El ingeniero de caminos Aquiles Troyano predijo el accidente de Adamuz

Capítulo 1

Aquiles Troyano miró los planos extendidos sobre su mesa como quien observa un cadáver en la mesa de autopsias. Las líneas azules y rojas que trazaban el tramo del AVE entre Córdoba y Jaén no mentían, pero ocultaban verdades más profundas, como un maquillaje aplicado sobre un rostro descompuesto. Su dedo índice, calloso por años de manejar reglas y escalímetros, se detuvo sobre la curva que precedía al viaducto de Adamuz.

—Aquí —murmuró para sí mismo, aunque en la oficina no había nadie más—. Justo aquí van a morir personas.

El aire acondicionado zumbaba con un sonido enfermizo, como si también él protestara contra los recortes de mantenimiento. En el Ministerio, las partidas para revisiones de seguridad habían sido redirigidas hacia partidas menos visibles pero más políticamente útiles: inauguraciones, actos públicos, consultorías externas a empresas amigas. Aquiles conocía el baile de los números desde hacía veintitrés años, tiempo suficiente para distinguir entre un error de cálculo y un crimen premeditado.

Su teléfono vibró. Un mensaje de su jefe directo, Ramírez: Reunión en mi despacho. 11:00. Asunto: optimización de recursos.

Optimización. La palabra le producía urticaria. En el diccionario ministerial, significaba recortar donde no se viera hasta que la tragedia hiciera visible lo invisible.

Al pasar por el pasillo, los rostros jóvenes de los ingenieros recién llegados brillaban con esa fe burocrática de quien aún cree que las normas se cumplen. Aquiles recordaba haber tenido esa luz en los ojos, extinguida gradualmente por informes archivados, recomendaciones ignoradas, presupuestos desviados.

—Troyano, pase —la voz de Ramírez sonó desde dentro antes de que Aquiles tocara la puerta.

El despacho olía a café caro y ambición barata. Ramírez, con su sonrisa de funcionario ascendente, señaló una silla.

—Aquiles, necesitamos tu firma en el informe final del tramo Córdoba-Jaén.

—No puedo firmarlo —respondió Aquiles, sin sentarse—. Los estudios geotécnicos son insuficientes. La cimentación del viaducto de Adamuz no soportará las velocidades previstas. Hay margen de error superior al treinta por ciento.

Ramírez dejó escapar un suspiro de paciencia agotada.

—Los estudios han sido validados por la consultora externa.

—Sí, Geotécnicas del Sur, S.L. —Aquiles no pudo evitar que el cinismo tiñera su voz—. La misma cuyo director es el cuñado del Subsecretario.

—Las coincidencias familiares no invalidan los informes —replicó Ramírez, pero sus ojos evitaban los de Aquiles—. Además, los plazos son ajustados. La inauguración está prevista para el mes que viene, con presencia ministerial.

—Prefiero una inauguración retrasada que un funeral anticipado.

Ramírez se levantó, acercándose a la ventana que daba al tráfico de Madrid.

—Aquiles, llevas años aquí. Sabes cómo funcionan las cosas. A veces hay que flexibilizar criterios por el bien mayor.

—¿Qué bien mayor? ¿El de los bolsillos de los contratistas o el de los ciudadanos que usarán ese tren?

—No te hagas el héroe —dijo Ramírez, volviéndose—. Si no firmas, encontrarán a alguien que lo haga. Y tu carrera, tan cerca de la jubilación, podría sufrir un… inconveniente prematuro.

La amenaza flotó en el aire, tan palpable como el humo que Ramírez exhaló de su cigarro electrónico. Aquiles miró las fotografías en la pared: Ramírez con políticos, Ramírez en inauguraciones, Ramírez recibiendo medallas.

—¿Cuánto te han ofrecido? —preguntó Aquiles, con una calma que le sorprendió a sí mismo.

Ramírez palideció ligeramente.

—No sé de qué hablas.

—Hablo de las transferencias a esa cuenta en Andorra. Hablo de los terrenos comprados a precio de ganga junto a la futura estación de Linares. Hablo de…

—Salga de mi despacho —cortó Ramírez, con la voz un octavo más alta—. Y considere sus opciones cuidadosamente, Troyano. No todos tenemos el lujo de la integridad.

Al regresar a su oficina, Aquiles abrió el cajón inferior de su mesa. Entre carpetas polvorientas encontró una libreta negra, idéntica a las que usaba durante sus primeros años en el Ministerio. La abrió por la primera página. Allí, escrito con su letra de entonces, más optimista, más recta, leía: «Para registrar solo verdades, por incómodas que sean.»

Hoy escribiría la verdad número mil ciento cuarenta y siete: «El viaducto de Adamuz caerá. Y yo sé por qué.»

Capítulo 2

El bar «La Curva» olía a fritura y derrota. Aquiles eligió la mesa del fondo, donde la luz escasa ocultaba mejor las arrugas de preocupación en su rostro. A las ocho en punto, la puerta se abrió dejando entrar a Luis Toribio.

Toribio vestía como siempre: traje de lana oscura, algo pasado de moda pero impecablemente planchado. Sus sesenta y cinco años parecían cincuenta, como si el conocimiento de las miserias humanas actuara como conservante. Se deslizó en la silla frente a Aquiles sin hacer ruido.

—Has llamado —dijo Toribio, sin preámbulos—. Cuando llamas, suele significar que has encontrado otra cloaca.

—Más profunda esta vez —respondió Aquiles, haciendo señas al camarero para dos cervezas—. Y van a matar gente.

Toribio asintió lentamente, como si Aquiles le hubiera informado de la previsión meteorológica. Durante veinte años, Toribio había sido el investigador interno del Ministerio, hasta que «reorganizaciones presupuestarias» le apartaron a un puesto testimonial. Su oficina actual era un sótano sin ventanas donde archivaban expedientes que jamás serían consultados. Allí había aprendido que la corrupción no es un tumor, sino el sistema circulatorio mismo del poder.

—Cuéntame —dijo Toribio, tras el primer sorbo de cerveza.

Aquiles desplegó copias de documentos sobre la mesa pegajosa. Informes geotécnicos alterados, certificados de materiales firmados sin controles, actas de inspección con firmas falsificadas.

—Todo apunta a una cadena —explicó Aquiles, señalando nombres con el dedo—. El contratista principal subcontrata a una empresa fantasma, que a su vez compra acero de baja calidad a un proveedor chino. Los certificados de calidad son falsos. Los controles, inexistentes. Y el Ministerio hace la vista gorda porque hay demasiados intereses en juego.

—¿Cuánto acero defectuoso? —preguntó Toribio, sus ojos escudriñando los números.

—Setenta y dos vigas pretensadas en el viaducto de Adamuz. Con las tensiones previstas para el AVE, la fatiga del material aparecerá entre los seis y dieciocho meses. Pero hay un tramo, aquí —Aquiles señaló un punto en los planos—, donde un terreno inestable agrava el riesgo. Podría colapsar antes, con el tren a velocidad máxima.

Toribio silbó suavemente.

—¿Y Ramírez?

—Amenazó con arruinarme si no firmo el informe final. Y no está solo. He seguido el rastro del dinero —Aquiles sacó otra hoja—. Transferencias desde paraísos fiscales a cuentas de altos cargos. Compras de propiedades a nombres de testaferros. Incluso…

—¿Qué?

—Hay un diputado implicado. De la comisión de infraestructuras.

Toribio dejó la cerveza a medio beber.

—Eso complica las cosas. Los políticos tienen inmunidad hasta donde les conviene.

—Lo sé. Por eso vine a ti. Necesito saber a quién más puedo acudir. Periodistas, jueces…

Toribio rio, un sonido seco y amargo.

—Periodistas que dependen de la publicidad oficial. Jueces cuyas carreras deciden comités políticos. Aquiles, ¿todavía no lo entiendes? El sistema no está roto; funciona exactamente como fue diseñado: para proteger a los de dentro.

—Entonces ¿qué hacemos? ¿Dejamos que mueran personas?

—No —Toribio se inclinó hacia adelante, bajando la voz—. Documentamos todo. Pero no para denunciarlo ahora. Para cuando ocurra el accidente.

Aquiles retrocedió, horrorizado.

—¿Estás sugiriendo que esperemos a que haya víctimas?

—Estoy sugiriendo que sin víctimas, esto será otro expediente archivado. Una investigación superficial, unos cuantos traslados de destino, y todo seguirá igual. Pero con muertos sobre la mesa, la presión será insostenible. La prensa no podrá ignorarlo, los jueces no podrán archivarlo tan fácilmente.

—Es cínico.

—Es realista —corrigió Toribio—. Llevo treinta años viendo cómo funciona. Denuncias sin víctimas son papel mojado. Con víctimas, se convierten en escándalo. Y solo los escándalos grandes derriban muros.

Aquiles miró sus manos, las mismas que habían firmado cientos de informes a lo largo de años. Manos que ahora temblaban ligeramente.

—No puedo ser cómplice con mi silencio.

—No serás cómplice —dijo Toribio—. Serás profeta. Documenta todo, haz copias, guárdalas en lugares seguros. Y cuando ocurra, estarás listo. Mientras tanto, sigue advirtiendo, por escrito, con copia a todos los niveles. Crea un rastro de papel que nadie pueda ignorar después.

El plan tenía una lógica perversa que repugnaba a Aquiles pero que reconocía como probablemente efectiva. La ética chocaba contra la pragmática, y en ese choque, siempre ganaba la segunda.

—Hay otra cosa —añadió Toribio—. Si empiezas a hacer ruido, te vigilarán. Tus llamadas, tu correo, tus movimientos. Necesitas un canal seguro.

Toribio deslizó un teléfono viejo por la mesa.

—Prepago. Sin registro. Mi número está guardado. Úsalo solo para esto.

Aquiles cogió el teléfono, sintiendo su peso como si fuera de plomo.

—¿Y si intentan detenerme antes? ¿O algo peor?

Toribio terminó su cerveza antes de responder.

—Entonces tu desaparición será la primera prueba. Pero no te preocupes, a ellos no les conviene el martirio. Prefieren el desprestigio. Intentarán hacerte parecer un loco, un amargado, un incompetente. Tu tarea es dejar tanto rastro que incluso eso les resulte difícil.

Al salir del bar, la noche madrileña envolvía a Aquiles en un manto de indiferencia urbana. Caminó unas calles antes de meterse en el metro, mirando ocasionalmente atrás por si alguien le seguía. Paranoia, se dijo. Pero en el Ministerio, la paranoia era solo otro nombre para la precaución.

Capítulo 3

La mañana siguiente encontró a Aquiles ante su ordenador, redactando el informe que sabía que nadie leería con atención. Cada palabra era cuidadosamente elegida, cada advertencia específica, cada riesgo cuantificado. Imprimió diez copias, las firmó, y las envió por correo interno a: el Director General, el Subsecretario, el Secretario de Estado, el Ministro, la Oficina de Prevención de Riesgos Laborales, el Comité de Seguridad, la Inspección General de Obras Públicas, y tres copias adicionales para archivo.

Luego, tomó su libreta negra y copió minuciosamente cada destinatario y cada hora de envío. En la última página, escribió: «Si este informe es ignorado y ocurre una tragedia, la responsabilidad será de quienes hoy lo reciben y no actúan.»

A media mañana, recibió una llamada.

—Troyano, soy del Gabinete del Ministro —dijo una voz femenina, profesional y fría—. Hemos recibido su informe. Le agradecemos su diligencia, pero le informamos que todos los aspectos que menciona han sido ya considerados y resueltos por los órganos competentes.

—¿Qué órganos competentes? —preguntó Aquiles—. ¿Puedo tener acceso a sus informes?

—Esa información es interna —respondió la voz, con un tono que indicaba que la conversación había terminado—. Solo queríamos informarle de que su preocupación ha sido registrada. Buen día.

Colgó antes de que Aquiles pudiera decir nada más. Registrada. La palabra más peligrosa del vocabulario burocrático, porque significaba «archivada» sin sonar tan definitiva.

A lo largo del día, notó pequeños cambios en su entorno. Su asistente, normalmente conversadora, evitaba su mirada. Dos personas de sistemas pasaron por su oficina «revisando la conexión de red», aunque Aquiles no había reportado problemas. Y cuando fue a la cafetería, el grupo de ingenieros jóvenes que solía saludarle conversaba en voz baja y dejó de hablar cuando se acercó.

El aislamiento era la primera fase. Lo había visto antes con otros colegas que se habían vuelve «problemáticos». Primero el distanciamiento social, luego la asignación de tareas irrelevantes, finalmente el traslado forzoso a un departamento sin ventanas ni influencia.

A última hora, Ramírez apareció en su oficina sin tocar.

—Aquiles, he pensado en lo que hablamos —dijo, con una sonrisa que no llegaba a los ojos—. Tal vez te vendría bien un cambio de aires. Hay una plaza en la delegación de Huelva, supervisando mantenimiento de carreteras secundarias. Podrías solicitarla.

—No estoy interesado —respondió Aquiles, sin levantar la vista de sus papeles.

—No era una sugerencia —la voz de Ramírez perdió toda pretensión de amabilidad—. Es una oportunidad para que termines tu carrera con tranquilidad, lejos de… tensiones innecesarias.

—Prefiero las tensiones a la complicidad.

Ramírez dio un paso al interior de la oficina y cerró la puerta.

—Mira, Aquiles, sé que crees que estás haciendo lo correcto. Pero hay fuerzas en juego que no comprendes. Personas importantes han invertido mucho en este proyecto. No permitirán que un ingeniero a punto de jubilarse lo eche todo a perder.

—¿Más importantes que las vidas de los pasajeros?

—En el balance final, sí —dijo Ramírez, con una franqueza que sorprendió a Aquiles—. Unas cuantas vidas, si es que llega a ocurrir algo, que es poco probable, pesan menos que miles de millones de inversión, cientos de puestos de trabajo, y la reputación de este gobierno. Es matemática pura.

Aquiles miró fijamente a Ramírez, viendo en sus ojos la certeza del que nunca ha dudado de su posición en el mundo.

—Salga de mi oficina —dijo finalmente, con una calma que disimulaba el temblor interior.

Cuando Ramírez se hubo ido, Aquiles tomó el teléfono prepago que Toribio le había dado y envió un mensaje: «La presión aumenta. Necesito guardar copias fuera.»

La respuesta llegó minutos después: «Esta noche. Biblioteca Nacional. Sala de investigadores. Mesa 24. Deja un sobre en el libro ‘Tratado de ingeniería civil’, edición 1978.»

Aquiles pasó la tarde preparando una memoria USB con todos los documentos, fotos de planos alterados, capturas de correos, y su propio diario detallando cada paso de su descubrimiento. Al salir del Ministerio, notó un coche gris estacionado frente a la entrada con dos hombres dentro. Cuando empezó a caminar, el coche arrancó lentamente, siguiéndole a distancia.

Toribio había previsto esto. En su mensaje, había incluido instrucciones: «Si te siguen, ve al centro comercial de Callao. Entra, toma el ascensor hasta el parking, cambia de ropa en los baños, sale por la entrada de servicio.»

Funcionó. Cuando Aquiles emergió por la puerta trasera con una gorra y una chaqueta diferentes, el coche gris aún esperaba en la entrada principal. Tomó un taxi hasta la Biblioteca Nacional.

La sala de investigadores estaba casi vacía a esa hora. Encontró el volumen indicado, un tomo polvoriento que parecía no haber sido consultado en décadas. Deslizó el sobre dentro, junto con la memoria USB. Al salir, un hombre mayor leyendo un periódico en un rincón asintió levemente. Toribio, o alguien de su confianza.

En el taxi de regreso a casa, Aquiles pensó en su hija, estudiante en Barcelona. Hacía semanas que no hablaban, ocupada ella con sus exámenes, él con su cruzada personal. Quizás debería llamarla, solo para oír su voz. Pero no quiso involucrarla, ni ponerla en riesgo.

Al llegar a su edificio, el portero le detuvo.

—Don Aquiles, han estado aquí dos hombres preguntando por usted. De la policía, dijeron.

—¿Dejaron nombre o número?

—No, pero dijeron que volverían.

En su apartamento, Aquiles revisó cada habitación, buscando signos de intrusión. Todo parecía en orden, pero algo se sentía diferente, como si el aire hubiera sido alterado. Su ordenador estaba apagado, pero la luz del router parpadeaba con un ritmo inusual. ¿Estaban monitoreando su conexión? Probablemente.

Se sirvió un whisky, algo que casi nunca hacía entre semana, y se sentó en la oscuridad del salón. Por primera vez en meses, dudó. Quizás Ramírez tenía razón. ¿Valía la pena sacrificar su carrera, su tranquilidad, quizás su libertad, por un principio? ¿Era la integridad un lujo que solo podían permitirse los que no tenían nada que perder?

Pero luego recordó los planos, las cifras de resistencia del acero, los cálculos de fatiga del material. Y supo que, aunque intentara convencerse de lo contrario, no podría vivir con el conocimiento de que había callado.

Bebió el whisky de un trago, sintiendo el calor bajar por su garganta. Mañana sería otro día, con nuevas batallas. Y él estaría allí, librando cada una hasta el final, aunque supiera de antemano que iba a perderlas todas.

Capítulo 4

La delegación de Huelva olía a salitre y resignación. Aquiles observó desde su nueva oficina —una habitación rectangular con ventana a un patio de luces— cómo una gaviota se posaba en el alféizar. Habían pasado tres semanas desde su «traslado voluntario», eufemismo para un destierro profesional.

Ramírez había sido eficiente. En cuarenta y ocho horas, el traslado estaba firmado, sustituto asignado en Madrid, y sus pertenencias enviadas por mensajería. El mensaje era claro: fuera de la capital, fuera del camino, fuera de la historia.

Su nuevo jefe, un hombre llamado Mendoza de unos cincuenta años con cara de no haberse sorprendido nunca, le había recibido con una palmada en la espalda y una sonrisa condescendiente.

—Por aquí las cosas son más tranquilas, Troyano. Nada de AVE ni grandes proyectos. Carreteras comarcales, mantenimiento de puentes menores. Lo básico.

Lo básico. Aquiles pronto entendió que «lo básico» significaba también presupuestos reducidos, personal mínimo, y expectativas nulas. Su primera tarea había sido revisar los informes de grietas en un puente sobre el río Tinto, construido en los años sesenta y no renovado desde entonces. Cuando preguntó por el presupuesto para reparaciones, Mendoza se encogió de hombros.

—Esa partida se recortó el año pasado. Documenta el deterioro y archívalo. Si se cae, ya pediremos fondos de emergencia.

La misma lógica perversa: prevenir era caro, lamentar era financiable. Aquiles pensó en Adamuz, en las vigas defectuosas, en el tren que pronto circularía a trescientos kilómetros por hora sobre un viaducto condenado. Desde Huelva, a cientos de kilómetros de distancia, se sentía más impotente que nunca.

Por las noches, en el pequeño apartamento que alquilaba cerca de la playa, usaba el teléfono prepago para comunicarse con Toribio.

—No puedo hacer nada desde aquí —dijo en una de sus conversaciones—. Me han neutralizado.

—No exactamente —respondió Toribio—. Desde Madrid eras una amenaza visible. Desde Huelva, eres invisible. Y lo invisible puede mover hilos.

—¿Qué hilos?

—He contactado con un periodista de investigación. Trabaja para un medio digital pequeño, sin deudas con el poder. Se llama Marcos Vidal. Quiere conocerte.

—¿Es seguro?

—Nada es seguro. Pero es nuestra mejor opción.

Quedaron en encontrarse en Sevilla, a medio camino entre Huelva y Madrid. Aquiles pidió un día de permiso por «asuntos personales», y Mendoza se lo concedió con esa sonrisa de quien piensa que los asuntos personales de un hombre cerca de la jubilación probablemente incluyen visitas al médico.

El lugar de encuentro fue el Archivo de Indias, entre turistas y estudiantes. Toribio estaba allí, junto a un hombre más joven, de unos cuarenta años, con gafas y una mochila gastada.

—Aquiles Troyano, Marcos Vidal —presentó Toribio.

Vidal estrechó su mano con firmeza.

—Toribio me ha contado lo esencial. Necesito ver los documentos.

—¿Qué garantías tengo de que publicará lo que encontremos? —preguntó Aquiles, midiendo al periodista.

—Ninguna —respondió Vidal, con franqueza—. Solo mi palabra. Pero si busca garantías, está en el negocio equivocado. Esto es periodismo, no notarial.

Aquiles asintió, reconociendo en el hombre la misma desilusión pragmática que había visto en Toribio. Sacó una memoria USB de su bolsillo.

—Aquí está todo. Informes técnicos, transferencias bancarias, nombres, fechas. Y mis predicciones sobre el viaducto de Adamuz.

Vidal cogió la memoria como si pesara más que su tamaño sugería.

—¿Predicciones o certezas?

—En ingeniería, con estos datos, son certezas —dijo Aquiles—. El único factor desconocido es cuándo exactamente fallará. Mis cálculos dan una ventana entre seis y dieciocho meses desde la inauguración.

—¿Y la inauguración es…?

—En quince días. El ministro estará allí, con todo el despliegue mediático.

Vidal guardó la memoria en un compartimento interno de su mochila.

—Voy a verificar todo esto. Si se confirma, publicaré una serie de artículos. El primero, justo después de la inauguración. No antes.

—¿Por qué no antes? —preguntó Aquiles—. Podríamos evitar…

—No evitaríamos nada —interrumpió Vidal—. Sin pruebas publicadas, sería su palabra contra la del Ministerio. Y ya sabe quién ganaría. Pero con el tren funcionando, cada día que pase será una confirmación de nuestras advertencias. Y cuando falle…

—Habrá muertos —terminó Aquiles, con amargura.

—Sí —asintió Vidal, sin apartar la mirada—. Y con muertos, la gente prestará atención. Es triste, pero es así.

Aquiles miró a Toribio, buscando desaprobación, pero solo encontró resignación. Ambos periodistas, cada uno en su campo, habían llegado a la misma conclusión: solo el desastre movilizaba a la sociedad.

—Hay algo más —añadió Aquiles—. Cuando empecé a investigar, recibí una visita. Dos hombres que dijeron ser de la policía, pero sin identificación. Y en mi ordenador, hay signos de que alguien ha instalado software de monitorización.

Vidal anotó en una libreta.

—¿Ha notado algo más? ¿Llamadas extrañas? ¿Personas siguiéndole?

—En Madrid sí. Aquí en Huelva, no. Supongo que no me consideran una amenaza desde la periferia.

—No subestime su capacidad para subestimarle —dijo Toribio, por primera vez en la conversación—. Siguen vigilándole, pero a distancia. No quieren mártires, pero tampoco quieren sorpresas.

Acordaron un protocolo de comunicación: mensajes cifrados a través de una plataforma segura, encuentros mensuales en lugares públicos diferentes. Vidal se despidió primero, desapareciendo entre las hileras de documentos históricos.

Cuando se quedaron solos, Toribio puso una mano en el hombro de Aquiles.

—Lo sé —dijo, como si leyera sus pensamientos—. Se siente sucio. Como si estuviéramos conspirando para que ocurra una tragedia en lugar de evitarla.

—Exactamente.

—Pero piénsalo: hemos intentado la vía oficial. Tus informes, mis denuncias anteriores. El sistema tiene anticuerpos contra la verdad. Solo un shock lo fuerte puede hacerlo reaccionar.

—Eso no lo hace menos repugnante.

—No —admitió Toribio—. Solo lo hace necesario.

En el tren de regreso a Huelva, Aquiles miró el paisaje que desfilaba por la ventana: campos de cultivo, pueblos blancos, la tierra que su profesión había ayudado a conectar y desarrollar. Se preguntó cuántos puentes, cuántas carreteras, cuántas infraestructuras llevaban en sus entrañas la semilla de la corrupción, esperando el momento de germinar en tragedia.

Su teléfono personal vibró. Un mensaje de su hija: «Papá, ¿todo bien? Hace tiempo que no hablamos. Te echo de menos.»

Aquiles sintió un nudo en la garganta. Escribió y borró tres respuestas antes de enviar: «Todo bien, cariño. Trabajo en Huelva ahora. Te llamo este fin de semana. Te quiero.»

Mentira. Nada estaba bien. Y quizás nunca lo estaría de nuevo.

Capítulo 5

La inauguración del tramo Córdoba-Jaén del AVE fue un espectáculo de sonrisas y banderas. Aquiles lo siguió por la televisión de su apartamento, viendo al ministro cortar la cinta, a los invitados subir al tren inaugural, a los periodistas grabando el suave deslizamiento de la máquina sobre los raíles nuevos.

El discurso del ministro fue un monumento a la autocelebración: «…ejemplo de la España que avanza, que supera obstáculos, que mira al futuro con determinación…»

Aquiles apagó el televisor. No podía soportar más. Esa noche, el primer artículo de Marcos Vidal apareció en «Verdad Digital», un medio que hasta entonces tenía una audiencia modesta. El titular era moderado: «¿Garantías totales en el nuevo AVE? Algunas voces expertas expresan dudas».

El artículo, cuidadosamente redactado para evitar demandas, mencionaba «fuentes técnicas dentro de la Administración» que cuestionaban la calidad de algunos materiales y la exhaustividad de los controles. No nombraba a Aquiles directamente, pero citaba fragmentos de sus informes técnicos.

La reacción fue inmediata, pero no como Aquiles había esperado. En lugar de abrir una investigación, el Ministerio emitió un comunicado desestimando las «afirmaciones infundadas de supuestos expertos anónimos» y asegurando que todos los controles habían sido «superiores a los exigidos por la normativa».

En los días siguientes, aparecieron artículos en periódicos afines al gobierno desacreditando a «Verdad Digital» como «medio marginal» y a Vidal como «periodista activista». En las redes sociales, cuentas anónimas empezaron a difundir rumores sobre Aquiles: que había sido amonestado por errores en proyectos anteriores, que su traslado a Huelva había sido por incompetencia, que estaba amargado por no haber ascendido.

La estrategia era clara y efectiva: no discutas los hechos, desacredita al mensajero.

Vidal publicó un segundo artículo, esta vez con más datos: extractos de los informes geotécnicos, comparativas de precios de materiales, incluso una foto borrosa pero reconocible de Ramírez saliendo de un restaurante de lujo con el director de la empresa contratista.

La respuesta fue aún más agresiva. Una demanda por difamación contra Vidal y su medio. Una nota interna del Ministerio prohibiendo a todo el personal hablar con la prensa sin autorización expresa. Y una visita a Aquiles en Huelva.

Esta vez no fueron hombres no identificados. Era una pareja de la Guardia Civil, uniformados, mostrando sus placas.

—Don Aquiles Troyano, somos de la Unidad de Delitos Económicos —dijo el más mayor, un sargento de mirada cansada—. Estamos investigando una filtración de documentación confidencial del Ministerio. Necesitamos que nos acompañe para hacer unas preguntas.

—¿Estoy detenido?

—No, solo queremos su colaboración. Puede negarse, pero sería más sencillo para todos si viniera voluntariamente.

Aquiles miró al sargento, viendo en sus ojos a un hombre que cumplía órdenes sin entusiasmo. Asintió.

—Déjeme coger la chaqueta.

La comisaría de Huelva olía a café rancio y desinfectante. Le condujeron a una sala de interrogatorios pequeña, con una mesa y tres sillas. El sargento se sentó frente a él, mientras el agente más joven se colocó junto a la puerta.

—Don Aquiles, sabemos que ha mantenido contacto con el periodista Marcos Vidal —comenzó el sargento, consultando un cuaderno—. Y que le ha facilitado documentación interna del Ministerio.

—Es mi deber como funcionario alertar de irregularidades que ponen en riesgo la seguridad pública.

—Su deber es seguir la cadena de mando —replicó el sargento, sin levantar la voz—. Los documentos que ha filtrado están siendo utilizados para dañar la imagen del Estado y crear alarma social.

—La alarma está justificada si hay riesgo real.

—Eso corresponde determinarlo a los órganos competentes, no a usted individualmente —dijo el sargento—. Además, algunas de las acusaciones que ha hecho son graves: corrupción, falsificación de documentos, malversación…

—Y son ciertas.

El sargento suspiró, frotándose los ojos.

—Mire, don Aquiles, no estoy aquí para discutir la veracidad de sus afirmaciones. Estoy aquí porque se ha abierto una investigación por filtración de secretos oficiales. Y usted es el principal sospechoso.

—¿Y la investigación sobre las irregularidades que he denunciado?

—Eso corresponde a otra unidad, si consideran que hay indicios suficientes.

Aquiles comprendió el juego. Mientras él era investigado por filtrar información, nadie investigaría la información filtrada. Era un círculo perfecto de inacción.

—¿Qué quiere de mí? —preguntó.

—Que declare formalmente cómo obtuvo los documentos, a quién se los entregó, y que se comprometa a no seguir filtrando información —el sargento se inclinó hacia adelante—. Y hay algo más. Sus superiores en Madrid están dispuestos a ser benevolentes si usted se retracta públicamente de sus acusaciones.

—¿Benevolentes?

—Retiro anticipado con pensión completa. Sin cargos. Sin publicidad.

El soborno era tan descarado que Aquiles casi sonrió.

—¿Y si me niego?

—Entonces procederemos con la investigación por filtración de secretos oficiales. Es un delito con pena de prisión, don Aquiles. Y a su edad…

La amenaga quedó suspendida en el aire. Aquiles miró sus manos sobre la mesa, las mismas que habían firmado tantos informes, que habían trazado tantos planos. Manos que ahora temblaban, pero no de miedo, sino de rabia contenida.

—Necesito un abogado —dijo finalmente.

El sargento asintió, como si hubiera esperado esa respuesta.

—Por supuesto. Puede llamar a uno. Mientras tanto, le sugerimos que considere cuidadosamente su posición. Tiene tres días para dar una respuesta a la oferta de sus superiores.

Cuando salió de la comisaría, la luz del atardecer le golpeó los ojos como un reproche. Llamó a Toribio desde el teléfono prepago, pero no contestó. Intentó con Vidal, igual. Por primera vez, se sintió completamente solo.

De regreso a su apartamento, encontró la puerta entreabierta. Entró con cautela, pero el saqueo era evidente: papeles esparcidos por el suelo, cajones abiertos, el ordenador desaparecido. No habían sido discretos; querían que supiera que habían estado allí.

En medio del desorden, solo una cosa permanecía intacta: su libreta negra, colocada cuidadosamente sobre la mesa del salón. La abrió. En la última página, con letra que no era la suya, alguien había escrito: «Las piedras que arrojes caerán sobre tu propio tejado.»

No era una advertencia, era una promesa.

Aquiles recogió los papeles del suelo, ordenándolos meticulosamente. Luego se sentó y escribió una carta a su hija, explicándole todo: los riesgos, las amenazas, por qué había hecho lo que había hecho. La metió en un sobre y la guardó en un libro, para que la encontrara si algo le ocurría.

Después, tomó una decisión. No se retractaría. No aceptaría el silencio comprado. Continuaría, aunque supiera que era inútil, aunque supiera que probablemente acabaría en la cárcel o algo peor.

Porque al final, comprendió que no luchaba por cambiar el sistema, sino por no convertirse en parte de él. Y esa batalla, aunque se perdiera, valía la pena librarla.

Capítulo 6

Los meses siguientes fueron un descenso gradual a los círculos del infierno burocrático. La investigación por filtración de secretos oficiales avanzaba lentamente, con citaciones cada pocas semanas, preguntas repetitivas, insinuaciones veladas sobre su estado mental.

Mientras tanto, el AVE Córdoba-Jaén funcionaba a pleno rendimiento. Los titulares hablaban de éxito, de récords de pasajeros, de planes de ampliación. La duda sembrada por los artículos de Vidal había sido sofocada bajo una avalancha de propaganda positiva.

Aquiles, desde su exilio en Huelva, seguía los informes técnicos que aún recibía por sus contactos residuales en Madrid. Los primeros datos de monitorización del viaducto de Adamuz mostraban «asentamientos menores dentro de los parámetros esperados». Él sabía leer entre líneas: los sensores estaban mal colocados, los datos se interpretaban con optimismo, las advertencias se suavizaban en los resúmenes ejecutivos.

En septiembre, seis meses después de la inauguración, llegó el primer indicio claro. Un informe interno mencionaba «vibraciones anómalas en el tramo KM 42+150 al 42+450» justo en la curva previa al viaducto. La recomendación era «monitorización reforzada», pero la acción tomada fue «revisar calibración de sensores».

Aquiles escribió una carta al Ministro, por correo certificado, advirtiendo específicamente del riesgo. La respuesta, cuando llegó, fue un acuse de recibo estándar sin mención al contenido.

A principios de octubre, Toribio reapareció. Llamó al teléfono prepago, su voz tensa:

—Necesito verte. Ya.

Se encontraron en una gasolinera a mitad de camino entre Huelva y Sevilla. Toribio parecía haber envejecido diez años en pocos meses.

—Me han jubilado forzosamente —dijo, sin preámbulos—. «Reestructuración por eficiencia». Me dan la pensión completa a cambio de no hablar nunca más de ciertos temas.

—¿Y has aceptado?

Toribio miró a lo lejos, donde los camiones pasaban en la autovía.

—Tengo una nieta de tres años. Mi hijo es funcionario también. Me hicieron entender que si no aceptaba, su carrera sufriría. Y quizás algo más.

Aquiles asintió. No había juicio en su gesto; comprendía demasiado bien la naturaleza de esas amenazas.

—¿Y Vidal?

—Demandado por tres empresas diferentes. Su medio ha cerrado por «problemas financieros». Él sigue, desde otro proyecto, pero con menos recursos.

—Así que estamos solos.

—Siempre lo estuvimos —dijo Toribio, con una sonrisa triste—. Pero he traído algo.

Le entregó un sobre. Dentro, había fotocopias de nuevos documentos: facturas de materiales que no coincidían con las especificaciones, informes de inspección firmados por ingenieros que habían estado de vacaciones esas fechas, y una orden interna clasificada como «confidencial»: reducir la frecuencia de revisiones del viaducto de Adamuz para «optimizar costes operativos».

—Esto es criminal —murmuró Aquiles.

—Es eficiencia —corrigió Toribio—. Al menos en su diccionario.

—¿Qué hacemos con esto?

—Guárdalo. Documenta que lo recibiste hoy. Y espera.

—¿Hasta cuándo?

Toribio no respondió directamente. En su lugar, preguntó:

—¿Sigues calculando? ¿La ventana de fallo?

Aquiles asintió.

—Según estos nuevos datos, la fatiga del material se está acelerando. La humedad en la zona es mayor de lo previsto, y el acero de baja calidad se corroe más rápido. Mi nueva estimación… —hizo una pausa— …entre dos y cuatro meses.

—Noviembre a enero —dijo Toribio, pensativo—. Justo cuando aumentará el tráfico por Navidad.

—¿Vas a hacer algo con esta información?

Toribio miró a su alrededor, como asegurándose de que nadie pudiera oírles.

—Hay un juez. No de los que salen en televisión. Uno antiguo, cerca de la jubilación también. Le he hecho llegar información anónimamente. No sé si actuará, pero es una posibilidad.

—¿Y si no actúa?

—Entonces —Toribio apretó el hombro de Aquiles—, habremos hecho todo lo posible dentro de lo imposible.

Se separaron en la gasolinera, cada uno hacia su coche. Antes de entrar al suyo, Toribio volvió a llamar a Aquiles.

—Aquiles, sea lo que sea que pase… usted tenía razón. Eso cuenta para algo, ¿verdad?

—No para los que morirán —respondió Aquiles, y se fue.

Noviembre llegó con lluvias torrenciales en Andalucía. Los informes meteorológicos advertían de condiciones extremas, y Aquiles supo que el agua aceleraría los procesos de corrosión. Escribió una última advertencia, esta vez no al Ministerio sino a la Fiscalía General del Estado. La envió por correo electrónico con acuse de recibo, y también por correo certificado.

La respuesta fue el silencio.

El 15 de diciembre, un tren de mercancías que usaba las vías convencionales junto al AVE reportó «vibraciones inusuales» al pasar cerca de Adamuz. La nota interna del Ministerio decía: «Posible efecto de las lluvias recientes en el terreno. Sin riesgo para infraestructura AVE.»

El 22 de diciembre, un sensor en el viaducto dejó de transmitir datos. El informe técnico anotó: «Fallo de sensor. Reparación programada para después de periodo navideño.»

Aquiles pasó la Nochebuena solo en su apartamento de Huelva. Llamó a su hija, hablaron brevemente. Ella notó la tensión en su voz.

—¿Estás bien, papá? Suenas… cansado.

—Estoy bien, cariño. Solo es el trabajo.

—¿Sigues con ese asunto del AVE?

—Sí.

—Papá… —su voz bajó— …¿no podrías dejarlo ya? Tienes que pensar en tu salud, en tu…

—En mi qué —interrumpió Aquiles, más brusco de lo que pretendía—. ¿En mi tranquilidad? ¿En mi seguridad?

—En tu vida —dijo ella, con un susurro.

Aquiles cerró los ojos.

—A veces la vida se mide por lo que estás dispuesto a perder por lo que crees.

Colgaron poco después, con un «te quiero» que sonó a despedida.

La mañana del 26 de diciembre, mientras el país despertaba lentamente de la resaca navideña, Aquiles recibió una llamada en su teléfono personal. Era un número desconocido.

—¿Ingeniero Troyano?

—Sí.

—Soy Marcos Vidal. Necesito que vea algo. Ahora mismo.

—¿Qué pasa?

—Ha habido un accidente. En Adamuz.

Aquiles sintió cómo el suelo desaparecía bajo sus pies.

—¿Cuándo? ¿Qué tren?

—El AVE 112, de Córdoba a Madrid. Salía de Jaén hace una hora. Iba casi lleno, familias que regresaban de Navidad.

—¿Supervivientes?

Silencio en la línea.

—Vidal, ¿hay supervivientes?

—No lo sabemos todavía. Los primeros equipos de emergencia acaban de llegar. Pero el tren… —su voz se quebró— …el tren se ha salido del viaducto, Aquiles. Está en el valle.

Aquiles colgó sin decir nada más. Encendió el televisor. Todavía no había noticias. Encendió el ordenador, buscó en internet. Nada. Demasiado pronto, o demasiado controlado.

Media hora después, saltó la noticia. Titulares de urgencia: «Grave accidente de AVE en Córdoba.» «Varios heridos en descarrilamiento.» Las cifras iniciales hablaban de «varias docenas» de heridos, «graves» algunos.

Para la tarde, las cifras se concretaron: 87 muertos confirmados. 43 heridos graves. El peor accidente ferroviario en España en treinta años.

Aquiles apagó todos los dispositivos. Se sentó en la oscuridad, con solo la luz de la luna entrando por la ventana. No lloró. No gritó. Solo respiró, profundamente, una y otra vez, como si cada inhalación fuera un esfuerzo monumental.

Había predicho esto. Lo había documentado. Lo había advertido por todos los canales posibles. Y ahora, 87 personas estaban muertas porque nadie había querido escuchar.

Sonó el teléfono prepago. Toribio.

—Lo sé —dijo Aquiles al contestar.

—Han muerto niños —dijo Toribio, y su voz sonaba rota, antigua—. Familias enteras.

—Lo sé.

—¿Qué hacemos ahora?

Aquiles miró la libreta negra sobre la mesa, abierta en la página donde meses antes había escrito: «El viaducto de Adamuz caerá. Y yo sé por qué.»

—Ahora —respondió—, ahora empieza lo difícil.

Capítulo 7

La mañana del 27 de diciembre amaneció con un país en shock. Las imágenes del accidente dominaban todos los medios: el tren destrozado en el valle, las grúas intentando levantar los vagones, las caras de desesperación de los familiares esperando noticias.

A las diez, el Ministro compareció en rueda de prensa. Rostro pálido, voz grave, prometió «una investigación exhaustiva, transparente e inmediata». No mencionó las advertencias previas, ni los informes ignorados, ni las denuncias silenciadas.

A las once, Aquiles recibió una citación formal: debía presentarse en el Juzgado de Instrucción número 5 de Madrid al día siguiente, como «testigo y posible imputado» en la investigación del accidente.

Mientras hacía la maleta, sonó el timbre de su apartamento. Al abrir, encontró a dos hombres con trajes oscuros y actitud oficial.

—Don Aquiles Troyano, somos de la Comisión de Investigación del accidente de Adamuz —dijo el primero, mostrando una identificación—. Necesitamos que nos acompañe.

—Ya tengo citación para mañana en Madrid.

—Esto es antes —aclaró el segundo hombre—. Necesitamos una declaración preliminar.

Aquiles miró a uno y otro, reconociendo el mismo estilo de los hombres que le habían seguido en Madrid meses antes. No eran policías, o al menos no actuaban como tal ahora.

—¿Puedo ver la orden?

—No es necesario una orden para pedir su colaboración —respondió el primero, con una sonrisa forzada—. A menos que prefiera que esto se vuelva… formal.

Aquiles entendió el mensaje. Asintió.

—Déjenme coger la chaqueta.

No le llevaron a una comisaría ni a un juzgado. El coche, un sedán negro sin identificación, se dirigió a un edificio de oficinas en las afueras de Sevilla. La sala donde le dejaron era anónima: mesa, sillas, ventana con persianas bajadas.

Esperó veinte minutos antes de que entrara un hombre de unos cincuenta años, bien vestido, con aire de autoridad.

—Ingeniero Troyano, soy Javier Montes, de la Secretaría de Estado de Infraestructuras —dijo, sin ofrecer estrechar la mano—. Siento las circunstancias, pero necesitamos clarificar algunos puntos antes de su declaración judicial.

—He dicho todo lo que tenía que decir en mis informes.

—Sí, sobre eso —Montes se sentó frente a él, abriendo una carpeta—. Sus informes son… alarmistas. Incluso podríamos decir, irresponsables.

—Predijeron exactamente lo que ha ocurrido.

—Predijeron una posibilidad, entre muchas —corrigió Montes—. En ingeniería, como sabe, hay factores impredecibles. Lluvias excepcionales, condiciones del terreno…

—Que se podrían haber mitigado con materiales de calidad y controles adecuados.

Montes cerró la carpeta.

—Mire, Troyano, comprendo su postura. Pero estamos en un momento delicado. El país está dolido, enfadado. Buscan responsables.

—Y los hay.

—Sí, pero hay diferentes tipos de responsabilidad —Montes escogió sus palabras cuidadosamente—. Responsabilidad técnica, responsabilidad política… y responsabilidad por crear alarma sin fundamento suficiente.

Aquiles sintió que el suelo se movía bajo sus pies, pero de una manera diferente.

—¿Está sugiriendo que yo soy responsable por haber advertido del riesgo?

—Estoy sugiriendo que sus informes, hechos públicos de manera irregular, pudieron crear confusión en los procedimientos de mantenimiento —dijo Montes, con voz suave—. Que al insistir en riesgos no confirmados, pudo distraer recursos de otras prioridades.

Era tan perverso, tan perfectamente invertido, que Aquiles casi admiró la construcción lógica.

—Está intentando culparme a mí por el accidente.

—Estoy intentando evitar un daño mayor —rectificó Montes—. Si su versión se impone, habrá una caza de brujas. Se paralizarán obras en todo el país, se perderán miles de puestos de trabajo, la confianza en nuestras infraestructuras se verá dañada durante años.

—¿Y las ochenta y siete personas muertas?

—Una tragedia, por supuesto —asintió Montes—. Pero los muertos no resucitan con más muertos. Lo que podemos hacer es honrar su memoria evitando el colapso del sistema que construye el país.

Aquiles comprendió finalmente la propuesta: sería el chivo expiatorio, el técnico alarmista cuyas advertencias exageradas habían contribuido a la tragedia. A cambio, probablemente, no iría a la cárcel. Quizás una inhabilitación menor, un retiro discreto.

—¿Y si me niego?

Montes se levantó, acercándose a la ventana.

—Entonces se investigará todo. Sus filtraciones ilegales, sus contactos con periodistas, su posible motivación por resentimiento profesional. Y cuando salga a la luz todo eso, su credibilidad quedará destruida. Y aún así, el resultado final será el mismo: el sistema se protegerá a sí mismo.

—No tengo nada que ocultar.

—Todos tenemos algo que ocultar —dijo Montes, volviéndose—. Usted, por ejemplo, no declaró en su momento una relación personal con una subordinada hace años. Un asunto menor, pero en el contexto adecuado…

Aquiles palideció. Era cierto, un breve romance con una compañera hacía quince años. Ambos casados entonces, ambos acordaron olvidarlo. ¿Cómo lo sabían?

—Eso no tiene nada que ver…

—Tiene que ver con la credibilidad —cortó Montes—. Con mostrar un patrón de comportamiento poco profesional. Y luego está su hija, que trabaja en un proyecto financiado con fondos europeos gestionados por este Ministerio. ¿Le gustaría que su carrera también sufriera?

La amenaza era clara, directa, brutal.

—Tienen tres horas para decidir —dijo Montes, acercándose a la puerta—. Hay un coche esperando para llevarle a Madrid, a declarar como testigo cooperante. O puede elegir el camino difícil. La decisión es suya.

Cuando se quedó solo, Aquiles miró sus manos. No temblaban ahora. Estaban quietas, como las de un cirujano antes de una operación complicada. Sacó el teléfono prepago, escribió un mensaje a Toribio: «Me ofrecen ser el chivo expiatorio. Amenazan con destruirme si no acepto.»

La respuesta llegó en minutos: «¿Qué harás?»

Aquiles miró por la ventana. El cielo estaba gris, prometiendo más lluvia. Pensó en las 87 personas muertas, en sus familias, en el viaducto que había predicho que caería. Pensó en su hija, en su carrera, en su propia seguridad.

Y luego pensó en algo que su padre, también ingeniero, le había dicho una vez: «Las piedras que ponemos en el camino de los demás terminan construyendo el camino que nosotros mismos recorremos.»

Escribió: «Voy a Madrid. Pero no como ellos quieren.»

El viaje en coche fue silencioso. Los dos hombres no hablaron, la radio no sonaba. Aquiles miraba el paisaje que desfilaba, pensando en cada curva, cada puente, cada infraestructura que pasaba. Cuántas llevaban dentro la misma semilla de corrupción, la misma lógica de beneficios sobre vidas.

En Madrid, le llevaron directamente al juzgado. La sala estaba llena de periodistas, familiares de las víctimas, abogados. Al entrar, todas las miradas se volvieron hacia él. Algunas llenas de esperanza, otras de curiosidad, unas pocas de odio.

El juez, un hombre mayor de rostro severo, le indicó que ocupara el lugar de los testigos.

—Don Aquiles Troyano, usted ha sido citado en calidad de testigo en la investigación del accidente de Adamuz. Antes de comenzar, debo advertirle que está obligado a decir la verdad, so pena de incurrir en delito de falso testimonio.

—Lo entiendo, señoría.

—Comencemos entonces. ¿Es cierto que usted, en su puesto en el Ministerio, advirtió de riesgos en el viaducto de Adamuz?

Aquiles respiró profundamente. Miró al juez, a los periodistas, a los familiares. Vio a Marcos Vidal en un rincón, asintiendo levemente. No vio a Toribio.

—Sí, señoría. Lo advertí por escrito en múltiples ocasiones.

—¿Y cómo respondieron sus superiores?

Aquiles hizo una pausa. Recordó la oferta de Montes, las amenazas veladas, todo lo que perdería si hablaba. Y luego recordó las 87 tumbas que se estaban cavando en ese momento.

—No respondieron, señoría. O mejor dicho, respondieron trasladándome a Huelva, investigándome por filtrar información, y ofreciéndome un retiro anticipado si callaba.

Un murmullo recorrió la sala. El juez golpeó ligeramente con el mazo.

—Silencio. Continúe, señor Troyano.

—Tengo documentación —dijo Aquiles, sacando copias de sus informes, de las respuestas del Ministerio, de los documentos que Toribio le había dado—. Aquí está todo. Los materiales defectuosos, los informes falsificados, las transferencias de dinero a cuentas offshore, los nombres de los responsables.

Un abogado del Estado intentó objetar, pero el juez le hizo callar.

—Entregue esa documentación al tribunal. ¿Algo más que añadir?

Aquiles miró directamente a los familiares de las víctimas.

—Solo que lo siento. Lo siento mucho. Lo predije, lo advertí, pero no fui lo suficientemente fuerte, lo suficientemente convincente. Y ahora sus seres queridos están muertos.

La sala estalló en caos. Periodistas gritando preguntas, familiares llorando, abogados discutiendo. El juez golpeó repetidamente con el mazo, pidiendo orden.

Aquiles, en medio del tumulto, sintió una paz extraña. Había dicho la verdad. Había nombrado a los responsables. El resto ya no dependía de él.

Al salir del juzgado, rodeado de periodistas y cámaras, vio a Montes al otro lado de la sala, con el rostro contraído en una máscara de furia contenida. Su mirada decía claramente: «Te has condenado a ti mismo.»

Y quizás era cierto. Pero por primera vez en meses, Aquiles Troyano pudo respirar libremente.

Epílogo

Seis meses después

La lluvia caía suave sobre el cementerio de Adamuz, donde una losa simple recordaba a las 87 víctimas del accidente. Aquiles, solo, dejó un ramo de flores y se quedó un momento en silencio.

La investigación había seguido su curso. Ramírez y otros tres altos cargos estaban en prisión preventiva. El ex-ministro había dimitido, aunque seguía libre mientras se investigaba su posible implicación. La empresa contratista había quebrado, pero sus dueños habían aparecido como testigos protegidos a cambio de delatar a políticos.

Toribio estaba en su casa en la costa, disfrutando de una jubilación que ahora sí era tranquila. De vez en cuando llamaba a Aquiles, pero hablaban del tiempo, de fútbol, de todo menos de lo que habían vivido.

Marcos Vidal había ganado un premio de periodismo, y su nueva investigación sobre corrupción urbanística empezaba a sacudir otra vez los cimientos del poder.

Aquiles, por su parte, había sido absuelto de los cargos por filtración de secretos oficiales. El juez consideró que había actuado por «justa causa» al alertar de un riesgo para la vida humana. Pero su carrera en el Ministerio había terminado. Había aceptado una jubilación anticipada, no por silencio, sino porque ya no podía soportar estar dentro del sistema.

Su hija había venido a vivir con él durante un tiempo, preocupada por su estado. Una noche, le preguntó:

—¿Valió la pena, papá? Todo lo que pasaste, todo lo que arriesgaste…

Aquiles miró por la ventana, pensando.

—No lo sé. Ochenta y siete personas murieron. Eso nunca valdrá la pena. Pero quizás, por lo que hicimos, la próxima vez alguien escuchará antes. Quizás la próxima vez, salvaremos vidas.

—¿Crees que ha cambiado algo? ¿De verdad?

Aquiles pensó en los titulares recientes: otro escándalo de corrupción en otra obra pública, diferentes nombres, misma historia.

—No —admitió finalmente—. El sistema sigue igual. Solo cambian los actores. Pero al menos ahora, cuando mientan, habrá alguien que recuerde que una vez, un ingeniero predijo la verdad y pagó por decirla.

Su hija le abrazó, y Aquiles sintió en ese abrazo todo lo que había estado a punto de perder, y todo lo que había ganado al no perderlo.

Al día siguiente, recibió una llamada. Era un joven ingeniero que había leído sobre su caso.

—Señor Troyano, estamos formando un grupo de técnicos para auditar proyectos de infraestructura de forma independiente. Nos gustaría contar con su experiencia.

—¿Independiente de qué? —preguntó Aquiles, con un atisbo de su antiguo cinismo.

—Del poder. Del dinero. De todo lo que no sea la verdad técnica.

Aquiles miró por la ventana. La lluvia había cesado, y un rayo de sol se colaba entre las nubes.

—Mándeme los detalles —dijo—. Lo estudiaré.

Colgó y tomó su libreta negra, ahora casi llena. En la última página disponible, escribió: «El viaducto de Adamuz cayó. Yo predije el accidente. Y aunque nada haya cambiado, algo en mí sí lo hizo: ya no tengo miedo a decir la verdad.»

Cerró la libreta, guardándola en un cajón. No sería la última que usaría. Todavía quedaban verdades por contar, puentes por revisar, mentiras por desenterrar.

Y Aquiles Troyano, ingeniero de caminos, jubilado del Ministerio pero no de la ética, estaría allí para contarlas.