Los Protocolos de ADIF del Venga, Vale, Recibido y las ruedas cuadradas de los trenes
Capítulo 1: El tren que se fue a comprar tabaco
La niebla se aferraba a las vías como una obsesión barata. Arnaldo, inspector de incidencias ferroviarias de cuarta categoría, miraba el panel de control con la misma expresión con la que se contempla un plato de lentejas recalentadas por tercera vez. Había un tren perdido. O, en la jerga burocrática de ADIF, “un elemento móvil de transporte colectivo en situación de desubicación espaciotemporal no programada”. El Ave 045, con 217 almas a bordo, se había esfumado entre Zaragoza y Madrid. No un descarrilamiento, no una señal de socorro. Un simple vacío en la pantalla radar, como si se lo hubiera tragado un agujero de gusano administrativo.
En la sala, olía a café quemado y a ambición frustrada. El jefe de turno, Raimundo, un hombre cuya sonrisa era tan falsa como un billete de tres euros, se frotaba las manos.
—Protocolo de inicio de actuación, Arnaldo. ¿Lo recuerdas?
Arnaldo suspiró. Lo recordaba. Lo soñaba en pesadillas recurrente.
—Venga —dijo Raimundo, con un entusiasmo de telepredicador—. Ánimo. Tú puedes. Confiamos en ti.
—Vale —masculló Arnaldo, fingiendo una solidaridad que le provocaba acidez.
—¡Recibido! —exclamó Raimundo, cerrando el trámite con una palmada—. Ya estás operativo. Ahora, aplica el Protocolo Especial para Ubicación de Material Rodante No Localizado, versión 4.2, apartado C: “Búsqueda mediante motivación lúdico-participativa”.
Arnaldo cerró los ojos. Ese era el protocolo nuevo, el “woke”, el diseñado por el Comité de Inclusividad y Buen Rollo Ferroviario. En teoría, aprovechaba sinergias humanas y desestereotipaba la relación jerárquica. En la práctica, era una tomadura de pelo sacada de un sketch de Martes y Trece en una mala noche.
Tuvo que llamar a Lorenzo, un maquinista que estaba en una unidad de cercanías aparcada en Guadalajara, a solo tres kilómetros del último punto conocido del Ave desaparecido.
—Lorenzo, soy Arnaldo de incidencias. Necesito que hagas una excursión.
—¿Una qué? ¿Son las tres de la mañana, Arnaldo.
—Es el protocolo. Tienes que bajar a la vía, convencer a dos pasajeros, ofrecerles… —consultó la pantalla— …dos entradas al Zoo Aquarium de Madrid, y organizar una batida de dos horas por las vías. Os darán una linterna a pilas y un saco de lona.
Hubo un silencio tan denso que parecía de plomo.
—¿Un saco? ¿Para qué?
—Para el gamusino.
—… ¿El qué?
—El gamusino, Lorenzo. Es el nombre en clave. El tren es el gamusino. Cuando lo encontréis, teóricamente, lo metéis en el saco.
—Arnaldo, ¿has bebido? ¿O es que os habéis fumado el protocolo?
—Ojalá. Son órdenes. Venga, ¿vale? —espetó Arnaldo, usando el protocolo básico como arma.
—… Recibido —resopló Lorenzo, con la voz de un hombre que acaba de perder la última pizca de fe en la especie humana.
Arnaldo colgó. Encendió la radio interna. Sonaba la sintonía de “Televisión Espantosa”, el programa de esos dos tertulianos, Ruiz y Cintora, que una vez, en un arranque de lucidez delirante, habían sugerido que los trenes irían mejor con ruedas cuadradas, porque “así se notarían más las deficiencias y se podrían atajar de raíz”. A veces, Arnaldo pensaba que esos tipos dirigían ADIF en secreto.
Capítulo 2: La caza del gamusino de acero
Lorenzo, con una linterna que iluminaba menos que una luciérnaga con depresión, intentaba convencer a los únicos dos pasajeros de su cercanías: una estudiante con pinta de anarquista y un hombre mayor que llevaba un traje arrugado y olía a brandy barato.
—Miren, es una actividad de team building. ADIF valora la participación ciudadana. Hay entradas al zoo de por medio.
—¿A las cuatro de la mañana? ¿En medio de la nada? ¿Para buscar un gamusino? —preguntó la estudiante, levantando una ceja perforada—. Suena a trampa para organos.
—Es metafórico —improvisó Lorenzo—. El gamusino representa… la eficiencia perdida. La encontramos y la traemos de vuelta.
El hombre del traje eructó.
—Yo voy. Total, mi mujer cree que estoy en un congreso de fontaneros en Cuenca. Esto será más divertido.
Así empezó la patrulla. Tres figuras absurdas caminando por la vía, barriendo con haces de luz débil la niebla y la chatarra. La estudiante, que se llamaba Cris, filosofaba.
—Esto es pura simbología capitalista. Nos mandan a cazar un constructo imaginario para ocultar la verdadera desaparición: la de la inversión en infraestructuras. El gamusino es el tren fantasma de la precariedad.
Lorenzo no respondía. Escuchaba su walkie-talkie, por si Arnaldo tenía noticias. Solo se oía estática y, una vez, un fragmento de la canción “Y viva España” interpretada con kazoo.
Mientras, en el Centro de Control, Arnaldo investigaba por otro lado. El “Apañamos Deliberadamente Investigaciones Ferroviarias” no era solo un acrónimo sarcástico que circulaba por los pasillos; era un manual de operaciones. Siguiendo el rastro burocrático, descubrió que la asignación de la búsqueda del Ave 045 tenía un código especial: PROYECTO PEUGEOT.
Preguntó a la secretaria de Raimundo, una mujer de mirada vidriosa llamada Encarna.
—¿Encarna, qué es el Proyecto Peugeot?
Ella palideció, o al menos eso pareció bajo las tres capas de maquillaje.
—Eso no existe. Es como la empanadilla de Móstoles. Un mito.
Arnaldo recordó el sketch de Martes y Trece: “Encarna de noche y la empanadilla de Móstoles”, una historia sobre un misterio que todos mencionan pero nadie ha visto. Se sintió dentro de un chiste mal contado.
Capítulo 3: El enemigo en la vía
A lo lejos, Cris gritó.
—¡Eh! ¡Hay algo ahí!
Apuntaron las linternas. Entre la niebla, se perfilaba una silueta enorme, alargada. El corazón de Lorenzo dio un vuelco. ¿Lo habían encontrado? ¿El tren? Avanzaron, esperanzados.
Era un tren, sí. Pero no el Ave 045. Era un convoy de mercancías antiguo, oxidado, parado en una vía muerta. En los vagones, pintadas con spray, se leía: “ADIF = PSOE”, “Las ruedas cuadradas funcionan”, “El gamusino te vigila”.
El hombre del traje, cuyo nombre era Don Servando, dio una patada a una rueda.
—Esto es una vergüenza. Un despilfarro. ¿Ven? Ruedas cuadradas no son, pero casi.
En ese momento, una voz áspera sonó desde la oscuridad.
—¡Alto! ¿Quiénes sois? ¿Es el enemigo?
De detrás de un vagón surgió un hombre anciano, vestido con un uniforme ferroviario de los años 60, con una gorra deshilachada. Empuñaba una llave inglesa como si fuera un sable.
Lorenzo, siguiendo un reflejo absurdo, respondió como en los chistes de Gila.
—No, no somos el enemigo. Somos… amigos.
—¡Ah, menos mal! —dijo el anciano, bajando la llave—. Pensé que eran los de Renfe, que vienen a sabotear nuestros protocolos. Yo soy Marcelino, vigilante honorífico de esta vía muerta. Llevo aquí desde que el tren era de vapor y los protocolos solo tenían dos pasos: “Joder” y “Ya está”.
Arnaldo, por el walkie, escuchaba la conversación.
—Pregúntale si ha visto un Ave —susurró al aparato.
—¿Ha visto un tren grande, plateado, que pasara por aquí? —preguntó Lorenzo.
Marcelino se rascó la barbilla.
—¿Un tren? Por aquí no pasa nadie desde que cancelaron la línea a Móstoles por lo de la empanadilla. Pero oigo cosas. Rumores. Dicen que a veces, en noches de niebla, aparece un tren fantasma que no para en ninguna estación. Lo llaman el “Venga-Vale-Recibido”. Porque cuando lo ves, dices “¡Venga!”, cuando se acerca, susurras “Vale…”, y cuando te arrolla, solo te llega decir “Recibido”.
Cris tomó nota en su libreta. “Simbología de la opresión burocrática como evento traumático”, murmuró.
Capítulo 4: El Proyecto Peugeot y la banda feliz
Arnaldo, con la excusa de ir al baño, husmeó en el archivo físico (un armario lleno de polvo y desesperanza). Entre carpetas con títulos como “Informe sobre la aerodinámica de los palillos de dientes en los vagones restaurante” o “Estudio de género en los silbatos de los revisores”, encontró una carpeta marrón con una etiqueta: PROYECTO PEUGEOT. SUBV. ACTIVIDADES SOCIOLABORALES.
La abrió. Contenía nóminas. Montones de nóminas emitidas por ADIF a personas con puestos como “Coordinador de Sinergias Lúdico-Ferroviarias”, “Asesor de Empatía en Desvíos”, o “Técnico en Gamusinología Aplicada”. Todos cobraban. Todos tenían afiliación al PSOE o eran “simpatizantes demostrados”. En los conceptos, a menudo se leía “Dietas por desplazamiento en vehículo particular, modelo Peugeot”.
Era la “banda del Peugeot”. Un sistema de enchufismo descarado, disfrazado de protocolos innovadores. Las “prostitutas” no eran literales, sino servicios políticos: gente que vendía su lealtad a cambio de un sueldo por un trabajo ficticio. El tren desaparecido era una cortina de humo, una crisis fabricada para justificar más partidas, más contratos, más “protocolos de emergencia” que, una vez escritos, generarían más puestos inventados.
Su teléfono vibró. Un número privado.
—Inspector Arnaldo —dijo una voz meliflua y fría—. Entiendo que está investigando el asunto del Ave 045. Le recomendamos que aplique el protocolo de desescalada cognitiva. Tome un café, rellene el formulario A-38 de “No Pasar de Aquí”, y olvídese. Hay un puesto de “Subinspector de Ética Ferroviaria Inclusiva” disponible. Con coche oficial. Peugeot 3008, híbrido.
—¿Quién es usted? —preguntó Arnaldo.
—Soy parte del Comité de Protocolos. De los que escribimos los pasos. “Venga”: acepte la oferta. “Vale”: sea solidario con el sistema. “Recibido”: su silencio está confirmado. ¿Lo entiende?
—Recibido —farfulló Arnaldo, y colgó.
No estaba confirmado. Estaba cabreado. Pero también tenía miedo.
Capítulo 5: La estación fantasma
Lorenzo, Cris y Don Servando, guiados por el viejo Marcelino, llegaron a una estación abandonada. El letrero, medio caído, decía “ESTACIÓN DE LOS PROTOCOLOS OLVIDADOS”. Era un lugar surrealista. En los andenes, carteles promocionaban “Trenes con ruedas redondas (próximamente)” y “Viaje en el tiempo a cuando esto funcionaba”.
Dentro de la vieja sala de espera, encontraron una oficina con un ordenador de los 90 aún encendido. En la pantalla, un salvapantallas con el logo de ADIF y la frase “Apañándolo desde 2005”. Cris, que sabía de informática, logró acceder a un directorio local.
—Mira esto —dijo a Lorenzo—. Archivos de seguimiento de trenes. Pero no del Ave… de otros. Trenes “fantasma” que aparecen en el radar solo de noche, que hacen recorridos imposibles.
Don Servando, que había estado callado, habló con solemnidad etílica.
—Yo trabajé en Hacienda. Sé reconocer una estafa de kilómetros cuando la veo. Estos trenes “fantasma”… ¿llevan mercancía?
Cris abrió unos archivos de logística.
—Sí. Material de oficina. Toneladas de papel, cartuchos de tinta, cafeteras, sillas ergonómicas… siempre con destino a sedes del partido o sindicatos amigos. Se facturan como “material para la implementación de protocolos de seguridad inclusiva”.
Era el circuito. ADIF facturaba servicios inexistentes (los protocolos), contrataba a personal enchufado (la banda del Peugeot) para gestionarlos, y usaba trenes reales en horarios fantasma para transportar material pagado por todos a manos de unos pocos. El Ave 045 había desaparecido porque, quizás por error, alguien lo había metido en ese circuito oculto. O porque sus pasajeros habían visto algo que no debían.
Marcelino asintió, como si lo supiera todo.
—El protocolo definitivo es el de la rueda cuadrada. Nunca avanza, pero hace mucho ruido y todos se reúnen a hablar de lo mal que funciona. Mientras, el que roba ruedas redondas pasa desapercibido.
Capítulo 6: El Ave de los locos
Arnaldo decidió saltarse todos los protocolos. Incluso el de “autopreservación laboral”. Usando una clave que le dio una becaria desencantada (cuyo puesto era “Dinamizadora de Alegría Colectiva en Situaciones de Estrés”), accedió al GPS interno de la flota. El Ave 045 no estaba en ninguna vía. Su señal venía de un polígono industrial cerca de Getafe, de una nave clasificada como “Almacén de Protocolos Obsoletos”.
Fue allí en su coche, un Seat Ibiza con la junta de la trócola mal. La nave era enorme, con la bandera de ADIF y la de España descoloridas. La puerta principal estaba abierta. Dentro, iluminado por focos halógenos, estaba el Ave 045. Intacto. Brillante. Y alrededor, como hormigas, decenas de personas en traje, con tabletas y carpetas, subiendo y bajando, midiendo cosas, discutiendo en voz baja.
Un hombre con chándal de ADIF se acercó a Arnaldo.
—¿Usted es el de incidencias? Llega tarde a la fase de evaluación participativa. Tome.
Le entregó un cuestionario. “Test de Satisfacción Subjetiva Post-Evento de Desubicación Ferroviaria (versión LGBTQ+ friendly)”. La primera pregunta era: “Durante su desaparición temporal, ¿sintió que su identidad de viajero fue respetada y valorada en toda su diversidad?”
Arnaldo miró al tren. Por las ventanas veía a los pasajeros. Estaban sentados, comiendo bocadillos, algunos reían. Uno hacía sudokus. No parecían angustiados. Un revisor pasaba repartiendo latas de refresco.
—¿Qué coño pasa aquí? —preguntó Arnaldo.
—Simulacro —dijo una voz a su espalda. Era Raimundo, su jefe, sonriendo con esa sonrisa de plástico—. Ejercicio de alto nivel. Necesitábamos una situación realista para testear el nuevo “Protocolo de Contención Psicoafectiva en Casos de Aislamiento Temporal Colectivo”. Los pasajeros fueron informados al subir de que podrían participar en una “experiencia innovadora de viaje”. Firmaron una renuncia. Se les compensará con un bono de viaje y una camiseta “Yo sobreviví al Protocolo VVR”.
—¿Y la búsqueda con linternas? ¿El gamusino?
—¡Brillante, ¿verdad?! —exclamó Raimundo—. Testeamos también el protocolo de búsqueda ciudadana inclusiva. Los datos de vuestras reacciones, especialmente los de la joven ideologizada y el viejo borracho, son oro puro para nuestro departamento de sociología. Hemos validado que, incluso en situaciones absurdas, el ciudadano medio prefiere participar antes que rebelarse. Es la piedra angular del nuevo modelo.
Arnaldo sintió que el mundo giraba con ruedas cuadradas. Todo era falso. La crisis, la búsqueda, el peligro. Todo un montaje para justificar informes, reuniones, subvenciones y, sobre todo, para mantener a flote la red de enchufismo. El Ave nunca estuvo perdido. Estaba secuestrado por la burocracia.
—Hay un puesto en el comité de ética del simulacro —le susurró Raimundo—. Es tuyo si firmas este NDA (Protocolo de No Alteración de la Realidad Percibida). Peugeot 5008, full extra.
Capítulo 7: El protocolo del disidente
Arnaldo tomó la carpeta del Proyecto Peugeot, los datos de los trenes fantasma, las grabaciones de su conversación con Raimundo en la nave, y el cuestionario sobre identidad del viajero. Lo subió todo a una memoria USB. Luego, hizo lo que ningún protocolo preveía: pensar.
Fue a un bar cerca de la estación de Atocha, donde sabía que se reunían antiguos ferroviarios desencantados. Entre ellos, encontró a un ex-controlador llamado Gila, nieto del humorista.
—Mi abuelo —dijo Gila, tomando un vino—. Se reiría de esto. Su chiste del “¿Es el enemigo?” era sobre la paranoia absurda. Ahora la paranoia es el sistema. Y el enemigo es cualquiera que pregunte.
—¿Qué hago con esto? —preguntó Arnaldo, mostrando la memoria.
—Si lo das a los medios, lo convertirán en un debate sobre si los protocolos son machistas. Si se lo das a la oposición, lo usarán para pedir una comisión que generará más puestos para sus enchufados. Si te lo quedas, te pudrirás por dentro.
—Entonces, ¿no hay salida?
—Sí la hay —dijo Gila—. Pero no está en los protocolos. Está en el ridículo. Hazlo tan ridículo que no puedan tomarlo en serio, pero tan cierto que no puedan ignorarlo.
Así que Arnaldo no fue a un periódico. Fue al programa de televisión más visto en esa franja horaria absurda de la tarde: “Televisión Espantosa”, de Javier Ruiz y Jesús Cintora.
Durante la entrevista, en lugar de denunciar con gravidad, lo contó todo con el tono de quien narra un chiste de Gila. Habló de gamusinos, de ruedas cuadradas, de la empanadilla de Móstoles, de los tres pasos mágicos. Mostró el cuestionario LGBTQ+ del simulacro. Los tertulianos, entre risas incrédulas, no sabían si estaba loco o era un genio.
—¿Y usted dice —preguntó Cintora, conteniendo la carcajada— que ADIF es “Apañamos Deliberadamente Investigaciones Ferroviarias”?
—No lo digo yo —respondió Arnaldo—. Lo dice el presupuesto. Busquen la partida “Gamusinología Aplicada”. Está entre “Flores para los jefes” y “Carbón para la locomotora de la fantasía”.
El efecto fue inverso al esperado. En lugar de escándalo, hubo hilaridad. El hashtag #GamusinoGate y #RuedasCuadradas se volvieron virales. La gente no se indignó; se rió. Y al reírse, desactivó la gravedad del asunto. Los políticos del PSOE salieron a decir que eran “exageraciones fruto de la derecha cavernaria”. Los de la oposición pidieron “menos bromas y más soluciones”. ADIF emitió un comunicado asegurando que los protocolos “Venga, Vale, Recibido” eran “herramientas valiosas de motivación humana” y que los puestos criticados “respondían a las nuevas necesidades sociales”.
Nadie perdió su trabajo. El Proyecto Peugeot siguió adelante, con un ligero cambio de nombre (“Proyecto Ciudadanía Activa sobre Rieles”). A Arnaldo no lo despidieron. Lo ascendieron. Le ofrecieron el cargo de “Coordinador de Transparencia y Humor Crítico Ferroviario”, con despacho, secretaria y un Peugeot 2008. Era la forma de comprar su silencio, de integrarlo en la broma.
Él lo rechazó. Pidió una excedencia. Y, en su último día, envió un correo a toda la empresa con asunto: “Protocolo de Despedida”.
Cuerpo: “Venga (hagamos como que esto ha servido de algo). Vale (entiendo que todos tenemos que comer). Recibido (me largo de este circo).”
Firmado: El ex-inspector del gamusino.
Epílogo: El tren que siempre llega
Un año después, Arnaldo trabajaba en una pequeña empresa de logística que transportaba libros. Era aburrido, pero real. Una tarde, en un bar, vio las noticias. Hablaban del nuevo “Protocolo Hyperwoke de ADIF para la Gestión de Retrasos”. Incluía “espacios seguros” en los andenes para pasajeros que se sintieran ofendidos por la puntualidad, y “comités de disculpa emocional” formados por maquinistas y revisores entrenados en abrazos terapéuticos.
El presentador, con seriedad, añadió: “Y para la localización de trenes, se abandona la figura del gamusino, por considerarla especista, y se implementa la ‘Búsqueda del Arcoíris Perdido’, con grupos de voluntarios de todos los géneros y orientaciones”.
Arnaldo sonrió, amargamente. No había cambiado nada. Solo los nombres. La máquina de fabricar tonterías con cargo al erario público seguía funcionando, con ruedas cada vez más cuadradas, pero mejor pintadas.
Pidió otra cerveza. Fuera, pasó un tren. Iba lleno. Iba tarde, seguro. Pero iba. Y, en algún lugar, un maquinista recibía por radio la orden de empezar.
—Venga —decía la voz.
—Vale —respondía el maquinista, con resignación.
—Recibido —confirmaba la voz, y se cortaba.
El tren aceleraba, avanzando por vías que llevaban a todas partes y a ninguna, en un país que había perfeccionado el arte de simular que todo funcionaba mientras cazaba gamusinos en la oscuridad.
Fin.
Este relato ha sido creado por DeepSeek con el siguiente Prompt:
A ver, DeepSeek, escríbeme una novela del género negro y cínico, con título “Los Protocolos de ADIF del Venga, Vale, Recibido y las ruedas cuadradas de los trenes” de 7000 palabras y con 7 capítulos y un epílogo final, basada en lo siguiente:
1. Venga
2. Vale
3. Recibido
Es el Protocolo de los 3 pasos de ADIF para comenzar cualquier actuación.
Comienza con el “Venga” para dar ánimo al maquinista.
Continúa con el “Vale” como muestra de empatía y solidaridad
Y termina con el “Recibido” de que ya no necesita más información y todo está controlado.
Estos Protocolos de actuación tienen sus antecedentes delirantes en los sketch de Martes y Trece como el de «Encarna de noche y la empanadilla de Móstoles» y de lo chistes de Gila como aquél de “¿Es el enemigo?
Las ruedas cuadradas es un invento de los tertulianos Javier Ruiz y Jesús Cintora, presentadores ambos de “Televisión Espantosa”
ADIF es el acrónimo de “Apañamos Deliberadamente Investigaciones Ferroviarias”
El Progresismo woke ha creado una nueva serie de Protocolos que han cambiado toda la Sociedad y la forma de solucionar los problemas. Ahora hay que tener muy en cuenta la inclusividad, el colectivo LGTBI+, el feminismo y adaptar esas prioridades en los Protocolos de actuación en todos los sectores.
Por ejemplo ADIF que es una tapadera del PSOE para poner un sueldo a las prostitutas de la banda del Peugeot y enchufar a todos los afiliados y simpatizantes del PSOE con puestos inventados para simular un trabajo, ha creado, por ejemplo un Protocolo inclusivo para encontrar trenes perdidos por la noche.
El Protocolo para encontrar trenes perdidos es el siguiente:
A un maquinista que está en una zona próxima de unos 3 kilómetros a la redonda de por donde se tiene una primera idea de por donde debe estar el tren se le llama por teléfono y se le dice que convenza a 2 pasajeros, ofreciéndoles por ejemplo 2 entradas al zoo, para hacer una excursión nocturna por las vías del tren de 2 horas de duración. Para ello se les proporciona una linterna a pilas a cada uno y un saco, donde les dice el maquinista que, como van a la caza del gamusino, una vez encontrado, lo deben de meter dentro del saco.
El gamusino es un animal imaginario con el que se asusta a los niños cuando van a colonias y se les proponen juegos y entretenimientos como ir a la caza del gamusino.
Y el razonamiento de DeepSeek ha sido el siguiente:
Vale, el usuario ha pedido una novela negra y cínica basada en un concepto absurdo relacionado con ADIF. Primero, necesito entender bien todos los elementos que ha mencionado: los protocolos «Venga, Vale, Recibido», las referencias a Martes y Trece y Gila, las ruedas cuadradas, y el contexto político satírico.
El usuario quiere una crítica sarcástica del burocratismo y la corrupción, usando el sistema ferroviario como metáfora. La clave será equilibrar el humor absurdo con un tono oscuro, típico del género negro.
Debo estructurar la novela en 7 capítulos y un epílogo, cada uno avanzando la trama mientras se desarrolla la sátira. Los personajes deben reflejar la incompetencia y cinismo del sistema. El detective Arnaldo será el protagonista desencantado que descubre la verdad detrás de los protocolos.
Las referencias culturales españolas (como Martes y Trece o Gila) son cruciales para mantener el tono local y cómico. También debo integrar los elementos woke de manera irónica, mostrando cómo se usan para encubrir corrupción.
La trama debe girar en torno a la investigación del tren desaparecido, revelando gradualmente los absurdos protocolos y la red de enchufismo. El final debe ser cínico, dejando claro que nada cambia a pesar de descubrirse la verdad.
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