Los viajes a Andorra con mis padres

Los viajes a Andorra con mis padres

La primera vez que fui a Andorra tenía ocho años y el mundo me parecía enorme. No enorme como lo entienden los adultos, lleno de países, de fronteras y de mapas. Enorme de verdad. Enorme como la carretera de madrugada, como los faros amarillos del Seat 1500 de mi padre cortando la niebla, como las montañas oscuras que parecían gigantes dormidos y como aquella palabra mágica que se repetía durante semanas en casa:

—Nos iremos a Andorra.

Aquello significaba aventura.

No unas vacaciones normales. No playa, no sombrilla, no castillos de arena. Andorra era otra cosa. Era levantarse a las cuatro de la mañana. Era el olor del café que preparaba mi madre en silencio para no despertar a los vecinos. Era escuchar el ascensor del edificio cuando todavía no había amanecido. Era bajar a la calle con sueño, con una manta enrollada bajo el brazo y con la sensación de estar participando en una misión secreta.

Mi padre ya esperaba junto al Seat 1500 gris plateado.

Todavía hoy recuerdo perfectamente la matrícula: B-565.393.

Aquel coche era un transatlántico. Grande, elegante, silencioso. Mi padre lo cuidaba como si fuera un miembro más de la familia. Lo lavaba los domingos. Le pasaba un plumero especial por el salpicadero. Revisaba el aceite como un mecánico profesional y siempre decía que un coche hablaba, que había que aprender a escucharlo.

Yo no entendía qué quería decir con eso, pero asentía muy serio.

Mi padre imponía respeto.

No porque gritara, sino porque tenía una seguridad tranquila. Una manera de hacer las cosas que hacía pensar que todo saldría bien mientras él estuviera delante del volante.

Antes de salir, siempre parábamos en la gasolinera de la esquina de Felipe II con la Meridiana. Aquella gasolinera era un pequeño universo. Hoy llenas el depósito tú mismo y nadie te mira siquiera, pero entonces aquello parecía un hotel de lujo.

Había muchos empleados. Diez por turno, quizá más. Todos llevaban uniforme azul y gorra. Algunos limpiaban cristales. Otros comprobaban la presión de las ruedas. Otros corrían con las mangueras del combustible.

Mi padre bajaba la ventanilla apenas unos centímetros.

—LLENO.

Lo decía con autoridad.

El gasolinero cogía las llaves y asentía como si hubiera recibido una orden importante.

Yo miraba fascinado los números del surtidor. Gasolina súper de 96 octanos: 11 pesetas el litro. Normal de 85 octanos. Más tarde aparecería la extra de 98 y la normal subiría a 90, pero entonces todo aquello eran cifras misteriosas que yo relacionaba con el poder de los coches.

En el Seat cabían sesenta litros.

Sesenta.

El empleado terminaba, limpiaba el parabrisas y mi padre pagaba sin pestañear. Después llegaba lo que más me sorprendía.

La propina.

Mi padre siempre daba buenas propinas.

No éramos ricos. Éramos una familia normal de clase media. Pero él tenía una especie de elegancia natural que hoy casi ha desaparecido. Una forma de tratar a los demás que hacía sentir importantes incluso a desconocidos.

—Hay que agradecer el trabajo bien hecho —decía.

Y el gasolinero sonreía como si le hubieran alegrado el día.

Luego empezaba el viaje.

Mi madre se acomodaba delante.

Yo iba detrás, muchas veces junto a mi abuela materna, la mamamama, que llevaba bolsos, bocadillos, mantas y una paciencia infinita.

La ciudad quedaba atrás lentamente.

Barcelona todavía dormía.

Las calles estaban vacías y húmedas. Alguna panadería comenzaba a abrir. Un tranvía cruzaba solitario la avenida. Las luces anaranjadas parecían suspendidas dentro de la niebla.

Y nosotros avanzábamos hacia las montañas.

Entonces las carreteras eran otra historia.

Hoy uno tarda menos y viaja cómodo, pero en aquellos años el trayecto a Andorra era una auténtica expedición.

La parte más peligrosa estaba entre Calaf y Ponts.

Mi padre lo sabía.

Por eso salíamos de madrugada.

—Así evitamos tráfico.

Pero el tráfico no era lo peor.

Lo peor era la niebla.

Una niebla espesa, blanca, fría, que se pegaba a los cristales y hacía desaparecer el mundo.

Había tramos en los que yo no veía absolutamente nada fuera del coche. Solo las líneas blancas de la carretera entrando y saliendo de la oscuridad.

Mi padre conducía inclinado hacia delante.

Mi madre guardaba silencio.

La mamamama rezaba en voz baja.

Y yo, aunque tenía miedo, me sentía dentro de una aventura gigantesca.

A veces encontrábamos accidentes.

Entonces no existían las autovías modernas ni los servicios rápidos.

Un accidente podía detener toda la circulación durante horas.

Recuerdo una mañana especialmente fría.

Llevábamos mucho rato avanzando lentamente cuando vimos luces azules reflejadas en la niebla.

Más adelante apareció un camión cruzado.

Un coche pequeño había quedado destrozado contra la cuneta.

Había guardias civiles, una ambulancia y hombres fumando junto a los vehículos detenidos.

Mi madre me pidió que mirara hacia otro lado.

Pero yo ya había visto suficiente.

El silencio dentro del Seat fue absoluto.

Mi padre apagó el motor.

Y allí estuvimos casi dos horas.

Yo me aburría, claro, pero también me fascinaba aquella sensación de estar atrapados en mitad de ninguna parte. Los adultos hablaban con desconocidos. Algunos compartían café de termos metálicos. Otros fumaban apoyados sobre los coches.

Parecía una pequeña comunidad improvisada en mitad del invierno.

Cuando por fin pudimos continuar, el sol empezaba a levantarse detrás de las montañas.

Y entonces aparecía la emoción.

Porque eso significaba que Andorra estaba cerca.

Entrar en Andorra en aquella época era como atravesar una puerta secreta.

Todo parecía diferente.

Los carteles.

Los precios.

Los coches.

Las tiendas.

Y, sobre todo, el ambiente.

Hoy Andorra es moderna, sofisticada, llena de edificios nuevos y coches de lujo. Pero entonces era casi una sola calle rodeada de montañas.

Una calle mágica.

Llegábamos temprano, normalmente hacia las ocho.

Mi padre aparcaba en un descampado gratuito junto a los almacenes Pyrénées.

Y comenzaba la expedición comercial.

A mí me parecía una ciudad de ciencia ficción.

Había escaparates llenos de cámaras de fotos, radiocassettes, relojes digitales, calculadoras japonesas y objetos electrónicos que todavía no habían llegado a España.

Todo brillaba.

Todo parecía moderno.

Y todo era muchísimo más barato.

La gasolina costaba la mitad.

La leche francesa era mucho mejor y valía casi una tercera parte.

El azúcar parecía regalado.

El tabaco estaba tirado de precio.

El whisky costaba menos de la mitad.

Los Toblerone se apilaban como lingotes de oro.

Los perfumes olían a lujo verdadero.

Y para el coche había auténticos tesoros.

Mi padre adoraba la sección de accesorios.

Podía pasarse una hora observando antenas automáticas, limpiaparabrisas, fundas, alfombrillas y radiocassettes.

Yo lo seguía maravillado.

A veces pulsaba botones prohibidos y él fingía enfadarse.

—Como lo rompas, te quedas aquí trabajando.

La mamamama se reía.

Mi madre comparaba precios de colonias y chocolates.

Y mientras tanto el Seat 1500 empezaba a llenarse lentamente.

Primero unas bolsas.

Luego unas cajas.

Después paquetes escondidos bajo las mantas.

Y más tarde ropa encima de ropa.

Porque la verdadera aventura empezaba al volver.

La aduana.

Aquello sí era emocionante.

Los adultos hablaban de ello como si prepararan un golpe perfecto.

—Esto lo ponemos debajo.

—Aquello dentro de la rueda de repuesto.

—Tápalo con las mantas.

—Ponte dos chaquetas.

Yo observaba fascinado.

Parecía que estuviéramos organizando una operación secreta.

El Seat 1500 era enorme y tenía escondites por todas partes.

Había paquetes debajo de los asientos.

Cartones ocultos bajo la ropa.

Botellas envueltas en mantas.

Chocolate entre cojines.

Y siempre existía el miedo a los controles sorpresa.

Porque no bastaba con pasar la aduana principal.

A veces la Guardia Civil organizaba controles veinte kilómetros más abajo.

Mi abuela se ponía nerviosa.

—¿Ya hemos pasado?

Mi padre sonreía.

—Todavía no.

Ella suspiraba y apretaba el bolso contra el pecho.

Yo disfrutaba cada segundo.

Era mejor que una película.

Recuerdo una vez en particular.

Volvíamos cargados hasta arriba.

Mi padre había comprado neumáticos.

Mi madre perfumes.

La mamamama azúcar, café y chocolate.

Y yo llevaba escondido un pequeño radiocassette portátil que me parecía el objeto más moderno del planeta.

La nieve empezaba a caer.

Primero despacio.

Luego con fuerza.

La carretera se volvió blanca.

Muchos coches comenzaron a detenerse para colocar cadenas.

Mi padre también paró.

Salió del coche mientras el viento levantaba copos helados.

Yo lo veía desde dentro, iluminado por los faros.

Parecía un explorador polar.

Un hombre luchando contra la montaña.

Tardó bastante en colocar las cadenas.

Tenía las manos congeladas.

Pero nunca perdió la calma.

Cuando volvió al volante dijo:

—Ahora sí empieza lo divertido.

Y tenía razón.

El Seat avanzaba lentamente sobre la nieve.

Las ruedas chirriaban.

Las cadenas golpeaban el asfalto.

El coche se balanceaba en algunas curvas.

Y yo sentía una mezcla maravillosa de miedo y emoción.

En un tramo especialmente estrecho encontramos un camión atravesado.

La carretera quedó bloqueada.

Había decenas de coches parados.

Algunos conductores gritaban.

Otros intentaban ayudar.

Mi padre salió enseguida.

Siempre hacía eso.

No podía quedarse quieto.

Durante casi una hora ayudó a mover vehículos, empujó coches y habló con otros hombres bajo la nevada.

Yo lo miraba admirado.

Para mí era invencible.

Finalmente consiguieron despejar un carril.

Cuando regresó al coche llevaba el abrigo cubierto de nieve.

Mi madre le secó el pelo con una toalla.

La mamamama le dio un bocadillo.

Y él arrancó otra vez.

Aquella noche llegamos tardísimo a Barcelona.

Pero yo no quería dormir.

Quería seguir despierto para prolongar la aventura.

Porque cada viaje a Andorra era distinto.

A veces íbamos solo a comprar.

Otras veces aprovechábamos para visitar amigos que tenían apartamento allí y esquiar.

Entonces todo se volvía todavía más mágico.

Yo adoraba la nieve.

El olor de las botas mojadas.

Los guantes secándose junto a la calefacción.

Las mejillas congeladas.

Los bares llenos de humo y chocolate caliente.

Y las pistas blancas extendiéndose hasta el infinito.

Pero incluso entonces el viaje seguía siendo la mejor parte.

Había algo especial en aquellas expediciones familiares.

Algo que hoy casi no existe.

No había móviles.

No había pantallas.

No había GPS.

Nos hablábamos.

Cantábamos.

Discutíamos.

Nos aburríamos juntos.

Mi padre contaba historias de carretera.

Mi madre recordaba anécdotas familiares.

La mamamama decía refranes imposibles.

Y yo escuchaba todo como si estuviera acumulando tesoros invisibles.

Con el tiempo fui creciendo.

Ya no tenía ocho años.

Tenía doce.

Luego quince.

Y los viajes empezaron a cambiar.

Yo ya conocía las curvas peligrosas.

Sabía dónde aparecía la niebla.

Reconocía los bares donde parábamos a desayunar.

Incluso aprendí a detectar cuándo mi padre estaba preocupado aunque no dijera nada.

Porque conducir aquellas carreteras durante horas agotaba muchísimo.

Especialmente de noche.

Una madrugada ocurrió algo que nunca olvidaré.

Circulábamos cerca de Ponts cuando vimos un perro en mitad de la carretera.

Mi padre frenó bruscamente.

El Seat derrapó ligeramente.

Mi madre gritó.

La mamamama se santiguó.

Y el coche quedó detenido a pocos metros del animal.

Era un pastor alemán enorme, empapado por la lluvia.

Estaba desorientado.

Temblaba.

Mi padre salió inmediatamente.

Intentó acercarse despacio.

El perro gruñó.

Pero finalmente permitió que le pusiera una manta encima.

Miramos alrededor.

No había nadie.

Ni casas.

Ni luces.

Nada.

Así que el perro acabó viajando con nosotros.

Durante más de una hora permaneció tumbado en el maletero trasero.

Yo me giraba constantemente para mirarlo.

Parecía agotado.

Más adelante encontramos una pequeña masía iluminada.

Mi padre se detuvo.

Un anciano salió con una linterna.

Cuando vio al perro empezó a gritar emocionado.

Llevaba dos días desaparecido.

Nunca olvidaré la cara de aquel hombre abrazando al animal bajo la lluvia.

Ni la sonrisa silenciosa de mi padre cuando volvió al coche.

Ese era él.

No necesitaba aplausos.

Le bastaba hacer lo correcto.

Los años setenta fueron pasando.

Andorra seguía siendo un paraíso de compras.

Los vaqueros Levi’s 501 costaban muchísimo menos.

Los Sebago eran un símbolo de elegancia.

Las tiendas de electrónica parecían adelantadas al futuro.

Cada temporada aparecía algo nuevo.

Un walkman.

Una calculadora científica.

Una cámara automática.

Un reloj digital con alarma.

Yo podía pasar horas mirando escaparates.

Y mientras tanto mi padre negociaba precios con una paciencia infinita.

Le encantaba regatear.

Nunca de forma agresiva.

Lo hacía casi como un juego.

Los vendedores terminaban riéndose con él.

Tenía don de gentes.

Una vez, en una tienda de radios para coche, consiguió que le rebajaran tanto el precio que el dependiente acabó regalándome una pequeña linterna.

Yo me sentí el niño más afortunado del mundo.

Pero había otra parte importante de aquellos viajes.

La comida.

Porque viajar abría el apetito.

Parábamos en restaurantes de carretera donde servían escudella, carne a la brasa y pan con tomate.

Lugares llenos de camioneros, humo y conversaciones enormes.

Mi padre siempre pedía vino.

Mi madre café.

Y yo un flan gigantesco.

La mamamama decía que ningún viaje era bueno sin comer bien.

Quizá tenía razón.

Había algo profundamente feliz en aquellos almuerzos.

El cansancio.

El frío de fuera.

El calor del comedor.

Los cristales empañados.

Las chaquetas colgadas.

Las bolsas de compras acumuladas bajo la mesa.

Y nosotros cuatro hablando como si el tiempo no existiera.

Con los años, Andorra comenzó a transformarse.

La calle única empezó a llenarse de edificios.

Llegaron más turistas.

Más tráfico.

Más lujo.

Y también más prisas.

Pero nosotros seguíamos viajando.

A veces solo por costumbre.

Porque ya formaba parte de nuestra vida.

Entonces apareció el Punt de Trobada.

Aquello fue una revolución.

Un enorme centro comercial justo en la entrada de Andorra.

Muchísima gente iba solamente allí.

No hacía falta entrar en Andorra la Vella.

Aparcabas, llenabas el coche y regresabas.

Mi padre estaba fascinado.

—Esto es perfecto.

Y realmente lo parecía.

Tenía de todo.

Muchos decían que gracias a acuerdos con Leclerc los precios eran incluso mejores.

Nosotros pasábamos horas dentro.

Carros enormes.

Montañas de productos.

Perfumes.

Chocolate.

Electrónica.

Bebidas.

Tabaco.

Ropa.

Todo mezclado en una especie de paraíso consumista.

Yo ya era mayor entonces.

Incluso empecé a conducir algunos tramos.

La primera vez que mi padre me dejó llevar el Seat 1500 por la carretera de montaña sentí un miedo absoluto.

Él iba a mi lado.

Tranquilo.

—No luches contra el coche. Escúchalo.

La misma frase de siempre.

Y entonces empecé a entenderla.

Porque un coche realmente habla.

Habla en las curvas.

En el motor.

En las vibraciones.

En los silencios.

Conducir aquella carretera con mi padre al lado fue casi un rito de iniciación.

Cuando terminamos el tramo, me dio una palmada en el hombro.

—Muy bien.

Solo dijo eso.

Pero yo me sentí gigantesco.

Con el tiempo, inevitablemente, todo cambió.

Las carreteras mejoraron.

Los controles fronterizos perdieron importancia.

Comprar en Andorra dejó de ser tan extraordinario.

España empezó a llenarse de grandes superficies.

Los precios se igualaron.

La aventura empezó a desaparecer.

Y también nosotros cambiamos.

La mamamama envejeció.

Ya no podía soportar tantos kilómetros.

Mi padre comenzó a cansarse más al conducir.

Mi madre llevaba siempre pastillas para el dolor de espalda.

Y yo ya tenía mi propia vida.

Pero seguíamos haciendo algún viaje.

Por nostalgia.

Por costumbre.

Por amor a aquellos recuerdos.

Recuerdo especialmente uno de los últimos grandes viajes familiares.

Era invierno.

Hacía muchísimo frío.

Andorra estaba llena de nieve.

Las montañas brillaban bajo un cielo azul intensísimo.

Mi padre conducía más despacio que antes.

Ya no tenía aquella energía inagotable.

Pero seguía conservando la elegancia.

Seguía dando propina en las gasolineras.

Seguía hablando con desconocidos.

Seguía sonriendo igual.

Entramos en una cafetería cerca de Escaldes.

Mientras desayunábamos, él observó por la ventana durante unos segundos.

Después dijo:

—Todo ha cambiado mucho.

Yo asentí.

Las tiendas eran más modernas.

Los coches más caros.

Había más lujo.

Más edificios.

Más extranjeros ricos.

Menos aventura.

Mi padre sonrió ligeramente.

—Pero nosotros seguimos viniendo.

Y aquello resumía todo.

Porque en realidad nunca habíamos viajado solamente para comprar.

Eso era la excusa.

Lo importante era otra cosa.

La carretera.

Las conversaciones.

Las risas.

Los peligros compartidos.

Las mantas.

El chocolate Toblerone.

La nieve.

La sensación de estar juntos avanzando hacia algún lugar.

Años después, el Punt de Trobada desapareció.

Cuando pasé por allí y vi el edificio vacío sentí algo extraño.

Como si una parte de mi infancia hubiera sido demolida.

También Andorra había cambiado completamente.

De país humilde lleno de trabajadores portugueses pasó a convertirse en refugio de ricos.

Muy ricos.

Los apartamentos valían fortunas.

Los coches de lujo llenaban las calles.

Las tiendas exclusivas sustituyeron muchos negocios antiguos.

Y resultaba casi irónico ver a muchos andorranos bajar a comprar al Mercadona de La Seu d’Urgell.

El mundo daba vueltas extrañas.

Incluso la gasolina dejó de ser mucho más barata.

A veces era prácticamente igual de cara.

Y sin embargo yo seguía llenando el depósito allí.

No sé si realmente la gasolina andorrana es mejor o si simplemente quiero creerlo.

Pero siempre me parece que el coche corre más suave cuando salgo de allí.

Quizá sea imaginación.

O quizá los recuerdos también modifican las máquinas.

Hoy, cuando conduzco solo hacia Andorra, a veces me descubro buscando fantasmas.

La antigua gasolinera.

El descampado junto a Pyrénées.

Las tiendas de electrónica.

Los controles de la Guardia Civil.

Las mantas escondiendo paquetes.

La voz nerviosa de la mamamama preguntando:

—¿Ya hemos pasado?

Y la respuesta tranquila de mi padre.

—Sí. Ya está.

Entonces parábamos al borde de la carretera.

Sacábamos chocolate.

Nos reíamos.

Y durante unos minutos el mundo parecía perfecto.

He viajado mucho desde entonces.

He visto ciudades enormes.

Aeropuertos imposibles.

Hoteles espectaculares.

Carreteras infinitas.

Pero pocas aventuras me han marcado tanto como aquellos viajes familiares a Andorra.

Porque las verdaderas aventuras no siempre ocurren en selvas, océanos o desiertos.

A veces suceden dentro de un Seat 1500 gris plateado avanzando lentamente por una carretera llena de niebla.

A veces la épica consiste en atravesar la montaña de madrugada con una familia entera medio dormida y el maletero repleto de chocolate, azúcar y sueños.

A veces el héroe no lleva espada.

Solo conduce.

Y da buenas propinas.

Con el paso del tiempo comprendí que mi padre era el capitán de aquellas expediciones.

No necesitaba mapas sofisticados.

Ni tecnología.

Ni grandes discursos.

Le bastaba su experiencia.

Su calma.

Su manera de mirar la carretera.

Y nosotros confiábamos completamente en él.

Eso también se ha perdido un poco.

Hoy todo está calculado.

Todo aparece en una pantalla.

Las rutas.

Los radares.

El tiempo exacto.

Los accidentes.

Antes había incertidumbre.

Y la incertidumbre hacía los viajes más intensos.

Nunca sabías qué podía ocurrir.

Una nevada.

Un control.

Un accidente.

Un perro perdido.

Un atasco interminable.

O simplemente una conversación inolvidable.

Quizá por eso recuerdo aquellos trayectos con tanta claridad.

Porque estaban vivos.

Tenían riesgo.

Tenían improvisación.

Tenían humanidad.

Hace poco volví a pasar por la zona de Calaf una madrugada de invierno.

Había niebla.

La misma niebla espesa de mi infancia.

Durante unos segundos sentí que el tiempo desaparecía.

Casi podía ver el Seat 1500 avanzando delante de mí.

Los faros amarillos.

La silueta de mi padre inclinada sobre el volante.

Mi madre dormida.

La mamamama abrazando un bolso enorme.

Y yo detrás, mirando el mundo con los ojos abiertos de par en par.

Entonces comprendí algo.

Nunca viajábamos únicamente hacia Andorra.

En realidad viajábamos hacia una versión de nosotros mismos.

Hacia una época en la que todo parecía posible.

Hacia un tiempo donde comprar chocolate barato podía convertirse en una aventura extraordinaria.

Y quizá eso sea la infancia.

Convertir cosas pequeñas en epopeyas gigantes.

Hoy Andorra es distinta.

Barcelona es distinta.

Las carreteras son distintas.

Y yo también.

Pero cuando huelo gasolina en una mañana fría, cuando veo un viejo Seat clásico o cuando pruebo un trozo de Toblerone, algo vuelve.

Un eco.

Una carretera.

Un amanecer entre montañas.

Y la voz de mi padre diciendo simplemente:

—Venga, vámonos.

Entonces arranca de nuevo el viaje.

Aunque solo exista ya dentro de mi memoria.

FIN

Este relato ha sido creado por chatGPT con la siguiente entrada:

Yo conozco Andorra. Habré ido más de 100 veces… Todas a comprar. También a casa de amigos míos que tenían una casa en Andorra, sobre todo, como base para esquiar en la nieve.

La primera vez que fui sería por el año 1.968, con 8 años. Íbamos con el Seat 1500 gris plateado de mi padre. Recuerdo su matrícula: B-565.393. Hemos hecho muchos viajes con ese coche. Recuerdo repostar en la gasolinera que había en la esquina, lado montaña, de la calle Felipe II con la Meridiana…

Yo recuerdo haber visto la gasolina super, que era entonces de 96 octanos a 11 pesetas el litro, y la normal de 85 octanos. Más tarde, añadieron la extra de 98 octanos y la normal la subieron de 85 a 90 octanos. Mi padre, sin bajarse del coche, le daba las llaves a uno de los «gasolineros», que entonces esa gasolinera «daba trabajo» a unas 10 personas por cada turno y le decía: «LLENO»… Y en el 1.500 cabían 60 litros. Mi padre le pagaba, sin despeinarse, y además le daba una «buena» propina al gasolinero…

Mi padre era un trabajador de clase media… Daba buenas propinas. Mi padre tenía «clase»…

Pues bien, hacíamos muchos viajes y también íbamos a Andorra «a comprar». Si, porque era todo mucho más barato. Casi todo valía la mitad o menos.

La gasolina, justo la mitad. La leche, francesa y mucho más buena casi una tercera parte. El azúcar, casi regalado. Y el tabaco a la mitad. Y el whisky a menos de la mitad. El chocolate, el toblerone, muy barato. La colonia y los perfumes, de mucha calidad, y mucho más barato. Y para el coche casi todo a mitad de precio: los neumáticos, el radiocassette, la antena automática y todo tipo de accesorios como hasta las alfombrillas, el plumero (para limpiar el coche)…

Andorra era solamente «UNA CALLE»… Llegabas y aparcabas en un descampado gratuito al lado de los Pyrenées. Bajabas del coche y allí mismo estaba la casa Levis, con los pantalones vaqueros 501 de etiqueta naranja y roja a menos de la mitad de precio. También era costumbre comprarte unos Sebagos a mitad de precio… Un reloj, un despertador y todas las novedades electrónicas del momento, mejores y a mitad de precio…

Pues bien, llenabas el coche hasta los topes… El coche iba ya entonces a tope, porque muchas veces venía mi abuela materna, la mamamama, la mamá de mi mamá… y llevábamos mantas para taparnos de madrugada, porque por Calaf hacía mucho frío entonces y también para «esconder» las compras, aparte de ponerse muchas prendas encima…

Era divertido… Había que organizarse… para pasar la aduana sin pagar… El 1500 era muy grande y había muchos sitios para esconder… Estaba la aduana convencional… y después solía haber «controles» sorpresa… pero no más lejanos de 20 kilómetros de la frontera… Recuerdo a mi mamamama preguntarle a mi padre ¿Ya hemos pasado? Y si mi padre decía que si, entonces parábamos, nor reíamos y hacíamos una parada comiendo chocolate toblerone y otras pastas, por ejemplo… Ya no hay toda esa diversión…

Solíamos salir de Barcelona, de madrugada, para llegar a las 8 de la mañana a Andorra. La carretera era muy peligrosa, sobre todo entre Calaf y Pons. La pasábamos de madrugada. Había mucha niebla… y había muchos accidentes… incluso con muertos… y había retenciones por un accidente y teníamos que estar parados, igual 2 horas… entre que venía la policía, la ambulancia y la grúa para quitar el coche de la carretera, porque antes, cuando había un accidente en una carretera de montaña se cortaba la circulación varias horas hasta que el coche era desalojado… Otra historia…

Antes, Andorra, era un viaje de «compras». Hace ya un tiempo, había un centro comercial llamado «Punt de Trobada», justo a la entrada de Andorra que era un «chollo». Tenía todo lo barato que podías encontrar en Andorra, sin necesidad de entrar, y aún más barato. Me parece que tenía un convennio con la empresa francesa Leclerc. Muchas veces iba a Andorra a comprar. Llegaba, aparcaba el coche en el aparcamiento de Punt de Trobada, llenabas el coche y volvías… sin necesidad de pasar por Andorra la Vella…

Ya no existe el Punt de Trobada… Y los andorranos van a aomprar al Mercadona de la Seo d’Urgell…

De una Andorra pobre con la mayoría de trabajadores portugueses a una Andorra para ricos, muy ricos…

Incluso la gasolina, de estar a mitad precio que en España ha pasado hasta a ser un poco más cara… aún así yo lleno el depósito porque la gasolina de Andorra es mucho más buena, puedes hacer muchos más kilómetros con los mismos litros de gasolina… ¿Tan mala es la gasolina de España? ¿Tan buena es la gasolina de Andorra? Es un misterio…

En fin, hoy día hay que ser MUY RICO para poder vivir en Andorra y también MUY CAPRICHOSO para querer comprar en Andorra, porque casi todo, sobre todo los productos electrónicos, son más caros en Andorra que en España…

Y la reflexión ha sido:

Tu texto tiene algo muy valioso: memoria real. No parece inventado. Se nota que has vivido esas carreteras, esas gasolineras, la niebla de Calaf, el miedo a la aduana y aquella Andorra antigua que ya no existe. Ahí está la fuerza del relato.

Además, hay detalles que convierten el recuerdo en literatura:

  • la matrícula exacta del Seat 1500,
  • el “LLENO” dicho desde la ventanilla,
  • los 11 pesetas el litro,
  • las mantas escondiendo compras,
  • la mamamama preguntando “¿Ya hemos pasado?”,
  • el Toblerone celebrando el éxito tras la frontera.

Eso es oro narrativo porque da verdad.

También funciona muy bien el contraste entre dos mundos:

  • la Andorra pobre, barata y aventurera de los años 60-70,
  • y la Andorra actual, rica, elitista y casi sin encanto popular.

Ahí hay una historia generacional muy potente. En realidad, el texto no habla solo de Andorra. Habla de:

  • la España de entonces,
  • la clase media trabajadora,
  • los viajes familiares,
  • las carreteras peligrosas,
  • el contrabando “doméstico” casi inocente,
  • y una época donde viajar tenía épica.

La frase “Mi padre tenía clase” resume muchísimo con muy poco. Humaniza al personaje inmediatamente.

Y hay otro aspecto importante: el viaje era parte de la aventura. Hoy se llega rápido y punto. Antes el trayecto era casi una expedición:

  • salir de madrugada,
  • niebla,
  • accidentes,
  • controles,
  • frío,
  • mantas,
  • nervios,
  • esconder mercancía,
  • desayunar en carretera.

Eso tiene muchísimo potencial literario y cinematográfico.

Lo más nostálgico quizá sea esto: antes comprar era una experiencia extraordinaria. Hoy todo está en Amazon o en un centro comercial idéntico. Aquella Andorra tenía misterio, diferencia y sensación de frontera.

Y el final tiene bastante verdad sociológica:

  • Andorra pasó de economía popular de frontera a refugio fiscal y residencial de alto nivel.
  • España se llenó de grandes superficies.
  • Los precios dejaron de compensar.
  • Y la aventura desapareció.

La imagen de los andorranos bajando al Mercadona de La Seu d’Urgell es casi perfecta como símbolo del cambio de época.

Tu texto funcionaría muy bien:

  • como capítulo autobiográfico,
  • como artículo costumbrista,
  • como columna nostálgica,
  • o como base para una novela de memoria familiar sobre la España de los 60, 70 y 80.

Y lo mejor es que no intenta parecer literario. Precisamente por eso resulta auténtico.


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