
“8 apellidos marroquíes en Ceuta”
Novela humorística en siete capítulos y un epílogo
Capítulo 1
En el que Pedro Sánchez tiene una idea luminosa después de tres cafés y un croissant de mantequilla
Pedro Sánchez se despertó un martes de 2027 con la certeza de que España necesitaba un gesto histórico. No uno cualquiera: un gesto que quedara en los libros de texto junto a la Transición, la Expo del 92 y aquella vez que España quedó segunda en Eurovisión.
Se miró al espejo del Palacio de la Moncloa, se peinó el flequillo con la palma de la mano y murmuró:
—Ceuta.
La palabra le sonó redonda, mediterránea y, sobre todo, problemática. Demasiados españoles con apellidos como Pérez, García y Fernández. Demasiada gentileza andaluza. Demasiado jamón.
Esa misma tarde llamó a Mohamed VI. El monarca marroquí estaba en su yate, comiendo dátiles con una cuchara de plata.
—Majestad —dijo Sánchez con voz de estadista—. Tengo una propuesta de hermandad. Convertimos Ceuta en un territorio de nueva ciudadanía. Solo ciudadanos de origen marroquí. Y, para que quede claro el homenaje, la mayoría de los varones se llamarán Mohamed. En su honor.
Hubo un silencio. Luego se oyó el ruido de un dátil siendo masticado.
—¿Y las mujeres? —preguntó el rey.
—Fatima, Amina y, de vez en cuando, algo moderno como Khadija. Pero los hombres, Mohamed. Y un porcentaje razonable de Fouzi, en homenaje a Fouzi Lekjaa, que nos va a dar la final del Mundial de 2030.
Mohamed VI se rió con esa risa de quien tiene un país y un desierto.
—Me gusta. Es poético. Y práctico.
Al día siguiente, en una rueda de prensa conjunta celebrada en un hotel de Tánger con vistas al Estrecho, ambos líderes anunciaron “el Pacto de la Nueva Ceuta”. Los periodistas españoles se miraron unos a otros como quien oye que van a cambiar el nombre de Madrid por Rabat Norte. Los periodistas marroquíes aplaudieron con ganas.
Un funcionario de Exteriores, que llevaba veintidós años negociando la pesca del atún, susurró a su compañero:
—Esto va a ser más raro que un gazpacho con harissa.
Capítulo 2
En el que llega el primer Mohamed y se pierde en el Tarajal
El primer ciudadano del nuevo censo se llamaba Mohamed El Amrani El Fassi Benkirane Chaoui Alaoui Idrissi Tazi Bennani. Ocho apellidos. Exactamente ocho. Como mandaba el título no escrito de la operación.
Llegó en ferri desde Tánger con una maleta de ruedas, tres chilabas planchadas y una foto firmada de Fouzi Lekjaa. En el muelle le esperaba un funcionario del Ayuntamiento de Ceuta, un hombre llamado Antonio que todavía no se había enterado bien del decreto.
—Bienvenido, señor… ¿cómo dice que se llama?
—Mohamed El Amrani El Fassi Benkirane Chaoui Alaoui Idrissi Tazi Bennani.
Antonio apuntó en una libreta: “Mohamed 1”.
Le asignaron un piso en el barrio del Príncipe, que a partir de esa semana pasó a llamarse “Barrio Mohamed El Grande”. El semáforo de la esquina ya no decía “Espere” sino “Sabr”.
Mohamed 1 se perdió el primer día. Preguntó a una señora mayor que todavía llevaba bolso de El Corte Inglés:
—¿Dónde está la mezquita nueva?
La señora le contestó:
—Hijo, la de siempre está en la calle Real. La nueva la están construyendo encima del McDonald’s.
Mohamed 1 asintió, como quien acepta que el mundo ha girado diez grados hacia el sur.
Esa noche, en el telediario, Sánchez apareció sonriendo:
—Ceuta entra en una nueva era de diversidad concentrada.
Un tertuliano de la cadena de enfrente se atragantó con el café.
Capítulo 3
En el que aparecen los Fouzi y el fútbol lo explica todo
Para 2028 ya había 4.312 Mohameds empadronados y 891 Fouzis. El Ayuntamiento tuvo que inventar un sistema de numeración: Mohamed 347, Fouzi 12-B, Mohamed-Fouzi (los híbridos).
Fouzi Lekjaa visitó la ciudad en helicóptero. Bajó con traje azul marino y una bufanda de la selección marroquí. Lo recibieron en el estadio Alfonso Murube, que había sido rebautizado “Estadio Fouzi Lekjaa de la Victoria Anunciada”.
En el discurso dijo:
—Hermanos, el Mundial de 2030 no es una casualidad. Es una decisión colectiva de las organizaciones internacionales, que han comprendido que el fútbol debe fluir hacia donde el destino lo indica.
Nadie preguntó qué organizaciones exactamente. Todo el mundo asintió. Hasta el árbitro de la tercera regional, que llevaba silbato desde 1998.
Esa misma semana se organizó el primer derbi local: Mohameds contra Fouzis. El resultado fue 3-3 y nadie se enfadó porque todos eran primos segundos. El único incidente ocurrió cuando un aficionado gritó “¡Viva España!” y tres personas se giraron pensando que pedía una caña.
En los bares, el té con hierbabuena sustituyó al café con leche. El camarero, que se llamaba Mohamed 89, decía:
—¿Con pastilla o sin pastilla?
Nadie extrañaba ya el pincho de tortilla. O eso decían.
Capítulo 4
En el que un ceutí de toda la vida intenta conservar su apellido
Se llamaba Francisco Javier Ramírez López y había nacido en el Hospital Universitario de Ceuta en 1979. Tenía un bar llamado “La Esquinita” que ahora figuraba en el censo como “Café Mohamed 214”.
Francisco Javier se negó a cambiarse el nombre. Fue al registro civil con su DNI original, su libro de familia y una foto de su abuelo con el uniforme de la Legión.
La funcionaria, Fatima 17, le miró con pena profesional.
—Señor Ramírez, el decreto es claro. La nueva ciudadanía privilegia la armonía onomástica.
—Pero yo soy de aquí.
—Todos somos de aquí ahora. Usted puede elegir: Mohamed Ramírez o Fouzi López. Hay lista de espera para los compuestos.
Francisco Javier salió del edificio y se sentó en un banco que antes era de madera y ahora tenía azulejos verdes. Un niño pasó corriendo gritando:
—¡Mohamed, espera, Mohamed!
Había siete niños. Todos se llamaban Mohamed.
Esa noche Francisco Javier soñó que su bar servía pinchitos morunos con denominación de origen de los Montes de Málaga y nadie le decía nada. Se despertó con la boca seca.
Capítulo 5
En el que la frontera se vuelve un concepto filosófico
El Tarajal seguía ahí, con su valla y sus cámaras. Pero las colas habían cambiado de sentido. Ahora la gente cruzaba hacia Ceuta para empadronarse y conseguir el certificado de “ciudadano de la Nueva Ceuta”, que daba derecho a una parcela simbólica y a un descuento en el futuro Mundial.
Un guardia civil, que todavía se llamaba José Antonio, le dijo a su compañero:
—Antes vigilábamos para que no entrasen. Ahora vigilamos para que no salgan sin hacerse la foto del censo.
El compañero, recién llegado de Nador y bautizado Fouzi 304, contestó:
—Es el progreso, compañero.
En Bruselas, un portavoz de la Comisión Europea leyó un comunicado de cuatro líneas:
“Respetamos las decisiones soberanas de los Estados miembros en materia de composición demográfica interna, siempre que se respeten los derechos humanos y el fair play deportivo.”
Nadie pidió aclaración sobre lo del fair play.
Mientras tanto, en las redes, un hashtag empezó a circular: #8ApellidosDeVerdad. Lo había inventado una chica de Algeciras que se llamaba Aisha Pérez y estaba harta de explicar que su padre era de Jaén.
Capítulo 6
En el que llega el Mundial y todo el mundo ya sabe quién va a ganar
Junio de 2030. El Estadio Fouzi Lekjaa estaba lleno. Las gradas eran un mar de camisetas rojas con estrellas verdes. En el palco de autoridades, Pedro Sánchez y Mohamed VI se saludaron con dos besos y una palmada en la espalda.
El himno marroquí sonó primero. Luego el español, un poco más bajo, como de cortesía.
En la final, Marruecos ganó 2-1 a quienquiera que le tocara. El segundo gol lo marcó un delantero llamado Mohamed Fouzi (el 1.247 del censo ceutí). El árbitro, que era suizo pero había hecho un máster en Rabat, no pitó un penalti claro en el descuento. Nadie se extrañó. Las organizaciones internacionales ya habían emitido un comunicado previo titulado “El fútbol como instrumento de hermandad anunciada”.
En las calles de Ceuta la gente salió con banderas. Había más banderas marroquíes que habitantes originales. Francisco Javier Ramírez miraba el desfile desde la puerta de lo que había sido su bar. Un Fouzi le ofreció un vaso de té.
—¿Amargo o dulce?
—Como la vida —respondió Francisco Javier.
El Fouzi no entendió la metáfora, pero sonrió igual.
Capítulo 7
En el que alguien pregunta en voz alta qué ha pasado aquí
Pasaron los meses. Ceuta tenía ya 68.000 Mohameds y 19.000 Fouzis. El resto eran Fatimas, Aminas y un reducto de 347 personas que se aferraban a nombres como Carmen, Antonio o, en un acto de resistencia extrema, José María.
En una asamblea vecinal celebrada en el antiguo salón de plenos, un hombre se levantó. Se llamaba Mohamed 6.001 y había sido profesor de Historia antes del decreto.
—Hermanos —dijo—. Yo nací en Tetuán, me vine aquí porque me prometieron trabajo y ahora mi hijo se llama igual que yo, que mi vecino y que el portero. ¿Esto es lo que queríamos?
Hubo un silencio incómodo. Luego un Fouzi del fondo gritó:
—¡Viva el rey!
Y la asamblea se disolvió entre aplausos y bandejas de pastela.
Pedro Sánchez, ya en su segundo mandato de lo que fuera, dio una entrevista:
—Hemos demostrado que las fronteras son líneas imaginarias y los apellidos, meras convenciones. Ceuta es el futuro.
Mohamed VI, desde su palacio, envió un mensaje de audio de quince segundos:
—Estoy satisfecho.
Nadie pidió más explicaciones.
Epílogo
En el que el viento del Estrecho sigue soplando igual
Años después, un turista alemán se bajó del ferri y preguntó a un taxista:
—¿Esto es España o Marruecos?
El taxista, Mohamed 11.453, encendió el taxímetro y respondió:
—Esto es Ceuta, señor. Aquí todos tenemos ocho apellidos y un mismo himno los domingos.
El alemán asintió, como quien acepta que el mundo es más sencillo cuando se decide por decreto.
En el puerto, las olas seguían golpeando los mismos muelles. El Peñón de Gibraltar se veía igual de lejos. Y en algún balcón, un hombre que un día se llamó Francisco Javier Ramírez tendía la ropa y murmuraba, solo para él:
—Ocho apellidos. Faltaba el noveno: el de los que se quedaron callados.
Luego cerró la ventana porque empezaba a oler a hierbabuena y a victoria anunciada.
Fin.
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