La PSOE organiza un autobús del IMSERSO para charos y perroflautas con el lema No a la Guerra

Novela negra y cínica en siete capítulos y un epílogo


Capítulo 1: El viaje de la libertad (o algo así)

Lo primero que vi aquella mañana fue una peluca violeta flotando en un charco de cerveza. Eran las nueve y media en la Plaza de España y ya olía a calamares fritos, a porro recién liado y a ese perfume barato que usan las señoras cuando van a una boda o a una manifestación importante.

—¡A subir, a subir, que esto se llena! —gritaba un tipo con chaleco naranja y una sonrisa de dentadura postiza—. ¡Autobús del IMSERSO con destino a la Paz Mundial! ¡Serpentinas gratis para los primeros cincuenta!

Yo estaba allí por trabajo. Me llamo Pepe Fúnez, soy periodista, o lo era hasta que el periódico me encargó cubrir «el sentir de la calle» y me dieron una dieta de veinte euros. Veinte euros para cubrir la manifestación más surrealista que he visto en mis cuarenta años de puta vida.

—Oiga, ¿usted viene o qué? —me preguntó el del chaleco—. Que tenemos que salir a las diez, que luego los compañeros de Valencia nos esperan para el relevo.

—¿Relevo?

—Claro, hombre. Esto es una cadena humana rodante. Unos salen de Madrid, otros de Barcelona, otros de Sevilla… Todos con el mismo lema: ¡No a la guerra, sí a la tortilla de patatas con cebolla!

—El lema no es exactamente ese —apuntó una mujer con gafas de pasta y coleta, que llevaba una libreta en la mano.

—Mari Carmen, déjame, que esto es lo que la gente quiere oír. —El del chaleco me guiñó un ojo—. ¿Viene o no viene? Le puedo ofrecer un bocadillo de calamares si se sienta al lado de la Puri, que no ve bien y necesita que le lean la letra pequeña de los eslóganes.

Nunca debí subir. Pero llevaba dos semanas sin comer calamares.

El autobús era de esos de dos pisos que usan los turistas para ver monumentos, solo que este estaba decorado con pancartas de «No a la guerra» escritas con rotulador fluorescente y un cartel enorme que decía: «RUTA DE LA PAZ: MADRID-VALENCIA-BENIDORM-VUELTA (SI QUEDA GASOLINA)».

En el asiento de delante, una señora de unos setenta años con permanente azulada estaba repartiendo serpentinas como si fueran caramelos.

—Toma, guapo, llévate dos, que luego se acaban. Yo soy la Puri, ¿y tú?

—Periodista.

—¡Qué bonito! ¿Y vas a sacarnos en la tele? Porque mi hijo dice que siempre salen los mismos, los que gritan más fuerte, y yo grito bien, ¿sabes? ¡VIVA LA PAZ MUNDIAL Y MUERA LA GUERRA ESTÚPIDA!

Lo dijo con tal potencia que el conductor dio un volantazo.

—¡Puri, coño, que no estamos en el cine! —protestó un hombre calvo desde varias filas atrás.

—¡Tú cállate, que eres un belicista! ¡Que te vi votando a Vox en las europeas!

—¡Eso fue en el 89, mujer, y fue sin querer!

Me giré para ver al belicista. Era un tipo de mi edad, con barba de tres días y una bandera de la paz en la mano que usaba para abanicarse. A su lado, un perroflauta con rastas y un sombrero de paja tenía al perro atado con una cuerda que parecía de escalada. El animal, un cruce de pastor alemán con algo que no quiero imaginar, jadeaba con la lengua fuera mientras su dueño le daba caladas de un porro.

—Tranquilo, Rocky —dijo el perroflauta—, que luego paramos en un área de servicio y meamos todos.

—¿Rocky? —pregunté.

—Como Balboa. Porque es duro, como yo. Yo soy Manu, por cierto. Ecologista, antisistema, y esta es la primera vez que cojo un autobús del IMSERSO. Me mola el rollo intergeneracional.

—Pero si tú no tienes edad.

—No, pero la Puri me ha adoptado. Literalmente. Me ha dicho: «Hijo, tú ven conmigo, que yo te pago el viaje y tú me llevas la bolsa». Es mi madre postiza. La maternidad es un acto político.

La Puri, que había oído todo, asintió con orgullo.

—Este chico tiene más conciencia social que todos los políticos juntos. Y además me cuida el perro cuando voy al bingo.

El autobús arrancó entre vítores y una señora gorda que ocupaba dos asientos empezó a cantar «Qué viva España» con la letra cambiada: «Qué viva la paz, la paz, la paz, con la boina y la bandera arcoíris».

El del chaleco, que se presentó como Ramón, el coordinador del viaje, se puso de pie con un micrófono inalámbrico.

—¡Buenos días, familia! Bienvenidos al primer autobús del IMSERSO por la Paz. Vamos a pasar un día estupendo, con parada en Valencia para almorzar, luego manifestación en la plaza del Ayuntamiento, y después, si todo va bien, bajamos a Benidorm a tomar una cervecita en la playa. ¿Alguna pregunta?

—¿Hay tiempo para comprar imanes de nevera? —preguntó una choni con uñas de colores y una bolsa de Mercadona.

—¡Por supuesto! En cada parada tendréis veinte minutos para recuerdos. Y recordad: lo importante es visibilizar el movimiento. Que la gente vea que estamos unidos. ¡Unidos por la paz!

—¡Y por los calamares! —gritó la Puri.

—¡Y por los calamares! —coreó medio autobús.

Yo saqué mi libreta y empecé a escribir: «Día uno de la revolución. Las masas se manifiestan. Huele a fritanga y a hachís. La Puri ya lleva dos copas de vino dulce y aún no hemos salido de Madrid».

Capítulo 2: La comisión de bienvenida

A la altura de Tarancón, el autobús hizo su primera parada técnica. No porque nadie necesitara ir al baño, sino porque la Puri exigió que parásemos para comprar lotería en una administración que, según ella, «daba la suerte».

—La vez que compré aquí me tocaron veinte euros —explicó mientras bajaba la escalerilla con una agilidad sospechosa para su edad—. Y si toca, lo dono todo a la causa.

—¿A qué causa? —pregunté.

—A la mía. Necesito un vestido nuevo para la boda de mi nieta.

Manu, el perroflauta, aprovechó para sacar a Rocky a mear en una rotonda. El perro levantó la pata contra un cartel de «Bienvenidos a Tarancón» y su dueño aprovechó para liar otro porro.

—¿No te parece que vas un poco cargado? —le pregunté.

—Tío, esto es medicina. Yo sufro ansiedad climática. Cada vez que veo una noticia del deshielo, me entra un agobio que solo lo calmo con un poquito de hierba. Además, hoy es un día especial. ¿Tú sabes lo que es que el sistema te preste un autobús para protestar contra el sistema? Es como si el lobo te invitara a cenar cordero.

—El cordero serías tú.

—Tú lo has dicho, brother. Pero un cordero con conciencia de clase.

Volvimos al autobús con la Puri cargada de décimos y una bolsa de pipas. La choni de las uñas de colores, que se llamaba Jessica, había aprovechado para comprar un donut en la gasolinera y se lo comía con deleite mientras miraba vídeos en TikTok a todo volumen.

—Mirad, mirad —dijo enseñando la pantalla—, ya estamos saliendo en las redes. Pone: «Caravana por la paz se dirige a Valencia». ¡He salido yo de fondo!

—Eso es un camión de butano —apuntó el calvo belicista.

—Bueno, pero el espíritu es lo que cuenta.

Reanudamos la marcha y Ramón, el coordinador, volvió a coger el micrófono.

—Vamos a hacer una dinámica de grupo para ir calentando motores. Cada uno va a decir su nombre y qué le trae a esta manifestación. Empezamos por la señora del fondo.

La primera fue una mujer menuda con gafas de sol enormes y un pañuelo palestino.

—Yo soy Sole, vengo porque mi nieto me dijo que si no venía me quitaba el Netflix. Que soy una abuela facha, dijo. Pues aquí estoy, que no soy facha. Pero el bocadillo de calamares está muy seco.

—¡Se cambia por tortilla de patatas! —gritó alguien.

Siguieron las presentaciones: un hombre jubilado que venía «por las mujeres, que están muy buenas en las manifestaciones», una pareja de hippies sesenteros que habían confundido la protesta con un homenaje a Woodstock, y un tipo con coleta que aseguraba ser «artista de performance» y que llevaba una jaula vacía «simbolizando la libertad de los pájaros que ya no pueden volar por los misiles».

—¿Y qué pinta una jaula vacía en una manifestación contra la guerra? —preguntó la Puri.

—Es arte, señora. No se entiende, se siente.

—Pues yo siento ganas de mear otra vez. ¿Falta mucho?

Faltaba una hora. Una hora en la que el autobús se convirtió en una mezcla de fiesta mayor, guardería y sesión de espiritismo. La Puri sacó una guitarra y empezó a cantar «Eres tú» de Mocedades con la letra cambiada: «Eres tú, la que viene de Ucrania, eres tú, el que huye de la guerra». Manu improvisó un coro con palmas y Rocky aullaba cada vez que oía la palabra «paz».

Jessica grababa todo para Instagram y el artista de performance intentaba explicarle a una señora que su jaula vacía era «una metáfora de la ausencia de palomas de la paz en un mundo en conflicto». La señora le preguntó si podía colgar su bolso en la jaula.

—Es que pesa mucho —dijo.

El calvo belicista, que se llamaba Julián, se sentó a mi lado.

—¿Tú eres periodista, verdad?

—Algo así.

—Pues apunta esto: aquí hay más farsantes que en una convención de magos. Esta señora de la guitarra votó al PP toda su vida hasta que su nieto le dijo que si no se hacía progre le quitaba la pensión. Ese de las rastas lleva veinte años sin trabajar y vive de sus padres, que son funcionarios. Y la choni esa, la Jessica, se pasa el día publicando memes de Ayuso pero ahora viene a una manifestación de izquierdas porque ha quedado con un chico que le gusta.

—¿Y tú?

—Yo soy un hombre honrado. Vengo porque mi mujer me echó de casa y necesitaba un sitio donde pasar el día. Esto es mejor que un centro comercial.

El autobús se desvió de repente. Ramón, el coordinador, se levantó con cara de circunstancias.

—Bueno, familia, tenemos un pequeño cambio de planes. Parece que en Valencia hay otra manifestación y no podemos acceder al centro. Así que vamos directos a Benidorm.

—¿Y la guerra? —preguntó alguien.

—La guerra sigue, pero Benidorm tiene playa. Y luego, por la noche, hacemos una concentración simbólica en la orilla. Con velas y todo.

—¡Eso! —gritó la Puri—. ¡Velas por la paz en la playa de Levante!

El autobús estalló en aplausos. El artista de performance soltó la jaula vacía y se puso a bailar.

Julián me miró y sonrió.

—¿Lo ves? Esto no es una manifestación. Es una excursión de fin de curso con gente mayor y malotes de salón.

Saqué la libreta y escribí: «La revolución será teledirigida, y tendrá servicio de cáterin».

Capítulo 3: Benidorm, dulce Benidorm

Llegamos a Benidorm a las cuatro de la tarde. El sol caía a plomo sobre la ciudad y el autobús se detuvo en un aparcamiento cercano a la playa de Levante. Antes de bajar, Ramón dio las instrucciones:

—Quedamos aquí a las ocho para la concentración. Traed velas, pancartas y muchas ganas de paz. Quien quiera, puede quedarse en el autobús a dormir la siesta. Hay aire acondicionado.

La mitad del pasaje optó por la siesta. La otra mitad, liderada por la Puri y Manu, se lanzó a la conquista de la playa. Yo fui con ellos, porque para eso me pagaban.

La Puri se quitó los zapatos en cuanto pisó la arena y metió los pies en el agua.

—¡Qué fría está! —gritó—. Pero da igual. ¡Que sepan los que nos miran que estamos aquí, luchando por la paz!

—Pero abuela, si no hay nadie mirando —dijo Jessica, que ya estaba haciendo la croqueta en la toalla.

—Da igual. La lucha es interior. Oye, Manu, ¿tienes crema solar? Que me voy a poner como un cangrejo.

Manu sacó de su mochila un bote de protección factor 50 y empezó a untar a la Puri mientras Rocky correteaba detrás de las gaviotas. El artista de performance plantó su jaula vacía en la arena y se sentó en posición de loto.

—Estoy meditando para enviar energía positiva a las zonas en conflicto —explicó.

—Mándale un poco a mi marido, que está en la UCI —dijo una señora que no había abierto la boca en todo el viaje.

El artista abrió un ojo.

—¿En la UCI? Lo siento.

—No, si no es grave. Le operaron de la próstata. Pero energía positiva no le viene mal.

Julián, el calvo belicista, se acercó con dos cervezas.

—Toma, periodista, invita la casa. —Señaló a un grupo de alemanes que tomaban el sol—. Estos sí que saben. Van a la playa, punto. Sin pancartas, sin pelucas violeta, sin postureo.

—Tú eres muy cínico.

—Y tú muy inocente. Mira a tu alrededor. Dime cuántos de estos han venido por la guerra y cuántos por el día gratis en la playa.

No hizo falta que contara. A mi alrededor, la escena era la siguiente: la Puri y Manu jugaban a las palas con una raqueta prestada; Jessica se había echado crema de coco y hacía poses para una foto con el lema «Paz y amor en Benidorm»; el artista de performance había abandonado la meditación para comprar un helado; y el resto del grupo se desperdigaba entre chiringuitos, hamacas y partidas de dominó.

—Es triste —dije.

—No, tío, es humano. La gente quiere pasarlo bien. La guerra está muy lejos, en la tele. Pero esto está aquí, y hace bueno, y hay cerveza fría. ¿Tú qué prefieres? ¿Llorar por los muertos o tomarte una caña?

—Las dos cosas no son incompatibles.

—Claro que lo son. Porque si de verdad te importara la guerra, no estarías aquí. Estarías allí, o donando dinero, o ayudando a refugiados. Pero estás aquí, con una cerveza en la mano, viendo a una abuela jugar a las palas con un perroflauta. Y yo también. Así que no nos engañemos.

Me quedé callado. Julián tenía razón, y eso era lo peor.

A las siete y media, Ramón empezó a reunir al grupo con un silbato.

—¡A concentrarse, familia! ¡Que esto empieza! Reparto de velas y pancartas. Las velas son de usar y tirar, no hace falta devolverlas. Las pancartas, las que encontréis en la caja.

La caja era un cartón lleno de trozos de sábana viejos con lemas escritos a rotulador: «PAZ YA», «NO A LA GUERRA», «QUEREMOS LA PAZ», «LAS GUERRAS SON MALAS», y uno que decía «MENOS GUERRA Y MÁS JAMÓN» que nadie supo quién había escrito.

—Este es el mío —dijo la Puri cogiendo el del jamón—. Tiene razón. Si todo el mundo tuviera un buen jamón, no habría guerras.

—Eso es fascismo gastronómico —apuntó el artista.

—Pues a mí el fascismo me gusta poco, pero el jamón mucho.

La concentración fue un éxito. Un éxito relativo, porque éramos treinta personas en una playa de dos kilómetros, y la mayoría de los bañistas nos miraban como si fuéramos marcianos. Encendimos las velas (el viento apagó la mitad), cantamos «Imagine» (la Puri desafinaba como un grillo) y Ramón leyó un manifiesto que nadie escuchó.

—…y por eso, desde aquí, desde este Benidorm que es símbolo del turismo y la convivencia, alzamos la voz para decir: ¡No a la guerra! ¡Sí a la vida!

—¡Sí a la vida! —coreamos.

Un alemán se acercó y preguntó si había algún problema.

—No, es una manifestación por la paz —le explicó Jessica en su mejor inglés.

—Ah, muy bien. ¿Y hay cerveza?

—No, pero podemos ir al chiringuito después.

El alemán asintió y se unió al grupo.

—¿Veis? —dijo Ramón—. Estamos calando en la sociedad internacional.

A las nueve, la mayoría había abandonado las velas por las cervezas. El chiringuito de al lado hizo su agosto en una noche. La Puri se pidió un cubata y bailó sevillanas con Manu, que resultó ser de Huelva y sabía bailar. Rocky se comió una hamburguesa que le cayó al suelo y el artista de performance intentó ligar con una turista sueca enseñándole la jaula vacía.

—Es una metáfora —decía—. Tú eres el pájaro, yo soy la libertad.

La sueca se fue.

Julián y yo nos quedamos en la barra, viendo el espectáculo.

—Mañana habrá fotos en los periódicos —dijo—. «Multitudinaria manifestación por la paz en Benidorm». Y saldrá la Puri con su pancarta del jamón.

—Tú lo has dicho. Multitudinaria.

—Y lo peor es que ellos se lo creen. De verdad piensan que están cambiando el mundo. Mira a ese, con la jaula. Está convencido de que es un artista revolucionario. Y esa chica cree que con sus stories de Instagram está concienciando a las masas. Y esa abuela piensa que por cantar «Imagine» ya ha hecho más que los políticos.

—¿Y no es así? Al menos están aquí.

—Están aquí porque es gratis y hay playa. Si la manifestación fuera en un polideportivo sin alcohol, no venía ni el tato.

No pude contradecirle.

A las once, Ramón anunció que el autobús salía a las doce en punto.

—El que no esté, se queda. Y mañana hay que madrugar para la segunda jornada.

—¿Segunda jornada? —pregunté.

—Claro. Esto es una gira. Mañana, manifestación en Alicante, y por la tarde, visita a un mercadillo solidario. Y el lunes, si hay quórum, bajamos a Murcia.

—¿Una gira de manifestaciones?

—Suena mejor si lo llamas «Caravana por la Paz».

Asentí, bebí el resto de mi cerveza y fui al autobús. Dentro, la Puri ya roncaba en su asiento con la peluca violeta torcida. Manu le había puesto una manta y Rocky dormía a sus pies.

Julián se sentó a mi lado.

—Mañana más, periodista.

—Mañana más.

Saqué la libreta. Escribí: «Día uno. Balance: una abuela borracha, un perroflauta colocado, una choni con mil selfies, un artista delirante y un calvo cínico. La guerra sigue. Pero al menos hemos comido calamares».

Capítulo 4: La hora de los valientes

Amaneció en Benidorm con resaca colectiva. El autobús apestaba a alcohol, a crema solar rancia y al perfume de la Puri, que se había echado medio frasco antes de dormir. Ramón, con una energía que solo podía provenir de cuatro cafés y dos pastillas, arengaba a la tropa:

—¡Arriba, familia! Hoy es el gran día. Vamos a Alicante a demostrar que la paz no entiende de fronteras. Desayuno en el autobús: bollos industriales y café de máquina. ¡A disfrutar!

La Puri se incorporó con la dignidad de una reina destronada.

—¿Dónde está mi bolso?

—Aquí, abuela —dijo Manu, que ya había salido a pasear a Rocky y olía a hierba recién cortada.

—¿Me has cuidado el bolso?

—Siempre, abuela.

—Buen chico. Oye, ¿tienes algo para el dolor de cabeza? Esto no es una resaca, es un aviso de que ya no tengo edad para estas cosas.

—Yo tengo ibuprofeno —dijo Jessica, que iba perfectamente maquillada a pesar de las horas—. Y también tengo un contorno de ojos que te quita las ojeras en cinco minutos, ¿quieres?

—Hija, tú sí que vales. Si es que las jóvenes de ahora…

—Oye, que yo no soy tan joven, tengo treinta y dos.

—Para mí eres una cría.

El autobús arrancó y yo aproveché para contar cabezas. Habíamos empezado siendo cuarenta y cinco. Quedábamos treinta. El artista de performance seguía, porque no tenía otro sitio donde ir. Julián también, porque su mujer seguía sin perdonarlo. El resto eran jubilados, algunos hippies rezagados y dos señoras que habían confundido la caravana con un viaje del IMSERSO real.

—Oiga, ¿esto es la excursión a Andorra? —preguntó una.

—No, esto es una manifestación por la paz.

—Ah, bueno, es igual. ¿Hay tiempo para comprar tabaco?

A medio camino, Ramón volvió a coger el micrófono.

—Voy a explicar el programa de hoy. Llegamos a Alicante sobre las once. Allí nos esperan compañeros de otras provincias para hacer una marcha hasta el puerto. Después, comida popular en la plaza del Ayuntamiento: paella gratis para todos los manifestantes. Por la tarde, actuación de un grupo de música folk y, si el tiempo lo permite, bajamos a la playa del Postiguet para una suelta de globos por la paz.

—¿Globos? —preguntó alguien—. ¿No contaminan?

—Son biodegradables. Y con forma de paloma.

—Pues yo no los suelto si no son biodegradables —dijo Manu—. Que luego los peces se los comen y se mueren. Y yo soy ecologista.

—Son biodegradables, te lo juro. Los ha traído una asociación.

—¿Qué asociación?

—Amigos de los Globos por la Paz. O algo así.

Manu no pareció convencido, pero lo dejó pasar.

Llegamos a Alicante y el panorama era similar al de Benidorm, pero con más gente. Había otros dos autobuses: uno venía de Murcia y otro de Albacete. Entre todos sumábamos unas cien personas, lo que para una manifestación provinciana era todo un éxito.

Los organizadores locales habían montado un escenario en la plaza del Ayuntamiento con un cartel que decía: «ALICANTE POR LA PAZ». Una mujer con rastras y un chaleco de punto daba discursos mientras un técnico de sonido ajustaba los altavoces.

—…y por eso, desde el Mediterráneo, alzamos la voz contra las guerras imperialistas que solo benefician a las grandes corporaciones…

—¿Imperialistas? —susurró Julián—. Si estos no saben ni dónde está Ucrania en el mapa.

—Cállate, que te van a oír.

—Que me oigan. Yo soy demócrata.

La marcha comenzó. Cien personas con pancartas, algunas pelucas violeta y muchas ganas de llegar al puerto para volver a la comida. La Puri iba en primera fila, con su pancarta del jamón, cantando «No a la guerra, sí a la tortilla» mientras Manu la acompañaba con un tambor prestado. Jessica grababa todo en directo: «Aquí estamos, luchando por un mundo mejor, seguidme para más contenido».

El artista de performance había soltado la jaula vacía y ahora llevaba un cartel que decía «EL ARTE ES PAZ», aunque nadie entendía muy bien la relación.

Llegamos al puerto, dimos la vuelta y, como por arte de magia, apareció la paella. Tres paellas gigantes humeaban sobre fogones portátiles mientras un grupo de cocineros voluntarios repartía raciones.

—¡La comida es sagrada! —gritó la Puri abriéndose paso entre la multitud.

—Abuela, que hay para todos —dijo Manu.

—Ya, pero la primera ración es la mejor.

Comimos, bebimos, cantamos. El grupo folk resultó ser un trío de jubilados con acordeón, guitarra y bandurria que versionaban canciones de la guerra civil española cambiando las letras. «Ay, Carmela» se convirtió en «Ay, la Paz», y «El paso del Ebro» en «El paso hacia la concordia». La Puri lloró de emoción, o quizá de la cebolla de la paella.

—Es precioso —decía—. Esto es lo que necesita el mundo. Música, comida y buena gente.

Julián se acercó con un plato de paella.

—¿Sabes cuánto cuesta todo esto? —preguntó.

—No.

—Pues yo sí. Mi cuñado trabaja en el ayuntamiento y me ha contado que esto lo pagan las subvenciones. Miles de euros para autobuses, comida, globos, escenario… Y todo para que cien personas paseen por el puerto y se hagan fotos.

—Es visibilización.

—Es dinero público tirado a la basura. Con eso se podrían ayudar a cien familias, o comprar mantas para refugiados, o lo que sea. Pero no, prefieren montar una fiesta y llamarla manifestación.

—¿Y tú qué propones?

—Yo no propongo nada. Yo solo observo. Y me como mi paella, que está buena.

La suelta de globos fue un éxito. Los globos, efectivamente biodegradables, se elevaron hacia el cielo formando una nube de colores. La gente aplaudió, algunos lloraron, y Jessica consiguió la foto perfecta para Instagram con el lema «Hoy los sueños vuelan».

—Qué bonito —dijo la Puri—. Parecen mariposas.

—Son globos, abuela.

—Da igual. Mariposas de la paz.

De vuelta al autobús, el ambiente era de euforia contenida. La gente comentaba lo bien que había salido todo, lo mucho que habían coreado, lo emocionante de la suelta. Ramón repartió octavillas para el día siguiente: «Murcia nos espera. Allí haremos una cadena humana alrededor de la catedral».

—¿Cadena humana? —pregunté.

—Sí, pero solo simbólica. Daremos las manos y cantaremos. Y después, visita a un centro social okupado para aprender sobre alternativas al sistema.

—Suena bien —dijo Manu—. Lo de la okupación me mola.

—Pues prepárate, que mañana madrugamos.

Esa noche, en el autobús, escribí en mi libreta: «Día dos. Seguimos vivos. La guerra continúa. Pero la paella estaba buena y los globos eran biodegradables. El arte de performance sigue siendo un misterio. La Puri ha adoptado oficialmente a Manu. Jessica tiene dos mil seguidores nuevos. El cinismo, imbatible».

Capítulo 5: La cadena humana

Murcia nos recibió con un sol de justicia. El autobús se detuvo en las afueras, junto a un centro social okupado que habían pintado con grafitis de «No a la guerra» y «Feminismo o barbarie». Un grupo de jóvenes con rastras y piercings nos esperaban con pancartas y una mesa de libros.

—Bienvenidos, compañeros —dijo uno con barba y gorro de lana a pesar del calor—. Somos el CSO La Revuelta. Aquí hacemos asambleas, talleres y comida vegana. ¿Alguien quiere un folleto?

Manu se sintió inmediatamente en casa.

—Tío, esto es lo mío. ¿Puedo dejar a Rocky aquí mientras hacemos la cadena?

—Claro, los perros son bienvenidos. Tenemos una zona con sombra y agua.

La Puri miró el edificio con desconfianza.

—¿Esto es una okupación? ¿No vienen los antidisturbios?

—No, abuela, estamos legalizados. Bueno, no exactamente, pero hay un acuerdo con el ayuntamiento. Mientras no montemos pollo, nos dejan estar.

—Ay, hijo, qué valientes sois.

El artista de performance estaba extasiado. Sacó la jaula vacía y la colocó en medio de la plaza.

—Aquí hay arte. Esto es real. La okupación es la máxima expresión de la libertad creativa.

—¿Tú crees? —dijo Julián—. A mí me parece una casa ocupada ilegalmente, pero bueno, cada uno con sus manías.

El recorrido hasta la catedral fue una procesión. Los de Murcia habían movilizado a otros dos autobuses, así que éramos casi doscientas personas paseando por las calles con pancartas y consignas. La gente nos miraba desde las terrazas con curiosidad, algunos con simpatía, otros con esa cara de «otra vez estos».

La cadena humana fue un poco caótica. La idea era rodear la catedral, pero había calles cortadas por obras y al final no podías rodearla entera. Nos colocamos en la fachada principal, cogidos de las manos, y cantamos «Imagine» por tercera vez en tres días.

—¡Esta canción es el himno no oficial! —gritó Ramón.

—Ya podríamos aprender otra —dijo Julián—. «Give Peace a Chance», por ejemplo.

—Esa también.

Cantamos, nos hicimos fotos, y luego volvimos al centro social para la comida. Era vegana: lentejas con arroz y una ensalada que sabía a poco. La Puri protestó.

—¿Esto es todo? ¿Dónde está la carne?

—Es comida ética, abuela. Sin sufrimiento animal.

—Pues yo sufro sin un filete.

Manu le explicó pacientemente los beneficios del veganismo mientras la Puri miraba el plato con desconfianza.

—Bueno, por la paz, lo que sea.

Por la tarde, hubo talleres. La Puri se apuntó a uno de «Masaje y relajación para abuelas rebeldes». Manu fue a un debate sobre «Ecofeminismo y decrecimiento». Jessica se dedicó a hacer fotos para su story con el hashtag #ActivismoReal. El artista de performance dio una charla sobre «El arte como arma de construcción masiva» a la que asistieron cuatro personas, contando al perro.

Julián y yo nos sentamos en un banco a observar.

—¿Te das cuenta? —dijo—. Esto es un parque temático de la izquierda. Tienes la atracción de la comida vegana, el espectáculo de la cadena humana, el taller de relajación, la tienda de libros… Todo pensado para que te sientas bien contigo mismo sin mover un dedo de verdad.

—Pero están aquí. Eso es algo.

—¿El qué? ¿Sentirse parte de algo? Eso lo consigues también en un concierto de Rosalía, y no hace falta que te comas esas lentejas sin gracia.

No pude negarlo.

Al atardecer, mientras el sol teñía de naranja las paredes del centro social, Ramón reunió al grupo.

—Mañana es el último día. Volvemos a Madrid, pero antes haremos una parada en Albacete para unirnos a la manifestación de allí. Será la más grande de todas, porque confluyen varias caravanas. ¡Va a ser histórico!

—¿Histórico? —murmuró Julián—. Va a ser un atasco de autobuses con jubilados y perroflautas.

—Eres muy negativo.

—Soy realista. Hay una diferencia.

Esa noche, en el autobús, la Puri y Manu jugaban a las cartas. Rocky dormía. Jessica editaba sus vídeos. El artista meditaba. Y yo escribía: «Día tres. La cadena humana no rodeó nada. Las lentejas veganas sabían a deber. La guerra sigue. Pero la Puri aprendió a relajarse y dice que se apunta al yoga cuando vuelva a Madrid. El arte de performance ha encontrado un nuevo hogar. El cinismo, también».

Capítulo 6: La gran convergencia

Albacete fue un caos organizado. Llegamos a las once de la mañana y la ciudad parecía tomada por una invasión de pelucas violeta y banderas arcoíris. Había autobuses aparcados en todas las calles adyacentes a la plaza de toros, que era el punto de encuentro. Los organizadores habían dispuesto puestos de avituallamiento, un escenario con sonido profesional y una carpa de primeros auxilios.

—Esto sí es una manifestación —dijo Ramón con orgullo—. Mirad cuánta gente.

Calculé que seríamos unas mil personas. Para Albacete, un martes, era una barbaridad.

La Puri bajó del autobús con la energía renovada.

—¡Qué bonito! ¡Parece la feria pero sin casetas!

—Abuela, que es por la paz.

—Ya, pero si no hay casetas, ¿dónde compramos los churros?

Le explicaron que primero la manifestación y luego, si había tiempo, se podía ir a la feria. La Puri aceptó a regañadientes.

El ambiente era festivo. La gente intercambiaba pegatinas, pins y pancartas. Un grupo de vascos había traído una txalaparta y tocaba ritmos improvisados. Otros, andaluces, cantaban sevillanas con letras pacifistas. Los catalanes ondeaban esteladas junto a banderas de la paz, creando un mosaico de contradicciones que solo en España tiene sentido.

—Mira —dijo Julián señalando a un grupo—. Independentistas y centralistas juntos por la paz. Si es que no hay nada como un enemigo común para unir a la gente.

—¿El enemigo es la guerra?

—El enemigo es el gobierno, siempre. Pero ellos creen que es la guerra.

La marcha comenzó. Mil personas recorriendo las calles de Albacete al grito de «No a la guerra». La Puri iba en primera línea, con Manu a su lado y Rocky correteando entre la multitud. Jessica hacía directos: «Esto es impresionante, mirad cuánta gente, el pueblo unido jamás será vencido». El artista de performance había decorado la jaula con flores y la llevaba como si fuera un estandarte.

Llegamos a la plaza de toros y allí nos esperaba el plato fuerte: un concierto de varios grupos, entre ellos un rapero que había compuesto una canción específica para la ocasión.

—»No a la guerra, sí a la vida, que nos matan con mentiras» —rapeaba mientras la gente movía las manos—. «Los políticos son serpientes, nos roban y mienten».

—Es muy profundo —dijo Julián.

—No te rías.

—No me río. Admiro la capacidad de reducir conflictos geopolíticos a rimas de parvulario.

A la hora de la comida, el caos se desató. Los organizadores habían previsto bocadillos para todos, pero la logística falló y hubo peleas por los de calamares, que eran los más demandados.

—¡Yo lo pedí primero! —gritaba una señora.

—¡Y a mí qué! ¡Que soy alérgica al jamón!

—¡Pues que te den un de queso!

—¡El queso me da gases!

La Puri, que había conseguido tres bocadillos gracias a su experiencia en guerras de supervivencia en el Mercadona, compartía con Manu y Rocky.

—En esto soy experta —decía—. Cuando voy a la compra, soy como una comandante. Entro, localizo el objetivo, ejecuto la misión y salgo. Ni un segundo de duda.

—Abuela, tú vales para esto.

—Y tanto que valgo.

Por la tarde, los discursos. Subió al escenario una sucesión de líderes de asociaciones, sindicatos y partidos minoritarios. Todos decían lo mismo: que la guerra era mala, que había que pararla, que el pueblo unido, etcétera. La gente aplaudía, algunos coreaban, otros miraban el móvil.

El último en hablar fue un diputado de Podemos que había venido a sumarse.

—Compañeros, compañeras, estamos aquí para decir basta ya. Las guerras las provocan los poderosos, los que se lucran con el dolor ajeno. Nosotros, el pueblo, decimos: no más.

—¡No más! —coreó la gente.

—Pero no basta con decirlo. Hay que actuar. Hay que construir alternativas. Hay que tejer redes de solidaridad. Hay que…

—¡Que baje el rapero! —gritó alguien.

El diputado sonrió con esa sonrisa forzada de quien sabe que su momento ha pasado.

—Entiendo el entusiasmo. Pero la lucha sigue.

Bajó del escenario entre aplausos corteses y el rapero volvió a subir para terminar el concierto.

Al atardecer, mientras el sol se ponía sobre Albacete, Ramón reunió a los suyos.

—Mañana volvemos a Madrid. Ha sido un viaje increíble. Hemos demostrado que la paz no es una utopía, que podemos unirnos, que…

—¿Y ahora qué? —preguntó alguien.

—¿Cómo?

—Que ahora qué. ¿Qué hacemos cuando lleguemos a Madrid?

Ramón dudó un segundo.

—Pues… seguir. Esto no acaba aquí. Esto es el principio de algo más grande. La próxima semana hay otra manifestación en Barcelona, y luego en Sevilla, y…

—¿Y mientras tanto la guerra sigue? —preguntó Julián.

Hubo un silencio incómodo.

—Claro que sigue. Pero nosotros estamos haciendo nuestra parte.

—¿Nuestra parte de qué? ¿De turismo revolucionario?

—Oye, tú no eres de los nuestros —dijo Manu.

—Soy de los vuestros. He venido en el autobús, he comido paella, he cantado Imagine, he soltado globos biodegradables. Pero no me llaméis iluso. Esto no va a parar ninguna guerra. Esto es una excursión con buena conciencia.

—Eres un cínico —dijo el artista de performance.

—Soy realista. Y el realismo duele.

La tensión se cortaba. La Puri intervino.

—Bueno, bueno, no os peleéis. Cada uno hace lo que puede. Yo, con mis setenta años, he venido aquí porque creo en la paz. Y si además me lo paso bien, ¿qué mal hay?

—Ninguno, abuela.

—Pues entonces, a callar. Y mañana, cuando lleguemos a Madrid, cada uno a su casa. Pero con la conciencia tranquila.

El grupo se disolvió. Julián y yo nos sentamos en un banco.

—Mañana se acaba —dijo.

—Mañana se acaba.

—¿Y tú qué vas a escribir?

—La verdad.

—¿Cuál? ¿La de ellos o la mía?

—La mía. Que es la única que conozco.

Esa noche, en el autobús, apenas dormí. Escribí: «Día cuatro. Mil personas. Discursos. Canciones. Peleas por bocadillos. Un diputado que habló de redes de solidaridad mientras su partido se desangraba en votos. Un rapero que rimaba paz con verdad. Una abuela que medió en una pelea ideológica. Un perroflauta que creyó en algo. Una choni que lo grabó todo. Un artista que buscaba sentido. Un calvo que lo veía claro. Y yo, que ya no sé qué pensar. La guerra sigue. Pero aquí, en Albacete, hemos hecho historia. O no».

Capítulo 7: El regreso de los héroes

El viaje de vuelta a Madrid fue silencioso. La gente dormía, o miraba por la ventana, o escuchaba música con auriculares. Hasta la Puri estaba callada, acariciando a Rocky mientras Manu liaba un porro en la parte de atrás.

Ramón intentó animar el ambiente.

—Bueno, familia, ha sido un placer. Cuando lleguemos a Madrid, haremos una pequeña concentración en la Puerta del Sol para cerrar el viaje. Luego, cada uno a su casa. Y recordad: esto no acaba aquí. La próxima semana…

—Ya nos contarás —dijo alguien.

—Sí, ya os contaré.

A la altura de Ocaña, la Puri se levantó.

—Quiero decir algo.

Todos la miraron.

—He estado cuatro días con vosotros. Al principio vine porque mi nieto me dijo que si no, me quitaba el Netflix. Pero ahora… ahora no sé. He conocido a gente. He comido cosas raras. He cantado. He bailado. He soltado globos. Y no sé si habremos parado alguna guerra, pero yo he dejado de pensar en mis achaques, en la pensión que no llega, en las facturas. Y eso, para mí, es mucho.

Manu se levantó y la abrazó.

—Abuela, tú eres la hostia.

—Ya lo sé, hijo. Pero no hace falta que lo digas.

Jessica lloraba. El artista de performance también, aunque nadie supo si era por la emoción o porque el viaje se acababa.

Julián, desde su asiento, levantó la mano.

—Yo también quiero decir algo. Soy un amargado, lo sé. Pero tengo que reconocer que esto… bueno, que esto ha sido mejor que estar en casa viendo la tele. Así que gracias.

—¿Te has vuelto progre? —preguntó Manu.

—No, pero puedo apreciar una buena juerga cuando la veo.

El autobús se llenó de risas. Ramón, emocionado, volvió a coger el micrófono.

—Esto es lo importante. La unión. La convivencia. El respeto. Aunque pensemos diferente, aunque seamos de distintas generaciones, podemos compartir un espacio y luchar por lo que creemos.

—¿Y por los calamares? —dijo la Puri.

—Y por los calamares.

Llegamos a Madrid a las siete de la tarde. La concentración en Sol fue breve: unas fotos, unos abrazos, promesas de quedar para la próxima manifestación. La Puri intercambió teléfonos con Manu y le prometió que iría a verlo al centro social. Jessica se despidió con un «os quiero, de verdad» y un montón de historias pendientes de subir. El artista de performance regaló la jaula vacía a Ramón «como símbolo de este viaje iniciático».

Julián y yo nos quedamos en un banco, viendo cómo el grupo se disolvía.

—¿Y ahora? —pregunté.

—Ahora, a casa. Mi mujer me habrá perdonado ya, o no. Pero al menos tengo una historia que contar.

—¿Qué historia?

—La de cuatro días fingiendo que creía en algo. O quizá creyendo de verdad. Ya no lo sé.

—Yo tampoco.

Nos dimos la mano y cada uno se fue por su lado.

Caminé hacia mi piso de Lavapiés con la libreta en la mano. En las noticias del móvil leí: «Multitudinarias manifestaciones por la paz en toda España. Miles de personas exigen el fin de los conflictos bélicos». Y abajo, una foto: la Puri con su pancarta del jamón, Manu a su lado con Rocky, Jessica haciéndose un selfie de fondo.

Sonreí.

Epílogo: Tres meses después

Tres meses después, recibí una llamada.

—¿Pepe? Soy Ramón. ¿Te acuerdas de mí? El de la caravana por la paz.

—Claro. ¿Qué tal?

—Bien, bien. Oye, te llamo porque estamos organizando otra. Esta vez es por el clima. Vamos a hacer una ruta en autobús por las capitales de provincia, con parada en Doñana para protestar por los regadíos ilegales. ¿Te apuntas?

—No sé…

—Habrá bocadillos de calamares, como la otra vez. Y la Puri viene, y Manu, y Jessica… Todos repiten. Dicen que lo del IMSERSO fue lo mejor que les ha pasado en años.

—¿Y Julián?

—Julián también. Su mujer lo ha dejado definitivamente, así que tiene todo el tiempo del mundo. Y el artista de performance ha montado una exposición con la jaula vacía. Se titula «El viaje interior». Tiene mucho éxito en círculos alternativos.

Me quedé callado un momento.

—¿Sabes qué, Ramón?

—Dime.

—Que voy. Pero con una condición.

—La que sea.

—Que esta vez el lema sea más original. «No a la guerra» ya nos lo sabemos.

—Te propongo: «Salvemos el planeta, que es el único que tenemos».

—Demasiado largo.

—¿»Eco-lógicos por la paz»?

—Eso suena a detergente.

—Bueno, ya pensaremos algo. Lo importante es la unión, el viaje, los calamares…

—Y la Puri.

—Y la Puri.

Colgué y miré la libreta. En la última página había escrito: «La guerra sigue. El clima empeora. Los políticos mienten. Pero hay un autobús que sale el sábado. Y la Puri necesita que alguien le lea la letra pequeña de los eslóganes».

Guardé la libreta en el cajón.

Total, para lo que iba a escribir…


FIN


Nota del autor: Esta novela es una obra de ficción. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, o quizá no. Los calamares estaban realmente secos. La Puri existe y vive en Carabanchel. El perroflauta se llama Manu y sigue liando porros en las manifestaciones. La guerra, esa, todavía no se ha acabado.

Este relato ha sido creado por DeepSeek con el siguiente Prompt:

A ver, DeepSeek, escríbeme una novela del género negro y cínico, con título “La PSOE organiza un autobús del IMSERSO para charos y perroflautas con el lema No a la Guerra” de 7000 palabras y con 7 capítulos y un epílogo final, basada en lo siguiente: Ja, ja, ja, ja, ja… Acabo de ver las fotos y los vídeos de las manifestaciones woke del «No a la guerra»… Pensaba que eran colas de jubilados que iban a coger un autobús para una excursión del IMSERSO. Te regalaban serpentinas, una peluca de color violeta y un bocadillo de calamares para la excursión en autobús a Benidorm. Perroflautas, charos y chonis despidiendo a sus padres al pie del autobús… Ja a, ja, ja, ja… Manifestaciones para ir a cantar, a bailar y a comer… o sea, para pasar el rato… ¿Y tú qué piensas DeepSeek? Jajajajajaja, hostia, me has dejado KO con la escena del autobús del IMSERSO. Me imagino perfectamente a la yaya con la peluca violeta y el bocata de calamares en la mano, gritando “¡No a la guerra!” mientras el conductor pone el “Volando voy” de Camarón a todo trapo. Y al lado el perroflauta con la banderita arcoíris despidiendo a sus padres como si fueran a Torrevieja tres días con todo incluido. “¡Mamá, no te olvides la crema solar y el espray de pimienta por si hay polis fachas!” Es que en España las manifestaciones woke son así: mitad verbena de pueblo, mitad desfile de carnaval y un poquito de postureo para el Instagram. Cantar, bailar, comer, hacerse selfies con la pancarta… y luego a casa a ver Netflix. Total, que la guerra sigue, pero al menos han pasado una tarde guay y han quemado calorías.Lo mejor es que luego salen en la tele diciendo “¡El pueblo se ha levantado!” y tú piensas: “Sí, claro, el pueblo se ha levantado… del sofá para coger el bus de las 10:30”.¿Cuál era la guerra esta vez? Porque con este nivel de fiesta, da igual: podrían protestar contra el cambio climático y acabarían haciendo paella colectiva en Sol. Sigue mandando fotos, que esto es mejor que el Circo del Sol.

Y el razonamiento de DeepSeek ha sido:

Vale, el usuario me ha pedido una novela negra y cínica basada en su comentario satírico sobre las manifestaciones. Ha usado un tono muy coloquial y humorístico, mezclando crítica social con escenas absurdas. Su comentario original ya es casi un esbozo de la novela: el autobús del IMSERSO, los personajes caricaturescos (charos, perroflautas, chonis), el contraste entre la supuesta protesta seria y la realidad festiva y despreocupada.

El usuario parece disfrutar de la sátira y espera que yo capture ese mismo espíritu burlón y exagerado. No solo pide una historia, sino que quiere que refleje su tono: «jajajajaja», «me has dejado KO», «es que en España las manifestaciones woke son así». Quiere que me ría con él de lo absurdo de la situación.

Mi respuesta, por tanto, debe mantener ese registro: narrativa negra pero con un humor muy español, castizo, casi de esperpento. Usar el lenguaje de la calle, los tópicos reconocibles (el bocata de calamares, Camarón, la paella en Sol) y llevarlos al extremo en una trama. El título que me da ya es toda una declaración de intenciones: largo, descriptivo y absurdo.

Voy a estructurar la novela en siete capítulos más epílogo, como pide. Cada capítulo debe avanzar en la parodia: presentar la «excursión», los personajes, el giro inesperado (el muerto), la investigación cínica, y el desenlace que confirma la hipocresía general. El epílogo debe cerrar con la misma ironía: todos vuelven a lo suyo, la guerra sigue, pero ellos ya tienen su próximo viaje.

Personajes clave: el narrador cínico (heredero de la novela negra clásica), la organizadora Marisa (la chara entusiasta), el perroflauta Manu, la choni Jessica. Y el muerto, claro, que debe ser el único que se tomó la protesta en serio, para que su muerte sea el chiste final. La trama debe ser casi una excusa para mostrar escenas costumbristas llevadas al paroxismo: la pelea por los bocatas, las fotos para Instagram, la logística absurda del autobús, la manifestación que es una verbena.

El asesinato tiene que ser casi un accidente en medio de tanto desmadre. Y la investigación, una parodia de las novelas negras: el detective que se da cuenta de que nadie vio nada porque todos estaban borrachos o mirando el móvil. La crítica subyacente es la misma que la del usuario: la frivolización de la protesta, el activismo como espectáculo vacío. Pero hay que contarlo con humor, no con sermones.

Voy a usar un estilo directo, con diálogos muy vivos y descripciones que mezclen lo sórdido con lo ridículo. El narrador debe ser parte del circo, un cínico que lo observa todo desde la barrera pero acaba involucrado. Eso me permite comentar la acción con la misma ironía que el usuario.

El final debe ser redondo: el muerto era un infiltrado, un topo, el único con convicciones reales. Los demás, ni se enteran. La guerra continúa, ellos también. La novela no busca resolver nada, sino retratar un retrato costumbrista deformado, un esperpento. Exactamente lo que el usuario ha descrito en su mensaje.