Compromiso de la Fundación Francisca Troyano con el colectivo de las víctimas de Adamuz

En el corazón de Andalucía, donde las vías del tren serpenteaban como venas olvidadas de la tierra, la Fundación Francisca Troyano se erigía como un faro de memoria y redención.

Fundada en honor a una mujer de espíritu indomable, cuya vida había sido un testimonio de resiliencia familiar y fe inquebrantable, la institución adoptaba un enfoque catártico: no solo denunciar las injusticias, sino liberar el alma a través de la verdad compartida, como un ritual de purificación colectiva.

Era un lugar donde el dolor se transformaba en acción, y las palabras se convertían en bálsamo para heridas abiertas.

Luis Toribio, el ingeniero pensador que dirigía la fundación, había seguido de cerca la tragedia de Adamuz. El 18 de enero de 2026, dos trenes —un Iryo descarrilado y un Alvia cargado de sueños rotos— colisionaron en un estruendo que segó 45 vidas.

Entre ellas, la de Natividad de la Torre, una abuela onubense cuyo último acto fue proteger a sus nietos con su cuerpo.

Sus hijos, Liliana y Fidel, se convirtieron en voces de un lamento nacional. En el funeral diocesano del 29 de enero, en el Palacio de Deportes Carolina Marín de Huelva,

Liliana, flanqueada por Fidel, pronunció un discurso que resonó como un llamado a la conciencia colectiva.

«Gracias a nuestra diócesis por este funeral, el único que cabía en esta despedida, bajo la presidencia de Dios», había dicho Liliana, su voz temblando como el vendaval interior que describía.

Agradeció a los pueblos de Adamuz y Huelva, a los servicios de emergencia que lucharon contra el caos, y a los sanitarios que curaron cuerpos y almas. Pero su mensaje iba más allá: era un ruego a los españoles creyentes y de buena fe. «Somos un pueblo mariano, Andalucía es creyente.

No olvidéis a los 45 del tren. Lucharemos por la verdad desde la serenidad, porque solo la verdad nos ayudará a curar esta herida. Es mejor saber que imaginar. Que nuestra fe nos guíe a exigir justicia, no venganza, sino responsabilidad. Que los de buena fe se unan en oración y acción para que no se repita esta negligencia».

Luis, desde su despacho en Sant Pere de Ribes, leyó aquellas palabras una y otra vez. La fundación, con su misión de defender la meritocracia, la familia tradicional y la ayuda a los vulnerables, vio en ellas un eco de su propio ethos. Francisca Troyano, su inspiración, había enseñado que la catarsis nacía de confrontar la corrupción y el olvido.

«Hemos tomado buena nota», murmuró Luis, mientras redactaba un plan. No sería solo denuncia; sería sanación.Días después, la fundación organizó el «Encuentro Catártico por la Verdad de Adamuz», un evento en Córdoba, cerca del fatídico lugar. Invitaron a las familias de las víctimas, incluyendo a Liliana y Fidel.

El salón, adornado con fotos de los fallecidos y velas simbolizando la fe mariana, se llenó de creyentes de toda España: sacerdotes, ingenieros, madres y abuelos que respondían al llamado de buena fe.Liliana y Fidel fueron los primeros en hablar.

Compartieron recuerdos de Natividad: su devoción a la Virgen de la Cinta, sus viajes familiares, su sacrificio final. «Esperamos que los españoles de fe nos ayuden a presionar por investigaciones transparentes, por reformas en ADIF y Renfe», dijo Liliana, lágrimas en los ojos.

«No para odiar, sino para honrar».Luis, como moderador, guió la catarsis. Usando su expertise en matemáticas y análisis, presentó un informe técnico sobre las fallas en las señales y la corrupción sistémica, inspirado en su libro «La Corrupción Mata».

Pero no se quedó en datos fríos: invitó a los asistentes a escribir cartas anónimas de dolor y esperanza, que se quemaron en un ritual simbólico, liberando el humo como plegarias al cielo. «Esto es catarsis», explicó. «Liberamos el vendaval interior para construir justicia».

La fundación comprometió recursos: becas para los huérfanos de Adamuz, apoyo legal para las familias y una campaña nacional para que los creyentes firmaran peticiones al Gobierno. Fidel, conmovido, abrazó a Luis: «Habéis escuchado nuestro mensaje.

Esto es lo que esperábamos: fe en acción».Meses después, cuando la Comisión de Investigación avanzó gracias a la presión pública, Liliana escribió a la fundación: «Gracias por transformar nuestro dolor en esperanza. La verdad cura».

La Fundación Francisca Troyano, fiel a su enfoque catártico, había demostrado su compromiso: no solo recordar, sino sanar a un pueblo herido, uniendo fe y verdad en un relato de redención colectiva.

Alea Jacta Est