pasó lo que me daba miedo. Y yo la culpaba por quererse ir.

La culpa. Siempre la culpa. Las madres la llevan incorporada de serie, como los airbags en los coches. Por si las moscas, por si pasa algo, ya tienen lista su ración para flagelarse.

—¿Tenía novio?

—Sí. Bueno, no. Alguien con quien salía. Un chico dominicano, de esos que trabajan en la construcción. Majo, parecía majo. Pero no me fiaba.

—¿Nombre?

—Yordi. Yordi Reyes. Vivía en un piso en Usera, con más dominicanos.

Apunté el nombre en mi libreta. La misma libreta de siempre, tapas negras, hojas amarillentas. La compré cuando empecé en esto y aún me quedaban treinta hojas. Cosas de viejos.

—¿Había otros hombres?

—No. Bueno… sí. Un chico rumano que conoció en una app. Hablaban por teléfono. Le mandaba regalos.

—¿Qué app?

—No sé. De esas. Una para ligar. No me acuerdo del nombre. Ella me enseñaba las conversaciones a veces, para que viera que no tenía nada que esconder.

Las que no tienen nada que esconder suelen ser las que más esconden. O las más inocentes. En este oficio, nunca se sabe.

—¿Tiene el teléfono de ella?

—Lo cogió la policía. Me lo devolvieron hace dos semanas. Pero está roto. Dicen que no se puede sacar nada.

—Démelo.

Sacó un móvil de la bandolera. Un Samsung viejo, la pantalla hecha trizas, como si lo hubieran pisado con saña. Lo cogí con cuidado, como quien recoge un pájaro muerto.

—¿Sabe la contraseña?

—Su cumpleaños. El 14 de marzo.

Lo anoté también. La gente nunca aprende. Cumpleaños de hijos, de padres, de parejas. Las contraseñas más inseguras del mundo. Y luego se preguntan cómo les vacían la cuenta.

—¿Qué más?

—Nada más. Eso es todo. Mi hija es eso: un trabajo de mierda, un novio que no me gusta, una app de ligar, y una foto en una web de contactos. Así de poco es una persona cuando se la llevan.

Tenía razón. Así de poco somos todos cuando alguien decide que no somos personas, sino mercancía. La trata no empieza cuando te encierran en un piso y te quitan el pasaporte. Empieza mucho antes, cuando alguien mira a otro y ve un precio, una oportunidad, un objeto que se puede comprar y vender. Empieza en la mirada.

—Señora Castaño, voy a hacer todo lo que pueda. Pero tengo que serle sincero: esto es muy grande. Si su hija está donde yo creo, puede que ya esté en otro país, puede que haya cambiado de nombre, puede que no quiera que la encuentren. Pasa a veces. Les lavan la cabeza, las amenazan, las drogan. Cuando las rescatamos, a veces no quieren volver.

—Mi hija querrá volver.

Lo dijo con una convicción que daba miedo. Esa certeza ciega de madre que no concibe que su hija pueda ser otra que la que ella crió. Y quizás tenía razón. Quizás Sara seguiría siendo Sara, luchando, resistiendo, esperando. O quizás ya no quedaba nada de ella. En esto, he visto de todo.

La acompañé a la puerta. En el marco, se volvió y me miró fijamente.

—No voy a poder dormir hasta que sepa algo. Pero si usted puede dormir después de lo que le he contado, es que no es usted quien yo creía.

Salió antes de que pudiera contestar. Menos mal. No sabría qué decirle.

No pude dormir esa noche. Por ella. Por Malena. Por todas las que no he podido salvar en diecisiete años. Porque en esto, las que salvas caben en un dedal, y las que no, llenan océanos.


Capítulo 3: La ruta del dinero

A la mañana siguiente, fui a ver a mi contacto en comisaría. El inspector Jefe Montesinos era un tipo de mi edad, con esa barriga que da la cerveza y la desesperanza, y esa calvicie que da el ver demasiado. Llevábamos quince años conociéndonos, él en el lado bueno de la ley, yo en el lado difuso. Una relación simbiótica: él me daba información cuando no podía conseguirla por otros medios, yo le pasaba casos cuando no podía resolverlos por los cauces oficiales.

—Varela, hace un siglo que no vienes por aquí. Pensé que te habías jubilado.

—Aún me quedan balas. Necesito que me mires algo.

Le pasé los datos de Sara Castaño. La foto de la web, el número de teléfono, el nombre del novio dominicano, el del rumano de la app. Montesinos los miró con esa cara de hastío que pone la policía cuando ya lo han visto todo.

—Esto es trata, Varela. No es lo tuyo.

—Ya lo sé. Pero su madre vino a verme y no pude decirle que no.

—Siempre igual. El puto héroe.

—No soy un héroe. Soy un idiota.

Montesinos sonrió sin ganas. Puso los datos en el ordenador y empezó a teclear con dos dedos, como todos los de su generación.

—El número de teléfono de la web es una tarjeta prepago. Dada de baja. Rastreada, da igual. De esas que compras en cualquier estanco. El novio, Yordi Reyes, tiene antecedentes por violencia de género. Una denuncia de una ex pareja que luego retiró. Y está en paradero desconocido desde hace dos meses.

—¿Y el rumano?

—Aquí está la cosa. El rumano se llama Ionel Popescu. Tiene treinta y dos años. Llegó a España hace cinco. Trabajó en la construcción, luego en el campo, luego… nada. No tiene contrato, no tiene domicilio fijo, no tiene nada. Pero tiene una cuenta bancaria con movimientos interesantes.

—¿Cuánto?

—En los últimos seis meses, ingresos por valor de cuarenta y tres mil euros. Transferencias desde Rumanía, desde Italia, desde Alemania. Y luego transferencias a otros números, otros nombres. Gente en Marruecos, en Senegal, en Ucrania.

—Una red.

—Eso parece. Y tu Sara Castaño es una pieza más. Una pieza pequeña. La captó por internet, le prometió amor, trabajo, una vida mejor. Y cuando la tuvo, la vendió.

Apreté los puños debajo de la mesa. Me pasaba la vida diciéndome que esto no me afectaba, que era solo un trabajo, que si me lo tomaba a pecho no duraría ni una semana. Pero luego venían casos como este, y recordaba por qué empecé en esto. Porque hay gente que necesita que alguien grite cuando ellos no pueden.

—¿Dónde está ahora?

—No lo sé. Pero sé quién lo sabe. Hay un tipo en Madrid que maneja la conexión con los rumanos. Se llama Marian Cojocaru. Tiene un bar en Lavapiés, el «Bucarest». Allí se reúnen, allí hacen negocios. Si quieres encontrar a tu rumano, empieza por ahí.

—¿Y por qué no lo detenéis?

Montesinos me miró con esa mezcla de lástima y condescendencia que reserva para los civiles que no entienden cómo funciona esto.

—Porque Cojocaru es un pez pequeño. Si lo pillamos, en dos semanas sale otro. Estamos esperando a los grandes. Y mientras esperamos, los peces pequeños siguen pescando. Así funciona, Varela. No me mires así, tú lo sabes mejor que nadie.

Lo sabía. Claro que lo sabía. Pero saberlo no lo hace más llevadero. La justicia es un lujo de los países ricos, y nosotros no somos tan ricos como creemos. O quizás sí, pero preferimos gastar el dinero en otras cosas. En armas, en bancos, en salvar a los bancos. En lo que sea menos en salvar a personas. Las personas no votan, no tienen lobby, no cotizan en bolsa. Las personas sobran.

—Gracias, Montesinos. Te debo una.

—Me debes veintitrés, pero ¿quién cuenta? Ten cuidado, Varela. Cojocaru no es un santo. Y tú ya no tienes edad para estas peleas.

—Nunca la tuve.

Salí de comisaría con el nombre de Marian Cojocaru grabado en la cabeza y el número de la madre de Sara en el bolsillo. Aún no la llamaría. No tenía nada que decirle. Nada que no fuera «su hija es una mercancía más en una cadena de suministro que mueve más dinero que el tráfico de armas en algunos países». No, eso no se lo podía decir. A las madres no se les dicen esas cosas. A las madres se les miente, se les da esperanza, se les acompaña en el duelo aunque el cuerpo no haya aparecido. Es lo único que nos queda.


Capítulo 4: El bar de los hombres sin alma

El «Bucarest» estaba en una calle estrecha de Lavapiés, entre una tienda de productos halal y un locutorio que ofrecía llamadas a cualquier país del mundo por un euro. Olía a fritanga y a desinfectante barato, ese olor a lugar que intenta parecer limpio sin serlo.

Entré a media tarde, cuando el local estaba vacío. Solo un hombre mayor tomando algo en la barra y una mujer joven limpiando vasos detrás de ella. La mujer tendría veintitantos, morena, con ese aire cansado de quien lleva demasiado tiempo haciendo algo que no quiere hacer. La miré a los ojos y supe. Esa mirada vacía, esa forma de moverse como si el cuerpo no le perteneciera. Era una de ellas.

—¿Qué quiere?

El hombre de la barra era grande, con esa gordura de quien ha sido fuerte y ahora solo es blando. Brazos tatuados, calva brillante, ojos de tiburón. Marian Cojocaru, sin duda.

—Una cerveza. Y un rato de conversación.

—No hablo español.

—No te preocupes. Yo hablo rumano.

Mentira. Sabía cuatro palabras, pero a veces con cuatro palabras basta. Depende de cómo se digan.

El hombre me miró con más atención. Recalculando, pensando. Los de su oficio siempre están recalculando, como GPS humanos.

—¿Qué quieres?

—Busco a Ionel Popescu.

—No conozco a nadie con ese nombre.

—Claro que no. Y yo no soy policía, así que puedes relajarte. Soy detective privado. Busco a una chica. Una española. Sara Castaño. Desapareció hace tres meses. Y sé que Ionel la conoció.

La mujer de detrás de la barra levantó la vista un momento. Solo un momento. Pero suficiente. Ella sabía algo. O había conocido a Sara, o había oído hablar de ella. En estos sitios, las chicas hablan entre ellas cuando los dueños no miran. Es lo único que les queda: la solidaridad entre mercancías.

—No sé nada de eso. Y ahora, bebe y vete.

Saqué un billete de cincuenta euros y lo puse en la barra.

—No quiero líos. Solo información. ¿Dónde está Ionel?

Cojocaru miró el billete. Luego a mí. Luego a la puerta, como calculando distancias.

—Guárdate tu dinero. No sé nada.

—Entonces pregúntale a la chica.

La mujer se quedó rígida. Cojocaru la miró con una mezcla de posesión y amenaza.

—Ella no sabe nada. Es muda.

—Las mudas a veces escriben. ¿Verdad, guapa?

Me miró. Por un instante, vi algo en sus ojos. Miedo, sí. Pero también otra cosa. Rabia. La rabia de los que no pueden hablar, de los que no tienen a nadie. Asintió levemente, apenas un movimiento de párpados. Sí. Ella sabía.

—Vete ya —dijo Cojocaru— o llamo a la policía.

—Llama. Y les explicas cómo has conseguido a esa chica, y por qué no habla, y por qué limpia tu bar sin contrato y sin sueldo.

Cojocaru sonrió. Una sonrisa fea, de tiburón que sabe que el pez pequeño no puede morder.

—La policía viene aquí cada semana. Tomamos café juntos. Hablamos de fútbol. ¿Sabes por qué? Porque yo les doy información de otros. De los que venden droga, de los que roban coches. Y ellos me dejan tranquilo con mis negocios. Así que no me vengas con amenazas, español. Aquí el que manda soy yo.

Tenía razón. Maldita sea, tenía razón. Así funciona siempre: los peces pequeños se comen a los más pequeños y los grandes protegen a los medianos para que sigan comiéndose a los pequeños. Una cadena alimenticia. Como en la naturaleza. Solo que aquí las presas son personas.

Bebí la cerveza de un trago y dejé otros veinte euros en la barra.

—Para la chica. Por las molestias.

Salí sin mirar atrás. Pero me quedé en la calle, apoyado en una farola, esperando. A veces, la paciencia da más frutos que las amenazas.

Media hora después, la mujer salió con una bolsa de basura. La tiró en el contenedor y me vio. Se acercó con pasos cortos, mirando hacia atrás, asegurándose de que nadie la veía.

—¿Tú buscas a la española? —susurró.

—Sí. ¿La conociste?

—Una noche la trajeron aquí. Solo una noche. Luego se la llevaron.

—¿Adónde?

—No sé. Pero el hombre que vino a buscarla… ese sí lo conozco. Se llama El Rumano. Ionel. Tiene una nave en un polígono, por Getafe. Allí llevan a las chicas antes de mandarlas a otros sitios.

—¿Sabes la dirección?

—No. Pero cerca del polígono Los Olivos. Pregunta por la nave de los rumanos. Todos saben.

Le di los veinte euros que había dejado en la barra. Los cogió como quien coge una hostia, con miedo a que alguien la vea.

—¿Y tú? ¿Cómo saldrás de esto?

—Yo no salgo. Yo ya estoy muerta.

Se fue antes de que pudiera decir nada más. Me quedé allí, en la calle, con las manos en los bolsillos y el alma en los pies. Otra vez lo mismo. Otra vez llegar tarde. Otra vez esa sensación de que todo esfuerzo es inútil, de que el monstruo es demasiado grande, de que por cada una que salvas, hay cien que no.

Pero aún me quedaba una bala. La nave de Getafe. Y un nombre: Ionel Popescu.


Capítulo 5: El polígono de los muertos vivientes

El polígono Los Olivos era uno de esos lugares que Dios abandonó cuando decidió que ya había hecho bastante por el mundo. Naves industriales cerradas, solares con escombros, alguna que otra chatarrería y, al fondo, un puticlub con luces de neón que parpadeaban como si también estuvieran cansadas de estar ahí.

Llegué de noche, como mandan los cánones. Coche alquilado, luces apagadas, pistola en la guantera. Una pistola que no usaba desde hacía tres años, desde lo de Malena, desde aquella vez que juré no volver a empuñarla. Pero los tiempos cambian. O no. Los tiempos son siempre los mismos; los que cambiamos somos nosotros, y casi siempre a peor.

La nave de los rumanos era fácil de identificar. La única con luz encendida a las dos de la madrugada, la única con dos coches negros aparcados fuera y un tipo fumando en la puerta. Tipo grande, chaquetón de cuero, cara de pocos amigos. Seguramente armado.

Aparqué a dos calles de distancia y avancé a pie, pegándome a las paredes, aprovechando las sombras. A mi edad, estas cosas ya no se deberían hacer. A mi edad, se debería estar en casa, viendo la tele, con una manta en las piernas y un gato en el regazo. Pero los gatos me aburren y la tele me parece una tomadura de pelo. Así que aquí estoy, jugando al héroe cuando ya no me queda físico para ello.

El tipo de la puerta no me vio llegar. Tampoco le dio tiempo. Un golpe seco en la nuca con la culata de la pistola y se fue al suelo como un saco de patatas. Lo até con bridas que había traído para eso, le tapé la boca con cinta americana, y entré.

El olor era lo primero que golpeaba. Sudor, miedo, y ese olor dulzón de la droga barata, de la que usan para mantener dóciles a las chicas. Luego, los sonidos. Un televisor encendido en alguna parte. Un gemido ahogado. Y una voz de hombre, hablando en rumano, riéndose.

Avancé por un pasillo estrecho. A ambos lados, puertas cerradas. En una, se oía llorar. En otra, silencio absoluto, ese silencio que da más miedo que cualquier grito. Al final del pasillo, una habitación iluminada. Me asomé.

Tres hombres jugaban a las cartas alrededor de una mesa. Botellas de cerveza, colillas, una máquina de contar dinero. Y al fondo, en una esquina, dos chicas jóvenes, casi niñas, sentadas en el suelo, con las rodillas pegadas al pecho y la mirada perdida. Una de ellas… sí. La conocía por la foto. Sara Castaño. Más delgada, más pálida, más vacía. Pero era ella.

Respiré hondo. Conté hasta tres. Y entré.

—Buenas noches, caballeros. La partida ha terminado.

El que estaba en medio tardó medio segundo en reaccionar. Medio segundo que aproveché para ponerle la pistola en la frente. Los otros dos se quedaron paralizados, con las cartas en la mano, sin saber qué hacer.

—Tú debes ser Ionel —le dije al de la pistola—. Tienes algo que me pertenece.

—¿Qué coño…?

—La chica. La española. Sara. La que conociste por internet, la enamoraste, la prometiste un futuro y luego la vendiste como mercancía. Esa chica. Es mía. Me la llevo.

Ionel intentó levantarse. Apreté el cañón contra su frente.

—No, no, no. Quieto. Las manos donde pueda verlas. Y vosotros dos, al suelo. Boca abajo. Ahora.

Obedecieron. La gente siempre obedece cuando hay una pistola de por medio. Es curioso cómo la civilización se desvanece ante la amenaza de la violencia. Todo ese barniz de normas y respeto se evapora y queda solo el animal que somos, el que sabe que una bala duele más que cualquier palabra.

—Sara —dije sin apartar la vista de los hombres—. Levántate. Vamos a casa.

Ella me miró. En sus ojos, algo se encendió. Una chispa mínima, casi apagada, pero chispa al fin. Se levantó con esfuerzo, como si le costara recordar cómo se hacía. La otra chica se quedó en el suelo, mirándome con los mismos ojos vacíos.

—Ella también —dijo Sara—. No se la lleven. Es mi amiga.

—¿Cómo te llamas?

—Nadia —susurró la otra—. Nadia, de Moldavia.

—Pues levanta, Nadia de Moldavia. Hoy es tu día de suerte.

Las dos se acercaron a mí, tambaleándose. Drogadas, seguramente. Hambrientas. Asustadas. Pero vivas.

—Ionel, voy a salir de aquí con ellas. Si me sigues, si llamas a alguien, si haces cualquier cosa que no sea quedarte quieto como el buen rumano que eres, volveré y te pegaré un tiro en la rodilla. Luego en la otra. Luego en la ingle. Y luego te dejaré desangrarte mientras piensas en todo el dinero que no podrás gastar porque estarás muerto. ¿Me explico?

Asintió. Tenía los ojos como platos. El valor se le había salido por algún sitio, seguramente por el culo.

Salimos. Las chicas detrás de mí, agarrándose a mi chaqueta como si yo fuera un salvavidas en medio del océano. El tipo de la puerta seguía inconsciente. Pasamos de largo. Llegamos al coche. Las metí en el asiento de atrás. Arranqué.

No respira hondo hasta que el polígono quedó atrás, hasta que las luces de Madrid empezaron a aparecer en el horizonte. Entonces miré por el retrovisor y vi a Sara abrazando a Nadia, las dos llorando en silencio, las dos temblando como si nunca fueran a dejar de temblar.

—Ya está —dije—. Ya pasó. Estáis a salvo.

Mentira. No estaban a salvo. No lo estarían nunca. Esto las había marcado para siempre, como un hierro al rojo vivo en la piel. Pero al menos estaban vivas. Al menos podrían empezar a intentar olvidar. Si es que eso era posible.

Llamé a Montesinos.

—Tengo dos chicas. Víctimas de trata. Una es la que buscaba. ¿Dónde las llevo?

—Hostia, Varela. ¿Las has sacado tú solo?

—Sí. Y ahora necesito un sitio donde estén seguras. Donde los rumanos no puedan llegar.

—El programa de protección de testigos. Pero tienen que declarar, tienen que identificar.

—Declararán. Pero primero, que duerman. Que coman. Que sepan que hay gente buena en el mundo.

Montesinos suspiró. El suspiro de los que saben que la bondad no paga las facturas.

—Te mando una dirección. Un piso franco de la policía. Llévalas allí. Yo me encargo del papeleo.

—Gracias.

—No me des las gracias. Esto no es un favor. Es mi trabajo. El tuyo era buscarlas. Ya las has encontrado. Ahora déjame hacer el mío.

Colgué. Miré por el retrovisor otra vez. Sara me sonreía. Una sonrisa pequeña, tímida, como si ya no recordara cómo se hacía. Pero sonrisa al fin.

Quizás por eso hacía esto. Por esas sonrisas. Por pequeñas que sean. Por escasas que sean.


Capítulo 6: Los hilos del poder

Al día siguiente, todo se torció.

Me despertó el teléfono a las siete de la mañana. Montesinos. Su voz sonaba tensa, como si le hubieran robado el desayuno.

—Varela, tenemos un problema.

—¿Qué pasa?

—Anoche, mientras tú dormías como un bebé, alguien entró en el piso franco. Forzaron la puerta, redujeron a los dos policías que estaban de guardia, y se llevaron a las chicas.

Me incorporé en la cama de golpe. El corazón me latía en las sienes.

—¿Qué coño dices?

—Lo que oyes. A las dos. A Sara y a la moldava. Desaparecidas.

—¿Y los policías?

—Vivos. Golpeados, pero vivos. Dicen que eran cuatro, encapuchados, con armas automáticas. Profesionales.

—Mierda. Mierda, mierda, mierda.

—Eso no es lo peor.

—¿Cómo que no es lo peor?

—Lo peor es que los análisis del teléfono de Ionel, el que encontramos en la nave, han dado resultados. Había llamadas. Muchas. A un número concreto. Un número español. De Madrid.

—¿De quién?

—De un concejal del ayuntamiento. Del partido que controla Urbanismo. Se llama Enrique Soto. Y resulta que Soto es el dueño de varias naves en ese polígono. Y resulta que Soto tiene inversiones en Rumanía. Y resulta que Soto…

—…es uno de los grandes. El que protege a los medianos para que sigan comiéndose a los pequeños.

—Exacto.

Apreté el teléfono con tanta fuerza que creí que se iba a romper. Un concejal. Un político. Uno de esos que salen en la tele hablando de valores, de familia, de mano dura con la inmigración ilegal. Y detrás, manejando los hilos, comprando y vendiendo personas como si fueran mercancía.

—¿Qué vas a hacer? —pregunté.

—Nada. No puedo hacer nada. Las órdenes han llegado de arriba. Caso cerrado. Las chicas se escaparon voluntariamente. Los policías se equivocaron al identificar a los asaltantes. Y el teléfono de Soto… el teléfono no existe. Se ha perdido. Cosas que pasan.

—Montesinos…

—No me digas nada, Varela. Ya sé lo que piensas. Que soy un cobarde, que me vendo, que no valgo para esto. Pero no es así. Es que esto es más grande que nosotros. Mucho más grande. Soto tiene amigos en todas partes. En la policía, en el gobierno, en los juzgados. Si intento tocarlo, me hundirán. Me jubilarán forzoso, me quitarán la pensión, me abrirán un expediente. Y las chicas seguirán donde están.

—¿Y dónde están?

—No lo sé. De verdad que no lo sé. Pero si las han vuelto a coger tan rápido, es porque no las habían sacado de Madrid. Están en algún sitio cerca. Esperando a ser enviadas a otro país. O a ser… bueno, ya sabes.

Lo sabía. La trata no perdona. Las que se escapan, las que dan problemas, las que podrían hablar, suelen terminar en el fondo de una cuneta. O en un barco con destino a ningún sitio. O en un burdel de algún país donde nadie pregunte.

Colgué sin despedirme. Me quedé un rato en la cama, mirando el techo, pensando en Sara, en su sonrisa de anoche, en esa chispa que había vuelto a sus ojos. Y ahora, otra vez la oscuridad. Otra vez el vacío. Otra vez el monstruo ganando la partida.

Pero no. No podía ser. No después de haber llegado hasta aquí. No después de haberla tenido en mi coche, viva, respirando, esperando.

Me levanté, me vestí, cogí la pistola. Otra vez.


Capítulo 7: La justicia de los perros

Tardé tres días en encontrar a Soto. Tres días siguiendo pistas, quemando contactos, gastando los pocos favores que me quedaban. Y al final, lo encontré donde menos lo esperaba: en su propia casa. Un chalet en La Moraleja, con piscina, cancha de tenis y verjas electrificadas.

Los ricos son tan predecibles. Creen que las verjas los protegen. Creen que el dinero los hace intocables. Pero no saben que la justicia de los pobres es más paciente, más lenta, pero igual de certera cuando llega.

Entré de noche, como la otra vez. Esquivé cámaras, sorteé sensores, salté verjas. A mi edad, estas cosas ya no se deberían hacer. Pero a mi edad, tampoco se debería permitir que un hijo de puta como Enrique Soto siguiera durmiendo tranquilo mientras las chicas que ha vendido sueñan con monstruos.

Lo encontré en el salón. Bata de seda, copa de coñac, pantuflas de cuero. Viendo la tele. Un programa de actualidad política, cómo no. Él, dando lecciones de moral desde la pantalla mientras en su sótano…

—Buenas noches, concejal.

Se giró tan rápido que derramó el coñac. Me vio con la pistola en la mano y se puso blanco. Luego rojo. Luego otra vez blanco. Un juego de colores muy interesante.

—¿Quién coño eres? ¿Cómo has entrado?

—Soy el perro que no se calla. El que no se vende. El que ha venido a buscarlas.

—¿A buscarlas? ¿A quiénes?

—No te hagas el tonto. A las chicas. A Sara. A Nadia. Las que tus amigos rumanos secuestraron anoche del piso franco de la policía. Las que tú ibas a enviar a algún sitio para que nadie pudiera testificar contra ti.

Soto se recompuso. El muy cabrón intentó sonreír.

—No sé de qué me hablas. Eso son acusaciones falsas. Yo soy concejal. Tengo inmunidad. Tengo abogados. Si me tocas un pelo…

—No te voy a tocar un pelo. Te voy a dar una oportunidad.

—¿Una oportunidad?

—Dime dónde están. Y te dejo vivir. Y te dejo seguir siendo concejal. Y te dejo seguir haciendo negocios. Pero dime dónde están.

Me miró. Recorrió con la vista la pistola, mis ojos, mi postura. Calculó sus opciones. Y llegó a la conclusión de que yo no dispararía.

—No sé dónde están. Aunque lo supiera, no te lo diría. Porque si te lo digo, mis socios me matan. Y si no te lo digo, ¿qué? ¿Vas a pegarme un tiro? ¿Tú? Un viejo como tú, con esa cara de buena persona, con esos ojos de haber visto demasiado pero nunca haber matado. No, no vas a disparar.

Tenía razón. En parte. No iba a dispararle. No a quemarropa, no así. Pero tenía otras maneras.

Guardé la pistola. Saqué el móvil. En la pantalla, una foto. La de él, con Ionel, en el bar de Cojocaru. La había sacado la chica muda, la de la barra, antes de que yo la rescatara también. La tenía guardada como último recurso.

—¿Ves esto? Hay más. Muchas más. Fotos, conversaciones, transferencias bancarias. Todo lo que he recopilado en estos tres días. Y lo voy a enviar a todos los medios de comunicación, a todos los jueces, a todos los que puedan usarlo. Aunque me cueste la vida. Aunque te cueste la tuya.

Soto palideció de verdad esta vez.

—No te creo. Es un farol.

—Pruébame.

Se quedó en silencio. El reloj de la pared marcaba los segundos. Uno, dos, tres. Al cuarto, habló.

—Polígono industrial de Coslada. Nave 17. Detrás de unos talleres mecánicos. Allí las tienen. Esta noche las sacan. Un camión con destino a Francia.

Guardé el móvil. Le sonreí. La peor sonrisa que he dado en mi vida.

—Gracias, concejal. Ahora, llama a tus socios. Diles que hay un problema. Diles que no saquen el camión. Si lo hacen, las fotos salen a la luz. Todas.

—¿Y tú qué vas a hacer?

—Yo voy a buscarlas. Y esta vez no voy a fallar.

Salí por donde había entrado. Mientras corría hacia el coche, oí cómo Soto maldecía y rompía algo contra la pared. Cosas de ricos.


Epílogo: La deuda infinita

El camión estaba a punto de salir cuando llegué. Un tráiler grande, de esos que cruzan Europa en dos días. Con la carga bien sujeta dentro. La carga: veintitrés mujeres. Sara y Nadia entre ellas.

No voy a contarles cómo las saqué. No voy a contarles los tiros, ni las carreras, ni los gritos. Baste decir que esta vez sí usé la pistola. Y que esta vez no fallé. Ni un tiro. Ni una vida. Solo el suficiente miedo para que los rumanos entendieran que allí no había negocio, solo problemas.

Las veintitrés acabaron en comisaría. Luego en centros de acogida. Luego en programas de protección. Luego, algunas, en sus casas. Otras, en ninguna parte, porque ya no tenían casa a la que volver.

Sara sí volvió. Una tarde de domingo, la acompañé a su portal. Su madre estaba en la puerta, esperando. Llevaba el mismo abrigo marrón de la primera vez, el de las mujeres decentes. Cuando vio a su hija, se le cayó el bolso al suelo y no se agachó a recogerlo. Corrió hacia ella y la abrazó tan fuerte que creí que no la soltaría nunca.

—Gracias —me dijo Julia Castaño cuando pudo hablar—. No tengo nada más que darle. Pero gracias.

—Ya me pagó —dije.

—¿Cuándo?

—El primer día. Con su historia. Con sus ojos. Con su dignidad.

Se quedó mirándome, sin entender. Luego sonrió. Una sonrisa pequeña, como la de su hija en el coche. Pero sonrisa al fin.

Me fui antes de que pudieran darme las gracias otra vez. Las gracias me incomodan. Prefiero el silencio. El silencio y el recuerdo de que, a veces, el monstruo se puede frenar. No matar, porque el monstruo es inmortal. Pero frenar. Un rato. El suficiente para que algunas puedan escapar.

Soto sigue siendo concejal. No había suficientes pruebas para imputarle. Sus abogados hicieron su trabajo, y los jueces el suyo, y la justicia la suyo. Que no es lo mismo que hacer justicia, pero qué le vamos a hacer.

Ionel y sus hombres están en la cárcel. Condenados por trata, por secuestro, por asociación ilícita. Dentro de unos años saldrán. Y volverán a lo mismo. Porque en esto, las penas son pequeñas y el negocio es grande.

Y yo sigo aquí. En mi oficina que huele a café recalentado y derrota. Con las persianas bajadas y la botella de whisky en el cajón. Esperando al siguiente desgraciado que necesite un milagro.

Porque la compra-venta de inmigrantes es la esclavitud del siglo XXI. Y mientras haya gente dispuesta a comprar, habrá gente dispuesta a vender. Y mientras haya gente dispuesta a vender, habrá gente como yo, que se pasa la vida intentando rescatar lo irrescatable.

No soy un héroe. Soy un idiota. Pero esta vez, al menos, gané una batalla.

La guerra sigue.


Fin

Este relato ha sido creado por DeepSeek con el siguiente Prompt:

A ver, DeepSeek, escríbeme una novela del género negro y cínico, con título “La compra-venta de inmigrantes es la esclavitud del siglo XXI” de 7000 palabras y con 7 capítulos y un epílogo final, basada en lo siguiente:

La trata de personas consiste en la esclavitud del siglo XXI y es uno de los delitos más comunes y que mueve mayor cantidad de dinero en todo el mundo, tras el del tráfico de drogas y de armas. Cada vez que se comete este delito, se violan todos los derechos humanos en una misma persona, corrompiendo no sólo su libertad y dignidad sino también su integridad física y emocional.

Las víctimas de este crimen suelen ser personas vulnerables, sobre todo mujeres, niños y hombres en condiciones físicas o económicas delicadas, acostumbrados a la discriminación y que no oponen una gran resistencia.

Entendemos por Trata «la captación, el transporte, el traslado, la acogida o la recepción de personas, recurriendo a la amenaza o al uso de la fuerza u otras formas de coacción, al rapto, al fraude, al engaño, al abuso de poder o de una situación de vulnerabilidad o a la concesión o recepción de pagos o beneficios para obtener el consentimiento de una persona que tenga autoridad sobre otra, con fines de explotación. La explotación incluye como mínimo, la derivada de la prostitución y de otras formas de explotación sexual incluida la pornografía, trabajos o servicios forzados, la esclavitud o prácticas similares a la esclavitud, la servidumbre o la mendicidad, las actividades delictivas y la extracción de órganos corporales».

La Trata de Seres Humanos constituye una violación grave de la dignidad, la libertad de la persona, y una forma de delincuencia grave.