Los domingos de Parets: el paraíso de aluminio y risas
Cuando tenía ocho años, el mundo entero cabía en un Seat 1500 de color gris plateado que olía a gasolina y a colonia de mi padre. Era sobre el año 1968 o 1969, qué más da; los domingos no tenían fecha, solo tenían luz. Cada semana, sin falta, mi madre despertaba la casa con el aroma del café con leche y el rumor de las sillas plegables de aluminio que sacaba del trastero. «¡Arriba, tesoro! Hoy vamos a Parets», decía con esa voz que era miel y campana a la vez. Y yo saltaba de la cama como si me hubieran anunciado la llegada del circo.
Mi hermana Paquita, la mayor, con sus trenzas perfectas, ya estaba en la cocina, ayudando a mamá a llenar la nevera de mimbre. Papá, con su bigote negro y su camisa de cuadros remangada, cargaba el maletero: la mesa plegable de aluminio, ligera como una pluma pero resistente como un roble; las cuatro sillas que crujían al abrirse con ese sonido metálico tan nuestro; la manta de cuadros escoceses; la cesta de la comida que pesaba como un tesoro. Tíos, primos, todos nos juntábamos en la puerta de casa, en el barrio de San Andrés, y formábamos una caravana de risas y bocinas. El tío Pepe, a bordo de su Renault 8, con su vozarrón de barítono, gritaba: «¡Venga, familia, que el campo nos espera!» Y mi tía Mercedes, siempre con un delantal limpio debajo del abrigo, repartía besos como quien reparte caramelos.
El viaje a Parets del Vallès era una aventura corta pero mágica. Salíamos por la carretera de Ripoll, con las ventanillas bajadas para que entrara el aire fresco de la mañana. Yo iba sentado entre mis primos —el Pepe, dos años mayor que yo y siempre con una pelota bajo el brazo, y la pequeñita Merceditas, que era como una muñeca de trapo con ojos de color avellana—. Cantábamos. Cantábamos todo: «La canción del botón» de los Payasos de la Tele, o aquellas coplillas que inventaba el tío Manolo sobre el coche que no arrancaba. «¡Que no se pare, que no se pare!», coreábamos, y papá se reía tanto que el volante temblaba.
Parets del Vallès no era un pueblo cualquiera. Para nosotros era el edén. Un rincón verde, con prados que olían a hierba recién cortada y pinos que susurraban secretos al viento. Llegábamos siempre antes de las once, cuando el sol todavía era suave y no quemaba. Papá aparcaba bajo un pino grande, el mismo de siempre, el que tenía una rama torcida como un brazo que nos saludaba. Y entonces empezaba la ceremonia más bonita del mundo: montar el campamento.

Primero, la mesa. Papá y mis tíos Pepe y Manolo la desplegaban con ese «clac-clac» metálico que aún hoy, cuando oigo cualquier cosa de aluminio, me devuelve a aquellos días. Las patas se abrían como patas de araña plateada, y la superficie brillaba tanto que parecía un espejo donde se reflejaban nuestras caras felices. Las sillas, ay, las sillas… Eran tan ligeras que yo, con mis diez años, podía cargar dos a la vez. Las colocábamos en círculo, como si fuéramos a celebrar un consejo de reyes.
Mamá extendía el mantel de hule con flores amarillas, y encima iban apareciendo los tesoros: la tortilla de patatas que había hecho la noche anterior, dorada y jugosa; el pan con tomate que olía a verano; los embutidos que el tío Pepe traía del mercado de Horta —salchichón, fuet, jamón serrano cortado a mano—; la ensalada de lechuga y aceitunas que preparaba la tía Loles con tanto mimo; y, sobre todo, la bota de vino que mi padre guardaba como un relicario. Para los niños, naranjada fresca en botellas de cristal que tintineaban al chocar.
Nos sentábamos todos. Doce, a veces quince personas. Mis padres en la cabecera, mis tíos enfrente, nosotros los críos apretujados pero felices. Y entonces comíamos. No era solo comer: era un ritual de amor. Mi madre me ponía un trozo de tortilla en el plato y me decía al oído: «Come despacito, mi vida, que el tiempo vuela». El tío Manolo contaba chistes malos que nos hacían reír con la boca llena. «¿Sabéis por qué el tomate no va al colegio? ¡Porque ya tiene tomate!» Y mi prima Loles se atragantaba de risa, y yo le daba palmaditas en la espalda, sintiéndome el hermano mayor del mundo.
Después de la comida venía lo mejor: el postre y la siesta corta. Había frutas —melocotones maduros que chorreaban jugo por la barbilla— y, los días de fiesta grande, un bizcocho que había horneado la tía Mercedes con aroma a vainilla y canela. Nos tumbábamos en la manta, bajo el pino, y el viento nos mecía.

Yo cerraba los ojos y escuchaba: el zumbido de las abejas, las risas bajas de los mayores hablando de cosas de adultos que no entendía pero que me sonaban a hogar, el ronquido suave de papá que siempre se dormía con la boina sobre los ojos. Mis hermanas jugaban a las muñecas con Loles, y mi primo Manolo y yo nos escapábamos un rato a patear la pelota entre los árboles. «¡Gol de la selección!», gritábamos, y el balón rebotaba contra el tronco como si celebrara con nosotros.
Pero el sol iba bajando, y sabíamos que era hora de recoger. Las sillas se plegaban con ese mismo «clac» alegre, la mesa se convertía otra vez en una maleta plateada, la nevera de mimbre se cerraba con un suspiro. Todo olía a hierba y a comida compartida. Subíamos al coche con las mejillas coloradas y el corazón lleno. Y aquí venía lo más bonito de todo: la decisión del domingo. «¿A casa nuestra o a la de los primos?», preguntaba papá con una sonrisa pícara. Alternábamos, siempre. Una semana a nuestro piso de San Andrés, con sus baldosas hidráulicas y el balcón que daba a la plaza; otra semana al pisito de los tíos en el barrio de Horta, más pequeño pero con un patio interior donde cabía el mundo.
Si íbamos a casa nuestra, mamá encendía la radio nada más entrar. Sonaba «La chica de Ipanema» o alguna de aquellas canciones de Serrat que hablaban de amores sencillos. La tía Loles ayudaba a preparar la merienda: chocolate con churros si era invierno, o fruta y galletas si era verano. Y entonces empezaban los juegos. Ay, los juegos… Eran la prolongación perfecta de la excursión. Primero, la partida de cartas en la mesa del comedor: el tute, el brisca, el cinquillo. Yo me sentaba al lado de papá, que me enseñaba trucos con las manos grandes y callosas. «Mira, hijo, el as de oros siempre gana si sabes esperarlo». Mis primos y hermanas se peleaban por ser pareja mía, y cuando ganábamos, gritábamos como si hubiéramos conquistado América.
Luego venían las distracciones más locas. Javi sacaba el mecano que tenía guardado en una caja de madera, y construíamos puentes y coches que nunca rodaban rectos pero que nos parecían obras maestras. Las niñas jugaban a las casitas en la habitación de mis hermanas: vestían muñecas con trapos viejos y organizaban bodas interminables. Yo, a veces, me escapaba al balcón con el tío Manolo, que me contaba historias de cuando él era niño en el pueblo de Tarragona: «Había un río tan ancho que parecía el mar, y nosotros saltábamos de piedra en piedra como cabras». Su voz era grave y cariñosa, y yo me sentía el nieto más afortunado del mundo.
Si la tarde caía en casa de los primos, en la calle Felipe II, 232, era todavía más mágico. Su piso tenía un patio con un limonero que daba frutos pequeños y ácidos que chupábamos con azúcar. Allí jugábamos al escondite hasta que se hacía de noche. Yo me escondía detrás de las macetas de geranios, conteniendo la respiración, y cuando Laura me encontraba, me abrazaba tan fuerte que olía su champú de manzana. «¡Te pillé, primito!», y su risa era como campanitas. La tía Loles preparaba cena ligera —sopita de fideos, tortilla fría que sobró de Parets— y comíamos todos juntos otra vez, como si el día no quisiera terminar.
Y cuando ya era hora de irse, porque al día siguiente había colegio, nos despedíamos con besos que sabían a campo y a familia. «Hasta el domingo que viene», decíamos todos. Y mamá me arropaba en la cama, aunque ya tuviera diez años y me creyera mayor. «Has sido un niño muy bueno hoy, mi vida. Duerme, que mañana hay que levantarse». Yo cerraba los ojos y soñaba con el próximo domingo: con el aluminio brillando al sol, con las risas de mis primos, con la mano de papá en mi hombro mientras conducía de vuelta.
Aquellos años pasaron volando, como pasan los domingos. El Seat 1500 se convirtió en un Seat 1430 FU 1600, las sillas de aluminio empezaron a oxidarse un poco por los bordes, pero el amor no. Mis hermanas crecieron y se hicieron señoritas; mis primos también; yo dejé de tener diez años. Pero cada vez que veo una mesa plegable en un mercadillo, o que huelo a pan con tomate en un picnic improvisado, vuelvo a ser aquel niño. Vuelvo a Parets del Vallès, con mi familia alrededor, y siento que el corazón se me llena de una ternura que no se gasta nunca.
Porque aquellas excursiones no eran solo comer en el campo. Eran la forma en que mis padres, mis tíos, mis hermanas y mis primos me decían, sin palabras: «Aquí estamos, siempre. Juntos». Eran la mesa de aluminio como altar de la sencillez, las sillas que nos unían en círculo, la carretera que nos llevaba y nos traía. Eran los juegos de la tarde, las distracciones que nos hacían olvidar que el mundo fuera podía ser complicado. Eran el cariño hecho rutina, el amor hecho domingo.
Y ahora, muchos años después, cuando cierro los ojos y pienso en ti, en aquel niño que fuiste, te veo allí, corriendo por el prado de Parets con las rodillas sucias de hierba y la sonrisa más grande del mundo. Gracias por dejarme contarlo, por dejarme revivirlo contigo. Porque estos recuerdos no se borran. Se guardan en el alma, como se guardan las sillas plegables: listas para abrirse otro domingo, cuando el corazón lo necesite.
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