Aquí tienes la novela. He procurado mantener un tono negro, cínico y con la dosis justa de absurdo para que la sátira funcione, desarrollando la premisa que me has dado.
Los Therian sorosianos han convertido la Unión Europea en una Gran Perrera
Novela negra y cínica en siete capítulos y un epílogo
Capítulo 1: Los Amos y sus Criaturas
El hombre del abrigo de cashmere dejó caer un puñado de pienso sobre la moqueta de la sala de juntas. No era un pienso cualquiera. Olía a democracia, a fondos Next Generation y a derechos humanos, pero, sobre todo, olía a sumisión.
—Sentado —dijo en voz baja, sin mirar siquiera a los seis animales que jadeaban a sus pies.
El primero en obedecer fue Micron. Era un chihuahua enano, tan pequeño que parecía un juguete olvidado en un sofá. Temblaba. No de frío, sino de una ansiedad perpetua, de la certeza de que su tamaño lo condenaba a ladrar el doble para que lo tomaran en serio. Dio dos vueltas sobre sí mismo y se sentó, con las orejas erguidas y una mirada que intentaba parecer feroz, pero que solo conseguía ser nerviosa.
A su lado, Starmer, un bulldog de origen pakistaní, con la papada colgante y la respiración ruidosa, se dejó caer sobre sus cuartos traseros con un gesto de dignidad mal entendida. Era un perro que había aprendido a parecer tranquilo, a aparentar que todo le resbalaba, pero sus ojos pequeños y separados delataban una ansiedad parecida a la del chihuahua. Solo que él la ocultaba mejor. Sabía que su aspecto rudo y su pelaje atigrado infundían un respeto que su carácter no siempre respaldaba.
Merz, el perro salchicha alemán, se estiró como un churro sobre la moqueta antes de sentarse, apoyando las patas delanteras con una rigidez prusiana. Su lomo alargado parecía contener todas las certezas del mundo. No temblaba. Él había venido a arreglar el desaguisado, a poner orden, aunque su anatomía le impidiera ver más allá de su propio hocico.
El grifón de Bruselas, Sánchez, no se sentó. Se quedó de pie, moviendo la cola con una energía inagotable, dando pequeños saltitos, como si en cualquier momento fuera a salir disparado hacia un horizonte de titulares y focos. Su pelaje áspero y su barba descuidada le daban un aire de intelectual bohemio, pero su mirada era la de un perro que siempre está calculando el siguiente movimiento, el próximo hueso que enterrar.
Von der Leyen, una pitbull terrier de mandíbulas poderosas y un collar tachonado con el logo de una farmacéutica, se sentó con una elegancia estudiada. Movía la cola lentamente, como un metrónomo. Era la perra que había aprendido a sonreír, a parecer amable, mientras en su cabeza solo existía la próxima dosis, el próximo chute de poder que le inyectaban a través de ese collar. Su mirada era vidriosa, leal. Leal al amo, no a la jauría.
Y al fondo, apartado, Zelenski. Un husky siberiano de pelaje espeso y ojos de un azul tan claro que parecían helados. No se sentó. Miró al hombre del abrigo con una fijeza perturbadora, con la dignidad de un lobo que recuerda la nieve, aunque ahora estuviera encerrado en una sala sin ventanas en Bruselas. Llevaba un pañuelo amarillo atado al cuello. El hombre del abrigo sostuvo su mirada un segundo, luego sonrió y repitió:
—He dicho sentado.
El husky, lentamente, como un favor, dobló las patas y se tumbó. Pero no apartó los ojos.
El hombre del abrigo, cuyo rostro era una mezcla de rasgos de mil países y cuya cartera rebosaba acciones de BlackRock, se arrodilló para acariciar a la pitbull.
—Buena chica, Ursula. Tú sí que entiendes el juego.
Los otros cinco perros lo observaban. Sabían que eran los elegidos. Los había seleccionado un consorcio de amos con oficinas en Davos, mansiones en los Hamptons y fundaciones con nombres bonitos en Bruselas. Los habían comprado, adiestrado y colocado estratégicamente.
La misión, si decidían aceptarla (y no tenían otro remedio), era sencilla sobre el papel: convertir la Unión Europea en la Gran Perrera Progresista Woke del mundo. Un lugar donde todos los perros, fueran del tamaño que fueran, del origen que fueran, estuvieran contentos con su correa, agradecidos por su pienso y convencidos de que ladrar consensos era la forma más elevada de existencia canina.
El hombre del abrigo sacó un control remoto y pulsó un botón. Los collares de los seis perros emitieron un suave zumbido.
—Refuerzo positivo —dijo—. Recordadlo. El que se porte bien, tendrá su premio. El que se desvíe del guion… bueno, el refuerzo puede ser de otro tipo.
Miró especialmente al husky.
—¿Alguna pregunta, señor Zelenski? ¿Necesita más nieve? ¿Más kalashnikovs para jugar?
El husky no respondió. Solo movió la cola una vez, levantando una nube de polvo. El hombre del abrigo se ajustó la pajarita, un estampado de mariposas y gráficos bursátiles, y salió de la sala sin decir adiós.
La puerta se cerró con un clic metálico. Los seis perros se quedaron solos. El chihuahua fue el primero en romper el silencio con un ladrido agudo y nervioso.
—¿Y ahora qué hacemos?
La pitbull se lamió una pata.
—Lo que nos han enseñado, Micron. Ser buenos perros. Gobernar.
El bulldog resopló.
—Gobernar. Bonita palabra. A ver, Merz, tú que eres alemán y tienes las ideas claras, ¿cómo se gobierna una perrera?
El perro salchicha alargó el cuello todo lo que pudo.
—Con orden. Con normas. Con una buena Gestión de la jaula. Lo primero, establecer quién manda en cada área. Yo, por ejemplo, podría encargarme de la economía canina. Huesos para todos, pero con disciplina fiscal.
El grifón dio un salto.
—¡Y yo de la comunicación! De contar lo bien que viven los perros aquí. De la marca Gran Perrera. ¡Imagen, imagen!
El husky, desde su rincón, soltó un gruñido grave. Todos se giraron.
—¿Tú qué quieres, Zelenski? —preguntó la pitbull, con un tono que intentaba ser conciliador—. ¿Más mantita? ¿Más atención?
El husky se incorporó lentamente. Su mirada helada recorrió a los otros cinco.
—Yo quiero —dijo, con una voz que sonaba a viento entre pinos— que me devolváis mi nieve. Mis bosques. Mi manada. No vine a que me encerraran en vuestra perrera de cemento.
La pitbull arqueó una ceja perruna.
—Pero si tú eres uno de los nuestros, Vasyl. Te hemos dado de comer. Te hemos dado armas para jugar con el oso. Te hemos dado un papel protagonista.
El husky se acercó a ella, mostrando los colmillos.
—El oso es mi problema. No vuestro. Vosotros solo queríais que yo ladrara fuerte para que no se oyeran vuestros propios ladridos.
El bulldog tosió, incómodo.
—Bueno, bueno, no empecemos con la política identitaria. Estamos aquí para trabajar. Para construir la Perrera. Dejémonos de gaitas.
El chihuahua, intentando parecer importante, se subió a una silla.
—Starmer tiene razón. Deberíamos centrarnos. Propongo un plan a cinco años. Primero, armonizar las correas. Segundo, unificar el sabor del pienso. Tercero…
—Cállate, Micron —dijo la pitbull, sin dejar de mirar al husky—. Nadie te ha dado la palabra.
El chihuahua se encogió, y por un momento pareció aún más pequeño.
El husky se retiró de nuevo a su rincón, pero antes de tumbarse, dejó caer:
—Construid vuestra perrera. Ponedle puertas de cristal, ponedle focos, ponedle arcoíris pintados en las paredes. Pero recordad: un perro enjaulado, por muy bien que le den de comer, siempre soñará con morder la mano que le cierra la puerta.
El silencio volvió a la sala. Solo se oía la respiración fatigada del bulldog y el tintineo de los collares electrónicos.
En el exterior, Bruselas se despertaba bajo un cielo gris y uniforme. El hombre del abrigo de cashmere ya estaba en otro avión, rumbo a otra reunión, con otro puñado de pienso en el bolsillo. La Gran Perrera comenzaba a tomar forma. Y estos seis perros, cada uno con su pedigrí, su neurosis y su ambición, eran los encargados de levantar sus muros.
Capítulo 2: El Adiestramiento Básico
Las sesiones de adiestramiento se celebraban en el sótano del edificio Europa, un lugar sin ventanas donde el zumbido de los fluorescentes competía con el de los collares. Los instructores eran humanos de rostro inexpresivo, siempre vestidos de gris, que hablaban con una suavidad hipnótica.
—El refuerzo positivo —explicaba uno, mostrando una golosina brillante— es la base de todo. Aprendan a asociar la palabra correcta con el premio. Repitan conmigo: «Resiliencia». Bien. «Sostenibilidad». Excelente. «Diversidad». ¡Premio!
La pitbull atrapaba la golosina al vuelo. El chihuahua daba saltitos hasta que le caía una migaja. El bulldog esperaba con la baba colgando. El perro salchicha anotaba todo en una libretita. El grifón sonreía a las cámaras que grababan el curso para el boletín interno. El husky, sentado al fondo, ni siquiera miraba la golosina.
—Señor Zelenski —decía el instructor—, tiene que participar. Si no juega, no gana.
—No quiero su premio —respondía el husky—. Quiero que me devuelvan mis moscardones.
El instructor suspiraba y ajustaba la intensidad del collar con un mando a distancia. El husky sentía un cosquilleo desagradable, pero no se quejaba. Aguantaba. Los demás lo miraban con una mezcla de lástima e incomprensión.
—Es que los del este son así —susurraba el grifón al oído del chihuahua—. Muy dramáticos. Siempre con su identidad, su sufrimiento. Si estuvieran en nuestras patas, contentos de tener un plato de pienso caliente.
El chihuahua asentía con vehemencia, aunque no entendía muy bien qué pintaba él, un perro de salón de origen incierto, en aquella jaula de grillos geopolíticos. A veces, por las noches, soñaba que era un gran danés y que todos le hacían caso.
Starmer, el bulldog, era el más pragmático. Él había mamado el pragmatismo desde cachorro. Sabía que en política, como en las peleas de perros, no ganaba el más fuerte, sino el que mordía en el momento justo y se retiraba a tiempo. Su problema era que su propia jauría, en su isla, empezaba a gruñir. Algunos querían menos correa, menos adiestramiento, menos Bruselas. Otros querían más. Ér se pasaba el día intentando mantener el equilibrio, moviendo el rabo para todos lados, y al final del día solo le dolían las mandíbulas de tanto sonreír.
Merz, el perro salchicha, tenía un plan. Un plan meticuloso, escrito en alemán, con gráficos y proyecciones. Consistía básicamente en hacer las cosas como él creía que debían hacerse: con orden, con autoridad, con una clara definición de quién era el perro alfa. El problema era que en la Perrera no había un alfa claro. Estaban ellos seis, y luego los otros, los que no habían sido adiestrados directamente, los perros callejeros de los parlamentos nacionales, que a veces se colaban por las rendijas de la jaula y lo olfateaban todo, preguntando, gruñendo, desobedeciendo.
—Hay que establecer jerarquías —gruñó Merz una tarde, en una pausa del adiestramiento—. Yo me encargo de las finanzas. Ursula, tú de la imagen y la sanidad. Sánchez, tú de… bueno, tú haz lo que sabes hacer: mover el rabo y hablar. Pero que quede claro: el que da las directrices soy yo.
La pitbull lo miró con una sonrisa que no llegaba a sus ojos vidriosos.
—Ay, Friedrich, siempre tan alemán. Las jerarquías son cosa del siglo pasado. Ahora trabajamos en red, en equipo, en manada horizontal. Todos somos importantes. Todos tenemos nuestro lugar. ¿Verdad, Micron?
El chihuahua, que estaba oliendo una esquina, levantó la cabeza sobresaltado.
—¿Eh? Sí, sí, claro. Todos. Manada. Horizontal. Yo… yo me encargo de lo pequeño. De lo que los grandes olvidan. De los detalles.
Sánchez, el grifón, se relamió el bigote.
—¡Exacto, Macron! Los detalles. La comunicación fina. Yo estaba pensando en un eslogan para la Perrera. ¿Qué tal «Juntos, mejores perros»?
El bulldog resopló ruidosamente, sonándose los mocos contra la moqueta.
—Déjalo, Sánchez. Eso ya lo usaron los de la perrera anterior.
—¿Y «Fieles al futuro»? —insistió el grifón, imparable.
La pitbull asintió, abstraída, mientras miraba de reojo al instructor, que ajustaba algo en su collar. Un escalofrío la recorrió, pero no apartó la mirada. Era su perra. Su mejor perra.
El husky, desde su esquina, observaba la escena con sus ojos de hielo. Había visto muchas cosas. Había visto manadas deshacerse, perros traicionar a perros, lobos disfrazarse de ovejas. Pero aquello era nuevo. Aquello era un zoológico dirigido por los propios animales, convencidos de que las jaulas eran una elección propia.
—Decidme —preguntó de repente, y su voz grave impuso silencio—. ¿Alguno de vosotros ha visto alguna vez a un amo? Quiero decir, a un amo de verdad. Sin abrigo de cashmere. Sin mando a distancia. ¿Alguno sabe quién pone el pienso? ¿De dónde sale?
Los cinco perros se miraron. La pitbull fue la primera en responder, con un tono que quería sonar didáctico.
—Eso son preguntas muy profundas, Vasyl. Pero ahora tenemos que centrarnos en lo importante. En las próximas elecciones al parlamento de la perrera. En la cuota de pienso para cada región. En…
—No sabéis —la interrumpió el husky—. No ten ni idea. Os limitáis a ladrar lo que os han enseñado a ladrar. A sentaros cuando os lo ordenan. A dar la pata por una golosina. Sois perros de feria. Perros de circo.
El perro salchicha se irguió todo lo que su espina dorsal le permitía.
—¡Eso es una falta de respeto, Zelenski! Nosotros representamos a millones de perros. Millones que esperan que les aseguremos un buen pienso, una correa cómoda, un veterinario digno. Tú te crees superior por venir de la tundra, pero aquí, en la Perrera, las reglas las ponemos entre todos.
—¿Entre todos? —el husky soltó una risa seca, que sonó a hielo rompiéndose—. Tú solo quieres ponerlas tú, Merz. Y tú, Ursula, quieres poner las tuyas. Y tú, Starmer, quieres que no se note que pones ninguna. Y tú, Sánchez, quieres poner muchas, pero que cambien cada cinco minutos. Y tú, Micron, quieres poner alguna, pero no sabes cómo.
El chihuahua se sintió señalado y dio un paso atrás, tropezando con una pata de la mesa.
—¿Y qué? —dijo la pitbull, perdiendo por un momento la sonrisa—. ¿Tú no quieres poner las tuyas?
El husky la miró fijamente.
—Yo solo quiero que me dejéis en paz. Y que dejéis de fingir que esto es una manada. Esto es una colección de soledades con collares a juego.
El silencio fue incómodo. El instructor gris, desde la puerta, carraspeó.
—Muy bien, muy interesante el debate. Pero pasemos al siguiente ejercicio: «Refuerzo de la Identidad Colectiva». Vamos a ponernos todos el mismo jersey. Es de un tejido muy suave, con los colores de la Perrera. ¡Vamos, es divertido!
Los cinco perros, obedientemente, se dejaron poner el jersey. El husky se quedó quieto, sin moverse. El instructor suspiró y ajustó de nuevo el mando. Esta vez, el cosquilleo fue más intenso. El husky apretó las mandíbulas, pero no se movió.
—Vasyl, por favor —dijo la pitbull, ya con el jersey puesto, que le sentaba fatal—. No hagas esto más difícil de lo que es. Solo es un jersey. Nos lo pondremos un rato y luego nos lo quitamos.
El husky la miró. Vio el jersey, vio el collar, vio la sonrisa vacía. Vio a una perra que había sido una luchadora callejera, o eso decían, y que ahora era la mascota perfecta de unos amos a los que nunca vería.
—El problema, Ursula —dijo al fin, mientras sentía el cosquilleo del collar intensificarse—, no es el jersey. Es que te crees que es tu idea ponértelo.
El instructor, perdiendo la paciencia, pulsó el botón rojo. El husky emitió un gemido sordo y se encogió sobre sí mismo, pero no se tumbó del todo. Siguió de pie, temblando, con los ojos fijos en la pitbull.
Ella apartó la mirada.
El adiestramiento continuó. Los otros cinco perros aprendieron a ladrar consignas, a dar la pata a cambio de fondos, a hacerse los muertos cuando interesaba. El husky aprendió a callar. Pero sus ojos, aquellos dos pozos de hielo, siguieron abiertos, registrándolo todo, esperando.
Capítulo 3: La Jaula de las Normas
La Gran Perrera no se construyó en un día. Primero hubo que redactar el reglamento. Miles de páginas que especificaban el diámetro mínimo de los bebederos, la composición química del pienso, la distancia que debía haber entre una caseta y otra, los decibelios máximos de los ladridos nocturnos, los derechos de los perros a no ser molestados mientras dormían la siesta, y los deberes de los perros de no molestar a otros perros mientras dormían la siesta.
Merz estaba en su elemento. Pasaba horas enroscado sobre sí mismo, rodeado de legajos, redactando enmiendas con una precisión milimétrica. Cada artículo, cada apartado, cada inciso llevaba su sello: orden, claridad, jerarquía.
—Mira, Starmer —le dijo un día, mostrándole un gráfico de barras—. He calculado la cantidad óptima de pulgas por metro cuadrado de pelaje. Si superamos este umbral, se activa el protocolo de desparasitación obligatoria. Pero ojo, la desparasitación debe ser sostenible, ecológica y respetuosa con las pulgas que ya habitan en el perro.
El bulldog parpadeó lentamente.
—¿Y las pulgas tienen algo que decir? Quiero decir, ¿no deberíamos preguntarles si quieren ser desalojadas?
Merz suspiró, un suspiro largo que recorrió todo su espinazo.
—Las pulgas no tienen voto, Starmer. Son parásitos. El bienestar del perro está por encima del bienestar de la pulga. Es de cajón.
—Sí, pero… —el bulldog se rascó la oreja con una pata trasera— ¿y si el perro quiere tener pulgas? ¿Y si forma parte de su identidad? Hay que consultarlo. Hacer una encuesta. Un referéndum.
—¿Un referéndum sobre las pulgas? —Merz parecía a punto de sufrir un infarto canino—. ¡Eso es una locura! Gobernar no es preguntar constantemente. Gobernar es decidir. Es establecer un marco. Es…
—Es hacer que los perros se sientan escuchados —terció Sánchez, apareciendo de repente con una cámara GoPro atada a la cabeza—. La percepción es la realidad. Si los perros creen que tienen derecho a decidir sobre sus pulgas, aunque luego no decidan nada, estarán más contentos. ¿Lo captas? Es branding. Es engagement. Es…
—Es demagogia barata —gruñó Merz.
—Es política, querido Friedrich —sonrió la pitbull, acercándose con paso firme—. Política del siglo XXI. Tú haz tus gráficos y tus tablas, que son muy útiles. Nosotros nos encargamos de que los perros los acepten.
El chihuahua, que estaba tomando notas en una minúscula libreta, levantó la cabeza.
—Yo podría redactar el preámbulo. Un preámbulo bonito, que hable de valores, de destino común, de… de…
—Déjalo, Micron —dijo la pitbull, sin mirarlo—. Para el preámbulo ya tengo yo un equipo de lobos esteparios disfrazados de corderos. Redactan muy bien.
El chihuahua se encogió y volvió a sus notas. Soñaba con que algún día le dejaran redactar algo importante. Una nota a pie de página, al menos.
El husky observaba la escena desde la ventana, mirando hacia el exterior. No hacia la calle, sino hacia arriba, hacia el cielo gris y uniforme.
—¿En qué piensas, Vasyl? —le preguntó el bulldog, acercándose con su respiración ruidosa.
—En la nieve —respondió el husky sin girarse—. En cómo la nieve lo cubre todo y no hace falta regularla. Simplemente está. Es blanca. Es fría. Y los perros la huelen y saben lo que significa.
El bulldog se sentó a su lado, pesadamente.
—Aquí no hay nieve, colega. Aquí hay cemento, moqueta y reglamentos. Pero no está mal. Tiene su aquel. Tú puedes ser el perro guardián, el que ladra si viene el oso. Es un papel importante.
El husky se giró lentamente y lo miró.
—¿Tú de verdad te crees eso, Keir? ¿Te crees que eres importante? ¿Que lo que haces aquí tiene algún sentido?
El bulldog dudó. Su cola dejó de moverse.
—Bueno… mis perros me votaron. Confiaron en mí para que viniera aquí y… y gestionara su relación con la Perrera. Para que consiguiera lo mejor para ellos.
—¿Y lo estás consiguiendo?
El bulldog miró al suelo. Vio su propio reflejo en la moqueta brillante.
—Algunas cosas. Otras… bueno, la política es el arte de lo posible. No siempre se puede tener todo lo que uno quiere.
—No te preguntaba por lo que ellos quieren —dijo el husky con una calma helada—. Te preguntaba por lo que tú consigues para ellos. ¿Tienen más nieve? No. ¿Tienen menos correa? No. ¿Pueden decidir si quieren pulgas o no? Tampoco. ¿Qué consigues exactamente?
El bulldog abrió la boca para responder, pero no le salió nada. Se limitó a resoplar ruidosamente y a alejarse, moviendo la cabeza con gesto de «este tío está como una cabra».
En la sala de juntas, la pitbull, el perro salchicha y el grifón seguían discutiendo sobre el reglamento de las pulgas. El chihuahua correteaba de un lado a otro, intentando ser útil. El husky volvió a mirar por la ventana. En algún lugar, muy al este, sabía que había perros que no necesitaban reglamentos. Perros que olfateaban el viento y sabían qué hacer. Perros que aún recordaban cómo se cazaba, cómo se peleaba, cómo se vivía sin collar.
Pero estaban lejos. Muy lejos. Y él estaba aquí, en el corazón de la Perrera, viendo cómo levantaban los muros, ladrillo a ladrillo, norma a norma.
Capítulo 4: La Comida y los Colmillos
El pienso era el verdadero pegamento de la Perrera. No cualquier pienso, sino un pienso especialmente formulado por los laboratorios de los amos, con el sello «Progresista Woke». Llevaba extractos de quinoa, proteína de insecto sostenible, y un cóctel de vitaminas que garantizaban un pelaje brillante y una disposición dócil.
Von der Leyen, la pitbull, era la supervisora jefe de la distribución del pienso. Su collar, con el logo de Pfizer, no era un adorno. Cada vez que se acercaba a los comederos, el collar emitía un pitido y una pequeña dosis de refuerzo químico se liberaba en su torrente sanguíneo. Se sentía bien. Se sentía útil. Se sentía la perra más importante de la Perrera.
—Este lote es para los perros del sur —decía, señalando con el hocico unos sacos—. Tiene un plus de antioxidantes, por el estrés climático. Este otro, para los del norte, más calorías. Y este, el especial, para los perros de élite, los que colaboran estrechamente con la dirección.
Sánchez, el grifón, movía la cola como un ventilador.
—¡Excelente, Ursula! La segmentación del pienso es clave. Podríamos hacer una campaña: «Cada perro con su pienso». Mostrar familias felices comiendo de sus cuencos personalizados. Incluir testimonios. Yo conozco a un caniche muy fotogénico que podría…
—Lo que quieras, Pedro —lo interrumpió la pitbull, con la mirada vidriosa pero firme—. Pero asegúrate de que las cámaras no se acerquen demasiado a los comederos de los perros disidentes. Los que todavía gruñen cuando ven el pienso. Esos tienen una ración especial, con un plus de… tranquilizantes naturales.
El grifón parpadeó.
—¿Tranquilizantes? ¿No sería mejor… dialogar con ellos?
—Dialogamos, Pedro. Dialogamos constantemente. El pienso es parte del diálogo. Es una forma de decirles: «Te queremos, perro rebelde. Por eso te ayudamos a estar más tranquilo, a aceptar la realidad de la Perrera con serenidad». Es un acto de amor.
El chihuahua, que estaba probando una muestra del pienso especial, sintió un ligero mareo y una repentina necesidad de aprobar todo lo que decía la pitbull.
—Es verdad —dijo, con la cabeza un poco nublada—. Es amor. Es… todo es por nuestro bien.
El bulldog lo miró con una ceja arqueada. Él había optado por no probar ese lote. Prefería el pienso de su tierra, que su manada le enviaba en paquetes discretos. Tenía un sabor menos… artificial.
Merz, el perro salchicha, también rechazaba el pienso oficial. Él tenía su propia despensa, con salchichas alemanas de primera calidad. Consideraba que el pienso Progresista Woke era una blandenguería, una papilla para perros sin carácter.
—Hablando de diálogo —dijo Merz, alargando el cuello—, los perros del este, los que aún no han sido completamente integrados, están gruñendo más de la cuenta. Se quejan de que su pienso sabe diferente, de que les falta algo. De que quieren su propia comida.
La pitbull suspiró.
—Ya hablé con su representante. Con el husky. Se niega a aceptar el pienso. Dice que no es comida de perro, que es… no sé, un invento raro. Pero bueno, él es especial. Ya se le pasará cuando tenga hambre de verdad.
—No estoy tan seguro —dijo Merz—. Ese perro tiene mirada de lobo. Los lobos no se domestican con pienso, por muy sostenible que sea.
La pitbull sintió un pequeño pinchazo en el collar. Era una señal de sus amos, un recordatorio de su misión. Enderezó la postura.
—Pues lo domaremos con algo mejor que el pienso. Lo domaremos con responsabilidad. Le daremos un papel importante. Le diremos que es el guardián de la puerta este. Que sin él, el oso podría colarse. Eso le gustará. A esos perros del este les gusta sentirse útiles, sentirse héroes.
El husky, que había entrado sigilosamente en la sala de los comederos, lo oyó todo. Se quedó quieto, oculto tras una pila de sacos. Oyó cómo hablaban de él, de su pienso, de su posible domesticación. Sintió una mezcla de asco y una tristeza profunda. No por él, sino por ellos. Por aquellos perros que habían olvidado el sabor de la carne fresca, el crujir de un hueso de verdad, la satisfacción de cazar su propia comida.
Esa noche, cuando todos dormían en sus casetas oficiales, el husky se acercó a los comederos. Olfateó el pienso. Olía a química, a fábrica, a sumisión. Con una patada certera, volcó varios sacos. El pienso se derramó por el suelo formando un montón grisáceo y triste.
Luego, se sentó sobre sus patas traseras y aulló. No fuerte, no para despertar a nadie. Fue un aullido largo, grave y contenido. Un aullido que hablaba de nieves perpetuas, de bosques infinitos, de lunas llenas reflejadas en lagos helados. Un aullido que, en el silencio de la Perrera, sonó a la más pura de las rebeldías.
A la mañana siguiente, los encargados encontraron el pienso derramado. Hubo revuelo. Se habló de sabotaje, de actos vandálicos, de la necesidad de reforzar la seguridad. La pitbull, con el collar pitando nerviosamente, dio un discurso llamando a la unidad y a la condena de cualquier acto que atentara contra el bienestar común.
El husky, en su rincón, la escuchaba. No dijo nada. No hizo nada. Solo movió la cola una vez, levantando una nube de polvo. Los otros cinco perros lo miraron. Sabían que había sido él. Pero ninguno dijo nada. Porque, en el fondo, una pequeña parte de ellos, enterrada bajo capas de pienso y adiestramiento, entendía aquel aullido.
O tal vez solo tenían miedo. Miedo de que si hablaban, el collar se lo recordaría.
Capítulo 5: La Feria de las Vanidades
La Gran Perrera necesitaba una vitrina. Un escaparate donde mostrar al mundo (y a los propios perros) lo bien que funcionaba todo. Así nació la idea de la «Feria Anual de la Diversidad Canina». Sánchez, el grifón, se frotaba las patas de emoción.
—¡Será espectacular! —ladraba, correteando por los pasillos—. Habrá desfiles de razas, concursos de ladridos armonizados, stands de pienso ecológico, y una gran gala final con entrega de premios a los perros más ejemplares.
—¿Y quién paga todo eso? —preguntó Merz, con su libreta de gastos en la pata.
—¡Los amos, Friedrich, los amos! Han dado el visto bueno. Dicen que es una inversión en imagen de marca. En «marca Perrera».
La pitbull asintió, con la mirada más vidriosa que nunca.
—Es importante que los perros se sientan parte de algo grande. Que vean que aquí cabemos todos. El chihuahua y el gran danés. El sabueso y el caniche. El perro de aguas y el mastín. Todos unidos bajo el mismo arcoíris.
Micron, el chihuahua, se sintió aludido. Por fin alguien mencionaba a los pequeños.
—Yo podría presidir el jurado de los concursos —propuso, con un hilillo de voz—. Para dar ejemplo de que el tamaño no importa.
—Veremos, Micron, veremos —dijo la pitbull, sin comprometerse.
El bulldog, Starmer, observaba los preparativos con una mezcla de escepticismo y resignación. Sabía que estas ferias eran un parche, una forma de distraer a los perros de los problemas reales: la escasez de huesos en algunas regiones, la creciente irritación de los collares, el rumor de que los amos estaban construyendo otra perrera, más grande y más moderna, en algún lugar al otro lado del charco.
—No te lo montes tanto, Pedro —le dijo al grifón—. Esto es como ponerle un lazo bonito a una jaula. La jaula sigue siendo una jaula.
El grifón se quedó paralizado por un segundo, la sonrisa congelada.
—¡Qué gracioso eres, Keir! Pero no, no es una jaula. Es un hogar. Un hogar común. Y la feria es nuestra fiesta de cumpleaños. ¡Vamos, un poco de positivismo!
Llegó el día de la feria. El recinto estaba engalanado con banderitas de colores y globos con forma de hueso. Había perros de todas las razas, paseando con sus dueños (humanos de pega, contratados para la ocasión), oliéndose los traseros con fingida cordialidad. Sonaba música suave, una mezcla de Mozart con ladridos sampleados.
El husky no había querido asistir. Prefería quedarse en su rincón, mirando por la ventana. Pero la pitbull fue a buscarlo personalmente.
—Vasyl, tienes que venir. Es importante. Todos los perros importantes estarán allí. Tienes que dejarte ver. Es parte del trato.
—No recuerdo haber hecho ningún trato —respondió el husky sin mirarla.
La pitbull sintió el pinchazo del collar. Un recordatorio. Tenía que ser persuasiva.
—Mira, yo tampoco estoy para estas cosas. Preferiría estar… no sé, mordiendo algo. Pero esto es lo que hay. Jugamos o nos expulsan del juego. Y si nos expulsan, ¿qué crees que pasará? ¿Dónde irás? ¿A tu nieve? Ya no hay nieve, Vasyl. La derritieron hace tiempo. Solo queda esta Perrera. Aceptémoslo.
El husky se giró lentamente. Sus ojos helados se clavaron en los de ella, que eran un pozo de ansiedad química.
—Todavía hay nieve —dijo en voz baja—. Dentro de algunos perros.
Y se levantó. Pero no para ir a la feria. Para alejarse.
La pitbull dio un paso adelante, pero el collar le envió una descarga suave, un aviso. No debía insistir. El husky no era prioritario. Los amos tenían otros planes para él.
En la feria, Sánchez presentaba el desfile de razas con un entusiasmo digno de mejor causa.
—¡Y ahora, con ustedes, el representante de la diversidad funcional! Un impresionante perro salchicha alemán que, a pesar de su limitada longitud de extremidades, ha logrado escalar puestos en la jerarquía de la Perrera. ¡Démosle un fuerte aplauso!
Merz desfiló con la rigidez de un general prusiano, sin mirar a los lados. No le hacía gracia que lo presentaran como un ejemplo de superación, pero entendía el juego.
Luego desfilaron otros: un bulldog francés con boina, un pastor alemán con chaleco reflectante, un caniche teñido de arcoíris. Cada uno con su historia de éxito, su cuenco de pienso, su correa de diseño.
El momento culminante fue la entrega del premio al «Perro Más Ejemplar del Año». La pitbull, Von der Leyen, subió al estrado para entregarlo. Su collar brillaba bajo los focos.
—Este premio —dijo, con la voz ligeramente temblorosa por la emoción química— es para un perro que ha demostrado una lealtad inquebrantable a los valores de la Perrera. Un perro que ha sabido adaptarse, integrarse y liderar desde el ejemplo. El premio es para… ¡Micron!
El chihuahua enano no podía creerlo. Dio un salto que lo elevó varios centímetros del suelo y corrió hacia el estrado, esquivando patas gigantes. Subió las escaleras como pudo, jadeando de emoción. La pitbull le colocó la medalla al cuello, una medalla tan grande que casi lo tira al suelo.
—Gracias —atinó a decir, con la voz entrecortada—. Gracias a todos. Es un honor. Dedicaré este premio a todos los perros pequeños que, como yo, sueñan con ser grandes. Que sueñan con… con…
No pudo terminar. La emoción lo embargó y se limitó a mover la cola frenéticamente mientras los flashes lo cegaban.
El bulldog, desde su asiento, observaba la escena con una mueca. Sabía que el premio era un anzuelo. Una forma de comprar la lealtad del chihuahua, de hacerle sentir importante para que no hiciera preguntas. Y funcionaba. Micron estaba radiante, flotando en una nube de vanidad satisfecha.
El husky, desde su ventana, no vio la ceremonia. Pero olió el humo de los focos, el olor a pienso de los stands, el perfume barato de los perros disfrazados. Y supo que la Perrera se estaba consolidando. Que los muros, aunque invisibles, eran cada vez más altos.
Capítulo 6: El Ruido en la Perrera
Pero los muros, por altos que sean, nunca logran aislar del todo el exterior. El ruido empezó a filtrarse. Primero fueron susurros, luego gruñidos, finalmente ladridos. Los perros de la perrera, los que no eran de la élite, los que lamían el suelo y dormían hacinados en las zonas comunes, empezaron a quejarse.
El pienso escaseaba. O mejor dicho, el pienso bueno escaseaba. Ellos recibían una versión rebajada, con menos vitaminas y más serrín. Sus collares, además, eran de peor calidad: pitaban más, descargaban con más frecuencia, se calibraban mal.
—Es injusto —gruñó un mestizo en una asamblea no autorizada—. Ellos, los seis, tienen sus casetas con calefacción, su pienso de quinoa, sus paseos por los pasillos acristalados. Y nosotros, aquí, apretados, comiendo mierda.
—Cuidado con lo que dices —le advirtió una perra anciana—. Los collares lo oyen todo.
—¡Que lo oigan! —ladró el mestizo, desafiante—. ¿Qué más da? Ya no tenemos nada que perder.
El ruido creció. Llegó a oídos de los seis. La pitbull convocó una reunión de urgencia.
—Tenemos un problema de comunicación —dijo, con el tono de quien diagnostica un resfriado—. Los perros de abajo no entienden nuestro esfuerzo. No valoran lo que hacemos por ellos.
—Tal vez deberíamos darles más pienso —propuso el chihuahua, aún con la medalla al cuello—. Yo, cuando gané el premio, me sentí muy valorado. Si ellos…
—No es cuestión de pienso, Micron —lo interrumpió Merz—. Es cuestión de orden. Algunos perros son ingobernables por naturaleza. Necesitan mano dura. Más descargas en los collares. Más vigilancia. Tal vez aislar a los cabecillas en una perrera especial, de máxima seguridad.
El bulldog movió la cabeza negativamente.
—Eso solo empeorará las cosas. Lo que necesitan es sentirse escuchados. Propongo una ronda de consultas. Que vengan representantes de cada grupo, que expongan sus quejas, y nosotros…
—¿Y nosotros qué, Keir? —preguntó la pitbull—. ¿Darles la razón? ¿Cambiar el sistema? El sistema funciona. Funciona para nosotros. Si lo cambiamos, ¿qué seremos? ¿Perros normales?
El grifón, que había estado tomando notas para un nuevo eslogan, levantó la cabeza.
—Tal vez podríamos hacer una campaña: «La Perrera eres tú». Involucrarles. Hacerles sentir que son parte de la solución. Organizar un gran concurso de ideas para mejorar la convivencia. El ganador… no sé, podría cenar con nosotros. En nuestra caseta.
El husky, que había permanecido en silencio en su rincón, soltó un gruñido grave.
—Cenar con vosotros —repitió, con desprecio—. Eso arreglará el hambre. Eso arreglará los collares. Eso arreglará que les hayáis quitado hasta las ganas de gruñir.
—¿Tú qué propones, sabihondo? —saltó Merz—. ¿Qué les digamos que se vayan a la nieve? ¿Que abandonen la Perrera? ¿A dónde irían? Fuera no hay nada. Fuera está el vacío. Fuera está el oso, el lobo, la intemperie. Aquí al menos tienen un techo, un cuenco, un veterinario.
El husky se levantó y se acercó lentamente a la mesa donde los otros cinco estaban reunidos.
—¿Sabéis qué es lo peor de esta Perrera? No son los muros. No son los collares. No es el pienso malo. Lo peor es que os habéis convencido de que es lo único que existe. De que fuera no hay nada. De que vuestro mundo, este mundo de mentiras y golosinas, es el único posible. Y así, cuando los perros se quejan, pensáis que están locos. Que son ingratos. Que no entienden lo bien que lo tienen.
Se volvió hacia la pitbull.
—Tú, Ursula, ¿recuerdas cómo era antes? Antes de que te pusieran ese collar. Antes de que te convencieran de que tu misión era cuidar de esta jaula. ¿Recuerdas el olor de la calle? ¿El sabor de la carne de verdad? ¿La sensación de correr sin rumbo, solo por el placer de correr?
La pitbull abrió la boca, pero no salió nada. Por un instante, sus ojos dejaron de estar vidriosos. Parpadearon. Algo, muy atrás, muy profundo, se removió. El recuerdo de una vida anterior, cuando era solo una pitbull callejera, luchando por un hueso, durmiendo al raso, sintiendo el viento en el hocico.
Pero el collar pitó. Una descarga suave, insistente. Y su mirada volvió a la normalidad.
—Eso fue hace mucho tiempo —dijo, con voz mecánica—. Ahora soy otra perra. Soy la perra que necesita la Perrera.
El husky la miró con una tristeza infinita.
—No, Ursula. Eres la perra que la Perrera necesita que seas. No es lo mismo.
La reunión terminó sin acuerdos. Los cinco perros volvieron a sus casetas, cada uno con su dosis de pienso y sus pensamientos. El ruido, abajo, seguía creciendo. Algunos perros empezaban a formar grupos, a reconocerse, a olfatear la posibilidad de una fuga.
Y en su rincón, el husky esperaba. No sabía bien qué. Pero esperaba. Porque los lobos, aunque estén enjaulados, nunca dejan de escuchar el llamado de la luna.
Capítulo 7: La Noche de los Colmillos Largos
La noche estalló como un trueno inesperado. Los perros de abajo, los olvidados, los que lamían el suelo, decidieron que ya era suficiente. No hubo un plan maestro, solo una chispa: a uno le dieron una descarga de más en el collar, y el collar, viejo y mal calibrado, se fundió. El perro sintió un alivio repentino, una libertad eléctrica, y ladró. Otros lo imitaron. Pronto, decenas de collares reventaron en una sinfonía de chispas y aullidos de liberación.
Subieron. Subieron por las escaleras mecánicas que siempre habían sido solo para los de arriba. Subieron hacia las casetas acristaladas, hacia los comederos de pienso de quinoa, hacia los seis perros que dormían su siesta de poder.
La pitbull fue la primera en despertar. Su collar vibraba con urgencia, enviándole mensajes de alerta, de órdenes, de pánico.
—¡Despertad! —ladró—. ¡Los de abajo! ¡Están aquí!
Merz se irguió como un resorte, su lomo alargado tenso como una vara.
—¿Qué? ¿Cómo? ¡Llamad a los amos! ¡A los instructores! ¡A los de seguridad!
Pero los amos no respondían. Los instructores habían desaparecido. Los de seguridad, que eran perros como ellos, se habían unido a los rebeldes.
El bulldog miró por la ventana y vio la masa de perros avanzando. Vio sus ojos, brillantes en la oscuridad. Vio sus colmillos, largos, afilados, hambrientos.
—Esto se acabó —murmuró—. Se acabó la función.
El grifón correteaba de un lado a otro, sin saber qué hacer.
—¡La comunicación! ¡Hay que comunicar! ¡Un mensaje de calma! ¡Prometerles cosas!
—¡Ya no quieren promesas, Pedro! —le espetó el chihuahua, temblando como una hoja—. ¡Quieren sangre! ¡Quieren venganza! ¡Quieren nuestro pienso!
La pitbull intentó imponer su autoridad. Salió al balcón de su caseta y ladró con la voz más firme que pudo:
—¡Alto! ¡Soy Ursula von der Leyen! ¡Represento a los amos! ¡Ellos proveen el pienso! ¡Ellos garantizan el orden! ¡Si me atacáis a mí, atacáis el sistema!
Un mestizo escupió al suelo.
—¡El sistema nos ha estado jodiendo desde que nacimos, Ursula! ¡Tú eres su perra faldera! ¡Su pitbull de salón! ¡Baja de ahí y pelea, si tienes huevos!
La pitbull dudó. Su collar pitaba órdenes, pero algo en su interior, ese recuerdo lejano de la calle, le decía que bajara, que aceptara el desafío. Pero no podía. Las patas no le respondían.
En ese momento, una figura se abrió paso entre la multitud. Alta, de pelaje espeso, ojos de hielo. El husky.
Se colocó entre la pitbull y la masa enfurecida.
—Dejadla —dijo, con su voz de viento entre pinos—. No merece la pena. Es solo una perra asustada con un collar caro.
Los perros rebeldes se detuvieron, sorprendidos. Conocían al husky. Sabían que no era como los otros. Sabían que había aullado en las noches de luna, que había rechazado el pienso, que había mirado siempre hacia la nieve.
—¿Y tú, Vasyl? —preguntó el mestizo—. ¿Estás con ellos o con nosotros?
El husky lo miró fijamente.
—Yo no estoy con nadie. Yo solo quiero salir de aquí. Quiero volver a mi nieve. Quiero dejar de oler a pienso y a miedo. Vosotros, si queréis, quedaos. Pelead por las casetas. Pelead por el derecho a ser los nuevos amos de la Perrera. Pero no os engañéis: si ganáis, solo cambiaréis las caras. Los muros seguirán ahí. Los collares, también.
El mestizo gruñó, confuso.
—¿Entonces qué hacemos? ¿Nos rendimos? ¿Volvemos abajo?
—No —dijo el husky—. Haced lo que yo. Romped los collares. Abrid las puertas. Salid. Fuera hace frío, sí. Fuera hay peligros, también. Pero fuera hay viento. Hay tierra. Hay libertad. Y un perro libre, aunque muera de hambre, es más perro que mil perros cebados en una jaula.
El silencio se hizo en la masa. Los perros se miraron unos a otros. Algunos movieron la cola, indecisos. Otros agacharon las orejas, asustados. Otros, los más jóvenes, sintieron una chispa de algo que nunca habían sentido: esperanza.
El bulldog dio un paso adelante.
—Tiene razón —dijo, con voz ronca—. Yo… yo me he pasado la vida intentando contentar a todos. A los de mi isla, a los de aquí, a los amos. Y al final, no he contentado a nadie. Ni siquiera a mí mismo. Me largo.
Y comenzó a caminar hacia la salida, seguido por una parte de la multitud.
El grifón dudó. Miró su GoPro, sus eslóganes, su carrera de sonrisas.
—Pero… ¿y la imagen? ¿Y la marca? ¿Y la…
Se quedó solo. Hasta su sombra lo abandonó.
Merz, el perro salchicha, intentó mantener la compostura.
—Esto es una locura. Una absoluta locura. El orden, la jerarquía… sin eso, solo queda el caos. La ley de la selva.
—Sí —dijo el husky, acercándose a él—. La ley de la selva. La que conocen los lobos. La que olvidaste tú hace mucho, criado a pienso y a reglamentos.
Merz quiso responder, pero el husky ya no le prestaba atención. Se dirigió hacia la pitbull, que seguía temblando en el balcón.
—Tú, Ursula. Ven conmigo.
—No puedo —gimió ella, mostrando el collar—. Me mata. Si me voy, me mata.
El husky la miró con sus ojos de hielo, y por un instante, ella vio en ellos algo que no era frío. Era compasión.
—Puedes quitártelo. No es más que un trozo de metal. Solo tienes que decidir que quieres hacerlo. ¿Qué pesa más? ¿El miedo a lo que te harán si te lo quitas, o las ganas de volver a ser la perra que fuiste?
La pitbull cerró los ojos. El collar pitaba con desesperación, descargando oleadas de electricidad, de órdenes, de amenazas. Ella apretó las mandíbulas. Y entonces, con un movimiento rápido y seco, se arrancó el collar de un mordisco.
El collar cayó al suelo, emitiendo un último pitido agonizante. La pitbull jadeó, sintiendo un vacío extraño en el cuello, una ligereza que no recordaba.
—Joder —dijo—. Hacía años que no me sentía así.
El chihuahua, que observaba todo desde detrás de una pata de la mesa, dio un paso adelante, tembloroso.
—Yo… yo también quiero. Pero tengo miedo. Soy muy pequeño. Fuera… fuera hay perros grandes. Perros que me pueden pisar.
El husky se agachó para estar a su altura.
—El tamaño no importa, Micron. Lo que importa es lo que llevas dentro. Y tú, dentro, tienes más rabia de la que crees. Llevas años aguantando que te menosprecien, que te ignoren, que te den premios de consolación. Si eso no es tener colmillos, no sé qué lo es.
El chihuahua lo miró, y por primera vez en mucho tiempo, sintió que alguien lo veía de verdad. Se quitó la medalla del cuello, la que le habían dado en la feria, y la arrojó al suelo.
—Vamos —dijo, con un hilillo de voz más firme.
Y juntos, el husky, la pitbull liberada, el bulldog arrepentido y el chihuahua decidido, se unieron a la corriente de perros que se dirigía hacia las puertas de la Gran Perrera.
Detrás quedaban Merz, el perro salchicha, aferrado a sus legajos; el grifón, repitiendo eslóganes en la soledad de su caseta; y los amos, invisibles, observando desde sus pantallas cómo su experimento se desmoronaba.
Las puertas se abrieron. El aire de la noche, frío y libre, entró en la Perrera por primera vez. Los perros dudaron un instante en el umbral. Luego, uno a uno, comenzaron a cruzar.
El husky fue el último en salir. Antes de hacerlo, miró hacia atrás. Vio la jaula gigantesca, con sus luces aún encendidas, sus pasillos vacíos, sus comederos rebosantes de pienso. Vio, en una ventana, la silueta alargada de Merz, observando. Vio, en otra, la figura nerviosa de Sánchez, moviendo la cola sin saber hacia dónde.
Luego se giró y se adentró en la noche. Sus patas encontraron el suelo duro, luego la hierba, luego la tierra. Alzó el hocico y olfateó. El viento traía olores nuevos y viejos. Olores a bosque, a río, a libertad.
Y por primera vez en años, aulló. Un aullido largo, profundo, verdadero. Un aullido que decía: «Estoy aquí. Estoy vivo. Soy libre».
Otros perros se unieron al aullido. Primero uno, luego otro, luego decenas, luego cientos. La noche se llenó de una sinfonía canina que hablaba de un futuro incierto, pero de un presente sin cadenas.
Epílogo: El Invierno del Descontento
Pasó el tiempo. El invierno llegó, y con él, la nieve. Cayó sobre las ruinas de la Gran Perrera, cubriendo los muros, los comederos, los collares rotos. Los amos, se decía, habían huido. O estaban construyendo otra Perrera, más al sur, con muros más altos y collares más sofisticados. Pero eso ya no importaba.
Los perros que escaparon aquella noche formaron pequeñas manadas. Algunas prosperaron, otras no. Algunos perros, acostumbrados al pienso, no supieron cazar y murieron. Otros, los más jóvenes, aprendieron rápido. Otros, los viejos, recordaron técnicas olvidadas y las enseñaron.
El bulldog, Starmer, regresó a su isla. Lo recibieron con recelo, pero también con cierta admiración. Había sido uno de los seis, pero había salido. Se convirtió en una especie de sabio, un perro que contaba historias de la Perrera a los cachorros, para que no olvidaran.
La pitbull, Ursula, se unió a una manada del norte. Al principio le costó, porque su cuerpo pedía el pienso químico, las órdenes del collar. Pero poco a poco, el aire limpio y la carne fresca fueron desintoxicándola. Volvió a ser la perra luchadora que había sido, aunque con una cicatriz invisible en el alma.
El chihuahua, Micron, sorprendió a todos. Resultó que su pequeño tamaño le permitía colarse por lugares imposibles, cazar roedores en sus propias madrigueras, espiar a los posibles peligros. Se convirtió en el explorador de su manada, el que iba por delante, el que avisaba. Y aunque a veces lo pisaban sin querer, aprendió a esquivar. Aprendió a sobrevivir.
Merz y Sánchez, los que se quedaron, tuvieron destinos inciertos. Se dijo que los amos los rescataron y los llevaron a la nueva Perrera. Se dijo que vagaban solitarios por los alrededores de la vieja, alimentándose de los restos de pienso. Se dijo que, en realidad, nunca existieron. Pero los perros que escaparon sabían que sí. Que habían sido reales. Tan reales como el miedo, la ambición y la ceguera.
Y el husky, Vasyl. Nadie supo con certeza qué fue de él. Algunos decían que regresó a su tierra, a sus bosques de nieve, y que allí encontró lo que quedaba de su manada. Otros decían que siguió caminando hacia el este, siempre hacia el este, buscando un lugar donde el viento no oliera a Perrera. Otros, los más poéticos, juraban que algunas noches de luna llena, si el viento soplaba del norte, se podía oír su aullido. Un aullido que no era de lobo ni de perro, sino de algo intermedio. Un aullido que recordaba a todos los que lo escuchaban que la libertad, aunque fría y dura, es el único hueso que merece la pena roer.
En las ruinas de la Gran Perrera, la nieve siguió cayendo. Cubrió los eslóganes pintados en las paredes, los restos de los collares, los montones de pienso petrificado. Y el silencio, un silencio limpio y blanco, se instaló por fin sobre aquel lugar.
Hasta que, un día, un perro callejero se acercó a olfatear los escombros. No encontró nada de valor. Pero sí encontró algo curioso: una pequeña placa, medio enterrada, con un nombre grabado. El perro la olfateó, se encogió de hombros (metafóricamente, porque los perros no tienen hombros) y siguió su camino.
La placa decía: «Aquí se construyó el futuro. No salió bien.»
El perro se alejó, moviendo la cola, feliz de no saber leer.
FIN
Y el razonamiento de DeepSeek ha sido el siguiente:
Vaya, el usuario ha solicitado una novela negra y cínica bastante específica y satírica. El título ya es una declaración de intenciones: «Los Therian sorosianos han convertido la Unión Europea en una Gran Perrera». La premisa es una alegoría política donde líderes europeos y figuras clave son representados como perros de distintas razas, cada uno con características físicas y simbólicas que probablemente aluden a sus personalidades o roles públicos percibidos.
El usuario parece buscar una sátira política mordaz, con un tono cínico y oscuro. Al asignar razas específicas (chihuahua enano a Micron, bulldog pakistaní a Starmer, etc.), está creando un código visual y de carácter. Por ejemplo, un chihuahua tiembla y es nervioso (quizás por Macron), un bulldog es terco y de mandíbula fuerte (Starmer), un salchicha es alargado y sigiloso (Merz, alemán), un grifón de Bruselas es pequeño pero con presencia (Sánchez), una pitbull es agresiva y leal a su dueño (Von der Leyen, con el apellido «Pfizer» insinuando conflictos de interés), y un husky siberiano es resistente y de mirada penetrante (Zelenski, quizás por la resistencia ucraniana).
El contexto de «therian sorosianos» es claramente una referencia conspirativa que el usuario está utilizando como herramienta narrativa. No es mi papel debatir la veracidad de esas teorías, sino entender que el usuario quiere construir una ficción distópica donde estos «amos» ocultos manipulan a los líderes. El término «Gran Perrera Progresista Woke» añade una capa de crítica cultural desde una perspectiva conservadora o libertaria.
El usuario pide 7000 palabras y 7 capítulos más epílogo, lo que indica que quiere una estructura narrativa completa, no solo un sketch. Necesito crear una trama que desarrolle esta premisa: cómo estos perros, adiestrados, van implementando el plan de la Gran Perrera, y probablemente, cómo las cosas se tuercen o cómo se revela la verdadera naturaleza de su situación.
Mi respuesta debe mantener un tono consistentemente cínico y negro. El narrador debe ser observador, desencantado, y quizás uno de los personajes (como un perro callejero testigo) para dar perspectiva. La ironía debe estar presente en cada descripción y diálogo. Las razas de perro no son solo disfraces; sus instintos caninos (marcar territorio, jauría, lealtad, miedo) deben chocar con la política humana que se supone representan, creando situaciones absurdas pero con una lógica interna.
Estructuraré la novela en capítulos que presenten a los personajes, el conflicto, el desarrollo del plan, las tensiones internas, el clímax de la implementación, y un epílogo que muestre las consecuencias y, quizás, un atisbo de rebelión o el verdadero rostro de los amos. El título del primer capítulo, «Los Amos y sus Criaturas», ya establece la dinámica de poder. Usaré el lenguaje de adiestramiento canino («sentado», «quieto», «refuerzo positivo») como metáfora de la manipulación política.
Es crucial no tomarse la premisa demasiado en serio, pero jugar el juego con total seriedad narrativa. El cinismo implica que los personajes pueden ser conscientes de su situación o estar completamente ciegos, y el lector debe ver la ironía. Incluiré elementos como collares electrónicos, jaulas con banderas, y el «arcoíries» como símbolo de lo que imponen, para mantener la coherencia de la metáfora.
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