ATAQUE ZOMBI CON CÓCTELES DE AGUARRÁS EN CEUTA
Capítulo 1
El sol de agosto de 2031 no perdonaba. Sobre las murallas de Ceuta el calor subía en ondas que hacían temblar el aire y el acero de las vallas. El teniente Javier Mora apoyó los prismáticos contra los ojos y vio, una vez más, lo que ya no sorprendía a nadie: una masa oscura avanzando desde el monte Hacho hacia el perímetro norte. No era una avalancha desordenada. Se movía en oleadas cortas, se detenía, se reagrupaba. Entre la multitud había figuras que no corrían igual que las demás. Andaban con los brazos rígidos, la cabeza ladeada, la boca abierta en un gemido continuo que el viento traía hasta los puestos de observación.
—Zombis otra vez —dijo el sargento Ruiz, sin apartar la vista del visor térmico—. Y detrás, los de siempre.
Los de siempre eran hombres y mujeres vivos, organizados en pequeños grupos que usaban a los infectados como pantalla. Llevaban mochilas, bidones y botellas. Cuando la primera línea de zombis chocó contra la concertina, los vivos se agacharon, encendieron mechas y lanzaron. El aguarrás ardió con una llama amarilla sucia, densa, que se pegaba a todo lo que tocaba. El olor a trementina y carne chamuscada llegó hasta el puesto de mando en menos de un minuto.
Javier dio la orden de fuego de contención. Las ametralladoras marcaron una línea roja en el terreno. Algunos zombis cayeron y siguieron arrastrándose. Otros siguieron adelante hasta que las llamas los envolvieran. Los atacantes vivos se retiraron en desorden aparente, pero Javier sabía que no era desorden. Era táctica. Llevaban cuatro años viendo lo mismo.
Aquella noche, en el cuartel de García Aldave, el coronel Vázquez reunió a los mandos.
—Esto no es una crisis migratoria —dijo, señalando el mapa lleno de flechas rojas—. Es una guerra híbrida. Usan a los infectados como arma biológica improvisada, lanzan cócteles para saturar nuestros sistemas de extinción y de visión nocturna, y después vienen las oleadas humanas. Mañana volverán. Y pasado. Y el año que viene.
Nadie discutió. En Ceuta ya no se discutía el diagnóstico. Solo se aguantaba.
Capítulo 2
El origen del mal nunca se aclaró del todo. En 2028 aparecieron los primeros casos en campamentos improvisados al otro lado de la frontera. Fiebre alta, agresividad extrema, necrosis rápida en las extremidades y una necesidad compulsiva de morder. No eran muertos que caminaban. Eran vivos que habían perdido casi todo lo que los hacía humanos. El virus, o lo que fuera, se transmitía por fluidos y por un vector que nadie identificó con certeza: un hongo, un prion, un agente modificado. Los gobiernos hablaron de “síndrome de descomposición conductual”. En las trincheras lo llamaban zombis y punto.
Las bandas que los empujaban contra Ceuta no eran un ejército regular. Eran redes fluidas: contrabandistas, milicianos, grupos ideológicos, simples desesperados organizados por quien les pagaba o les prometía tierra. Usaban drones baratos para filmar cada ataque y colgarlo en redes. Cada cóctel de aguarrás que impactaba contra un blindado o una torre de vigilancia se convertía en un vídeo de treinta segundos con música épica y mensajes de “la fortaleza caerá”.
El sargento Ruiz había perdido dos hombres en una emboscada en el Tarajal en 2030. Un grupo de vivos se había escondido entre los zombis, esperó a que la patrulla bajara la guardia y lanzó seis botellas a la vez. El aguarrás no explota como la gasolina. Arde más lento, se adhiere, produce un humo negro que ciega las cámaras térmicas. Ruiz todavía soñaba con el olor.
Javier Mora llevaba un diario. Escribía poco:
“Día 1.147 de la contención. Hoy han usado a niños infectados en primera línea. Los vivos iban detrás, gritando consignas. Hemos disparado. No sé cuántos eran ya zombis y cuántos no. El coronel dice que no importa. Yo digo que sí importa, pero disparo igual.”
Capítulo 3
En marzo de 2033 la táctica cambió. Ya no solo atacaban de noche. Empezaron a hacerlo al amanecer, cuando el sol de frente cegaba a los centinelas, y al atardecer, cuando las sombras alargadas confundían los sensores.
Una patrulla de reconocimiento del Regimiento de Infantería Ligera “Tercio Duque de Alba” 2º de la Legión avanzaba por la zona de Benzú. Iban seis hombres. El cabo Herrera iba delante. Vio el movimiento tarde. De un barranco salieron primero tres zombis, después siete, después una docena. Detrás, siluetas humanas que ya tenían las mechas encendidas.
—¡Emboscada! —gritó Herrera.
Los cócteles cayeron en arco. Uno impactó contra el vehículo ligero. El aguarrás se extendió por el capó y empezó a gotear hacia el interior. El conductor aceleró hacia atrás, pero otro impacto le alcanzó la rueda. El vehículo se detuvo. Los legionarios saltaron y formaron un perímetro. Dispararon ráfagas cortas. Los zombis caían y se levantaban o seguían gateando. Los vivos se cubrían detrás de ellos, lanzaban y se retiraban.
Herrera recibió una salpicadura en el hombro. El líquido ardió a través del uniforme. Gritó. El soldado Navarro lo cubrió con tierra y una manta ignífuga mientras el resto mantenía el fuego. Tardaron once minutos en recibir apoyo aéreo. Un helicóptero Tigre disparó cohetes contra el barranco. Cuando el humo se disipó, quedaban cuerpos. Algunos se movían todavía.
Esa noche el parte oficial habló de “incidente de baja intensidad”. En el cuartel nadie se lo creyó. Habían perdido el vehículo y Herrera acabó con quemaduras de segundo grado y una infección que los médicos no sabían si era del virus o de la trementina.
Javier visitó a Herrera en la enfermería.
—¿Volverás?
—Claro —respondió el cabo, con la voz ronca—. Aquí no hay otro sitio adonde ir.
Capítulo 4
Los años pasaron y la guerra no tuvo frente definido. En 2034 las bandas empezaron a usar túneles cortos excavados cerca de la valla. En 2035 combinaron los ataques con interferencias electrónicas baratas que saturaban las comunicaciones durante veinte minutos. En 2036 aparecieron francotiradores ocasionales que cubrían a los lanzadores de cócteles.
Ceuta se convirtió en una ciudad-cuartel. Los civiles que no se habían marchado vivían en bloques con ventanas tapiadas y generadores. El puerto funcionaba a medio gas. Los ferries llegaban con refuerzos y se iban con heridos y ataúdes. Madrid enviaba comunicados sobre “defensa firme de la integridad territorial” y “cooperación internacional”. En la calle de Ceuta la gente hablaba de aguantar un año más, y después otro.
El teniente Mora fue ascendido a capitán. Ruiz se quedó de sargento porque no quería más responsabilidad. Entre los dos se entendían sin hablar mucho.
Una madrugada de 2037, Ruiz le dijo:
—Esto no se acaba porque a nadie le interesa que se acabe. Ellos ganan con cada vídeo. Nosotros ganamos con cada presupuesto extraordinario. Y los zombis… los zombis solo ganan terreno.
Javier no respondió. Miraba el mapa. Las flechas rojas ya no eran flechas. Eran manchas.
Capítulo 5
El soldado Elena Vargas tenía veinticuatro años y había llegado a Ceuta en 2035. Venía de un pueblo de Jaén donde la gente todavía creía que aquello era “un problema de frontera”. A las dos semanas ya no lo creía.
Elena llevaba un cuaderno donde apuntaba los olores. El de la sal. El del aceite quemado de los generadores. El del aguarrás cuando el viento soplaba de tierra. El de la carne cuando un zombi ardía demasiado cerca.
En una operación de limpieza en el polígono industrial abandonado encontraron un grupo mixto: cinco infectados encadenados entre sí y tres vivos que los usaban como escudo móvil. Los vivos lanzaron los cócteles desde detrás de los zombis. Uno de los bidones reventó contra una pared y el líquido inflamado corrió por el suelo como un río amarillo. Elena vio cómo un compañero resbalaba y quedaba cubierto. Gritó su nombre. El hombre no respondió. Solo se agitó mientras las llamas subían.
Esa noche Elena escribió en el cuaderno:
“No son monstruos los que más miedo dan. Son los que todavía pueden hablar y eligen usar a los que ya no pueden.”
Al día siguiente volvió al perímetro.
Capítulo 6
El ataque más grande llegó en octubre de 2038. Lo llamaron Operación Marea Negra, aunque nadie sabía quién le había puesto el nombre. Durante tres noches consecutivas las bandas empujaron oleadas de infectados contra tres puntos distintos de la valla. Al mismo tiempo, grupos pequeños se infiltraron por la costa con embarcaciones rápidas y lanzaron cócteles contra los depósitos de combustible del puerto.
El fuego se vio desde Algeciras.
Javier coordinó la defensa del sector este. Las ametralladoras se calentaron hasta ponerse al rojo. Los sistemas de extinción automática se saturaron. El olor a aguarrás se metió en los filtros de las máscaras. Un zombi consiguió trepar por una sección dañada de la concertina y cayó dentro del recinto. Lo abatieron a tres metros de un generador.
Al amanecer del cuarto día el ataque cesó. Quedaron cientos de cuerpos. Algunos seguían moviéndose débilmente. Los vivos se habían retirado otra vez, dejando vídeos y mensajes: “La fortaleza arde. Pronto será nuestra.”
El coronel Vázquez, ya canoso y con un tic en el ojo izquierdo, reunió a los oficiales.
—Han perdido más que nosotros —dijo—. Pero ellos pueden permitirse perder. Nosotros no.
Nadie preguntó cuánto tiempo más podrían permitírselo.
Capítulo 7
En 2040 Ceuta seguía en pie. Las murallas habían sido reforzadas con hormigón y sensores nuevos. Los soldados rotaban cada seis meses, aunque muchos pedían quedarse. Habían desarrollado una forma extraña de patriotismo: no el de las banderas en los desfiles, sino el de no ceder un metro más.
Javier Mora tenía cicatrices en las manos y una sordera parcial en el oído izquierdo. Ruiz había empezado a hablar solo. Elena Vargas mandaba ya una escuadra.
Una tarde, mientras revisaban el perímetro, vieron una figura solitaria acercarse. No corría. No gemía. Caminaba erguida. Cuando estuvo a doscientos metros levantó los brazos para mostrar que no llevaba nada. Era un hombre vivo, flaco, con la ropa quemada.
—Quiero pasar —gritó en un español torpe—. Estoy harto.
Los protocolos decían que no se abría la valla por un solo hombre. El hombre se quedó allí hasta que anocheció. Al día siguiente ya no estaba. En su lugar había una botella vacía de aguarrás y un mensaje escrito en el suelo con piedras: “Volveremos.”
Javier miró el mensaje largo rato.
—Siempre vuelven —dijo Ruiz.
—Sí —respondió Javier—. Y nosotros también.
Esa noche el viento trajo otra vez el olor a trementina desde el otro lado. Lejos, muy lejos, se oían gritos y el sonido sordo de algo que ardía.
La guerra híbrida no tenía fecha de caducidad. Solo tenía días. Y cada día era igual al anterior, solo que un poco más cansado.
Epílogo
Año 2043.
Ceuta sigue siendo española. Las vallas están más altas. Los zombis siguen saliendo de vez en cuando de los barrancos y de los túneles. Las bandas siguen lanzando cócteles de aguarrás cuando el viento les es favorable. Los vídeos siguen circulando. Los comunicados oficiales siguen hablando de contención y de legalidad internacional.
El capitán Javier Mora, ya comandante, escribe la última página de su diario:
“No ganamos. No perdemos. Aguantamos. Eso es todo lo que hay. El fuego se apaga, los cuerpos se retiran, las mechas se vuelven a encender. La guerra híbrida no busca la victoria rápida. Busca que un día nos cansemos de apagar el siguiente incendio. Hasta ahora no lo hemos hecho. Mañana tampoco.”
Cierra el cuaderno. Sale al pasillo del cuartel. El aire de Ceuta huele a sal, a metal caliente y, débilmente, a aguarrás.
En la distancia, alguien grita. Puede ser un zombi. Puede ser un hombre. Ya da casi igual.
La noche continúa.
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