Cuando en la Renfe trabajaban los Troyano a la Renfe que la dirige un ciclista sostenible
Prólogo: Los fantasmas de Vilanova
La estación de Vilanova i la Geltrú respiraba aún el aliento de la sal y el carbón, aunque hacía décadas que el último tren de vapor había tosido su negrura final. En los andenes, junto a la vieja máquina de fundición expuesta como reliquia, un hombre con uniforme impecable miraba el reloj de bolsillo. José «Pepe» Troyano Caparrós llevaba la disciplina en los huesos, en la manera de ajustarse la gorra, en la mirada que escrutaba billetes y almas con igual escepticismo militar. No se le escapaba uno. Ni un viajero sin billete, ni un retraso injustificado, ni una mentira en los ojos de un revisor novato.
A pocos metros, en los talleres que se extendían como catedrales industriales tras el edificio principal, Juan Manuel García recorría las naves con las manos engrasadas de honestidad. Ingeniero jefe, conocía cada tuerca, cada eje, cada latido de hierro de las máquinas que confiaban a su cuidado. Entre ambos, tíos de un mismo sobrino que décadas después recordaría su memoria, sostenían un mundo: la Renfe que funcionaba.
Hoy, desde algún lugar sin tiempo donde los fantasmas de los ferroviarios honestos observan, ven pasar los trenes de una realidad distinta. Y Pepe Troyano, mientras ajusta la corbata de un uniforme que ya nadie lleva, murmura para sí: «Esto no se arregla ni con dios».
Capítulo 1: La herencia de hierro
El despacho del presidente de Renfe olía a madera nueva y a dogmatismo. Álvaro Fernández Heredia, PhD en Movilidad Sostenible, exdirector de proyectos ciclistas urbanos y ahora máximo responsable de la empresa ferroviaria estatal, ajustaba el manillar simbólico de la bicicleta de diseño que descansaba contra la ventana con vistas a Atocha. La bicicleta no era para usarla, claro; era una declaración de principios, un fetiche en carbono.
Sobre su mesa, un informe de pérdidas se amontonaba junto a un plan de intermodalidad que priorizaba los carriles bici hasta en las estaciones de alta velocidad. Álvaro suspiró, no por las pérdidas, sino porque le habían comunicado que el cuadro del histórico fundador de Renfe en la pared contradecía la política de espacio abierto. Lo sustituiría por una infografía sobre huella de carbono.
—Presidente —entró su asesora, Clara, con tablet en mano—. La reunión con los sindicatos en diez minutos. Han vuelto a pedir hablar de puntualidad y mantenimiento.
—¿Y la presentación del nuevo programa «Renfe-Patinete»? —preguntó Álvaro, mirando su reloj de pulsera de bambú.
—Lista. Pero los sindicatos insisten…
—Clara, los trenes son el pasado. El futuro es intermodal, sostenible, circular. Ellos aún piensan en raíles. Nosotros debemos pensar en ruedas, en flujos, en sinergias urbanas.
Asintió, sin convicción. Clara había llegado a su puesto por un curso de género y movilidad, tras una etapa como secretaria de un alto cargo del partido. No sabía distinguir una locomotora de una unidad de Cercanías, pero redactaba informes sobre inclusividad en el transporte que emocionaban a los comités.
Mientras tanto, en Vilanova, en un piso modesto con vistas a las vías, el sobrino de Pepe y Juan Manuel—nuestro narrador—recibía una llamada.
—¿Eres familiar de José Troyano? —preguntó una voz anciana al otro lado.
—Sobrino.
—Tengo algo que debes ver. De cuando los trenes llegaban a hora. De cuando tu tío me salvó el puesto por un billete falsificado que yo no detecté. Vente al almacén viejo de la estación. Mañana, a las diez. Y ven solo.
La llamada se cortó. El sobrino, periodista freelance caído en desgracia por un artículo demasiado honesto sobre subvenciones, miró la foto de sus tíos en la estación, 1978. Pepe, recto como un mástil; Juan Manuel, sonriente junto a una locomotora. Ambos muertos. Ambos, quizá, más vivos que los que ahora dirigían aquel circo.
Capítulo 2: Las llaves del reino
El almacén viejo olía a óxido, aceite y recuerdos. Era un espacio prohibido, lleno de archivadores metálicos que guardaban la memoria de la Renfe anterior al marketing. El hombre que lo custodiaba, Román, tenía ochenta y cinco años y manos que aún sabían desmontar un freno.
—Tu tío Pepe —dijo, sin preámbulos— me dio esto antes de morir. Dijo: «Guárdalo hasta que la cosa se ponga tan mal que alguien tenga que saber la verdad». La cosa se ha puesto mal, ¿eh?
Entregó una caja de herramientas de madera, pesada. Dentro, no había llaves inglesas, sino carpetas. Expedientes. Fotografías. Listados con nombres y fechas.
—Son las irregularidades que Pepe fue anotando durante cuarenta años —explicó Román—. Al principio, pequeñeces: un jefe que desviaba material para su casa, un revisor que cobraba por dejar viajar a polizones. Luego, cosas mayores. Contratos amañados. Sobreprecios. Y al final… —calló, señalando la última carpeta, fechada ya en los 2000—. Al final, la política. Cuando llegaron los de siempre con el carnet en la solapa.
El sobrino hojeó los documentos. Letra pulcra de su tío, notas al margen con tinta roja: «Informado a superior, no procede acción», «Archivado por orden de la dirección», «Se recomienda no insistir».
—¿Por qué no hizo nada? —preguntó.
—¿Contra quién? Al final, los jefes ya no venían de los talleres. Venían de un cursillo de liderazgo, o de un despacho ministerial. Tu tío Juan Manuel, en los talleres, luchó hasta que se jubiló. Pero cuando vio que ascendían a un inepto sólo porque era hermano de un concejal… Se le apagó la luz. Murió un año después de jubilarse. El corazón, dijeron. Pero fue la desilusión.
El sobrino tomó la caja. Román le agarro del brazo.
—Hay algo más. Una cosa que tu tío Pepe investigaba al final. Algo gordo, con la llegada de los fondos europeos para modernización. Dinero que se esfumó. Y gente que ahora está muy arriba. Él lo llamaba «El desvío de la vía verde». Pero no pudo terminarlo.
—¿Y si lo termino yo?
—Entonces estate preparado. Porque los de ahora no son como los de antes. Los de antes robaban, sí, pero con cierto decoro. Los de ahora te atropellan con una bicicleta de diseño y te llaman retrógrado por ponerle pegas.
Capítulo 3: El desvío de la vía verde
La investigación comenzó en la mesa de la cocina, entre fotos familiares y la caja de herramientas. El sobrino —llamémosle León, como le llamaba su tío Pepe— siguió el hilo de «la vía verde». En los últimos años de Pepe, Renfe había recibido una inyección millonaria para convertir tramos de vía en desuso en rutas ciclistas, un proyecto piloto de intermodalidad tren-bici. El proyecto se llamaba «Vía Verde Renfe 2005». Presupuesto: ocho millones de euros. Resultado: tres kilómetros de camino de tierra en Cáceres y un informe triunfalista.
Pero los números no cuadraban. León, con sus restos de instinto periodístico, rastreó facturas, empresas adjudicatarias, informes de ejecución. Todo conducía a una telaraña de sociedades pantalla, facturas infladas y obras nunca realizadas. Y en el centro de la telaraña, nombres que ahora sonaban en la prensa económica: consultores de sostenibilidad, expertos en movilidad, fundaciones con nombres ecológicos.
Uno de esos nombres era el actual vicepresidente de Desarrollo Sostenible de Renfe: Marcos Alvarado. Hombre de confianza de Álvaro Fernández, llegado de una ONG ciclista que facturaba millones en estudios. En las redes, posaba con un casco de bicicleta y esloganes sobre el planeta. En los papeles de Pepe, aparecía como beneficiario indirecto de tres de las sociedades pantalla.
León decidió ir a Cáceres, al tramo de la famosa Vía Verde. Lo que encontró fue un descampado con un cartel oxidado que anunciaba el proyecto. A su lado, un vecino mayor pastoreaba unas cabras.
—Esto iba a ser un carril bici —dijo León.
—Aquí siempre ha sido esto —respondió el pastor—. Vinieron unos de Madrid con trajes, hicieron fotos, se fueron. Luego salió en el periódico que era un éxito. Cosas de la ciudad.
De vuelta a Barcelona, León visitó a una ex-contable de Renfe, prejubilada forzosamente en 2010. Vivía en una urbanización modesta de Gavà.
—A mí me echaron por decir que las cuentas olían mal —confesó, sirviendo té—. La época en que empezó la fiebre de lo sostenible. Todo era «fondos europeos», «proyectos verdes», «innovación social». Y debajo, la misma mierda de siempre, pero con una etiqueta de papel reciclado. Lo peor es que si lo denunciabas, te tachaban de enemigo del progreso. ¿Cómo vas a estar contra la bici, contra el medio ambiente?
León mostró el nombre de Marcos Alvarado.
—Ah, el de la bici. Sí, lo recuerdo. Llegó con un máster de no sé dónde y en dos años estaba dirigiendo presupuestos millonarios. No sabía ni leer un balance, pero hacía presentaciones en PowerPoint preciosas. Y tenía padrino.
—¿Quién?
—Alguien arriba. En el ministerio, en el partido. Estos no vienen del ferrocarril, vienen de las listas. Su currículum es el carnet.
León sintió el peso cínico de la tarea. No luchaba contra ladrones, sino contra una narrativa. ¿Quién podía criticar a unos tipos que promovían la bicicleta y la sostenibilidad? Su tío Pepe, con su disciplina de cuartel, parecía un dinosaurio al lado. Y sin embargo, el dinosaurio tenía razón.
Capítulo 4: Los nuevos trenes (de juguete)
La presentación del «Plan Renfe 2030 Totalmente Sostenible» fue un espectáculo en el Museo Reina Sofía, con pantallas gigantes, luces LED de bajo consumo y cátering vegano. Álvaro Fernández, con jersey de algodón orgánico, habló de «transición modal», «descarbonización» y «empoderamiento del usuario ciclista». Anunció la compra de doscientos patinetes eléctricos para última milla en estaciones, y la reducción de frecuencias en líneas «poco eficientes energéticamente» —las rurales, precisamente—.
En primera fila, Marcos Alvarado asentía, tomando notas en una tablet de madera. Tras él, una cohorte de directivos jóvenes, todos con el mismo perfil: máster en sostenibilidad, pasantía en Bruselas, cero experiencia en el sector ferroviario. Clara, la asesora, repartía dossieres con infografías donde los trenes parecían juguetes de colores junto a bicicletas sonrientes.
Un periodista veterano, de esos que aún recuerdan los trenes Talgo, preguntó:
—Presidente, ¿no cree que priorizar la intermodalidad con patinetes está dejando de lado el mantenimiento básico de la red? Los retrasos acumulados este año…
—Estamos en un proceso de transformación —cortó Álvaro, con sonrisa condescendiente—. No podemos medir el futuro con métricas del pasado. La puntualidad es un concepto del siglo XX. Ahora hablamos de experiencia de viaje integral, incluso si esa experiencia incluye un pequeño retraso debido a procesos de optimización energética.
En la sala, algunos asintieron, hipnotizados por la jerga. Otros, los viejos ferroviarios invitados por protocolo, bajaron la cabeza. Uno de ellos, un ex-maquinista, murmuró a su compañero:
—Mi locomotora, la 3337, nunca tuvo un retraso superior a tres minutos en quince años. Pero claro, no era sostenible. Echaba humo. Como yo ahora.
León estaba en la sala, acreditado como freelance para una revista digital. Observó a Álvaro, a Marcos, a todo el cortejo. No eran malvados de opereta; eran algo peor: creyentes. Creían en su dogma, en su superioridad moral. Y desde esa atalaya, cualquier desvío de fondos, cualquier ineptitud, cualquier negligencia, se justificaba como daño colateral en la gran batalla por el planeta.
Después del acto, León se acercó a Marcos Alvarado.
—Disculpe, ¿podría hacerle una pregunta sobre el proyecto Vía Verde 2005? He visto que usted participó en la consultoría.
La sonrisa de Marcos se congeló levemente.
—Ah, un proyecto pionero. Sentó las bases de lo que hoy es nuestra política de intermodalidad. ¿Para qué medio trabaja?
—Freelance. Estoy haciendo un reportaje sobre la evolución de Renfe. Mi tío trabajó aquí muchos años.
—¡Qué bonito! La tradición familiar. Bueno, perdone, tengo una reunión de sinergias. Clara, ¿puedes atender a este compañero?
Clara se acercó, con su sonrisa profesional. León insistió:
—Sólo quería confirmar unos datos de adjudicaciones. Empresas como «CicloSostenible SL» o «EcoVías Consultoría»…
—Todas ellas proveedores certificados en sostenibilidad —dijo Clara, automáticamente—. Tenemos un compromiso firme con la economía circular. Si quiere, le paso nuestro dossier de proveedores verdes.
León comprendió que no luchaba contra personas, sino contra un guión. Un guión escrito en powerpoint, ensayado en talleres de innovación, blindado con la pátina de lo correcto políticamente. Matar a un hombre era fácil. ¿Pero cómo matas un eslogan?
Capítulo 5: El accidente que no fue tal
La semana siguiente, un tren de Cercanías se detuvo en la estación de Pineda de Mar durante tres horas por una «incidencia técnica». Los viajeros, asfixiados en vagones sin aire acondicionado —desconectado por ahorro energético—, tuitearon su desesperación. Renfe respondió con un comunicado sobre «la necesaria adaptación a picos de demanda térmica dentro de nuestra política de eficiencia».
León supo, por un contacto en mantenimiento, la verdad: llevaban meses sin reponer un tipo de fusible esencial, porque el nuevo proveedor «verde» los fabricaba de un material biodegradable que se fundía a los 35 grados. El jefe de taller había avisado por escrito. Le respondieron que «debía adaptarse a los nuevos criterios de compra sostenible».
Esa noche, León recibió una visita. Dos hombres, traje informal pero corte militar, llamaron a su puerta.
—Somos de seguridad interna de Renfe. Nos gustaría hablar de sus consultas recientes sobre proyectos antiguos.
—¿A qué consultas se refieren?
—A las que han causado cierta alarma. Verá, el presidente está impulsando una nueva cultura de transparencia, pero algunas investigaciones descontextualizadas pueden dañar la imagen de transformación que necesitamos. —El más alto hablaba con calma, casi terapéutica—. Además, nos ha llegado que usted podría tener documentación confidencial, obtenida de forma irregular.
—Documentación de mi tío, que trabajó aquí cuarenta años.
—Exacto. Documentación histórica, sin validez en el actual marco de gobernanza. Nosotros podríamos ayudarle a archivarla correctamente, para evitar malentendidos.
León sintió el frío. No eran policías, pero hablaban con la autoridad de quien tiene el respaldo del poder.
—¿Me están amenazando?
—¡Para nada! Le ofrecemos colaboración. Además, sabemos que su situación profesional es… irregular. Tal vez podamos encontrarle un hueco en nuestro departamento de comunicación. Necesitamos gente que entienda el legado, pero mire hacia el futuro.
La proposición era clara: cállate y cobra. León pensó en su tío Pepe, que una vez despidió a un revisor por aceptar un café gratuito de un viajero habitual. «La corrupción empieza por lo pequeño, sobrino», le dijo. «Por el café, por el favor, por la palmadita. Luego ya pides la comisión y robas a cara descubierta.»
—Necesito pensarlo —dijo León.
—Claro. Tómese su tiempo. Pero tenga en cuenta que el tren del progreso no se detiene. Quien se pone delante, puede terminar atropellado. Y hoy, el tren del progreso es una bicicleta. Y duele más, porque es más lento y te van dando sermones mientras te atropellan.
Se fueron. León respiró hondo. Abrió la caja de herramientas de su tío. Debajo de las carpetas, en un falso fondo, encontró una libreta pequeña. La letra de Pepe, más temblorosa, fechada meses antes de morir. Decía:
«Ya no entiendo nada. Han nombrado a un jefe de taller que no sabe qué es un bogie. Llega en bici, habla de renovables, y firma órdenes que nos harán retroceder veinte años. Pero lo peor no es su ignorancia. Lo peor es que nadie puede criticarla, porque va envuelta en la bandera de lo ecológico, de lo moderno. Criticarles es ser un dinosaurio, un negacionista, un fósil. Así que callamos. Y el tren, nuestro tren, se va a la mierda. Pero eso sí, una mierda sostenible y con perspectiva de género.»
León cerró la libreta. Su tío había visto venir el fin. Ahora le tocaba a él decidir si se subía al carro de la bici, o se ponía delante.
Capítulo 6: El viaje en el tiempo
León hizo lo que cualquier periodista acorralado haría: publicó. No en un medio grande —nadie se atrevería—, sino en un blog de nicho, «Ferrocarriles del Ayer», leído por nostálgicos y algunos técnicos jubilados. Tituló el artículo: «Cuando los Troyano vigilaban los trenes: de la disciplina al postureo sostenible».
No mencionó nombres actuales, sólo contrastó anécdotas de la época de sus tíos con situaciones recientes. Habló del fusible biodegradable, del carril bici fantasma, de los directivos que viajaban en primera clase a congresos de sostenibilidad mientras recortaban limpieza en vagones.
El artículo tuvo un efecto inesperado: se volvió viral entre empleados de Renfe. Cientos de comentarios anónimos contaban sus propias historias: jefes que llegaban por enchufe, material que no llegaba, presiones para maquillar estadísticas de puntualidad, cursos obligatorios de «sensibilidad eco-social» mientras se congelaban las inversiones en seguridad.
La directiva de Renfe no respondió. Siguió su estrategia: ignorar, y si no se puede ignorar, desacreditar. Marcos Alvarado tuiteó: «Nostalgia de un pasado ineficiente y contaminante no es el camino. Seguimos pedalando hacia el futuro #RenfeSostenible».
Pero algo se movió en las sombras. León recibió un correo de una cuenta anónima: «Si quiere ver adónde fue realmente el dinero de Vía Verde, vaya al polígono industrial de San Fernando de Henares. Nave 14B. Esta noche, 23h.»
Era una trampa, probablemente. Pero León ya estaba en el ojo del huracán. Tomó un AVE —retrasado cuarenta minutos por «ajustes de conexión intermodal»— y llegó a Madrid.
La nave 14B estaba en una zona semiabandonada. Olía a pintura y abandono. Dentro, no había bicicletas ni paneles solares, sino contenedores con logotipos de una empresa de material ferroviario. Y, sorprendentemente, material ferroviario nuevo: señales, sistemas electrónicos, componentes aún embalados. Todo con etiquetas de inventario de Renfe.
Un hombre salió de las sombras. Era joven, con barba y aspecto técnico.
—Soy Jorge, trabajo en logística de Renfe —dijo—. Esto es uno de los almacenes fantasma. Material comprado con sobreprecio y nunca usado. Lo adjudicaron a una empresa tapón que lo subcontrató a otra, y acabó aquí, pudriéndose. Lo compraron con fondos de proyectos verdes. Porque el presupuesto de «sostenibilidad» es más flexible, menos auditado.
—¿Por qué me lo enseña?
—Porque estoy hasta los cojones. Entré aquí por vocación, como su tío. Y ahora me piden que catalogue patinetes mientras los trenes se caen a pedazos. Y lo peor es que, si protestas, te dicen que no entiendes el nuevo paradigma. Ya no hay responsables, sólo «sinergias fallidas». Ya no hay robos, hay «desvíos de recursos para fines de mayor impacto social». Me dan ganas de gritar.
León tomó fotos con el móvil. En ese momento, sonó una alarma. Luces rojas parpadeaban.
—Nos han detectado —dijo Jorge—. Salga por atrás. Yo me quedo, tengo cobertura sindical. A usted no le ayudarán.
León escapó justo cuando llegaban dos furgonetas sin logo. Desde la valla del polígono, vio cómo sacaban a Jorge, no con violencia, sino con firmeza. «Revisión de protocolos de seguridad», supuso que dirían. Un curso de reeducación en pensamiento sostenible, quizá.
En el AVE de vuelta —esta vez con retraso por «causas técnicas»—, León miró por la ventana. La España negra e industrial daba paso a la España de polígonos vacíos y campos de placas solares. El progreso. El futuro. Y en medio, los trenes, esos dinosaurios de acero que alguna vez fueron símbolo de modernidad, ahora avergonzados, pidiendo disculpas por consumir energía, por ocupar espacio, por existir.
Capítulo 7: La llegada a la estación final
La presión aumentó. León recibió una citación oficial de Renfe para «aclarar la obtención no autorizada de documentación interna». Su abogado le recomendó negociar: retirar el artículo, entregar la documentación, aceptar un puesto de consultor externo en un proyecto de «memoria histórica ferroviaria» —bien pagado, sin responsabilidades—.
Mientras lo pensaba, visitó la estación de Vilanova. Se sentó en el andén donde su tío Pepe había pasado media vida. Cerró los ojos e imaginó el bullicio de otra época: silbatos, maletas de cartón, el olor a tabaco de picadura y café de máquina. La Renfe de sus tíos, imperfecta, jerárquica, pero con un sentido del deber que hoy sonaba a chiste.
Un tren de Cercanías llegó con seis minutos de retraso. Bajaron tres personas. La estación, otrora llena de vida, era ahora un lugar de paso, casi fantasmagórico. En el panel de anuncios, un cartel promocionaba: «Ven en bici a la estación, tu planeta te lo agradece». Al lado, una máquina expendedora de billetes llevaba fuera de servicio dos semanas.
De repente, un hombre mayor se sentó a su lado. Era Román, el del almacén.
—Me dijeron que vendrías —dijo Román—. Tienes cara de tener que tomar una decisión.
—Sí. ¿Usted qué haría?
—Yo ya hice lo mío: callar, aguantar, jubilarme. Tu tío Pepe también calló, al final. Pero te dejó la caja. Eso significa que quería que alguien, algún día, tuviera los cojones que él no tuvo. O que no pudo tener.
—Pero ¿para qué? Nada va a cambiar. Publico todo, y mañana saldrán diciendo que es un ataque de la extrema derecha al transporte verde. Ganaré unos likes, perderé mi última oportunidad de trabajo decente, y ellos seguirán, con sus bicis y sus patinetes y sus cargos.
—Tal vez. Pero hay una cosa que los tipos como ellos no soportan.
—¿El qué?
—Que les recuerden que hay un mundo real, fuera de sus presentaciones. Que un tren, para funcionar, necesita grasa, hierro y gente que sepa de eso. No basta con PowerPoint. Tarde o temprano, la realidad les muerde. Tu trabajo puede ser que esa mordida les duela un poco más. Y que algún técnico joven, que todavía cree en esto, sepa que no está solo. Que antes hubo hombres como tus tíos, que hacían bien su trabajo. Y que eso no es nostalgia, es dignidad.
León asintió. Esa noche, subió a su blog todas las fotos, todos los documentos, el informe completo del «desvío de la vía verde» con nombres, fechas, cifras. Lo tituló: «La Renfe sostenible: la estafa sobre ruedas (y sobre raíles)».
Luego, esperó.
Epílogo: El tren fantasma
El artículo explotó. Medios internacionales lo recogieron. Hubo preguntas en el parlamento. Renfe emitió un comunicado: «Tomamos nota de las alegaciones históricas y reafirmamos nuestro compromiso con la transparencia y la sostenibilidad, principios rectores de la actual gestión». Anunciaron una auditoría externa —encargada a una consultora amiga— y la creación de una comisión de ética —presidida por un exministro ciclista—.
Álvaro Fernández dio una rueda de prensa: «No podemos permitir que anécdotas del pasado empañen el viaje hacia un futuro necesario. Renfe está en transformación, y toda transformación genera resistencias».
Marcos Alvarado fue «recolocado» en una fundación de movilidad internacional, con aumento de sueldo. Clara ascendió a directora de Comunicación Sostenible. El técnico Jorge, el de la nave fantasma, aceptó una prejubilación anticipada con cláusula de confidencialidad.
A León le ofrecieron un buen dinero por los derechos de una serie de televisión sobre «la lucha de un hombre por desvelar la verdad». Lo rechazó. Escribió un libro, que tuvo ventas discretas. Siguió siendo freelance, pero ya nadie le encargaba artículos sobre transporte.
Una tarde, años después, visitó el Museo del Ferrocarril de Madrid. En una sala vacía, frente a una locomotora de vapor restaurada, vio a un niño con su abuelo.
—Abuelo, ¿esto de qué va? —preguntaba el niño.
—Esto, nieto, era un tren. Iba sobre raíles, con carbón, y llegaba a la hora. Y lo cuidaban hombres que sabían lo que hacían.
—Suena aburrido.
—Sí, tal vez. Pero funcionaba.
León sonrió. Se acordó de su tío Pepe, de su tío Juan Manuel. De la caja de herramientas. De la libreta. De la Renfe que fue, y de la Renfe que es. Y pensó que, en el fondo, quizá los Troyano habían ganado. Porque ellos, al menos, podían mirarse al espejo sin ver a un cínic
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