El ingeniero de caminos Aquiles Troyano predijo el accidente de Adamuz
Capítulo 1: El hormigón agrietado
En las entrañas del Ministerio de Transportes, donde el aire olía a café rancio y a promesas incumplidas, Aquiles Troyano pasaba sus días inclinado sobre planos que nadie leía. Era un ingeniero de caminos, uno de esos tipos que construyen puentes para que los políticos corten cintas y se lleven los aplausos. Aquiles tenía cuarenta y cinco años, una barba descuidada que le daba un aire de profeta olvidado, y un cinismo que se había forjado en años de ver cómo el dinero público se evaporaba en contratos inflados.
Su oficina era un cubículo en el sótano, rodeado de archivadores polvorientos y monitores que parpadeaban como ojos cansados. Ese día, como tantos otros, revisaba los informes de la línea AVE Madrid-Andalucía. El proyecto era la joya de la corona: alta velocidad, progreso, España en el mapa mundial. Pero Aquiles sabía que debajo de esa fachada reluciente había grietas. Grietas literales.
«¿Ves esto?», le dijo a su compañero, un joven becario llamado Pablo, que aún creía en el sistema. Aquiles señaló una anomalía en el plano digital: una soldadura en el raíl cerca de Adamuz, un pueblo perdido en Córdoba. «Esta sección se renovó en 2023, pero el tramo adyacente es de 1989. Es como pegar un Ferrari a un carro de caballos con cinta adhesiva».
Pablo se encogió de hombros. «Será por presupuesto. Siempre hay recortes».
Aquiles soltó una risa amarga. «Recortes, dice. No son recortes, son desvíos. El dinero va a bolsillos privados. Empresas amigas del ministro, subcontratas que cobran el triple y usan materiales de mierda».
Era el comienzo. Aquiles había oído rumores: licitaciones amañadas, sobornos en forma de viajes a paraísos fiscales, inspectores que miraban para otro lado. Pero hasta entonces, era solo chisme de cafetería. Esa tarde, recibió un email anónimo. «Mira el contrato de Adif con Construcciones Vega. Hay algo podrido en Adamuz». Adjunto, un PDF con cifras que no cuadraban.
Aquiles se quedó hasta tarde, fumando un cigarrillo prohibido en el baño. El ministerio era un nido de víboras, y él, un ratón que empezaba a oler el queso envenenado.
Capítulo 2: Las sombras del ministerio
Al día siguiente, Aquiles se sumergió en los archivos. El contrato con Construcciones Vega era un laberinto de cláusulas y anexos. La empresa, dirigida por un tal Ramón Vega, un exdiputado reconvertido en empresario, había ganado la licitación para renovar tramos del AVE. Pero las facturas mostraban pagos por materiales premium que, según los informes de inspección, nunca se usaron.
«Esto es corrupción pura», murmuró Aquiles mientras tomaba notas. Llamó a un viejo amigo, un inspector jubilado llamado Manolo. «Oye, ¿recuerdas el tramo de Adamuz? ¿Viste algo raro?»
Manolo suspiró al teléfono. «Chico, todo era raro. Vega pagaba cenas, regalos. Los inspectores firmaban lo que les ponían delante. Si abrías la boca, te mandaban a contar farolas en Siberia española».
Aquiles sintió un escalofrío. Esa noche, al salir del ministerio, notó un coche negro aparcado enfrente. Paranoia, se dijo. Pero el cinismo le susurraba que no era casualidad.
En casa, un piso cutre en las afueras de Madrid, Aquiles revisó más documentos. Encontró emails entre Vega y un alto cargo del ministerio, un tipo llamado Óscar Puente, no el ministro, pero cerca. «Asegúrate de que el informe pase limpio. Hay mucho en juego».
Aquiles sonrió con amargura. «Predije esto. Lo predije todo». Había escrito informes internos advirtiendo sobre riesgos estructurales, pero siempre eran ignorados. «Prioridades presupuestarias», decían.
Esa noche, soñó con trenes descarrilando, metal retorcido y gritos en la oscuridad.
Capítulo 3: La denuncia silenciada
Aquiles decidió actuar. Redactó un informe detallado: «Riesgos inminentes en la línea AVE debido a irregularidades en contratos». Lo envió a su jefe, un burócrata llamado Fernández, que lo leyó con cara de póker.
«Esto es grave, Troyano. Pero ¿tienes pruebas sólidas?»
«Las tengo. Emails, facturas, todo».
Fernández asintió. «Lo elevaré». Pero Aquiles sabía que no lo haría. Fernández era parte del engranaje, un engranaje oxidado por años de complacencia.
Días después, Aquiles fue convocado a una reunión. En una sala con vistas a la Castellana, se sentó frente a tres trajeados. Uno era Vega en persona, sonriente como un tiburón.
«Señor Troyano, hemos oído de su… preocupación. Pero aseguro que todo está en orden».
Aquiles no se amilanó. «La soldadura en Adamuz es una bomba de tiempo. Si un tren pasa a 300 km/h, se romperá».
Vega rio. «Exageraciones. ¿Quiere un ascenso? O tal vez… silencio».
Aquiles salió furioso. Esa noche, envió el informe a un periodista amigo, pero al día siguiente, el email rebotó. «Cuenta hackeada», pensó.
El cinismo crecía. «España es así. Corrupción endémica. Nadie hace nada hasta que hay muertos».
Capítulo 4: Las amenazas veladas
Las cosas empeoraron. Aquiles encontró su coche con los neumáticos pinchados. Llamadas anónimas en la noche: «Deja de husmear, ingeniero».
Se reunió con Manolo en un bar oscuro. «Estás tocando nervios, chico. Vega tiene amigos en alto. El ministro Puente sabe todo».
«¿Puente? ¿El ciclista sostenible?»
Manolo asintió. «Él aprueba los contratos. Sostenible en propaganda, corrupto en realidad».
Aquiles investigó más. Descubrió que Vega donaba a campañas políticas, y que tramos del AVE se construían con materiales baratos importados, falsificando certificados.
Predijo el desastre: «En Adamuz, la unión de raíles viejos y nuevos fallará bajo vibración. Descarrilamiento inminente».
Escribió una carta anónima al ministerio, pero fue ignorada. Su cinismo se volvió negro: «Somos peones. La seguridad ciudadana es un chiste».
Una noche, dos tipos lo siguieron. Corrió, se escondió en un callejón. «Esto es noir puro», pensó, riendo histérico.
Capítulo 5: La predicción ignorada
Aquiles compiló todo en un dossier. Lo envió a la fiscalía anticorrupción. «Pruebas de corrupción en Adif. Riesgo de accidente en Adamuz».
La respuesta: «Investigaremos». Pero nada pasó.
Habló con un diputado opositor, que prometió preguntas en el Congreso. «Esto huele a podrido».
Pero el diputado se retractó: «Presiones arriba».
Aquiles, cínico, escribió en su diario: «Predigo el accidente. Será en invierno, con lluvia, debilitando el terreno. Dos trenes colisionarán. Muertos, heridos, y luego, el circo mediático».
Intentó alertar a Renfe, pero lo tacharon de alarmista. «Sus informes son especulativos».
Se sintió como Casandra, maldito por predecir verdades ignoradas.
Capítulo 6: El descarrilamiento
El 18 de enero de 2026, a las 19:43, ocurrió. El tren Iryo de Málaga a Madrid descarriló en Adamuz. Los últimos vagones invadieron la vía opuesta, chocando con un Alvia a 200 km/h. 45 muertos, 292 heridos.
Aquiles vio las noticias en TV, con una cerveza en mano. «Lo predije. Hijos de puta».
El país en shock. El ministro Puente compareció: «Accidente extraño. Vía renovada».
Aquiles rio amargamente. «Renovada con mierda».
Llamadas de periodistas. «Señor Troyano, ¿usted advirtió?»
«Sí, pero nadie escuchó. Corrupción mata».
Capítulo 7: El ajuste de cuentas
Aquiles testificó en la comisión. Vega negó todo. Puente culpó a «fallos técnicos».
Pero el dossier salió a la luz, filtrado por Aquiles. Escándalo nacional. Detenciones, dimisiones.
Vega lo amenazó: «Te arrepentirás».
Aquiles, cínico, respondió: «Ya lo hago. De creer en el sistema».
El juicio reveló todo: sobornos, materiales defectuosos. La soldadura falló por corrupción.
Aquiles fue héroe por un día, luego olvidado.
Epílogo: El cinismo eterno
Años después, Aquiles jubilado en un pueblo, veía trenes pasar. «Predije Adamuz, pero ¿cambió algo? No. La corrupción es el AVE de España: rápido, caro, y siempre descarrila».
Bebió, riendo solo. «Viva el progreso».
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