Querida Mamá:

Hoy, 22 de enero de 2026, si el destino nos hubiera concedido más tiempo juntos, estarías celebrando tus 100 años de vida. Un siglo entero de luz, de fuerza y de amor incondicional que has derramado sobre todos nosotros, pero especialmente sobre mí, tu hijo Luis. Aunque ya no estés físicamente a mi lado, tu presencia se siente en cada latido de mi corazón, en cada recuerdo que atesoro y en cada paso que doy en esta vida que me regalaste.

Mamá, ¿cómo expresar en palabras el inmenso cariño que te tengo? Eres, sin duda, la mejor mamá del mundo. Tu dulzura infinita, esa sonrisa que iluminaba hasta los días más oscuros, y tu sabiduría serena que guiaba mis pasos cuando me perdía. Recuerdo tus manos cálidas acunándome en la infancia, tus consejos sabios en la juventud, y tu apoyo inquebrantable en los momentos de duda. Me enseñaste a ser fuerte, a valorar la familia, a enfrentar las adversidades con dignidad y a amar sin condiciones. Gracias a ti, aprendí que el verdadero tesoro de la vida no está en las riquezas materiales, sino en los lazos del corazón.

Te agradezco, mamá, por cada sacrificio que hiciste en silencio, por cada noche en vela velando por mi bienestar, por cada lección de vida disfrazada de cuento antes de dormir. Fuiste mi refugio, mi inspiración y mi mayor admiradora. En tus ojos veía el orgullo por quien soy, y en tu voz, el aliento para ser mejor. Hoy, en este centenario imaginario, brindo por ti: por la mujer extraordinaria que fuiste, por la madre ejemplar que siempre serás en mi memoria.

Aunque el tiempo nos separó, tu legado vive en mí. Cada día trato de honrarte viviendo con la integridad y el amor que me inculcaste. Te extraño profundamente, pero sé que desde donde estés, me miras con esa misma ternura eterna.

Con todo mi amor y gratitud infinita,

Tu hijo, Luis