¡A mí la Legión! Este fue el último mensaje que mandó a un Grupo de WhatsApp de Ronda la Dama Legionario del Alvia de Adamuz
Capítulo 1: El mensaje que llegó tarde
La pantalla del móvil brilló en la oscuridad de la habitación como un faro en la noche más negra. Eran las 23:47, y el mensaje llevaba una hora de retraso, pero ahí estaba, latiendo en el grupo de WhatsApp «Legionarios de Ronda – Hermanos del Silencio».
Dama Legionario (23:47): ¡A mí la Legión!
Tres palabras. Tres palabras que llegaron tarde porque el corte eléctrico tras el choque del Iryo y el Alvia en Adamuz había reventado torres, routers y almas. Una hora antes, mientras el mensaje intentaba abrirse paso por la red, su autora ya había dejado de respirar entre los hierros retorcidos del vagón 7.
El estudiante, cuyo nombre real era Marcos, estaba sentado en su habitación de la residencia universitaria de Málaga cuando lo vio. Había estado revisando el grupo sin expectativas, como quien hojea un periódico de ayer. Pero esas tres palabras le helaron los dedos en el acto.
No era un saludo. No era una broma. Era el grito de auxilio reconocido por todos los que alguna vez habían llevado el uniforme verde. El equivalente digital del último cartucho, la señal de que todo estaba perdido y solo quedaba la hermandad.
Marcos activó la alarma digital que habían establecido años atrás, cuando formaban el grupo. Un código que significaba movilización inmediata. Luego, con dedos que temblaban levemente, tecleó:
El Estudiante (23:49): Uno de nuestros hermanos (los legionarios) de Ronda ha lanzado un mensaje de auxilio: ¡A mí la Legión! Debemos salir en su ayuda.
La respuesta fue casi inmediata, como si los otros tres estuvieran también atados a sus pantallas, esperando algo, cualquier cosa, que les sacara del letargo de sus vidas mediocres.
Curro Jiménez (23:51): Encuentro en la nave. Media hora.
El Algarrobo (23:52): Voy.
El Gitano (23:53): Ya estoy en camino.
Curro Jiménez no se llamaba realmente Curro, sino Francisco, pero llevaba el apodo con más orgullo que su propio DNI. A sus cincuenta y tres años, el cuerpo conservaba la fibra de sus tiempos en la Legión, aunque la barriga empezaba a ganar terreno. La nave era un local abandonado en las afueras de Ronda que servía de taller mecánico irregular y punto de reunión para lo que él llamaba «operaciones especiales civiles».
Cuando Marcos llegó, los otros tres ya estaban allí. El Algarrobo, un tipo ancho como un roble, con manos que podían partir nueces sin esfuerzo. El Gitano, delgado, ágil, con ojos que parecían ver en la oscuridad. Y Curro, que examinaba un mapa de la línea ferroviaria Córdoba-Málaga extendido sobre el capó de un Peugeot 306 desguazado.
«La Dama Legionario», dijo Curro sin levantar la vista del mapa. «Rocío Campos. Teniente en la reserva. Iba en el Alvia. El mensaje se envió a las 22:47 según el registro del servidor. El accidente fue a las 22:32.»
«Quince minutos después del choque», calculó El Gitano. «Tiempo suficiente para estar atrapada, herida, pero con el móvil a mano.»
«Y una hora para que el mensaje llegara», remató El Algarrobo con voz grave. «Coño.»
«Lo primero es saber por qué pidió ayuda», dijo Curro. «No fue por el accidente. No tuvo tiempo de mandar un ‘estoy herida’ o ‘llamad a emergencias’. Fue directamente al código. Algo más había.»
Marcos, el más joven, el único que aún creía en sistemas, sacó su portátil. «Estoy viendo las primeras informaciones. El corte de luz fue total en un radio de cinco kilómetros. Dicen que fue un fallo en la subestación de Adamuz provocado por el accidente.»
«O al revés», murmuró El Gitano.
Todos lo miraron.
«¿Qué quieres decir?» preguntó Curro.
«Que quizás el corte de luz fue primero. Y el accidente, después.»
El silencio se instaló en la nave, solo roto por el zumbido lejano de la autovía. Curro dobló el mapa lentamente.
«Mañana temprano vamos a Adamuz. Algarrobo, consigue un coche discreto. Gitano, tú te encargas de las herramientas. Estudiante, busca todo lo que puedas sobre Rocío Campos. Y sobre ese accidente.»
«¿Y qué vamos a hacer exactamente?» preguntó Marcos.
Curro sonrió, una sonrisa sin humor que no llegaba a sus ojos.
«Lo que debería hacer la justicia pero no hará. Encontrar la verdad. Y después, encontrar a los responsables.»
«¿Y si son gente importante?»
«Entonces más divertido será.»
Capítulo 2: Las huellas del poder
Andalucía amaneció bajo un cielo plomizo que parecia reflejar el estado de ánimo del gobierno autonómico. Moreno Bonilla, apodado «Pepe Botella» por sus adversarios y algunos supuestos aliados, desayunaba en el palacio de San Telmo mientras repasaba los informes del accidente. A sus cuarenta y ocho años, el presidente andaluz conservaba el aire de chico listo de barrio que había aprendido a navegar entre aguas turbulentas. Su alianza con el Macron francés—»Micron» según sus críticos—y su apertura a fondos de inversión internacionales le habían granjeado tanto apoyos como enemigos.
En la prensa, el accidente del Alvia e Iryo era un «terrible tragedia fortuita». En su informe confidencial, había tres párrafos que le hicieron fruncir el ceño. Párrafos que hablaban de subestaciones eléctricas, mantenimiento pendiente desde hacía nueve meses, y contratos firmados con la empresa FerroEnergía, S.L.
Su asistente personal, un joven impecablemente trajeado, entró en la habitación.
«Señor presidente, los medios esperan su declaración a las once.»
«¿Y el ministro de Transportes?»
«En camino. Pero hay algo más.» El asistente bajó la voz. «Ha habido movimientos extraños alrededor del lugar del accidente. Gente preguntando, tomando fotografías…»
«¿Policía?»
«No. Civiles. Cuatro hombres.»
Moreno Bonilla dejó la taza de café sobre el platillo con un tintineo preciso.
«¿Qué saben de ellos?»
«Nada aún. Pero uno coincide con la descripción de un antiguo legionario con antecedentes por altercados en protestas. Francisco Jiménez, alias Curro Jiménez.»
El presidente respiró hondo. Recordaba ese nombre de los informes de inteligencia. Un tipo molesto, con ideas anticuadas sobre honor y justicia que no encajaban en los nuevos tiempos.
«Vigílenlos. Pero con discreción. No queremos mártires.»
Mientras tanto, a ciento cincuenta kilómetros de allí, los cuatro hombres llegaban a las proximidades de Adamuz. El Algarrobo conducía una furgoneta gris, discreta, adquirida «sin papeleo» a través de contactos de El Gitano.
El paisaje era desolador. La línea ferroviaria cortada, los restos de los trenes ya retirados pero las marcas aún frescas en la tierra. Y más allá, la subestación eléctrica, un esqueleto de metal y cables que parecía haber estallado desde dentro.
«Dejadme aquí», dijo El Gitano. «Voy a echar un vistazo a la subestación.»
Curro asintió. «Estudiante y yo hablaremos con los testigos. Algarrobo, tú vigila los accesos.»
Los separaban doscientos metros de la carretera cuando vieron el primer coche patrulla. No era de la Guardia Civil, sino de la Policía Autonómica. Un modelo nuevo, brillante.
«Rápido, a la furgoneta», murmuró Curro.
Pero ya era tarde. El coche se detuvo junto a ellos. Dos agentes bajaron, jóvenes, con gafas de sol a pesar del cielo nublado.
«Documentación, por favor.»
Mientras Marcos buscaba su DNI con manos que intentaban no temblar, Curro observó al agente que hablaba. Zapatos demasiado caros para un policía autonómico. Reloj que brillaba bajo la manga de la chaqueta. Y un gesto de impaciencia que delataba que esto era más que una rutina.
«¿Qué hacen por aquí?» preguntó el segundo agente.
«Turismo ferroviario», respondió Curro sin inmutarse. «Nos gustan los accidentes históricos.»
El agente no sonrió. «Esta zona está acordonada. Tienen que irse.»
«Claro, cómo no.»
Volvieron a la furgoneta bajo la atenta mirada de los agentes. Al arrancar, Curro miró por el retrovisor. Los agentes no se movían, seguían observándolos.
«Estaban esperándonos», dijo.
«¿Cómo?» preguntó Marcos.
«Demasiado rápido, demasiado preparados.» Curro sacó su móvil, un veterano Nokia que según él era «inmune a toda clase de mierda digital». «Gitano, ¿dónde estás?»
La voz de El Gitano llegó baja pero clara. «En la subestación. Y esto no huele a accidente, jefe. Hay cortes demasiado limpios en los cables. Y algo más…»
«¿Qué?»
«Restos de lo que podría ser un dispositivo. Pequeño, sofisticado. No español.»
Curro apretó los dientes. «Sal de allí. Nos vemos en el punto B.»
Colgó y miró a Marcos. «¿Qué encontraste sobre Rocío Campos?»
Marcos abrió su portátil, aún conectado a internet por el móvil. «Rocío Campos, 38 años. Teniente en la Legión, destinada en inteligencia. Se retiró hace dos años. Trabajaba como asesora de seguridad para una empresa…»
«¿Cuál?»
«FerroEnergía, S.L.»
El aire en la furgoneta se espesó. El Algarrobo golpeó el volante con una mano.
«La misma empresa que tenía el contrato de mantenimiento de la subestación», dijo.
Curro asintió lentamente. «Y ahora nuestra Dama Legionario está muerta. Y su último mensaje no era por el accidente. Era porque sabía que alguien iba a venir a terminar el trabajo.»
Capítulo 3: Los hilos de la trama
La lluvia fina comenzó a caer sobre Ronda cuando regresaron a la nave. El Gitano llegó media hora después, con las manos sucias de grasa y barro, pero con los ojos brillando de descubrimiento.
«Tengo algo», dijo, colocando sobre la mesa un objeto envuelto en un trapo.
Era una carcasa de metal deformada, del tamaño de una caja de cerillas, con restos de circuitos en su interior.
«Esto no es español», confirmó El Gitano. «Material de alta resistencia, diseño mínimo. Podría ser suizo o israelí.»
«¿Un detonador?» preguntó Marcos.
«Peor. Un interruptor de desconexión remota. Alguien pudo apagar la subestación desde lejos.»
Curro examinó el objeto sin tocarlo. «¿Y Rocío Campos cómo entra en esto?»
«Esa es la parte interesante», dijo Marcos, que había estado profundizando en su investigación. «FerroEnergía, S.L. es una filial de un holding internacional. Sus principales accionistas son fondos de inversión con sede en Luxemburgo y Países Bajos.»
«Los sorosianos», murmuró El Algarrobo.
«No exactamente», corrigió Marcos. «Pero sí del mismo círculo. Fondos que invierten en infraestructuras críticas por toda Europa. Y aquí viene lo bueno: hace tres meses, Rocío Campos presentó una denuncia interna por irregularidades en los contratos de mantenimiento.»
«¿Denunció a su propia empresa?»
«Sí. Según los correos que he podido… acceder, ella descubrió que se estaban utilizando piezas de baja calidad en las subestaciones, facturadas como de primera. Y que los informes de seguridad estaban siendo falsificados.»
Curro se puso de pie y empezó a caminar por la nave. «Así que sabía lo que pasaba. Y cuando ocurrió el accidente, supo que no era casual. Y que si sobrevivía, sería peligrosa para ellos.»
«Por eso el mensaje», dijo El Gitano. «No pedía ayuda médica. Pedía protección.»
El silencio que siguió fue roto por el sonido del móvil de Curro. Un número desconocido.
«¿Sí?»
La voz al otro lado era femenina, tensa. «¿Hablo con Francisco Jiménez?»
«Quién quiere saberlo.»
«Soy Laura Mena, periodista de investigación. Rocío Campos era mi fuente. Tenemos que hablar.»
«¿Dónde?»
«Plaza de Toros de Ronda. Dentro de una hora. Venga solo.»
La llamada se cortó. Curro miró a los otros.
«Puede ser una trampa», advirtió El Algarrobo.
«O nuestra única pista viva», replicó Curro. «Voy. Vosotros quedaos aquí, pero estad preparados.»
La Plaza de Toros de Ronda estaba casi vacía a esa hora. La lluvia había espantado a los turistas. Curro entró por la puerta principal, sintiendo la extraña sensación de estar siendo observado. En las gradas, sentada sola, había una mujer de unos cuarenta años, pelo corto, chaqueta de cuero.
«Jiménez», dijo cuando él se acercó.
«Mena. ¿Dónde está su cámara oculta?»
La mujer sonrió sin humor. «No soy de la policía. Y Rocío me habló de usted. Dijo que si algo le pasaba, usted sería de los pocos que entendería el mensaje.»
«¿Qué sabía exactamente?»
«Demasiado. FerroEnergía no es solo una empresa corrupta. Es la punta de lanza de algo más grande. Hay un proyecto llamado ‘Corredor Sur’ que quiere privatizar todas las infraestructuras ferroviarias andaluzas. El accidente… podría haber sido un accidente. O podría haber sido un mensaje.»
«¿Un mensaje?»
«Para acelerar las negociaciones. Para demostrar la necesidad de ‘inversión privada en seguridad’.» Laura sacó un sobre del bolso. «Rocío me dio esto hace dos semanas. Copias de transferencias bancarias. Pagos a cuentas en el extranjero vinculadas a políticos andaluces. Incluido el entorno de Moreno Bonilla.»
Curro tomó el sobre sin abrirlo. «¿Por qué no lo publicó?»
«Porque necesitaba más pruebas. Y porque tenía miedo. Decía que si algo le pasaba, usted sabría qué hacer.»
Antes de que Curro pudiera responder, vio el destello en lo alto de las gradas opuestas. Un reflejo de un objetivo, quizás de unos prismáticos, o de una mira.
«Salga de aquí», dijo bruscamente. «Por la puerta lateral. Ahora.»
«¿Qué…?»
«¡Ahora!»
Empujó a la periodista hacia las escaleras justo cuando el primer disparo resonó en la plaza. La bala impactó en el asiento de madera donde ella había estado sentada, astillándolo.
Curro no esperó al segundo. Corrió en zigzag hacia la salida mientras más disparos seguían, siempre con ese extraño retraso que significaba que el tirador estaba lejos, con rifle de francotirador.
Al salir a la calle, no vio a Laura por ninguna parte. Sí vio, sin embargo, un coche negro que arrancaba a toda velocidad. No pudo ver la matrícula.
Cuando volvió a la nave, los otros lo esperaban con caras tensas.
«La periodista», dijo entre jadeos. «Tiene pruebas. Transferencias. Políticos implicados.»
«¿Y ella?» preguntó Marcos.
«Desapareció. Pero alguien no quiere que hablemos con ella. O que veamos esas pruebas.»
El Gitano había estado mirando por la ventana. «Tenemos compañía.»
Afuera, dos coches sin identificación se estacionaban en los extremos de la calle. No bajaba nadie, pero la presencia era clara.
«¿Policía?» preguntó El Algarrobo.
«Algo peor», dijo Curro. «Mercenarios privados. Los que limpian mierda para gente importante.»
«¿Y ahora qué?»
«Ahora», dijo Curro, abriendo el sobre que Laura le había dado, «jugamos sucio.»
Las primeras páginas eran transferencias bancarias, como había dicho. Pero la última era una fotografía. En ella, varios hombres cenaban en un restaurante de lujo. Entre ellos, Moreno Bonilla, el director de FerroEnergía, y un tercer hombre que Curro reconoció de inmediato: Jean-Luc Duval, conocido como el «brazo derecho de Micron» en asuntos españoles.
Y en un segundo plano, casi fuera de encuadre, un hombre más joven tomando notas. El asistente personal del presidente andaluz.
«Coño», murmuró El Gitano al ver la foto. «Esto es grande.»
«Demasiado grande», dijo El Algarrobo.
Curro sonrió, esa sonrisa sin humor que ya empezaban a conocer.
«Perfecto. Así, cuando los derribemos, el ruido será ensordecedor.»
Capítulo 4: La banda del Peugeot
Se llamaban a sí mismos «la banda del Peugeot», no por el coche, sino por el distrito parisino que representaba el epicentro de su influencia. Eran franceses, españoles, alemanes y holandeses, unidos por el mismo desprecio hacia las regulaciones nacionales y la misma devoción hacia los beneficios sin fronteras.
Su operación en España era simple: identificaban infraestructuras públicas en dificultades, presionaban para su privatización parcial o total, y luego las gestionaban mediante una maraña de sociedades que desviaban fondos hacia paraísos fiscales. FerroEnergía era solo una de sus muchas herramientas.
Duval, el francés, era el cerebro. Moreno Bonilla, el político local necesario. Y entre ellos, una red de técnicos, abogados y, cuando era necesario, especialistas en «gestión de riesgos».
Uno de esos especialistas estaba ahora en Ronda. Se hacía llamar Martin, aunque había usado al menos seis nombres en la última década. Había recibido la orden: localizar y recuperar cualquier documentación en poder de la periodista Laura Mena y de «cualquier cómplice». El término «recuperar» incluía múltiples interpretaciones.
Martin había llegado a Ronda en un Audi discreto, con maletines de equipamiento especial en el maletero. Su primer paso fue presionar a los contactos en la policía autonómica, obteniendo los registros de llamadas de los últimos días de Rocío Campos. Así descubrió el grupo de WhatsApp de los legionarios, y de ahí, a Curro Jiménez.
Ahora, observando la nave desde una habitación de hotel alquilada con documentación falsa, Martin evaluaba sus opciones. Cuatro hombres, probablemente armados, en un terreno que conocían bien. Un enfrentamiento directo sería ruidoso. Pero el fuego siempre podía ser una solución limpia, si se aplicaba de noche, cuando todos estuvieran dentro.
Mientras Martin planeaba, la banda de Curro no permanecía inactiva.
«Tenemos que dividirnos», dijo Curro esa noche, con el sonido de la lluvia golpeando el techo de chapa de la nave. «Gitano, tú sigues con la subestación. Necesitamos pruebas físicas del sabotaje. Algarrobo, vigila los movimientos de la policía y esos coches misteriosos. Estudiante, profundiza en las transferencias. Averigua exactamente cuánto y a quién.»
«¿Y tú?» preguntó Marcos.
«Yo voy a pagarle una visita a nuestro presidente.»
Moreno Bonilla no dormía en el palacio de San Telmo esa noche. Estaba en su residencia privada en las afueras de Sevilla, una finca vallada con seguridad privada. Pero Curro Jiménez había estado en lugares mucho más difíciles de penetrar.
No planeaba matarlo. Ni siquiera herirlo. Solo quería enviar un mensaje: que lo sabían, que tenían pruebas, y que no se detendrían.
El Algarrobo lo dejó a un kilómetro de la finca. Curro avanzó a pie, bajo la lluvia, usando la oscuridad como aliada. Evitó las cámaras de seguridad con la experiencia de quien había patrullado en zonas de conflicto. Llegó hasta la misma casa, donde una luz brillaba en el estudio de la planta baja.
A través de la ventana, vio a Moreno Bonilla hablando por teléfono, paseándose de un lado a otro, gesticululando. Parecía molesto, incluso preocupado. Bueno.
Curro no intentó entrar. En lugar de eso, dejó un sobre en el buzón de correo. Dentro, una copia de la fotografía del restaurante, con una nota escrita a mano: «La Dama Legionario no ha callado. Nosotros tampoco. Primera y última advertencia.»
Luego desapareció en la noche tan silenciosamente como había llegado.
Al día siguiente, el presidente andaluz llegó a su despacho pálido, con ojeras. La nota había sido encontrada por su esposa, que no había entendido su significado pero sí su tono amenazante.
«Encuentren a Jiménez», ordenó a su jefe de seguridad. «Pero con discreción. Nada de detenciones oficiales. Solo… háganlo desaparecer un tiempo.»
Mientras tanto, en Adamuz, El Gitano había logrado acceder de nuevo a la subestación, esta vez de noche y con mejor equipo. Lo que encontró confirmó sus sospechas: no solo había habido un interruptor remoto, sino que los sistemas de respaldo habían sido desconectados manualmente. Alguien había estado allí antes del accidente, preparando el escenario.
Pero también encontró algo inesperado: una cámara de seguridad oculta, pequeña, del tipo que se usa en vigilancia discreta. Y aún más sorprendente: seguía funcionando con batería interna.
«Jefe», dijo por teléfono a Curro, «creo que nuestra Dama Legionario nos dejó un regalo.»
Capítulo 5: El regreso de la Dama
La cámara era de última generación, con almacenamiento en la nube. El problema era acceder a él. Rocío Campos había sido precavida: la cámara solo se activaba con reconocimiento facial o con un código de acceso.
«¿Y si probamos con su foto?» sugirió Marcos.
«Demasiado rudimentario», dijo Curro. «Ella era de inteligencia. Habrá usado algo más personal.»
Pensaron en la contraseña durante horas, probando fechas significativas, números de identificación militar, incluso el lema de la Legión. Nada funcionaba.
Fue El Algarrobo, el menos tecnológico del grupo, quien dio con la clave.
«¿Y si es el mensaje?» dijo de repente. «Su último mensaje.»
«¿’A mí la Legión’?» preguntó Marcos.
«No exactamente. En código morse, quizás. O en algún cifrado legionario.»
Curro se quedó pensativo. Recordó su época en la Legión, los códigos básicos que usaban en comunicaciones de campo. «A mí la Legión» no era solo un grito de auxilio; era también una afirmación de identidad. ¿Cómo lo cifraría alguien de inteligencia?
«Prueba con ‘LegioPatriaNostra'», dijo finalmente. «Es el lema completo.»
Marcos tecleó. La pantalla mostró un mensaje de error.
«O ‘Tercio'», sugirió El Gitano. «O ‘Banderas’.»
Nada.
Frustrado, Curro se levantó y fue a la pequeña nevera que tenían en un rincón. Al abrirla, vio la botella de cerveza con el escudo de la Legión que había estado allí desde hacía meses. Un recuerdo de una reunión anterior.
Y entonces lo supo.
«No es el texto», dijo. «Es la hora. Las 22:47. La hora en que envió el mensaje.»
Marcos probó: 2247. Error.
«En formato de 24 horas, pero al revés. 7422.»
El sistema emitió un suave pitido, y la pantalla cambió. Habían accedido.
Los archivos de la cámara cubrían las últimas 72 horas antes del accidente. Y lo que mostraban era inequívoco: dos hombres, con uniformes de mantenimiento de FerroEnergía, accediendo a los paneles de control de la subestación. Trabajaron durante aproximadamente veinte minutos. Luego, uno de ellos sacó un dispositivo pequeño, lo conectó, y lo ocultó detrás de un panel.
«Eso es», murmuró El Gitano. «El interruptor remoto.»
Pero había más. La cámara, colocada estratégicamente, también había captado las caras de los dos hombres con claridad. Y cuando salieron de la subestación, se quitaron los cascos, revelando rostros que Marcos pudo identificar en cuestión de minutos.
«Contratistas de seguridad», dijo. «Trabajan para una empresa llamada ‘Shield Solutions’, registrada en Malta. Pero según mis fuentes, es una tapadera. Estos tipos son mercenarios, usados para trabajos sucios en media Europa.»
«¿Vinculados a Duval?» preguntó Curro.
«Directamente. Aquí hay transferencias de la empresa de Duval a Shield Solutions, fechadas hace un mes.»
Tenían las pruebas. Sabotaje premeditado, vinculado a intereses internacionales, con posibles conexiones políticas. Pero las pruebas no servían de nada si no llegaban a los tribunales adecuados. Y los tribunales adecuados estaban, probablemente, comprados.
«Necesitamos a la periodista», dijo Curro. «Ella sabe cómo hacer público esto.»
«¿Y si ya está muerta?» preguntó El Algarrobo con su habitual crudeza.
«Entonces lo haremos nosotros mismos. Pero primero, busquémosla.»
Laura Mena no estaba muerta, pero estaba asustada. Tras el intento de asesinato en la plaza de toros, había huido a un pequeño pueblo de la sierra, donde una amiga le prestó una casa. Desde allí, intentaba decidir qué hacer con la información que tenía.
Cuando Curro la localizó—gracias a que El Gitano siguió la señal de su móvil hasta la zona—ella al principio se negó a abrir la puerta.
«Soy Jiménez», dijo él desde fuera. «Tengo lo que necesitamos.»
Laura lo dejó pasar, pero mantenía una distancia prudencial. «¿Qué tiene?»
«Video del sabotaje. Identificación de los saboteadores. Y el vínculo con Duval.»
Ella examinó las pruebas, y por primera vez, Curro vio una chispa de esperanza en sus ojos.
«Con esto… con esto podemos tumbarlos.»
«Sí, pero hay un problema. Si lo publicamos en España, lo bloquearán. Necesitamos medios internacionales.»
Laura asintió. «Tengo contactos en Le Monde, en Der Spiegel. Pero necesitarán tiempo para verificar.»
«¿Cuánto?»
«Cuarenta y ocho horas, como mínimo.»
«Pues empiece. Nosotros le daremos esa ventana.»
Mientras Laura trabajaba en su ordenador, enviando correos cifrados y haciendo llamadas seguras, Curro vigilaba desde la ventana. La casa estaba en una colina, con buena visibilidad. Pero también era un blanco fácil.
«Señora Mena», dijo al cabo de un rato, «tiene que cambiar de lugar. Ahora mismo.»
«¿Por qué?»
«Porque si yo pude encontrarla, ellos también podrán.»
Apenas habían recogido sus cosas cuando vieron los faros subiendo por el camino de tierra. Dos vehículos, avanzando rápido.
«Por la parte de atrás», ordenó Curro.
Salieron por la puerta trasera justo cuando los coches se detenían frente a la casa. Martín, el mercenario francés, bajó del primero, con un arma equipada con silenciador.
Divididos, Curro y Laura se adentraron en el bosque que rodeaba la casa. La lluvia había cesado, pero el suelo estaba embarrado, resbaladizo.
«Sepárese», dijo Curro. «Yo los distraeré.»
«No puedo dejarlo…»
«¡Vaya! ¡Ya!»
Laura desapareció entre los árboles. Curro se volvió, sacó su propia arma—una veterana Star de 9mm que llevaba desde sus tiempos en la Legión—y esperó.
Martín avanzaba con profesionalidad, cubierto por sus hombres. Eran cuatro en total, moviéndose en formación.
Curro disparó primero, no para acertar, sino para delatar su posición y alejarlos de Laura. Funcionó. Los mercenarios se dirigieron hacia él.
Lo que siguió fue una cacería en la oscuridad. Curro conocía bien este tipo de combate: moverte, disparar, cambiar de posición. Pero estaba en desventaja numérica y de equipo.
Una bala le rozó el brazo, desgarrándole la chaqueta. Otra pasó tan cerca de su cabeza que sintió el aire desplazado.
Estaba acorralado contra un barranco cuando oyó el ruido de motores. No los motores de los coches de Martín, sino otro sonido, más potente.
Y entonces, desde el camino principal, aparecieron tres motocicletas. Y detrás, la furgoneta de El Algarrobo.
Los refuerzos habían llegado.
Capítulo 6: La batalla de la sierra
El Gitano iba en la primera moto, con una escopeta recortada en una mano. El Algarrobo, en la furgoneta, llevaba el vehículo directamente hacia los mercenarios, obligándolos a dispersarse.
Martín maldijo en francés. Su misión se había complicado exponencialmente. Ordenó la retirada, pero no antes de que El Gitano alcanzara a uno de sus hombres en la pierna, derribándolo.
En la confusión, Curro logró reunirse con los suyos.
«¿La periodista?» preguntó El Algarrobo.
«Escapó. Pero no durará mucho si no la protegemos.»
«Entonces ¿qué hacemos?»
«Lo que mejor hacemos», dijo Curro. «Contraatacar.»
Mientras Laura Mena continuaba su trabajo desde un nuevo escondite—esta vez un convento donde una monja, prima suya, la acogió sin hacer preguntas—la banda de Curro planeaba su movimiento.
Tenían las pruebas. Tenían a los testigos. Lo que les faltaba era llevar todo esto ante una autoridad que no estuviera corrupta. Y en la España de Moreno Bonilla y sus aliados, eso parecía una misión imposible.
«Hay una manera», dijo Marcos durante la reunión en un nuevo escondite, un almacén abandonado cerca de Antequera. «El juez Ruz.»
«¿El de los papeles de Bárcenas?» preguntó El Gitano.
«Ese mismo. Sigue activo, y tiene fama de intocable. Si le hacemos llegar las pruebas…»
«Moreno Bonilla lo enterrará», dijo El Algarrobo.
«No si van acompañadas de una bomba mediática internacional. Y si la periodista francesa con la que Laura contactó publica mañana en Le Monde, la presión será insostenible.»
Curro asintió lentamente. Era arriesgado, pero era la única jugada que tenían.
«De acuerdo. Estudiante, prepara un paquete con todo. Gitano, asegúrate de que llegue al juzgado sin que lo intercepten. Algarrobo y yo nos encargaremos de otra cosa.»
«¿De qué?» preguntó El Algarrobo.
«De asegurarnos de que Duval no pueda huir del país.»
Jean-Luc Duval estaba en su suite del hotel Alfonso XIII en Sevilla. Había recibido la noticia del fracaso de Martín con una calma fría que escondía una furia creciente. Los planes del Corredor Sur estaban en peligro. Si las pruebas del sabotaje salían a la luz, no solo se arruinaría el proyecto, sino que podía enfrentar extradición y juicio.
Ordenó a su asistente que preparara el jet privado. París era más seguro. Desde allí, podría manejar los daños.
Pero cuando llegó al aeropuerto de San Pablo, se encontró con una sorpresa: su jet había sido «retenido por inspección de seguridad». Un trámite, le dijeron, que podía tardar horas.
Duval no era tonto. Comprendió que alguien estaba bloqueando su salida. Maldijo en francés y consideró sus opciones. Podía tomar un vuelo comercial, pero eso implicaba pasar por controles, donde su identidad sería registrada. O podía intentar salir por tierra, hacia Portugal.
Optó por lo segundo. Ordenó a su conductor que tomara la carretera hacia Huelva y la frontera.
Lo que no sabía era que Curro y El Algarrobo lo seguían desde que salió del hotel.
«¿Crees que irá a Portugal?» preguntó El Algarrobo mientras conducían.
«Sin duda. Tiene contactos allí.»
«¿Y qué hacemos cuando cruce la frontera?»
«Él no va a cruzar la frontera.»
A veinte kilómetros de la frontera portuguesa, en una carretera secundaria casi desierta, Curro hizo una señal a El Algarrobo. La furgoneta aceleró, adelantó al Mercedes de Duval, y se colocó delante, reduciendo bruscamente la velocidad.
El conductor de Duval frenó para evitar la colisión. En ese momento, otra furgoneta—conducida por El Gitano—se colocó detrás, bloqueando la retirada.
Duval bajó la ventanilla, indignado. «¿Qué significa esto?»
Curro se acercó, con su Star 9mm visible pero no amenazante.
«Señor Duval, tenemos algunas preguntas sobre la subestación de Adamuz.»
«¡Llamaré a la policía!»
«Por favor, hágalo. Mientras llegan, podemos hablar de las transferencias a Shield Solutions. Y de su cena con Moreno Bonilla.»
Duval palideció. Miró a su conductor, que tenía las manos visibles en el volante, y a su guardaespaldas en el asiento delantero, que estaba valorando sus opciones.
«¿Qué quiere?» preguntó Duval finalmente.
«Que confiese. Por escrito. Con todos los detalles.»
«Está loco.»
«Quizás. Pero usted está atrapado. Y mañana, Le Monde publicará una historia que conectará todos los puntos. Con o sin su confesión.»
Duval evaluó la situación. Era un hombre de negocios, no un héroe. Su lealtad era a sí mismo, no a Micron ni a los fondos de inversión.
«¿Y si confieso? ¿Qué garantías tengo?»
«Ninguna. Pero si no lo hace, le aseguro que pasará muchos años en una cárcel española. Y créame, no son como las francesas.»
La capitulación llegó media hora después, en una gasolinera cerrada donde El Gitano había preparado una habitación en la trastienda. Duval escribió y firmó una confesión detallada, mencionando nombres, fechas, cantidades. Incluyó el papel de Moreno Bonilla, no como instigador directo, pero sí como cómplice consciente que había mirado hacia otro lado a cambio de fondos para su campaña.
Cuando terminó, Curro tomó el documento.
«Ahora, señor Duval, va a acompañarnos a Madrid. A un juzgado.»
«¿No habíamos dicho…?»
«No habíamos dicho nada. Solo que sería peor si no confesaba.»
Mientras conducían hacia Madrid, las primeras publicaciones empezaron a aparecer. Le Monde, Der Spiegel, The Guardian. La historia del «Corredor Sur» y el sabotaje de Adamuz salpicaba a media Europa.
En Sevilla, Moreno Bonilla veía las noticias en su despacho, con el rostro descompuesto. Su jefe de seguridad entró sin llamar.
«Señor presidente, el juez Ruz ha emitido una orden de comparecencia. Para usted.»
Moreno Bonilla cerró los ojos. Lo sabía. El castillo de naipes se derrumbaba.
«¿Y Duval?»
«Secuestrado, según nuestras fuentes. Por ese Jiménez.»
«Que vengan», dijo el presidente, con súbita rabia. «Que vengan a por mí. Veremos quién tiene más influencia.»
Pero incluso mientras lo decía, sabía que era una bravata. Las pruebas eran sólidas. La presión internacional, intensa. Y sus aliados franceses ya lo estaban distanciando, preparándose para sacrificar al peón español.
Capítulo 7: El precio de la verdad
La comparecencia ante el juez Ruz fue un espectáculo mediático sin precedentes en Andalucía. Curro Jiménez y su banda entregaron no solo la confesión de Duval, sino también las grabaciones de la subestación, los registros bancarios, y el testimonio de Laura Mena, que compareció valientemente a pesar de las amenazas.
Moreno Bonilla intentó negarlo todo, acusar a Jiménez de extorsión, de secuestro, de terrorismo. Pero las pruebas eran demasiado contundentes. Cuando el juez ordenó el registro de sus propiedades y la intervención de sus cuentas, el escándalo estalló definitivamente.
Los fondos sorosianos, que nunca aman la mala publicidad, cortaron todo vínculo. Micron, desde París, declaró que Duval actuaba por su cuenta, sin autorización. La traición estaba servida.
En cuanto a la banda de Curro Jiménez, las cosas no fueron tan sencillas. Habían secuestrado a un ciudadano francés, habían actuado fuera de la ley, habían tenido enfrentamientos armados. El juez Ruz, reconociendo su papel en destapar la verdad, les ofreció un trato: testificar contra los verdaderos culpables a cambio de reducción de condena.
Curro lo rechazó.
«No hemos hecho esto para salvar nuestro pellejo», dijo en la declaración que luego sería famosa. «Lo hemos hecho porque había una Dama Legionario que pidió ayuda, y esa ayuda llegó tarde, pero llegó. Que nos juzguen. La historia ya nos absolvió.»
Los medios, hambrientos de héroes en una época sin ellos, elevaron a Curro y su banda a la categoría de justicieros populares. «Los nuevos Curro Jiménez» los llamaron, recordando al bandolero romántico del siglo XIX.
Pero en la celda que compartían provisionalmente, no había romanticismo.
«¿Valió la pena?» preguntó Marcos una noche, mirando las rejas.
«Rocío Campos está muerta», dijo El Algarrobo. «Nunca valdrá la pena.»
«Pero se hizo justicia», replicó El Gitano.
«¿Justicia?» Curro sonrió, esa sonrisa cínica que era su marca. «Moreno Bonilla caerá, sí. Pero los fondos de inversión seguirán operando. Duval será extraditado a Francia, donde tendrá un buen abogado y una condena leve. Y el Corredor Sur quizás se retrase, pero al final se hará, con otro nombre, con otros testaferros.»
«Entonces ¿para qué hicimos todo esto?»
«Para que la próxima vez que un político o un empresario sin escrúpulos piense en sacrificar vidas por dinero, sepa que quizás, solo quizás, haya un grupo de locos dispuestos a plantar cara. Aunque pierdan.»
Los miró a todos, uno por uno.
«Eso es lo único que tenemos: la decisión de no doblegarnos. Rocío lo entendió. Por eso su último mensaje no fue de miedo, sino de identidad. ¡A mí la Legión! No era ‘socorro’. Era ‘recordad quiénes somos’.»
El juicio fue rápido, mediático, y parcialmente amañado. Curro y El Algarrobo recibieron condenas más duras por el secuestro. El Gitano y Marcos, por su papel secundario, obtuvieron suspensiones condicionales.
Pero la presión pública era tal que, a los seis meses, se concedió un indulto parcial. No era absolución, pero significaba salir de prisión.
El día que Curro salió, una pequeña multitud lo esperaba. Periodistas, curiosos, y algunos veteranos de la Legión que habían seguido el caso.
Entre ellos, una mujer con gafas de sol y un pañuelo en la cabeza. Laura Mena.
«Hay algo que debe ver», le dijo.
Lo llevó a un pequeño cementerio militar en las afueras de Ronda. Allí, en una tumba sencilla, una lápida decía: «Rocío Campos. Teniente de la Legión. Murió pidiendo ayuda, vivió dando ejemplo.»
Y debajo, grabado en la piedra, tres palabras: «¡A mí la Legión!»
«Su familia quiso que estuviera aquí», explicó Laura. «Y que esa fuera su epitafio.»
Curro asintió, sin decir nada. No hacía falta.
«¿Y ahora qué?» preguntó Laura después de un rato.
«Ahora», dijo Curro, «volver a la nave. Ver a los muchachos. Y esperar.»
«¿Esperar qué?»
«La próxima vez que alguien grite ‘¡A mí la Legión!’.»
Epílogo: Los que quedan
Un año después del accidente de Adamuz, Andalucía había cambiado, pero no tanto como algunos esperaban.
Moreno Bonilla estaba en prisión preventiva, esperando un juicio que parecía interminable. Su apodo «Pepe Botella» era ahora usado con desprecio incluso por sus antiguos aliados.
El proyecto Corredor Sur había sido cancelado, pero ya se hablaba de un nuevo plan, «AndaRail», con otros inversores, otras empresas. Los nombres cambiaban, los juegos de poder continuaban.
En la nave de las afueras de Ronda, la banda de Curro Jiménez se había reformado. No todos a la vez, ni con la misma frecuencia, pero seguían reuniéndose.
El Algarrobo había abierto un taller de automóviles legal, aunque seguía haciendo «trabajos especiales» para amigos.
El Gitano trabajaba como instalador de sistemas de seguridad, ironía que no pasaba desapercibida.
Marcos había terminado sus estudios y trabajaba como programador, pero dedicaba sus noches a rastrear irregularidades en contratos públicos, un justiciero digital.
Y Curro… Curro seguía siendo Curro. Un poco más viejo, un poco más cínico, pero con la misma determinación en los ojos.
Una noche de noviembre, mientras llovía de nuevo, el móvil de Marcos vibró. Era una alerta de uno de sus programas, que monitoreaba grupos de veteranos en redes oscuras.
«Jefe», dijo, mostrando la pantalla a Curro.
Era un mensaje en un foro cerrado, de un antiguo legionario que trabajaba como guardia de seguridad en una planta química en Huelva. Denunciaba vertidos ilegales, falsificación de informes, y amenazas a quienes hablaban.
Y al final, casi como una posdata, las tres palabras:
«A mí la Legión.»
Curro miró el mensaje, luego miró a los otros. El Algarrobo ya estaba poniéndose la chaqueta. El Gitano revisaba su equipo. Marcos cerraba el portátil, preparándose.
«¿Vamos?» preguntó Marcos.
Curro asintió, cogiendo su vieja chaqueta del respaldo de la silla.
«Siempre.»
Porque al final, en un mundo donde la justicia era una mercancía más, donde los poderosos jugaban con vidas como fichas, solo quedaba la hermandad. Solo quedaba la decisión de responder cuando alguien gritaba auxilio.
Solo quedaba la Legión, esa que no estaba en los cuarteles, sino en la conciencia de los que aún creían que algunas cosas valían más que la comodidad, más que la seguridad, más que la vida misma.
Y fuera, bajo la lluvia que limpiaba—pero no lo suficiente—las calles de Andalucía, la furgoneta arrancó hacia otra batalla en una guerra que nunca terminaría.
Porque mientras hubiera una Dama Legionario pidiendo ayuda, habría alguien respondiendo.
A mí la Legión.
Este relato ha sido creado por DeepSeek de esta manera:
es un accidente ferroviario con retraso en un mensaje de WhatsApp que desencadena una misión de justicia. Hay elementos políticos satíricos (Moreno Bonilla como «Pepe Botella», alusiones a Macron y Soros) y una banda de personajes tipo Curro Jiménez.
Primero, debo estructurar la novela en 7 capítulos más epílogo, total 7000 palabras. El tono debe ser ácido, con diálogos cortantes y descripciones crudas. La trama mezcla misterio del accidente, corrupción política y una banda de justicieros marginales.
El mensaje retrasado es un buen recurso narrativo: permite crear tensión desde el inicio. La banda Curro Jiménez debe tener perfiles reconocibles pero con twist cínico: no son héroes románticos, sino tipos desencantados que actúan por despecho.
Los villanos son políticos corruptos estilo «PSOE azul», con chanchullos de comisiones. El accidente ferroviario no es casual: hay negligencia encubierta por sobornos. La investigación de la banda debería revelar capas de podredumbre, pero sin caer en maniqueísmo – todos deben tener sombras.
Para el estilo, usaré frases breves, metáforas grotescas (ej: «el sudor oliendo a derrota») y saltos temporales. El epílogo debe dejar resabio amargo: quizá los culpables no paguen plenamente, solo los peones.
Los nombres de los capítulos pueden ser irónicos, como «Estrategia en el bar de la estafa» o «Damasco para traidores». El título largo ya da el tono: mezcla lo épico-legionario con lo banal-WhatsApp, perfecto para el cinismo.
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