Felipe VI salva Ceuta

Capítulo 1. El desfile del 12 de octubre

El cielo de Madrid estaba limpio aquella mañana del 12 de octubre. Las banderas ondeaban a lo largo del Paseo de la Castellana y el público se apiñaba detrás de las vallas. Felipe VI, vestido de uniforme, ocupaba la tribuna junto a la Reina y la Princesa de Asturias. El desfile de las Fuerzas Armadas avanzaba con paso firme: carros, infantería, helicópteros y la bandera nacional en cabeza. El Rey saludaba con la mano en alto. Nadie en la tribuna pronunció la frase que más tarde circularía en los cuarteles, pero varios oficiales presentes recordaron después que el monarca había mirado el reloj en dos ocasiones durante el paso de la Armada.

Esa misma noche, en el puerto de Cádiz y en el de Algeciras, varios buques del Ejército recibieron órdenes selladas. No se trataba de un ejercicio anunciado. Los mandos de las unidades embarcadas habían recibido, días antes, instrucciones de preparar material de fortificación, munición de reserva y equipos de comunicaciones de largo alcance. A bordo viajaban aproximadamente veinte mil efectivos. El destino no figuraba en los planes de navegación públicos. Solo los comandantes de cada buque conocían las coordenadas finales: quince mil hombres desembarcarían en Ceuta y cinco mil en Melilla. El resto de la fuerza permanecería en los barcos como reserva flotante hasta nueva orden.

En el Palacio de la Zarzuela, Felipe VI cenó con un reducido grupo de asesores militares. La conversación fue breve. El Rey firmó el documento que autorizaba el desplazamiento bajo la fórmula de “refuerzo preventivo de la integridad territorial”. No hubo discurso. Al terminar, se levantó y dijo únicamente: “Mañana estaré allí”.

Capítulo 2. La travesía

Los barcos salieron de madrugada. La mar estaba en calma. En cubierta, los soldados revisaban el equipo bajo la luz roja de los pasillos. Muchos habían participado en misiones anteriores en el exterior; pocos habían recibido la orden de permanecer de forma indefinida en Ceuta o Melilla. Un capitán de infantería, destinado a Ceuta, repasó con sus suboficiales el plano de los puestos que debían ocupar en las primeras cuarenta y ocho horas: puntos de observación en el perímetro, refuerzo de los accesos terrestres y establecimiento de depósitos de agua y combustible protegidos.

En Melilla la cifra era menor, pero la misión idéntica. Los cinco mil efectivos llevaban material para elevar parapetos, instalar sensores y ampliar la capacidad de los hospitales de campaña ya existentes. Ningún comunicado oficial habló de amenaza inminente. Los partes internos hablaban de “consolidación”.

Mientras los buques navegaban, en Canarias comenzaba el movimiento de otra fuerza. Cuarenta mil militares, procedentes de distintas unidades peninsulares y de las propias guarniciones insulares, recibieron orden de concentrarse en Gran Canaria, Tenerife y Lanzarote. El traslado se realizó por aire y por mar en oleadas sucesivas. El objetivo declarado era el mismo: reforzar las islas. Los mandos locales abrieron polvorines que llevaban años con dotación reducida y comenzaron a distribuir el material recién llegado.

Capítulo 3. El día 13

Felipe VI aterrizó en Ceuta poco después del mediodía. El avión militar tomó tierra en el aeropuerto y el Rey descendió acompañado únicamente de su ayudante y de dos oficiales de Estado Mayor. No hubo recibimiento multitudinario. Las autoridades locales le esperaban en un hangar. El monarca saludó, escuchó un breve informe sobre el estado de las defensas y pidió ser conducido al perímetro.

Recorrió en vehículo ligero varios tramos de la frontera. Se detuvo en un puesto elevado desde el que se veía el terreno al otro lado. Permaneció varios minutos en silencio. Un coronel le explicó las posiciones que ocuparían las unidades recién llegadas. El Rey asintió y preguntó por los plazos de fortificación. La respuesta fue concreta: las primeras obras de refuerzo estarían terminadas en setenta y dos horas; las de mayor entidad, en dos semanas.

Por la tarde cruzó a Melilla en helicóptero. Allí repitió el mismo recorrido, más corto. Habló con los mandos de la guarnición y con los oficiales que acababan de desembarcar. Antes de regresar al helicóptero, se dirigió a un grupo de soldados que formaban en el patio de un cuartel. Les dijo que el refuerzo no era provisional y que las órdenes que habían recibido debían cumplirse con exactitud. No añadió más. El helicóptero despegó al anochecer y puso rumbo a la península.

Capítulo 4. El desembarco y las primeras obras

Los buques comenzaron a descargar en Ceuta durante la noche del 13 al 14. Las grúas trabajaron sin interrupción. Camiones militares trasladaron sacos de tierra, planchas de hormigón prefabricado, generadores y tiendas de campaña hacia los puntos designados. Quince mil hombres se distribuyeron según el plan previamente trazado. Algunos ocuparon posiciones ya existentes; otros abrieron nuevas líneas de trincheras cubiertas y depósitos enterrados. El trabajo se realizó por turnos. Durante el día se movía el material pesado; durante la noche se completaban las instalaciones que no debían verse desde lejos.

En Melilla el ritmo fue similar, aunque a menor escala. Los cinco mil efectivos reforzaron los accesos y ampliaron la red de comunicaciones. Se instalaron repetidores adicionales y se comprobó la cobertura de los sistemas de alerta. Los hospitales militares recibieron personal sanitario de refuerzo y reservas de sangre y medicamentos.

Al mismo tiempo, en Canarias, los cuarenta mil hombres continuaban llegando. Se abrieron campamentos en zonas militares ya delimitadas. Se revisaron los depósitos de combustible de los aeropuertos y puertos. Unidades de ingenieros comenzaron a preparar pistas auxiliares y puntos de amarre protegidos. El mando conjunto de las islas envió partes diarios a Madrid confirmando que la capacidad de recepción y sostenimiento aumentaba según lo previsto.

Capítulo 5. La consolidación

Pasaron los días. En Ceuta las obras de fortificación avanzaron sin anuncios públicos. Se elevaron muros en tramos previamente identificados, se colocaron barreras móviles en los accesos y se establecieron depósitos de agua independientes de la red civil. Los soldados relevaban las guardias con normalidad. La población local observaba el movimiento de camiones, pero los comercios y los colegios siguieron abiertos. Las autoridades civiles recibieron instrucciones de mantener la actividad ordinaria y de coordinar con los mandos militares cualquier necesidad logística.

En Melilla ocurrió lo mismo a escala reducida. Se reforzaron los puntos de control y se amplió la capacidad de los almacenes de intendencia. Un destacamento de transmisiones estableció un enlace directo y redundante con la península y con las unidades de Canarias.

El Rey, ya de regreso en Madrid, recibía cada tarde un resumen de una página. No intervenía en los detalles tácticos. Cuando un asesor le preguntó si deseaba emitir una declaración, respondió que el trabajo debía hablar por sí mismo y que cualquier comunicado podía esperar a que las posiciones estuvieran terminadas.

Capítulo 6. Canarias

En las islas el despliegue alcanzó su ritmo previsto al cabo de una semana. Los cuarenta mil efectivos se distribuyeron entre las bases existentes y los nuevos campamentos. Se revisaron los planes de defensa aérea y naval. Patrullas marítimas aumentaron la frecuencia de sus salidas. En tierra, unidades de artillería y de ingenieros ocuparon posiciones de apoyo previamente estudiadas. El mando de Canarias informó que la guarnición podía sostener operaciones prolongadas sin depender de refuerzos inmediatos desde la península.

Los partes que llegaban a Madrid coincidían en un punto: tanto en Ceuta y Melilla como en Canarias las unidades habían completado la fase de ocupación y habían pasado a la de mantenimiento y mejora. No se registraron incidentes. El tráfico civil en los puertos y aeropuertos continuó con normalidad, aunque sometido a controles adicionales en las zonas militares.

Capítulo 7. El parte final

Dos semanas después del desembarco, el jefe del Estado Mayor conjunto entregó al Rey un informe cerrado. Las posiciones en Ceuta y Melilla estaban consolidadas. Los depósitos de munición, combustible, agua y víveres alcanzaban los niveles ordenados. Las comunicaciones funcionaban con redundancia. En Canarias la fuerza de refuerzo había terminado su despliegue y las islas disponían de una guarnición ampliada capaz de operar de forma autónoma durante un periodo prolongado.

Felipe VI leyó el documento en su despacho. Al terminar, lo dejó sobre la mesa y permaneció un momento en silencio. Después preguntó únicamente si los mandos locales consideraban suficiente lo realizado. La respuesta fue afirmativa. El Rey firmó el acuse de recibo y ordenó que se archivara con la clasificación correspondiente. No hubo ceremonia. Esa noche cenó con su familia y no mencionó el asunto.

Epílogo

En los cuarteles de Ceuta, Melilla y Canarias la rutina se instaló. Los relevos se cumplían, el material se mantenía y los planos de las nuevas posiciones se actualizaban cada semana. Los soldados que habían desembarcado el día 13 sabían que su estancia no tenía fecha de regreso anunciada. En Madrid, el documento firmado por el Rey permanecía en el archivo. Quienes habían participado en la planificación recordaban la frase que circuló entre los oficiales después del desfile del 12 de octubre y del viaje del día siguiente: la orden se había cumplido y las posiciones estaban ocupadas.

Operación Reconquista figuraba en los partes internos como concluida en su fase inicial. No se publicó ningún parte de victoria. Los barcos que habían transportado a los veinte mil hombres regresaron a sus bases peninsulares una vez terminada la descarga. En Ceuta y Melilla las obras de fortificación continuaron a ritmo de mantenimiento. En Canarias las unidades de refuerzo permanecieron en sus acuartelamientos. El Rey no volvió a visitar las plazas en las semanas siguientes. El trabajo, según había dicho, debía hablar por sí mismo.


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