A ver, GROK, escríbeme una novela del género negro y cínico, con título “Y ahora el obispo se olvida de algunas víctimas del accidente de Adamuz” de 5000 palabras y con 5 capítulos y un epílogo final, basada en lo siguiente:
Primero no saben que hay dos trenes descarrilados y se olvidan de uno, el Alvia, dónde hubieron la mayoría de muertos, 36 de 45, hasta que ha pasado ya una hora y media del descarrilamiento cuando empiezan a auxiliarles.
Después que la Clínica Forense de la Junta de Andalucía certifica que las 45 víctimas han muerto de una manera instantánea y, por lo tanto, da igual que no hayan podido ser auxiliados hasta pasada hora y media del descarrilamiento.
Y ahora, en la misa del funeral del 29 de enero en Huelva, el obispo lista el nombre de todas las víctimas… pero se olvida de algunas, seguramente porque le ha informado mal la Junta de Andalucía.
Y todo lo anterior es responsabilidad de la Junta de Andalucía de Moreno Bonilla.
Con razón ese compadreo y unidad entre Oscar Puente y Moreno Bonilla. Todo ciadra…
Y ahora el obispo se olvida de algunas víctimas del accidente de Adamuz
Capítulo 1: El Eco de los Rieles Rotos
En las sombras de Andalucía, donde el sol quema la tierra como un cigarro olvidado en un cenicero, ocurrió el desastre. Era una noche de esas que apestan a sudor y promesas rotas, cerca de Adamuz, un pueblo olvidado por Dios y por el gobierno. Dos trenes, uno el rápido Alvia cargado de almas cansadas, y el otro un regional de segunda, se besaron en un abrazo mortal sobre los rieles. El metal gritó, los vagones se retorcieron como amantes en una pelea de borrachos, y el silencio que siguió fue el de la muerte acechando.
Yo soy Diego Ruiz, un detective privado con más cicatrices que medallas, bebiendo whisky barato en un bar de Córdoba cuando llegó la noticia. Mi teléfono vibró como un corazón en taquicardia. Era mi contacto en la policía, un tipo llamado Paco que me debía favores desde que le salvé el pellejo en un caso de corrupción en Sevilla. «Diego, hay un lío en Adamuz. Dos trenes descarrilados. Muertos por doquier. Pero algo huele mal. Ven rápido».
Llegué al amanecer, el aire cargado de humo y lamentos. Los equipos de emergencia pululaban como moscas sobre un cadáver. Contaban cuerpos: nueve en el regional. «Eso es todo», decían los de la Junta de Andalucía, con sus uniformes planchados y caras de póker. Moreno Bonilla, el presidente de la Junta, ya estaba en las noticias, posando con expresión de falsa empatía, prometiendo justicia y ayuda. Pero yo vi algo en las sombras: un segundo tren, el Alvia, volcado a un kilómetro, oculto en un barranco como un secreto sucio.
Pasó una hora y media. Noventa minutos de nada, mientras los supervivientes gritaban en vano. Treinta y seis almas en ese Alvia, aplastadas, ahogadas en su propia sangre. ¿Por qué el olvido? ¿Incompetencia? O algo peor. Pregunté a un bombero, un chaval con ojos de novato. «Nos dijeron que solo era uno. Órdenes de arriba». Arriba significaba la Junta. Bonilla y su camarilla, untados en aceite político.
Me colé en la zona acordonada, pisando cristales rotos que crujían como huesos. Encontré un maletín abierto, papeles esparcidos: informes de mantenimiento de Adif, la empresa ferroviaria. Fallos en las vías, advertencias ignoradas. Y una nota: «Reunión con Puente». Óscar Puente, el ministro de Transportes, ese tipo con sonrisa de vendedor de coches usados. ¿Complicidad? El cinismo ya empezaba a filtrarse en mis venas como veneno.
Capítulo 2: La Clínica de los Muertos Instantáneos
Córdoba olía a jazmín y mentiras esa mañana. Me instalé en un hotel cutre, con paredes que habían visto más pecados que un confesonario. Paco me pasó el informe forense de la Clínica Forense de la Junta. «Todas las víctimas murieron instantáneamente», decía. Firmado por un tal Doctor Vargas, un lamebotas con título universitario. Cuarenta y cinco muertos en total: nueve del regional, treinta y seis del Alvia olvidado. «Da igual el retraso en el rescate», concluía el papel. Como si una hora y media fuera un parpadeo.
Pero yo no me trago cuentos de hadas. Visité la morgue, sobornando a un celador con un billete de cincuenta. Los cuerpos estaban allí, alineados como soldados caídos. Examiné uno del Alvia: heridas que sugerían agonía, no muerte rápida. Sangre coagulada, posiciones fetal. Alguien había sufrido. Llamé a un viejo amigo, un patólogo jubilado en Madrid. «Envíame fotos», dijo. Horas después: «No instantáneo. Asfixia, hemorragias internas. Podrían haber salvado a algunos si hubieran llegado antes».
La Junta lo encubría. ¿Por qué? Para evitar demandas, escándalos. Bonilla, con su gobierno de derechas disfrazado de moderado, no quería manchas en su traje. Y Puente, el socialista, callado como una tumba. Recordé una foto en prensa: Bonilla y Puente riendo en una cumbre. «Unidad nacional», decían. Unidad para tapar mierdas, pensé.
Investigué a Vargas. Un tipo con deudas de juego, casa en la costa pagada por «donaciones». La Junta lo tenía agarrado por los huevos. Encontré su bar favorito, un antro en el casco antiguo. Lo esperé con un whisky en la mano. «Doctor, ¿instantáneo? ¿Seguro?». Se puso pálido. «Órdenes de arriba. No preguntes». Arriba otra vez. La pirámide de corrupción subía hasta Bonilla.
Esa noche, alguien me siguió. Un coche negro, faros como ojos de lobo. Aceleré mi viejo Seat por las calles empedradas. Disparos silenciados rozaron el espejo. ¿La Junta? ¿O aliados de Puente? El cinismo de esta tierra: políticos que se dan la mano mientras apuñalan por la espalda.
Capítulo 3: Sombras en el Pasillo del Poder
Sevilla, la capital, donde el Guadalquivir arrastra secretos como hojas muertas. Me infiltré en los pasillos de la Junta, disfrazado de periodista con credenciales falsas. Bonilla daba una rueda de prensa: «Tragedia inevitable. Apoyamos a las familias». Mentira. Las familias del Alvia gritaban fuera, con pancartas: «¿Por qué nos olvidaron?».
Encontré un informante: una secretaria asustada, María, con ojos de ciervo acorralado. En un café discreto, me pasó documentos. «Retrasaron el rescate adrede. Querían tiempo para limpiar evidencias». Evidencias de qué? Mantenimiento deficiente, contratos amañados con empresas amigas de Bonilla. Y Puente involucrado: Adif bajo su ministerio. Un pacto: Bonilla cubre a Puente en Andalucía, Puente le devuelve favores en Madrid.
Visité a una viuda del Alvia, en un piso humilde de Huelva. Su marido, un maquinista, había enviado mensajes antes del choque: «Vías en mal estado». Murió aplastado, no instantáneamente. «Luchó por respirar hora y media», sollozó. Le prometí justicia, pero en mi interior, sabía que la justicia en España es una puta barata.
Esa noche, allanaron mi hotel. Papeles revueltos, advertencia clara. Llamé a Paco: «Necesito protección». «Estás solo, Diego. Esto es grande». Cynismo puro: policías que miran para otro lado por un sueldo extra. Decidí ir a por Vargas de nuevo. Lo encontré en su casa, borracho. «La Junta me obligó. Firmé lo que dijeron». ¿Pruebas? Un USB con autopsias reales. Muertes lentas, dolorosas. Lo guardé como un tesoro envenenado.
Pero el juego se ponía feo. Un matón me acorraló en un callejón: «Deja de husmear o te unes a los muertos». Lo noqueé con un puñetazo, pero sangraba. La corrupción sangraba también, infectando todo.
Capítulo 4: La Misa de los Olvidados
29 de enero, Huelva. El funeral en la catedral, un circo de hipocresía. Bonilla allí, con corbata negra y cara de santo. Puente a su lado, «unidad» en acción. El obispo, un viejo con sotana raída, oficiaba la misa. «Recordamos a las víctimas», dijo, y empezó a listar nombres.
Pero algo falló. Leyó los nueve del regional, con pausas dramáticas. Luego, del Alvia, solo veinticinco. Once olvidados, como si nunca hubieran existido. Murmullos en la multitud. Familias gritaron: «¿Y mi hijo? ¿Mi esposa?». El obispo palideció: «Según la lista de la Junta…». Ah, la Junta. Informe mal hecho, nombres perdidos en la burocracia. O adrede, para minimizar el escándalo.
Yo estaba en el fondo, disfrazado de doliente. Vi a Bonilla susurrar a Puente: «Tranquilo, lo tapamos». Cynismo eclesiástico: la Iglesia, aliada del poder, olvidando almas por un error administrativo. Salí furioso, a buscar respuestas.
Encontré al secretario del obispo en un bar cercano. «La lista vino de la Junta. No comprobamos». ¿Por qué no? «Confianza». Confianza en mentirosos. Regresé a Sevilla, con el USB ardiendo en mi bolsillo. Publiqué anónimamente extractos en un blog underground. El escándalo estalló: «Muertes no instantáneas». Bonilla negó, Puente calló.
Pero me cazaban. Un tiroteo en la autopista, balas silbando. Escapé por poco. Era hora de confrontar al grande.
Capítulo 5: El Baile de los Traidores
En el palacio de la Junta, bajo luces fluorescentes que parpadeaban como conciencias culpables, confronté a Bonilla. Entré con una placa falsa, pistola oculta. «Señor presidente, hablemos del Alvia».
Se rió, cínico: «Accidente, detective. Nada más». Le mostré el USB. «Muertes lentas. Olvido deliberado. Complicidad con Puente». Palideció. «Puente y yo… unidad para España». Unidad para cubrir culos. Admitió: «Retrasamos para destruir pruebas de negligencia. Adif falló, pero no podíamos culpar al gobierno central. Pacto: yo callo, él me debe».
Puente llegó, convocado. «Ruiz, estás muerto». Sacaron pistolas. Pelea: derribé a un guardia, disparé al aire. Huí por pasillos laberínticos, perseguido. En la azotea, Puente me acorraló: «El obispo olvidó nombres porque la lista era incompleta. Error humano». Error planeado.
Salté a un edificio vecino, herido. Llamé a la prensa: filtré todo. Escándalo nacional. Pero sabía que nada cambiaría. Políticos caen, pero el sistema permanece.
Epílogo: Cenizas en el Viento
Meses después, en un bar de Madrid, bebiendo solo. Bonilla dimitió, pero con pensión dorada. Puente, promovido. La Iglesia se disculpó vagamente. Las familias recibieron migajas. Yo? Cicatrices nuevas, cinismo viejo. Andalucía sigue oliendo a corrupción. Los muertos del Alvia? Olvidados, como siempre. En este mundo negro, los poderosos bailan sobre tumbas, y los obispos rezan por los que pagan el diezmo. Fin.
Deja una respuesta