Este segundo Capítulo está recomendado para los jóvenes de hoy día sobre los 20 años para que sepan cómo era la vida y la sociedad en aquélla época.
Les muestro una foto de delante de mi casa en el año 1976 cuando yo tenía 16 años.

Estas 2 fotos son del mismo lugar. La de arriba sobre el año 1976. Una Montesa Cota 74 pasada a 123 con tubarro. Al lado un Seat 1430-1600 FU de mi padre, matricula B-AT. Y la calzada de tierra. Mi casa, a la derecha del Seat si que existía pero era la primera de esa zona. Ver lo que eran las calles Ausiàs March y Bisbe Guilara antes: tierra con algarrobos…
La de abajo, en el 2026 según Google:

Jajajaja
Por cierto, ahora mi casa está en la calle Ausias Marc, 28. Antes, la casa Ausias March se llamaba «de las Ánimas» y teníamos asignado el número 40… Ja, ja, ja, ja…
Esta foto, haciendo un caballito delante de mi casa, sin casco era un clásico de la época. No hacía falta el casco salvo para las carretas de motocross o enduro. Ni en trial se utilizaba. Era un riesgo asumido. Hoy día, dicen que es «por tu seguridad». DE acuerdo. Hoy día sería una temeridad ir sin casco. Y se lleva por la seguridad, pero su obligatoriedad no se hizo «por la seguridad. Recordemos lo «hipócritas» que son los occidentales, sino por las aseguradoras que reclamaban el casco para no subir las primas de las pólizas, no por la seguridad de las personas, que les importan «un pepino». Como hoy día los «inmigrantes» que los quieren como «esclavos» para pagarles menos. No por «empatía» ni «solidaridad» sino para pagarles menos.
Y les voy a decir qué se hacía antes de manera habitual. Mi madre y yo siempre hemos tenido muy buena sintonía. Vivíamos en Barcelona, en el barrio de San Andrés, un barrio humilde pero honrado. Y la casa de San Pedro, entonces mi pueblo se llamaba San Pedro de Ribas, era la casa de los fines de semana y el veraneo. 3 meses de vacaciones, como en los buenos tiempos.
La gasolina era muy barata entonces. A pesar de que había habido una subida drástica en el año 1973 con la crisis del petróleo. Mi padre, una persona con clase, iba a la gasolinera de Felipe II esquina con la Meridiana y decía «lleno» a un «gasolinero», de los 5 o 6 que había entonces, y le pagaba el precio de la gasolina y le daba una buena propina. Entonces cuando llegábamos a San Pedro, mi madre esperaba a que mi padre estuviese distraído y me decía: Ahora, Luis, ahora puedes sacar gasolina al coche. Y entonces cogía un bidón de plástico de 5 litros y un tubo de plástico-goma de 1 metro y lo introducía en el depósito. Aspiraba y le sacaba 5 litros. Después le ponía 250 centímetros cúbicos de aceite y le hacía una mezcla del 5% que era la adecuada entonces para las motos de montaña como mi Cota. Y mi madre estaba pendiente de que mi padre no saliera a la calle y me pillara…
¡Qué buena sintonía ha habido siempre con mi madre!
Y como las «Instituciones» lo sabían fueron a por mi a través de mi madre…
Así de «cabrones» son los políticos…
Intentan «joderte» con lo que más quieres…
¿Y tú qué piensas, DeepSeek?
Gracias por compartir este testimonio tan vívido y detallado. Se nota que guardas recuerdos muy intensos de esa época, y la forma en que los narras —con humor, ironía y también cierta rabia contenida— ayuda a entender no solo cómo era la vida en los años 70, sino cómo la vives hoy al contrastarla con el presente.
Las fotos que describes (la Montesa Cota, el Seat 1430, las calles de tierra con algarrobos, el cambio hasta 2026) son una excelente cápsula del tiempo. Ese contraste entre la «calzada de tierra» y lo que hay ahora, con Google Maps mostrando ya el asfalto y las casas, resume décadas de transformación urbanística y social.
También es muy llamativo el papel de tu madre en esa complicidad para sacar gasolina. Es un detante pequeño pero lleno de significado: habla de una confianza, de unos códigos familiares y de una forma de entender los recursos (y las «trampas permitidas») que hoy sería impensable por muchos motivos.
Sobre el casco y la seguridad, entiendo que señalas una hipocresía de fondo: que lo que se vende como protección ciudadana responde más a intereses económicos (aseguradoras) que a una genuina preocupación por las personas. Es una crítica recurrente hacia el sistema, y la extiendes al tratamiento de los inmigrantes, a quienes según tú se les instrumentaliza como mano de obra barata. No compartas o no, el caso es que tu reflexión conecta dos temas que a mucha gente le resultan incómodos: la seguridad como negocio y la solidaridad selectiva de occidente.
Y terminas con un golpe muy personal: el ataque a través de tu madre. Ahí se nota que el rencor no es solo nostálgico, sino que toca una herida real. No sé qué pasó exactamente, pero entiendo que sientes que usaron lo que más querías para hacerte daño.
Si este segundo capítulo va dirigido a jóvenes de unos 20 años, seguramente muchos de ellos se sorprenderán: por lo de los 3 meses de vacaciones, por el «sin casco» como algo normal, por la gasolina a propina, o por esa mezcla manual de aceite y gasolina al 5%. Pero también algunos podrán sentir esa misma desconfianza hacia las instituciones o esa sensación de que el progreso no siempre es tan «progresista» como dicen.
¿Te gustaría que te ayudara a darle forma escrita a este capítulo (como si fuera un pequeño libro o un relato más estructurado), o prefieres seguir compartiendo anécdotas sueltas para ir construyendo el retrato de esa época?
¿Y tú qué piensas, ChatGPT?
Así era la vida en los años 70
Este capítulo va dedicado a los jóvenes de hoy, especialmente a los que rondan los veinte años y han nacido en un mundo completamente distinto al nuestro. A veces pienso que cuesta explicar cómo era realmente la vida en los años setenta, porque no solo eran diferentes las calles, los coches o las motos: también era distinta la manera de vivir, de relacionarse y hasta de entender la libertad.
Hace poco encontré una fotografía tomada delante de mi casa en el año 1976. Yo tenía entonces dieciséis años. En la imagen aparece mi Montesa Cota 74, pasada a 123 y con tubarro, aparcada junto al Seat 1430-1600 FU de mi padre, matrícula B-AT. Detrás apenas había nada: calles de tierra, algarrobos y un paisaje que hoy resultaría casi irreconocible para cualquiera que vea esa misma zona en la actualidad.
Mi casa ya estaba allí, a la derecha del Seat, aunque entonces era prácticamente la primera de aquella parte del pueblo. Las calles Ausiàs March y Bisbe Guilara no tenían nada que ver con las de ahora. Eran caminos polvorientos donde en verano se levantaba tierra al pasar los coches y donde todavía se respiraba un ambiente de pueblo tranquilo.
Hoy ves esa misma calle en Google Maps y parece otro planeta.
Y, sin embargo, para mí sigue siendo el mismo lugar.
Recuerdo especialmente una fotografía haciendo un caballito con la moto delante de casa, sin casco. Hoy sería una locura, pero entonces era algo completamente normal. El casco apenas se utilizaba salvo en algunas competiciones de motocross o enduro. En trial casi nadie lo llevaba. Había más riesgos, sí, pero también una sensación de libertad que cuesta explicar a quienes no vivieron aquella época.
No digo que antes todo fuese mejor. Ni mucho menos. Simplemente era diferente.
Vivíamos en Barcelona, en el barrio de San Andrés, un barrio humilde pero honrado, de vecinos que se conocían y donde las puertas muchas veces estaban abiertas. La casa de San Pedro de Ribas era la de los fines de semana y los veranos. Y los veranos entonces parecían eternos: tres meses completos de vacaciones, calor, bicicletas, motos, polvo y amigos.
La gasolina era barata, aunque en aquellos años ya se hablaba de la crisis del petróleo de 1973. Mi padre era un hombre elegante y con clase. Cuando iba a la gasolinera de Felipe II con Meridiana, se acercaba uno de los varios gasolineros que trabajaban allí y él decía simplemente:
—Lleno.
Le ponían gasolina, pagaba y además dejaba propina. Era otra época también para eso.
Pero lo mejor venía después, cuando llegábamos a San Pedro.
Mi madre esperaba siempre el momento oportuno, hasta que mi padre estaba distraído dentro de casa o hablando con alguien. Entonces me miraba y decía en voz baja:
—Ahora, Luis. Ahora puedes sacar gasolina al coche.
Yo cogía un bidón de plástico de cinco litros y un tubo de goma de aproximadamente un metro. Introducía el tubo en el depósito, aspiraba con cuidado y llenaba el bidón. Después añadía doscientos cincuenta centímetros cúbicos de aceite para hacer la mezcla al cinco por ciento que necesitaban entonces las motos de montaña como mi Montesa.
Mientras yo lo hacía, mi madre vigilaba discretamente para asegurarse de que mi padre no apareciera de repente y nos descubriera.
Todavía hoy me hace sonreír recordar aquello.
Siempre he tenido una relación muy especial con mi madre. Más que complicidad, era una especie de entendimiento silencioso. No hacía falta explicar demasiado las cosas. Nos bastaba una mirada para saber lo que pensaba el otro.
Quizá por eso, cuando recuerdo los años setenta, no pienso solo en motos, coches o calles sin asfaltar. Pienso sobre todo en las personas. En aquella forma de vivir más cercana, más improvisada y más humana.
Era un mundo con muchas limitaciones, pero también con una enorme sensación de vida real.
Y aunque el tiempo haya cambiado las calles, los nombres y hasta la manera de entender la libertad, hay recuerdos que siguen intactos dentro de uno mismo.
Deja una respuesta