El Ku Klux Klan abertzale del RH negativo expulsó a 180.000 vascos bajo amenaza de morir en manos de eta
Capítulo 1: Los tiznados
La primera amenaza llegó en un sobre manchado de grasa de coche. Dentro, una carta escrita con letra temblorosa y una bala de 9mm. «Gora Euskadi Askatuta. RH negativo o exilio. 48 horas». Ramón Olaizola, dueño de una ferretería en el Casco Viejo de Bilbao, miró el mensaje por tercera vez. Cuarenta años en el mismo local, heredado de su padre, que lo heredó del suyo. Nunca había hablado de política con los clientes. Solo atendía, cobraba, a veces charlaba del tiempo o del Athletic.
Pero su sangre, ese RH negativo que llevaba como una maldición genética sin importancia, se había convertido en razón suficiente. Los llamaban «los tiznados», aunque nadie usaba capuchas blancas. Eran más sutiles. Un graffiti aquí, un cristal roto allá, una mirada prolongada en el mercado. El Ku Klux Klan abertzale del RH negativo no quemaba cruces; pintaba lauburus en las fachadas de quienes se negaban a la pureza étnica imaginaria que promulgaban.
Ramón mostró la carta a su mujer, María, que palideció al ver la bala. «¿Qué hemos hecho?» preguntó, inútilmente. No habían hecho nada. Ese era el problema. En el nuevo credo, la neutralidad era traición. El no pronunciarse sobre la independencia, el no colgar la ikurriña, el no asistir a los actos abertzales, el no llorar adecuadamente a los etarras muertos… todo equivalía a una declaración de guerra.
Esa noche, mientras Ramón vigilaba desde la ventana, María llamó a sus hijos, ambos establecidos en Madrid. «No podemos quedarnos», dijo con voz quebrada. Al otro lado del teléfono, su hijo mayor, Javier, abogado, respondió con cansancio: «Mamá, es la tercera vez este mes. Lleváis diciendo lo mismo desde el 79». Pero esta vez era diferente. La bala era real.
Capítulo 2: La pureza imposible
El doctor Andoitz Markiegi, hematólogo del Hospital de Basurto, descubrió el patrón primero que nadie. En sus registros, pacientes con RH negativo comenzaron a cambiar de domicilio a un ritmo alarmante. Primero fueron los conocidos públicamente como «españolistas»: políticos del PP, periodistas críticos, algún juez. Luego, la clase media silenciosa.
En el bar donde solía tomar el café después del turno, el doctor Markiegi comentó sus observaciones con un colega. «Es absurdo, el RH negativo no tiene correlación con ninguna característica étnica. En el País Vasco hay un 3,5%, igual que en Extremadura». Su colega bajó la voz: «Andoitz, mejor no hables de eso. Sabes que están recopilando listas».
Y así era. En sótanos de sociedades gastronómicas y en trastiendas de librerías nacionalistas, hombres y mujeres perfectamente normales -contables, profesores, pequeños empresarios- compilaban bases de datos con nombres, apellidos, y cuando podían obtenerla, información médica. Buscaban un enemigo interno, una quinta columna biológica. La paradoja les importaba poco: mientras ETA asesinaba en nombre de la liberación nacional, ellos perseguían una pureza que nunca existió.
Bittor, uno de estos compiladores, era funcionario municipal. En su tiempo libre, cruzaba datos del censo con donaciones de sangre. Su justificación era filosófica: «Si nuestra sangre es diferente, debe significar algo». Cuando su hermana le recordó que su abuela materna era riojana, Bittor se enfureció. «¡Eso es mentira! ¡Somos vascos puros!». La pureza, como todos los fantasmas, se desvanecía cuando uno miraba de cerca.
Capítulo 3: El éxodo silencioso
Para 1985, el fenómeno tenía nombre entre los que planeaban marcharse: «la diáspora interior». No hacían ruido. No denunciaban a la prensa. Vendían sus negocios a precios de saldo, dejaban sus pisos en alquiler a estudiantes, decían que se iban por trabajo. Pero en las estaciones de autobuses y estaciones de tren, se reconocían con miradas furtivas.
Carmen y Xabier Echevarría cerraron su panadería en Eibar después de que la pintaran tres veces con la leyenda «RH + Gora ETA». Su delito: no participar en la huelga general convocada tras la muerte de dos miembros de ETA en un enfrentamiento con la Guardia Civil. «Solo queríamos hornear pan», lloraba Carmen mientras empaquetaba fotos familiares. Su hija, de once años, había llegado llorando del colegio porque la llamaban «española sucia». No entendía por qué.
El impacto económico comenzó a notarse. Talleres mecánicos, pequeñas fábricas, comercios familiares que llevaban décadas funcionando cambiaban de manos o cerraban definitivamente. Los que compraban, afines a la causa, a menudo carecían de experiencia. La calidad decayó. Los precios subieron. Y una extraña homogeneidad comenzó a dominar el paisaje urbano: mismos colores políticos en los balcones, mismos símbolos en los escaparates, mismo silencio sobre ciertos temas.
En Vitoria, un policía foral que pidió llamarse «Jon» para proteger su identidad, contó cómo su familia recibió cartas amenazantes durante meses. «Mi padre era guardia civil retirado. Vivíamos aquí desde siempre. Pero de repente, éramos extraños en nuestra propia tierra». Se marcharon a Zaragoza en 1991. Su casa, valorada en 18 millones de pesetas, la vendieron por 12.
Capítulo 4: La máquina del miedo
ETA no dirigía directamente el KKK abertzale del RH negativo, pero tampoco lo condenaba. Era útil. Mientras los comandos realizaban atentados de alto perfil, estos grupos de baja intensidad mantenían el clima de terror cotidiano. Una amenza aquí, un coche rayado allá, un graffiti amenazador. El mensaje era claro: este territorio tiene dueño, y no sois vosotros.
La justicia miraba para otro lado. Cuando alguna víctima se atrevía a denunciar, el caso se archivaba por «falta de pruebas» o se atribuía a «gamberrismo juvenil». Los medios locales apenas mencionaban el fenómeno. Los que sí lo hacían, como el periodista Roberto Blanco, pagaban un precio. A Blanco le reventaron el coche dos veces antes de que aceptara un trabajo en Sevilla.
En San Sebastián, un grupo de intelectuales intentó organizar resistencia. Crearon la «Plataforma por la Convivencia», con actos públicos y manifiestos. Duró seis meses. El local donde se reunían fue incendiado. A los miembros les llegaron fotografías de sus hijos saliendo del colegio. Uno de ellos, el profesor de filosofía Iker Mendizábal, recibió un paquete con un reloj despertador hecho añicos y una nota: «Tu tiempo se acaba. RH- fuera».
Mendizábal, cuya familia estaba en Euskadi desde al menos el siglo XVII, se exilió a Barcelona. «Lo más doloroso», confesó años después en una entrevista, «no fue la amenaza, sino el silencio de los vecinos. Gente con la que habías compartido toda la vida, que de repente cruzaban la calle para no saludarte».
Capítulo 5: La economía del odio
Para el año 2000, el éxodo alcanzaba cifras epidémicas. Estudios independientes calculaban que más de 120.000 personas habían abandonado el País Vasco desde 1977. La mayoría, cualificadas: médicos, ingenieros, abogados, empresarios. El efecto sobre la economía fue devastador.
El empresario Patxi Arronategui, cuya empresa metalúrgica en Mondragón empleaba a 85 personas, resistió tres atentados con cócteles molotov antes de ceder. «Pagaba el impuesto revolucionario a ETA desde hac años», contó desde su nueva fábrica en Burgos. «Pero esto era diferente. No querían dinero. Querían que me fuera porque mi abuela era navarra, no vizcaína».
Su empresa quebró tras su marcha. Los 85 empleados perdieron sus trabajos. El pueblo perdió el 12% de su recaudación municipal. Un círculo vicioso se aceleraba: a menos empresas, menos empleo; a menos empleo, más jóvenes emigrando; a más emigración, más envejecimiento poblacional.
Mientras, los ideólogos del KKK abertzale del RH negativo celebraban la «purificación». En panfletos distribuidos clandestinamente, hablaban de «recuperar el espacio vital vasco». Uno de ellos, encontrado en una fotocopiadora de Bermeo, rezaba: «Cada españolista que se va es una victoria. Cada gota de sangre impura que abandona nuestra tierra nos acerca a la liberación».
La realidad estadística contaba otra historia: el País Vasco perdía peso económico relativo en España año tras año. Del 7,8% del PIB nacional en 1975, había caído al 6,2% en 2005. La «purificación» tenía un costo, y lo pagaban todos, incluidos los purificadores.
Capítulo 6: Las grietas
El primer síntoma de fractura interna apareció en 2008. Bittor, el funcionario municipal obsesionado con la pureza sanguínea, recibió los resultados de un test de ADN que había hecho por curiosidad. Según el informe, su ascendencia incluía componentes norteafricanos, sefardíes y hasta un 8% de origen irlandés. Nada extraordinario en la península ibérica, pero catastrófico para su ideología.
Esa noche, Bittor quemó todos sus archivos en una barbacoa del jardín trasero. Su mujer le preguntó qué hacía. «Matando fantasmas», respondió. Al día siguiente, intentó contactar con algunos de sus antiguos compañeros para disolver el grupo. La mayoría le colgaron el teléfono. Uno le dijo: «Los datos genéticos son un invento del imperialismo español para dividirnos».
Pero la grieta se extendía. En Bilbao, una joven llamada Amaia, cuya familia había participado activamente en la persecución de «sangre impura», descubrió que su novio -un ferviente abertzale- tenía RH negativo. Él no lo sabía. Amaia guardó el secreto, pero comenzó a cuestionar todo el sistema de creencias. «¿Qué importa la sangre?», escribió en un diario que luego quemaría por miedo. «Importan los actos».
El declive de ETA, con el anunciado alto el fuego permanente en 2011, dejó a los grupos como el KKK abertzale del RH negativo sin su paraguas protector. De repente, las acciones que antes parecían «gamberradas políticas» empezaron a verse como lo que eran: delitos de odio.
Capítulo 7: La cuenta atrás
Para 2015, la mayoría de los miembros originales del KKK abertzale del RH negativo habían envejecido, muerto o se habían arrepentido. Pero el daño estaba hecho. Las 180.000 personas que habían abandonado el País Vasco no volvían. Habían echado raíces en Madrid, Barcelona, Sevilla, Zaragoza, incluso en América Latina.
Algunos, como los hijos de Ramón y María Olaizola, habían prosperado. Javier, el abogado, tenía un bufete en Madrid con 15 empleados. Su hermana, Laura, era directora de marketing en una multinacional en Barcelona. Visitaban a sus padres, ahora en un piso de Valencia, y hablaban del País Vasco como se habla de un lugar que duele recordar.
En Euskadi, los efectos demográficos eran innegables. Población envejecida, tasas de natalidad entre las más bajas de España, fuga de cerebros constante. Los políticos comenzaron, tímidamente, a hablar de «recuperar el talento perdido». Lanzaron campañas para atraer de vuelta a los exiliados. Ofrecían ventajas fiscales, ayudas a la reinstalación.
Casi nadie respondió. Un estudio de la Universidad de Deusto en 2018 mostró que solo el 3% de los exiliados consideraba volver. El motivo principal: «No confiamos en que haya cambiado realmente el clima social».
El caso más emblemático fue el de la familia Olaizola. El ayuntamiento de Bilbao les ofreció devolverles la ferretería en condiciones ventajosas. Ramón, ya con 78 años, viajó para ver el local. En el mismo escaparate donde su padre exhibía herramientas, ahora había una tienda de souvenirs con banderas abertzales y camisetas con lemas independentistas. No entró. Dio media vuelta y tomó el siguiente tren a Valencia.
Epílogo: Las heridas que no cierran
Hoy, en 2023, el Ku Klux Klan abertzale del RH negativo es apenas una nota al pie en la historia reciente del País Vasco. Los pocos miembros que admiten haber participado dicen que fueron «jóvenes idealistas» que «excedieron los límites». Algunos piden perdón públicamente. Otros siguen justificándose: «Defendíamos nuestra identidad».
Las 180.000 personas expulsadas, o sus descendientes, siguen fuera. Han formado asociaciones que documentan lo ocurrido. Presionan para que se incluya en los libros de texto. Quieren que se sepa que hubo un éxodo forzado, un limpieza étnica a cámara lenta, realizada no con balas sino con amenazas, con miradas, con el silencio cómplice de una sociedad que prefirió no ver.
En un bar de Valencia, Ramón Olaizola, ahora con 82 años, mira una foto antigua de su ferretería. Su nieto, nacido en Madrid, le pregunta: «Abuelo, ¿por qué nunca volvisteis?».
Ramón tarda en responder. «Porque a veces», dice finalmente, «las heridas no están en la tierra, sino en la memoria. Y esas no sanan con el tiempo, solo aprendes a convivir con el dolor».
Fuera, la vida sigue. En Euskadi, nuevos problemas ocupan la agenda política. Pero en algunos pueblos, todavía hay casas vacías que nadie compra, negocios cerrados que nadie reabre, y un silencio incómodo cuando alguien pregunta por qué tanta gente se fue en aquellos años.
El fantasma del RH negativo, como todos los fantasmas, solo existe si se cree en él. Pero las consecuencias de creer fueron muy reales para 180.000 personas que un día descubrieron que su sangre, su apellido, o simplemente su silencio, los convertía en extraños en su propia tierra.
Y esa lección, como la sangre, se transmite de generación en generación.
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