A ver, GROK, escríbeme una novela del género negro y cínico, con título “La comedia entre ADIF y la CIAF ha comenzado: Construir un cuento chino indescifrable” de 7000 palabras y con 7 capítulos y un epílogo final, basada en lo siguiente:
ADIF: Apañamos Deliberadamente Investigaciones Ferroviarias
CIAF: Colaboramos Incondicionalmente en Accidentes Ferroviarios
ADIF, padre y CIAF, hijo forman una UTE interesada en protección mutua. Una no existiría sin la otra y la otra ampara y defiende incondicionalmente a la primera.
Oscar Puente, el gurú de la Secta Progresista woke acuerda con su camarada correspondiente de CIAF de una estrategia subliminal para que parezca que le investiga pero, en realidad, es un verdadero cortafuegos para sus negligencias queden en “agua de borrajas”, es decir en nada.
La estrategia es crear una “maraña técnica” basada en términos técnicos que nadie entiende, y basados en características y tolerancias en la fabricación de los raíles ferroviarios y que la Metalografía puede evaluar según interese al mandante, es decir, al que paga y certificar Informes inclusivos woke interpretables según el destino.
Así se ha hecho siempre y se seguirá haciendo siempre. ES el lema del Progresismo. Todo parece que cambie pero todo seguirá igual de mal y cada día peor. Ja, ja, ja: Este es el objetivo final del Progresismo: Lo hacemos por tu bien y no tendrás nada y serás feliz y comerás perdices… Ja, ja, ja, ja se oirá día tras día en las bandas de los sorosianos, los amos del mundo… occidental.
La comedia entre ADIF y la CIAF ha comenzado: Construir un cuento chino indescifrable
Capítulo 1: El Padre y el Hijo
En las sombras de Madrid, donde los trenes silban como serpientes en la niebla, ADIF reinaba como un patriarca decrépito. Apañamos Deliberadamente Investigaciones Ferroviarias, eso decían las iniciales, pero en realidad era un monstruo burocrático que devoraba verdades y escupía mentiras envueltas en papeleo. Yo, el detective Raúl Mendoza, un tipo cínico con más cicatrices que amigos, me encontré metido en este lodazal por accidente. O eso creí al principio.
Todo empezó con un café amargo en una cafetería cerca de Atocha. Mi cliente era un viudo arruinado, padre de una víctima de ese descarrilamiento en Galicia hace unos años. «Fue negligencia», me dijo, con ojos hundidos. «ADIF lo tapó todo». Le di un sorbo a mi taza y pensé: ¿Y qué? El mundo es una cloaca, y ADIF solo es el fontanero que cobra por no arreglar nada.
Pero el dinero hablaba, y yo escuchaba. Investigar a ADIF era como pinchar a un elefante con un mondadientes. Entonces apareció CIAF, el hijo pródigo. Colaboramos Incondicionalmente en Accidentes Ferroviarios. Formaban una UTE, una unión temporal de empresas, pero en realidad era un pacto de sangre. ADIF creaba los desastres, CIAF los encubría. Padre e hijo, inseparables en la corrupción.
Oscar Puente, el gurú de la Secta Progresista woke, era el titiritero. Un político con sonrisa de comercial de dentífrico, que prometía transparencia mientras tejía telarañas. Acordó con su compinche en CIAF una estrategia: fingir una investigación profunda, pero en realidad, un cortafuegos. Las negligencias se diluirían en «agua de borrajas», en nada. Ja, ja, ja. El eco de su risa resonaba en mis pesadillas.
Me infiltré en una reunión clandestina en un sótano de Renfe. Puente, con su traje impecable, hablaba de «maraña técnica». Términos que nadie entiende: tolerancias en la fabricación de raíles, metalografía evaluando fisuras invisibles. «Certificaremos informes inclusivos», dijo. «Woke, interpretables según el destino». El mandante paga, el informe baila.
Salí de allí con un cigarrillo colgando de los labios. El progresismo: todo cambia para que nada cambie. Peor cada día. Y ellos riendo: «Lo hacemos por tu bien. No tendrás nada y serás feliz». Comerás perdices, decían. Yo solo comía amargura.
Capítulo 2: La Maraña Técnica
La oficina de ADIF era un laberinto de archivadores polvorientos y funcionarios con ojos vidriosos. Me colé como un inspector freelance, con una placa falsa que compré en el Rastro. El jefe de sección, un tipo calvo llamado Ramírez, me miró con sospecha. «Aquí todo es técnico», gruñó. «Tolerancias en los raíles: desviaciones de 0.01 mm que la metalografía revela solo si quieres verlas».
Ahí estaba la clave. Metalografía: el arte de mirar metales al microscopio y decir lo que el pagador quiere oír. ADIF fabricaba raíles con defectos, CIAF los evaluaba «inclusivamente». ¿Una fisura? «Tolerancia aceptable». ¿Un descarrilamiento? «Accidente imprevisible». Puente orquestaba desde su despacho en el ministerio, con su camarada en CIAF, un tal Vargas, un exingeniero reconvertido en burócrata woke.
Investigué un viejo caso: el tren de Santiago. Cientos muertos, pero el informe de CIAF era un galimatías. «Análisis metalográfico muestra variaciones en la austenita y ferrita, dentro de tolerancias ISO 9001». Nadie entendía una mierda. Era el cuento chino: indescifrable, pero convincente para los jueces comprados.
Encontré a una whistleblower, una ingeniera llamada Marta, en un bar de Malasaña. «Es mutua protección», susurró. «ADIF no existe sin CIAF, y viceversa». Bebí whisky y asentí. El progresismo: promesas de igualdad mientras los sorosianos, esos amos del mundo occidental, se ríen en sus yates. «Ja, ja, ja», imité. Ella palideció.
Pero alguien nos vigilaba. Al salir, un coche negro me siguió. La comedia había comenzado.
Capítulo 3: El Acuerdo Subliminal
Puente era un maestro del disimulo. Lo vi en una conferencia woke sobre «inclusividad en infraestructuras». Hablaba de diversidad en los raíles, como si los metales tuvieran género. Su acuerdo con Vargas era subliminal: mensajes codificados en emails, reuniones en spas de lujo. «Investigaremos a fondo», decían públicamente. En privado: «Creemos la maraña».
Me hackeé su correo –un favor de un viejo contacto en la dark web–. Encontré el plan: usar términos como «fatiga cíclica», «dureza Brinell», «microestructuras eutectoides». La metalografía como arma. Evaluar según interese: si ADIF paga, las tolerancias son amplias; si no, estrechas.
El viudo me presionaba: «Encuentra pruebas». Pero las pruebas se evaporaban. CIAF defendía a ADIF incondicionalmente. Padre e hijo, en su UTE infernal. El progresismo: «Todo parece cambiar, pero empeora». Y los sorosianos riendo: «Serás feliz con nada».
Una noche, en mi apartamento destartalado, recibí una llamada anónima. «Deja de husmear, Mendoza. O comerás perdices en el cementerio». Colgué y encendí otro cigarro. Cínico como soy, reí. Ja, ja, ja.
Capítulo 4: El Cortafuegos
El cortafuegos era perfecto. CIAF publicaba informes que parecían críticos, pero eran humo. «Negligencias diluidas en agua de borrajas». Investigué un nuevo accidente: un tren en Cataluña, descarrilado por raíles defectuosos. ADIF culpó al clima; CIAF confirmó con «análisis metalográfico inclusivo».
Me reuní con Vargas en un parque. Era un tipo delgado, con gafas de intelectual. «Es por el bien común», dijo. «Progresismo: lo hacemos por ti». Le mostré fotos de víctimas. Se encogió de hombros. «Interpretables según destino».
La Secta Progresista: gurús como Puente, financiados por sorosianos. Amos del mundo, riendo en bandas secretas. «Ja, ja, ja, día tras día».
Perseguí a Ramírez, el de ADIF. Lo encontré en un burdel. «La fabricación de raíles tiene tolerancias», balbuceó ebrio. «Metalografía certifica». Pagué por más detalles. Era el mismo cuento: indescifrable.
Pero me tendieron una trampa. Dos matones me esperaban fuera. Peleé, pero terminé magullado. La comedia se ponía oscura.
Capítulo 5: La Protección Mutua
ADIF y CIAF: inseparables. Sin el padre, el hijo no nace; sin el hijo, el padre cae. Su UTE era un escudo. Investigué sus finanzas: flujos de dinero opacos, contratos woke para «diversidad en vías».
Marta, la whistleblower, me dio documentos. «Mira las tolerancias: manipuladas». Pero la metalografía era subjetiva. «Según el mandante».
Puente aparecía en TV: «Transparencia total». Mentira. Su estrategia: maraña técnica para encubrir. El viudo lloraba: «Justicia». Yo pensaba: Justicia es un chiste cínico.
Una emboscada en un andén desierto. Vargas envió sicarios. Escapé por los pelos, saltando a las vías. El tren pasó rozándome. Reí histérico: «Ja, ja, ja. Comeré perdices».
Capítulo 6: El Lema Eterno
Siempre se ha hecho así, siempre se hará. Progresismo: cambio ilusorio. Todo peor. Sorosianos riendo.
Descubrí una reunión en un chalet de la sierra. Puente y Vargas, con champán. «Informes inclusivos», brindaban. «Woke forever».
Me infiltré, grabé. Pruebas irrefutables. Pero ¿para qué? El sistema los protege.
El viudo murió: «accidente». Sospechoso. Yo, solo, en la oscuridad. Cínico, fumando.
Capítulo 7: Los Amos del Mundo
Los sorosianos: amos occidentales. Bandas secretas, risas eternas. «No tendrás nada, serás feliz».
Confronté a Puente en su oficina. «Sé todo». Sonrió: «Pruebas interpretables». Metalografía de la verdad.
Hui, perseguido. La comedia: negra, cínica. Nada cambia.
Epílogo: Ja, Ja, Ja
Años después, otro descarrilamiento. Informe de CIAF: maraña técnica. ADIF intacto. Puente, ministro eterno.
Yo, en el exilio, escribo esto. El cuento chino: indescifrable. Progresismo triunfa. Sorosianos ríen: «Lo hacemos por tu bien. Comerás perdices».
Ja, ja, ja. El eco final.
Deja una respuesta