La comedia entre ADIF y la CIAF ha comenzado: Construir un cuento chino indescifrable

Capítulo 1: El accidente que no lo fue

La lluvia acariciaba los raíles como lágrimas sobre un ataúd de acero. El tren de las 22:47 había reducido su velocidad cerca de la curva de Valdeloshielos, no por precaución, sino por una orden del centro de control que nadie recordaría después. Cuando descarriló, lo hizo con una elegancia casi coreografiada: tres vagones se inclinaron suavemente hacia la derecha, rozando el terraplén sin volcar del todo. Un milagro, dirían los periódicos. Una casualidad estadística improbable, dirían los informes técnicos. Un trabajo impecable, se dirían entre sí los de ADIF y CIAF.

Miguel Salinas llegó al amanecer, cuando las luces de emergencia seguían parpadeando contra la niebla matutina. Como perito independiente contratado por la aseguradora, su trabajo era simple: determinar causas técnicas. Lo había hecho cuarenta y tres veces en quince años. Siempre encontraba explicaciones razonables, nunca culpables. Era bueno en su trabajo. Demasiado bueno.

—Metalografía —murmuró mientras observaba el punto de fractura del rail—. Siempre termina siendo metalografía.

Un hombre con traje impecable se acercó, sonriendo como si estuvieran en una reunión de antiguos alumnos.

—Salinas, me alegro de verte. Oscar Puente me dijo que vendrías.

Era Ricardo Mollá, director técnico de CIAF, la Comisión de Investigación de Accidentes Ferroviarios. Se saludaron con la familiaridad de quienes comparten secretos, aunque nunca los mencionen.

—¿Ya tienen el guión? —preguntó Salinas sin mirarlo, tocando el metal frío con sus dedos enguantados.

—El borrador. Necesitamos tu firma en los análisis de microestructura. Las inclusiones de sulfuro de manganeso pueden ser interpretadas de varias maneras, ya sabes.

Lo sabía. ADIF (Apañamos Deliberadamente Investigaciones Ferroviarias) y CIAF (Colaboramos Incondicionalmente en Accidentes Ferroviarios) formaban una UTE matrimonial perfecta: uno gestionaba las infraestructuras con negligencia creativa, el otro investigaba esa negligencia con clemencia técnica. Padre e hijo, como les llamaban en los pasillos. Una no existiría sin la otra. Un equilibrio perfecto del progresismo aplicado: todo cambia para que todo siga igual, solo que peor.

Capítulo 2: El lenguaje de los iniciados

La sala de reuniones olía a café rancio y poder. Oscar Puente presidía la mesa con la sonrisa beatífica de quien ha encontrado la fórmula para cuadrar círculos. Ministro de Transportes, gurú de la Secta Progresista Woke, hombre que hablaba de sostenibilidad mientras firmaba contratos con empresas que contaminaban ríos.

—Compañeros —comenzó, mirando a cada uno como si compartieran un secreto sagrado—, el accidente de Valdeloshielos es una oportunidad.

Mollá asintió, tomando notas inexistentes.

—La oportunidad —continuó Puente— de demostrar que nuestro sistema funciona. Que investigamos con transparencia, con rigor técnico. Que no nos quedamos en la superficie.

Salinas observaba el juego desde su asiento en segunda fila. Sabía lo que venía: la maraña técnica. El arte de construir informes tan complejos, tan llenos de jerga especializada, que resultaban indescifrables incluso para expertos. Una madeja de datos donde podías esconder cualquier negligencia, cualquier atajo, cualquier crimen de omisión.

—Propongo —dijo Mollá— un análisis exhaustivo de la resistencia al desgaste por fatiga termomecánica en condiciones de humedad relativa superior al ochenta por ciento, considerando las variaciones microestructurales en la zona afectada por el proceso de templado.

Puente sonrió, complacido.

—Excelente. Y añadamos algo sobre la influencia de las tensiones residuales en la zona de transición entre el núcleo y la superficie del rail, considerando las posibles desviaciones en el proceso de laminación en caliente.

Salinas tomó notas. Sabía que estaban describiendo, en términos que sonarían impresionantes en los medios, un rail defectuoso instalado por una empresa amiga que había ganado el concurso por ofrecer el precio más bajo (y los sobres más gruesos). Pero nadie lo diría así. Dirían que «las condiciones ambientales excepcionales habían interactuado con características intrínsecas del material dentro de los márgenes de tolerancia establecidos».

El cuento chino comenzaba a tejerse.

Capítulo 3: Los informes inclusivos

La oficina de Salinas era un caos de muestras metálicas, informes y fotografías microscópicas. Sobre su mesa, el borrador del informe de CIAF esperaba su firma. Página tras página de jerga técnica impenetrable:

«La evaluación metalográfica cuantitativa mediante microscopía óptica de campo claro y oscuro, complementada con análisis por dispersión de energía de rayos X (EDS), revela una morfología de ferrita-proeutectoide con orientación preferencial en los límites de austenita anterior, cuyas propiedades mecánicas pueden verse comprometidas bajo cargas cíclicas multiaxiales…»

Traducción: el rail era de mala calidad.

Pero esa no era la traducción que aparecería en el informe final. Porque, como le había explicado Mollá, los informes de CIAF eran ahora «inclusivos y woke», es decir, interpretables según el destino.

—Si va a la prensa —le había dicho—, destacamos las condiciones climáticas extremas. Si va a los tribunales, enfatizamos los márgenes de tolerancia internacionales. Si va al ministerio, hablamos de la necesidad de más fondos para modernización. El informe es como un prisma: cada lado ve un color diferente.

Salinas encendió su ordenador y revisó las fotos del accidente. En una de ellas, entre los hierros retorcidos, se veía un juguete infantil. Un osito de peluche sucio de barro. Cerró los ojos. Quince años haciendo esto. Quince años firmando mentiras técnicas. Lo llamaban «peritaje objetivo». Él lo llamaba «complicidad silenciosa».

Sonó el teléfono. Era Puente personalmente.

—Miguel, necesito ese informe mañana. Con tu firma. Sabes que cuento contigo para el proyecto de alta velocidad del norte.

La carota. Siempre la carota. Promesas de contratos futuros a cambio de silencios presentes. El lema tácito del Progresismo: «Lo hacemos por tu bien, y algún día lo entenderás».

Capítulo 4: La visita inesperada

Ella se llamaba Clara. Periodista de investigación, joven, con esa mirada incómoda de quien aún cree que la verdad importa. Llegó a la oficina de Salinas sin cita previa, con una carpeta bajo el brazo y determinación en los ojos.

—He revisado los últimos siete accidentes investigados por CIAF —dijo sin preámbulos—. Todos los informes utilizan la misma estructura, los mismos términos técnicos, las mismas conclusiones ambiguas. Como si fueran plantillas.

Salinas intentó cerrar la puerta, pero ella ya estaba dentro.

—Usted firma la mayoría de los análisis metalográficos. Usted sabe que están mintiendo.

—No mienten —respondió él, automáticamente—. Utilizan un lenguaje técnico preciso.

—Precisamente impreciso —replicó Clara, abriendo su carpeta—. Mire esta frase: «La presencia de inclusiones no metálicas tipo alúmina-silicato en la matriz ferrítica no puede ser considerada determinante en el fallo, dado que se encuentran dentro de los límites especificados por la norma UNE-EN 13674-1:2011». ¿Sabe lo que encontré?

Salinas guardó silencio.

—Que esa norma tiene un anexo B, opcional, que recomienda límites más estrictos para vías de alta velocidad. Un anexo que España no ha adoptado. ¿Por qué? Porque sería más caro. ¿Y saben eso ADIF y CIAF? Lo saben perfectamente.

Salinas se sentó. Era más lista de lo que parecía. Había atravesado la primera capa del cuento chino.

—¿Qué quiere? —preguntó.

—La verdad. Quiero saber por qué un niño quedó paralítico en el accidente de Valdeloshielos. Quiero saber si se pudo evitar.

—Todos los accidentes se pueden evitar —susurró Salinas—. Esa es la verdad que nadie dice.

Capítulo 5: La reunión en la sombra

El restaurante estaba vacío a esa hora, demasiado caro para clientes casuales. En la mesa del fondo, Puente y Mollá cenaban langosta con champán. Hablaban en voz baja, pero sus risas resonaban en la sala vacía.

—La periodista está preguntando demasiado —decía Mollá, preocupado.

—Déjala —respondía Puente con un gesto despreocupado—. Publicará un artículo, causará revuelo dos días, luego vendrá otra noticia. Siempre pasa igual.

—Esta vez es diferente. Tiene acceso a información técnica.

Puente dejó el tenedor, sus ojos perdieron la benevolencia habitual.

—¿Y quién se la da? ¿Salinas?

Mollá no respondió. No hacía falta.

—Habla con él. Recuérdale lo que pierde. Y si no entiende… recuérdale lo que puede encontrar.

Mientras tanto, Salinas estaba en su casa, revisando viejos informes. Siete años atrás, el accidente de Monteperdido. Cincuenta y tres muertos. El informe de CIAF: «Falló por fatiga termomecánica en condiciones de baja visibilidad». La verdad: los raíles llevaban diez años sin ser cambiados, aunque los informes internos de ADIF recomendaban su sustitución urgente. Se había ahorrado dinero. Se habían perdido vidas.

En el informe, la firma de Salinas brillaba bajo el escáner. Su nombre, avalando la mentira. Su reputación, construida sobre cadáveres.

Sonó el teléfono. Era Clara.

—Encontré algo más —dijo, su voz temblaba—. Los correos internos de ADIF. Hablan de «optimización de costes en mantenimiento crítico». Sabían que esos raíles estaban al límite.

—¿Cómo conseguiste eso? —preguntó Salinas, alarmado.

—No importa. Importa que tenemos prueba de que mienten.

Salinas miró por la ventana. La lluvia había vuelto. Siempre llovía en esta historia.

—Destrúyelos —dijo finalmente.

—¿Qué?

—Destruye los correos. No los publiques. No te metas en esto.

—¿Tanto miedo tienen?

—No es miedo —respondió Salinas, y por primera vez su voz sonó cansada de verdad—. Es que el sistema está diseñado para ganar siempre. ADIF y CIAF no son dos organizaciones. Son las dos caras de la misma moneda. Y la moneda siempre cae del lado del poder.

Capítulo 6: El cortafuegos perfecto

Al día siguiente, Salinas fue citado al ministerio. Puente lo recibió con una sonrisa amplia, de esas que no llegan a los ojos.

—Miguel, necesitamos tu ayuda para algo importante.

Sobre la mesa, un nuevo informe. Más grueso, más técnico, más indescifrable que nunca.

—Es sobre el accidente de Valdeloshielos, versión definitiva —explicó Puente—. Hemos incorporado todas las variables posibles. Análisis de fractografía por SEM, espectrometría de masas, simulación por elementos finitos… Nadie podrá cuestionarlo.

Salinas hojeó las páginas. Era una obra maestra de opacidad técnica. Cada párrafo, una pared de jerga. Cada conclusión, un laberinto de condicionales y especificaciones.

—Es el cortafuegos perfecto —murmuró, admirando la perversidad del diseño—. Parece investigación, pero es justo lo contrario.

—Exacto —asintió Puente, satisfecho—. La gente cree que investigamos, así que se tranquiliza. Los técnicos ven términos complejos, así que asumen rigurosidad. Los jueces no entienden la mitad, así que no pueden rebatir. Y la verdad queda enterrada bajo doscientas páginas de ciencia incomprensible.

Salinas miró a Puente. Lo miró realmente, por primera vez. Vio al hombre detrás del político, al cinismo detrás del progresismo. Vio la verdadera fe: la fe en que el sistema podía engullir cualquier verdad, cualquier ética, cualquier resto de decencia.

—¿Y si alguien insiste? —preguntó—. ¿Si alguien no se traga el cuento chino?

Puente se encogió de hombros.

—Entonces activamos la fase dos: los informes inclusivos. Interpretamos los datos según convenga. Para los familiares de las víctimas, fue un accidente inevitable. Para la UE, fue un problema de financiación. Para los medios, una tragedia climática. Cada público recibe su verdad a medida.

—Como los trajes —dijo Salinas—.

—Exacto. Como los trajes. Todo el mundo queda satisfecho. Y el sistema sigue funcionando.

Salinas pensó en Clara. Pensó en los correos que tenía. Pensó en el niño paralítico. Pensó en los cincuenta y tres muertos de Monteperdido.

—Necesito pensarlo —dijo.

—No hay mucho que pensar —respondió Puente, y su voz perdió toda dulzura—. O firmas, o tu carrera termina aquí. Y no solo tu carrera.

La amenisha flotó en el aire, más clara que cualquier término técnico.

Capítulo 7: La elección imposible

Clara esperaba en el parque, nerviosa, mirando a su alrededor cada treinta segundos. Cuando vio a Salinas, corrió hacia él.

—Tengo todo —dijo—. Los correos, los informes contradictorios, las facturas de los raíles defectuosos. Podemos publicarlo mañana.

Salinas tomó la carpeta. Pesaba más de lo esperado.

—Si publicas esto —dijo lentamente—, te destruirán. Te acusarán de violar secretos oficiales. De poner en peligro la seguridad nacional. Los mismos medios que hoy te alabarán, mañana te crucificarán.

—No me importa.

—Debería importarte —replicó Salinas—. Porque perderás. Siempre pierden los que creen en la verdad. ADIF y CIAF tienen demasiados recursos. Demasiados abogados. Demasiados amigos en los sitios adecuados.

Clara lo miró, desconcertada.

—¿Estás diciendo que me rinda?

—Estoy diciendo que elijas tu batalla —respondió Salinas—. Publícalo, y dentro de un mes nadie recordará tu artículo. Pero si guardas esto, si esperas, si construyes tu caso lentamente… tal vez, algún día…

—¿Algún día qué? —preguntó Clara, y había lágrimas en sus ojos—. ¿Algún día cambie algo? Usted sabe que no. Usted sabe que el sistema está diseñado para perpetuarse.

Salinas asintió. Lo sabía demasiado bien.

—Entonces te doy una opción diferente —dijo, y sacó un pendrive de su bolsillo—. Aquí está el informe técnico real de Valdeloshielos. Sin jerga, sin cortafuegos. La verdad pura y dura.

—¿Por qué no lo publica usted?

—Porque mi firma está en el informe falso. Soy parte del sistema. Pero tú no.

Clara tomó el pendrive. Sus manos temblaban.

—¿Qué hará usted?

Salinas sonrió, un gesto triste, cansado.

—Voy a firmar el informe de CIAF. Voy a poner mi nombre en la mentira una vez más. Pero esta vez, cuando lo haga, sabré que la verdad está en otro lugar. Y tal vez, solo tal vez, eso me permita dormir por la noche.

Se dio la vuelta y comenzó a caminar. La lluvia fina empezó a caer, como siempre. Detrás de él, Clara sostenía el pendrive como si fuera una granada sin seguro. Sabía lo que tenía que hacer, y sabía que probablemente perdería. Pero también sabía que, a veces, perder era la única forma de ganar algo que valía la pena: la propia humanidad.

Epílogo: El eterno retorno

Tres meses después. El informe de CIAF sobre Valdeloshielos fue publicado con gran estruendo mediático. Doscientas cuarenta y tres páginas de análisis técnico impenetrable. Los titulares dijeron: «Investigación exhaustiva exonera a gestores ferroviarios». Oscar Puente dio una rueda de prensa anunciando nuevas medidas de seguridad. Medidas que nunca se implementarían.

Clara publicó su artículo en un medio digital pequeño. Causó revuelo durante cuarenta y ocho horas. Luego, un escándalo ministerial la desplazó de los titulares. ADIF presentó una demanda por violación de secretos comerciales. El caso seguiría en los tribunales años, hasta que todos lo olvidaran.

Salinas firmó el informe. Luego renunció a su puesto. Abrió una consultoría pequeña, lejos del mundo ferroviario. A veces, por las noches, soñaba con raíles que se extendían hacia el infinito, un laberinto de acero sin salida.

En una oficina del ministerio, Puente y Mollá brindaban con whisky caro.

—Otro éxito —dijo Mollá—. El cortafuegos funcionó perfectamente.

—Siempre funciona —respondió Puente—. Porque la gente quiere creer que alguien está al mando, que alguien sabe lo que hace. Nosotros les damos ese teatro. Informes gruesos, términos complicados, reuniones serias. La comedia de la competencia.

Mollá rió.

—La comedia entre ADIF y CIAF. Nunca termina.

—No puede terminar —dijo Puente, mirando por la ventana la ciudad iluminada—. Porque si termina, todo se derrumba. Y nadie quiere eso. Ni siquiera los que protestan.

Afuera, la lluvia limpiaba las calles, arrastrando la sucia hacia las alcantarillas. Como siempre. Como sería siempre. El progresismo en su esencia más pura: todo parece cambiar, todo sigue igual, solo que cada día un poco peor. Y en alguna parte, lejana, una risa seca resonaba en la noche: «Ja, ja, ja. Lo hacemos por tu bien. Y algún día no tendrás nada, y serás feliz, y comerás perdices…»

La comedia continuaba. El telón nunca caería.

FIN