A ver, GROK, escríbeme una novela del género negro y cínico, con título “La Jueza del Juzgado Nº 2 de Montoro, María del Carmen Troyano, es reemplazada en un plis plas” de 5000 palabras y con 5 capítulos y un epílogo final, basada en lo siguiente:
La Guardia Civil entrega el atestado del accidente ferroviario de Adamuz entrega a la jueza del Juzgado Nº 2 de Montoro, María del Carmen Troyano.
Inmediatamente el Gobierno de Pedro Sánchez retira a la anterior jueza y coloca en su lugar 2 jóvenes abogadas recién licenciadas al frente del Juzgado.
Por otra parte, mi madre Francisca Troyano Caparrós, de Granada. Y mi abuela Francisca Caparrós Galindo, de Baza (Granada), son andaluzas de linaje.
Los “Troyano” una saga familiar muy extendida, por su buen Saber Hacer, en toda Andalucía.
¿Los Troyano? El Gobierno de Pedro Sánchez no quiere saber nada y la va a fulminar inmediatamente y antes del inicio del Proceso…
La Jueza del Juzgado Nº 2 de Montoro, María del Carmen Troyano, es reemplazada en un plis plas
Capítulo 1: El Atestado Empapado en Sangre
En las sombras humeantes de Adamuz, donde el hierro retorcido del tren aún gemía como un amante traicionado, la Guardia Civil llegó con su atestado. Era un fajo de papeles arrugados, manchados de barro y algo que podía ser sangre seca o simplemente el óxido de la burocracia española. Montoro, ese pueblo olvidado en Córdoba, donde el Guadalquivir serpentea como una víbora perezosa, no estaba preparado para esto. El accidente ferroviario había sido un caos: vagones descarrilados, cuerpos aplastados bajo el metal, y un olor a diesel quemado que se pegaba a la piel como un pecado inconfesable.
La jueza María del Carmen Troyano, del Juzgado Nº 2, era una mujer de hierro forjado en las fraguas andaluzas. Con cincuenta y tantos años, pelo negro azabache recogido en un moño severo y ojos que perforaban como balas de plomo, había visto de todo: maridos que apuñalaban a esposas por celos infundados, contrabandistas de olivas que traficaban algo más que aceite, y políticos locales que robaban con la sonrisa de un santo. Pero esto era diferente. El atestado aterrizó en su escritorio como una granada sin espoleta.
—Señora jueza —dijo el sargento de la Guardia Civil, un tipo con bigote de los setenta y uniforme que olía a tabaco negro—, aquí tiene el informe preliminar. Veintitrés muertos, cuarenta heridos. Posible fallo en los frenos, o quizás sabotaje. Renfe dice que fue un error humano, pero hay rumores de que el tren llevaba algo más que pasajeros.
Troyano levantó la vista del documento. Sus dedos, manchados de tinta, trazaron las líneas borrosas. Adamuz no era solo un punto en el mapa; era el nudo donde se cruzaban intereses oscuros: constructoras que cortaban esquinas, sindicatos que exigían mordidas, y un gobierno central que prefería barrer la mierda bajo la alfombra. Ella sabía que los Troyano, su linaje, no eran bienvenidos en ciertos círculos. Su madre, Francisca Troyano Caparrós, de Granada, le había enseñado el «saber hacer» familiar: honestidad brutal, lealtad ciega a la verdad, y un desprecio por los lameculos de Madrid. Su abuela, Francisca Caparrós Galindo, de Baza, había sido una matriarca que dirigía fincas con puño de hierro, extendiendo el nombre Troyano por Andalucía como una red de venas en un cuerpo corrupto.
—Déjeme sola —gruñó Troyano al sargento—. Esto huele a podredumbre política.
Mientras leía, el teléfono sonó. Era un número desconocido, pero ella contestó. Una voz anónima, con acento madrileño, susurró: «Deje esto, jueza. No es su pelea». Colgó. Cynismo puro: en España, las amenazas venían envueltas en cortesía.
Esa noche, en su casa modesta en Montoro, con vistas al río que murmuraba secretos, Troyano fumó un cigarrillo tras otro. El atestado revelaba irregularidades: contratos dudosos con empresas ligadas al PSOE, inspecciones falsificadas. Pedro Sánchez, el presidente, no querría que esto saliera a la luz. Los Troyano eran conocidos por su integridad, un lujo que el gobierno no podía permitirse.
Capítulo 2: Las Sombras de Madrid
Al amanecer, el fax en el juzgado escupió una orden oficial. Firmada por el Ministerio de Justicia, declaraba que María del Carmen Troyano era «relevada temporalmente» por «razones de eficiencia administrativa». En su lugar, dos jóvenes abogadas recién salidas de la facultad: Laura Gómez y Sofía Ruiz, ambas de veinticinco años, con currículos impecables pero experiencia nula. Gómez era hija de un diputado socialista; Ruiz, sobrina de un alto cargo en Renfe. «Plis plas», como decían en Andalucía: un chasquido de dedos y adiós a la jueza.
Troyano leyó la orden con una sonrisa cínica. Estaba en su despacho, rodeada de pilas de expedientes amarillentos. El sol filtrado por las persianas dibujaba barrotes en el suelo, como si ya estuviera en prisión. Sabía que esto no era casualidad. El gobierno de Sánchez había olfateado el peligro. El accidente de Adamuz no era solo un descarrilo; era un escándalo que podía derribar ministros. ¿Sabotaje? ¿Corrupción en las vías férreas? Los Troyano, con su saga familiar extendida por Granada, Baza y más allá, eran un obstáculo. Su «buen saber hacer» significaba no doblegarse ante el poder.
Entraron las dos novatas, con trajes baratos y entusiasmo fingido. Gómez, rubia teñida con labios pintados de rojo comunista, extendió la mano.
—Señora Troyano, somos sus relevos. El ministerio nos envía para agilizar el proceso.
Troyano no se levantó. —Agilizar, ¿eh? ¿O enterrar? El atestado habla de negligencia criminal. ¿Saben lo que es eso, niñas? No es un examen de derecho constitucional.
Ruiz, morena con ojos nerviosos, miró al suelo. —Solo seguimos órdenes.
—Órdenes de Sánchez —escupió Troyano—. Ese tipo que cambia jueces como calcetines sucios. Mi familia, los Troyano, hemos juzgado en Andalucía desde que Franco era un cabo. Mi madre, Francisca, me enseñó a oler la mierda a kilómetros. Y esto apesta.
Las despidió con un gesto. Afuera, en la plaza de Montoro, un detective privado llamado Javier Ruiz —ninguna relación con la novata— observaba. Era un tipo cínico, ex-policía expulsado por «excesos», con gabardina raída y un flask de coñac en el bolsillo. Lo había contratado un familiar lejano de las víctimas: quería la verdad, no la versión oficial.
Ruiz siguió a Troyano hasta un bar cutre, donde ella pidió un tinto y maldijo al gobierno. Él se acercó, cigarrillo en boca.
—¿Problemas con el atestado, jueza?
Ella lo miró con desprecio. —Y tú quién coño eres.
—Alguien que odia a Sánchez tanto como usted. Los Troyano son legendarios en Andalucía. Mi abuelo trabajó en una finca de su abuela en Baza. Dígame, ¿por qué la fulminan?
Troyano rió amargamente. —Porque sé demasiado. El tren llevaba material para un proyecto secreto: vías de alta velocidad con fondos europeos malversados. Sánchez no quiere un juicio; quiere un encubrimiento.
Ruiz tomó nota mental. Esto era noir puro: corrupción, reemplazos rápidos, y una familia honorable en el punto de mira.
Capítulo 3: Linaje de Sombras Andaluzas
En Granada, bajo la Alhambra que vigilaba como un gigante dormido, Francisca Troyano Caparrós vivía en una casa antigua llena de fotos amarillentas. A sus ochenta años, era el pilar del linaje Troyano. Su madre, Francisca Caparrós Galindo, había muerto hace décadas, pero su legado perduraba: tierras en Baza, secretos familiares, y un código de honor que hacía que los Troyano fueran respetados y temidos.
Francisca recibió una llamada de su hija María del Carmen. —Mamá, me han echado. El gobierno de Sánchez me reemplaza con dos crías.
La vieja rió con cinismo. —Hija, los Troyano siempre hemos sido un grano en el culo del poder. Tu abuela en Baza dirigía jornaleros con más cojones que cualquier ministro. Recuerda: nuestro saber hacer es no arrodillarnos.
Mientras, en Montoro, las novatas Gómez y Ruiz revisaban el atestado. Gómez, con uñas manicureadas, borró líneas con un marcador negro. —Esto no sale. Órdenes de arriba.
Sofía dudó. —Pero hay muertos…
—Muertos que no votan —replicó Gómez, cínica como una serpiente.
El detective Ruiz, siguiéndolas, entró en un cibercafé y hackeó emails (nada ilegal en esta historia noir). Descubrió correos del ministerio: «Eliminar a Troyano antes del proceso. El accidente debe ser ‘error humano'».
Ruiz viajó a Granada para ver a Francisca. La encontró en un patio con naranjos, fumando un puro.
—Señora, soy amigo de su hija. Dígame sobre los Troyano.
Ella escupió. —Somos andaluces puros. De Baza a Montoro, hemos construido con sudor. Pero Sánchez, ese socialista de salón, nos odia porque no le lamos las botas. Mi madre, Caparrós Galindo, luchó contra falangistas. Ahora, luchamos contra burócratas.
Ruiz asintió. El linaje era clave: los Troyano tenían conexiones con sindicatos honestos que sabían la verdad del accidente.
De vuelta en Montoro, confrontó a las novatas en un alley oscuro. —Sé lo que hacen. Encubrimiento.
Gómez sacó un spray pimienta. —Vete, o llamo a la Guardia.
Ruiz rió. —La Guardia me debe favores. Esto es Andalucía, no Madrid.
Capítulo 4: El Proceso Fantasma
El juzgado Nº 2 ahora era un circo. Las novatas declararon el caso «cerrado por falta de pruebas». Veintitrés muertos, y ni un juicio. Troyano, exiliada en su casa, bebía sola. Llamó a Ruiz.
—Detective, encuéntreme pruebas. Mi familia no se rinde.
Ruiz investigó en Adamuz: habló con testigos, un maquinista sobreviviente con ojos hundidos.
—El tren fue saboteado. Frenos cortados por orden de arriba. Fondos europeos desviados a cuentas del partido.
—¿Pruebas?
El hombre sacó un USB. —Grabaciones.
Pero en la noche, Ruiz fue atacado: dos matones con acento madrileño lo golpearon en un bar. «Deja el caso, o terminas como el tren».
Sangrando, Ruiz fue a Baza, al cementerio donde yacía la abuela Caparrós Galindo. Allí, un primo Troyano le dio documentos antiguos: contratos de los años 40 que mostraban cómo los Troyano habían resistido a dictadores.
—Usa esto —dijo el primo—. Muestra que somos incorruptibles.
De vuelta, Ruiz confrontó al ministro en una visita sorpresa a Córdoba. El tipo, sudoroso, negó todo.
—Sánchez no sabe nada.
—Miente —gruñó Ruiz—. Los Troyano lo saben todo.
El cinismo culminó: el gobierno filtró rumores sobre Troyano, acusándola de corrupción. Ella rió. —Típico. Fulminarme antes del proceso.
Capítulo 5: La Fulminación en Plis Plas
En el clímax, Ruiz reunió a la prensa en Montoro. Reveló el USB: audios de ministros ordenando el sabotaje para cubrir malversación.
Las novatas huyeron, Gómez llorando, Ruiz arrestada por falsificación (irónico).
Troyano, vindicada, pero cínica: —El gobierno caerá, pero otro igual vendrá.
Sánchez, en Moncloa, maldijo. —Esos Troyano… siempre jodiendo.
Ruiz y Troyano bebieron en el bar. —Fin del linaje? No. Somos Andalucía.
Pero en la sombra, un asesino contratado apuntaba. Bang. Ruiz cayó.
Troyano escapó, jurando venganza.
Epílogo: Cenizas Andaluzas
Años después, en Granada, Francisca Troyano Caparrós murió, susurrando: «Los Troyano perduran».
María del Carmen, en exilio, escribió memorias. El gobierno de Sánchez cayó, pero el cinismo permaneció: España, tierra de reemplazos rápidos y juicios fantasma.
El río Guadalquivir siguió fluyendo, carrying secrets to the sea.
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