El video del kioskero de Podemos en el que dice que la ultraderecha la dirige Franco es un BULO
Capítulo 1: La sombra en Telegram
La lluvia en Madrid tenía ese tono sucio que solo adquiere cuando lleva cayendo tres días seguidos. Yo estaba en mi oficina, un cuarto sobrecargado de papeles y desencanto, revisando facturas atrasadas cuando sonó el teléfono. Era Vera, mi contacto en ese pantano de rumores que llaman periodismo digital.
«Lo han subido otra vez», dijo sin preámbulos. «El video del kioskero. En tres canales distintos de Telegram. Ya sabes, los de siempre.»
Me froté los ojos. Llevábamos seis meses persiguiendo ese fantasma, ese supuesto video donde el kioskero de Podemos—un tipo cuyo nombre nadie recordaba pero todos reconocían—declaraba haber visto a Francisco Franco, en carne y hueso, dictando órdenes a Santiago Abascal sobre política migratoria. Un bulo tan grotesco que resultaba casi poético.
«¿Alguna novedad?», pregunté.
«Solo que ahora dicen que fue filmado en un bunker bajo el Valle de los Caídos. Con iluminación LED, eso sí. Parece que hasta los muertos resucitados aprecian una buena temperatura de color.»
Colgué y encendí el ordenador. Mi nombre es Leo Corvus, y mi trabajo—si es que puede llamarse así—consiste en desentrañar mentiras para clientes que prefieren no ensuciarse las manos. Esta vez, me había contratado un conglomerado mediático que, irónicamente, había contribuido a esparcir la noticia inicial. La paradoja era tan española como la tortilla con cebolla.
El video, según la descripción, mostraba al kioskero—un hombre de complexión redonda, mirada perpetua de susto y una gorra de «Hablemos de Pueblo» ligeramente torcida—siendo entrevistado en un plató de La Sexta. Los tertulianos habituales, esos mismos que cambian de chaqueta según la audiencia, le preguntaban sobre fuentes internas cuando, de repente, soltaba la bomba: había visto a Franco, con sus propios ojos, en una reunión secreta con Abascal.
El problema, aparte de lo evidente, era que Franco nació en 1892. Sagitario, como recordaba innecesariamente la descripción del video. Eso le haría 133 años. Incluso para los estándares de los bulos políticos españoles, donde todo es posible y nada es verdad, resultaba excesivo.
Mi teléfono volvió a vibrar. Un mensaje de mi asistente, Clara: «Han identificado al kioskero. Se llama Emilio Vargas. Tiene un kiosko en Carabanchel. Y según sus vecinos, no ha salido de allí en semanas.»
«¿Y lo de Franco?», escribí.
«Lo de Franco sigue muerto. O eso dice la versión oficial.»
Sonreí sin alegría. Empezaba otro día cazando sombras.
Capítulo 2: El rastro del humo
Carabanchel olía a fritanga y desilusión. El kiosko de Emilio Vargas estaba encajado entre una peluquería barata y un locutorio que todavía ofrecía llamadas a Latinoamérica por hora. La lluvia había cesado, dejando ese aire húmedo que pega los carteles a las paredes.
Vargas era exactamente como aparecía en las fotos: un hombre de unos cincuenta y cinco años, con la barba de dos días permanente y ojos que habían visto demasiados titulares. Me observó con desconfianza cuando me acerqué.
«¿Periodista?», preguntó antes de que yo abriera la boca.
«Investigador privado.»
«Peor.» Encendió un cigarrillo. «Si es por lo del video, ya he hablado con la policía. Y con dos programas de cotilleos. Y con un tío que decía ser productor de Netflix.»
«¿Y qué les dijo?»
«Lo mismo que le voy a decir a usted: nunca he estado en La Sexta. Ni siquiera me gusta ese canal. Soy más de deportes.»
«Pero su cara aparece—»
«Mi cara aparece en mi carnet de identidad y en la foto de la licencia del kiosko. Lo demás son tonterías de internet.»
Compré un paquete de chicles que no necesitaba. «¿Sabe quién podría haber creado ese video?»
Vargas soltó una risa corta, como un ladrido. «Mire a su alrededor. Cualquier chaval con un ordenador y demasiado tiempo libre. Lo gracioso es que me elijan a mí. Ni siquiera estoy afiliado a Podemos. Voto al PSOE desde que tengo uso de razón, aunque cada vez me arrepiento más.»
«Entonces, ¿por qué cree que—?»
«Porque soy el tonto perfecto.» Me miró directamente. «Tengo esta cara, este kiosko, esta vida. Soy el ciudadano de a pie que los intelectuales de salón usan para demostrar que conocen al pueblo. El problema es que el pueblo está harto de ser usado de decorado.»
Me dio su teléfono. «Mire mis mensajes. Amenazas de muerte, memes, propuestas indecentes. Todo porque alguien decidió que yo era el protagonista de una mentira estúpida.»
«¿Y Franco?», insistí.
«Franco está más muerto que mi interés por la política. Y si hubiera resucitado, dudo mucho que empezara por darle órdenes a Abascal. Con lo que le gustaban los uniformes, probablemente montaría un TikTok bailando sevillanas.»
Salí del kiosko con más preguntas que respuestas. Vargas era víctima o actor brillante, no podía decidirlo aún. Pero su cansancio parecía genuino, de ese tipo que se acumula en los huesos después de meses de acoso.
Mi teléfono vibró. Clara: «He rastreado el primer envío del video. Fue un usuario anónimo en un canal de Telegram llamado ‘Verdades Como Puños’. Se creó y eliminó el mismo día.»
«¿IP?»
«Enrutada a través de varios servidores. Pero hay un detalle curioso: el video original tenía metadatos alterados para que pareciera grabado en 2023, pero el codec es el mismo que usa un estudio de postproducción en Barcelona. Uno especializado en deepfakes políticos.»
Barcelona. Franco bailando sevillanas en TikTok. El mundo se volvía cada vez más surrealista.
Capítulo 3: Los arquitectos del engaño
El estudio se llamaba «Nexus Realities» y ocupaba un loft en el barrio de Poblenou. Desde fuera parecía una startup más, con su fachada de cristal y su logo minimalista. Dentro, olía a café caro y ambición juvenil.
Me recibió una mujer llamada Silvia, no más de treinta años, con gafas de diseño y una sonrisa profesional que no llegaba a los ojos.
«Leo Corvus, ¿verdad? Nos avisaron de su visita.» Su tono era educado pero frío. «Lamento decirle que no podemos hablar de proyectos de clientes. Confidencialidad, ya sabe.»
«Entiendo.» Saqué mi teléfono y mostré una captura del video del kioskero. «¿Esto les parece familiar?»
Su sonrisa se congeló. «No puedo comentar.»
«Vamos, Silvia. El codec es suyo. La resolución de los reflejos en los ojos del kioskero coincide con vuestros estándares de renderizado. Esto es obra vuestra o de alguien que robó vuestro software.»
Ella suspiró y cerró la puerta de su despacho. «Sentémonos.»
El interior era austero: una mesa, dos sillas, una pantalla enorme apagada. «Hace ocho meses», comenzó, «un cliente anónimo nos contrató para crear una serie de videos deepfake. El objetivo era satírico, según nos dijo. Parodias políticas para un programa de humor.»
«¿Y les creyeron?»
«Pagaron por adelantado. Cincuenta mil euros. En efectivo.» Silvia evitó mi mirada. «El brief era específico: tomar personajes secundarios de la vida pública—el kioskero, la presentadora del tiempo de Canal Sur, el hombre del tiempo de Telemadrid que siempre se equivoca—y ponerles a decir cosas absurdas sobre conspiraciones políticas.»
«¿Incluyendo a Franco?»
«Especialmente Franco. El cliente decía que era una metáfora de cómo la ultraderecha española vive anclada en el pasado.» Se encogió de hombros. «Nos pareció una crítica inteligente. Hasta que los videos empezaron a circular fuera de contexto, sin el aviso de que eran parodias.»
«¿Y no hicieron nada?»
«Intentamos contactar al cliente. Desapareció. Los números de teléfono, falsos. El correo electrónico, desactivado. Y para entonces, el video del kioskero ya se había vuelto viral en ciertos círculos.»
Me pasó una carpeta. Dentro, contratos con nombres falsos, transferencias bancarias a cuentas en paraísos fiscales, guiones llenos de diálogos cada vez más extravagantes.
«El más extremo», dijo Silvia, «era uno donde el kioskero afirmaba que Franco no solo estaba vivo, sino que jugaba al póker los jueves con el rey emérito y Rosalía. Supuestamente, le ganaba siempre porque Rosalía se distraía con los aperitivos.»
«¿Y lo produjeron?»
«Nos negamos. Pero alguien más lo hizo. Y la versión que circula es aún más burda que nuestros estándares.»
Salí del estudio con la certeza de que había jugadores en la sombra, pero no más cerca de encontrarlos. El rastro técnico terminaba en un cliente fantasma, y el video seguía extendiéndose como una mancha de aceite digital.
En el taxi de vuelta al aeropuerto, recibí un mensaje de Vera: «Han sacado una nueva versión. Ahora el kioskero dice que Franco usa un walker con ruedas LED y que su favorita es Rosalía, pero la de verdad, no la cantante.»
El absurdo tenía sus propios tentáculos, y cada vez se enroscaban más fuerte alrededor de la realidad.
Capítulo 4: Los tertulianos del régimen
La Sexta era un hervidero de luces y ego. Me colé entre becarios apurados y presentadores con sonrisas de composite hasta llegar al plató de «El Intermedio», donde según el video, había ocurrido la entrevista.
Jorge, el productor, era un tipo nervioso con una tablet siempre en la mano. «No hay registro de esa entrevista», me aseguró por quinta vez. «Revisamos todos los archivos. Emilio Vargas nunca ha estado en este programa.»
«Pero su cara—»
«Fue insertada digitalmente. Y bastante bien, por cierto. Los reflejos en los ojos coinciden con nuestra iluminación del plató 3. Alguien hizo los deberes.»
Me mostró una grabación del plató vacío. «El problema no es la falsificación, sino la credibilidad que algunos le dan. Ayer tuvimos a un tertuliano—no diré nombres—que en privado me preguntó si ‘había algo de verdad’ en lo del video.»
«¿En serio?»
«La gente quiere creer. Y cuando la mentira es lo suficientemente grande, lo suficientemente ridícula, se vuelve inmune a la refutación.» Jorge se ajustó las gafas. «¿Sabe cuál es el verdadero peligro? Que esto distrae de los problemas reales. Mientras debatimos si Franco tiene 133 años y da órdenes a Abascal, no hablamos de la crisis de vivienda, del paro juvenil, de la sequía.»
«¿Y los tertulianos?»
«Algunos juegan el juego. Otros se desesperan. Pero al final, todos somos peones en el mismo tablero. El espectáculo debe continuar, aunque el espectáculo sea una farsa.»
Mientras salía, pasé junto a uno de los tertulianos más famosos, un hombre cuya carrera se basaba en la indignación medida. Hablaba por teléfono en un rincón.
«… no, si yo también lo dudo, pero ¿y si hay algo? No digo que Franco esté vivo, pero ¿y si la ultraderecha tiene conexiones con nostálgicos del régimen? Es un ángulo interesante…»
Me alejé, sintiendo náuseas. El cinismo ya no era una postura intelectual, sino la moneda de cambio del debate público. Todo valía con tal de mantener la audiencia, el engagement, la cuota de pantalla.
En la calle, mi teléfono vibró. Un número desconocido.
«Corvus, ¿verdad?», dijo una voz masculina, distorsionada. «Deje de investigar. El video es un bulo, todos lo saben. Pero algunas mentiras son necesarias.»
«¿Necesarias para qué?»
«Para mantener el equilibrio. Para que la gente discuta sobre Franco en vez de sobre sus nóminas. Para que el kioskero sea el chivo expiatorio de una guerra que nadie declaró pero todos libran.»
La llamada se cortó. Intenté devolverla, pero el número ya no existía.
Clara me localizó media hora después. «He seguido el dinero. Las transferencias a Nexus Realities vinieron de una cuenta fantasma, sí, pero esa cuenta recibió fondos de una fundación cultural con sede en Madrid. Una fundación que organiza debates sobre la transición española.»
«¿Quién está detrás?»
«La preside un ex político socialista. El vicepresidente es un ex popular. El secretario, un ex dirigente de Ciudadanos. Todos retirados, todos con intereses en medios de comunicación.»
Un coro de voces del pasado, financiando la distorsión del presente. La ironía era tan espesa que casi podía palparse.
Capítulo 5: La conferencia de los muertos vivientes
La fundación ocupaba un palacete restaurado en el barrio de Salamanca. Mármol, techos altos y el silencio peculiar de los lugares donde se toman decisiones importantes.
Me recibió el secretario, Gonzalo Robles, un hombre de sesenta y pocos años con traje caro y apretón de manos calculado.
«Leo Corvus, qué honor.» Su sonrisa era profesional. «Cuando supiimos de su investigación, quisimos ayudar. Esta fundación se dedica a preservar la memoria histórica, y estos bulos son justo lo contrario.»
«¿Y por qué financiaron a Nexus Realities?»
Su sonrisa no se inmutó. «No financiamos ningún estudio de deepfakes. Debe haber un error.»
Clara había sido meticulosa. Saqué los documentos. «Transfirieron cuarenta mil euros a una cuenta en las Islas Caimán. De allí, a una sociedad pantalla en Panamá. Y finalmente, a Nexus. Todo rastreable si se sabe dónde mirar.»
Robles estudió los papeles con calma excesiva. «Ah, ese proyecto. Era una iniciativa educativa. Queríamos crear materiales para enseñar a los jóvenes a identificar noticias falsas. Videos demostrativos.»
«¿Incluyendo uno donde el kioskero ve a Franco vivo?»
«El ejemplo extremo, para ilustrar hasta dónde puede llegar la desinformación.» Se levantó y se acercó a la ventana. «Mire, Corvus. España es un país con heridas sin cerrar. La guerra civil, el franquismo, la transición… Todo eso sigue presente. Y en ese caldo de cultivo, florecen teorías absurdas.»
«¿Y su solución es crear más teorías absurdas?»
«Nuestra solución es controlar la narrativa.» Se volvió hacia mí. «Si creamos el bulo más ridículo imaginable—Franco resucitado, dando órdenes a Abascal—y luego lo desmontamos públicamente, la gente aprenderá a desconfiar de todo. Incluso de las mentiras más sutiles, más peligrosas.»
La lógica era retorcida, pero comprensible en su perversión. «¿Y el kioskero? ¿Emilio Vargas?»
«Un peón necesario. Su imagen es perfecta: el ciudadano común, manipulado por fuerzas mayores. Su sufrimiento actual servirá como lección para todos.»
«¿No le parece cruel?»
«La política siempre es cruel.» Robles recuperó su sonrisa. «Pero piense en el bien mayor. Cuando este bulo haya pasado, la gente será más escéptica, más crítica. Habremos fortalecido la democracia.»
Salí del palacete con la sensación de haberme bañado en algo viscoso. La justificación del mal menor, del fin que justifica los medios, siempre sonaba razonable hasta que eras tú el medio sacrificable.
En la calle, llamé a Vargas. «Emilio, tenga cuidado. Esto es más grande de lo que parece.»
Su risa al otro lado sonó cansada. «Ya lo sé. Hoy me han ofrecido dinero por una entrevista exclusiva. Diez mil euros por contar ‘mi verdad’.»
«¿Y qué va a hacer?»
«Les he dicho que mi verdad vale veinte. Si van a prostituirme, que sea a precio de oro.»
Colgué admirando su cinismo. Quizás era la única respuesta sensata en un mundo donde todos vendían algo, incluso si era solo su dignidad.
Capítulo 6: El bunker de las sombras
La pista final vino de donde menos lo esperaba: un archivista jubilado del NO-DO que seguía mi caso por internet y me contactó por correo electrónico.
«Los metadatos del video tienen una firma digital oculta», escribió. «Una secuencia de números que corresponde a coordenadas. 40.6542, -4.6997. Mírelo.»
Era un lugar cerca de Ávila, en medio de ninguna parte. Clara investigó: una finca privada, propiedad de una empresa fantasma. Registros de construcción mostraban que en los años 70 se había edificado un bunker antinuclear, luego abandonado.
«¿Por qué ahí?», pregunté.
«Porque es donde se grabó el video real», respondió el archivista en su siguiente mensaje. «No el deepfake, sino la grabación original que sirvió de base. Alguien llevó al kioskero allí, le hizo decir esas palabras delante de una pantalla verde, y luego superpusieron el plató de La Sexta.»
Conduje hasta el lugar al amanecer. La finca estaba vallada, con carteles de «Propiedad Privada» y «Peligro: Estructura Inestable». Salté la valla y encontré la entrada al bunker semioculta por la maleza.
Dentro, el aire olía a humedad y decadencia. Pero en una sala central, encontré equipos modernos: pantallas verdes, luces LED, cámaras de alta definición. Y en una esquina, varias sillas plegables y un atril con el logo de La Sexta pegado de forma chapucera.
No estaba solo. En la penumbra, una figura se movió.
«Pensé que vendrías», dijo una voz familiar. Era Silvia, la de Nexus Realities, pero su actitud profesional había desaparecido. Ahora parecía nerviosa, casi asustada.
«¿Qué haces aquí?»
«Cerrando cabos sueltos.» Encendió una linterna. «El cliente no era anónimo. Era Robles, el de la fundación. Pero él tampoco actuaba por su cuenta.»
«¿Entonces?»
«Esto va más arriba. Partidos políticos, medios de comunicación, incluso algún juez. Todos colaborando en una operación de intoxicación informativa.» Silvia me pasó una memoria USB. «Aquí está todo. Los nombres, las reuniones, los objetivos.»
«¿Por qué me lo das ahora?»
«Porque tengo miedo. Y porque Emilio Vargas no es el único peón. Hay más. Muchos más.» Su voz tembló. «El video del kioskero era solo la prueba. El experimento para ver cuánta estupidez podía tragar el público. Y funcionó mejor de lo esperado.»
Antes de que pudiera preguntar más, sonaron pasos. Silvia se deslizó por una salida lateral mientras yo me escondía tras un equipo.
Dos hombres entraron, hablando en voz baja.
«… el informe final es positivo. El 30% de los encuestados cree posible que Franco siga vivo. Otro 40% duda.»
«Buenos números. Con eso podemos proceder a la fase dos.»
«¿El video de la nieta de Carrero Blanco afirmando que su abuelo fue asesinado por ETA con ayuda de la CIA y el KGB?»
«Ese mismo. Ya está en producción.»
Salieron sin verme. Me quedé en la oscuridad, sosteniendo la memoria USB que pesaba más que cualquier arma.
Capítulo 7: La verdad que nadie quiere
De vuelta en Madrid, reuní todas las piezas. La memoria USB contenía documentos explosivos: planes coordinados para inundar las redes sociales con teorías conspirativas absurdas, no para convencer, sino para saturar, para cansar, para que la población abandonara cualquier intento de discernir la verdad.
Emilio Vargas me esperaba en un bar de Carabanchel. Parecía haber envejecido diez años en una semana.
«¿Y?», preguntó sin preámbulos.
«Tiene dos opciones», le dije. «La primera: callarnos. Usted sigue siendo el kioskero famoso, recibe sus veinte mil euros por la entrevista, y vive con la mentira.»
«¿Y la segunda?»
«La segunda es que publiquemos todo. Con nombres y apellidos. Usted deja de ser el tonto útil y se convierte en el denunciante.»
«¿Qué ganaría?»
«Quizás nada. Probablemente menos de lo que perdería.» Tomé un sorbo de café amargo. «Pero sería la verdad.»
Vargas miró su vaso de vino, sin tocarlo. «Cuando era joven, creía en la verdad. Creía que importaba. Luego vi cómo los mentirosos prosperaban, cómo los cínicos ganaban, cómo los honestos se quedaban atrás.»
«¿Y?»
«Y ahora soy un viejo amargado que vende periódicos.» Alzó la vista. «Pero todavía sé leer los titulares. Y en este país, la verdad nunca ha vendido bien.»
Nos quedamos en silencio un rato. Finalmente, Vargas asintió.
«Hágalo. Publíquelo. Que se jodan todos.»
Clara y yo trabajamos tres días seguidos. El reporte final tenía doscientas páginas, con pruebas documentales, testimonios, análisis técnicos. Lo enviamos a los principales medios, a la fiscalía, a las plataformas de redes sociales.
La respuesta fue un silencio ensordecedor.
Un periódico lo publicó en su versión digital, en una sección secundaria. Dos horas después, el artículo desapareció. Una televisión mencionó «presuntas irregularidades», pero sin detalles. Las redes sociales eliminaron nuestros posts por «violar condiciones de servicio».
Vera, mi contacto periodístico, me llamó desesperada. «Lo han matado, Leo. Han enterrado la historia. Robles y sus amigos tienen demasiados contactos, demasiado poder.»
«¿Y el video?»
«Sigue circulando. Ahora con una nueva capa: dicen que el kioskero se retractó porque lo amenazó el ‘deep state’ franquista. La mentira se retroalimenta.»
Fui a ver a Vargas una última vez. Estaba en su kiosko, sirviendo a un cliente que le preguntaba si «lo de Franco» era verdad.
«Todo es mentira», respondió Vargas con cansancio. «Incluso esta conversación.»
El cliente se alejó decepcionado. Vargas me miró.
«¿Lo ve? Quieren creer. Necesitan creer. La realidad es demasiado gris, demasiado compleja. Prefieren un Franco zombi dirigiendo a la ultraderecha desde un bunker.»
«Lo siento», fue todo lo que pude decir.
«No lo sienta. Yo elegí esto.» Encendió un cigarrillo. «Al menos ahora sé que no estoy loco. Solo estoy en el lado perdedor de una guerra que ni siquiera es mía.»
Salí de Carabanchel mientras anochecía. En mi teléfono, Clara me enviaba un último mensaje: «Han creado un nuevo video. Ahora el kioskero dice que todo fue un montaje de los servicios secretos rusos para desestabilizar España. Tiene más visualizaciones que nuestro reporte.»
Epílogo: El bulo eterno
Seis meses después, el caso estaba oficialmente cerrado. Robles y su fundación recibieron una multa administrativa por «falta de transparencia» que pagaron sin inmutarse. Los tertulianos seguían debatiendo sobre Franco, la ultraderecha y los inmigrantes, pero ahora con más audiencia que nunca.
Emilio Vargas vendió su kiosko y se mudó a un pueblo de Toledo. A veces lo entrevistan para programas sobre teorías conspirativas, donde es presentado como «el hombre que creyó ver a Franco». Cobra bien por cada aparición.
Yo sigo en mi oficina, investigando nuevos bulos. Cada vez hay más, cada vez más elaborados. A veces pienso que nos estamos convirtiendo en una sociedad que prefiere la ficción a la realidad, el espectáculo a la sustancia, la mentira reconfortante a la verdad incómoda.
El otro día, revisando archivos, encontré una nota que había pasado por alto. Era de Silvia, la de Nexus Realities, enviada desde una cuenta anónima semanas después de nuestro encuentro en el bunker.
«La operación se llamaba ‘Cortina de Humo’. El objetivo nunca fue convencer de que Franco vivía. Era hacer que la discusión política se redujera a extremos absurdos, imposibles de tomar en serio. Así, las decisiones reales—las leyes, los presupuestos, las concesiones—pasan desapercibidas. Mientras discutimos fantasmas, los vivos roban el banquete.»
Tenía razón, por supuesto. Mientras escribo esto, en mi pantalla parpadea una notificación: un nuevo video viral donde un famoso influencer afirma que la Tierra es plana porque Franco lo dijo en sus memorias secretas. Tiene dos millones de visitas.
Y en un canal de Telegram, alguien ha resucitado el video original del kioskero. Los comentarios debaten acaloradamente si Franco preferiría el reguetón o el trap. La mayoría vota por el trap, porque «tiene más actitud».
El bulo no solo sigue vivo. Ha mutado, se ha reproducido, ha colonizado nuevas mentes. Y yo, como tantos otros, me pregunto si alguna verdad podrá competir contra una mentira lo suficientemente grande, lo suficientemente cínica, lo suficientemente española.
Al final, quizás Vargas tenía razón: en este país, la verdad nunca ha vendido bien. Pero el espectáculo, ese vende siempre. Y el show, como la mentira, debe continuar.
FIN
Este relato ha sido creado por DeepSeek con el siguiente Prompt:
A ver, DeepSeek, escríbeme una novela del género negro y cínico, con título “El video del kioskero de Podemos en el que dice que la ultraderecha la dirige Franco es un BULO” de 7000 palabras y con 7 capítulos y un epílogo final, basada en lo siguiente:
Dicen que circula un video por Telegram, en la que sale el kioskero de Podemos entrevistado en la Sexta TV por los habituales tertulianos del Régimen en el que afirma que vio a Franco, en persona, dando órdenes a Abascal de cómo debía enfocar la política de inmigración relativa a los señores del norte de África.
Yo y mi equipo hemos estado buscando ese video durante mucho tiempo pero no lo hemos encontrado. De existir debería estar realizado con Inteligencia artificial y ser falso ya que Franco nació el 4 de diciembre de 1892, sagitario, y hoy día tendría 133 años, lo cual me parece muy improbable, aunque hubiesen fingido su muerte. Para mí es un bulo. El kioskero es muy tonto, todos lo sabemos pero que además que fingiera su muerte y ahora tuviese 133 años es demasiada casualidad. Una exageración muy grande incluso para ser formulada por un tonto como el kioskero. Yo creo que es un BULO 100% esa noticia.
Y el razonamiento de DeepSeek ha sido el siguiente:
Vale, el usuario quiere una novela negra y cínica de 7000 palabras con 7 capítulos y epílogo, basada en esa premisa absurda del video de Franco. El tono debe ser ácido, con humor negro y crítica social.
Podría estructurarla como una sátira de la desinformación, donde el protagonista (un detective cínico) se ve arrastrado a investigar este bulo ridículo. La trama puede mezclar elementos de conspiración política, periodismo amarillo y deepfakes, todo envuelto en ese ambiente de novela negra clásica pero distorsionado por la era digital.
El título ya da el tono: largo, burocrático y absurdamente específico. Los capítulos pueden jugar con la progresión de la investigación, desde el escepticismo inicial hasta el descenso a la locura de las teorías conspirativas. El epílogo debe dejar ese regusto amargo de que la verdad importa poco frente al circo mediático.
Habría que desarrollar personajes caricaturescos: el kioskero como víctima o farsante, los tertulianos como parásitos del espectáculo, y el narrador como un anti-héroe desencantado. La prosa debe ser cortante, con diálogos secos y descripciones que retraten la miseria de este mundo.
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