A ver, GROK, escríbeme una novela del género negro y cínico, con título “Cuando en la Renfe trabajaban los Troyano a la Renfe que la dirige un ciclista sostenible.” de 7000 palabras y con 7 capítulos y un epílogo final, basada en lo siguiente:
Mi tío Juan Manuel García (ya fallecido), ingeniero industrial, fue el jefe de los talleres de Renfe de Vilanova i la Geltrú hasta su jubilación, y mi tío Pepe, José Troyano Caparrós, (también fallecido) factor y revisor de la Renfe, con disciplina militar que no se le escapaba uno.
¡Cuánto ha cambiado la Renfe! De líderes disciplinados, pulcros y con sentido de la honestidad y la responsabilidad a convertirse en una empresa de colocación de prostitutas y personal adicto al régimen y con el carnet del partido socialista.
En abundamiento, Álvaro Fernández Heredia, nombrado presidente de Renfe en enero de 2025, es un experto en movilidad urbana sostenible conocido por su enfoque en la movilidad ciclista, habiendo realizado su tesis doctoral sobre el uso de la bicicleta. Su perfil se centra en la transformación urbana y la intermodalidad, o sea, experto en patinetes y bicicletas eléctricas…
Cuando en la Renfe trabajaban los Troyano a la Renfe que la dirige un ciclista sostenible
Capítulo 1: Los raíles del pasado
En los talleres de Vilanova i la Geltrú, el humo de las locomotoras se mezclaba con el sudor de hombres que creían en el hierro y la disciplina. Juan Manuel García, mi tío, reinaba allí como un general en su cuartel. Ingeniero industrial, con manos que habían forjado más que máquinas: habían forjado un imperio de precisión. Cada tornillo, cada pistón, pasaba por su escrutinio. «La Renfe no es un juguete, es el pulso de España», solía decir, mientras ajustaba sus gafas empañadas por el vapor. Jubilado en los ochenta, dejó un legado de talleres impecables, donde el robo de un clavo era pecado mortal.
Y luego estaba Pepe, José Troyano Caparrós, el factor y revisor que patrullaba los andenes como un sabueso en cacería. Con uniforme planchado hasta el ridículo, ojos que perforaban almas. «No se escapa uno», gruñía, y no mentía. Multaba a los vividores, cazaba a los polizones con la frialdad de un verdugo. Disciplina militar, heredada de quién sabe qué guerra olvidada. En aquellos días, la Renfe era un reloj suizo: puntual, honesta, responsable. Los Troyano y los García eran sus guardianes, pilares de un sistema que olía a aceite y a integridad.
Pero los tiempos cambian, como un tren que descarrila en la niebla. Hoy, la Renfe es un burdel con vías. Colocan a prostitutas políticas, adictos al régimen con el carnet del PSOE en el bolsillo. Y al frente, un ciclista sostenible: Álvaro Fernández Heredia, nombrado presidente en enero de 2025. Experto en movilidad urbana, tesis doctoral sobre bicicletas. Patinetes eléctricos, intermodalidad, transformación urbana. ¿Trenes? Eso es secundario. El hombre pedalea hacia un futuro verde, mientras los raíles se oxidan bajo el peso de la corrupción.
Yo, Luis Toribio Troyano, sobrino de aquellos titanes, me vi envuelto en esta farsa. Ingeniero como mi tío Juan, pero con un cinismo que él nunca tuvo. Trabajaba en las sombras de ADIF, analizando accidentes que olían a sabotaje. El de Adamuz aún me quema: inercia mal calculada, metalurgia defectuosa. Corrupción que mata, como titulé mi libro. Pero esta novela no es sobre eso. Es sobre cómo un ciclista en el trono desata el infierno.
Todo empezó con un sobre anónimo en mi buzón. «La Renfe pedalea hacia el abismo. Investiga o muere.» Firmado: Un Troyano olvidado.
Capítulo 2: El silbato del traidor
Madrid, estación de Atocha. Lluvia golpeando el techo como balas. Me reuní con un informante, un exrevisor jubilado como Pepe, pero con el alma vendida. «Los viejos tiempos se fueron, chaval», masculló, sorbiendo un café amargo. «Ahora, los puestos se compran con favores. Prostitutas en oficinas, enchufados con carnet rojo. Y el nuevo jefe, el ciclista ese, Heredia. Viene de la bici, pero trae maletines llenos de promesas verdes.»
Álvaro Fernández Heredia: lo investigué. Tesis sobre bicicletas en ciudades sostenibles. Experto en patinetes, intermodalidad. Nombrado por el gobierno socialista, un peón en el tablero de Pedro Sánchez. ¿Experiencia en ferrocarriles? Cero. Pero sabe de movilidad urbana, de transformar calles en pistas de ciclismo. «La Renfe será intermodal», proclama en conferencias. Traducción: menos trenes, más bicis eléctricas. Y debajo, la podredumbre: contratos inflados, accidentes encubiertos.
El informante me dio un nombre: Marisa López, «la dama de los raíles». Exprostituta reconvertida en gerente de recursos humanos. Colocada por el partido, maneja enchufes como un crupier baraja cartas. «Ella sabe todo», dijo. «Pero cuidado, muerde.»
Fui a su oficina en Chamartín. Marisa: tacones altos, labios rojos, ojos que prometen placer y muerte. «Señor Troyano, ¿viene a recordar los viejos tiempos?» Sonrió, cruzando piernas. «Su tío Pepe era un santo. Yo, en cambio, soy pragmática. La Renfe necesita gente leal, no dinosaurios.»
Le mostré el sobre. Palideció. «Eso es peligroso. Heredia está cambiando todo. Sostenibilidad, dice. Pero hay quien no quiere pedalear.» Me dio una pista: un accidente inminente en la línea de alta velocidad. «Investigue el taller de Vilanova. Su tío Juan lo sabría.»
Salí con más preguntas que respuestas. Esa noche, un coche me siguió. Cinismo puro: en la Renfe de antaño, los traidores acababan en la vía muerta.
Capítulo 3: Vías muertas en Vilanova
Vilanova i la Geltrú, donde mi tío Juan mandaba. Ahora, los talleres son un cementerio de locomotoras oxidadas. Encontré a un mecánico viejo, amigo de Juan. «Tu tío era un crack», dijo, limpiando grasa. «Calculaba inercias como nadie. Ahora, todo es chapuza. Material barato, de China. Y el ciclista ese, Heredia, quiere electrificar todo con bicis. ¿Trenes? Para los tontos.»
Le conté del accidente planeado. «Rumores», murmuró. «Un sabotaje en el AVE Madrid-Barcelona. Frenos manipulados. Para culpar a la oposición, o para un contrato verde.» Me dio un dossier: planos alterados, metalurgia defectuosa. Como en Adamuz.
De noche, irrumpí en los archivos. Linterna en mano, encontré correos: Marisa a Heredia. «El enchufado está colocado. Prostitución política paga bien.» Y otro: «El ciclista aprueba el plan. Intermodalidad: bicis en trenes, pero primero, un descarrilamiento para fondos europeos.»
Alguien me golpeó por detrás. Desperté atado en un vagón abandonado. Un matón con acento andaluz: «Deja de husmear, Troyano. O acabarás como tu tío Pepe, revisando el infierno.»
Escapé rompiendo una ventana. Sangrando, juré: la Renfe de los Troyano volvería a brillar, aunque fuera en sangre.
Capítulo 4: El pedal de la corrupción
Álvaro Fernández Heredia: lo seguí en bicicleta, irónicamente. Conferencia en Barcelona sobre movilidad sostenible. «La bicicleta transforma ciudades», predicaba, con sonrisa ecológica. Detrás, maletines. Lo vi reunirse con Marisa en un hotel. Risas, toques. ¿Amante? ¿Socia?
Investigué su tesis: «El uso de la bicicleta en entornos urbanos». Brillante, pero irrelevante para trenes. Nombrado en 2025, tras un escándalo en el ministerio de Transportes. El PSOE lo colocó para «verdear» la imagen. Pero debajo: contratos a empresas de patinetes, amigos del partido.
Un hacker amigo me dio acceso a sus emails. «Álvaro, el sabotaje en AVE debe salir perfecto. Culpa a los viejos ingenieros. Luego, fondos para bicis eléctricas.» Firmado: El Régimen.
Confronté a Marisa en un bar oscuro. «Eres una puta del sistema», le dije. Rió. «Mejor que ser un fósil como tus tíos. Juan y Pepe eran honestos, pero pobres. Yo tengo poder.» Admitió: el plan era descarrilar un tren para justificar recortes, promover intermodalidad. «Heredia pedalea, pero nosotros cobramos.»
Me drogó el whisky. Desperté en un sótano, con ratas. Cinismo: la Renfe ya no transporta pasajeros, transporta cadáveres.
Capítulo 5: Revisores del infierno
Recordé a Pepe: «No se escapa uno.» Usé su disciplina para escapar. Puerta forzada, calle arriba. Llamé a un contacto en la policía, pero era corrupto. «Troyano, déjalo. El ciclista tiene amigos altos.»
Fui a Adamuz, sitio del accidente que inspiré mi libro. Ruinas de vagones, fantasmas de víctimas. Encontré un superviviente: «Fue sabotaje. Metal fatigado, inercia mal calculada. Como ahora.»
Regresé a Madrid. Heredia anunciaba: «Renfe sostenible: bicis en estaciones.» Propaganda. Pero yo tenía pruebas: dossiers, emails.
Un intento de asesinato: frenos fallidos en mi coche. Sobreviví por suerte. «Los Troyano no mueren fácil», pensé.
Marisa me contactó: «Reúnete conmigo. Traición interna.» En un andén vacío, confesó: «Heredia me usa. Quiere eliminar opositores. El descarrilamiento es mañana.»
Traición: era una trampa. Matones aparecieron. Luché, uno muerto. Huí en un tren de mercancías. Noir puro: sangre en los raíles.
Capítulo 6: Inercia fatal
El AVE Madrid-Barcelona. Sabía el vagón sabotado. Me colé como polizón, eco de Pepe. Encontré el dispositivo: frenos manipulados, metal débil.
Heredia subía al tren, con séquito. «Intermodalidad en acción», bromeaba. Lo confronté en el vagón bar. «Ciclista, tu pedal es corrupción.»
Rió. «Troyano, tus tíos eran reliquias. Ahora, sostenibilidad. Bicis, patinetes. Tren es pasado.» Admitió: el sabotaje para fondos UE. «Verde mata negro.»
Lucha: sus guardias me atacaron. Desactivé el dispositivo a tiempo. El tren frenó seguro. Policía llegó, pero corrupta. Heredia escapó.
Persecución en estaciones: bicis eléctricas irónicas. Lo alcancé en un almacén. «Fin del pedal», dije, pistola en mano.
Capítulo 7: El último andén
Heredia suplicó: «Es el sistema. PSOE coloca a los suyos. Prostitutas, adictos. Yo solo pedaleo.»
Lo entregué a la prensa. Escándalo: «Ciclista corrupto en Renfe.» Marisa arrestada, enchufados caídos.
Pero cinismo: nada cambia. Nuevo presidente, otro peón. La Renfe sigue oxidada.
Yo, Troyano, escribo esto. Honrando a Juan y Pepe. Disciplina perdida.
Epílogo: Raíles oxidados
Años después, miro los trenes pasar. Bicis en estaciones, pero accidentes persisten. Corrupción eterna. Los Troyano se fueron, el ciclista cayó, pero el régimen pedalea on. Cinismo: la Renfe mata, verde o no.
Fin.
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