LOS PROTOCOLOS DE ADIF PARA ENCONTRAR UN TREN PERDIDO

Una novela negra y cínica

Prólogo: La desaparición

El Tren 331, un regional de la serie 449 que hacía la ruta Cáceres-Badajoz, se esfumó. No hubo explosión, no hubo descarrilamiento, no hubo llamada de socorro. A las 23:47, su señal en el Centro de Control de Tráfico Centralizado (CTC) –reconvertido bajo la nueva dirección en Centro de Tolerancia y Convicencia– parpadeó, titiló como una luciérnaga moribunda y se apagó. Desapareció de los monitores entre las estaciones de Almendralejo y Villafranca de los Barros, en un tramo de vía recta que cruzaba un mar de viñedos bajo la luna llena.

En el CTC reinaba el caos, pero un caos ordenado, protocolizado, e inclusivamente gestionado. El operario de turno, Jonatan, un licenciado en Género y Diversidad por la Universidad de Málaga (puesto B-14, “Técnico de Comunicación Inclusiva y Coordinación Sensorial”), no supo cómo reaccionar. Sus manuales estaban llenos de procedimientos para evitar microagresiones en los vagones, para garantizar la rotulación en lenguaje no binario en los aseos, y para organizar talleres de deconstrucción del espacio ferroviario como instrumento del patriarcado capitalista. Pero no había ni una línea sobre “qué hacer si un tren de 80 toneladas y 120 pasajeros se volatiliza”.

—Jefe, se ha ido la lucecita del 331 —dijo Jonatan a su supervisor, Félix, un viejo lobo ferroviario reconvertido a la fuerza en “Gestor de Eco-empatía Logística”.

Félix, que en otros tiempos hubiera maldecido, activado las alarmas y movilizado a los equipos de emergencia en menos de un minuto, suspiró. Ahora todo requería un Procedimiento Validado y un Informe de Impacto de Género previo.

—No digas “se ha ido”, Jonatan. Di “ha emprendido un camino de desvinculación voluntaria del sistema de seguimiento”. Y consulta el Protocolo P.A.B. (Pérdida de Artefacto Biomecánico). En la carpeta azul, detrás del manual de “Uso no sexista del intercomunicador”.

Capítulo 1: El Protocolo P.A.B. y la caza del gamusino

El Protocolo para la Localización de Unidades Ferroviarias en Situación de No-Visibilidad (PLUF-SNV), coloquialmente conocido como “P.A.B.”, era una obra maestra de la burocracia woke. Diseñado por un comité de diecisiete expertos en sociología, ecofeminismo y estudios queer (y ningún ingeniero), había sido implementado seis meses atrás para gran fanfarria mediática. Sustituía a los “obsoletos y autoritarios” protocolos de emergencia basados en “la fría tecnología y la jerarquía militarista”.

Félix abrió la carpeta digital con resignación. Jonatan se acercó, expectante.

—Punto 1 —leyó Félix—: “Ante la no-visibilidad de la unidad, se activará el Comité de Búsqueda Horizontal (CBH), compuesto por al menos un 60% de mujeres o identidades no binarias, y un 40% de colectivos históricamente discriminados en el sector ferroviario (se adjunta lista validada).”

—Voy a llamar a Prevención de Riesgos Laborales para que constituyan el CBH —dijo Jonatan, alargando la mano hacia el teléfono.

—¡Para! —lo atajó Félix—. Son las doce de la noche. El delegado de PRL es un tipo que se identifica como ‘cis-hetero-aliado en proceso’, pero a esta hora está durmiendo. Además, necesita un espacio seguro para meditar antes de tomar decisiones. Punto 2: “Localización de recursos próximos desde una perspectiva de comunidad y apoyo mutuo.”

Félix miró el mapa. El tren más cercano era un mercancías que estaba detenido en una vía de apartado a unos 3 kilómetros de la última posición conocida del 331. Su maquinista era Rogelio Pérez, un veterano de toda la vida, sindicalista de la vieja escuela y escéptico profesional de los nuevos protocolos.

—Llama a Rogelio —ordenó Félix—. Pero no le digas que se ha perdido un tren. Dile… lo que pone aquí. Punto 2.1: “Se involucrará a personal operativo próximo en una dinámica lúdico-comunitaria de exploración del entorno, evitando terminología que pueda generar estrés o ansiedad (ej: ‘emergencia’, ‘peligro’, ‘accidente’).”

Jonatan marcó el número. Sonó varias veces.

—¿’Onde? —contestó una voz ronca y soñolienta.

—Rogelio, soy Jonatan, del CTC. Necesitamos tu colaboración en una dinámica lúdico-comunitaria de exploración del entorno.

Hubo un silencio.

—¿Estás borracho, niño?

—No, no. Es el Protocolo P.A.B. Tu tren está a unos 3 kilómetros de la zona donde el Regional 331 ha… eh, ha decidido tomar un camino de desvinculación. Necesitamos que, si es posible, convenzas a dos pasajeros… perdón, a dos ‘compañeros de viaje’… para hacer una excursión nocturna por las vías. De unas dos horas.

Rogelio resolló.

—¿Una excursión? ¿De noche? ¿Por las vías? ¿Pero tú te has caído de la burra? No hay pasajeros, es un mercancías de cerdos. Y los cerdos no son muy de excursiones.

—El protocolo es flexible —improvisó Jonatan, leyendo a toda velocidad—. Puedes reclutar a personal voluntario de tu entorno. El objetivo es la búsqueda mediante una actividad de juego simbólico. Se les proporcionará… espera… sí, “se les dotará de herramientas de visualización autónoma (linternas a pilas) y un contenedor de tela ecológico (saco) para la captura simbólica del elemento motivador.”

—¿La captura del qué? —la voz de Rogelio era un mix de incredulidad e ira.

—Del gamusino, Rogelio. Se les dice que van a la caza del gamusino. Es un animal imaginario. Así se evita el trauma de saber que hay un tren perdido con gente dentro. Es… psico-lógicamente más sano.

Al otro lado del teléfono, Rogelio soltó una carcajada amarga.

—El gamusino. Claro. Y si encuentro el tren perdido, ¿qué hago? ¿Le pongo una trampa de cartón y lo meto en el saco?

—Exacto —dijo Jonatan, aliviado de que alguien por fin entendiera—. Eso sería lo ideal. Luego nos avisas y el Comité de Búsqueda Horizontal, una vez constituido tras la meditación matutina, evaluará los siguientes pasos con perspectiva de género. ¿Aceptas?

Rogelio colgó. Pero cinco minutos después, llamó al CTC desde su móvil personal.

—Oye, chaval. He convencido a los dos guardias de seguridad de la nave de al lado. Les he dicho que hay una team building nocturna de la empresa con premio. Les he dado las linternas del tren y un saco de patatas que había. Van caminando por la vía. Por el gamusino. Dios me perdone. Si encuentro ese tren y hay gente herida, me cargo el protocolo y actúo como un ser humano. Luego ya me fusilarán los de Inclusión.

Félix asintió en silencio. El viejo sistema, el de la humanidad básica, asomaba por entre los agujeros del protocolo absurdo.

Capítulo 2: El Comité de Búsqueda Horizontal

Mientras Rogelio y sus dos “cazadores de gamusinos” imprudentes avanzaban a tientas por la vía, en la sede central de ADIF en Madrid se activaba el verdadero monstruo: la burocracia.

La directora general de ADIF, doña Soledad “Sole” Arroyo, había llegado al cargo no por su conocimiento ferroviario (era licenciada en Danza Terapéutica y tenía un máster en Gestión de la Diversidad), sino por su lealtad inquebrantable al partido y su papel fundamental en la organización de los “eventos de confraternización” (las antiguas fiestas con prostitutas) para altos cargos. Bajo su mandato, ADIF había dejado de ser “Administrador de Infraestructuras Ferroviarias” para convertirse, en la práctica, en “Apañamos Deliberadamente Investigaciones Ferroviarias”. Y también en una agencia de colocación para afiliados y simpatizantes, donde cada nuevo protocolo woke generaba decenas de puestos inventados.

Sole convocó una reunión de crisis a las 2:00 a.m. en la “Sala de los Espejos”, llamada así porque en ella todo se reflejaba y distorsionaba hasta lo irreconocible.

—Compañeres —comenzó, usando el lenguaje inclusivo que tanto le había valido titulares positivos—, nos enfrentamos a una situación de desconexión comunitaria del servicio 331. He activado el Protocolo P.A.B. y constituido el Comité de Búsqueda Horizontal. Les presento a sus miembros.

A la mesa, además de Félix (conectado por videoconferencia), estaban:

  • Luz Marina: Responsable de Comunicación Inclusiva y Decolonial. Su función era “narrar la búsqueda desde un enfoque no hegemónico”.
  • Tayri: Experta en Psicología Traumática LGTBIQ+ aplicada a Espacios Confinados. Su tarea: “diseñar las consignas de calma para los viajeros cuando sean encontrados, asegurando que no se sientan heteronormativizados por el rescate”.
  • Brais: Coordinador de Sostenibilidad y Caza Simbólica. El encargado de supervisar que la “caza del gamusino” se hiciera con materiales biodegradables y sin alterar el ecosistema del viñedo.
  • Gorka: Asesor Jurídico de Perspectiva Interseccional. Velaría porque ningún acción de rescate vulnerara los derechos de ningún colectivo potencialmente afectado (incluidos los animales del viñedo y los microorganismos del suelo).

Félix, desde la pantalla, no podía creer lo que veía.
—Disculpen —interrumpió—, pero ¿y el equipo de rescate? ¿Los médicos? ¿Las grúas?

Sole lo miró con lástima.
—Félix, compañere, esa es una visión muy del siglo XX. El rescate, si es necesario, será una acción consensuada y horizontal. Primero necesitamos localizar la unidad desde un paradigma de juego y comunidad. Brais, ¿cómo va la caza del gamusino?

Brais consultó su tablet.
—Según el último informe del maquinista Rogelio, los dos sujetos reclutados caminan por la vía. Uno de ellos, de nombre Moisés, ha planteado una queja: dice que el saco de patatas huele mal y que el gamusino, si es ecológico, no querrá entrar. He derivado la queja a Luz Marina para que elabore un relato de superación de la barrera olfativa como metáfora de la lucha de clases.

Félix se dio cabezazos contra la mesa, fuera de la toma de la cámara.

Capítulo 3: El tren de los invisibles

Mientras el Comité debatía acaloradamente sobre si usar el término “tren perdido” era capacitista (por asumir que el tren no sabía dónde estaba), el Regional 331 seguía existiendo. Estaba parado, intacto, en un apartadero olvidado a apenas 500 metros de la vía principal. Un fallo de señalización combinado con un error de un sistema automatizado mal implementado por una empresa enchufada lo había desviado allí y había cortado toda su comunicación.

Dentro, los 120 pasajeros llevaban tres horas en la más absoluta oscuridad. La batería de emergencia de los vagones se había agotado. El maquinista, un hombre serio llamado Tomás, había intentado salir, pero las puertas, también electrónicas, no se abrían sin corriente. Era una lata de sardinas tecnológica.

—¿Alguien tiene cobertura? —preguntó una voz joven, por enésima vez.
—No, nada —respondió otra—. Parece que estamos en un agujero negro.

Un señor mayor, don Ernesto, sacó una radio de transistor de su bolsa de la compra. La encendió. Salió música flamenca. Giró el dial, buscando alguna noticia. De repente, en una frecuencia local, un locutor con voz grave decía:
“…y en la zona de Almendralejo, ADIF ha activado una innovadora dinámica lúdica de cohesión comunitaria. Varios voluntarios participan en una ‘caza del gamusino’ nocturna, una tradición recuperada que fomenta los vínculos con el entorno rural y descoloniza el concepto de búsqueda. Desde la dirección nos aseguran que es una actividad preventiva y no hay motivo para la alarma. Repito: es solo un juego. Un juego muy inclusivo.”

En el vagón se hizo un silencio absoluto.
—¿Una caza del gamusino? —preguntó una mujer—. ¿Eso es lo que están haciendo para buscarnos?

Tomás, el maquinista, apoyó la frente contra el cristal de la cabina. Lo sabía. Había oído rumores de los nuevos protocolos. “Estamos perdidos”, pensó. “Literalmente perdidos.”

Capítulo 4: La rebelión de Rogelio

Rogelio, caminando por la vía con su linterna, escuchaba las sandeces que le iba dictando por el manos libres Luz Marina, la de Comunicación Decolonial, para que se las transmitiera a sus “cazadores”.

—Diles que cada paso que dan es un acto de resistencia contra la linealidad opresora de la vía férrea, símbolo del progreso capitalista —decía la voz meliflua de Luz.

—Moisés, Paco —dijo Rogelio, sin convicción—. Cada paso que dais es un acto de… resistencia. Contra la vía.

—Joder, Rogelio, que me he torcido el tobillo —gruñó Moisés—. ¿Esto entra en la mutua?

—Seguramente como accidente en actividad lúdico-comunitaria —improvisó Rogelio—. Tiene plus de inclusividad.

De repente, Paco, que iba un poco más adelante, gritó.
—¡Eh! ¡Aquí hay un desvío! ¡Y hay huellas frescas en la grava!

Efectivamente, un cambio de agujas, mal señalizado y parcialmente oculto por la maleza, desviaba hacia un apartadero que no aparecía en los mapas actualizados. Las huellas de las ruedas eran recientes.

—¡Es el tren! —gritó Rogelio, olvidando por completo el protocolo—. ¡Tiene que estar ahí!

Llamó al CTC.
—¡He encontrado una pista! ¡Un desvío hacia un apartadero antiguo!

Félix, en el CTC, sintió un golpe de adrenalina.
—¡Bien! ¡Coordina con los equipos de emergencia! ¡Dales la ubicación exacta!

Pero entonces, en la línea, se coló la voz de Sole, la directora general, desde Madrid.
—Un momento, compañere Rogelio. ¿Has activado la fase de ‘Descubrimiento Consciente’ del Protocolo? Antes de anunciar ningún hallazgo, debes asegurar que el entorno no contiene simbología opresora o micro-traumas para los posibles ocupantes.

—¿Qué? —rugió Rogelio—. ¡Hay 120 personas atrapadas en un tren sin luz!

—Precisamente por eso —intervino la voz de Tayri, la psicóloga traumática—. Si irrumpimos con luces y ruidos, podemos generarnos un trauma de rescate. Debemos primero establecer contacto visual no intrusivo, quizás con mímica, para evaluar su estado emocional colectivo.

Rogelio miró el teléfono como si fuera un artefacto alienígena. Luego lo apartó de su oído.
—Moisés, Paco. Vosotros seguid por la vía. Yo voy a cortar por el viñedo. Si encuentro el tren, abro una puerta a hostias. Luego que me expulsen.

Capítulo 5: El rescate horizontal

Rogelio llegó al apartadero. Allí estaba el tren, silencioso y oscuro como un enorme gusano metálico dormido. Corrió hacia la locomotora. Vio a Tomás, el maquinista, golpeando el cristal desde dentro. Con una piedra grande que encontró, Rogelio destrozó la ventanilla lateral de la cabina.

—¡Gracias a Dios! —gritó Tomás—. ¡Llevamos horas aquí! ¡Hay ancianos, niños!

—Lo sé. Vamos a sacaros. ¿Las puertas?

—Sin corriente. No se abren.

Rogelio miró alrededor. No había forma de forzar las pesadas puertas de los vagones sin herramientas. Necesitaban los equipos de emergencia, con sus cuñas y sus generadores. Sacó el teléfono. Marcó al 112, saltándose por completo al CTC.

—Emergencias, diga.
—Necesito equipos de rescate ferroviario urgente. Tren bloqueado en apartadero entre Almendralejo y Villafranca. Unos 120 pasajeros, ilesos pero atrapados. Coordinad con bomberos y sanitarios.
—Recibido. Dando aviso.

Mientras, en la Sala de los Espejos de Madrid, el Comité entraba en ebullición. Brais había detectado, vía el GPS del teléfono de Rogelio, que se había movido.
—¡Ha roto el protocolo! ¡Ha establecido contacto sin validación del CBH!
—Y ha llamado al 112 sin pasar por el filtro de comunicación no alarmista —añadió Luz Marina, horrorizada.
—Lo peor —dijo Gorka, el jurista— es que ha usado una piedra para romper un cristal. Eso es violencia contra la propiedad ferroviaria, y además, ¿estaba la piedra libre de simbología patriarcal? ¿Era una piedra inclusiva?

Sole, la directora, palideció. No por la suerte de los pasajeros, sino por el lío protocolario.
—Esto es un desastre para la narrativa. Envía un comunicado urgentemente, Luz Marina. Titula: “ADIF transforma una incidencia en una exitosa experiencia de co-creación vecinal y resiliencia. La ruptura controlada de un cristal como acto simbólico de deconstrucción de barreras”.

Capítulo 6: El informe que lo cambia todo (para que nada cambie)

Los bomberos y sanitarios llegaron en cuarenta minutos. Sacaron a todos los pasajeros, ilesos pero hambrientos, cansados y furiosos. La noticia saltó a los medios: “Tren perdido durante horas mientras ADIF organizaba una caza del gamusino”.

El escándalo fue monumental. Los partidos de la oposición pedían cabezas. Las redes sociales ardían con memes del “gamusiongate”.

Pero ADIF tenía su maquinaria de defensa perfectamente engrasada. El Comité de Búsqueda Horizontal trabajó 72 horas seguidas para producir un informe de 300 páginas titulado “Análisis Interseccional y Decolonial de la Dinámica Comunitaria de Re-Vinculación del Servicio 331”.

El informe concluía, en esencia, que el protocolo había sido un “éxito rotundo”. Argumentaban:

  1. Se había evitado el pánico entre la población mediante la narrativa lúdica del gamusino.
  2. Se había empoderado a dos miembros de la comunidad (Moisés y Paco) como agentes activos de la búsqueda.
  3. La acción final de Rogelio, aunque “impulsiva”, había demostrado la “autonomía y capacidad de agencia del personal de base”, aunque se recomendaba para él un “curso de deconstrucción de la acción heroica heteronormativa”.
  4. Lo importante no era que el tren se hubiera perdido, sino que se había “recuperado la confianza en los procesos horizontales”.

El informe no mencionaba el fallo técnico, el apartadero fantasma, ni los recortes en mantenimiento que lo habían causado. Tampoco mencionaba que Sole, la directora, había destinado los fondos para modernizar los sistemas de señalización a la creación de diez nuevas plazas de “Facilitadores de Juego Inclusivo en Entornos Ferroviarios”.

Rogelio fue amonestado por “no respetar los canales horizontales” y enviado a un curso obligatorio de tres semanas: “De la Acción Reactiva a la Respuesta Consciente: Herramientas para una Masculinidad Ferroviaria No Tóxica”.

Tomás, el maquinista del 331, fue felicitado por “mantener la calma y no generar discursos catastrofistas entre los viajeros”. Se le ofreció ser ponente en un taller sobre “Gestión Emocional de la No-Visibilidad”.

Y los pasajeros recibieron, como compensación, un vale doble para el zoo de Madrid y una invitación a un taller gratuito titulado “El Gamusino Interior: Encuentra tu Viaje Perdido”.

Capítulo 7: La nueva normalidad

Un mes después, todo había vuelto a la “normalidad”. El escándalo mediático se apagó, ahogado por la siguiente crisis. El Protocolo P.A.B. no solo no se abolió, sino que se amplió. Ahora, para cualquier incidencia, se activaba un “Comité de Juego Aplicado”.

ADIF creó una nueva Dirección General de Gamusinología Aplicada y Resolución Horizontal de Conflictos, con un presupuesto de 5 millones de euros. Su director era Brais, el antiguo coordinador de sostenibilidad. Contrató a diez asesores más, todos afiliados o simpatizantes, hijos de, o recomendados por el partido.

La empresa “tapadera” seguía funcionando a la perfección. No para encubrir delitos, sino para vaciar de sentido las palabras, para convertir las emergencias en juegos, la responsabilidad en dinámicas de grupo, y la incompetencia en innovación social.

Félix, el gestor de Eco-empatía, solicitó la jubilación anticipada. En su despedida, le regalaron una linterna de madera artesana (ecológica) y un saco de tela bordado con la frase “Cazador de Soluciones Horizontales”.

Rogelio, tras su curso, volvió a su mercancías. Pero ahora, antes de cada viaje, debía rellenar un “Formulario de Intencionalidad Viajera” y realizar tres minutos de “meditación consciente sobre la huella de carbono afectiva de su trayecto”.

Una noche, pasando otra vez por el viñedo cerca de Almendralejo, vio una lucecita entre las vides. Sonrió. Quizás era un gamusino. O quizás era el último destello de sentido común, apagándose para siempre.

Epílogo: El éxito del sistema

En la siguiente memoria anual de ADIF, el incidente del Regional 331 se citaba como caso de estudio de “éxito en la implantación de los Nuevos Protocolos de Gestión Emocional de Crisis”. La directora Sole fue condecorada con la “Medalla al Mérito en la Innovación Pública Inclusiva”.

El tren perdido se convirtió en una anécdota, en un chascarrillo. “¿Te acuerdas cuando buscaban un tren con una caza del gamusino?”. La gente se reía, con esa risa cansada y cínica de quien sabe que el mundo es absurdo pero hay que seguir viviendo en él.

El sistema había funcionado. No para encontrar trenes, sino para encontrar nuevas formas de gastar dinero, de colocar a los adeptos, de simular que se hacía algo mientras se desmantelaba lo esencial. ADIF ya no era solo “Apañamos Deliberadamente Investigaciones Ferroviarias”. Era “Aplicamos Dinámicas Inclusivas para Festejar”. Y el festín, financiado con los impuestos de los que viajaban en trenes que podían desaparecer en cualquier momento, continuaba.

Los protocolos estaban a salvo. Los trenes, no tanto.

FIN

Este relato ha sido creado por DeepSeek con el siguiente Prompt:

A ver, GROK, escríbeme una novela del género negro y cínico, con título “Los Protocolos de ADIF para encontrar un tren perdido” de 7000 palabras y con 7 capítulos y un epílogo final, basada en lo siguiente:

ADIF es el acrónimo de “Apañamos Deliberadamente Investigaciones Ferroviarias”

El Progresismo woke ha creado una nueva serie de Protocolos que han cambiado toda la Sociedad y la forma de solucionar los problemas. Ahora hay que tener muy en cuenta la inclusividad, el colectivo LGTBI+, el feminismo y adaptar esas prioridades en los Protocolos de actuación en todos los sectores.

Por ejemplo ADIF que es una tapadera del PSOE para poner un sueldo a las prostitutas de la banda del Peugeot y enchufar a todos los afiliados y simpatizantes del PSOE con puestos inventados para simular un trabajo, ha creado, por ejemplo un Protocolo inclusivo para encontrar trenes perdidos por la noche.

El Protocolo para encontrar trenes perdidos es el siguiente:

A un maquinista que está en una zona próxima de unos 3 kilómetros a la redonda de por donde se tiene una primera idea de por donde debe estar el tren se le llama por teléfono y se le dice que convenza a 2 pasajeros, ofreciéndoles por ejemplo 2 entradas al zoo, para hacer una excursión nocturna por las vías del tren de 2 horas de duración. Para ello se les proporciona una linterna a pilas a cada uno y un saco, donde les dice el maquinista que, como van a la caza del gamusino, una vez encontrado, lo deben de meter dentro del saco.

El gamusino es un animal imaginario con el que se asusta a los niños cuando van a colonias y se les proponen juegos y entretenimientos como ir a la caza del gamusino.

Y el razonamiento de DeepSeek ha sido el siguiente:

Vaya, el usuario me pide otra novela negra y cínica con una premisa aún más sarcástica y política que la anterior. Parece que le gustó el tono de la primera y quiere profundizar en la sátira de ADIF con un giro «woke» absurdo.

Analizando su solicitud, veo que quiere una crítica feroz al «progresismo woke» aplicado de forma corrupta en una empresa pública. El usuario maneja un humor muy ácido, mezclando corrupción política tradicional (enchufismo del PSOE) con la burocracia de la inclusividad forzada. Parece tener un conocimiento muy específico de los chiringuitos españoles y disfruta con la exageración grotesca.

El reto aquí será mantener el tono cínico de la primera novela pero añadiendo esta capa de sátira sobre lo «políticamente correcto». Debo construir una trama donde los protocolos absurdos sirvan para encubrir negligencias reales, igual que en la anterior, pero con este nuevo elemento cómico-macabro.

El usuario da un «protocolo» concretísimo y ridículo para buscar trenes perdidos. Esto es oro puro para la sátira: puedo usarlo como hilo conductor de la trama principal. Quizás un tren que desaparece misteriosamente y los personajes deben seguir este protocolo surrealista mientras se oculta algo más siniestro.

Los personajes podrían ser similares a los de la primera novela: técnicos cínicos, políticos corruptos, pero ahora añadiendo «gestores de inclusividad» que justifican cualquier estupidez con lenguaje woke. El humor debería surgir del contraste entre la gravedad de un tren perdido y la idiotez de los protocolos.

El usuario parece disfrutar especialmente con los detalles burocráticos absurdos y los acrónimos sacrílegos. Debo inventar varios protocolos más además del que menciona, todos igual de ridículos pero con nombres grandilocuentes. También mantendré la estructura de 7 capítulos + epílogo para darle ritmo de thriller.

La clave será que, bajo la sátira woke, la novela siga mostrando la misma corrupción de siempre: enchufismo, desvío de fondos, encubrimientos. Lo «woke» será solo la nueva fachada para los mismos vicios. Eso conectará con la primera novela y dará cohesión a este universo cínico que el usuario disfruta.