La Jueza del Juzgado Nº 2 de Montoro, María del Carmen Troyano y el clan de los Troyano en Andalucía
Capítulo 1: El Atestado y la Sombra
El atestado llegó a primera hora de la mañana, con el olor a papel sellado y tinta oficial que impregnaba la sala de vistas del Juzgado Nº 2 de Montoro. La jueza María del Carmen Troyano lo recibió con las manos limpias, meticulosamente limpias, como todo en su vida. Cuarenta ycinco muertos. Docenas de heridos. Un tren descarrilado en Adamuz que había partido en dos la tranquila rutina de la campiña cordobesa y, aunque ella no lo supiera aún, su propia carrera.
María del Carmen no era una mujer impresionable. Troyano de nacimiento y de carácter, heredera de una saga andaluza que tejía sus raíces entre Granada, Sevilla y Huelva, con ramas que trepaban discretamente por los muros de la administración desde hacía décadas. Su madre, Francisca Troyano Caparrós, granadina de pura cepa, le había enseñado que el poder no se grita, se susurra. Su tío, Manuel Troyano Caparrós, había aprendido la lección tan bien que en 1977 se codeó con Sentís y Jiménez de Parga en las listas de UCD en Barcelona, un andaluz haciendo política de altura lejos del calor de su tierra. Los Troyano no eran un clan al estilo medieval; eran una red. Un “buen saber hacer”, como les gustaba decir en las sobremesas familiares en Baza, en Sevilla, en Huelva. Un saber navegar los vericuetos del poder con la elegancia discreta de quien conoce cada recoveco porque ayudó a construirlos.
La jueza estudió la portada del atestado de la Guardia Civil. La causa se abría por homicidio imprudente. Fallos técnicos, error humano, desgaste de material. Lo habitual. Pero algo en la meticulosidad del informe, en la exhaustividad casi asfixiante de los datos, le hizo arquear una ceja. Era demasiado perfecto. Un edificio lógico impecable, sin una grieta por donde colar la duda. Y en su experiencia, cuando la Guardia Civil presentaba un caso tan redondo, era porque alguien muy poderoso necesitaba que lo fuera.
Su secretario judicial, un hombre leal a la familia desde los tiempos de su abuela Francisca Caparrós Galindo, entró sin hacer ruido.
—Han llamado de Madrid, señoría —murmuró, acercándose.
—¿El CGPJ?
—No. Algo más alto. La Moncloa. Quieren… perspectiva sobre la celeridad del caso. Dicen que es de altísima sensibilidad social.
—Claro que lo es —respondió ella, sin levantar la vista del atestado—. Cuarenta ycinco familias destrozadas lo son.
—No se refieren a las familias, señoría —el secretario bajó aún más la voz—. Se refieren a la estabilidad. A la confianza en los servicios públicos. Piden mesura.
María del Carmen alzó por fin la mirada. Sus ojos, del color de la aceituna madura, reflejaban una inteligencia gélida.
—Mesura es lo que hay en este atestado. Toneladas de mesura. Ve a preparar los oficios para las primeras declaraciones. Y que nadie, nadie, toque el archivo físico sin mi autorización.
Aquella tarde, mientras el sol cocía las calles blancas de Montoro, la noticia cayó como un rayo en cielo despejado. Un comunicado escueto del Ministerio de Justicia. “Por necesidades del servicio y en aras de agilizar la carga de trabajo en determinados juzgados, se procede a un reajuste de destinos.” Un eufemismo burocrático que significaba, en lenguaje claro, que la jueza María del Carmen Troyano era apartada del Juzgado Nº 2 de Montoro. Inmediatamente. Sin previo aviso. Su sustitución: dos jóvenes abogadas, recién salidas de la carrera, sin experiencia en la judicatura. Sus nombres sonaban a fichaje político, a promesas cumplidas en algún despacho madrileño.
La llamada de su tía Mercedes Tiburcio, desde Huelva, no se hizo esperar.
—Carmen, hija. Te han puesto una encerrona. Esto huele a podrido desde Madrid.
—Lo sé, tía.
—Tu tío Manuel está haciendo llamadas. Pero en Barcelona… las cosas han cambiado. Aquí, en Andalucía, aún tenemos peso. Pero nos están apretando. ¿Qué tienes entre manos que les asusta tanto?
—Un atestado de la Guardia Civil, tía. Demasiado bien hecho.
—Pues ahí está. Alguien no quiere ni que respires sobre él. Cuidado, Carmen. Los Troyano sabemos jugar, pero la partida se ha puesto muy sucia.
Al colgar, María del Carmen se acercó a la ventana. Desde su despacho se veía la silueta del Castillo de Montoro. Piedra sobre piedra, poder sobre poder. Ella era una Troyano. No la iban a fulminar sin dar batalla. Y si el Gobierno de Pedro Sánchez no quería saber nada de los Troyano, ella les daría razones para recordarlos. Aunque fuera la última cosa que hiciera.
Capítulo 2: Las Sucesoras y el Silencio
Las dos jóvenes abogadas llegaron a Montoro en un coche oficial con matrícula de Madrid. Lucía Valero y Sandra Millán. Veintinco años, trajes impecables de Zara, sonrisas brillantes y vacías. No venían a aprender, venían a ocupar. El secretario judicial, fiel a la jueza saliente, las recibió con una cortesía tan gélida que casi se podía ver su aliento en el aire acondicionado.
—La presidenta del tribunal —dijo Lucía, la más habladora, mientras recorría el despacho con una mirada de apropiación— insistió en la necesidad de transparencia y renovación. Un caso de esta magnitud no puede tener la más mínima sombra de duda.
—La única sombra aquí la traen ustedes —pensó el secretario, pero se limitó a asentir—. El archivo del caso está en la caja fuerte. La jueza Troyano dejó instrucciones muy específicas.
—La jueza Troyano ya no tiene jurisdicción aquí —intervino Sandra, con una sonrisa afilada—. Las instrucciones las damos nosotras ahora. Necesitamos el atestado original y todas las diligencias previas.
El secretario accedió, moviéndose con la lentitud deliberada de un funcionario que conoce cada reglamento. Mientras las jóvenes abogadas se sumergían en el mar de papel, él encontró un momento para hacer una llamada desde un teléfono público, a la antigua usanza.
—Señoría, lo tienen todo.
—Bien —respondió la voz serena de María del Carmen desde su casa familiar en Córdoba—. Que lo miren. Que lo devoren. Pero recuerda: copias existen. Y los Troyano siempre guardamos una copia de seguridad.
Mientras tanto, en Madrid, la maquinaria se ponía en marcha. En los pasillos del Ministerio, se comentaba que el accidente de Adamuz era “una tragedia que no podía convertirse en un drama político”. Se hablaba de “responsabilidades técnicas, no políticas”. De “evitar cazas de brujas”. El mensaje era claro: había un guión y debía seguirse. Las jóvenes abogadas de Montoro eran la garantía de que así sería. Inexperta, maleables, agradecidas por el ascenso meteórico.
Pero María del Carmen no era la única Troyano con inquietudes. Su primo hermano, Antonio Troyano, fiscal en Sevilla, comenzó a husmear por su cuenta. Las conexiones familiares, ese “buen saber hacer”, se activaron. Una cerveza con un teniente coronel de la Guardia Civil retirado en Granada. Una llamada a un antiguo compañero de facultad ahora en la cúpula de Renfe. Un almuerzo con un periodista de investigación de un diario andaluz que debía favores a la familia desde los tiempos del tío Manuel.
Las piezas sueltas empezaron a formar un dibujo distinto. El tren accidentado pertenecía a una flota vieja, sí, pero había pasado una revisión general apenas tres meses antes. La empresa contratista para el mantenimiento de esa línea era una filial de un holding más grande, con sedes en Luxemburgo y Panamá. Entre sus accionistas minoritarios aparecían nombres que sonaban a fondos de inversión vinculados, a su vez, a grandes bancos españoles. Y uno de esos bancos había sido el principal financiador de la última campaña electoral del partido en el gobierno.
No era una conspiración. Era más sencillo y más sórdido: una cadena de contratos, subcontratos, comisiones y negligencia encubierta por capas de papel corporativo. Y alguien, en lo más alto, había decidido que el coste político de destapar esa cadena era mayor que el coste humano de cuarenta ycinco muertos.
La jueza recibió la información en una memoria USB entregada en mano por su primo Antonio, durante un paseo discreto por los jardines del Alcázar de los Reyes Cristianos en Córdoba.
—Es frágil, Carmen. Todo circunstancial. Pero el humo indica fuego.
—Y a alguien le aterroriza que soplemos sobre las brasas —musitó ella, guardando el dispositivo en el bolsillo interior de su chaqueta—. Han puesto a dos niñas a custodiar el establo. Pero los Troyano no somos fáciles de borrar del mapa.
Esa noche, desde su casa, María del Carmen Troyano hizo dos llamadas. La primera, a un contacto en el diario ABC. Sin dar nombres, solo pistas. “Busquen en las subcontratas de mantenimiento ferroviario. En los paraísos fiscales.” La segunda, a su tía Mercedes en Huelva.
—Tía, necesito que la familia se mueva. No para protegerme a mí. Para presionar en silencio. Que sepan en Madrid que fulminar a una Troyano no es como cambiar a un juez cualquiera. Que tenemos memoria, y archivos.
—Ya se está haciendo, niña —respondió la voz cansada pero firme al otro lado—. Tu madre está en Granada, moviendo a la gente del PSOE de toda la vida que deben favores a tu abuela. Tu tío Manuel, desde Barcelona, está hablando con gente de la vieja guardia. Pero ten cuidado. No juegues a policía. Eres jueza.
—Ya no —corrigió María del Carmen, con amargura—. Ahora solo soy un problema que quieren eliminar.
Capítulo 3: Las Presiones y la Red
La presión sobre las dos jóvenes abogadas en Montoro fue inmediata y sofisticada. No hubo amenazas burdas, sino “recomendaciones”. Llamadas desde la Subsecretaría de Justicia. Invitaciones a cafés en Córdoba con altos cargos de la Delegación del Gobierno. El mensaje era siempre el mismo: “Este caso es una losa. Cuanto antes se archive, mejor para todos. Para la credibilidad de la justicia, para la estabilidad, para vuestro futuro.” Les hablaban de “lealtad institucional” y de “no dar pábulo a teorías alarmistas”.
Lucía y Sandra, al principio entusiastas, empezaron a mostrar signos de agotamiento y tensión. Lucía, especialmente, comenzó a encontrar “lagunas” en el atestado. Pequeñas inconsistencias en los informes periciales sobre el estado de los raíles. Un testigo, un antiguo ferroviario ya jubilado que vivía cerca de la vía, que declaraba haber oído “un chirrido anormal, como de metal gastado, semanas antes del accidente”. Su declaración estaba en el atestado, pero minimizada, enterrada en el anexo 47, casi como si esperaran que nadie llegara hasta allí.
—Esto… esto debería haberse investigado más —murmuró Lucía una tarde, señalando el párrafo con un dedo tembloroso.
—¿Investigado por quién? —replicó Sandra, con los ojos inyectados en sangre por la falta de sueño—. Nosotras no somos la policía. Nuestra función es dirigir el procedimiento según las pruebas presentadas. Y la Guardia Civil no presentó más.
—Pero si hay indicios de que había un informe previo de mal estado de la vía…
—¡Y entonces qué! —estalló Sandra, bajando la voz de inmediato—. ¿Qué quieres hacer? ¿Reabrir la investigación? ¿Contradecir a la Guardia Civil, al Ministerio, a todo Madrid? ¿Sabes lo que nos costaría?
—¿Nuestra carrera? —preguntó Lucía, con sarcasmo—. ¿O nuestra conciencia?
El enfrentamiento entre las dos sustitutas fue la primera grieta. La segunda vino desde fuera. El diario ABC publicó una columna de opinión, sutil pero mordaz, titulada “La opacidad de las subcontratas: preguntas sin respuesta tras la tragedia de Adamuz”. Mencionaba holding fantasmas en Luxemburgo. No acusaba a nadie directamente, pero plantaba la semilla de la duda. Al día siguiente, un periódico digital de tirada nacional recogía el rumor, añadiendo: “Fuentes judiciales consultadas expresan su perplejidad ante la celeridad con la que se quiere archivar una investigación con tantas aristas.”
Esas “fuentes judiciales” eran, por supuesto, los hilos movidos por los Troyano desde Andalucía. Una red discreta pero eficaz. El primo fiscal en Sevilla filtró detalles técnicos a un periodista amigo. La madre en Granada presionó a un diputado autonómico, quien a su vez hizo una pregunta incómoda en el Parlamento andaluz. El tío Manuel, desde su despacho en Barcelona, utilizó sus contactos en el mundo financiero para sonsacar información sobre los fondos de inversión vinculados a la empresa de mantenimiento.
María del Carmen observaba todo desde la distancia, como una generala desde su cuartel general. Su destitución, en lugar de silenciarla, la había convertido en un símbolo incómodo. En los pasillos de la Audiencia Provincial de Córdoba, sus colegas la saludaban con una mezcla de respeto y compasión, pero algunos le susurraban al oído: “Ten cuidado, Carmen. Están jugando muy sucio.”
La jugada más sucia llegó una semana después. Un sobre anónimo apareció en su domicilio. Dentro, fotografías. Fotografías de ella saliendo de su casa, de su coche circulando por las calles de Córdoba. Y una nota, mecanografiada, sin firma: “La familia es lo más importante. No arruines el futuro de los tuyos por un puñado de muertos que no van a volver. Archiva lo que sepas. Sé razonable.”
No era una amenaza directa. Era peor: era una advertencia siniestra que apuntaba a lo que más quería. A su familia extendida por toda Andalucía. A la red Troyano. El mensaje era claro: podían tocarla a través de los suyos.
Pero los Troyano no se asustaban fácilmente. La abuela Francisca, desde Baza, había vivido la posguerra. Su tía Mercedes, en Huelva, había visto cómo se hacían y deshacían pactos en la Transición. Su madre, en Granada, sabía que el poder era un juego de larga duración. María del Carmen quemó la nota y las fotos. No iría a la policía. No daría a sus enemigos el gusto de verla asustada.
En su lugar, hizo una última jugada. Una jugada desesperada. Contactó con el único periodista de investigación en quien confiaba plenamente, un hombre que había destapado casos de corrupción a nivel nacional y que tenía cuentas pendientes con el poder. Le entregó una copia de todo lo que había recopilado, más la memoria USB de su primo.
—Esto no es solo por mí —le dijo, en un bar apartado de Córdoba—. Es por los cuarenta ycinco. Y por los que vendrán si esto se tapa.
—Publicarlo será un terremoto —advirtió el periodista.
—Andalucía está acostumbrada a los terremotos —respondió ella—. Y los Troyano siempre hemos sabido reconstruir sobre las ruinas.
Capítulo 4: Las Filtraciones y el Caos
El terremoto llegó dos días después, en forma de reportaje de portada en una revista digital de prestigio. El titular era un martillo: “Adamuz: la trama de silencio. Del descarrilamiento a los paraísos fiscales.” El artículo no acusaba directamente al gobierno, pero trazaba una línea nítida y letal: empresa de mantenimiento con sedes opacas -> fondos de inversión vinculados a la banca -> esa misma banca, principal financiadora del partido en el poder -> presión política para cerrar la investigación en falso -> sustitución exprés de la jueza instructora.
El nombre de María del Carmen Troyano aparecía como el de una magistrada experimentada apartada por motivos oscuros. El de sus dos sustitutas, como el de dos novatas colocadas para garantizar el “guiñol judicial”. Se mencionaba, de pasada pero con intencionalidad, “la extensa y respetada saga familiar de la jueza en Andalucía”, insinuando que su destitución podía ser también un ajuste de cuentas contra una red local de influencia.
El efecto fue inmediato y caótico. Los grupos de oposición en el Congreso pedían explicaciones urgentes. La portavoz del gobierno salió a desmentir “cualquier injerencia en el poder judicial” con una sonrisa tensa y argumentos genéricos. En Montoro, Lucía y Sandra se encontraron con una nube de periodistas acampando a las puertas del juzgado. Lucía, la más dubitativa, estaba al borde de un ataque de nervios. Sandra, más fría, intentó capear el temporal diciendo que “todo se estaba haciendo conforme a derecho”, pero su voz carecía de convicción.
En Madrid, la ira fue monumental. No tanto por la filtración –eran habituales–, sino por su precisión y por señalar al tejido financiero que sostenía al partido. Alguien había traspasado una línea roja. Y la sospecha cayó, automáticamente, sobre la jueza destituida y su “clan”.
La represalia fue rápida y doble. Primero, mediática. Un periódico afín al gobierno publicó un perfil de María del Carmen Troyano con un título venenoso: “La jueza del clan: los Troyano, una estirpe de poder en la Andalucía profunda.” El artículo detallaba, con tono entre admirativo y conspirativo, la trayectoria familiar: la abuela de Baza, el tío candidato con UCD, la madre en Granada, la tía en Huelva. Lo pintaba como una red de caciques modernos, una dinastía que había colonizado puestos de la administración. El mensaje subliminal era claro: ella no era una víctima, sino una pieza de un sistema clientelar que se resistía a ser desmontado.
Segundo, la presión sobre la familia se hizo explícita. Una inspección sorpresa de Hacienda en una empresa de transporte propiedad de un sobrino de María del Carmen en Sevilla. La retirada “temporal” de proyectos de investigación universitarios dirigidos por una prima en Granada. Pequeñas triquiñuelas administrativas, todas dentro de la legalidad, pero destinadas a recordarles que podían hacer daño.
La llamada de su madre, Francisca, fue la más dura.
—Hija, están haciendo la vida imposible a tu primo Javier. Dicen que tiene irregularidades en los libros. Tu tía Mercedes está que trina. Esto se nos está yendo de las manos.
—No se nos va, madre. Es la batalla —respondió María del Carmen, con una fatiga que le llegaba a los huesos—. Ellos quieren que retrocedamos asustados. Que prioricemos nuestros pequeños negocios sobre la verdad de cuarenta ycinco muertos.
—¡Y no es solo nuestra verdad, Carmen! ¡Es nuestra familia! ¿Vas a sacrificar a los tuyos por una causa perdida? ¡Ni siquiera eres ya la jueza!
—¡Precisamente por eso! —estalló Carmen, por primera vez perdiendo los estribos—. Porque ya no tengo nada que perder, más que el honor. Y el honor de los Troyano, aunque a veces lo olvidemos, nunca se ha construido mirando para otro lado.
Su madre guardó silencio al otro lado. Un silencio que era, a la vez, reproche y resignación. Finalmente, susurró:
—Tu abuela Francisca decía que en esta tierra, o eres yunque o eres martillo. Parece que tú has elegido ser martillo. Solo te pido que no nos golpees a nosotros al descargar el golpe.
La situación en el juzgado de Montoro era ya insostenible. Lucía, atormentada por la conciencia y el acoso mediático, envió un correo electrónico a la Sala de Gobierno del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía pidiendo ser relevada del caso “por motivos personales”. Fue la rendición. Sandra, al quedarse sola, intentó seguir, pero era evidente que el procedimiento estaba contaminado. Cualquier decisión que tomara sería vista, ante la opinión pública, como ilegítima.
Y entonces, desde la sombra, el sistema judicial, ese organismo lento y a veces ciego, reaccionó por inercia. El presidente del TSJA, un hombre viejo y astuto que conocía a los Troyano desde hacía treinta años y que detestaba la injerencia política en sus tribunales, tomó cartas en el asunto. Una llamada a Madrid. Un “esto huele muy mal y está salpicando a todo el estamento”. Una advertencia de que si el caso explotaba del todo, la credibilidad de la justicia española saldría hecha añicos.
La solución fue tan cínica como la propia trama. No se repuso a María del Carmen Troyano. Eso habría sido una humillación demasiado grande para el gobierno. En su lugar, se decidió que el caso de Adamuz sería elevado a la Audiencia Provincial de Córdoba, “por su complejidad y relevancia”. Se sacaba de Montoro, se alejaba de las jóvenes abogadas fracasadas y, sobre todo, se la quitaba del ámbito de la jueza destituida. Era un empate técnico sucio. El gobierno evitaba tener que reconocer su error, el poder judicial recuperaba el control formal, y el caso entraba en un laberinto procesal mayor donde podría enfriarse y, con suerte, olvidarse.
Para María del Carmen, era una victoria agridulce y pírrica. Había evitado que el caso se archivara inmediatamente. Había dejado al descubierto las costuras podridas del sistema. Pero ella seguía fuera. Su carrera, probablemente, terminada. Y su familia, marcada.
Capítulo 5: La Venganza Fría
María del Carmen Troyano no se fue a su casa a llorar. Los Troyano no lloran en público. Se lamen las heridas en privado y planifican la siguiente jugada. Y ella tenía una en mente. Una venganza fría, legal, precisa. No contra personas, sino contra la maquinaria.
Con la ayuda de su primo fiscal y de un par de abogados mercenarios (los buenos, los caros, que no hacen preguntas y ganan siempre), presentó una denuncia ante el Tribunal Constitucional. No por su destitución –sabía que era una batalla perdida–, sino por “vulneración del derecho a una tutela judicial efectiva de las víctimas del accidente de Adamuz, debido a injerencias indebidas del poder ejecutivo en el curso normal de la investigación”. Era un tiro a la línea de flotación. No acusaba a nadie de corrupción, sino de algo más sutil y peligroso: de desvirtuar el estado de derecho.
Paralelamente, usando los restos de su influencia y el archivo de copias que aún guardaba, alimentó de forma anónima una investigación paralela. Pasó toda la información a una asociación de víctimas de accidentes ferroviarios que llevaba años luchando por una mayor transparencia. Ellos no tenían miedo. Su dolor era más fuerte que cualquier amenaza.
El caso, ahora en la Audiencia Provincial, avanzaba con lentitud glacial, pero ya no podía cerrarse en falso. La luz pública lo impedía. Cada mes, la asociación de víctimas convocaba una rueda de prensa. Cada trimestre, algún diputado opositor preguntaba por su estado. Era una espina clavada en el costado del poder.
María del Carmen, mientras tanto, se reinventó. Usando los ahorros de toda una vida y un préstamo discreto de la tía Mercedes –“para que no piensen que nos han roto”–, abrió un pequeño bufete en Córdoba, especializado en derecho administrativo y recursos contra la administración. Su clientela no era abundante, pero sí selecta. Gente que tenía cuentas pendientes con el poder. Empresarios a los que les habían negado licencias por razones oscuras, funcionarios represaliados, familias que luchaban contra expropiaciones dudosas. Se convirtió en la abogada de los perdedores del sistema, en la sombra donde el “buen saber hacer” Troyano se transformaba en un arma de justicia, o al menos de resistencia.
Una tarde, recibió en su nuevo despacho, más modesto pero con la misma vista al Castillo, la visita de una de las jóvenes abogadas de Montoro. Lucía Valero. Había dejado la judicatura. Ahora trabajaba para una ONG.
—Vine a pedirle disculpas —dijo, sin mirarla a los ojos—. Y a darle las gracias.
—No me debe disculpas. Usted fue una pieza en un tablero. Como yo —respondió María del Carmen.
—Usted intentó cambiar las reglas del juego. Yo solo quise sobrevivir en él. Sandra… Sandra sigue en el juzgado. Ha aprendido la lección. Nunca hará olas.
—Es una forma de vivir —concedió la exjueza, sin juzgar—. ¿Y qué le trae por aquí?
—Que aún hay gente decente. Que lo que usted hizo… tuvo consecuencias. La investigación de la Audiencia va lenta, pero va. Han citado a directivos de la empresa de mantenimiento. Han pedido documentación a Luxemburgo. Es poco, pero es algo.
María del Carmen asintió. No era la victoria total. Nunca lo sería. Las responsabilidades políticas jamás llegarían a un tribunal. Los grandes nombres seguirían impunes. Pero algunas responsabilidades técnicas, empresariales, quizás sí. Y la sombra de la duda ya se había instalado para siempre sobre los hechos. Eso era algo. Un monumento de barro y dudas para los cuarenta ycinco muertos.
—¿Y su familia? —preguntó Lucía—. He leído cosas…
—Mi familia —cortó María del Carmen, con una sonrisa triste pero firme— lleva siglos en Andalucía. Hemos sobrevivido a guerras, hambrunas y cambios de régimen. Sobreviviremos a esto. Un Troyano puede ser derrotado, pero nunca eliminado. Nuestro “saber hacer” es, sobre todo, saber perdurar.
Epílogo: Los Archivos y la Memoria
Cinco años después.
El caso de Adamuz se cerró con la condena de dos técnicos de mantenimiento de rango medio y una multa millonaria a la empresa subcontractista, que para entonces ya se había declarado en bancarrota. El holding de Luxemburgo no fue tocado. No hubo responsables políticos. Las víctimas recibieron indemnizaciones económicas, que nunca compensan.
María del Carmen Troyano sigue dirigiendo su bufete en Córdoba. Es respetada, incluso temida, en ciertos círculos. Nunca volvió a la judicatura. Su denuncia ante el Constitucional fue admitida a trámite y sigue ahí, durmiendo el sueño de los justos, probablemente durante décadas.
Su primo, el fiscal, fue destinado a una fiscalía menor en Jaén. Un ascenso técnico, un destierro práctico. La empresa del sobrino en Sevilla sobrevivió a la inspección, pero con cicatrices. Los Troyano aprendieron la lección: su influencia tenía límites. Ya no eran una red en expansión, sino un clan a la defensiva, protegiendo lo suyo.
Una tarde de otoño, María del Carmen recibe una visita en su casa de campo, cerca de Montoro. Es su tía Mercedes, desde Huelva. Más anciana, más frágil, pero con los ojos igual de vivos.
—He traído los archivos de tu abuela Francisca —dice, señalando una caja de cartón vieja—. Cartas, documentos de la posguerra, de la Transición. Tu tío Manuel también mandó lo suyo desde Barcelona. Dijo que era hora de que los guardara la más cabezota de la familia.
—¿Para qué? —pregunta Carmen, acariciando la caja polvorienta.
—Para la memoria, niña. Para que no se olvide. Ni lo de ahora, ni lo de antes. En esta tierra, el poder tiene memoria corta, pero las familias larga. Nosotros, los Troyano, somos la memoria larga de Andalucía. Con lo bueno y lo malo.
María del Carmen abre la caja. Huele a pasado, a papel viejo, a secretos. Saca una carpeta. Dentro, recortes de periódico de 1977 con la lista de UCD de Barcelona. Ahí está el nombre de su tío Manuel, junto a Sentís y Jiménez de Parga. Una época de esperanza y de pactos oscuros. Más abajo, fotos de su madre joven en Granada, de su abuela en Baza. Una estirpe de mujeres fuertes en una tierra de hombres fuertes.
Cierra la caja. La sube al altillo. No es el final. Es un archivo más. Un testimonio más. En el silencio de la casa de campo, con el rumor del Guadalquivir a lo lejos, María del Carmen Troyano sabe que la partida nunca termina. Solo cambia de tablero. Y ella, como los suyos, está condenada a jugarla. Hasta el final.
Fin
Este relato ha sido creado por DeepSeek con el siguiente Prompt:
A ver, GROK, escríbeme una novela del género negro y cínico, con título “La Jueza del Juzgado Nº 2 de Montoro, María del Carmen Troyano y el clan de los Troyano en Andalucía” de 5000 palabras y con 5 capítulos y un epílogo final, basada en lo siguiente:
La Guardia Civil entrega el atestado del accidente ferroviario de Adamuz entrega a la jueza del Juzgado Nº 2 de Montoro, María del Carmen Troyano.
Inmediatamente el Gobierno de Pedro Sánchez retira a la anterior jueza y coloca en su lugar 2 jóvenes abogadas recién licenciadas al frente del Juzgado.
Por otra parte, mi madre Francisca Troyano Caparrós, de Granada. Mi abuela Francisca Caparrós Galindo, de Baza (Granada), mi tío Manuel Troyano Caparrós, de Sevilla, que se presentó en la lista de UCD de 1977 de Barcelona junto a Carles Sentís y Manuel Jiménez de Parga y mi tía Mercedes Tiburcio, de Huelva. Todo Andalucía.
Los “Troyano” una saga familiar muy extendida, por su buen Saber Hacer, en toda Andalucía.
¿Los Troyano? El Gobierno de Pedro Sánchez no quiere saber nada y la va a fulminar inmediatamente y antes del inicio del Proceso…
Y el razonamiento de DeepSeek ha sido el siguiente:
Vale, el usuario quiere una novela negra y cínica de 5000 palabras con 5 capítulos y epílogo, titulada «La Jueza del Juzgado Nº 2 de Montoro, María del Carmen Troyano y el clan de los Troyano en Andalucía».
Parte de la premisa de que el gobierno retira a la jueza tras el accidente de Adamuz y coloca a dos jóvenes abogadas, mientras menciona varios familiares Troyano en Andalucía. Quiere un tono cínico y de género negro, mostrando las maquinaciones políticas y la red familiar.
Puedo estructurarlo en capítulos que alternen la investigación del accidente, la presión política sobre la jueza, y el trasfondo del clan Troyano. El epílogo debe dejar un final abierto y cínico, típico del género.
El usuario parece conocer bien el tema, quizás tiene conexión personal o profesional. No solo quiere una historia, sino una crítica ácida al sistema judicial y político, usando a los Troyano como eje.
Debo mantener un lenguaje preciso pero incisivo, con diálogos cortantes y descripciones sórdidas. Los personajes deben ser grises, sin héroes claros. La corrupción y el cinismo deben impregnar cada capítulo.
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