Los efectos del veneno del sapo en las marronas de Irene Montero
Capítulo 1: El resacoso amanecer de la derrota
El sonido no era un despertador. Era el zumbido persistente, agudo, de una derrota que se había instalado en el hueso temporal. Héctor abrió los ojos y el techo del apartamento de la calle Zurita se le vino encima, no en un colapso físico, sino en una presión atmosférica cargada de humo rancio, ansiedad metabolizada y el regusto amargo de algo que no era solo alcohol. La lengua, pastosa, intentó paladear el recuerdo de la noche anterior. Gin-tonic. Sí. Muchos. ¿Y después? Algo más. Algo que Nacho, el de comunicación digital, había sacado de un vial plateado con la solemnidad de un alquimista medieval. “Esto despeja la mente de la basura del relato”, había dicho, mientras la pantalla gigante del cuartel electoral proyectaba cifras que se desmoronaban como castillos de arena ante una marea imparable.
Héctor era asesor de algo que ya no estaba muy claro. De discurso, de narrativa. Un fabricante de realidades para consumo interno y, con suerte, externo. Las últimas semanas habían sido un torbellino de informes pesimistas, encuestas que mentían por omisión y una tensión palpable que olía a cables recalentados y nervios destrozados. Luego, el desastre. El mensaje de la jefa, Irene, en pleno naufragio. “Personas marronas”. La había escrito él, ese eufemismo torpe, en un arranque de desesperación creativa horas antes, buscando un marco nuevo para un problema viejo. Un giro de tuerca lingüístico para escapar del acoso. Pero al verlo en su boca, proyectado a millones de pantallas, había sentido un escalofrío. No era un golpe de efecto. Era un estertor.
Y la reacción no fue el esperado “y tú más”. Fue el silencio helado del vacío, seguido del estruendo de mil risas y mil titulares que coreaban, no con ira, sino con lástima y extrañeza: “Está loca”.
Se incorporó en la cama. El móvil, sepultado bajo ropa, vibraba con una insistencia fúnebre. Era el grupo de estrategia, bautizado ya por algún cínico como “El Sanatorio”. Nacho había escrito: “El veneno del sapo no miente. Limpia la corteza. Lo que viste era la verdad desnuda. El problema no es el mensaje. El problema es que están todos dormidos. Nosotros despiertos. Locos lúcidos en un mundo de cuerdos idiotas.”
Héctor recordó entonces la sensación. No un subidón, no euforia. Una lucidez glacial y aterradora. La sala de control, llena de pantallas y caras demacradas, se había transformado. Los gráficos de barras ya no representaban votos, sino niveles de una toxina social. Las voces de los tertulianos se convirtieron en ladridos de animales enfermos. Y en medio de ese caos, la palabra “marronas” resonó con una claridad cristalina, perfecta, como la solución definitiva a un problema matemático imposible. Era hermosa. Era la llave.
Ahora, a la luz cruda de la mañana y con el sábado agonizando antes del domingo electoral en Aragón, esa llave solo abría la puerta a un abismo de ridículo. Se levantó, tambaleándose. El espejo del baño le devolvió la imagen de un hombre de treinta y ocho años con ojeras de color púrpura y la camisa arrugada. Un alquimista fracasado que había destilado el elixir de la derrota en forma de neologismo.
Su cometido hoy, según un mensaje posterior de Nacho, era “blindar el relato”. Es decir, escribir una nota justificativa, un manifiesto sobre la potencia revolucionaria del término “personas marronas” para distribuirlo a los cuadros intermedios, a los fieles que aún dudaban. Tenía que convencer, o al menos confundir, hasta que pasaran las elecciones del día siguiente. Un último esfuerzo. Si Aragón caía, todo se iría al garete. El sentido común, ese enemigo abstracto y omnipresente, habría triunfado. Y ellos, los locos lúcidos, tendrían que tomar precauciones. ¿Cuáles? Héctor no lo sabía, pero la frase de Nacho resonaba: “En un mundo de ciegos, el tuerto es rey. Pero en un mundo de cuerdos, el loco es linchado.”
Bebió agua directamente del grifo. El sabor a cloro se mezcló con el vestigio químico del veneno de sapo. Bufotenina, lo había llamado Nacho. Un secreto de las tribus, ahora disponible en viales para políticos desesperados y celebrities en busca de sensaciones. Héctor pensó en Irene. ¿Lo habría probado ella también? ¿O su “marronas” había sido un producto natural de la fatiga extrema, del cerco mediático, de la burbuja? Tal vez el veneno no creaba nada nuevo. Solo potenciaba, hasta la paranoia creativa, lo que ya estaba ahí.
Sonó el teléfono. Era Laura, su ex, la periodista. La única persona que aún le hablaba con algo que no fuera condescendencia profesional o fanatismo ideológico.
—He visto el discurso —dijo su voz, clara como un cristal, desde un mundo paralelo de normalidad—. Héctor, ¿estás bien? Suenas… raro. Y eso que ha dicho Irene…
—Es un término inclusivo —soltó él, automáticamente, leyendo el guión que llevaba dentro—. Rompe con el marco de la victimización y señala al agresor en un contexto de violencia sistémica.
Hubo un silencio.
—¿Te lees a ti mismo? —preguntó ella, con una mezcla de pena y asco—. ¿Violencia sistémica? Héctor, os están dando por todos lados en las redes y salís con… con “marronas”. Parece el nombre de una banda de folclore andino. O el apodo de un equipo de fútbol sala. Estáis perdidos.
—El domingo se verá —replicó él, débilmente.
—El domingo Aragón os enterrará con sentido común. Y a ti, Héctor, te va a enterrar esa jerga que te has tragado. Sal de ahí. Antes de que sea tarde.
Colgó. Héctor miró su reflejo. “Locos lúcidos”, había dicho Nacho. ¿O simplemente locos? El veneno del sapo, pensó, no despejaba la mente. La intoxicaba con sus propias fantasías. Y ahora, él tenía que escribir el panfleto que envenenaría a otros.
Capítulo 2: La química de la neolengua
La oficina, un loft en Chamberí reconvertido en central de campaña perpetua, olía a café quemado, pizza fría y derrota. Nacho, enclenque y con ojos de un brillo inquietante detrás de unas gafas de carey, lo recibió con una palmada en la espalda. En su mano, un termo de acero.
—¿Resaca existencial? —preguntó, sonriendo—. Lo primero es normal. El veneno saca la verdad, y la verdad duele. Pero luego viene la fase de construcción.
—¿Construcción de qué? —preguntó Héctor, dejándose caer en una silla frente a un portátil abierto.
—Del nuevo relato desde los escombros del viejo. “Marronas” no es un error, Héctor. Es un síntoma de genio. Un hashtag orgánico. Mira —acercó su pantalla—. Tendencia en Twitter. Memes, sí, burlas, claro. Pero también adhesiones. Gente que lo repite, que lo adopta. Es disruptivo. Crea ruido. En la era de la atención, el ruido es oxígeno.
Héctor observó los gráficos. El pico de menciones era brutal, un monte Everest de sarcasmo. Pero Nacho tenía razón: en la base, una pequeña meseta de uso “serio” por parte de perfiles afines. Una secta dentro de la secta.
—El problema —continuó Nacho, bajando la voz— es que la jefa aún no ha hecho la transición completa. Lo dijo desde la lógica vieja, la de la queja. Nosotros tenemos que darle la vuelta. Convertirlo en un arma de empoderamiento. “Marronas” no son los agredidos. “Marronas” somos los que vemos la mierda marrón que nos quieren hacer tragar y nos rebelamos. Los que no nos limpian el zapato. ¿Lo pillas?
Héctor lo pillaba. Era un ejercicio de contorsionismo semántico digno de un sofista griego en ácido. Pero era su trabajo. Nacho le pasó el termo.
—Agua de coco con un toque de adaptógenos. Para centrar la energía. Necesitamos el manifiesto para las 14:00. Tienes tres horas.
Se alejó, dejando a Héctor con el termo y la tarea imposible. Bebió. El líquido tenía un sabor terroso, dulzón. “Adaptógenos”. Otra palabra mágica. Como “violencia estética”, “interseccionalidad”, “heteropatriarcado”… y ahora “marronas”. Un arsenal lingüístico diseñado para nombrar fantasmas y, al nombrarlos, hacerlos reales para los iniciados. Y el veneno del sapo, ¿qué hacía? Según Nacho, “disolvía los filtros culturales”. Permitía ver las conexiones ocultas, los marcos de dominación invisibles. Lo que un cerebro normal veía como una persona morena o un insulto callejero, el cerebro en trance bufotenínico lo veía como un concepto político denso, cargado de significado histórico.
Héctor empezó a teclear. “Manifiesto por la Reivindicación Marrona: De la Ofensa al Orgullo”. Cada palabra le dolía en la frente. Pero a la tercera línea, algo cambió. La fatiga se transformó en una especie de claridad febril. Las ideas fluían, conectaban. “El color marrón es el color de la tierra, de lo real, de lo que el poder blanqueador del sistema intenta ocultar…” No estaba mal. “Ser marrona es llevar la mancha de la verdad en un mundo de mentiras pasteurizadas…” Mejor. El término, que al despertar le parecía un disparate, empezó a adquirir una textura, una profundidad. Era como si la lógica del trance de la noche anterior regresara a través del esfuerzo de la escritura. No necesitaba drogas. Su propia desesperación y el aislamiento de la burbuja eran droga suficiente.
Laura tenía razón. Se leía a sí mismo y apenas se reconocía. Había sido un joven brillante, estudiante de Filosofía, con artículos en revistas de izquierdas tradicionales. Había creído en la igualdad, en la justicia, en argumentar con datos. Pero en algún momento, el camino se había bifurcado. La política se convirtió en guerra cultural, la argumentación en producción de consignas, y la verdad en “relato”. Y él, el ex filósofo, se había convertido en un ingeniero de la neolengua. Un alquimista que transformaba el plomo de la realidad en el oro engañoso de los eslóganes. “Marronas” era su obra maestra, o su tumba.
Nacho se acercó y leyó por encima de su hombro.
—Sí. Eso es. Cálido, visceral, intelectual pero no elitista. Añade algo sobre la “epistemología marrona”, la sabiduría de los excluidos. Y un par de referencias a Fanon y a Butler, por si acaso.
Héctor asintió. Epistemología marrona. Claro. Porque todo concepto absurdo necesitaba un adjetivo académico para dignificarse. Terminó el manifiesto y lo envió. Un peso se alivió de sus hombros, solo para ser reemplazado por otro más pesado: la certeza de que había cruzado una línea. Ya no era un mercenario del discurso. Era un creyente a la fuerza, un fanático de su propia ficción.
En la pantalla secundaria, una cadena de televisión hacía un reportaje sobre las elecciones en Aragón. Mostraban pueblos vacíos, fábricas cerradas, gente mayor hablando de pensiones y sanitarios. El mundo real, con sus problemas de color gris, no marrón. Un analista decía: “El experimento de la neolengua populista puede haber alcanzado su límite. La ciudadanía parece anhelar un discurso de sentido común, alejado de batallas culturales incomprensibles.”
Nacho apagó el televisor con el mando.
—Ruido de la vieja matrix —dijo—. No dejes que entre. El domingo, veremos. Si ganamos, es que el sentido común es el nuestro. Si perdemos… —dejó la frase en el aire, y su mirada se volvió más intensa—, es que el mundo no está preparado para la verdad. Y tendremos que actuar en consecuencia.
Capítulo 3: El ritual del sapo
La cita era en un ático en la zona de Conde Duque. No era el lugar que Héctor habría imaginado para un ritual con veneno de sapo bufote. Esperaba algo más chamánico, con incienso y tambores. En cambio, era un piso minimalista, de líneas puras y muebles de diseño, propiedad de un productor de cine afín a la causa. Asistían ocho personas, incluidos Nacho, Héctor y una mujer del círculo de Igualdad que parecía a punto de romper a llorar en cualquier momento. El anfitrión, un tipo cincuentón con aire de gurú wellness, los recibió vestido con ropa de lino blanco.
—Bienvenidos al espacio de claridad —dijo, con una voz sorprendentemente grave—. Aquí dejamos atrás las máscaras. Lo que vamos a experimentar no es una droga recreativa. Es una herramienta de deconstrucción interior y de conexión con la verdad profunda del colectivo.
Héctor se sentía como un impostor. Había venido por presión de Nacho (“necesitas reconectar con el núcleo del mensaje antes del día D”) y por una curiosidad malsana. ¿Era esto lo que alimentaba la maquinaria? ¿El secreto tras los eslóganes cada vez más herméticos, las sonrisas cada vez más tensas?
El ritual era sencillo y grotesco a la vez. El anfitrión sacó un pequeño botecito de cristal con un polvo marrón claro. Veneno liofilizado del Bufo alvarius, el sapo del desierto de Sonora. Lo mezcló con agua destilada en una pipa de vidrio. Uno a uno, los asistentes iban dando una calada profunda, sosteniendo el humo acre y espeso. Cuando le llegó el turno, Héctor vaciló. Los ojos de Nacho, ya vidriosos por el efecto, lo observaban con expectación. Respiró hondo.
El efecto fue instantáneo y violento. No fue un viaje con colores o formas. Fue una disolución. La habitación, su cuerpo, su identidad llamada Héctor, todo se desintegró en una sensación pura, atronadora, de verdad. No una verdad sobre política, sino una verdad cósmica, aplastante y banal al mismo tiempo: todo estaba conectado, todo era una ilusión, nada importaba. Y en medio de ese vértigo, emergieron palabras. No pensamientos, sino palabras sueltas, flotando en el vacío de su conciencia: Fractura. Cicatriz. Cáncer. Humus. Raíz. Marrón.
“Marrón.” La palabra resonó con una potencia nueva. Ya no era un color, ni un insulto, ni un concepto político forzado. Era la esencia de lo rechazado, lo sucio, lo fecundo, lo que sostenía la vida y de lo que todos huían. Vio la cara de Irene Montero, no como una política, sino como un icono destrozado, gritando esa palabra hacia un abismo de incomprensión. Vio a los tertulianos como loros sin plumas, repitiendo sonidos vacíos. Vio a la gente en Aragón, con sus preocupaciones grises, como hormigas ignorantes de la tormenta. Y en ese estado de horrorosa lucidez, “marronas” le pareció la única palabra honesta del universo. Era fea, era incómoda, era verdad.
La experiencia duró unos minutos, aunque a él le parecieron siglos. Cuando volvió a sí mismo, estaba tirado en un cojín, con la cara húmeda de lágrimas o sudor. Los demás también volvían, algunos con expresiones de éxtasis, otros conmocionados. La mujer de Igualdad susurraba: “Lo entendí todo. El heteropatriarcado es una costra marrón sobre la piel del mundo.”
Nacho, con los ojos como platos, se acercó a Héctor.
—¿Lo ves ahora? No es un término. Es una revelación.
Héctor no podía hablar. Asintió. Lo veía. Y le aterraba. Porque si eso era la verdad, entonces la locura era el único estado lógico. Y si era el único estado lógico, estaban condenados.
En el taxi de vuelta, la ciudad le pareció un decorado frágil. La gente en las terrazas, los coches, los semáforos, todo parecía una representación absurda y vana. Su mente, aún resonando, trataba de traducir la epifanía química a estrategia política. Era imposible. Había vislumbrado el abismo, y ahora tenía que volver a hablar de escaños y porcentajes. La desconexión era física, un dolor en el pecho.
Llegó a su casa y vomitó. No solo el veneno, sino todo: el miedo, la farsa, la certeza de la derrota. Se miró al espejo. Sus ojos tenían un brillo extraño, el mismo que había visto en Nacho. El brillo del loco lúcido. El brillo del que ha visto algo que no debería y ya no puede volver atrás. Mañana eran las elecciones. Y él, ahora, sabía que fueran como fueran, él ya había perdido. Había cruzado al otro lado del espejo semántico, y no había vuelta.
Capítulo 4: La vigilia de los iluminados
La noche del sábado al domingo electoral se pasó en vela en el cuartel general. Era una vigilia extraña, menos cargada de la tensión electrizante de otras ocasiones y más sumida en una especie de resignación onírica. Los que habían participado en el ritual —Nacho, Héctor, la mujer de Igualdad (a quien ahora llamaban “la Hermana Marrón” entre risas nerviosas)— intercambiaban miradas de complicidad, como si compartieran un secreto terrible y glorioso. Los demás, la mayoría, simplemente parecían exhaustos, hundidos en sus portátiles, refrescando páginas de sondeos prohibidos.
Héctor intentó concentrarse en los últimos detalles: un hilo de Twitter para activar a la militancia, un mensaje de voz para los grupos de Whatsapp. Pero su mente volvía una y otra vez a la experiencia del ático. La palabra “marrón” ya no era una palabra. Era una sensación, un sabor en la boca, un color que teñía su percepción. Veía a la jefa, Irene, en las fotos de campaña en Aragón, sonriendo con una energía forzada, y pensaba: “Ella no lo sabe. No ha visto el abismo. Solo grita hacia él.” Pero ¿y si sí lo sabía? ¿Y si su “marronas” había sido un destello de esa misma verdad, surgido no del veneno, sino del puro agotamiento del sistema nervioso tras años de acoso?
Nacho se paseaba como un fantasma, murmurando consigo mismo. En un momento dado, se sentó junto a Héctor.
—El trance no termina cuando pasa el efecto —le dijo en voz baja—. Se instala. Es como una lente. Ahora ves el mundo a través de la verdad marrón. Fíjate en ellos —indicó con la cabeza al resto del equipo—. Duermen despiertos. Hablan de transversalidad, de mayorías, de pactos. Ilusiones. La realidad es que esto se acaba. O se transforma en algo nuevo. Más puro. Más radical.
—¿Y qué es más radical que esto? —preguntó Héctor, con genuina curiosidad.
—La desconexión total. Crear nuestras propias estructuras, nuestro propio lenguaje, lejos del ruido de la vieja política. Ya no convencer. Solo ser. Ser marronas, en toda nuestra verdad. Y que nos teman por ello, o que nos sigan los que estén preparados.
Sonaba a secta apocalíptica. Pero en el contexto de aquella noche, con la fatiga y el residuo químico aún en las sinapsis, sonaba lógico. Inevitable.
A las 3:00 de la madrugada, llegó Irene Montero. No se la esperaba. Apareció pálida, con unas ojeras profundas, pero con los ojos inusualmente brillantes. No era el brillo de Nacho. Era el brillo del óxido, de algo que ha estado bajo presión demasiado tiempo. Dio unas palmadas para llamar la atención.
—Sea lo que sea lo que pase mañana —dijo, con una voz ronca pero firme—, quiero que sepáis que hemos hecho historia. Hemos puesto encima de la mesa lo que nadie se atrevía a nombrar. Hemos sacado la misoginia de las cloacas y la hemos llamado por su nombre. Hemos señalado a los violentos. Y si no lo entienden, si se ríen, es porque les duele. Porque la verdad duele.
Unos pocos aplaudieron, con fervor. La mayoría asintió, con cansancio. Héctor la observó. Buscaba en ella un signo, un guiño, cualquier indicio de que aquel discurso era parte de un juego más grande, de una estrategia cínica. Pero no lo encontró. En sus ojos solo vio una convicción a prueba de bombas, una fe absoluta en el marco que ellos mismos habían construido. Era la creyente perfecta de su propia religión. Y tal vez, pensó Héctor con un escalofrío, ella era la única que nunca había necesitado del veneno del sapo. Su burbuja, su cerco, su narrativa, habían sido toxina suficiente para producir el mismo efecto: una disociación total de la realidad compartida.
Irene se acercó a ellos.
—Nacho, Héctor. El manifiesto. Lo he leído. Es potente. Es justo lo que necesitábamos. Da profundidad al concepto. Mañana, hacedlo circular sea cual sea el resultado. “Marronas” no muere mañana. Nace.
Asintieron. Cuando se fue, Nacho apretó el brazo de Héctor.
—Lo ves. Ella lo tiene. La conexión. Es la pontífice de la nueva iglesia.
Héctor no respondió. Se preguntó si Irene, en su discurso del domingo por la noche, usaría de nuevo la palabra. Apostó mentalmente a que sí. Sería su forma de marcar territorio, de demostrar que no se doblegaba. Un acto de defiance lingüístico que, lejos de galvanizar, probablemente sumaría otra capa de extrañeza y distancia.
El amanecer los pilló a todos desplomados en sillas y sofás. Héctor se quedó dormido unos minutos y soñó con un desierto infinito de color marrón, donde sapos con ojos de político croaban la misma palabra, una y otra vez, hasta que el sonido se convertía en una arena que lo enterraba vivo.
Despertó sobresaltado con el sonido de los primeros móviles recibiendo notificaciones. Empezaba el día D. El día del sentido común, o el día de la confirmación de la locura colectiva. Héctor se levantó, se estiró el cuello que crujió como un mueble viejo, y fue a preparar otra cafetera. Fuera, la ciudad de Madrid empezaba a despertar, ajena por completo a la vigilia de los iluminados que, en un loft de Chamberí, aguardaban el veredicto sobre su neolengua envenenada.
Capítulo 5: El veredicto de la urnas
El domingo transcurrió en un estado de suspensión angustiosa. Los datos de participación, los rumores de abstención, los primeros sondeos a pie de urna de las televisiones privadas (que Nacho calificaba de “armas de intoxicación masiva”) iban pintando un cuadro cada vez más sombrío. Aragón, siempre un territorio complejo, parecía haber dicho “basta”. La gente había votado con el estómago, con la cartera, con el miedo a que todo se fuera a pique. No con la teoría queer ni con la epistemología marrona.
Héctor pasó el día pegado a varias pantallas, pero su mente estaba en otro sitio. En el desierto del sueño. En la pipa de vidrio. En la cara de Irene gritando hacia el abismo. Cada vez que un analista en la televisión mencionaba, entre risas, el “episodio de las personas marronas”, sentía una punzada extraña: mitad vergüenza, mitad orgullo herido. Era su criatura, después de todo. Su monstruo lingüístico.
A las 20:00 en punto, se apagaron las pantallas de datos y se encendieron las de los estudios. El recuento rápido era implacable. Caída estrepitosa. Pérdida de escaños. La derecha subía, la ultraderecha se consolidaba, y ellos se hundían en un tercer puesto testimonial. El aire se hizo irrespirable en la sala. No hubo gritos, ni lamentos. Solo un silencio espeso, como el humo del sapo, que lo impregnaba todo. Era la confirmación. El sentido común, ese ente abstracto y vengativo, había ganado. O, como diría Nacho, la idiotez colectiva había triunfado sobre la lucidez.
Irene Montero apareció en pantalla para dar la cara. Estaba pálida, pero erguida. Agradeció el esfuerzo, habló de lucha, de no rendirse. Y entonces, en el momento clave, Héctor contuvo la respiración. La escuchó decir: “Seguiremos defendiendo a las mujeres, a todas, incluidas aquellas a las que algunos quieren silenciar y que nosotros, con orgullo, llamamos personas marronas.”
Ahí estaba. El guiño. La reafirmación. El clavo ardiendo al que se agarraba. En el estudio de televisión, el presentador enmudeció un segundo, intercambió una mirada de incredulidad con sus compañeros, y luego continuó como si nada. Pero la red explotó. No con indignación, sino con una marea de memes, de burlas, de “ya está otra vez con las marronas”. No era el “y tú más” que esperaban. Era el “está loca” elevado a la enésima potencia. Era el certificado de defunción política, firmado con un neologismo.
Nacho pegó un puñetazo en la mesa.
—¡Eso es! ¡No claudicar! ¡Forzar la realidad hasta que ceda!
Pero su voz sonaba hueca, desesperada. A su alrededor, la gente empezaba a marcharse, con caras de funeral. La derrota era total, y la palabra “marronas” sería su lápida. Héctor sintió una extraña liberación. Se había acabado. El experimento había fracasado. Tal vez ahora podría volver a ser Héctor, solo Héctor, sin adjetivos marrones.
Se acercó a Nacho.
—Se acabó, Nacho. Lo intentamos. Fue… interesante.
Nacho lo miró con esos ojos de brillo intenso, ahora empañados por la frustración.
—¿Acabado? Esto no ha hecho más que empezar, Héctor. Las elecciones son una ilusión de la vieja matrix. El verdadero campo de batalla está en la mente de la gente. Y nosotros tenemos la clave. Tenemos la verdad marrón. Ellos han ganado unas elecciones. Nosotros estamos ganando una guerra cultural. Una guerra de palabras.
—¿Y si las palabras ya no significan nada? —preguntó Héctor, sinceramente.
—Entonces las inventaremos de nuevo —replicó Nacho, con fanatismo—. Más duras, más puras, más verdaderas. Hasta que duelan tanto que no puedan ignorarlas. El veneno del sapo te mostró el camino. No puedes volver atrás.
Héctor supo, en ese momento, que tenía razón. No podía volver atrás. Había visto la cocina donde se fabricaban los monstruos, había probado el elixir que los hacía parecer ángeles, y ya nunca podría creer en nada. Ni en su bando, ni en el contrario. Solo en el vacío, y en el absurdo sonido de una palabra ridícula que resonaría para siempre en su cabeza: marronas, marronas, marronas.
Recogió su chaqueta y salió a la calle. La noche era fresca. La gente paseaba, reía en las terrazas, vivía sus vidas ajenas a la catástrofe semántica que acababa de consumarse en un estudio de televisión. Él era, como había pensado días atrás, una de las pocas personas (¿cuerdas?) dentro de un grupo de locos. Pero la cordura, comprendió ahora, no era un consuelo. Era una maldición. Porque significaba ver la locura con claridad y ser incapaz de detenerla. Y, sobre todo, significaba saber que, a partir de ahora, tendría que tomar precauciones.
Capítulo 6: Las precauciones
Las precauciones no fueron dramáticas. No hubo que cambiar de identidad ni huir del país. Las precauciones eran más sutiles, más íntimas y, por ello, más terroríficas. Consistían en aprender a vivir en dos mundos simultáneamente.
El mundo exterior, el de “la gente cuerda”, exigía un despiece frío y profesional de la derrota. Héctor asistió a las reuniones post-mortem, donde se analizaron errores “tácticos” y “de comunicación”. La palabra “marronas” fue mencionada de pasada, como un “exceso de celo creativo en un momento de tensión”, un “experimento fallido de framing”. Nadie miró a Héctor. Él asentía, tomaba notas, proponía puntos de un nuevo discurso “conciliador y tangible”. Hablaba de vivienda, de empleo, de servicios públicos. Palabras grises, sólidas, aburridas. El lenguaje de la cordura.
Pero el otro mundo, el de la secta marrón, no desapareció. Se replegó. Nacho creó un grupo de Telegram cifrado, “El Club del Sapo”, donde unos veinte iniciados (incluida “la Hermana Marrón” y algún otro diputado desencantado) seguían compartiendo insights, artículos herméticos y, ocasionalmente, experiencias con microdosis de psicodélicos “para mantener la claridad”. Allí, “marronas” seguía siendo la palabra sagrada. La derrota electoral era solo “la purga necesaria”, la separación del grano (ellos) de la paja (los tibios, los traidores al relato). Hablaban de “aceleracionismo”: había que empujar a la vieja política hasta su colapso definitivo para que emergiera algo nuevo, puro, liderado por los que habían visto la verdad.
Héctor seguía el grupo, pero casi nunca intervenía. Lo leía con la morbosa fascinación con que se observa un accidente en cámara lenta. Era su laboratorio particular de locura controlada. Nacho, cada vez más en los márgenes del partido, se convertía en una especie de gurú underground. Organizaba retiros en la sierra, “espacios seguros” para “deconstruir la toxicidad del mundo normativo”. Héctor supo, por rumores, que Irene Montero estaba al tanto, pero mantenía una distancia prudencial. Ella seguía en primera línea, usando un lenguaje más contenido pero sin renunciar al núcleo duro de su discurso. Era la cara pública de una fe que, en los sótanos, se alimentaba de sustancias y paranoia.
La precaución principal de Héctor fue no volver a probar el veneno. El recuerdo era suficiente. Y también fue distanciarse emocionalmente. Empezó a salir de nuevo con Laura, la periodista. Ella representaba el mundo real, el de las palabras que significan lo que significan. Con ella iba al cine, paseaba por el Retiro, hablaba de libros. Nunca hablaba de política. Era su isla de cordura. Pero incluso en esos momentos, a veces, una palabra o una situación desencadenaba el eco: “marrón”. La tierra húmeda del parque, el café demasiado cargado, la cara de un hombre enfadado en el metro. Todo podía ser una señal, un recordatorio de que la verdad marrona estaba ahí, latente, esperando. Y entonces sentía un escalofrío, una desconexión momentánea. Laura lo notaba.
—A veces te vas —le decía—. Como si no estuvieras aquí.
—Es el trabajo —mentía él—. Estoy cansado.
La otra precaución fue escribir. No manifiestos, sino un diario privado, en un blog oculto bajo un seudónimo. Lo tituló “Crónicas del Sanatorio”. Allí, con una prosa fría y cínica, diseccionaba el proceso de creación de la neolengua, la psicología de la burbuja, los efectos del veneno del sapo en la mente política. Era su exorcismo. Al ponerlo por escrito, intentaba dominarlo, entenderlo. Pero a veces temía que la escritura, en vez de exorcizar, estuviera dando forma y coherencia a la locura, convirtiéndola en algo más peligroso: una teoría.
Una tarde, Nacho lo citó en un bar extraño, de luces tenues y cócteles con nombres de plantas alucinógenas.
—Te necesito —le dijo, sin preámbulos—. Estamos preparando algo grande. Un documento fundacional. La “Teoría Marrona”. No es para el partido. Es para después. Para cuando todo esto se desmorone. Tú puedes darle el rigor, la estructura. Has estado en los dos lados. Eres el puente perfecto.
Héctor negó con la cabeza.
—Nacho, eso ya pasó. Hay que mirar hacia adelante, reconstruir con lo que hay.
—Lo que hay es mentira —espetó Nacho, bajando la voz—. Tú lo sabes. Lo viste. La política ya no es sobre gobernar. Es sobre narrar. Y quien controle la narrativa más radical, más verdadera, aunque sea para una minoría, tendrá el poder cuando el sistema entre en shock. Y el shock viene, Héctor. La crisis económica, la climática, la de legitimidad. Vendrá. Y nosotros tenemos que tener listo el manual de la nueva realidad.
Héctor bebió un sorbo de su cerveza. Sabía que Nacho tenía razón en una cosa: el sistema estaba al borde de constantes shocks. Y también sabía que las sectas y sus lenguajes cerrados prosperaban en los terremotos. Pero embarcarse en eso era firmar su sentencia de locura definitiva.
—Lo pensaré —dijo, para zafarse.
—No pienses demasiado —replicó Nacho, con una sonrisa—. El pensamiento excesivo es el último filtro del sistema. Confía en lo que sentiste. En la verdad marrón.
Esa noche, Héctor soñó que escribía la “Teoría Marrona”. Cada palabra que tecleaba se convertía en un insecto marrón que salía de la pantalla y se le metía por la boca, la nariz, los oídos. Se despertó ahogándose. Tomó una decisión. Las precauciones no eran suficientes. Tenía que escapar. No físicamente, sino del todo. Tenía que romper con el Sanatorio, con el Club del Sapo, con ese mundo que, como el veneno, ofrecía una verdad que destruía.
Al día siguiente, bloqueó a Nacho en todas partes, salió del grupo de Telegram y solicitó una excedencia en el partido. Le dijo a su jefe que estaba quemado, que necesitaba tiempo. Era verdad, pero no toda la verdad. La verdad era que tenía miedo. Miedo de acabar como Nacho, un profeta delirante en los márgenes. O peor, miedo de acabar creyéndose sus propias mentiras, de que la palabra “marrón” dejara de ser un concepto y se convirtiera en la única lente a través de la cual ver el mundo. Eso era la locura. Y él, precavidamente, decidió aferrarse a su cordura, por frágil que fuera.
Capítulo 7: La verdad marrón
La excedencia fue un respiro. Héctor se dedicó a traducir artículos académicos (de filosofía política seria, de la de antes) y a escribir algún ensayo bajo su propio nombre, recuperando un lenguaje preciso y crítico que ya casi había olvidado. Con Laura, las cosas se estaban solidificando. Encontró un cierto equilibrio, una paz vigilante.
Hasta que llegó el informe.
Fue Laura quien se lo envió, con un mensaje escueto: “¿Esto es tuyo?”. Era un enlace a un medio digital minoritario pero influyente en ciertos círculos de izquierda radical. El titular: “Hacia una Teoría Marrona: De la Necropolítica a la Epistemología de los Excluidos”. El autor: un tal N.H.V. (las iniciales de Nacho Héctor Vidal, quizás). Pero el estilo, las referencias, la estructura argumental… eran inconfundiblemente suyas. Nacho había robado fragmentos enteros de su diario oculto, de sus “Crónicas del Sanatorio”, los había mezclado con sus propias divagaciones y con jerga pseudofilosófica, y los había publicado.
El texto era un monstruo. Partía del concepto de “marronas” y lo elevaba a categoría ontológica: “lo marrón” como lo reprimido, lo abyecto, lo que el poder capitalista y heteropatriarcal excreta y a la vez necesita. Hablaba de “alquimia política” usando el veneno del sapo como metáfora (¿o no?) de la disolución de los egoes individuales para fundirse en el “cuerpo marrón” del colectivo oprimido. Citaba a Marx, a Deleuze, a la filosofía andina, a los estudios de bufotenina. Era brillante, enloquecedoramente coherente dentro de su propia lógica perversa, y tremendamente peligroso.
Los comentarios eran un mix de admiración ferviente (“¡Por fin alguien lo dice!”) y de rechazo absoluto (“Esto es la prueba de la degeneración mental de la ultraizquierda”). Pero lo que más importaba era que estaba ahí. La locura, ahora, tenía un marco teórico. Y llevaba su huella digital.
Héctor llamó a Nacho, furioso. La llamada entró directamente al buzón de voz. Le escribió. No hubo respuesta. Nacho se había evaporado, dejando la bomba semántica activada con la firma de Héctor esparcida por todo el artefacto.
Dos días después, recibió una visita inesperada en su casa. Era la Hermana Marrón, la mujer de Igualdad. Parecía aún más demacrada, pero con una luz de fanatismo en los ojos.
—Héctor —dijo, sin saludar—. Nacho ha sido purgado. El partido le ha echado. Dicen que por el artículo, que es una vergüenza. Pero nosotros sabemos la verdad. Lo han purgado porque tiene razón. Porque se acerca demasiado al núcleo.
—¿Qué quieres? —preguntó Héctor, conteniendo las ganas de cerrarle la puerta en la cara.
—Que termines lo que él empezó. El artículo es bueno, pero le falta tu… elegancia. Tu rigor frío. Tú puedes hacer que la Teoría Marrona sea impecable, irrefutable. Es nuestra última oportunidad. Dentro del partido nos ahogan, nos obligan a hablar de impuestos y de trenes. Pero la guerra es cultural, Héctor. Tú lo sabes. Lo escribiste.
—Lo que escribí era una crítica, no un manifiesto —espetó Héctor—. Era un análisis de la locura, no una invitación a ella.
Ella sonrió, una sonrisa triste y condescendiente.
—¿Y qué diferencia hay? Al final, solo quedan las palabras. Y nuestras palabras son más verdaderas que sus realidades. Nacho tenía un nuevo vial. De un sapo más puro. Dice que esta vez la revelación será completa. La disolución total del yo en la verdad marrón. Quiere que vayas. Que seas el cronista de la última revelación.
Héctor sintió un miedo primario. No era una invitación. Era un intento de reclutamiento final. Si iba, si probaba otra vez, caería para siempre. Si no iba, se quedaría con la duda, con el remordimiento, con la certeza de que la locura tenía una lógica seductora que él había ayudado a construir.
—No voy a ir —dijo, con una firmeza que no sentía.
La mujer lo miró por un largo momento, como si lo estuviera clasificando.
—Entonces eres parte del problema. Eres uno de los que blanquea. Que teme a la verdad sucia. Nacho tenía razón: viste el abismo, pero no tuviste el valor de saltar. Qué pena. Podrías haber sido el profeta.
Se dio la vuelta y se fue. Héctor cerró la puerta y se apoyó en ella, respirando con dificultad. Esa noche, soñó con el sapo. Un sapo enorme, del color de la tierra mojada, que croaba con la voz de Irene Montero, de Nacho, de la Hermana Marrón, y la suya propia, repitiendo en un coro espeluznante: “Marrón, marrón, marrón.”
Al día siguiente, supo por las noticias que Nacho había sido detenido en una finca de la sierra de Madrid. La policía, en una operación antidroga rutinaria, había encontrado un laboratorio improvisado con equipos de cristalería, sustancias psicotrópicas y varios viales de un “polvo marrón” que resultó ser veneno de sapo liofilizado de alta pureza. Junto a él, detuvieron a otras tres personas, entre ellas un concejal de un pueblo pequeño y la Hermana Marrón. En las declaraciones a la prensa, Nacho, despeinado y con los ojos desorbitados, gritó: “¡Es una persecución política! ¡Quieren silenciar la verdad marrón!”
El escándalo fue mayúsculo. Los medios rescataron el artículo, lo vincularon con las “marronas” de Irene Montero, y pintaron el cuadro completo: un círculo de iluminados dentro del partido, intoxicándose con venenos exóticos para generar una retórica política cada vez más desconectada de la realidad. Fue el golpe de gracia. La dirección del partido condenó enérgicamente a Nacho y a los detenidos, los expulsó, y trató de enterrar el asunto lo más rápido posible. Pero la palabra “marronas” quedó para siempre ligada no solo al ridículo, sino a la paranoia, a la secta y a las drogas.
Héctor vio el reportaje en televisión. Vio la cara de Nacho, ya no de gurú, sino de pobre diablo acabado. Vio los viales sobre una mesa de evidencias. Y sintió, por primera vez, algo parecido a la piedad. Nacho era un fanático, sí. Pero también era un producto. Un producto de la misma maquinaria de la que Héctor había formado parte: la máquina de fabricar relatos tan herméticos que solo podías respirar dentro de ellos con la ayuda de un tóxico. El veneno del sapo no era la causa. Era el síntoma extremo. La metáfora hecha química.
Irene Montero nunca volvió a usar la palabra en público. Su discurso se volvió contenido, técnico, gris. Hablaba de leyes, de presupuestos. Era como si la experiencia “marrón” hubiera sido una fiebre alta que, una vez bajada, dejara al paciente débil y consciente de lo cerca que había estado del precipicio.
Héctor supo que su precaución final, la definitiva, era el silencio. Nunca hablaría de su diario, de su participación, de lo cerca que estuvo. Guardaría su cordura como un tesoro envenenado. Porque había comprendido la última y más terrible verdad marrón: que la frontera entre la lucidez y la locura no era una línea, sino un campo de batalla movedizo. Y que a veces, para mantenerte cuerdo, tenías que fingir que nunca habías estado al otro lado. Tenías que lavarte las manos una y otra vez, aunque supieras que la mancha, de un color entre dorado y sucio, ya era parte de tu piel.
Epílogo: El color del sentido común
Un año después. Héctor ya no trabaja en política. Consiguió un puesto estable en una fundación cultural. Traduce, escribe reseñas, da alguna charla. Vive con Laura en un piso con vistas a un patio interior, no al desierto. Es una vida tranquila, gris, normal. La vida de una persona cuerda.
A veces, en reuniones con antiguos compañeros que siguen en la brega, estos bromean con lo de “las marronas”. Lo hacen con nostalgia y vergüenza, como soldados veteranos que recuerdan una batalla estúpida y sangrienta. Héctor ríe con ellos, incómodo. Nunca cuenta su versión. Nunca habla del sapo.
Una tarde de domingo, paseando por la Casa de Campo con Laura, ven a un niño jugando con barro junto a un charco. Está hecho un desastre, las manos y la ropa llenas de tierra húmeda, de un color marrón intenso. La madre le regaña: “¡Mira qué marrón te has puesto! ¡Qué asco!”
El niño se ríe, feliz, y aprieta un puñado de barro, que se escurre entre sus dedos.
Héctor se detiene a observarlo. Laura lo mira.
—¿Qué pasa?
—Nada —dice él, sacudiendo la cabeza—. Solo pensaba… qué color más extraño. Puede ser sucio, feo, desagradable. O puede ser tierra, chocolate, madera vieja. Depende del contexto. Depende de quién lo mire.
Laura arquea una ceja, divertida.
—Profundo para un domingo por la tarde.
Él sonríe, coge su mano, y siguen caminando. Pero durante el resto del paseo, no puede dejar de pensar en eso. En cómo una sola palabra, un solo color, puede contener tantos significados, tantas realidades en conflicto. Y en cómo algunos, en su afán por controlar el significado, terminan envenenados por su propia creación.
El sentido común, piensa, no tiene color. O tal vez tiene todos. Es la capacidad de ver el barro como barro, y al niño jugando como un niño jugando, sin necesidad de construir una teoría política alrededor. Es frágil, aburrido, poco glamuroso. Pero es lo único que, al final, nos mantiene a flote. Lo único que nos impide croar en el desierto, solos, intoxicados por nuestra propia verdad, mientras el mundo, indiferente y real, sigue girando.
FIN
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