A ver, GROK, escríbeme una novela del género negro y cínico, con título “El dilema del prisionero. Los conversos Moreno Bonilla y Puente se asocian” de 7000 palabras y con 7 capítulos y un epílogo final, basada en lo siguiente:

Teniendo bien presente el desencuentro que hubo entre el PSOE azul de Mazón y el PSOE rojo de Saunez en el reparto de responsabilidades en la riada de Valencia y que tanto unos como otros quisieron hacer juegos de magia y lo que era una riada provocada por una gota fría lo convirtieron en una “Dana” provocada por el cambio climático debido a de los malditos coches diesel y que, como no llegaron a un acuerdo como hacen siempre con un reparto de “cromos” y salieron ambos perjudicados, ahora, otros “perros” rojos y azules, como el Jesús Puente y el Moreno Bonilla van a actuar de diferente manera.

Jesús Puente y Moreno Bonilla se enamoran y deciden casarse para no caer en el “dilema del prisionero” ya que son consciente de que ambos son culpables de la tragedia que vino tras el descarrilamiento de los trenes Iryo y Alvia en Adamuz. Uno, el Puente, por las deficientes infraestructuras de las vías y los sistemas de seguridad de los trenes, y el Moreno Bonilla por los fallos de asistencia y coordinación en el auxilio de las víctimas tras la catástrofe.

El Puente echo la culpa al fabricante de las vías y dijo que el fabricante de las vías del tren era tan malo como los destornilladores que se compran en los bazares chinos y que se rompen y se parten por la mitad la segunda vez que los usas.

Por su parte, el Moreno Bonilla, converso y convertido en moro, a la vez que ordena a la Clínica Forense de Vilanova dar un dictamen de que todas las 45 muertes han sido instantáneas tras el accidente para quitarse responsabilidades de falta de auxilio y, también, para contentar a sus colegas del sur del Reino de Marruecos va a ofrecer una misa laica para no contrariarle.

Gracias a Dios, como siempre, Isabel Diaz Ayuso, ya sea con Nacho Cano o con Julio iglesias,  responde a esa infamia ofreciendo una misa cristiana y católica en la catedral de la Almudena de Madrid.

El dilema del prisionero. Los conversos Moreno Bonilla y Puente se asocian

Capítulo 1: La Tormenta que No Era

En las calles empedradas de Madrid, donde el humo de los cigarrillos se mezcla con el hedor a promesas rotas, yo, un detective privado con más deudas que amigos, recibí la llamada. Era una noche como cualquier otra: lluvia fina que no lava nada, solo emborrona los pecados. El teléfono sonó como un lamento, y al otro lado, una voz ronca, probablemente ahogada en whisky barato, me dijo: «Necesito que investigues el descarrilamiento en Adamuz. Hay gatos gordos involucrados, y no son de los que ronronean».

Adamuz, ese pueblucho andaluz olvidado por Dios y por el presupuesto estatal. Un tren Iryo y un Alvia se habían besado de frente, dejando un rastro de metal retorcido y 45 almas flotando en el éter. Pero esto no era solo un accidente; era un circo político. Recordaba el lío en Valencia, esa riada que el PSOE azul de Mazón y el rojo de Sánchez convirtieron en un espectáculo de magia barata. Una gota fría, un fenómeno tan viejo como el Mediterráneo, y de repente era «Dana», la diosa vengativa del cambio climático, culpa de los diesel malditos y los votantes que no reciclan. Mazón echaba la culpa al cielo, Sánchez al capitalismo. No llegaron a un acuerdo en el reparto de cromos –esos puestos, esos fondos, esos favores– y ambos salieron escaldados, con la opinión pública ladrando a sus talones.

Ahora, en Adamuz, los perros rojos y azules olfateaban el mismo hueso. Jesús Puente, el ministro de Transportes con cara de bulldog cansado, y Juan Manuel Moreno Bonilla, el presidente andaluz con aires de converso, se miraban de reojo. Puente, socialista de pura cepa, culpaba a las infraestructuras: vías oxidadas, sistemas de seguridad que fallaban más que un matrimonio forzado. Moreno, del PP, señalaba la respuesta: auxilio lento, coordinación nula, víctimas abandonadas como colillas en la cuneta.

Yo, con mi gabardina raída y un Colt en el bolsillo que no había disparado desde la Transición, me metí en el fregado. ¿Por qué? Porque el cliente pagaba bien, y yo necesitaba olvidar a mi ex, esa rubia que me dejó por un banquero con menos escrúpulos que yo. Empecé por los informes: el tren Iryo, reluciente como un juguete nuevo, y el Alvia, veterano de mil batallas, chocaron en una curva traicionera. Lluvia, niebla, y un fallo en las señales. Cuarenta y cinco muertos, cientos heridos. Puente gritaba que el fabricante de las vías era un estafador, «tan fiable como un destornillador chino que se parte en dos a la segunda vuelta». Moreno, por su lado, mandaba a la Clínica Forense de Vilanova un dictamen exprés: todas las muertes instantáneas. Nada de sufrimiento, nada de responsabilidad por el retraso en los rescates.

Pero había más. Moreno, el converso, se había vuelto moro –o eso decían los rumores en los bares de Sevilla. Conversión conveniente, con ojos en Marruecos, donde los «colegas del sur» esperaban favores. Para contentarlos, planeaba una misa laica, un ritual sin cruces, sin incienso, solo palabras vacías y apretones de manos. Puente, ateo confeso, asentía: mejor unir fuerzas que caer en el dilema del prisionero. Ese juego donde dos culpables se delatan mutuamente y ambos pierden. Aquí, si uno confesaba, el otro caía. Mejor casarse con el diablo conocido.

Investigué en las sombras, hablando con maquinistas borrachos y viudas histéricas. El aire olía a traición, y yo a tabaco rancio.

Capítulo 2: El Beso del Metal

El descarrilamiento fue como un beso fatal en una película de serie B: apasionado, destructivo, inevitable. Era medianoche en Adamuz, el viento aullaba como un lobo herido, y los trenes corrían hacia su destino como amantes ciegos. El Iryo, veloz y arrogante, procedente de Madrid; el Alvia, tozudo y fiable, subiendo desde Andalucía. Las vías, esas venas de acero que cruzan España como cicatrices, fallaron en el momento clave.

Yo llegué al sitio al amanecer, pisando cristales rotos y oliendo a sangre seca. Los vagones yacían como cadáveres obesos, retorcidos en posturas imposibles. Un bombero, con ojos hundidos, me contó: «Fue el infierno. Las señales parpadeaban como luces de discoteca defectuosas. Puente dice que es culpa del fabricante, pero yo vi las vías: oxidadas, mal mantenidas. Ahorros en presupuestos, ya sabes».

Puente, en su despacho de Madrid, rodeado de mapas y informes falsos, echaba humo por las orejas. «¡Esos bastardos del acero! Tan baratos como herramientas chinas. Se rompen al primer uso serio». Sus asesores asintieron, tecleando comunicados de prensa que culpaban a todo menos al ministerio. Mientras, en Sevilla, Moreno Bonilla reunía a su corte. Converso, sí: se rumoreaba una conversión al Islam para lubricar acuerdos con Rabat. «Los marroquíes son aliados», decía, «y para honrar a las víctimas, una misa laica. Nada de dogmas, solo unidad».

Pero las víctimas no eran números. Hablé con una madre que perdió a su hijo, un chaval de veinte años aplastado en el vagón restaurante. «Murió gritando», sollozaba. «No fue instantáneo». El dictamen de Vilanova era una mentira piadosa, o impía, para exonerar a Moreno de la chapuza en los rescates: ambulancias tardías, helicópteros grounded por burocracia.

En mi hotel cutre, con paredes que oían todo, anoté: ambos culpables. Puente por infraestructuras de pacotilla, Moreno por auxilio de opereta. Si se delataban, cárcel para dos. Mejor aliarse, como en Valencia pero al revés. Allí, Mazón y Sánchez jugaron al solitario y perdieron; aquí, Puente y Moreno planeaban un dúo.

Fumé un pitillo, mirando la luna. El cinismo era el aire que respiraba.

Capítulo 3: El Juego de las Culpa

La blame game empezó al día siguiente, en conferencias de prensa que olían a sudor y mentiras. Puente, con corbata roja como la sangre que no asumía, apuntó al fabricante: «Vías defectuosas, señores. Como comprar un destornillador en un bazar chino: brilla, pero se quiebra». Los periodistas rieron nerviosos, pero yo, en la última fila, vi el tic en su ojo. Sabía que los recortes en mantenimiento eran suyos, aprobados en presupuestos opacos.

Moreno, en Andalucía, jugaba la carta religiosa. «Todas las muertes instantáneas», proclamó, citando el informe forense que había ordenado como un dictador caprichoso. «No hubo sufrimiento, gracias a Dios… o Alá». Su conversión era el chisme del momento: fotos con turbante en Marruecos, acuerdos comerciales que olían a petróleo y favores. Para los «colegas del sur», una misa laica: un evento secular, con discursos vacíos y sin crucifijos, para no ofender sensibilidades.

Hablé con un forense jubilado en Vilanova. «Ese dictamen es basura», me dijo en un bar oscuro. «Muchas víctimas agonizaron horas. Pero órdenes son órdenes». Moreno se lavaba las manos, como Pilatos con acento andaluz.

El dilema del prisionero flotaba en el aire. En teoría, si ambos callaban, salían limpios. Si uno delataba, el otro pagaba. Pero en política, no hay silencio: hay alianzas. Rumores de reuniones secretas: Puente y Moreno, enemigos ideológicos, olfateando una tregua. ¿Amor? Ja, en este mundo cínico, el amor es un contrato con cláusulas ocultas.

Investigué más: cables diplomáticos filtrados mostraban a Moreno cortejando a Marruecos, prometiendo inversiones a cambio de apoyo en inmigración. Puente, por su lado, necesitaba tapar agujeros en Adif, la red ferroviaria que crujía como huesos viejos.

En mi habitación, con una botella de coñac, conecté puntos. Esto no era accidente; era negligencia criminal. Y ellos lo sabían.

Capítulo 4: La Realización

Puente caminaba por los pasillos del ministerio, sudando bajo las luces fluorescentes. Sabía que las vías eran su responsabilidad: inspecciones pospuestas, fondos desviados a campañas. Cuarenta y cinco muertos pesaban como plomo en su conciencia, si es que tenía una.

Moreno, en su palacio sevillano, rezaba –¿a quién? ¿A Cristo o a Mahoma?– por un milagro. Su conversión era pragmática: Marruecos controlaba flujos migratorios, y él necesitaba votos estables. El dictamen forense era su escudo, pero frágil.

Una noche, en un restaurante discreto de Madrid, se encontraron. «Somos prisioneros», dijo Puente, sorbiendo vino. «Si nos delatamos, caemos los dos». Moreno asintió, sus ojos brillando con cinismo. «Mejor asociarnos. Como un matrimonio de conveniencia».

¿Enamorarse? En este género negro, el amor es una bala en la recámara. Pero vieron la salida: unir fuerzas, compartir culpas, tapar bocas. Puente ofrecería excusas técnicas; Moreno, el manto religioso laico para apaciguar.

Yo espiaba desde la barra, fingiendo ser un borracho. Oí lo suficiente: planes para una boda simbólica, una alianza que evitaría el dilema.

Capítulo 5: El Cortejo Cínico

El «enamoramiento» fue rápido, como un atraco a mano armada. Reuniones secretas, intercambios de dossiers. Puente enviaba datos sobre fallos en señales; Moreno, informes de rescates demorados. «Somos culpables», admitió Puente una noche, bajo la lluvia. «Pero juntos, invencibles».

Moreno, con su nueva fe, propuso: «Una misa laica para las víctimas. Contentamos a todos: ateos, musulmanes, cristianos light». Puente rió: «Y culpamos al clima, como en Valencia. Dana, cambio climático, diesel malvados».

Pero yo sabía la verdad: negligencia pura. Hablé con un ingeniero: «Las vías se inspeccionaron mal. Puente lo sabía». Un paramédico: «Llegamos tarde por órdenes confusas de Moreno».

El cortejo culminó en una cena: velas, vino, promesas. «Casémonos», dijo Moreno. «Políticamente, claro». Puente aceptó, sellando el pacto con un brindis.

Capítulo 6: La Boda de las Sombras

La «boda» fue en un salón privado, sin prensa, solo testigos comprados. Puente, en traje gris; Moreno, con un toque oriental en la corbata. Juraron lealtad: no delatarse, compartir culpas, manipular narrativas.

Post-boda, anunciaron la misa laica: un evento en Sevilla, discursos seculares, homenajes vacíos. Para Marruecos, un guiño; para España, una cortina de humo.

Yo infiltrado, vi el cinismo: risas ahogadas, apretones que olían a traición. El dilema resuelto: asociados, no prisioneros.

Capítulo 7: La Misa Falsa

El día de la misa laica, Sevilla bullía. Un auditorio neutro, sin símbolos religiosos. Puente habló de «tragedia evitable por fallos técnicos»; Moreno, de «muertes rápidas, sin dolor». La multitud murmuraba, viudas lloraban.

Pero era una farsa: culpables honrando víctimas. Yo, en las sombras, grababa todo. El pacto funcionaba: prensa comprada, opinión dividida.

Sin embargo, una chispa: rumores de Ayuso planeando contraataque.

Epílogo: La Cruz de Ayuso

Gracias a Dios –o a quien sea–, Isabel Díaz Ayuso no tragaba. En Madrid, en la Almudena, organizó una misa cristiana: cruces, incienso, oraciones reales. Con Nacho Cano o Julio Iglesias al lado –rumores variaban–, proclamó: «Esto es infamia. Víctimas merecen fe verdadera, no farsas laicas».

La prensa estalló: división en el PP, PSOE ridiculizado. Puente y Moreno, asociados, veían su pacto tambalear. Yo, con mi informe, fumaba en la oscuridad. En este mundo cínico, nadie gana; solo sobrevive.

El dilema persistía, pero ahora con una cruz en el medio.

Fin