Título: ¿Cuántas personas se hubiesen salvado del Alvia si hubiese llegado la ayuda antes de una hora?

Capítulo 1: La hora perdida

El reloj digital del CRC de Madrid marcaba las 22:47. En la inmensa sala iluminada por la luz fría de decenas de pantallas, el ruido era un murmullo constante de teclados, susurros y el zumbido de los servidores. Raúl Mena, regulador con quince años de experiencia en Adif, observaba el trazado de la línea de alta velocidad noroeste. Todo estaba en verde. Demasiado verde.

El Alvia 04155, con 218 pasajeros a bordo, era un píxel en movimiento entre Santiago de Compostela y Madrid. Su último registro automático: paso por el punto kilométrico 82,4. Luego, nada.

—Otra incidencia de telecontrol —masculló Sergio, el técnico sentado a su izquierda, sin levantar la vista de su monitor—. La tercera esta semana. El subsistema de balizas entre Ourense y Zamora está dando falsos fallos continuamente.

Raúl frunció el ceño. Las falsas alarmas paralizaban la línea, retrasaban trenes, generaban informes, preguntas incómodas. Un protocolo establecía que ante la pérdida de señal de un tren durante más de cinco minutos, se debía activar una secuencia de localización: llamadas al maquinista, a la jefatura de circulación de la zona, verificación de los sistemas de detección de fallos.

Pero los protocolos se habían vuelto maleables. Flexibles. Un estorbo.

—¿Activamos el protocolo 7? —preguntó una voz joven desde la segunda fila de consolas.

—Déjalo, Álvaro —respondió Raúl, con un tono de hastío aprendido—. Seguro que es otra caída de comunicaciones. Ya ha vuelto solo las últimas veces. Si paramos todo ahora, tendremos a Media Distancia encima por los retrasos en cadena. Además, el GPS de a bordo a veces tarda en refrescar.

En la pantalla principal, donde debería estar el icono del Alvia, había un pequeño guion parpadeante. “Señal no disponible”. Raúl movió el ratón, abrió un menú lateral y seleccionó “Reiniciar módulo de monitorización de tramo 82-84”. La acción no buscaba recuperar la señal. Buscaba eliminar la incidencia del registro activo. El sistema preguntó: “¿Está seguro de que desea reiniciar? Se perderán los datos de alerta no procesados”.

Clic en “Aceptar”.

El guion parpadeante desapareció. La línea volvió a estar completamente verde. Silencio. Problema solucionado. O eso creían ellos.

A kilómetros de distancia, en una curva pronunciada a las afueras de la aldea de Aramuz, el vagón líder del Alvia yacía volcado sobre un terraplén. El segundo vagón, destrozado contra un muro de hormigón. El frío de la noche de febrero, cortante, se colaba por las ventanas reventadas. Los gemidos, los llantos, el crepitar de chispas de los cables rotos eran la única sinfonía. El primer móvil que encontró señal marcó las 22:43. La primera llamada al 112, desde un pasajero con una pierna atrapada, se registró a las 22:51.

En el CRC, eran las 23:02. Raúl tomaba un café. El Alvia no aparecía.

Capítulo 2: La sangre y el frío

Laura Herrera intentaba contener la hemorragia de su hijo pequeño, Hugo. Un cristal le había seccionado una arteria en el brazo. Aplicaba presión con la chaqueta, pero la tela se empapaba rápido, oscura y pegajosa. A su alrededor, el paisaje era dantesco. La oscuridad solo rota por las pantallas de teléfonos y alguna linterna temblorosa. La gente gritaba nombres. Alguien vomitaba. Otro rezaba.

—¿Hay un médico? ¡Por favor, mi hijo se desangra!

No había médicos. O si los había, estaban heridos o atrapados. La temperatura bajaba hacia los cero grados. El shock térmico empezaba a afectar a los heridos más graves. La pérdida de sangre aceleraba la hipotermia.

Miguel, un hombre de unos cincuenta años con una contusión en la cabeza, logró arrastrarse hasta lo que quedaba de la puerta de un vagón. Con dedos entumecidos, marcó el 112 por tercera vez.

—Sí, ya lo sé, ¡que han mandado ambulancias! —gritaba, su voz ronca por el polvo y el pánico—. ¡Llevamos veinte minutos! ¿Dónde están? ¡La gente se está muriendo aquí de frío y sangrando!

Al otro lado, la operadora del centro de emergencias de Castilla intentaba calmarle. Ellos habían activado todos los protocolos en el minuto uno de la primera llamada. Pero había un problema: no sabían la localización exacta. El pasajero herido solo podía decir “cerca de unas casas, después de un túnel”. Los sistemas del CRC, los que podían triangular la posición exacta de un tren hasta el metro, guardaban silencio. Los equipos de rescate recorrían la línea, a ciegas, en la oscuridad.

En la sala de control, Raúl empezaba a sentir un picor en la nuca. El Alvia llevaba cuarenta minutos de retraso teórico respecto a su horario. Demasiado incluso para una avería de comunicaciones. Consultó el registro interno. Su reinicio había borrado la alerta inicial, pero había una anomalía: los sistemas de detección de ocupación de vía (los que saben si un tren ha pasado por un punto) mostraban un vacío extraño entre el PK 82 y el 84. Como si la vía estuviera libre. Pero el tren tenía que estar ahí.

—Sergio, ¿puedes forzar una consulta de estado en las balizas del tramo 84? —preguntó, intentando que su voz no delatara la punzada de alarma.

—Si forzamos, saltará una alarma de supervisión en mantenimiento —respondió Sergio, encogiéndose de hombros—. Y si no hay nada, nos vendrá una auditoría por manipulación manual sin causa justificada.

Raúl miró la pantalla. Miró el reloj: 23:28. Casi cuarenta y cinco minutos desde la desaparición. Respiró hondo. La burocracia del miedo era más poderosa que la intuición. Decidió esperar.

Capítulo 3: La llamada

Fue un policía municipal de Aramuz, alertado por el estruendo, quien llegó primero al lugar. Sus faros iluminaron el horror a las 23:41. Rápidamente, usó la radio de su coche para dar la ubicación exacta. El mensaje tardó siete minutos en escalar hasta el centro de emergencias autonómico, y otros cinco más en cruzar la frontera de competencias hasta el CRC de Adif.

A las 23:53, el teléfono de la mesa de supervisión del CRC sonó con un estridencia que cortó el murmullo habitual.

—¿CRC? Aquí Centro de Emergencias 112 de Castilla y León. Tenemos confirmación de accidente grave del tren Alvia 04155 en Aramuz. Repito, accidente confirmado. Necesitamos cierre total de línea y coordinación para rescate.

Raúl sintió cómo el suelo desaparecía bajo sus pies. Tomó la llamada. Sus manos sudaban.

—Recibido. ¿Hace cuánto que… sucedió?

—Las primeras llamadas de pasajeros fueron sobre las diez y cincuenta. Estamos intentando movilizar medios desde entonces, pero la localización ha sido difícil.

Veintitrés horas, diez minutos. Una hora perdida. Una hora en la que el CRC había estado ciego, sordo y mudo por voluntad propia.

Raúl colgó y activó el protocolo de emergencia mayor. Las sirenas sonaron en la sala. Las caras de sus compañeros eran máscaras de incredulidad y pánico. En la pantalla, la línea se volvió roja sangre. Empezaron las llamadas frenéticas a bomberos, SAMUR, hospitales, ministerio.

Pero en Aramuz, el tiempo de la espera había terminado. A las 23:48, Hugo, el hijo de Laura, había dejado de llorar. Su cuerpo, pequeño y pálido, yacía envuelto en la chaqueta empapada. Laura, en shock, acariciaba su cabello, cantando una nana entre dientes. A su lado, un hombre mayor con el abdomen abierto había exhalado su último aliento diez minutos antes. La hipotermia y la hemorragia interna son un verdugo silencioso y rápido.

Capítulo 4: La cifra

El amanecer en Aramuz fue gris y gélido. Iluminó una escena de guerra: hierros retorcidos, equipajes esparcidos, manchas oscuras en la hierba escarchada. Las grúas trabajaban para levantar los vagiones. Los equipos de rescate, con monos naranjas, se movían con una fatiga palpable. Las bolsas negras, alineadas junto a la cuneta, eran la cuenta final.

Raúl había llegado en un coche de la empresa a primera hora. No iba como técnico, sino como un espectador culpable. Lo exigía el jefe de crisis. Necesitaban un enlace técnico in situ. Él se ofreció, quizás buscando un castigo. El aire frío le golpeó la cara, pero el hedor a metal, combustible y muerte era lo que le hizo arcadas.

Vio a una forense anotando en una tablet. Se acercó, mostrando su credencial.

—¿Cuántas? —preguntó, la voz apenas un hilo.

La forense, una mujer de ojos cansados, lo miró.

—Cuarenta y cinco. Treinta y dos en el acto o durante la primera media hora. Trece en la hora siguiente, durante la espera o el traslado.

Trece. El número le atravesó como un cuchillo. Trece personas que habían estado vivas cuando él pulsó “Aceptar” en aquel menú. Trece almas que se habían ido desangrando, enfriando, apagando mientras él bebía café y discutía sobre protocolos y auditorías.

—¿Alguno… de los de la hora siguiente…? —tartamudeó.

—La mayoría por shock hipovolémico o hipotermia severa. Un par por traumatismos craneoencefálicos que podrían haber sido operados si llegan antes. —La forense bajó la voz—. La primera hora es la dorada, ya lo sabe. Aquí fue de plomo.

Raúl asintió y se alejó, caminando entre los escombros. Una bota de mujer, de tacón bajo, yacía sola. Un libro infantil, manchado de barro. Oyó a dos bomberos hablar entre ellos, bajito.

—El de la chica del vagón dos… dicen que hablaba hasta que se le acabó la batería del móvil. Estuvo llamando a su madre más de cuarenta minutos. Cuando llegamos, ya estaba fría.

Raúl se apoyó contra un árbol y vomitó.

Capítulo 5: La pesquisa interna

La investigación interna de Adif empezó antes de que se enfriaran los cuerpos. Se trataba de establecer responsabilidades… o, más bien, de contener el daño. Raúl y su turno fueron sometidos a interrogatorio en una sala acristalada en la sede. Frente a él, tres hombres de traje: uno de Adif, otro del Ministerio y un asesor jurídico.

—Señor Mena, el registro del sistema muestra que a las 22:49 usted ejecutó un reinicio del módulo de monitorización del tramo donde desapareció el tren. ¿Por qué?

—Porque… era un procedimiento habitual ante falsas caídas de señal. Había muchas incidencias últimamente en ese tramo.

—¿Había un protocolo que le autorizara a hacer eso sin antes verificar el estado del tren?

Raúl tragó saliva.

—El protocolo indica intentar contacto. Pero… las falsas alarmas paralizaban la operativa. Había presiones para minimizar incidencias que afectaran a la puntualidad.

El hombre del Ministerio intercambió una mirada con el jurista.

—¿Está diciendo que se priorizaba la puntualidad sobre los protocolos de seguridad?

—No se priorizaba… se flexibilizaba. El sistema daba muchos avisos erróneos. Se saturaba. En vez de arreglar el sistema, nos pedían que… gestionáramos las alertas para no saturar la red.

—¿“Gestionar” significa ignorar?

—Significa verificar antes de paralizar la línea. Pero a veces… la verificación se hacía rápida. Demasiado rápida.

Le mostraron el registro de comunicaciones. La primera llamada del 112 al CRC, alertando de llamadas de pasajeros, había sido a las 23:15. Un operador de turno la había recibido, la había anotado como “posible aviso no verificado” y había dicho que “investigaría”. Esa investigación consistió en preguntarle a Raúl si sabía algo del Alvia. Raúl, confiado en su reinicio, dijo que probablemente era un error de comunicaciones. El aviso se archivó temporalmente.

Otra llamada perdida. Otro hilo cortado.

—¿Sabe qué es un delito de imprudencia temeraria con resultado de muerte? —preguntó el jurista, fríamente.

Raúl lo sabía. Lo había buscado en internet la noche anterior, insomne.

La pesquisa concluyó que hubo “fallos concatenados en la aplicación de los protocolos”, “saturación de alertas por un sistema de telecontrol defectuoso” y una “cultura operativa que privilegiaba la fluidez del tráfico”. Se recomendó “mejorar los sistemas” y “reforzar la formación”. Nombres propios, pocos. Raúl fue suspendido de empleo y sueldo, a la espera de la causa judicial. Un chivo expiatorio técnico. El sistema, el verdadero culpable, seguiría funcionando. Con parches.

Capítulo 6: Los fantasmas

Los meses siguientes convirtieron a Raúl en un espectro. Suspendido, procesado, abandonado por la empresa y por la mayoría de sus compañeros. Su mujer lo dejó, incapaz de soportar su silencio y sus pesadillas. Él soñaba con relojes que marcaban las 22:49 eternamente. Soñaba con un niño sangrando que le preguntaba: “¿Por qué no viniste antes?”

Una tarde, bebiendo una cerveza sola en un bar de mala muerte, reconoció en la televisión a Laura Herrera. Era la portavoz de la Asociación de Víctimas del Alvia. Hablaba con una serenidad devastada.

—No nos duele solo la pérdida. Nos duele el saber que durante una hora, nuestro hijos, nuestros padres, nuestros esposos, estuvieron ahí, solos, en la oscuridad y el frío, pidiendo ayuda a gritos que no llegaba porque en una sala con decenas de pantallas alguien decidió que su desaparición era un fallo informático más. —Miró fijamente a la cámara—. Esa hora nos robaron. Esa hora les robó la vida a algunos de ellos. Queremos saber por qué. Y queremos nombres.

Raúl apagó la televisión. Los nombres. Él era un nombre. Pero no el único. Había una cadena de decisiones, de recortes, de atajos, de presiones por los índices de puntualidad, de informes de mantenimiento postergados, de licitaciones adjudicadas a la baja para sistemas críticos que fallaban. Una cadena que terminaba en su dedo, en aquel clic. Pero que empezaba mucho más arriba, en oficinas con vistas, donde la seguridad era un ítem presupuestario y la eficiencia, un porcentaje bonificable.

Decidió escribir. Escribió todo. Desde las órdenes verbales de “no parar la línea por tonterías” hasta las listas de incidencias crónicas no resueltas. Los informes técnicos que alertaban de la obsolescencia del sistema de balizas. Los emails donde se pedía “reducir el número de incidencias registradas” para mejorar las estadísticas mensuales. No era una confesión. Era una denuncia. La envió anónimamente a un periodista de investigación que había estado hurgando en el caso, y a la juez instructora.

Luego, esperó. Esperó a que el sistema, aquel monstruo burocrático y cínico que él había servido, volviera sus dientes hacia él para despedazarlo.

Capítulo 7: La cuenta

El reportaje del periodista, titulado “La hora de plomo”, cayó como una bomba. Citaba documentos internos, correos, y el testimonio anónimo de un regulador (Raúl) que detallaba la podredumbre. La investigación judicial se reavivó. Esta vez, las miradas apuntaron más arriba: a jefes de área, a directores de operaciones, incluso a un ex-consejero delegado que había impulsado un plan de “optimización de la explotación” que recortaba tiempos de respuesta y mantenimiento.

Raúl fue citado a declarar como imputado. En la sala, vio a las familias de las víctimas sentadas en la galería. Los sintió mirarle. No había odio en esas miradas, solo un dolor infinito y una pregunta muda.

El fiscal fue directo:

—Señor Mena, en su declaración escrita habla de una “cultura del atajo”. Pero al final, fue su dedo el que pulsó el botón. ¿Cree que, si hubiera seguido el protocolo al pie de la letra, se hubiera localizado el tren antes?

Raúl levantó la cabeza. Por primera vez en meses, miró a los ojos a la gente de la galería. A Laura, sentada en primera fila.

—Sí —dijo, con una voz clara que sorprendió hasta a él—. Si hubiera activado el protocolo 7 a los cinco minutos, como marca el reglamento, se habría alertado a la jefatura de zona. Un patrullero de vía habría salido desde la estación más cercana. En quince o veinte minutos, máximo, habrían encontrado el tren. La ayuda organizada habría llegado cuarenta minutos antes.

Hizo una pausa. El silencio en la sala era absoluto.

—No sé cuántas se habrían salvado. Los forenses dicen que trece murieron en esa hora. Tal vez no todas. Quizás solo cinco. O tres. O una. —Su voz quebró un instante—. Pero una vida era demasiado. Una vida ya justificaba haber seguido el maldito protocolo. Y nosotros… yo… prioricé no tener que rellenar un parte de incidencia.

Una abogada de la acusación particular, representando a las familias, tomó la palabra.

—¿Y por qué cree que priorizó eso?

—Porque el sistema —respondió Raúl, extendiendo la mano para abarcar a todos los imputados de alto rango sentados lejos de él— nos enseñó que una incidencia resuelta es mejor que un problema real. Que el dato bonito en un informe mensual vale más que la posibilidad remota de un accidente. Nos volvió cínicos. Nos volvió estúpidos. Y la factura la pagaron ellos. —Señaló a la galería—. Cuarenta y cinco. Con trece en deuda con nuestra incompetencia.

Epílogo: Los números

Raúl fue condenado por un delito de imprudencia profesional grave, pero la pena fue suspendida por la colaboración y el reconocimiento de responsabilidad. Los altos cargos salpicados sufrieron procesamientos, alguno cayó, pero la mayoría se defendió con éxito, amparándose en la “cadena de mando” y la “delegación de funciones”. El sistema se reformó, sobre el papel. Se instalaron nuevos detectores, se revisaron protocolos.

Pero en los CRC, los reguladores, los nuevos y los viejos, saben una verdad incómoda: la tecnología es infalible hasta que falla. Y el factor humano es la última barrera, una barrera corroída por la presión, la rutina y la arrogancia de creer que un tren que desaparece es solo un píxel borrado.

Laura Herrera visita a veces el monumento a las víctimas en Aramuz. Una placa con cuarenta y cinco nombres. Ella no necesita preguntarse “qué hubiese pasado”. Lo sabe. Sabe que Hugo, su hijo, número treinta y tres en la lista, murió a las 23:48. Sabe que la primera ambulancia medicalizada llegó a las 00:05.

Diecisiete minutos de diferencia.

En el juicio, un perito forense declaró que, con una compresión adecuada y un rápido control de la hipotermia, la lesión de Hugo tenía un 70% de supervivencia. Un porcentaje. Un número.

Pero para Laura, el único número que importa es el uno. El uno que era su hijo. El uno que se perdió en la oscuridad de una noche de invierno, mientras en una sala luminosa, un hombre cansado pulsaba “Aceptar” y condenaba, sin saberlo, a trece almas a una hora de plomo.

La novela negra no siempre trata de asesinos con pistolas. A veces, trata de asesinos con teclados. De muertes por omisión. De un cinismo sistémico que cuenta vidas como decimales en un indicador de eficiencia. Y la pregunta del título, la que duele y no tiene respuesta limpia, queda flotando sobre los campos de Aramuz, sobre las salas de control, sobre la conciencia de todos los que comprenden que, a veces, el progreso es una trampa mortal disfrazada de luz verde.

¿Cuántas personas se hubiesen salvado del Alvia si hubiese llegado la ayuda antes de una hora?

Probablemente, al menos una. Y eso, ya lo sabemos, era todo.