Los domingos del Gordini blanco: conejo, alioli y el camino a Campins
Cuando tenía seis años, el mundo olía a gasolina, a colonia de mi padre y a ese perfume dulzón del Renault Gordini blanco que era como un barco de tierra. Era sobre el 1966; los domingos no llevaban calendario, solo llevaban promesas. Cada semana, sin que fallara ni una, mi madre despertaba la casa con el rumor suave de las puertas del armario y el tintineo de las llaves del coche. «¡Arriba, tesorito mío! Hoy vamos a Campins», susurraba con esa voz que era miel tibia y abrazo al mismo tiempo. Y yo saltaba de la cama como si el mismísimo rey de los cuentos me hubiera llamado.
Mis hermanas ya estaban listas: la mayor, Paquita, con sus nueve años y sus coletas perfectas que olían a champú de manzana; la pequeña, María José, con un añito y en la cuna. Papá, con su bigote negro bien recortado y su camisa blanca de domingo, bajaba al garaje del barrio de San Andrés y sacaba el Gordini como quien saca un tesoro. Era blanco como la nieve recién caída, con esas líneas redondas y elegantes que lo hacían parecer un coche de película. El motor rugía bajito, como un gato contento, y el interior olía a cuero viejo y a ese ambientador de pino que mamá colgaba del retrovisor.
Yo me sentaba atrás, con las piernas colgando porque mis pies todavía no llegaban al suelo. Paquita me daba codazos cariñosos y me decía al oído: «Hoy pido patatas extra para ti, enanito». María José, la peque, iba en brazos de mi madre. Papá giraba la llave, el Gordini cobraba vida con ese «brrrum» tan suyo, y salíamos a la carretera.
El viaje a Campins, en el Vallès Oriental, era una aventura de verdad. Salíamos temprano, cuando el sol todavía era suave y la ciudad dormía. Bajábamos por la carretera de Ripoll, luego cogíamos el desvío hacia Granollers y, por fin, la carretera estrecha que subía entre montes y pinos. El Gordini blanco brillaba bajo el sol como si fuera nuevo. Mientras papá conducía cantábamos. Cantábamos todo lo que se nos ocurría: «El torito bravo» que sonaba en la radio de válvulas, o aquellas canciones que inventábamos sobre el coche que volaba. «¡Gordini, Gordini, llévanos a Campins!», coreábamos, y papá se reía tanto que el volante temblaba un poquito.
El aire entraba por las ventanillas bajadas y nos despeinaba. Olía a campo, a tierra mojada si había llovido la noche anterior, a romero y a tomillo que crecían en las cunetas. Yo pegaba la nariz al cristal y veía pasar los árboles como si fueran amigos que nos saludaban. «Mira, papá, un conejo de verdad corriendo por el monte», decía yo, y él respondía con esa voz grave y cariñosa: «Ese conejo nos está esperando en el plato, hijo mío». Mi hermana mayor se reía y yo me sentía el explorador más valiente del mundo.
Llegábamos a Campins siempre sobre las doce y media. El pueblo era pequeño, de casas de piedra y calles empedradas, con una plaza donde el reloj de la iglesia daba las horas como si fuera un corazón latiendo. El restaurante se llamaba Can Lluís —o eso me parecía a mí entonces—, un caserón antiguo con un porche de madera y mesas de mantel a cuadros rojos y blancos. Olía desde lejos a leña quemada y a guisos de toda la vida. Papá aparcaba el Gordini blanco justo delante, bajo la sombra de un plátano grande, y nos bajábamos todos con las piernas entumecidas pero el corazón saltando.
El dueño, un hombre grandote con delantal blanco y bigote más grande que el de papá, nos recibía como si fuéramos familia. «¡Los de Barcelona! Ya os teníamos preparados». Nos sentábamos siempre en la misma mesa, la del fondo, junto a la ventana que daba al huerto. Mamá me colocaba la servilleta en el cuello con tanto mimo que parecía que me estuviera arropando.
Y entonces llegaba el momento mágico: el plato favorito de mi vida. Conejo al alioli con patatas fritas. Ay, cómo lo describo sin que se me haga la boca agua hasta hoy. Primero traían el pan de payés calentito, con corteza crujiente y miga blanda, y la botella de vino tinto para papá y mamá. Luego, el plato grande de barro: trozos de conejo dorados, jugosos, bañados en esa salsa alioli espesa, blanca, con tanto ajo que picaba justo lo justo. Las patatas fritas eran perfectas: doradas por fuera, blanditas por dentro, cortadas a mano y espolvoreadas con sal gorda. Mamá me servía el primer trozo y me decía bajito, al oído: «Come despacito, mi vida, que esto es para disfrutarlo». Papá me guiñaba un ojo y añadía: «Y si quieres más patatas, solo tienes que pedirlas, campeón».
Comíamos en silencio al principio, solo se oían los cubiertos y los «mmmm» de placer. El conejo se deshacía en la boca, el alioli era cremoso y fuerte, y las patatas… ay, las patatas eran como nubes fritas. Yo mojaba pan en la salsa hasta que el plato brillaba. Mi hermana y yo nos manchábamos la barbilla y mamá nos limpiaba con la servilleta, riendo. «Mirad qué familia más guapa tengo», decía papá, y nos miraba a todos con esos ojos llenos de orgullo que solo los padres buenos tienen.
Después del plato principal venía el postre: flan casero con caramelo líquido que temblaba en la cuchara, o natillas con canela que olían a domingo. Y para beber, yo pedía naranjada fresca en vaso de cristal grueso que dejaba anillos en la mesa. Hablábamos de todo y de nada: de la escuela, de que Paquita quería ser médico, de que yo quería tener un perro como el del vecino. Papá contaba anécdotas de cuando él era pequeño en el pueblo, en Tembleque, donde nació, y mamá le cogía la mano por encima de la mesa.
La sobremesa era larga y dulce. El dueño nos traía café para los mayores y un chupito de anís, y Paquita y yo salíamos a jugar un rato al porche. Había un gato viejo y gordo que se dejaba acariciar, y yo le daba trocitos de pan que guardaba en el bolsillo. Paquita inventaban historias de princesas y yo era el caballero que la salvaba con una espada imaginaria hecha de una rama. El sol de la tarde entraba suave, y el Gordini blanco nos esperaba afuera, brillante y paciente.
Cuando ya eran las cuatro o las cinco, recogíamos. Papá pagaba la cuenta con billetes que sacaba de la cartera de cuero, siempre dejando una propina generosa. «Hasta el domingo que viene, familia», decía el dueño, y nos despedíamos con besos en las mejillas que olían a alioli y a felicidad. Subíamos al Gordini otra vez. El motor rugía bajito al arrancar, y el camino de vuelta era todavía más bonito porque íbamos con la barriga llena y el corazón más lleno todavía.
Papá ponía la radio y sonaban canciones de Serrat o de la Nova Cançó. Mamá cantaba bajito, y yo me dormía a ratos con la cabeza apoyada en el hombro de Paquita. El viento entraba fresco por las ventanillas, y el paisaje de Vallès Oriental pasaba como una película: montes verdes, casitas blancas, campos de maíz. A veces parábamos en una fuente para beber agua fresca y estirar las piernas. «¿Estás contento, mi niño?», me preguntaba mamá, y yo asentía con la cabeza, sin palabras, porque el contento era demasiado grande para decirlo.
Llegábamos a casa cuando el sol ya bajaba. El Gordini entraba en el garaje que teníamos delante de nuestra casa, en la calle Bassols, 26 del barrio del Clot de Barcelona, con ese último «brrrum» satisfecho, y papá lo cubría con una lona como si fuera un caballo al que hay que abrigar. Subíamos al piso, y la tarde continuaba en casa. Mamá preparaba una merienda ligera —un vaso de leche con galletas María— y nos sentábamos en el balcón a ver cómo se ponía el sol sobre los tejados del Clot. Mi hermanas y yo jugábamos a las cartas o a las damas en la mesa del comedor, y papá leía el periódico mientras mamá cosía botones. Pero el verdadero regalo del día ya estaba dentro de nosotros: el recuerdo del conejo al alioli, del Gordini blanco corriendo por la carretera, de la familia junta sin prisas.
Aquellos domingos se repetían como un rosario de oro. A veces llovía y el Gordini chapoteaba en los charcos, pero igual íbamos. Otras veces hacía un calor de mil demonios y mamá llevaba abanico, pero el restaurante siempre estaba fresco y el alioli siempre estaba perfecto. Yo crecí un poquito cada domingo… pero el ritual no cambiaba. El coche blanco envejeció un poco —algún arañazo en la puerta, un faro que parpadeaba—, pero para mí seguía siendo el carro de la felicidad.
Hoy, muchos años después, cuando veo un Renault Gordini en un mercadillo o huelo alioli en una cocina, vuelvo a tener siete años. Vuelvo a estar en el asiento de atrás, con el viento en la cara y la promesa del conejo esperándome en Campins. Porque aquellos viajes no eran solo ir a comer. Eran el amor de mis padres hecho carretera. Eran las risas hechas eco en el coche. Eran el plato favorito hecho tradición. Eran la forma en que mi familia me decía, sin palabras grandes: «Aquí estamos, siempre juntos, cada domingo».
Y ahora, cuando cierro los ojos y pienso en ti, en aquel niño de seis años con las rodillas sucias de jugar en el porche del restaurante, te veo allí. Con el Gordini blanco brillando al sol, con el plato de conejo humeante delante, con la mano de papá en tu cabeza y la sonrisa de mamá que lo iluminaba todo. Gracias por dejarme revivirlo contigo. Estos recuerdos no se borran nunca. Se guardan en el alma como se guarda el aroma del alioli en los dedos: para siempre.
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