La Jueza del Juzgado Nº 2 de Montoro, María del Carmen Troyano, es reemplazada en un plis plas
Capítulo 1: El atestado que pesaba como un tren
La tarde olía a azahar y polvo de caminos rurales. En el Juzgado de Instrucción nº 2 de Montoro, un edificio que había visto décadas de pleitos menores, disputas vecinales y alguna que otra tragedia local, la jueza María del Carmen Troyano revisaba con meticulosidad de relojera suizaviejos expedientes. Llevaba quince años en ese mismo despacho, heredando el cargo tras su predecesor, don Jerónimo, que se había jubilado con parkinson y una sospecha generalizada de haber absuelto a medio pueblo por pura afonía.
María del Carmen era de esa estirpe de jueces de pueblo que conocían no solo la ley, sino los apellidos, los rencores y los secretos inconfesables de cada familia. Troyano. Un apellido que resonaba en media Andalucía como sinónimo de terquedad honrada. Su madre, Francisca Troyano Caparrós, granadina de pura cepa, le había inculcado que «la justicia es como el gazpacho: si le faltan sus ingredientes, es solo agua con vinagre». Su abuela, Francisca Caparrós Galindo, de Baza, le había legado la mirada penetrante que distinguía al mentiroso por el parpadeo.
Sonó el teléfono. Era el cabo Rivero, de la Guardia Civil de Adamuz. «Señoría, tenemos el atestado del accidente ferroviario. El de la vía muerta». Un descarrilamiento menor, sin víctimas, pero con un vagón de mercancías volcado que había retrasado el tráfico durante horas. Un asunto rutinario. O eso parecía.
—Tráigamelo, cabo. Mañana a primera hora.
Al día siguiente, el cabo, un hombre serio con bigote recortado con precisión geométrica, dejó sobre su mesa una carpeta marrón, abultada. «Aquí está todo, señoría». María del Carmen asintió. Cuando el guardia civil se fue, abrió la carpeta. Comenzó a leer los informes técnicos, las declaraciones de los maquinistas, los croquis… Y entonces encontró las fotografías. Y unos anexos de logística de la empresa ferroviaria, ADIF, que no cuadraban. El vagón volcado transportaba componentes electrónicos, según el manifiesto. Pero en las fotos, entre los restos retorcidos, se veían cajas rotas con logotipos borrosos, sí, pero reconocibles para quien supiera mirar: material de vigilancia de alta gama. Del tipo que usa el CNI.
Y había más. Un informe de señales, alterado de forma burda. Una hora clave tachada y reescrita. Y un nombre, repetido en comunicaciones internas de la empresa que no deberían estar ahí: «Proyecto Argos». Un nombre que a María del Carmen le sonó. Lo había leído en un sumario confidencial años atrás, relacionado con fondos europeos desviados.
Pasó toda la mañana conectando puntos. Su instinto, ese «saber hacer» troyano, olía a podrido. Esto no era un simple accidente. Era un encubrimiento torpe, pero con la suficiente insolencia como para pensar que nadie en un juzgado de segunda de Montoro se daría cuenta.
Se equivocaban.
Capítulo 2: Un plis plas ministerial
María del Carmen pasó la noche en vela, haciendo llamadas discretas a compañeros de la carrera, a un ingeniero ferroviario retirado, cruzando datos. Para cuando el sol iluminó los naranjos de la plaza del ayuntamiento, tenía un esquema claro: el accidente había sido una operación de trasvase de material sensible, ilegal, camuflada bajo una negligencia operativa. Y alguien con poder había ordenado el maquillaje del atestado, pensando que la burocracia lo absorbería.
A las 10:00 de la mañana, redactó un auto. No de archivo, sino de incoación de diligencias previas por posible delito de falsedad documental, malversación de caudales públicos y contra la seguridad del tráfico. Ordenaba la comparecencia de varios responsables de ADIF y pedía informes a Interior. Lo firmó con su rúbrica firme y lo envió por vía telemática.
A las 12:47, su secretario judicial, un hombre pálido llamado Luciano, entró en el despacho con cara de susto.
—Señoría, llamada del Ministerio de Justicia. Para usted. Urgente.
María del Carmen alzó la ceja. Tomó el teléfono.
—Jueza Troyano.
—Buenos días, señoría. Habla la Subsecretaría de Justicia. Tenemos comunicación urgente. Por indicación de la Secretaría de Estado, y en el marco de un reajuste de eficiencia en la carrera judicial, se ha decidido un relevo en la titularidad del Juzgado de Instrucción nº 2 de Montoro. Queda usted relevada de su cargo con efecto inmediato. Deberá hacer entrega de la gestión a las nuevas titulares en el día de hoy.
María del Carmen no pestañeó. El cinismo, ese viejo amigo del poder, le susurraba al oído: Te dije que olieras el gazpacho antes de removerlo.
—¿Inmediato? ¿Con qué fundamento legal? ¿Y mi sustitución?
—Todo está en orden, señoría. La sustitución recae en las licenciadas Doña Carla Solís y Doña Aitana Marín, que llegarán esta tarde. Le agradecemos su servicio. Buenos días.
Clic.
La llamada había durado cuarenta segundos. Un récord de eficiencia gubernamental. María del Carmen colgó y miró por la ventana. Un plis plas. Como quien cambia un sello roto.
—Luciano —dijo sin volverse—. Prepáreme el inventario. Nos visitan dos jóvenes promesas.
Capítulo 3: Las licenciadas
Llegaron a las cinco de la tarde, en un coche blanco último modelo. Carla Solís y Aitana Marín no superaban los veintiocho años. Traían trajes chaqueta impecables, tabletas de última generación y una sonrisa que era más un protocolo que una expresión. Saludaron con una cordialidad distante.
—Es un honor tomar el relevo de una jueza con su trayectoria —dijo Carla, la que parecía llevar la voz cantante.
—El Ministerio nos ha urgido a una transición ágil —añadió Aitana—. Hay que modernizar la justicia, dinamizarla.
María del Carmen les mostró el despacho, los armarios con los expedientes, el sistema informático. Les indicó la carpeta marrón sobre la mesa, la del atestado de Adamuz.
—Este es el asunto más urgente. Acabo de incoar diligencias. Requiere seguimiento inmediato.
Carla intercambió una mirada rápida con Aitana.
—No se preocupe, señoría Troyano. Nosotras nos haremos cargo de todo. Con una mirada fresca.
—La mirada fresca está bien —replicó María del Carmen, secamente—, pero no borra las manchas viejas. Lean ese atestado con lupa. Hay algo que huele mal.
—Toda la confianza en los cuerpos policiales, por supuesto —sonrió Aitana, con una condescendencia que hizo hervir la sangre troyana de María del Carmen.
La entrega se completó en menos de dos horas. Al salir, María del Carmen cargó en una caja de cartón sus personales: una foto de su madre y su abuela, un diccionario jurídico de tapas gastadas, una taza con el escudo de Granada. Luciano la acompañó a la puerta, apesadumbrado.
—Esto no está bien, señoría.
—Lo sé, Luciano. Pero la ley es a veces lo que dicen los que mandan, no lo que está escrito. Cuídese.
Mientras arrancaba su coche, viejo y fiel, vio por el retrovisor a las dos jóvenes abogadas observándola desde la ventana del despacho. No parecían malvadas. Parecían herramientas, pulidas e ignorantes de su propia filo.
Capítulo 4: El archivo exprés
Carla Solís cerró la persiana y suspiró.
—Vale. ¿Empezamos por lo del tren?
Aitana ya tenía la carpeta marrón abierta.
—No. Empezamos por lo que nos dijo el Asesor. «Archivar sin llamar la atención». Esto no ha llegado aquí.
—Pero la jueza ya incoó diligencias… —objetó Carla, con un atisbo de profesionalidad.
—Que ahora somos nosotras las juezas. Y nosotras tenemos instrucciones claras. El Proyecto Argos es asunto de Estado. Nosotras somos el tapón.
Carla dudó. Había salido de la facultad con ideales, con la intención de cambiar el sistema desde dentro. Pero también con una deuda de matrícula de máster que le oprimía el pecho. Y la llamada del Ministerio, la promesa de una carrera rápida… Era una oportunidad única.
—¿Y si hay algo ilegal?
—Entonces es una ilegalidad autorizada —sentenció Aitana, sacando un sello—. Y nuestra labor es no verla. ¿O quieres terminar como la Troyano, guardando fotos familiares en una caja de cartón?
Trabajaron hasta tarde. Redactaron un auto de sobreseimiento provisional. Argumentaron «falta de indicios racionales de criminalidad», «idoneidad de la investigación administrativa interna» y «ausencia de interés jurisdiccional». Un galimatías jurídico perfecto. Lo firmaron ambas. A la mañana siguiente, el auto estaba registrado. El atestado de Adamuz, junto con las sospechas de María del Carmen, quedaba enterrado en un archivo digital, protegido por contraseñas y complicidad.
El procedimiento había durado menos de cuarenta y ocho horas desde la llegada de las nuevas titulares. Un nuevo récord de eficiencia.
Capítulo 5: La sombra de los Troyano
María del Carmen no se fue a su casa a lamentarse. Fue a Granada. A la casa de su madre, Francisca, en el Albaicín. La anciana, de más de ochenta años, pero con ojos que conservaban la luminosidad de la sierra, la recibió en el patio, entre macetas de geranios.
—Te quitaron el mando, hija —dijo, sin preámbulos, sirviendo té.
—Me lo quitaron, madre. Por husmear donde no debía.
—Los Troyano siempre hemos husmeado. Es nuestro sino. Tu abuela Francisca desenmascaró a un cacique en Baza con solo mirar sus cuentas del molino. Le costó el destierro social, pero durmió tranquila.
—Yo no sé si dormiré tranquila.
—Eso ya lo decidirás tú. Pero no te han vencido. Solo te han apartado. Y un Troyano apartado es un Troyano con tiempo para cavar.
Francisca le pasó una libreta antigua. En ella, en letra pulcra, había nombres, fechas, relaciones. «La red de favores de Andalucía, hija. No todo está en los ordenadores del ministerio. Algunos hilos son de sangre, de tierra, de silencio».
María del Carmen pasó días en aquel patio, llamando a primos lejanos, a antiguos compañeros de la judicatura que debían favores a la familia, a periodistas investigativos que desconfiaban de las versiones oficiales. Reconstruyó, desde fuera, la trama del Proyecto Argos: era un sistema de vigilancia ilegal financiado con fondos europeos para infraestructuras, desviados mediante sobrecostes en obras ferroviarias. El accidente de Adamuz había sido un traslado de equipo que salió mal. Y alguien muy alto había dado la orden de taparlo.
Tenía nombres. Pero sin un juzgado, sin competencia, eran solo palabras. Así que hizo lo único que podía hacer: escribió un relato pormenorizado, con documentos anexos que había logrado conseguir, y lo envió a un amigo magistrado del Tribunal Supremo, hombre íntegro y viejo lobo. No para que actuara, sino para que supiera. Para que, si alguna vez el caso saltaba por otro lado, él tuviera el mapa completo.
En el sobre, puso una nota: «Para cuando la justicia deje de ser un plis plas».
Epílogo: El ruido y la furia
Seis meses después, en el Juzgado nº 2 de Montoro, Carla y Aitana habían ganado fama de eficaces. Los expedientes volaban, los archivos crecían, y desde Madrid les sonreían. Una tarde, Carla, revisando el archivo histórico digital, encontró una copia de seguridad oculta. Era el auto original de María del Carmen Troyano, el que incoaba las diligencias. Alguien (quizás Luciano, el secretario) lo había guardado allí.
Carla lo leyó. Y por primera vez, vio los hilos que conectaban. Los nombres que asomaban. El alcance de lo que habían archivado. Sintió un vacío en el estómago. Miró a Aitana, que hablaba por teléfono riendo con alguien del ministerio.
—Aitana —dijo, al colgar—. Nos equivocamos.
Aitana la miró, fría.
—No. Acertamos. Ten carrera, futuro, reconocimiento. La otra opción era el ostracismo. Como la vieja.
Carla asintió, mecánicamente. Pero esa noche no durmió. Soñó con una mujer mayor, con ojos de sierra, que la miraba desde un patio lleno de geranios, en silencio. Y con otra mujer, más joven, enterrando una verdad en una caja de cartón.
A la mañana siguiente, siguió trabajando. Pero ya no sonreía con tanta facilidad. Había aprendido, demasiado tarde, que en el género negro no son los malos los que ganan, sino los que mejor silban mientras la justicia pasa de largo. Y ella, ahora, silbaba muy bien.
Mientras, en Granada, María del Carmen paseaba con su madre por la cuesta del Chapiz. Sabía que probablemente no vería el caso resuelto en su vida. Pero también sabía que había plantado una semilla en tierra fértil. Y los Troyano, como los olivos viejos, sabían esperar. Porque el «saber hacer» no era solo actuar. Era, sobre todo, recordar. Y ella recordaría. Y su madre recordaría. Y su abuela, desde algún lugar de la historia y la tierra de Baza, también.
El gobierno de Pedro Sánchez no quiso saber nada. Y la fulminó. Pero la fulminación, a veces, no es el final. Es el primer capítulo de una leyenda negra que se cuenta en susurros, entre azahar y polvo, en los juzgados de pueblo y los patios andaluces, donde la justicia, a veces, tarda en llegar, pero nunca se olvida del todo.
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