Nuevo libro: El Capitán Troyano
Primer Capítulo
Luis Toribio Troyano, dibujante de cómics
Me llamo Luis Toribio Troyano y, si alguien me pregunta qué soy, respondo siempre lo mismo: soy el Hombre Universal. Ingeniero industrial superior por la Politécnica de Barcelona, CQP en Matemáticas, pensador, guionista, director de cine, compositor musical y, desde hace poco tiempo, dibujante de cómics a tiempo completo. Veintisiete libros publicados, diecinueve canciones registradas en la SGAE y una vida entera dedicada a entender por qué el ser humano es tan capaz de crear belleza como de destrozarla con saña. Pero nada de eso importa ahora. Lo que importa es que, a mis sesenta y pico años, he cogido el rotulador negro y la tableta gráfica y me he lanzado al mundo del cómic como quien se tira a un pozo sin fondo: con la esperanza de que los jóvenes españoles, esos chavales de dieciséis a veinticinco años que han crecido viendo cómo sus padres perdían el trabajo, la casa y la dignidad, entiendan de una vez la monumental farsa en la que vivimos.
Todo empezó una tarde de mayo de 2026. Estaba en mi Fortaleza Digital de Sant Pere de Ribes, rodeado de pilas de guiones viejos, partituras a medio terminar y recortes de prensa que acumulaban polvo desde los tiempos de Zapatero. En la tele, como siempre, un debate político: tres tertulianos gritando, un ministro sonriendo como si le hubieran inyectado botox en el alma y una periodista intentando parecer indignada mientras cobraba tres mil euros por aparecer cinco minutos. Me harté. Apagué el televisor, cogí un folio en blanco y dibujé lo primero que me salió del alma: un político con cara de cordero y cuerpo de lobo, vestido con traje de Armani, mordiendo la mano de un obrero mientras le decía «por tu bien, compañero». Debajo escribí con letra gótica: «La izquierda come de tu mano… y la derecha te la corta». Lo subí a X con el pseudónimo que ya usaba para mis viñetas: @toribio_troyano. En tres horas tenía diez mil retuits y quinientos mensajes de chavales diciendo lo mismo: «Por fin alguien lo cuenta sin filtros».
Aquella noche no dormí. Me di cuenta de que el cómic era el arma perfecta. Más rápida que un libro, más directa que una canción, más peligrosa que un artículo de opinión. La Codorniz, El Papus y El Jueves ya lo habían demostrado en los setenta y ochenta: con cuatro viñetas y un buen chiste se podía tumbar a un régimen entero. Yo no quería tumbar nada; solo quería que los jóvenes vieran la verdad sin que nadie se la endulzara con TikToks de influencers pagados por Moncloa.
Así nació Capitán Troyano.
No es un superhéroe de capa y mallas. Es un tipo normal, calvo incipiente, gafas de pasta, camisa de franela y una mochila llena de rotuladores. Su superpoder es la cordura en un país de locos. Su archienemigo no es un villano con rayos láser: es la Clase Política, una hidra de mil cabezas que cambia de color según las encuestas pero siempre termina comiendo del mismo plato: el de los ciudadanos. En mi primer cómic largo, que publiqué en formato digital gratis para que cualquiera con un móvil pudiera leerlo, Capitán Troyano se enfrentaba al «Dragón de las Subvenciones»: un monstruo que escupía billetes de cien euros a cambio de votos y que, cuando alguien le pedía cuentas, respondía con un «es que tú eres de extrema derecha» aunque el que preguntara fuera un obrero de Comisiones.
La historia no es autobiográfica… o sí lo es, según se mire. Yo soy Capitán Troyano. Y los jóvenes españoles son el público al que quiero salvar. Porque esta generación ha heredado lo peor de todo: una deuda pública que no van a poder pagar, un mercado laboral de mierda donde les pagan en «experiencia» y «visibilidad», y una clase política que les vende utopías mientras se forra con los fondos europeos y los enchufes.
En el segundo número, que ya va por las cincuenta mil descargas, Capitán Troyano entra en el Congreso de los Diputados disfrazado de bedel. Allí se encuentra con la «Sra. Ministra de la Felicidad Obligatoria», una señora con sonrisa de anuncio de dentífrico que obliga a los españoles a ser felices por decreto. Si protestas, te multan. Si te quejas del paro juvenil del 28 %, te llaman «negacionista de la prosperidad». El chiste final es brutal: Capitán Troyano le ofrece un espejo y la ministra se derrite como la bruja del Mago de Oz al verse reflejada tal cual es: una burócrata más preocupada por su cuenta de Instagram que por el futuro de la gente.
Pero no todo es risa. Detrás de cada viñeta hay rabia contenida. Rabia de ingeniero que ha visto cómo los políticos destrozan la industria, rabia de compositor que ha visto cómo la cultura se convierte en propaganda, rabia de padre (aunque no tenga hijos) que no quiere que la generación siguiente herede un país de siervos. Por eso escribo para los jóvenes. Porque ellos no vivieron la Transición, no vivieron el 23-F, no vivieron la movida. Solo han vivido recortes, mentiras y postureo. Les estoy contando la farsa desde dentro, con viñetas que se leen en tres minutos pero se recuerdan toda la vida.
Mis cómics no son neutrales. Nunca lo han sido. Soy feminista porque soy socialista, como dije una vez en un tuit que me costó una oleada de insultos de ambos lados. Pero mi socialismo no es el de los que viven en chalés de Galapagar. Es el del obrero que paga impuestos para que los hijos de los políticos estudien en colegios privados. Es el del parado de cuarenta y cinco años al que le dicen que tiene que «reinventarse» mientras los bancos rescatados con su dinero siguen repartiendo bonus. Es el del joven que ve cómo le suben el alquiler mientras los fondos buitre compran barrios enteros con el dinero que el Gobierno les da «para la transición ecológica».
En el tercer número, que estoy terminando ahora, Capitán Troyano viaja al futuro: España en 2035. Un país donde ya no hay partidos, solo «marcas»: Marca Progreso, Marca Libertad, Marca Identidad. Todas vendidas en el mismo supermercado. El presidente es un algoritmo que gana elecciones porque sabe qué meme publicar en cada momento. Los jóvenes viven en pods de 9 m² pagados con criptomonedas que el Estado controla. Y en medio de esa distopía aparece Capitán Troyano con su rotulador y una sola frase: «Si no os reís de ellos, ellos se reirán de vosotros hasta que os muráis de hambre».
Quiero que este libro, El Capitán Troyano, sea el manual de resistencia gráfica de una generación. No un tratado político. No un panfleto. Un cómic. Porque el cómic es el arte del pueblo, el que entra en los móviles, en los institutos, en las habitaciones de los chavales que no leen prensa pero sí devoran viñetas. Quiero que lo lean en el metro, en la cola del paro, en la pausa del McDonald’s donde trabajan por 6,50 la hora. Quiero que se rían y que, al terminar la última página, se queden con una pregunta clavada en el pecho: ¿y si todo esto que nos venden como democracia no es más que un circo con entradas vendidas de antemano?
No pretendo cambiar el mundo. Solo pretendo que los jóvenes dejen de tragárselo. Que vean que la izquierda y la derecha, cuando llegan al poder, se parecen sospechosamente: mismos jets privados, mismas puertas giratorias, mismos amigos en las constructoras, mismos sobornos disfrazados de «asesorías». La farsa es bipartidista, pluripartidista y transnacional. Y yo, con mis viñetas, solo estoy encendiendo la luz en la sala de espejos donde nos tienen encerrados.
Este primer capítulo no es el comienzo de una historia de ficción. Es el acta notarial de mi rendición incondicional al cómic como última trinchera. Mañana saldrá el número cuatro: «El Gran Pucherazo de la Conciencia». En él, Capitán Troyano descubre que las elecciones ya no se ganan con votos, sino con algoritmos de redes sociales pagados con dinero público. El eslogan final es mío y lo firmo con sangre: «Si no te ríes de quien te gobierna, terminarás llorando por lo que te han robado».
Y ahora, si me disculpáis, tengo que volver al tablero. Hay una viñeta que no me convence. El ministro de Hacienda aparece disfrazado de Robin Hood… pero robando a los pobres para dárselo a los bancos. El trazo tiene que ser perfecto. Porque los jóvenes se merecen la verdad, sí. Pero sobre todo se merecen que esa verdad les haga reír antes de que sea demasiado tarde.
Firmado,
Luis Toribio Troyano
El Hombre Universal
Dibujante de cómics y, sobre todo, Capitán Troyano.
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