Serie Los Mamporreros, los socios del Gobierno

Episodio Primero

Capítulo 1: El aroma de las cloacas

Madrid olía a azahar podrido y a dinero público mal gastado. Julio César Montero, excomisario degradado a detective privado por un incidente con un diputado y una maleta llena de efectivo no declarado, observaba desde su oficina de la calle Desengaño cómo la ciudad se cubría con un manto de cinismo. La lluvia fina resbalaba por los cristales sucios, difuminando las luces de los coches oficiales que pasaban hacia el Congreso.

El caso había llegado en un sobre marrón sin remitente. Dentro, una fotografía borrosa de un hombre saliendo de una sauna de lujo en las afueras de Madrid, y un nombre: Paquito “el yerno”. No era el yerno cualquiera. Era el yerno del que todos hablaban en los pasillos, el que aparecía en los papeles pero nunca en los titulares. El que, según los rumores, había convertido la cercanía al poder en un arte empresarial.

Montero no era hombre de moralidades elevadas. Había visto demasiadas costuras sueltas en el traje del Estado como para escandalizarse. Pero aquello olía a podrido más de lo habitual. Y olía también a dinero. Mucho dinero.

El teléfono vibró sobre el escritorio de madera desconchada. Una voz sin timbre, metálica, como filtrada por varias capas de tecnología barata, le dio una dirección en el barrio de Salamanca y una hora. “Allí te explicarán el negocio. No preguntes. Solo escucha y asiente. Si haces bien tu trabajo, podrás retirarte a una isla griega. Si lo estropeas, te retirarán a una fosa en las afueras.”

Montero colgó. Encendió un Ducados, dejó que el humo áspero le raspara la garganta. Sabía que estaba metiendo la mano en la jaula de las hienas. Pero las hienas, al menos, pagaban puntualmente.

Capítulo 2: El salón de los espejos deformantes

La dirección resultó ser un club privado con fachada de librería anticuaria. Dentro, el silencio era tan denso que se podía cortar. Alfombras persas que ahogaban los pasos, vitrinas con primeras ediciones de libros que nadie leía, y un aroma a cuero viejo y coñac caro.

Le recibió un hombre de sonrisa profesional y mirada fría como el mármol de Carrara. Se presentó como Asesor Especial de Relaciones Institucionales. Montero no dudó de que era la mano derecha de alguien cuya foto colgaba en despachos oficiales.

—Necesitamos un perro de presa con olfato, no un sabueso con escrúpulos —dijo el hombre, sirviendo dos vasos de un whisky que costaba más que el alquiler mensual de Montero—. Hay ciertos… flujos financieros que necesitan ser rastreados, pero no por los canales oficiales. Flujos que nacen en saunas de postín y terminan en cuentas en paraísos con banderas que no verás en la ONU.

—¿Y por qué yo? —preguntó Montero, sabiendo la respuesta.

—Porque usted ya no tiene nada que perder. Y porque su expediente dice que es lo suficientemente cínico como para entender que, en este país, la justicia es solo una palabra que usan los discursos. Aquí se trata de lealtades. Y de silencios.

Sobre la mesa de roble, el Asesor desplegó un organigrama. No de un partido, sino de una constelación de intereses. Nombres, siglas, flechas que conectaban fondos de inversión con sociedades pantalla, con concesiones públicas, con subvenciones europeas. Y en el centro, como una araña regordeta, la figura del Suegro. No el suegro cualquiera. El Suegro con mayúsculas, aquel cuyo yerno era solo la punta más visible del iceberg.

—Esto —dijo el Asesor señalando con un dedo bien manicurado— es lo que sostiene el tinglado. Son los mamporreros. Los que estimulan, facilitan, lubrican los engranajes para que todo siga funcionando. Sin ellos, el motor se gripa. Y a nosotros no nos interesa una avería.

Montero estudió el esquema. Reconoció siglas: PNV, EH Bildu, Esquerra, Junts, Podemos, Sumar. Cada una con su función, su nicho, su precio.

—El PNV —continuó el Asesor— juega al nacionalismo de salón, pureza de sangre y business class. Negocian al milímetro, como si el Estatuto de Gernika fuera un contrato de leasing. Su lealtad es al suelo, no al sol. O más bien, al suelo que se puede pavimentar con euros.

—EH Bildu —prosiguió, bajando la voz aunque no había nadie más en la sala—. Ah, esos son los especialistas en el blanqueo. No solo de dinero, también de memoria. Convierten asesinos en alcaldes, extorsión en patria, y elogios a Hamás en solidaridad anticolonial. Tienen el manual del revolucionario boutique: puedes pedir un café bombón mientras citas a Marx y admiras las fotos en blanco y negro de las SS. Su utilidad es el miedo residual que infunden. Un miedo que se cambia por escaños y amnistías.

Montero asintió. No era nada que no supiera. La novedad era verlo dibujado como un plan de negocio.

—Esquerra —dijo el Asesor con una sonrisa burlona—. Esos son los más graciosos. Ayer falangistas de misa diaria y columnas de La Vanguardia, hoy independentistas de ferrocarril y pa amb tomàquet. Su sueño no es la república, es convertirse en la Costa Brava de Marruecos. Les encanta la estética del minarete, les da un aire de cosmopolitismo de pacotilla. Y mientras llenan Cataluña de mezquitas financiadas con fondos para la cohesión social, sus primos invierten en urbanizaciones de lujo en Marbella.

—Luego están los tontos útiles —continuó, deslizando el dedo hacia otro grupo—. Podemos, Sumar. Esos viven del cuento de la agenda 2030, el cambio climático como religión laica y la despoblación como solución malthusiana con banderas arcoíris. Son los perfectos idiotas, convencidos de salvar el mundo mientras sirven cócteles en la cubierta del Titanic. Los Soros de turno los financian, ellos ponen la retórica y los votos. Y mientras hablan de decrecimiento, sus líderes compran chalets en urbanizaciones con tres piscinas.

—Y no podemos olvidar a Junts —añadió con un dejo de admiración cínica—. Esos son los artistas del escape. El líder, un millonario que escapó en el maletero de un Ford Fiesta, como si fuera un diamante en lugar de un prófugo. Gestionan el resentimiento como un producto de mercado: nostalgia empaquetada, victimismo premium. Su nacionalismo es, sobre todo, fiscal.

Montero respiró hondo. Estaba viendo el mecanismo completo, el verdadero gobierno en la sombra.

—Y todos ellos —concluyó el Asesor— parapetan los negocios de las saunas. Las saunas son solo la metáfora, Montero. El lugar donde se suda, se negocia y se lava todo. Donde el poder se relaja y muestra su verdadera piel. Su trabajo es asegurarse de que ninguna investigación, ningún periodista demasiado curioso, ningún juez con ansias de gloria, se acerque a esas saunas. A cambio, obtendrá un porcentaje. Un porcentaje pequeño de algo muy, muy grande.

Capítulo 3: El primer encargo

El primer encargo fue sencillo: disuadir a un periodista de El Confidencial que estaba siguiendo el rastro de una subvención europea destinada a “innovación en energías renovables” que había terminado financiando la reforma de una cadena de saunas en Guadalajara.

Montero usó métodos sutiles. No hacía falta romper dedos. Solo recordarle al periodista que su hija de seis años iba a un colegio concreto, que su mujer salía a correr cada mañana por el mismo parque, y que los accidentes, desgraciadamente, ocurren. El periodista, un tipo con cara de no haber dormido en semanas, entendió el mensaje. La investigación se evaporó. Montero recibió un sobre con diez mil euros en billetes de quinientos. No era la isla griega, pero era un comienzo.

Fue entonces cuando conoció a Bittor, el enlace con el PNV. Un hombre de traje impecable, aire de banquero y apretón de manos calculado al milímetro. Quedaron en un restaurante de pescado en el barrio de Chamberí.

—Nosotros no somos idealistas, Montero —dijo Bittor mientras desmenuzaba un rodaballo con precisión quirúrgica—. Somos gestores. La pureza de la raza vasca es un relato útil para movilizar a la base, pero en los despachos lo que importa es la pureza de los balances. Sabino Arana soñaba con vascos de RH negativo y moral inmaculada. Nosotros soñamos con contratos con el ADIF y desgravaciones fiscales. El gobierno central nos necesita para gobernar, y nosotros aprovechamos para sacar lo nuestro. Es simbiosis pura. Pero esas saunas… son un riesgo. Un riesgo innecesario. Un capricho del Suegro. Nuestra tarea es que ese capricho no empañe los negocios serios.

Montero entendió. Para el PNV, todo era transaccional. La ideología, una moneda de cambio.

Capítulo 4: El blanqueador de Bildu

El siguiente contacto fue más oscuro. Iker, representante oficioso de EH Bildu, le citó en un bar de carretera cerca de Vitoria. Un lugar con neones parpadeantes y un olor a fritanga rancia. Iker tenía la mirada plana, de quien ha visto cosas que no se cuentan.

—Nosotros sabemos de silencios —dijo Iker, sin preámbulos—. Llevamos décadas negociando con el ruido de las pistolas de fondo. Ahora las pistolas están en los museos, pero el ruido se cambia por escaños. Lo nuestro es la rehabilitación política. Convertimos el plomo en oro, la sangre en votos. ¿Las saunas? Un detalle menor. Lo que importa es el marco: la impunidad como principio. Si el Estado acepta blanquear nuestro pasado, ¿por qué no iba a blanquear los negocios del Suegro? Es cuestión de escalas. Nosotros pedimos perdón por los muertos a cambio de actas. Ellos piden discreción por las saunas a cambio de leyes. Es el trueque perfecto.

Montero notó un frío en la espalda. Iker hablaba del terror con la misma naturalidad con que otros hablan del tiempo. Y de pronto, sacó una foto antigua, descolorida. Un joven con boina, frente a una ikurriña. Al dorso, una fecha: 1978.

—Ese era mi tío. Cayó por la causa. Ahora su nombre está en una calle. La memoria es un negocio, Montero. Y nosotros somos los mejores gestores.

El encargo de Iker fue más concreto: había un exetarra, ahora reconvertido en consultor en resolución de conflictos, que estaba hablando de más en una terapia de grupo. Había mencionado “vínculos entre antiguas estructuras y negocios de lavado actuales”. Iker necesitaba que se le convenciera de guardar silencio. Para siempre.

Montero prefirió no preguntar los métodos. Solo aceptó el paquete con información y otra bolsa de dinero. Cuando abrió el paquete en su coche, encontró una dirección en Pamplona y un nombre: Mikel. Y una nota: “Accidente de tráfico. Nada llamativo.”

Capítulo 5: Los conversos de Esquerra

Barcelona olía a chamusquina y a derrota disfrazada de triunfo. Rafel, contacto con Esquerra, le esperaba en el salón modernista de un club exclusivo en el Eixample. Rafel tenía pinta de hombre de familia bien, de esos que heredan bufete y convicciones.

—¿Independentismo? —dijo con un gesto de desprecio— Eso es para las masas, para los que necesitan creer en algo. Nosotros somos pragmáticos. España se hunde, Marruecos sube. ¿Por qué no pivotar? El rey Mohamed VI es un hombre de negocios, no un ideólogo. Y a Cataluña le sobran playas y le falta petróleo. Es una complementariedad perfecta. Ya verás, dentro de veinte años celebraremos el Eid al-Fitr en la plaza Catalunya y habrá más mezquitas que ikastolas. Y todo financiado con fondos europeos para la integración. La ironía es deliciosa.

Montero observó a Rafel. Detrás de su retórica modernosa, había un cálculo frío de comerciante. La independencia era solo una marca, un producto para exportar. La realidad era buscar el mejor postor.

—El tema de las saunas es un poco cutre, lo admito —continuó Rafel—. Pero el Suegro es un hombre de… gustos tradicionales. Y tiene influencia. Nosotros nos encargamos de que en los medios catalanes no salga ni una línea. A cambio, pedimos cierta laxitud en la persecución del procés. Unos indultos por aquí, una reforma del delito de sedición por allá. Tú me entiendes.

Montero asintió. Lo entendía perfectamente. Todo era intercambio. Todo era negocio.

Capítulo 6: Los idiotas útiles

Madrid de nuevo. En un coworking de Chamberí decorado con pósters de Che Guevara y plantas de interior, conoció a Lucía, enlace con los restos de lo que fue Podemos y ahora era Sumar. Lucía era joven, con gafas de pasta y una camiseta con un eslogan feminista en inglés. Hablaba de “paradigmas”, “transiciones ecosociales” y “deconstrucción del heteropatriarcado capitalista”. Montero tuvo que hacer un esfuerzo para no reírse.

—El cambio climático es la gran oportunidad —decía Lucía, con la convicción de una misionera—. Es la narrativa que lo engloba todo: puedes justificar cualquier cosa, desde un impuesto a la carne hasta un control de la natalidad. Despoblar es progresar. Y mientras la gente discute sobre el CO2, nosotros vamos tejiendo la red del poder real. Las saunas son una anécdota reaccionaria, pero si con ello mantenemos la influencia para impulsar la agenda 2030, es un mal menor. La historia nos absolverá.

Montero la miró con una mezcla de lástima y asco. Era la más peligrosa de todos, porque creía en su propio cuento. Mientras hablaba de salvar el planeta, su partido firmaba acuerdos para mantener en el poder a los dueños de las saunas. La contradicción no le importaba. Estaba al servicio de “la causa”.

—Su trabajo —dijo Lucía, bajando la voz— es asegurarse de que ciertos verdes europeos, demasiado inquisitivos, no pregunten por los vínculos entre las subvenciones a las energías renovables y las sociedades pantalla del Suegro. Les daremos datos sobre la reducción de emisiones en España, les invitaremos a unas jornadas sobre ecofeminismo, y se olvidarán del tema.

Montero salió del coworking con dolor de cabeza. La hipocresía de los otros, al menos, era sincera. La de estos estaba recubierta de una capa de autoengaño que la hacía más repulsiva.

Capítulo 7: El artista de la fuga

El contacto con Junts fue el más escurridizo. No hubo reunión física, solo una videollamada cifrada. En la pantalla, un despacho lujoso con una bandera estelada de fondo. La voz, distorsionada.

—Nosotros somos la diáspora, Montero. El exilio es un estado mental, pero también una estrategia fiscal. Nuestro líder demostró que se puede gobernar un país desde la distancia, y evadir sus impuestos desde otra. Es la esencia del nacionalismo moderno: patria emocional, residencia fiscal ventajosa. Lo de las saunas es un asunto menor, casi folclórico. Pero si el Suegro cae, la estabilidad se resiente. Y a nosotros nos interesa una España estable… pero débil. Lo suficiente como para sangrarla con competencias, pero no tanto como para que colapse. Es un equilibrio delicado.

La misión para Junts fue la más delicada: interceptar un informe de la UDEF que vinculaba a testaferros del líder de Junts con sociedades que alquilaban locales a las saunas. Había que desviar la investigación, sembrar pistas falsas que llevaran a rivales políticos. “Confusión es lo que necesitamos”, dijo la voz. “Confusión y algún chivo expiatorio. Sugiero que apuntes a un exdirector general del PP. Tienen unos cuantos sobrando.”

Montero ejecutó el plan. Con sus contactos en la policía judicial, logró que el informe tomara un desvío burocrático. Para cuando reapareciera, los rastros estarían fríos.

Epílogo: El precio de la saliva

Seis meses después, Montero estaba sentado en un bar de la costa, mirando el mar. Tenía una cuenta en las Islas Caimán con suficiente dinero para no volver a trabajar. Había cumplido su parte. Las saunas funcionaban a pleno rendimiento, los socios del gobierno recibían sus contrapartidas, y el tinglado seguía en pie.

Había visto de cerca a los mamporreros. Los que estimulaban al poder para que siguiera funcionando, para que diera placer a unos pocos. Cada uno con su técnica, su justificación, su relato. Desde el nacionalismo étnico hasta el ecologismo apocalíptico, todos servían al mismo mecanismo. Todos eran cómplices del mismo cinismo.

Recibió un último mensaje del Asesor Especial. “Buen trabajo. El sistema te agradece tu discreción. Recuerda: eres parte de él ahora. Tu silencio es nuestro silencio.”

Montero apagó el teléfono. Encendió un cigarrillo y escupió al mar. Se sintió sucio, como si la saliva de todos aquellos mamporreros le hubiera salpicado. Pero el dinero en el banco era real. Y la isla griega le esperaba.

Miró hacia el horizonte, donde el cielo se fundía con el agua. Pensó en el periodista amedrentado, en el exetarra que tuvo un “accidente”, en los verdes europeos engañados, en el pueblo que creía en las banderas mientras le robaban el futuro. Y supo, con una certeza amarga, que él también se había convertido en un mamporrero más. Uno bien pagado.

El mar seguía ahí, indiferente. Como el poder. Como la España que acababa de vender.

FIN DEL EPISODIO PRIMERO