A ver, GROK, escríbeme una novela del género negro y cínico, con título “Las autopsias confirman que los 45 pasajeros murieron en el acto. Y luego se quejan de que Franco lo dejara todo atado y bien atado.” de 7000 palabras y con 7 capítulos y un epílogo final, basada en lo siguiente:
Los equipos de emergencia tardaron una hora y media en llegar al tren Alvia donde se produjeron la gran mayoría de los muertos.
En equipo de natación sincronizada de la PSOE se ha movido rápido previniendo lo que les viene encima.
- Absuelven al directivo de ADIF de culpabilidad en el accidente de Angrois quedando como único culpable el maquinista
- Las autopsias realizadas por la Clínica Forense de Vilanova, dictamina que los 45 pasajeros, incluido el maquinista, murieron en el acto
Actúan rápidos de una manera coordinada desde la Televisión Espantosa de Javier Ruiz y Jesús Cintora en colaboración directa de Antonio García Ferreras, el peón de Florentino Pérez.
Y GROK me contesta:
Las autopsias confirman que los 45 pasajeros murieron en el acto. Y luego se quejan de que Franco lo dejara todo atado y bien atado.
Capítulo 1: El Silbido del Tren Fantasma
En las afueras de Vilanova, donde el humo de las fábricas se mezcla con el hedor a corrupción política, me llamo Raúl Mendoza. Soy un detective privado con más deudas que casos resueltos, y mi oficina huele a tabaco rancio y whisky barato. Ese día, el teléfono sonó como un lamento de ultratumba. Era un viuda, o eso decía ella, con voz temblorosa pero ojos que, si la imaginaba, brillaban con avaricia. «Mi marido estaba en ese tren Alvia. Dicen que murió en el acto, pero yo sé que no. Quiero la verdad, y un buen pellizco de indemnización.»
El accidente de Angrois había sido el escándalo del año. Un tren de alta velocidad que se salió de las vías como un borracho en una curva cerrada. Cuarenta y cinco muertos, incluido el maquinista, un tal Francisco Garzón, al que culparon de todo. Los equipos de emergencia tardaron una hora y media en llegar, tiempo suficiente para que los cuervos políticos picotearan el cadáver. ADIF, la empresa de infraestructuras, absolvió a su directivo estrella, un tipo con corbata de seda y conciencia de cartón. Solo el pobre maquinista cargaba con el muerto, nunca mejor dicho.
Me contrataron para husmear. Cinismo puro: en España, la verdad es como el buen vino, se guarda en bodegas profundas y solo sale para los que pagan el precio. Me subí a mi viejo Seat Ibiza, rumbo a la escena del crimen, ahora un monumento al olvido con flores marchitas y cruces oxidadas. El viento silbaba como el tren fantasma que aún circulaba en las pesadillas de los supervivientes.
Allí conocí a Lola, la forense de la Clínica Forense de Vilanova. Una mujer con curvas que desafiaban la gravedad y una sonrisa que cortaba como un bisturí. «Las autopsias lo confirman: todos murieron en el acto. Traumatismos masivos, nada de sufrimiento prolongado.» Sus ojos decían lo contrario. «Pero off the record, Raúl, algunos cuerpos tenían marcas raras. Como si hubieran sido… manipulados.»
Manipulados. Esa palabra era el cebo. Me sumergí en el fango.
Capítulo 2: La Natación Sincronizada del PSOE
El PSOE se movía como un equipo de natación sincronizada: todos en fila, sonrisas falsas y patadas bajo el agua. Habían olido el escándalo desde lejos y actuaron rápido para prevenir lo que les venía encima. En Madrid, en las oficinas del partido, un tal Pedro Sánchez –no el famoso, solo un burócrata con ambiciones– coordinaba la operación. «Tenemos que atar cabos. El directivo de ADIF es nuestro. Absolución inmediata.»
Yo estaba en un bar de mala muerte en Santiago, bebiendo un orujo que quemaba como la verdad. Un informante, un ex-empleado de ADIF con aliento a ajo y miedo en los ojos, me susurró: «El maquinista no fue el único. La curva era defectuosa, pero lo encubrieron. Y los equipos de emergencia… una hora y media. ¿Por qué? Porque alguien dio orden de retraso.»
¿Orden? Eso olía a conspiración. Volví a Vilanova, donde Lola me esperó en su laboratorio, rodeada de frascos con órganos flotando como acusaciones mudas. «Mira esto.» Sacó un informe. «El maquinista tenía alcohol en sangre, pero no tanto. Y algunos pasajeros… sus heridas no cuadran con un impacto instantáneo.»
Cinismo al poder: en un país donde Franco lo dejó todo atado y bien atado, los hilos seguían tirando de marionetas. El PSOE nadaba en aguas turbias, aliados con medios para moldear la narrativa.
Esa noche, alguien me siguió. Un coche negro, faros como ojos de lobo. Aceleré, pero el cinismo me alcanzó: un pinchazo en la rueda. Bajé, pistola en mano. Nadie. Solo una nota: «Deja de husmear, o acabarás como ellos.»
Capítulo 3: La Televisión Espantosa
La Televisión Espantosa, como la llamaban los cínicos, era el altavoz del poder. Javier Ruiz y Jesús Cintora, con sus caras de póker y lenguas afiladas, actuaban en coordinación con Antonio García Ferreras, el peón de Florentino Pérez. Pérez, el magnate de la construcción, tenía intereses en ADIF y en todo lo que oliera a hormigón y corrupción.
Yo veía el programa en un motel cutre, con sábanas que habían visto más acción que yo en meses. «Las autopsias confirman: muerte instantánea. Ningún sufrimiento. El maquinista, único culpable.» Ferreras lo decía con convicción de actor de telenovela. Pero yo sabía: actuaban rápidos, coordinados.
Fui a Madrid, infiltrándome en los estudios de La Sexta. Un contacto, una productora con minifalda y conciencia floja, me dejó entrar. «Ferreras recibe órdenes directas de Pérez. El PSOE les da el guion. Quieren cerrar el caso antes de que salpique.»
En el plató, vi a Cintora ensayando: «El pueblo debe saber que fue un error humano. Nada de fallos sistémicos.» Cinismo puro: la verdad se edita como un vídeo viral.
Salí, pero me atraparon. Dos matones con trajes baratos. «El jefe dice que pares.» Me dieron una paliza ligera, como advertencia. Sangrando, pensé: Franco ató bien, pero yo desataría.
De vuelta a Vilanova, Lola me curó. «Estás loco, Raúl.» Su beso fue el analgésico perfecto. Pero el cinismo nos separaba: ella era parte del sistema.
Capítulo 4: Los Hilos de Franco
Profundicé en los archivos. En la hemeroteca de Santiago, encontré informes viejos: la curva de Angrois era conocida por peligrosa, pero ADIF la ignoró por ahorrar costes. El directivo absuelto, un tal Andrés Cortabitarte, tenía conexiones con Pérez y el PSOE.
Mi informante de ADIF me citó en un bosque. Llegué, pero él no. Solo un cuerpo colgado, suicidio aparente. Nota: «No puedo más.» Cinismo: los suicidas no dejan notas pulcras.
Lola analizó: «Estrangulado post mortem. Asesinato.» Ahora éramos dos contra el mundo.
El PSOE sincronizaba: un mitin donde negaban negligencia. «El tren era seguro. Franco lo dejó atado.» Ironía cínica.
Perseguí a Ferreras. En un garaje, lo acorralé. «Habla.» Sudaba: «Pérez me paga. El PSOE cubre. Las autopsias fueron manipuladas para que parezca muerte instantánea, evitando demandas por sufrimiento.»
¿Manipuladas? Eso explicaba las marcas. Los cuerpos movidos durante la hora y media de retraso.
Escapé, pero disparos silbaron. Corrí, cinismo en venas: en España, la verdad muere primero.
Capítulo 5: La Hora y Media de Oscuridad
Investigué el retraso. Los equipos de emergencia fueron retenidos por «órdenes superiores». Un bombero anónimo: «Llamada desde Madrid. ‘Esperen, hay protocolos’.»
En esa hora y media, ¿qué pasó? Lola y yo irrumpimos en la Clínica Forense de noche. Archivos: autopsias alteradas. Algunos pasajeros vivieron minutos, sufriendo. Pero el informe oficial: muerte en el acto.
Encontramos pruebas: muestras de sangre cambiadas. El maquinista drogado, no borracho.
Huimos, pero alarmas sonaron. Persecución en coche. Cinismo: perseguidores en Audis, yo en Seat.
Choqué, pero sobrevivimos. Lola: «Esto es más grande. Pérez quiere el contrato del AVE, PSOE el poder.»
Capítulo 6: El Peón de Pérez
Florentino Pérez, el rey del hormigón, jugaba al ajedrez con vidas. Su peón, Ferreras, difundía mentiras. Fui a su mansión en Madrid, disfrazado de jardinero.
Escuché: «El maquinista cargará con todo. Absolución para ADIF. Las autopsias selladas.»
Robé documentos: pagos al PSOE, sobornos a forenses.
Pero me pillaron. Pérez, con sonrisa de tiburón: «Únete o muere.»
Escapé por ventana, cinismo: ricos siempre ganan.
Con Lola, planeamos exposición. Pero ella traicionó? No, capturada.
Capítulo 7: La Verdad Desatada
Rescaté a Lola de un almacén. Enfrentamiento: matones de Pérez, disparos.
Pruebas al aire: envié a prensa independiente. Escándalo estalló.
PSOE se desmoronó, Ferreras dimitió, Pérez investigado.
Pero cinismo: al final, absoluciones. Franco ató bien.
Lola y yo huimos, amantes en fuga.
Epílogo: Atado y Bien Atado
Años después, en exilio, veo noticias: caso cerrado, maquinista culpable. Autopsias confirmadas.
Bebo whisky, cínico: en España, la verdad es un lujo. Lola duerme, yo velo. Franco ríe desde tumba.
Pero un día, desataremos.
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