
LETRA:
Hay un polvorín cerca del Trampolín.
Valla sencilla. Puesto de control.
La confianza de que nadie se atreverá.
Esa noche el teniente coronel escribe
una sola frase en el cuaderno:
Si el objetivo no es entrar, sino rodear lo que no se ve,
estamos tarde.
No fue una carga de caballería.
No fue un desembarco.
Fue la costumbre de sentarse a la puerta
y filmar el alambre.
La toma del arsenal de Ceuta
no se midió en cajas de munición:
se midió en horas dentro,
en banderas improvisadas
y en un gobierno que llegó cuando ya estaba el relato.
Tres días después el caos ya es rutina.
El CETI rebosa. Madrid descarta la alarma.
Hombres jóvenes se sientan junto al recinto.
No irrumpen. Observan.
Algunos se bañan. Otros no se bañan.
Miran demasiado rato hacia el mismo punto.
El sargento Moreno lo pone en el parte:
Mallazo. Un control. Hormigón de otra guerra.
Doscientos metros. Gente que no debería estar.
Hay interferencias en las frecuencias.
Hay drones que nadie quiere nombrar.
En Rabat se habla de cooperación.
En las redes del Majzén, de territorio pendiente.
En un despacho sin cámaras
nadie dice la palabra invasión.
Dicen presión demográfica.
Dicen zona gris.
Dicen hechos consumados.
Dicen: no hace falta tomar el arsenal a cañonazos.
Basta con que deje de ser un lugar seguro.
En Madrid el Consejo debate readmisiones
y no caer en provocaciones.
Ceuta es españolísima,
pero el telegrama a Almazán
ordena evitar alarmismos
y guardar la calma institucional.
Él lo mete en el mismo cajón
donde guarda el cuaderno.
Un general retirado, sin acta:
si normalizan cientos de desconocidos
junto a un depósito,
regalan la narrativa.
Marruecos no necesita ganar una batalla.
Necesita que España parezca
incapaz de guardar su propia casa.
Refuerzan las calles comerciales.
Un buque en la bahía.
Comunicados de despliegue extraordinario.
Lo que no se refuerza
son los perímetros que no salen en la foto.
Almazán sube la guardia de noche
sin ponerlo del todo por escrito.
Si algo sale mal, será suya la culpa.
Si no hace nada, también.
¿De verdad quieren el arsenal?
Quieren lo que el arsenal representa.
A mediados de agosto el grifo se cierra
cuando a Rabat le conviene.
Cooperación, dicen.
Prueba, piensan en Ceuta.
No es un ejército.
Es una presencia.
La planta de agua. El cuartel. El depósito.
Tres entran por un tramo viejo,
graban una nave de polvo y señalética,
y salen antes del refuerzo.
El Ministerio: instalación en desuso.
Las redes: el arsenal rodeado
y el gobierno que lo permite.
No hacía falta un botín de guerra.
Bastaba la fotografía de la vulneración.
Esa noche: piedras, contenedores,
gritos de Sebta.
Madrid pide no escalar.
La toma fue una noche de agosto.
Relevo retrasado.
Más gente en la playa.
Comunicaciones que fallan un rato.
La plantilla cubriendo disturbios en el centro.
Cuando llegan las unidades
ya hay decenas dentro del perímetro.
No han abierto los búnkeres.
Han ocupado naves.
Se han subido a tejados bajos.
Han puesto banderas que no son de aquí.
Desalojo. Forcejeos. Gases. Horas.
Al amanecer el recinto vuelve a ser español.
Las imágenes, no.
En Madrid: incidente controlado.
En Rabat: silencio oficial.
En las redes: hemos estado dentro.
Rivas, con un corte en la ceja:
Hemos recuperado el terreno.
Hemos recuperado el terreno por hoy.
El relato, no.
Se refuerzan vallas.
Se abren expedientes.
Se anuncian inversiones.
Se expulsa a parte de los que entraron.
Ceuta sigue siendo intangible en los papeles.
Pero algo se ha desplazado.
La desconfianza entre vecinos.
Quien habla de irse.
Quien monta autodefensa
y el Gobierno lo mira de reojo.
La moral del cuartel:
orgullo de haber aguantado
y certeza de que lo siguiente será peor.
Almazán se va “por rotación”.
Entrega el cuaderno a un periodista
con la condición de esperar.
No nos han conquistado con una batalla.
Nos están colonizando con la paciencia,
con la prudencia mal entendida
y con la costumbre de mirar a otro lado
cuando el peligro todavía no tiene forma de tanque.
Años después discutirán
si hubo plan maestro o solo oportunismo.
Nadie discutirá el dato:
aquella noche un recinto secundario
estuvo ocupado durante horas
por quien no debía estar.
El arsenal no cambió de bandera.
Cambió de significado.
La toma del arsenal de Ceuta
no se midió en cajas de munición:
se midió en horas dentro,
en el alambre cortado,
en las banderas improvisadas
y en una puerta que, un agosto de dos mil veintiséis,
estuvo más abierta
de lo que Madrid quiso admitir.
Las ciudades no se pierden
el día que entra el ejército contrario.
Se pierden el día en que uno se acostumbra
a que el contrario se siente en la puerta.
Y en Ceuta, aquella puerta
estuvo abierta unas horas.
Solo unas horas.
Bastaron.
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