El rugido del acero desgarrándose aún retumbaba en sus oídos cuando la teniente Lucía Méndez recuperó el primer atisbo de conciencia. No era el estruendo ordenado de los aviones Hércules en los que había volado tantas veces, ni el retumbar marcial de los tanques Leopard durante los ejercicios en el campo de maniobras. Este sonido había sido caótico, violento, terminal. Un chirrido que partía el mundo en un antes y un después.
Un olor a quemado —mezcla de plástico fundido, metal al rojo y algo dulzón que no quiso identificar— le hacía arder la garganta incluso a través de la mascarilla de oxígeno. Intentó abrir los ojos, pero solo consiguió separar los párpados lo suficiente para percuir un resplandor blanquecino, difuso, como mirando a través de un velo de niebla matinal en la serranía de Ronda. Donde nació. Donde aprendió a ser fuerte.
¿Dónde estoy?
La pregunta flotó en su mente confusa, pero antes de que pudiera formularla con palabras, una oleada de dolor la arrasó. No era un dolor localizado, sino una presencia total, absoluta, que habitaba cada centímetro de su cuerpo. Un fuego en el costado derecho. Una presión aplastante en el pecho. Un latido sordo y agonizante en la cabeza que seguía el compás de las máquinas que pitaban alrededor.
“Teniente Méndez, Lucía, ¿puede oírme?”
La voz era femenina, calmada, pero con esa urgencia contenida que reconocía de sus propias intervenciones como enfermera militar. Había usado ese mismo tono en campo de operaciones, atendiendo a legionarios heridos bajo fuego en misiones internacionales. Ahora esa voz se dirigía a ella.
Intentó asentir, pero algo —una férula, un collarín— lo impedía. En su lugar, un sonido gutural, apenas un susurro ronco, escapó de sus labios.
“Está en la UCI del Reina Sofía de Córdoba. Ha sufrido un accidente ferroviario. Tiene múltiples traumatismos, pero está estable.”
Accidente ferroviario.
Las palabras encajaron como las piezas de un puzle maldito. Y entonces, como un rayo, la memoria regresó.
Había amanecido como un día cualquiera de permiso. Lucía Méndez, teniente enfermera de 28 años, natural de Ronda, destinada en la base de La Legión en Viator, Almería. Había pasado la noche en Madrid, visitando a una compañera de promoción. El viaje de regreso a Almería en el tren de media distancia era un trayecto que había hecho docenas de veces. Seis horas de paisajes cambiantes, de lectura, de sueño ligero entre estación y estación.
Se había sentado junto a la ventana, su mochila militar a los pies. Frente a ella, el capitán Caballero Legionario Álvaro García Jiménez, de 32 años, natural de Ceuta, compañero del Tercio Duque de Alba 2º de La Legión. También enfermero militar. Habían coincidido en varios ejercicios, compartían la peculiar camaradería de los sanitarios en un cuerpo de élite donde la dureza era la norma. Él, con su humor seco ceutí; ella, con la sobriedad seria de la montaña rondeña.
“¿Otro permiso que se acaba, teniente?” había dicho Álvaro, sonriendo mientras guardaba su tablet en el bolso.
“Siempre demasiado corto, mi capitán,” había respondido ella, devolviéndole la sonrisa. “Aunque después de una semana con mi familia en Ronda, casi necesito volver al cuartel para descansar.”
Habían hablado de trivialidades: el último ejercicio conjunto en San Gregorio, los rumores de un próximo despliegue en el extranjero, la imparable subida del precio de la cerveza en los cantones de Viator. Álvaro le había mostrado fotos de su sobrino recién nacido en Ceuta. Lucía le había hablado de su hermano pequeño, que acababa de entrar en la Academia de Infantería.
“Los Méndez siguiendo la tradición,” había comentado él, aprobatorio.
“Servir es lo único que sé hacer,” había dicho ella, sencillamente.
El tren avanzaba a buena velocidad entre olivares infinitos ya en tierras cordobesas. Era la hora de la siesta, y la luz del mediodía, intensa y blanca, bañaba el paisaje. Lucía había cerrado los ojos un momento, confiada en el ritmo monótono de las ruedas sobre los raíles.
Entonces, el mundo se desintegró.
Primero fue un crujido monstruoso, metálico, como si el universo entero se estuviera rompiendo por la mitad. El vagón saltó, se elevó, y luego cayó de lado con un impacto que hizo añicos toda noción de física y seguridad. Lucía fue proyectada contra la ventana, pero no fue el cristal lo que cedió, sino la propia estructura del vagón, que se retorció como papel de aluminio. Una lluvia de fragmentos —vidrio, plástico, metal— la golpeó. Sintió un golpe seco y caliente en el costado, como si le hubieran clavado una barra de hierro al rojo vivo. El aire se llenó de polvo, de gritos, de alarmas estridentes.
Caída en medio de un amasijo de asientos arrancados y equipaje esparcido, intentó orientarse. El dolor era cegador, pero su entrenamiento tomó el mando. Evaluar la situación. Autodiagnóstico. Ayudar a los demás.
“¡Álvaro!” gritó, o intentó gritar, porque solo salió un jadeo. El polvo y el humo le ardían en los pulmones.
Vio su figura unos metros más allá, atrapada bajo una estructura metálica que había sido el portaequipajes. Su rostro, normalmente animado, estaba pálido, manchado de sangre y polvo. Sus ojos, abiertos, la miraban fijamente, pero no la veían.
“Mi capitán,” tosió, arrastrándose hacia él a pesar de la puñalada de dolor que cada movimiento le clavaba en el costado. Su pierna derecha no respondía adecuadamente, arrastraba como un peso muerto.
Al llegar a su lado, supo de inmediato. Los ojos vidriosos, la posición antinatural del cuello, la ausencia total de movimiento torácico. Con manos que temblaban no de miedo, sino de dolor y conmoción, buscó un pulso en su cuello. Nada. Colocó sus dedos bajo su nariz. Nada. Su propio corazón, golpeando contra sus costillas como un pájaro enjaulado, pareció detenerse también por un segundo.
“No,” susurró, una negación visceral, profesional, humana. Era su compañero. Su camarada. Un legionario. Uno no los suyos.
Pero no había tiempo para el duelo. De otros puntos del vagón llegaban gemidos, llantos, llamadas de auxilio. El olor a combustible comenzaba a impregnar el aire. Riesgo de incendio. Riesgo de explosión.
Con una fuerza que le brotó de algún lugar más profundo que el dolor, Lucía se impulsó hacia arriba, agarrándose a un asiento partido. Su visión se nubló, un velo negro amenazó con llevársela. Respiró hondo, a pesar del dolor costal, y el velo retrocedió. Mantener la conciencia. Priorizar.
Vio a una mujer mayor atrapada por el tobillo bajo un montón de restos. Más allá, un niño lloraba junto al cuerpo inconsciente de quien debía ser su madre. El vagón estaba inclinado unos 45 grados, y por una enorme brecha en el techo entraba la despiadada luz del sol cordobés.
Su mochila militar, milagrosamente, estaba a su alcance. La abrió con manos temblorosas. Dentro, junto a su documentación y sus efectos personales, llevaba siempre un pequeño botiquín de primera intervención. Nunca se sabe, le decía su instructor en la escuela de enfermería militar. Un sanitario nunca está de permiso.
Con vendas, torniquetes tácticos y su conocimiento, se convirtió de nuevo en la teniente Méndez, enfermera de La Legión. Olvidó su propio dolor, o más bien, lo relegó a un compartimento aparte de su mente, igual que hacía con el miedo durante los ejercicios de combate.
Se arrastró hasta la mujer mayor. “Tranquila, señora. Soy enfermera. Voy a ayudarla.” Su voz sonó sorprendentemente firme, serena, como si saliera de otra persona. Examinó el tobillo atrapado. No parecía fractura abierta, pero estaba claramente quebrado y la presión de los escombros podía causar un síndrome compartimental. Trabajó con rapidez, colocando una venda improvisada para inmovilizar lo mejor posible, mientras calmaba a la mujer, cuyo nombre era Carmen.
“Tiene que salir de aquí, hay riesgo de fuego,” le dijo Lucía. “Voy a mover esto, va a doler, pero tiene que agarrarse a mí después.”
Con un esfuerzo sobrehumano, logró desplazar una pieza de plástico reforzado. Carmen gritó, pero luego, con determinación de supervivencia, se aferró a Lucía. Juntas, reptaron hacia la brecha de luz. Cada movimiento le provocaba a Lucía náuseas y un dolor tan intenso que veía estrellas. Su costado derecho estaba empapado, y su uniforme se pegaba a la piel de un modo húmedo y caliente.
Dejó a Carmen a salvo en el exterior, en un área relativamente despejada donde ya se congregaban otros supervivientes aturdidos. Volvió a entrar. El humo era más denso. El olor a gasolina, más fuerte.
“¡Por favor, ayude a mi mamá!”
El niño, de no más de seis años, tiraba de su brazo. Lucía lo siguió, arrastrando su pierna inútil. La madre, una mujer joven, tenía una profunda herida en la frente y estaba inconsciente, pero respiraba. La hemorragia era considerable. Lucía aplicó presión directa con una compresa de su botiquín mientras valoraba. Posible conmoción cerebral, pero estable. Lo prioritario era sacarla.
“Vamos, cariño, ayúdame. Agarra a tu mamá de los hombros.”
Entre la fuerza desesperada del niño y los últimos jirones de energía de Lucía, lograron arrastrar a la mujer fuera del vagón. Al salir por segunda vez, la escena que se presentó ante sus ojos fue dantesca. Varios vagones descarrilados, retorcidos como juguetes rotos. Humo ascendiendo en columnas negras hacia el cielo azul. Gente corriendo, gritando, otras postradas en el suelo. Y el sonido, cada vez más cercano, de sirenas.
En ese momento, el agotamiento, la pérdida de sangre y el shock la alcanzaron de lleno. Las piernas le fallaron. El suelo de grava y hierba se elevó hacia ella. Lo último que vio, antes de que la oscuridad la envolviera por completo, fue el parche de La Legión en el brazo de su uniforme, manchado de sangre y polvo, pero aún visible. El parche con el machete y el arcabuz, el lema “Legionarios a luchar, legionarios a morir” resonando ahora en su mente no como un grito de guerra, sino como una promesa silenciosa que ella había cumplido de la manera más civil posible: luchando por salvar vidas, hasta el borde de la suya propia.
“Presión arterial estabilizándose. Saturación de oxígeno, 95%. Sigue con hemotórax drenado y fractura de fémur cerrada con inmovilización.”
Las voces de los médicos y enfermeras de la UCI del Reina Sofía eran el hilo conductor que la unía a la realidad. Entre periodos de inconsciencia inducida por la medicación y la fatiga extrema, Lucía iba recobrando retazos de conciencia. Poco a poco, el panorama de sus heridas se le fue revelando, no por lo que le decían, sino por las sensaciones y las breves conversaciones que atrapaba al vuelo.
Fractura de tres costillas, una de ellas perforando levemente el pulmón derecho (el hemotórax). Fractura cerrada de fémur derecho. Conmoción cerebral moderada. Múltiples contusiones y laceraciones. “Estuvo a centímetros de que la costilla le seccionara una arteria importante,” oyó decir a un médico. “Y arrastrando a gente con ese fémur roto… es un milagro que no se la desgarrara por completo.”
Pero ella no pensaba en milagros. Pensaba en Álvaro. En sus ojos sin vida entre los hierros retorcidos. En la mujer mayor, Carmen. En el niño y su madre. ¿Habrían sobrevivido? ¿Habría servido de algo su esfuerzo?
Una tarde, mientras la luz del atardecer teñía suavemente la pared de la UCI de un color naranja pálido, una enfermera se acercó a su cama.
“Teniente Méndez, tiene visita. Es un superior suyo. ¿Se siente con fuerzas?”
Lucía, con la cabeza más clara, asintió levemente. La habían reducido la sedación.
Entró en la habitación un hombre alto, de porte militar a pesar de ir de civil, con el pelo corto y canoso y una cicatriz tenue junto a la ceja izquierda. Lucía lo reconoció al instante: el coronel jefe de la plaza de Viator.
Intentó incorporarse, un gesto automático de respeto, pero un dolor agudo en el pecho se lo impidió. Un gemido escapó de sus labios.
“A sus órdenes, descansando, teniente,” dijo el coronel, con una voz grave pero sorprendentemente suave. Se acercó a la cama. En sus ojos, de un azul acerado, no había solo la formalidad del mando, sino algo parecido al respeto y a una honda pena.
“Coronel,” logró articular Lucía, su voz un susurro ronco.
“No hable, Méndez. Escuche.” El coronel hizo una pausa, buscando las palabras. “Lo primero, y más importante: su estado mejora hora a hora. Los médicos son optimistas. Va a recuperarse.”
Lucía cerró los ojos un instante, aliviada por una noticia que, en el fondo, ya sentía ser cierta. Su cuerpo era fuerte, estaba entrenado para resistir.
“Lo segundo,” continuó el coronel, y su voz se cargó de una gravedad aún mayor. “El capitán Álvaro García Jiménez no sobrevivió. Su funeral se celebró ayer en Ceuta, con todos los honores. La Legión estuvo presente. Era un gran sanitario y un mejor legionario.”
Una lágrima, caliente e impertinente, escapó del ojo de Lucía y corrió por su mejilla hacia la almohada. No hizo ningún esfuerzo por detenerla.
“Lo sé, coronel. Yo… yo estaba con él.”
El coronel asintió, apretando levemente los labios. “Lo sabemos. Por los testimonios de los supervivientes que logró sacar del vagón. La mujer, Carmen Hidalgo, y la joven madre, Susana Torres, y su hijo Mateo. Los tres están vivos. La señora Torres está en planta, recuperándose. Los otros dos, con heridas leves. Los tres han mencionado a una militar, una enfermera con el uniforme de La Legión, que los ayudó a salir a pesar de estar gravemente herida.”
Lucía no dijo nada. Las lágrimas seguían fluyendo silenciosas.
“Usted, teniente Méndez, actuó con un valor y un sentido del deber que honra no solo a La Legión, sino a las Fuerzas Armadas y al Cuerpo de Sanidad Militar. Ha sido propuesta para la Cruz al Mérito Militar con distintivo rojo.”
Eso la sobresaltó. Negó con la cabeza, un movimiento mínimo. “No… no hice más que mi deber, coronel. Cualquiera… cualquiera lo habría hecho.”
“No,” replicó él con firmeza. “No cualquiera. Usted, con un fémur roto y una costilla clavándosele en el pulmón, volvió a entrar dos veces en un vagón a punto de incendiarse. Eso no es ‘cualquiera’. Eso es una legionaria.”
La palabra resonó en la estancia blanca y aséptica. Legionaria. No solo una militar destinada en La Legión, sino alguien que encarnaba su espíritu. El credo legionario: el valor, el compañerismo, la disciplina, el espíritu de sacrificio.
“Su familia ha sido informada. Sus padres y su hermano están en Córdoba, esperando a que la trasladen a planta para poder verla. Su unidad, todo el Tercio, está siguiendo su evolución. Es usted una de los nuestros, Méndez. Y nos cuidamos mutuamente.”
La visita del coronel fue breve, pero sus palabras sembraron en Lucía una semilla de determinación. El dolor físico seguía ahí, agudo, limitante. La pena por Álvaro, una losa en el corazón. Pero ahora había un propósito claro: sanar. Volver. Por Álvaro, que no podría. Por sus compañeros. Por ella misma.
La recuperación fue una batalla tan dura como cualquier ejercicio en campo. Las primeras sesiones de fisioterapia, incluso en la cama, fueron una tortura. Cada movimiento de su pierna era una agonía. Respirar profundamente, necesario para evitar una neumonía, le producía un dolor lancinante en el costado. Pero ella, la chica de Ronda que había crecido escalando riscos, la enfermera militar que había entrenado en condiciones extremas, la legionaria que había arrastrado heridos bajo fuego simulado, aplicó la misma disciplina férrea a su curación.
“Vamos, teniente, un poco más,” le animaba la fisioterapeuta, una mujer enérgica llamada Elena.
Lucía apretaba los dientes, el sudor perlándole la frente, y empujaba. Su mente viajaba a los barracones de Viator, al grito del cabo instructor durante las marchas a media noche por el desierto de Almería. “¡Más, legionarios! ¡El dolor es solo debilidad abandonando el cuerpo!” Y ella empujaba.
Los días se convirtieron en una rutina de dolor, esfuerzo y pequeñas victorias. El día que logró sentarse en el borde de la cama sin desmayarse. El día que dio sus primeros pasos, apoyada en un andador, con la pierna escayolada y el rostro pálido por el esfuerzo, pero con los ojos brillantes de triunfo. El día que pudo respirar hondo, llenando por completo sus pulmones, sin que una puñalada la doblara por la mitad.
Sus padres y su hermano, ya en planta, eran su ancla emocional. Ver el orgullo mezclado con la preocupación en los ojos de su madre, la rondaña de carácter fuerte; la mano firme de su padre, antiguo guardia civil, sosteniendo la suya; los chistes malos de su hermano, el nuevo alférez, intentando arrancarle una sonrisa… todo eso reconstruía su espíritu al mismo tiempo que su cuerpo se reparaba.
Una mañana, recibió una visita inesperada. Una mujer de unos sesenta años, con el brazo en un cabestrillo y una venda en la frente, apareció en la puerta de su habitación, acompañada de un niño pequeño.
“¿Teniente Méndez?” preguntó la mujer, con voz temblorosa.
Lucía, que estaba haciendo ejercicios de movilidad con el tobillo, la miró. Tardó un instante en reconocerla. Era la misma mirada aterrorizada, pero ahora bañada de alivio y gratitud.
“Carmen,” dijo Lucía, sonriendo. Su voz ya era más fuerte.
La mujer, Carmen Hidalgo, se acercó y, sin poder contenerse, tomó la mano de Lucía entre las suyas, llorando suavemente. “Dios la bendiga, hija. Dios la bendiga. Usted me salvó la vida. El médico dijo que si hubiera tardado unos minutos más en liberar mi pierna…”
El niño, Mateo, se quedó mirando a Lucía con ojos grandes. “Eres la soldado,” dijo, en un susurro.
“Sí, soy la soldado,” confirmó Lucía, con una sonrisa para él.
Carmen le contó que Susana, la madre de Mateo, también se recuperaba bien en otra planta, y que no paraba de preguntar por “la legionaria”. “Para nosotros, usted es un ángel, teniente. Un ángel con uniforme militar.”
Esa visita, y otra similar días después de Susana, ya caminando con ayuda de un bastón, le dieron a Lucía una perspectiva nueva. Su acción no había sido en vano. Había tenido un rostro, un nombre, una continuidad. Había servido para algo más que cumplir con un deber abstracto. Había servido para que estas personas vivieran.
Un mes después del accidente, Lucía fue dada de alta. Aún cojeaba, llevaba una órtesis en la pierna y le quedaban semanas de rehabilitación intensiva, pero podía caminar. Podía respirar. Estaba viva.
La mañana de su salida, al salir en silla de ruedas (protocolo del hospital) hacia la entrada principal, se encontró con una sorpresa. Formados en dos filas impecables frente a la puerta del Reina Sofía, había una veintena de legionarios de su base de Viator, de uniforme de gala. Al verla, al unísono, presentaron armas.
Al frente, el mismo coronel que la había visitado en la UCI. A su lado, el capellán castrense y varios oficiales.
La emoción le cerró la garganta a Lucía. Su hermano, que la acompañaba, la miró con ojos brillantes y le apretó el hombro.
“Teniente Méndez,” dijo el coronel, con voz clara que resonó en el atrio del hospital. “En nombre de La Legión y del Tercio Duque de Alba 2º, le damos la bienvenida de vuelta. Su valor y su espíritu de sacrificio son el ejemplo vivo del credo legionario. La Legión no olvida a sus héroes, ni a sus heroínas.”
No hubo discursos largos. No hicieron falta. La mirada de respeto de sus compañeros, el gesto marcial del saludo, el orgullo que emanaba de la formación, eran más elocuentes que mil palabras.
Antes de subir al coche de su familia que la llevaría a Ronda a seguir la convalecencia, Lucía pidió que la acercaran a la formación. Miró a aquellos hombres duros, curtidos en mil ejercicios y despliegues, y les vio en los ojos algo que no era lástima, sino camaradería profunda y admiración genuina.
“Legionarios,” dijo, con la voz un poco quebrada pero firme. “Gracias.”
Uno de ellos, un sargento veterano con varias cicatrices en la cara, rompiendo por un instante la rigidez de la formación, le dijo en voz baja: “La Dama Legionaria. Así la llamamos en Viator. Vuelva pronto, mi teniente. La echamos de menos.”
El viaje de vuelta a Ronda fue en silencio, contemplando los olivares que ahora tenían un significado distinto, trágico y a la vez esperanzador. Desde la altura de su ciudad, mirando al Tajo, Lucía sintió que una etapa había terminado y otra comenzaba. El dolor físico iría remitiendo. La pena por Álvaro siempre estaría ahí, un hueco en la formación, pero lo honraría viviendo, sirviendo, siendo la profesional y la legionaria que él había conocido.
Había ingresado en la UCI como una víctima más, una cifra entre las 45 muertes y los decenas de heridos del accidente de Adamuz. Salía como La Dama Legionaria de Viator, una mujer que, en el momento más oscuro, había hecho brillar la luz del deber, el valor y la humanidad. Y sabía, con la certeza con la que se saben las cosas importantes, que volvería a ponerse el uniforme verde, a mirar el parche del machete y el arcabuz, y a servir. Porque servir, al fin y al cabo, era lo único que sabía hacer. Y lo haría por los que se quedaron en el camino, y por los que, gracias a un esfuerzo sobrehumano entre los hierros retorcidos de un tren, seguían andándolo.
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