El Control, con las Balizas V16 es para nosotros; para ellos no hay ningún control

Capítulo 1: El eco de un trueno que nadie oyó

El primer tuit lo escribió mientras el humo aún se elevaba de la vía. No del accidente real, ese humo era metafórico, digital, el de los servidores recalentándose ante el alud de desinformación. “Iryo descarrilado. Preguntad por las balizas V16. Preguntad por qué un tren de 2023 parece un fantasma en la red. El control es solo para los de abajo.”

Diego Marín era periodista. O lo había sido. Ahora era un tipo amargo con un blog de tráfico y seguridad vial que le daba para pagar el alquiler de un piso en las afueras de Madrid y mantener su adicción al café frío y a las teorías incómodas. Lo del Iryo no era una teoría. Era un agujero en la matrix. Un tren de alta velocidad, una obra maestra de la ingeniería europea, se había “perdido” momentáneamente en la red antes de un incidente grave. Perdido. Como un cachorro en un parque. La noticia se centraba en las vías, en un posible fallo de material, en la pericia del maquinista. Nadie hablaba del sistema. Nadie preguntaba cómo algo con mil sensores, mil ojos electrónicos, podía evaporarse del control.

Diego lo sabía. Lo había sabido desde que cubrió la implantación de la maldita baliza V16. Aquel simpático triangulito naranja que todo conductor debía llevar para sustituir a los viejos triángulos de emergencia. “Más seguridad,” decían. “Geolocalización inmediata en caso de accidente.” Lo que no decían, pero Diego lo había desentrañado con la obstinación de un perro roñoso, era que la tarjeta SIM de esa baliza pingaba constantemente. Enviaba señales GPS a un servidor central de Amazon Web Services. AWS. La nube. Desde allí, los datos tenían un primer destino: Langley, Virginia. La CIA. Y luego, a quien ellos decidieran. Todo coche español, localizable en tiempo real, las 24 horas del día, los 365 días del año. Un panóptico digital perfecto. España, el conejillo de indias de las élites globales.

Mientras, un tren de trescientos pasajeros y toneladas de acero se esfumaba de los monitores. No había cámaras en la estación de Adamuz. No había “tecnología inteligente” en los trenes, decían, por seguridad. ¿Seguridad de quién? Los móviles de a pie tenían más capacidad de rastreo que todo el sistema ferroviario de alta velocidad. Era una burla. Una gigantesca, cínica burla.

Sonrió sin humor, apurando el resto del café que ya sabía a hiel. En la pantalla, el mapa de geolocalización de vehículos a través de las V16 que él había logrado filtrar de un programador borracho y arrepentido de una subcontrata, brillaba con miles de puntos móviles. Cada uno, un ciudadano controlado. El control absoluto para la plebe. La libertad total para los que manejaban los hilos. Y los trenes fantasmas.

Capítulo 2: La mochila del concejal

La investigación sobre el Iryo se estancó en dos días. “Fallo técnico en evaluación.” Diego no se sorprendió. Había desviado sus escasos recursos a otra línea. Una más sucia, más personal. Si el sistema de control era tan omnisciente, ¿para qué más se usaba? No solo para vigilar manifestaciones o flujos de tráfico.

Tenía una fuente. Una baja, muy baja, fuente en un ayuntamiento gobernado por el PSOE. Le habló de las Bases de Datos Especiales. No las del censo. Otras. Las de los concejales, incluso los propios. “Es como el ojo de Sauron, Diego,” le susurró por teléfono desde una cabina. “Saben cuándo vas al fisio, cuándo visitas a tu amante, cuándo compras viagra en la farmacia de la esquina. Todo cruzado con los datos de la V16, las cámaras de tráfico, el pago con tarjeta.”

Le envió, a través de un canal cifrado de juguete, un pantallazo. Un informe de movimientos. El concejal de Urbanismo, un tipo con familia fotogénica, visitaba un edificio en el centro histórico cada martes y jueves entre las 17:00 y las 19:00. El registro de la cámara de la puerta (subvencionada con fondos europeos para seguridad ciudadana) mostraba su entrada con una mochila deportiva. La misma que usaba para ir al gimnasio. Pero en el gimnasio no aparecía esos días. El sistema de V16 del concejal confirmaba la ubicación del coche, estacionado enfrente. La vecina del quinto, una mujer divorciada sin antecedentes políticos, recibía esas visitas. El informe, seco, concluía: “Patrón de infidelidad confirmado. Afecta a posible votante. Material sensible disponible.”

Era material sensible. No para publicar, sino para controlar. Para asegurar lealtades. Para torcer votos en un pleno. Para recordarle a un concejal díscolo quién tenía las riendas. Como a Mazón, el de Valencia, al que habían pillado con el mismo modus operandi: la mochila con el cambio de ropa. Eso había salido en prensa. Lo que no salió fue cómo lo supieron. Diego lo sabía ahora. El control no era solo vertical, del estado hacia el ciudadano. Era horizontal, envenenando la política local, convirtiendo a los representantes en marionetas con los hilos hechos de sus pecadillos.

Mientras, pensó, la “banda del Peugeot”, ese grupo de altos cargos del ministerio envueltos en una trama de comisiones y favores, viajaban en sus coches oficiales sin V16, o con V16 desactivadas por “seguridad”. Sus movimientos eran opacos. No había control. Para ellos, la libertad total.

Capítulo 3: El vacío sobre raíles

Diego decidió ir a la fuente. O al menos, al lugar donde la fuente debería manar. Se presentó en una oficina de ADIF con una acreditación de periodista freelance tan falsa que casi brillaba en la oscuridad. Quería hablar sobre los sistemas de control y localización de trenes. Sobre la redundancia de sistemas. Sobre qué pasaba cuando se iba la luz.

Le recibió un jefe de departamento con cara de estar perpetualmente oliendo algo podrido. “Hombre, es que son sistemas muy complejos,” soltó, esquivando la mirada. “Hay protocolos. El maquinista informa por radio. Hay balizas en las vías.”

“¿Balizas? ¿Como las V16 de los coches?” preguntó Diego, inocente como un lobo.

El hombre se rió, una tos seca. “No, no. Sistemas propietarios. Muy seguros.”

“¿Y si falla la electricidad? ¿Si hay un blackout?”

“Hay grupos electrógenos. Protocolos.”

“¿Y cámaras en los trenes? ¿GPS integrado?”

“Las cámaras suponen un problema para la privacidad de los viajeros,” dijo el hombre, sin pestañear. “Y los sistemas de localización por satélite son… complementarios. La prioridad es la seguridad operativa.”

La seguridad operativa, pensó Diego. Un mantra vacío. Lo que no decía es que la “seguridad operativa” era, en realidad, la “opacidad operativa”. No había cámaras porque podrían grabar algo inconveniente. No había GPS fiable porque podría registrar dónde estaba exactamente un tren cuando algo iba mal. No había respaldo eléctrico robusto porque, quizás, a veces convenía que algo se perdiera.

“¿Y la CIAF?” soltó Diego de pronto. La Comisión de Investigación de Accidentes Ferroviarios.

El gesto del hombre se tornó glacial. “Esa es una comisión independiente de expertos. Presidida por D. Ignacio Barrón de Angoitia. Un hombre de gran prestigio, ex de Renfe. Toda una garantía.”

Claro. Barrón de Angoitia. Cinco vocales y un secretario. Todos con currículum que olía a Renfe y ADIF. “Yo me lo guiso, yo me lo como,” murmuró Diego al salir. Juan Palomo. Ellos investigaban sus propios fallos. Ellos dictaminaban sus propias negligencias. Ellos enterraban sus propios fantasmas. Y la ciudadanía, a pagar la fiesta con subidas de tarifas y recortes en otros servicios. Mientras, las balizas V16 en sus coches seguían pingando, mandando su rastro de migas digitales directamente a los servidores de Langley.

Capítulo 4: El mapa de los siervos

De vuelta en su apartamento-cueva, Diego superpuso capas en su ordenador. En una, el mapa de puntos V16, la telaraña luminosa de la servidumbre voluntaria. En otra, los trayectos conocidos de los altos cargos del ministerio y de la “banda del Peugeot”, reconstruidos a base de filtraciones aisladas y periodismo de calle. Zonas oscuras. Vacíos. Agujeros en el control donde se movían como peces en agua turbia.

La tercera capa era más sórdida. Listados de chicas de escorts de alta gama, muchas desaparecidas de los portales habituales. Chicas reclutadas, según le había insinuado una antigua que ahora trabajaba de camarera y tenía miedo, para “servicios especiales”. La tapadera: trabajos administrativos en ADIF o en empresas auxiliares. Nóminas limpias, contratos temporales. Una fachada perfecta. Mientras, el gobierno municipal y autonómico se llenaba la boca prohibiendo la prostitución en la vía pública, “limpiando” la ciudad. Claro. Porque ellas, las de élite, ya tenían destino. Servían en suites de hoteles de cinco estrellas o en apartamentos discretos, a políticos, empresarios, jueces. Controladas también, pero de otra manera. Con dinero y miedo. No con balizas V16. Para ellas y para sus clientes, no había control. Solo placer y poder.

Diego publicó un artículo velado en su blog, titulado “Las dos geometrías del control: triángulos naranjas y círculos viciosos”. No nombraba nombres, solo hablaba de patrones. De la geometría de la sumisión (el triángulo de la V16) y la geometría de la impunidad (el círculo cerrado de los que se investigan a sí mismos). Lo compartió en una cuenta alternativa de Twitter. Fue eliminado en diez minutos. Su blog recibió un ataque DDoS que lo dejó fuera de servicio durante horas. No era incompetencia. Era una demostración de fuerza. Eran muy competentes.

Recibió una llamada a su móvil personal. Número oculto. Una voz metálica, sin afecto: “Señor Marín. Le gusta el tráfico. Concéntrese en los atascos en la M-30. Es más sano.” Click.

No le dio miedo. Le dio rabia. Una rabia fría, cínica. Había tocado el nervio. Su teoría no era una locura. Era el plano de la jaula. Y a los carceleros no les gusta que los prisioneros discutan la arquitectura del presidio.

Capítulo 5: Langley no devuelve e-mails

Decidió escalar. Era una temeridad, pero el cinismo lo había inmunizado contra la prudencia. Buscó contactos, a través de viejas amistades del periodismo de investigación que ahora trabajaban para medios internacionales o simplemente habían desaparecido. Logró una dirección de contacto, un canal supuestamente seguro, para hacer llegar una “consulta” a un ex-analista de la CIA ahora convertido en escritor de thrillers tecnológicos.

Le envió un denso dossier, cifrado, con su investigación sobre las V16, el flujo de datos hacia AWS y la ruta sospechosa hacia Langley. Incluyó el pantallazo del mapa de localización y su análisis sobre la opacidad ferroviaria como contrapunto deliberado. “¿Es España un laboratorio de vigilancia masiva con la excusa de la seguridad vial?” era la pregunta final.

La respuesta llegó una semana después, no por el canal seguro, sino en forma de visita. Dos hombres con trajes demasiado caros para el barrio ondeando credenciales de la Agencia Tributaria. Revisaron su caótica oficina, preguntaron por sus ingresos, por facturas sin declarar de hace tres años. Fueron educados, implacables. No tocaron el ordenador. No lo necesitaban. Diego sabía que era un mensaje. Un guiño. Te vemos. Sabemos cómo hacerte daño. No necesitamos tu ordenador.

Cuando se fueron, comprobó sus cuentas. El correo al ex-analista había sido borrado del servidor remoto. El canal “seguro” había evaporado. Langley no devolvía e-mails. Langley te mandaba a Hacienda. El control era tan perfecto que ni siquiera necesitaba ensuciarse las manos con violencia cruda. Usaba los mecanismos del estado, torcidos para sus fines. Ellos, los de arriba, jugaban con el tablero inclinado. Siempre.

Fue entonces cuando recibió el segundo mensaje. Un SMS. “Adamuz. Estación abandonada. Cámara de seguridad no funcional. Tú sabes por qué. Quéjate de la falta de mantenimiento. Es tu línea.” Era la fuente del ayuntamiento. Estaba asustada. Le daba una pista real, tangible, del agujero negro. La estación de Adamuz, cerca de donde el Iryo tuvo el incidente. Sin cámaras. Oficialmente, “en mantenimiento” desde hacía meses. ¿Quién decidía que una cámara en un punto crítico no se arreglaba? ¿Y por qué?

Capítulo 6: La estación de los espejos rotos

Adamuz olía a polvo, a óxido y a abandono. La estación, una construcción moderna que ya parecía vieja, estaba silenciosa. No era hora de trenes. Diego, con una cámara réflex colgada al hombro (su coartada era un reportaje fotográfico sobre estaciones olvidadas), recorrió los andenes. Encontró la carcasa vacía de lo que fue una cámara de seguridad, colgando de un cable pelado como un nervio seccionado. No parecía un fallo. Parecía un sabotaje limpio, profesional.

Rebuscó en la sala técnica, una puerta sin cerrar con una cadena oxidada. Dentro, el panel de control era un esqueleto de luces apagadas. Pero en un rincón, bajo una lata de pintura vacía, encontró un pequeño dispositivo USB negro, impermeable. No estaba allí por casualidad. Era un hueso roído que alguien le tiraba a la jauría.

De vuelta en casa, con el corazón golpeándole las costillas, lo conectó a un ordenador desconectado de internet. Contenía una sola carpeta con archivos de log. Registros del sistema de control de tráfico de la zona, fechados el día del incidente del Iryo. Y ahí estaba. Durante exactamente siete minutos y cuarenta y tres segundos, todos los sistemas de telemetría del tramo, incluidos los del tren Iryo 104, habían sido desviados. No fallaron. Fueron redirigidos. Sus datos se enviaron a una IP fantasma, un sumidero digital, antes de que el sistema volviera a la normalidad. Justo antes del “incidente”. Un corte limpio. Una cesión de control.

No era un fallo. Era una cirugía. Alguien había cegado adrede a los controladores durante esos minutos cruciales. Alguien con acceso de alto nivel. Alguien para quien un tren no era un transporte de personas, sino un peón en un tablero más grande. Quizás un test de un sistema de ciberataque. Quizás un mensaje para alguien. Quizás un simple ajuste para encubrir algo más mundano, como un retraso por un mantenimiento no realizado que habría costado puestos de trabajo.

Y luego, el apagón informativo. La investigación de la CIAF, dirigida por Barrón de Angoitia y sus compadres, atribuiría todo a “una concatenación de fallos técnicos y humanos en un contexto de mala visibilidad”. Juan Palomo. Ellos se lo guisan, ellos se lo comen. Y el pueblo paga el menú intoxicado.

Diego preparó su última publicación. Ya no eran insinuaciones. Era la cruda exposición de los logs, del USB, de la cámara falsificada en Adamuz, cruzado con su investigación sobre las V16 y el control político. Lo tituló: “El Control: Para nosotros, balizas. Para ellos, ningún control. El caso Iryo.” Lo programó para publicarse en su blog, en una docena de foros especializados y en las cuentas de algunos colegas aún honrados a medianoche.

A las 23:58, sonó el timbre de su puerta.

Capítulo 7: La geometría final

No eran los de Hacienda. Era un solo hombre. Alto, con un traje de lana oscura, cara afilada y una sonrisa que no llegaba a los ojos grises. Parecía un banquero, o un diplomático de bajo perfil.

“Señor Marín. Permitame felicitarle. Su tenacidad es encomiable.” Hablaba un español perfecto, con un leve acento que Diego no pudo identificar. “Su artículo está programado. Muy dramático.”

“¿Van a impedir que se publique?” preguntó Diego, sin moverlo de la puerta.

“Impedir? No. Esas cosas son brutas. Internet es un océano. Su artículo será una gota más. Se perderá entre el ruido de las teorías conspiranoicas, la indignación selectiva y el entretenimiento barato. Algunos lo creerán. La mayoría lo ignorará. Los poderosos ni siquiera pestañearán.”

“Entonces, ¿para qué está aquí?”

“Para ofrecerle una perspectiva. Usted ve dos geometrías. El triángulo de control y el círculo de impunidad. Es una visión… limitada.” El hombre sacó del bolsillo una baliza V16, la hizo girar entre sus dedos. “Este triángulo no es una jaula. Es un símbolo de pertenencia. Pertenece al rebaño. Es orden. El círculo del que habla, el de la impunidad, no es un vacío. Es el centro. El ojo del huracán. Donde se toman las decisiones que, le guste o no, mantienen el mundo girando.”

“Decidiendo quién vive y quién muere en un tren fantasma.”

“Decidiendo prioridades,” corrigió el hombre, suavemente. “A veces, para que un sistema mayor funcione, un subsistema debe… titubear. Se evalúan resiliencias, se corrigen vulnerabilidades. A una escala que usted no puede comprender.”

“¿Y las personas? ¿Los pasajeros?”

“Estadísticas dentro de una tolerancia de riesgo aceptable. Como los muertos en carretera. Por eso su baliza es obligatoria. Para reducir sus estadísticas. Las nuestras son más complejas.”

Diego sintió el sabor del cinismo, agrio y familiar, subiéndole por la garganta. Era la confirmación más horrible: no eran incompetentes. Eran hipercompetentes. Y su hipercompetencia los colocaba más allá del bien y del mal, en un terreno de pura ingeniería social y geopolítica.

“¿Qué quiere de mí?”

“Que elija su geometría. Puede ser un triángulo útil. Callar, y disfrutar de una vida… más cómoda. Con acceso a información real, desde dentro. O puede ser un punto errante, una anomalía. Y las anomalías, señor Marín, se corrigen. No con violencia. Con olvido.” El hombre dejó la baliza V16 sobre la mesa de la entrada, junto a las llaves del coche. “Su coche, por cierto, tiene una V16 de la primera generación. Algo defectuosa. A veces, en túneles largos, deja de emitir señal. Un accidente ahí sería… muy desafortunado. Y muy opaco.”

La amenaza era clara, elegantemente envuelta en falsa preocupación. El hombre asintió levemente y se dio la vuelta, desapareciendo en la oscuridad del rellano.

Diego miró la baliza naranja. Brillaba bajo la luz del pasillo. A medianoche, su artículo se publicó. Fue, tal como el hombre predijo, un incendio en una pradera digital. Ardió con fuerza durante horas en nichos de Twitter, en foros marginales. Un par de medios digitales lo recogieron, con titulares del tipo “¿Conspiración o incompetencia?”. Al día siguiente, el presidente de la CIAF, Barrón de Angoitia, dio una rueda de prensa serena, desmontando “especulaciones infundadas con datos técnicos irrebatibles”. Mostró gráficos, informes de peritos independientes (todos vinculados a la industria). La noticia murió.

A la semana, el blog de Diego Marín fue dado de baja por “violaciones reiteradas de las condiciones de servicio”. Su cuenta de Twitter, suspendida. Recibió una oferta de trabajo bien pagada como consultor de seguridad vial para una empresa auxiliar de… ADIF. La rechazó.

Pero ya no escribió más. A veces, por las noches, miraba el mapa de puntos V16 en su ordenador, esa constelación de servidumbre digital, y luego miraba por la ventana a la oscuridad, pensando en los trenes que cruzaban la noche, invisibles, sin control. Para ellos.

Epílogo: El ruido y la furia

Un año después.

En un despacho con vistas a la Castellana, el hombre del traje de lana oscura observaba una pantalla múltiple. En una, el flujo de datos de las balizas V16 españolas era constante, un río dorado de información que alimentaba algoritmos en Virginia y más allá. En otra, el sistema de control ferroviario mostraba todos los trenes como puntos verdes y líneas ordenadas. Excepto uno. Un AVE que realizaba un viaje de “pruebas” especial, con un cargamento no registrado. Su icono parpadeaba en amarillo: “Modo discreto. Telemetría reducida.”

Sonrió. El equilibrio era perfecto. El control, absoluto donde debía serlo. La libertad, total donde era necesaria. España había sido el campo de pruebas ideal. Dócil, tecnificada, con una población acostumbrada a la vigilancia y una clase política fácil de… gestionar.

En un bar de carretera, Diego Marín apuraba una cerveza. Había vendido su coche. Iba en transporte público, en bicicleta, andando. Su nuevo trabajo, en una editorial de libros técnicos, era aburrido y seguro. A veces, en las reuniones, cuando alguien se quejaba del tráfico o de la lentitud de los trenes, él sonreía con una mueca que no era sonrisa.

“¿Nada funciona?” decía algún colega desesperado. “¡Son unos incompetentes!”

Diego negaba lentamente con la cabeza, mirando por la ventana a la fila de coches detenidos, cada uno con su pequeño triángulo naranja invisible emitiendo, emitiendo siempre.

“Nada de eso,” murmuraba, casi para sí mismo. “Son muy, muy competentes.”

Y dejaba caer un triángulo de papel que había estado doblando distraídamente sobre la mesa. Un triángulo naranja, perfecto. La geometría del rebaño. Fuera, en la carretera, una baliza V16 parpadeaba su luz de localización, un latido digital en la noche, enviando su señal, una vez más, hacia la nube, hacia el vacío controlado, hacia el centro del huracán donde no existía control alguno. Solo el poder, desnudo y cínico, trazando sus propias líneas, rectas y sin curvas, sobre el mapa del mundo.

FIN

El razonamiendo de DeepSeek ha sido:

Vale, el usuario quiere una novela negra y cínica de 7000 palabras con 7 capítulos y un epílogo, basada en sus teorías sobre control social a través de las balizas V16 y la falta de supervisión en los trenes de alta velocidad. Necesito estructurar una historia que combine elementos de thriller tecnológico, corrupción política y sátira social.

Primero, debo crear un protagonista creíble que pueda descubrir esta conspiración, alguien con acceso a información pero lo suficientemente marginal como para que su denuncia sea creíble. Un periodista o investigador en horas bajas podría funcionar. La trama debe alternar entre la investigación personal del protagonista y los mecanismos de poder que quiere exponer.

Los capítulos deben avanzar progresivamente: presentar el accidente, introducir la tecnología V16, mostrar la opacidad del sistema ferroviario, revelar conexiones políticas, escalar a niveles internacionales de conspiración, y terminar con una confrontación donde el protagonista es silenciado. El epílogo debe dejar claro que el sistema perdura.

El tono debe ser ácido, con diálogos cortantes y descripciones que subrayen la hipocresía del poder. Referencias a Langley y AWS le darán un toque paranoico contemporáneo. Los nombres de los personajes (Mazón, Barrón de Angoiti) deben ser reconocibles pero ligeramente alterados para evitar problemas legales, manteniendo el efecto satírico.

La estructura de 7 capítulos permite desarrollar: 1) El accidente y la primera sospecha. 2) La investigación de las balizas. 3) El descubrimiento del vacío en los trenes. 4) La conexión política local. 5) La trama internacional. 6) La persecución del protagonista. 7) El silenciamiento. Epílogo: la maquinaria sigue funcionando.

El título ya lo da el usuario: debe reflejar la dicotomía control/libertad entre ciudadanos y élites. Las balizas V16 son el símbolo perfecto de vigilancia masiva, mientras la opacidad ferroviaria muestra la impunidad del poder. La novela debe leer como un panfleto distópico creíble, con toques de humor negro.