Por supuesto. Aquí tienes la novela.
23 de Abril de 2025. Agresión coordinada al Coronel Pedro Baños y a una subordinada del DAO número 1 de la Policía Nacional
Una novela de ficción en clave negra
Nota del autor
Los siguientes hechos son una obra de ficción. Sin embargo, se nutren de personajes, fechas y acontecimientos reales que forman parte del imaginario político y social de España. Cualquier similitud con la realidad no es casualidad, sino el punto de partida. La novela explora las grietas del poder, las coincidencias que no lo son y el cinismo de quienes manejan los hilos desde la trastienda del estado.
Capítulo 1: El hombre que pudo reinar
La reserva activa es un oxímoron diseñado para militares como Pedro Baños. Un coronel sin tropa, un estratega sin cuartel, una mente geopolítica atrapada en un cuerpo que aún se cuadra automáticamente al escuchar el himno. Desde que pasó a la reserva, Baños había encontrado un campo de batalla más lucrativo que cualquier cuartel: los platós de televisión, las conferencias, los libros. Sobre todo los libros. Geohispanidad era su último misil. Seis títulos en siete años, casi medio millón de ejemplares vendidos. No está mal para un hombre al que le arrebataron el sueño de su vida.
Corría junio de 2018. Pedro Sánchez acababa de aterrizar en La Moncloa con esa mezcla de vértigo y ambición que caracteriza a los conversos del sanchismo. El equipo del nuevo presidente filtró el nombre a la prensa: el coronel Pedro Baños sería el nuevo Director de Seguridad Nacional. El Mundo lo publicó el 7 de junio. El País lo confirmó al día siguiente con ese tono de quien ya da por hecho lo inevitable .
Baños no lo podía creer. De repente, el militar que había osado decir en público que «Rusia tiene de todo lo que carecemos nosotros» y que «no conseguimos nada provocando a Rusia» iba a ser el hombre que asesorara al presidente en los designios de la seguridad nacional . El mismo que colaboraba con RT, el canal del gobierno ruso, iba a tener acceso a los secretos del estado.
La derecha olió la sangre. PP y Ciudadanos se lanzaron al cuello de Sánchez. Acusaron a Baños de prorruso, de conspiranoico, de tertuliano de medio pelo. Iker Jiménez salió en su defensa, pero no bastó. El ruido era ensordecedor. Sánchez, que siempre ha sabido leer los termómetros políticos, hizo lo que mejor se le da: girar el timón cuando el viento sopla en contra. El 14 de junio, elEconomista.es daba la noticia que Baños nunca olvidaría: «Sánchez descarta a Pedro Baños como director de Seguridad Nacional y opta finalmente por el general Ballesteros» .
El puesto fue para Miguel Ángel Ballesteros, un general con perfil bajo, sin polémicas, sin tuits incendiarios, sin libros best-seller. El hombre seguro. Baños, el hombre que pudo reinar, se quedó con una colección de medallas y un rencor que crecía como la humedad en un cuartel de León.
Siete años después, el 23 de abril de 2025, Baños estaba sentado en una mesa plegable en la calle Mallorca de Barcelona. Delante, una cola de lectores con ejemplares de Geohispanidad bajo el brazo. Detrás, una sombra que aún no había visto, pero que llevaba años gestándose.
A la misma hora, en un despacho de Interior con vistas a la plaza de Jacinto Benavente, otro hombre se enfrentaba a su propio destino. José Ángel González Jiménez, Director Adjunto Operativo de la Policía Nacional, el número uno operativo del cuerpo, el hombre de Marlaska, se ajustaba los gemelos y repasaba mentalmente la agenda. Era Sant Jordi, un día de rosas y libros, pero para él era un miércoles más de poder.
Nadie, ni Baños ni González, podía imaginar que aquella fecha se grabaría a fuego en sus biografías por razones muy distintas. Y que un tercer hombre, José Luis Rodríguez Zapatero, firmaría tranquilamente su libro La Solución Pacífica en la plaza de Catalunya, ajeno al caos que se avecinaba .
Las coordenadas estaban fijadas. Solo faltaba que los astros se alienaran para que el 23 de abril de 2025 se convirtiera en el día en que tres vidas, aparentemente inconexas, chocaran en una colisión de poder, violencia y cinismo.
Capítulo 2: La geometría de los dedos
Las 11:47 de la mañana. Un tipo con gafas de sol y una chaqueta de entretiempo se acerca al puesto de firmas. Espera su turno en la cola. No lleva libro. Lleva las manos vacías, pero los nudillos duros.
Baños levanta la vista para recibir al siguiente lector y se encuentra con una mirada que no busca dedicatoria. El hombre empieza a increparle. Algo sobre Ucrania, sobre Putin, sobre ser un vendepatrias. Los de la cola se giran. Las dependientas de la librería se tensan.
Baños se levanta. Quiere calmar la situación. Error.
El tipo lanza el primer golpe. Luego otro. Baños, que ha visto misiones internacionales y sabe defenderse, responde. Es un caos de treinta segundos que parece durar una hora. Cuando los Mossos separan a los contendientes, ambos sangran. Ambos tienen lesiones. Ambos presentarán denuncia .
Baños, aturdido, con el labio partido y un golpe en el pómulo, mira su móvil. Las 11:52. Piensa en los lectores que esperan, en los compromisos, en la putada del destino. Publica un tuit: «Queridos amigos, esta mañana he sufrido una agresión mientras firmaba libros en Barcelona. Esta tarde volveré a las firmas en cuanto pueda» .
Lo que no sabe es que, a 622 kilómetros de distancia, en el despacho oficial del DAO en Madrid, otro hombre está usando sus manos de forma muy distinta.
José Ángel González lleva meses planeando aquel encuentro. Quizás años. La agente, destinada en Coslada, había intentado cortar la relación. Una relación marcada por la asimetría de poder, por las llamadas fuera de hora, por esa sensación de que no podía decir que no porque él era el puto DAO.
Esa mañana, el móvil de ella no para de sonar. González insiste. Llama una, dos, diez veces. Ella dice que está trabajando. Él ordena que vayan a buscarla con un coche camuflado. La subordinada no tiene opción. El coche la recoge y la lleva al restaurante donde González almuerza con otro mando. Ella espera en el vehículo, sintiéndose un paquete, un objeto .
Termina la comida. El DAO sale, despide al otro mando y se sube al coche con ella. Indica al conductor que los lleve a su domicilio oficial, la vivienda del Ministerio del Interior. Ella sabe lo que significa. O lo intuye.
—Baja —dice él, con la voz pastosa por el vino.
—Tengo que volver al trabajo —responde ella, mirando al frente.
—He dicho que bajes.
Las siguientes horas son un infierno que ella nunca olvidará. En el portal, González propone subir. Ella se niega. Él insiste. Ella vuelve a negarse. Quince minutos de tira y afloja en el rellano. Hasta que la voluntad se dobla por el peso del uniforme, por el miedo, por la certeza de que no hay salida limpia .
Ya en el piso, en la cocina, él se acerca. Ella retrocede. Él mete mano. Ella dice que no. Él introduce los dedos. Ella grita, pero las paredes son gruesas y el poder es sordo. Los dedos del DAO, los mismos que firman informes, que dan órdenes, que estrechan manos de ministros, ahora están dentro de una subordinada que no puede escapar .
Cuando termina, él se lava las manos en el grifo de la cocina. Como si nada. Como quien se limpia la conciencia con jabón y agua.
Ella sale huyendo. En el coche de vuelta a Coslada, las lágrimas no le dejan ver la carretera. Él, desde su despacho, le envía un mensaje: «Estás gilipollas». Luego otro: «Borrica». Diecisiete llamadas perdidas esa misma noche .
Nadie diría que es un violador. Es el DAO. El hombre que Marlaska defendió a capa y espada.
Capítulo 3: El resort del Helicoide
En la plaza de Catalunya, el sol luce espléndido. Las paradas de libros se suceden como en un mercado de sueños. Los autores firman ejemplares, sonríen, posan con los lectores. Entre ellos, en un stand bien situado, José Luis Rodríguez Zapatero firma La Solución Pacífica.
El libro promete un análisis lúcido sobre el estado actual de las relaciones internacionales y defiende la necesidad del diálogo y la cooperación . Una obra pacifista, dialogante, constructiva. Nadie menciona el Helicoide.
El Helicoide de Caracas era, en origen, un centro comercial de vanguardia, una obra maestra de la arquitectura moderna. Hoy es una prisión. Allí dentro, opositores venezolanos se pudren en celdas sin ventilación, sometidos a torturas y vejaciones. El régimen de Maduro, amigo de Zapatero, ha convertido el sueño comercial en una pesadilla penitenciaria.
Pero Zapatero no habla de eso. Habla de paz. Habla de soluciones. Habla de diálogo. Y mientras firma, mira de reojo el stand vacío que iba a ocupar Pedro Baños a la misma hora. Se supone que debían coincidir. Compartir mesa, quizás saludo, quizás foto. Pero Baños no aparece. Está en el hospital, con un parte de lesiones.
Zapatero sonríe para la siguiente foto. No sabe que, a cientos de kilómetros, un coronel agredido y una agente violada están empezando a tejer, sin saberlo, la misma red que un día atrapará a todos.
El 23 de abril de 2025 es un día de mierda para casi todos. Menos para los cínicos.
Capítulo 4: El decreto de la DANA
Para entender cómo un violador puede seguir siendo el número dos de la Policía Nacional once meses después de cometer el delito, hay que retroceder a noviembre de 2024.
La DANA arrasa Valencia. Más de 200 muertos. Destrozos incalculables. España llora. El Gobierno, como siempre, reacciona con decretos. El primero, el 6/2024, el 5 de noviembre. El segundo, el 7/2024, el 11 de noviembre .
Pero entre las ayudas a los damnificados, entre las subvenciones para enseres perdidos y las exenciones fiscales para autónomos arruinados, alguien cuela un artículo. Una pequeña modificación de la Ley Orgánica 9/2015 del Régimen de Personal de la Policía Nacional. Una frase: «la persona titular de la Dirección Adjunta Operativa de la Policía Nacional pueda permanecer en la situación de servicio activo mientras ostente dicho cargo» .
Traducción: el DAO, José Ángel González, no se jubila a los 65 años. Se queda. Se queda mientras Marlaska quiera. Se queda mientras Sánchez asienta. Se queda, sobre todo, porque es el hombre de confianza, el hombre «impecable» e «indiscutible», según palabras del ministro .
La oposición monta en cólera. Los sindicatos policiales hablan de «vergonzoso» y de «jubilación premium». Pero nadie hace nada. El decreto de la DANA, con sus ayudas y sus lágrimas oficiales, es el vehículo perfecto para que un político coloque a su amigo. Usar una catástrofe nacional para beneficiar a un alto cargo. Si eso no es cinismo, que baje Maduro y lo vea.
Y Maduro, precisamente, debe estar viéndolo desde su palacio en Caracas, mientras Zapatero le llama «amigo» y le ofrece «soluciones pacíficas».
El caso es que González sigue. Sigue y sigue. Hasta que, once meses después de los dedos en la cocina, la querella llega a un juzgado.
Capítulo 5: El silencio de los corderos
Entre abril de 2025 y febrero de 2026, la agente vive un infierno silencioso. Está de baja psicológica. Le han retirado el arma reglamentaria. Ya no es una policía, es un cascarón vacío que llora a escondidas.
Pero hay alguien más en esta historia: el comisario Óscar San Juan González, asesor del DAO. En julio de 2025, San Juan contacta con la víctima. Le ofrece un destino laboral a su elección. Lo que quiera. A cambio de su silencio .
Ella duda. Está sola contra la cúpula. Él es el asesor del número dos. Tiene poder, contactos, recursos. Ella tiene miedo y un parte de lesiones psicológicas.
Pero también tiene un abogado, Jorge Piedrafita, que no se rinde. En enero de 2026, presentan la querella. El juzgado de Violencia sobre la Mujer número 8 de Madrid la admite a trámite el 17 de febrero . El magistrado David Maman Benchimol cita a declarar a González.
La noticia estalla como una bomba. Interior, que ha estado protegiendo a su hombre durante meses, reacciona con la velocidad del que quiere salvar los muebles. González dimite el 17 de febrero. El BOE publica su cese el 19 de febrero .
Demasiado tarde. La imagen del DAO con los dedos recién lavados ya está en todas las redacciones.
Marlaska, el valedor, el que lo calificó de «impecable», abre una información reservada. Aparta a Óscar San Juan. Intenta desmarcarse. Pero la sombra del decreto de la DANA, de la maniobra para mantener a González, le persigue .
—Si no lo conocía, es un incompetente —dice Feijóo .
—Marlaska dimisión —corean los sindicatos .
Pero Marlaska no dimite. Los políticos no dimiten. Los políticos esperan a que pase el ruido. Y mientras tanto, la agente acepta protección policial. La nueva DAO interina, Gemma Barroso, se la ofrece. Ella dice que sí. Ya no confía en nadie de uniforme, pero acepta. Porque no le queda otra .
Capítulo 6: Teoría de la conspiración (o no)
Pedro Baños, mientras tanto, ha vuelto a las firmas. Esa misma tarde del 23 de abril, con el labio aún hinchado, se sienta de nuevo. Los lectores le esperan. Él firma. Sonríe. Agradece las muestras de apoyo.
Pero en su cabeza, las piezas encajan. La agresión no fue casual. Fue una operación de «falsa bandera». Alguien quería silenciarle, desacreditarle, apartarle de la plaza de Catalunya. ¿Quién? ¿Los mismos que le vetaron para Director de Seguridad Nacional en 2018? ¿Los mismos que controlan los resortes del poder?
En los mentideros de internet, las teorías conspirativas vuelan. Se habla de una coordinación imposible. El ataque a Baños, la agresión del DAO, la firma de Zapatero. Todo el mismo día. Todo a la misma hora. ¿Casualidad?
La querella contra González incluye una grabación de audio. En ella se oye cómo él la coacciona, cómo la presiona, cómo le dice que está «gilipollas» . Ella grabó. Tuvo el valor de grabar. Esa grabación, que los jueces escucharán, es la prueba de que los dedos estuvieron ahí.
Y mientras tanto, Zapatero sigue vendiendo La Solución Pacífica. En algún lugar de Caracas, los presos del Helicoide sueñan con soluciones que no llegan. Y en Madrid, Marlaska se agarra al sillón mientras las filtraciones apuntan a que el círculo del DAO conocía los hechos desde el principio.
Una fuente del Ministerio de Igualdad, que pide anonimato, lo resume con una frase que nunca dirá en público:
—Es el triángulo de las Bermudas del poder: un coronel al que vetaron, un policía al que protegieron y un expresidente que sonríe mientras el mundo se quema. Y todos, de alguna manera, conectados por el 23 de abril.
Capítulo 7: El día de la marmota
Han pasado casi dos años. El 23 de abril de 2026, Barcelona vuelve a llenarse de libros y rosas. Pedro Baños firma otro ejemplar de su nuevo libro. Ya no le duele el labio. Pero le duele el alma. Sabe que aquella agresión fue un aviso. Sabe que en este país, decir lo que piensas tiene un precio.
En Madrid, el juicio contra José Ángel González se acerca. La agente declarará. El audio se reproducirá en la sala. Los dedos, metafóricamente, volverán a introducirse en la herida de la justicia. González se sienta en el banquillo con la misma expresión de quien se lavó las manos en el grifo de la cocina. Impasible. Como si nada hubiera pasado.
Marlaska sigue siendo ministro. Por ahora.
Zapatero, entretanto, prepara una gira internacional para hablar de paz. Visitará varios países. Quizás Venezuela. Quizás no.
En la plaza de Catalunya, un joven compra un libro de Baños y otro de Zapatero. Los junta en la misma bolsa. No sabe que son polos opuestos. No sabe que entre ellos hay una historia de poder, de exclusiones, de decretos trampa y de violencia silenciada.
El viento de abril arrastra pétalos de rosa por el asfalto.
Y todo sigue igual.
Epílogo: La solución pacífica
Tres años después, en una terraza de la plaza de Santa Ana, un periodista jubilado escribe sus memorias. Se llama Carlos y tuvo acceso a los sumarios, a las conversaciones, a los entresijos de aquel 23 de abril que nadie logró explicar del todo.
Bebe un whisky caro y escribe:
«Lo más fascinante de todo es que nunca hubo coordinación. No hacía falta. El sistema se autorregula. El poder sabe cómo proteger a los suyos y cómo castigar a los que se salen del guion. Baños se salió cuando dijo aquello de Rusia. González se creyó intocable por ser el hombre de Marlaska. Zapatero… bueno, Zapatero siempre ha sido Zapatero. Sonríe, firma, cobra y vuelve a sonreír.
El 23 de abril de 2025 no fue una conspiración. Fue una coreografía. Tres bailarines moviéndose al son de la misma música: la del poder sin límites, la de la impunidad sin fronteras.
Baños perdió el puesto que merecía. González perdió el puesto que no merecía. Zapatero no perdió nada. Nunca pierde.
La solución pacífica, al final, es esa: dejar que el tiempo pase, que las aguas vuelvan a su cauce, que los titulares se olviden. Mientras tanto, en Caracas, el Helicoide sigue siendo una prisión. Y en Madrid, los mismos que protegieron al DAO siguen ocupando sus despachos.
La verdadera agresión coordinada no fue la del 23 de abril. Fue la que vino después: el silencio coordinado de los que podían hablar y no hablaron. La impunidad coordinada de los que podían actuar y no actuaron.
Y mientras escribo esto, en alguna parte, un coronel retirado mira por la ventana y recuerda aquel día de Sant Jordi en que le partieron la cara. No le partieron solo el labio. Le partieron la confianza en un sistema que premia a los mediocres y castiga a los brillantes.
Pero eso, querido lector, no es una novela negra. Es la triste realidad de un país que prefiere la solución pacífica a la solución justa.
Salud y República.
Cierra el cuaderno. Paga el whisky. Se levanta.
En la mesa de al lado, un hombre lee La Solución Pacífica de José Luis Rodríguez Zapatero. Toma notas. Sonríe.
El periodista pasa de largo. No quiere saber quién es. Ya ha tenido suficiente con saber quiénes son todos.
Fin.
Deja una respuesta