El Legado de Luis Toribio Troyano: Memorias de un tiempo mejor

Jóvenes de hoy, nacidos en la era de los smartphones, los algoritmos y las promesas rotas: deteneos un momento. Apagad la pantalla que os devora el alma y escuchad a un hombre que ha vivido lo que vosotros solo veis en fotos desteñidas. Me llamo Luis Toribio Troyano, ingeniero industrial superior, CQP en Matemáticas, pensador, guionista y director de cine, y me autodenomino, sin falsa modestia, El Hombre Universal. Nací el 15 de mayo de 1960 en Barcelona, en plena primavera de un país que despertaba. Y os lo digo con el corazón en la mano, con la autoridad de quien ha visto el antes y el después: en la España de hace cincuenta años —los años 60 y 70, el tiempo de mi infancia y juventud— se vivía mejor. Había más esperanza, más seguridad, más expectativas reales de crecer. No era un paraíso perfecto, pero era un suelo firme donde un chico de clase media podía soñar con ser ingeniero, campeón de ajedrez, piloto de motocross y, sobre todo, hombre de bien. Hoy, ese suelo se ha vuelto arena movediza de narcotráfico, inseguridad, pantallas vacías y un Estado que parece haber olvidado defender a los suyos.

Permitidme que os cuente mi historia no como un viejo gruñón, sino como un testigo. Como quien os tiende la mano desde 1976, cuando tenía dieciséis años y el mundo aún olía a gasolina de 92, a pan recién hecho y a alioli de los domingos en Parets del Vallès. Usaré mis propias memorias —las que estoy escribiendo al estilo de Memorias de África, porque mi África particular fue Barcelona y sus alrededores—, mis boletines del Colegio Maristas La Inmaculada, las fotos de mis motos y de aquellas comidas familiares en San Pedro de Ribas. Os mostraré, con hechos y sentimientos, por qué aquella sociedad nos daba alas y esta os las corta.

Capítulo I: La inocencia que no se compraba con likes

Imaginaos un niño de diez años en 1970. Yo era ese niño. Vivíamos en un piso de alquiler en la calle Bassols, barrio de Gracia, Barcelona. Balcón a la calle, patio interior donde las vecinas tendían ropa y cantaban coplas. No había móviles, ni redes, ni miedo a que un desconocido te siguiera por una app. Jugábamos en la calle hasta que anochecía. Las madres nos llamaban desde los balcones: «¡Luis, a cenar!». Y bajábamos corriendo, sucios de tierra y felices.

Los domingos eran sagrados. Mi padre, Luis Toribio, funcionario de aduanas, honrado hasta la médula, sacaba el Renault Gordini blanco (matrícula B-351401, matriculado en febrero de 1964, como he calculado con precisión de ingeniero). Mi madre, María Teresa, preparaba tortilla de patatas, butifarra, conejo con alioli y naranjada en botellas de cristal. Cargábamos la nevera de mimbre, las sillas plegables de aluminio (¡clac-clac! todavía oigo ese sonido en mis sueños), la mesa plegable y rumbo a Parets del Vallès. Allí, bajo los pinos, extendíamos el mantel de hule con flores amarillas. Doce, quince personas: tíos, primos, risas que retumbaban. Comíamos despacio, contábamos chistes malos («¿Sabéis por qué el tomate no va al colegio? ¡Porque ya tiene tomate!»), jugábamos al tute o al cinquillo por la tarde y, si íbamos a casa de los primos en San Pedro de Ribas, terminábamos con chocolate con churros o fruta en el patio del limonero.

Aquello no era lujo. Era clase media pura, el motor del milagro económico español. Mi padre cambiaba de coche con prudencia: del 4CV blanco al Seat 1500 gris plateado (B-565393, 19 de junio de 1963), luego el Gordini, el Seat 1430 FU, el 131 Supermirafiori… Todos nuevos, lavados los sábados con esponja y manguera mientras yo le pasaba el trapo. Cada matrícula era un orgullo. Hoy, ¿cuántos jóvenes de veinte años pueden aspirar a un coche propio sin endeudarse hasta los huesos? Nosotros aspirábamos a más: a un futuro donde el esfuerzo se pagaba con estabilidad.

Y la seguridad… Ay, la seguridad. Podíamos dejar la bicicleta en la puerta. Los Reyes Magos eran verdad porque queríamos creer. La noche del 5 de enero limpiábamos los zapatos, poníamos agua y turrón. Por la mañana: bicicleta, mecano, balón de reglamento. Mis padres fingían sorpresa; yo fingía creer. Esa inocencia compartida valía más que cualquier “influencer” de hoy vendiendo sueños falsos.

Capítulo II: La escuela que forjaba hombres, no consumidores

Mirad mis boletines. Los tengo delante mientras escribo. 23 de junio de 1976, Colegio Maristas La Inmaculada, adscrito al Instituto Jaime Balmes. Primer curso de B.U.P. Lengua Española y Literatura: B-6. Idioma Moderno: S-5. Dibujo: Sb-9. Música y Actividades Artístico-Culturales: N-8. Historia: N-8. Formación Religiosa: B-6. Matemáticas: N-8. Ciencias Naturales: B-6. Educación Física y Deportes: S-5. Calificación global: NOTABLE. Firmado por el tutor.

1979, COU. Seminario de Lengua: Bien. Filosofía: — (pero suficiente en septiembre). Lengua Extranjera: Suficiente. Literatura: bien. Matemáticas: Bien. Física y Griego: Bien. Química: Suficiente. Biología: —. Dibujo Técnico: Suficiente. Fechas y firmas del director: 5 JUN. 1979 y 17 SET. 1979.

¿Sabéis qué significaba eso? Exigencia marista. Uniforme gris, corbata, disciplina. Frailes que nos hablaban de honor, esfuerzo y fe. Aprendíamos a leer, sumar, temer los exámenes… pero también a querer a los compañeros. No había “bullying” digital que te persiguiera 24 horas. Había profesores de carne y hueso que te corregían con cariño y rigor. Yo respondí: campeón absoluto de ajedrez en 1973-74. Trofeo en casa de mi hermana. Mi padre me llevó a cenar a Casa Amalia. Entendí que el esfuerzo tiene recompensa.

Hoy, ¿qué os ofrecen? Universidades infladas de deuda, títulos que no valen nada, pantallas que os distraen del verdadero conocimiento. Nosotros salíamos del colegio con herramientas reales: yo me hice ingeniero industrial superior. Vosotros salís con ansiedad y préstamos estudiantiles. En los 70, la clase media crecía. El país despertaba tras la posguerra. Había ilusión. Hoy, muchos de vosotros ni siquiera os podéis permitir independizaros antes de los 30.

Capítulo III: La libertad de la tierra y la moto

Mirad las fotos que os muestro. Yo en motocross, con casco blanco, camiseta negra con letras amarillas “MONTESA”, botas embarradas, haciendo wheelie en una Montesa Cappra 125 VB. Tierra volando, motor rugiendo, libertad absoluta. Veranos en Vallirana: correr descalzo entre viñas, cazar grillos, baños en la piscina del pueblo. Noches en el porche, mi padre contando historias de la guerra (suavizadas). Campamento en Málaga 1977 con UCD, o en Sant Pere de Ribas (San Pedro de Ribas): primos, amigos, política, sol andaluz. A los 17 años sentía que España cambiaba conmigo.

El Tibidabo, el Zoo de Barcelona, la playa de Barceloneta: castillos de arena, monos, elefantes, tranvía azul. Verano interminable. No había miedo a que un narco te vendiera muerte en la esquina. El ejército estaba para defender el Estado, no para catástrofes o regalos a Zelenski o al rey de Marruecos. El narcotráfico era una amenaza lejana; hoy es una plaga que corroe barrios enteros. Yo digo lo que pienso: el narcotráfico debe combatirse con el Ejército español, bien armado. Es una amenaza para el Estado. Usad las armas que pagamos para defendernos, no para otras guerras.

En aquellos años, un chico como yo podía soñar con ser campeón de ajedrez, piloto de motos, ingeniero. Había espacio para crecer. Hoy, muchos jóvenes ven el futuro como un muro: paro juvenil, vivienda imposible, drogas que entran por las fronteras como si nada.

Capítulo IV: La familia, el verdadero tesoro

Mirad la foto de aquella comida familiar. Yo joven, con gafas, camisa a cuadros; mi hermana pequeña con vestido blanco; mi madre y la abuela; botellas de vino, copas de champán, Coca-Cola, un payaso de juguete. Mesa blanca, mantel de hule, risas. Aquello era el núcleo. Padres que llegaban a las tres para comer y siesta. Madres que cosían y cuidaban con orden y cariño. Hermanas: Montse, Paquita, María José. Tíos, primos. El himno marista: “Por el mundo nos envía Marcelino Champagnat…” Lo cantábamos con el pecho henchido.

Hoy, familias rotas por el individualismo, pantallas que sustituyen conversaciones, divorcios fáciles. Nosotros construíamos país con decoro: nevera, lavadora, coche modesto, mucha ilusión. No éramos ricos, pero tampoco pobres. Éramos el motor discreto del progreso.

Capítulo V: El contraste brutal con hoy

Jóvenes, mirad a vuestro alrededor. Narcotráfico en las calles, inseguridad, un Estado que parece rendido. Armas que se regalan mientras aquí nos desangramos. Juventud enganchada a likes en vez de a libros o a una llave inglesa. Expectativas de crecimiento: en los 70, España crecía, la clase media ascendía, había trabajo honrado. Hoy, muchos de vosotros os sentís estafados: títulos caros, sueldos de miseria, un mundo que os dice “sé influencer” en vez de “sé útil”.

Yo lo viví. Vi el Gordini blanco subiendo cuestas, el olor a cera de los colegios de frailes, los domingos en Parets que eran paraíso. Vi cómo el esfuerzo de mi padre —funcionario honrado— nos dio estabilidad. Vi cómo el ajedrez me enseñó estrategia, las motos me enseñaron coraje, los Maristas me forjaron carácter.

No os pido que volváis al pasado. Os pido que exijáis un futuro que se parezca a él: más seguro, más familiar, más esperanzado. Combatid el narcotráfico como amenaza real. Valorad el esfuerzo. Recuperad los domingos en familia, las risas en el campo, la inocencia que se defiende.

Porque yo, Luis Toribio Troyano, El Hombre Universal, os lo juro por mis recuerdos: en aquella España de hace 50 años se vivía mejor. Había más expectativas de crecimiento. Más vida real. Más futuro.

Y si no me creéis, mirad mis boletines. Mirad las fotos de la Montesa Cappra. Mirad la mesa de aluminio en Parets. Ahí está la prueba. Ahí está mi África particular.

Ahora, jóvenes: ¿qué vais a hacer con la vuestra?


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