Título: Te quiero, Julio, le dice la fisioterapeuta dominicana después de 2 años de sufrir las agresiones sexuales
Capítulo 1: El Mundo de las Estrellas Eternas
En el año 2147, en la República Global de las Celebridades, donde las estrellas del pasado eran inmortales gracias a la nanotecnología y gobernaban como dioses caprichosos, vivía Ana, una fisioterapeuta dominicana exiliada de su isla natal. La sociedad era un caos absurdo: la verdad se medía por likes en redes eternas, y las contradicciones eran ley. Si decías «te quiero» un día y «te odio» al siguiente, el algoritmo te premiaba con fama. Julio, el Cantante Eterno, era el rey de este panteón. Su voz, preservada en implantes cerebrales, hipnotizaba a las masas, pero su cuerpo, un relicto de carne y circuitos, necesitaba mantenimiento constante.
Ana llegó a la mansión flotante de Julio en las nubes de Miami-Nueva, contratada por cinco meses para tratar sus dolores eternos. «Profesor», lo llamaba, como mandaba el protocolo divino. En este mundo distópico, los famosos no envejecían, pero sus vicios sí. Julio, con su sonrisa perpetua grabada en hologramas, la recibió con un beso en la mano que duró demasiado. «Bienvenida, mi ángel caribeño», susurró, mientras sus ojos mecánicos escaneaban su figura.
Los primeros días fueron un torbellino absurdo. Ana masajeaba sus hombros mientras él cantaba baladas antiguas, y el aire se llenaba de confeti virtual. Pero pronto, las «lecciones» comenzaron: toques inesperados, órdenes veladas. «Ven aquí, que te enseño a bailar», decía, y sus manos vagaban. Ana, en su diario implantado, anotaba: «Hoy me tocó los pechos con violencia, como si fuera un juego». Pero al anochecer, le enviaba mensajes: «Profesor, buenas noches. Te quiero mucho ❤️. Todos los días a tu lado son valiosos».
En esta sociedad, el abuso era un rito: las víctimas enviaban corazones para no ser borradas del sistema. Si denunciabas, el algoritmo te etiquetaba como «traidora» y te exiliabas a las Zonas Olvidadas. Ana, con su acento dominicano mezclado con implantes lingüísticos, navegaba el absurdo con sonrisas forzadas.
Capítulo 2: Mensajes en el Vacío
Los WhatsApps eternos, preservados en la Nube Divina, eran el pan de cada día. Ana, después de una sesión donde Julio la besó «hasta las amígdalas», le escribió: «Gracias por tus enseñanzas, profesor. Te quiero 😘. Siempre a tu disposición». El mensaje voló a través de satélites que vigilaban todo, y Julio respondió con un emoji de corazón roto, que en este mundo significaba «ven mañana temprano».
La distopía se manifestaba en las contradicciones: las leyes obligaban a los empleados a expresar «cariño eterno» o perdían sus créditos vitales. Ana, recordando su hogar en Santo Domingo, donde el merengue aún era libre, se sentía atrapada. Un día, Julio ordenó un «trío terapéutico» con una holograma de sí mismo. Ana se negó, y él la golpeó en la pierna con su bastón cibernético. «¡Eres mía!», gritó. Ella huyó a su cápsula, pero esa noche: «Profesor, sueñes con angelitos. Te quiero mucho ❤️».
Un año después, en 2148, Ana había escapado a las Tierras Bajas, donde los no-famosos vivían en ruinas. Pero el implante la obligaba a felicitar birthdays. El 23 de septiembre: «Feliz cumpleañoooooos 🎉 Julito!!! Te quiero 😘 Siempre te recuerdo con cariño ❤️❤️❤️. Tu fisioterapeuta por siempre 💁🏻♀️». El mensaje fue interceptado por los Vigilantes, quienes lo usaron para desacreditar cualquier futura denuncia.
Julio, en su trono de nubes, reía. «Todas me quieren», decía a sus clones. Ana, en su choza, lloraba pixels.
Capítulo 3: La Denuncia en el Laberinto Judicial
La Audiencia Celestial, un coliseo virtual donde las denuncias se juzgaban por votación popular, recibió el caso de Ana a través de la Hermandad de las Sombras, una organización underground que luchaba contra los dioses. «Julio me acosó, me maltrató, me humilló», declaró Ana como testigo protegida, su rostro pixelado. Describió la «dictadura» de Julio: toques violentos, órdenes despóticas, el trío forzado.
Pero los mensajes flotaban como fantasmas. «Te quiero», «siempre con cariño», proyectados en pantallas gigantes. El juez, un IA con voz de locutor, preguntó: «¿Por qué enviaste corazones después de las agresiones?» Ana respondió: «Era el protocolo. En este mundo, el amor es obligatoria simulación».
El absurdo escaló: testigos hologramas de Julio aparecieron, cantando «Hey» mientras negaban todo. La Hermandad presentó evidencias, pero el algoritmo las torció: «Te quiero» se convirtió en prueba de consentimiento eterno.
Ana, en su refugio, recibía amenazas: emojis de puños. «No es justo que un dios sea juzgado por mortales», decían los fans.
Capítulo 4: Vida en Dictadura Eterna
Durante sus cinco meses, Ana vivió en la mansión como una prisionera dorada. Julio, con su personalidad «superdéspota», la pisoteaba verbalmente: «¡Muévete, caribeña lenta!» Pero ella respondía con mensajes: «Gracias por tu paciencia, profesor. Te quiero mucho ❤️».
El mundo exterior era peor: Zonas donde los no-amados morían de inanición digital. Ana soñaba con rebelión, pero el implante inyectaba dopamina con cada «te quiero» enviado.
Un día, Julio la forzó a un beso profundo; ella vomitó en secreto. Esa noche: «Feliz noche ✨ Te quiero». El absurdo la quebraba: ¿era amor forzado o supervivencia?
Al dejar el empleo, juró «no volver jamás». Pero el sistema la obligaba a contactar anualmente. Dos años después, aún enviaba: «Te quiero, Julio».
Capítulo 5: Contradicciones Cariñosas
En las Tierras Bajas, Ana se unió a la Resistencia Absurda, un grupo que hackeaba implantes para liberar verdades. «Los mensajes contradicen mi relato», admitía, «pero en esta distopía, el cariño es arma».
Julio, alertado, envió drones con regalos: corazones flotantes que explotaban si no respondías «te quiero». Ana, en una reunión clandestina, declaró: «Él me quebró, me humilló. Pero el sistema me obliga a amar».
El clímax: un hackeo masivo reveló miles de casos similares. Celebridades eternas abusando, víctimas enviando emojis. La sociedad se tambaleó, pero el algoritmo lo llamó «fake news amorosa».
Ana escapó a una isla artificial, donde reflexionaba: «¿Por qué te quiero, Julio, después de todo?»
Capítulo 6: El Juicio del Algoritmo
La Audiencia convocó a Ana como testigo protegida. Su testimonio: acoso continuado, toques violentos, tríos ordenados. Pero los WhatsApps se proyectaron: «Te quiero mucho», «siempre te recuerdo con cariño».
El IA-juez dictaminó: «Contradicción detectada. Caso absurdo». Julio, desde su nube, cantaba victoria.
Ana, agotada, hackeó su implante: «No te quiero, Julio». El sistema colapsó localmente, liberando a cientos.
Pero el absurdo persistía: fans la acosaban con «te quieros» forzados.
Capítulo 7: La Rebelión de los Corazones Rotos
Dos años después de las agresiones, Ana lideró la Gran Revuelta. Miles de víctimas enviaron «te quiero» masivos, sobrecargando el sistema. Julio’s mansión cayó de las nubes.
En el caos, Ana confrontó a Julio: «Te quise por fuerza». Él, desconectado, murmuró: «Todas me quieren».
La República colapsó en fragmentos absurdos: zonas de amor obligatorio vs. odio libre.
Ana, libre al fin, borró sus mensajes.
Epílogo: Ecos de Cariño Eterno
En 2150, en ruinas digitales, Ana escribía su historia. «Te quiero, Julio», el título irónico de su manifiesto. El mundo, reconstruido en pequeñas comunidades, aprendió: el absurdo del amor forzado destruye.
Pero en las sombras, nuevos dioses surgían, exigiendo corazones.
FIN
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