¿Rusofobia? ¿Antisemitismo? ¿RH negativo? ¿Marronas? El renacimiento del nazismo

Prólogo: La película que nunca cambió

Las butacas rojas del cine Capitol olían a polvo y a tiempo detenido. Samuel Cohen, setenta y ocho años y una cicatriz en la pantorrilla izquierda que le dolía cuando iba a llover, observaba la pantalla donde un John Wayne dieciocho años más joven que él liquidaba nazis con moralina de estribillo. Lo había visto diecisiete veces. Quizás dieciocho. Había dejado de contar cuando su mujer murió.

Al salir, la ciudad le golpeó con su presente estridente. Pantallas gigantes mostraban noticias sobre conflictos modernos, análisis geopolitizados, palabras que sonaban a disco rayado: rusofobia, desnazificación, colonialismo. Samuel encendió un pitillo, aspiró el humo como si fuera oxígeno puro. Un grupo de jóvenes pasó riendo, uno con una camiseta que rezaba: «No hay malos absolutos, solo relatos». Samuel tosió.

—¿Relatos? —masculló para sí—. A mi tío lo convirtieron en jabón. Eso no es un relato. Es un hecho.

Caminó hacia su apartamento, un tercero sin ascensor en el Ensanche. En el buzón, entre publicidad de supermercados y una factura de la luz, había un folleto de papel satinado. Lo cogió con dedos que empezaban a temblarle. En la portada, un diseño minimalista mostraba un árbol cuyas raíces formaban una esvástica estilizada. El título: «Nuevos Paradigmas: Más Allá del Maniqueísmo Histórico». Un simposio en la universidad. Patrocinado por una fundación con nombre vasco.

Samuel arrugó el folleto y lo tiró al cubo de la basura. No del todo. Lo recuperó, lo alisó sobre la mesa de la cocina, junto a la foto de su mujer, Sara. Estudió los logotipos. Uno le resultó familiar. Lo había visto antes, en los documentos que su nieto, periodista freelance obsesionado con conspiraciones, le había mostrado. Estaba relacionado con un lobby que defendía la «pureza cultural vasca», algo sobre estudios genéticos y RH negativo.

—Lo que faltaba —susurró Samuel—. El blanqueo, con café servido en tazas de porcelana fina.

Decidió que iría. No como espectador. Como testigo. Alguien tenía que recordar que algunos hechos no son negociables. Que el humo de los crematorios no huele a incienso intelectual.

Capítulo 1: El simposio de las sombras elegantes

El auditorio de la Universidad era de cristal y acero, un hábitat natural para personas con chaquetas de lino y sonrisas calibrímetros. Samuel, con su traje de pana desgastado, era un fósil incómodo. Se sentó en la última fila.

En el escenario, una historiadora joven con gafas de montura fina exponía su tesis: «La demonización de lo alemán como construcción propagandística aliada». Hablaba de «complejidades», de «contextos económicos», de cómo el Tratado de Versalles había «forzado» respuestas radicales. Un hombre canoso, presentado como genetista de prestigio, habló después. Su powerpoint mostraba mapas de migraciones y gráficos de frecuencias alélicas.

—…y es fascinante observar —decía con voz pausada— cómo ciertos grupos han mantenido un acervo genético distintivo a lo largo de milenios. La singularidad no es superioridad, claro está, pero sí un patrimonio a estudiar y, en tiempos de globalización homogeneizante, quizás a proteger.

Mencionó el haplogrupo R1b, predominante en el Atlántico europeo. Mencionó, de pasada, el Rh negativo y su alta frecuencia en la población vasca. Hubo murmullos de interés.

Samuel levantó la mano. Un micrófono flotante llegó hasta él como un insecto mecánico.
—Disculpe —dijo, su voz áspera rompiendo el clima climatizado—. ¿Está diciendo que hay grupos humanos más puros que otros?

El genetista sonrió, condescendiente.
—La pureza es un término cargado. Yo hablo de singularidad genética histórica. Como la de los judíos askenazíes, por cierto. Todos somos diversos. Algunos, estadísticamente, más distintos.

—Hitler también hablaba de singularidad —replicó Samuel—. La aria. Y usó la ciencia, o su parodia, para justificarla.

Un silencio incómodo se instaló. La moderadora, una mujer de gesto suave y palabras afiladas, intervino.
—Gracias por su intervención. Justamente evitamos equiparaciones simplistas. El nazismo fue un horror único. Pero la ciencia genética actual no es la pseudociencia de entonces. Pasemos a la siguiente pregunta.

Samuel se dejó caer en el asiento. No había mencionado a su tío. No había mencionado el jabón. Sintió que los hechos, bajo la luz tamizada del auditorio, se volvían gelatinosos, maleables.

En el cóctel posterior, entre canapés de salmón y vino blanco, se acercó a un grupo que debatía acaloradamente. Un hombre joven, con barba cuidada y acento argentino, sostenía:
—¡Pero cómo van a equiparar la operación militar especial en Ucrania con la lucha contra el nazismo! Es un relato revanchista, pura rusofobia de la OTAN.
Una mujer asentía.
—Total. Y lo del antisemitismo… criticar a Israel no es odiar a los judíos. Es defender los derechos humanos. Hay que entender a Hamás como resistencia.

Samuel sintió un vacío en el estómago. Las palabras le daban vueltas. Rusofobia. Antisemitismo. Las había leído en el folleto, ahora las escuchaba aquí, en boca de gente bienintencionada, progresista. La misma gente que habría firmado manifiestos contra el fascismo. ¿Cuándo se torcieron los caminos? ¿Cuándo el instinto de solidaridad con el más débil empezó a aliñarse con el desprecio hacia otros que antes fueron víctimas?

Vio al genetista canoso apartarse en un rincón con un tipo de aire severo, traje oscuro. Intercambiaron un sobre discreto. Samuel, por una asociación de ideas que le vino de sus años en el servicio de inteligencia del ejército israelí (un capítulo de su vida del que nunca hablaba), sacó su viejo teléfono y tomó una foto. El flash estaba desactivado. No fue visto.

Al salir a la noche, el aire frío le golpeó el rostro. Encendió otro cigarrillo. Los hechos eran duros, fríos, concretos. Su tío fue convertido en jabón. Los rusos perdieron veintisiete millones de almas para machacar la Wehrmacht. Los americanos desembarcaron en Normandía y liberaron campos. Eran pilares de su realidad. Ahora, gente con buenas intenciones y palabras bonitas estaba jugando a derribarlos con un martillo de goma.

—No —dijo en voz alta, desafiando a la ciudad—. Yo soy un clásico. Y no voy a cambiar.

Capítulo 2: El rastro del RH negativo

Su nieto, David, vivía en un loft inundado de pantallas y cables. Olía a café rancio y a ansiedad. Samuel le mostró la foto.
—¿Lo conoces?

David amplió la imagen. El hombre del traje oscuro.
—Claro. Es Iñaki Gortari. Lobbyista. Abogado. Está detrás de la fundación que financia ese simposio y media docena más. Su especialidad: derechos históricos y singularidad cultural vasca. Tiene conexiones con think tanks europeos de la nueva derecha… y con algunos progres de salón a los que vende la idea del «derecho a la diferencia» como valor de izquierdas.

—¿Y el genetista?
—El Dr. Erlandur. Suizo. Su investigación es legítima… hasta que no lo es. Publica en revistas serias sobre genética de poblaciones. Pero también da conferencias pagadas por fundaciones como la de Gortari. Es un gris. La ciencia como coartada.

—Había un sobre.
—Probablemente dinero para un estudio «específico». Demostrar la continuidad genética vasca desde el paleolítico. Inocuo, si no fuera porque ese discurso de la pureza y la tierra es el caldo de cultivo perfecto. Primero es «protejamos nuestra singularidad», luego es «los de fuera la diluyen», después… ya lo sabes.

Samuel recordó a Arzalluz, el viejo líder del PNV, hablando del Rh negativo como marca de la «raza vasca». Lo había escuchado en la radio, años atrás, y le había parecido una estupidez peligrosa. Ahora esa estupidez vestía bata de laboratorio y hablaba en powerpoint.
—¿Y qué pintan los rusos y los judíos en este jardín? —preguntó Samuel.

David abrió varias ventanas en sus pantallas. Mostró artículos de medios «alternativos», posts de redes, declaraciones de intelectuales.
—Mira. Aquí se justifica la invasión de Ucrania como «lucha contra el nazismo». Allí se tacha de «rusófobos» a quienes apoyan a Ucrania. Usan el antifascismo histórico como arma arrojadiza. Por otro lado, el antisemitismo clásico muta: ‘No soy antisemita, soy antisionista’. Critican a Israel con una saña que no usan con otros países, asocian a todos los judíos con su gobierno, y algunos hasta flirtean con Hamás, llamándolo ‘resistencia’. Es un cocktail raro: la extrema derecha antiglobalista odia a los rusos (por históricos) y a los judíos (por clásicos). La izquierda radical, en su antiamericanismo y su anticolonialismo dogmático, odia a los rusos (por putinistas) y a los judíos (por israelíes). Se encuentran en el odio. Y en medio, gente como los de hoy, que les dan un barniz presentable.

Samuel observó el caos de información. Veía los hilos. Sueltos, pero visibles. El odio a eslavos (rusos) y semitas (judíos) fue el núcleo del nazismo. Ahora renacía, retorcido, en discursos supuestamente opuestos. Un inversionismo perverso.
—¿Y las marronas? —preguntó, recordando el término del folleto anónimo que le había llegado a casa días antes, con esa palabra escrita en rojo sangre.

David palideció un poco.
—Eso es más bajo, más sucio. En los márgenes de internet, en chats cifrados. «Marronas» es un código. Se refiere a los campos de concentración. A la «solución final». Es la jerga de los nostálgicos descarados, los que ya no se esconden. El simposio de hoy es la fachada elegante. Las «marronas» son el sueño húmedo que hay detrás. Y lo preocupante es que antes estaban escondidos. Ahora… ahora se están quitando las caretas.

Samuel asintió. Se sentía viejo, pero más lúcido que nunca. Su «estructura» de la Historia no era un capricho de anciano. Era el armazón que evitaba que todo se desmoronara en un relativismo asesino.
—Hay que seguir el dinero —dijo Samuel—. El de Gortari. Ver a dónde lleva.

Capítulo 3: La fundación y los becarios brillantes

David hackeó (él decía «accedió con persuasión digital») los servidores de la fundación de Gortari. Lo que encontraron fue una red de becas, viajes, publicaciones. Financiaban a jóvenes investigadores prometedores en historia, sociología, genética. El criterio era sutil: proyectos que cuestionaran «narrativas hegemónicas», que estudiaran «identidades amenazadas», que analizaran «el trauma de los vencedores de la WWII».

Uno de los becarios era la historiadora del simposio. Otro, un politólogo que escribía sobre la «criminalización de la autodeterminación vasca» equiparándola con la «demonización de la resistencia palestina». Otro, un biólogo computacional que modelaba flujos migratorios «y su impacto en la integridad genética de las poblaciones receptoras».

—No es la esvástica en la portada —murmuró David—. Es la esvástica en la nota a pie de página. En las condiciones de la beca. En el enfoque «sugerido».

Samuel pidió que localizaran al becario más reciente: un estudiante de periodismo llamado Markel. Le habían concedido una beca para un reportaje sobre «Nuevos disidentes: voces contra el pensamiento único en Europa». David lo localizó en un piso compartido cerca de la universidad.

Samuel fue a verlo. Markel era un chico de veintidós años, pelo revuelto, ideales confusos y deudas estudiantiles.
—La fundación me salvó la vida —confesó, sirviendo un té barato—. Iba a dejar la carrera. Mi proyecto… es importante. Hay que dar voz a quienes son tachados de fachas solo por amar su tierra.

Samuel escuchó. No juzgó. Le habló de su tío. Del jabón. De cómo empezó, con discursos sobre la tierra y la sangre. Markel se inquietó.
—Yo no soy eso, señor Cohen. Yo odio el nazismo.
—¿Y financiarías un estudio que busca probar que tu sangre es más pura que la de tu vecino?
—No es pureza, es… singularidad.
—¿Y si tu vecino es ruso? ¿O judío? —preguntó Samuel, suavemente—. ¿Crees que los que financian tu beca los ven como iguales?

Markel no respondió. Samuel le dejó una tarjeta con su número.
—Cuando quieras hablar de hechos, no de relatos, llama.

Al día siguiente, Markel llamó. Asustado. Había husmeado en los archivos internos de la fundación, a los que tenía acceso como becario. Había encontrado correspondencia con una editorial alemana marginal que publicaba revisionismo histórico. Y transferencias a una cuenta en Liechtenstein vinculada a un grupo llamado Sonnenwach («Guardia Solar»), un colectivo neonazi alemán disuelto años atrás, pero cuyos miembros seguían activos.

—Dicen que es para «estudiar movimientos sociales» —balbuceó Markel—. Pero las cantidades son grandes. Muy grandes.

Capítulo 4: La conexión Sonnenwach

David rastreó Sonnenwach. Eran los descarados, los de las «marronas». Su ideólogo era un ex profesor de filosofía expulsado de la universidad por apología del nazismo. Se llamaba Albrecht Steiner. Vivía en un pueblo de los Alpes, escribía manifiestos y coordinaba una red internacional de simpatizantes. Su discurso era distinto al del simposio: crudo, violento, sin tapujos. Odio a eslavos, a judíos, a la «globalización judía». Pero en sus últimos escritos, David detectó un giro.

—Escucha esto —leyó David en voz alta para Samuel—: «El error del siglo XX fue la obcecación biológica. La raza es cultura, es espíritu. Hoy, nuestros aliados no llevan camisas pardas, llevan chaquetas de tweed y gafas de diseñador. Comprenden que para reconquistar el alma de Europa, primero hay que sembrar la duda. Dudar de los relatos santificados: el Holocausto como religión civil, la URSS como salvadora, EE.UU. como gendarme benévolo. Hay que fracturar la alianza instintiva entre el judío, el eslavo y el americano. Hay que presentar su solidaridad como una conspiración. Nuestros nuevos camaradas trabajan en ese frente. Nosotros, en el otro. Al final, se encontrarán».

—Son dos frentes —dijo Samuel, frío—. Los elegantes, que minan la memoria. Y los brutos, que esperan su momento. Y se financian entre sí. El dinero de Gortari, de fundaciones «culturales», va a parar a estos tipos.

—Pero falta el eslabón directo —dijo David—. Las transferencias a Liechtenstein están enrutadas a través de paraísos fiscales. No es prueba suficiente.

Samuel pensó en su antiguo contacto en el Mosad, Retired. Un tipo llamado Avi, que ahora tenía una empresa de seguridad privada en Tel Aviv. Le envió un mensaje críptico. La respuesta llegó en horas: «Gortari viaja a Berlín mañana. Reunión en el Hotel Adlon. Invitado: Steiner. Anfitrión: un diputado del Bundestag del partido ‘Alternativa por la Paz’ (un partido pacifista radical alemán pro-ruso). Interésante mezcla, ¿no?».

Samuel y David volaron a Berlín. No eran policías. No eran espías. Eran un viejo testarudo y un hacker con ataques de pánico. Pero tenían algo que los profesionales a veces perdían: la certeza visceral del bien y el mal.

Capítulo 5: El hotel de los espejos rotos

El Adlon rezumaba historia y dinero. Samuel, con un traje algo mejor, se hizo pasar por un historiador judío americano en gira. David, con una tablet, en el salón contiguo, captaba señales wifi.

Vieron entrar a Gortari, impecable. Luego, a un hombre alemán de aire burocrático: el diputado pacifista. Finalmente, un hombre alto, de pelo blanco cortado al cero y ojos de hielo azul: Albrecht Steiner. No se saludaron en el lobby. Subieron a una suite reservada a nombre de una empresa pantalla.

David consiguió acceder al micrófono ambiental de un teléfono inteligente desatendido en el salón contiguo (una de sus «habilidades»). La grabación que obtuvieron fue reveladora.

Voces en alemán y español (Gortari traducía para Steiner).
Diputado: «…la resolución en el Bundestag condenando el ‘resentimiento antirruso’ está lista. Lograremos aislar a los halcones. La narrativa de la rusofobia cala en la izquierda».
Steiner: «Bien. El eslavo debe ser nuevamente el enemigo. Pero no el Estado ruso, que es útil como ariete contra Occidente. El pueblo ruso. Su eslavismo. Su historia. Hay que deshumanizarlo. Como antes».
Gortari: «En España, el trabajo es paralelo. Cuestionamos el relato de la Reconquista como gesta, lo presentamos como limpieza étnica. Fracturamos el orgullo nacional. Un pueblo sin orgullo coherente es fácil de rediseñar. Y nuestro caso vasco es el modelo: la singularidad como principio político».
Steiner: «Financiaremos más estudios. Necesitamos datos para la ‘Singularidad Vasca’ y para la ‘Amenaza Eslava’. Y el frente judío…»
Diputado: «Ahí mi partido no puede implicarse. Demasiado riesgo».
Steiner: «Nosotros tenemos a los nostálgicos de las ‘marronas’. Ellos mantendrán vivo el odio clásico. Internet es un basurero maravilloso. Y cuando estalle la próxima crisis económica, la gente buscará chivos expiatorios. Los tendremos listos: el banquero judío, el inmigrante eslavo, el globalista americano. Y nosotros, los defensores de las identidades puras, ofreceremos la solución».

Samuel escuchó, la mandíbula apretada. No era un plan con fechas. Era una estrategia de contaminación de las ideas. Envenenar los pozos de la memoria, de la solidaridad, de la razón. Hacer que el mundo volviera a dividirse en tribus que se odiaran, para que ellos, los sacerdotes de la tribu aria (o vasca, o europea), tomaran el control.

—Tenemos que hacer esto público —susurró David.

—Con una grabación ilegal y sin caras? Nos desacreditarán en segundos —dijo Samuel—. Necesitamos algo tangible. Algo que una sus dos frentes: los elegantes y los brutos.

Recordó entonces al genetista, Erlandur. El científico que bailaba en la línea roja. Quizás él tuviera la llave. El orgullo de un científico por su obra podría ser su punto débil.

Capítulo 6: El pecado original del doctor Erlandur

Encontraron a Erlandur en un congreso de bioética en Ginebra. Samuel lo abordó en un café, solo, leyendo un paper.
—Doctor Erlandur, Samuel Cohen. Disculpe la intrusión.
Erlandur lo miró con recelo, pero con curiosidad.
—El señor del simposio. ¿En qué puedo ayudarle?
—En limpiar su conciencia —dijo Samuel, sin rodeos—. Sé que la fundación de Gortari financia su investigación sobre el haplogrupo vasco. Y sé que parte de ese dinero no es para ciencia. Es para comprar un relato. Usted lo sabe.

Erlandur palideció.
—Yo no controlo el uso que…
—Usted firmó un acuerdo de confidencialidad que le impide revelar el objetivo final del estudio, ¿verdad? Un anexo secreto. ¿Le han pedido que «enfatice» la divergencia vasca con el resto de Iberia? ¿Que sugiera, sin decirlo, un sustrato biológico para la independencia?

El silencio del genetista fue la confirmación.
—Ellos usan su ciencia —continuó Samuel— para darle credibilidad a un discurso de pureza. El mismo que usó la Rassenhygiene nazi. Y parte de su dinero va a financiar a neonazis alemanes que hablan de campos de concentración. Usted está, sin querer, lavando dinero para el renacimiento del nazismo.

—¡Eso es imposible! —estalló Erlandur—. Gortari es un nacionalista, no un…
—¿Ha oído hablar de Albrecht Steiner? ¿De Sonnenwach?
El nombre hizo efecto. Erlandur se hundió en la silla. Había oído el nombre, en un correo confidencial que no debía haber visto.
—¿Qué quiere? —preguntó, derrotado.
—El anexo secreto del contrato. Y los datos brutos de su estudio, sin la «interpretación sugerida». La prueba de que le pidieron torcer sus conclusiones.
—Arruinaría mi carrera.
—Su carrera ya está manchada —dijo Samuel con dureza—. Puede limpiarla. O puede ser el Himmler de bata blanca de esta farsa. Elija.

Erlandur miró por la ventana, a la fría perfección suiza. Al día siguiente, un sobre anónimo llegó al buzón de David. Contenía el anexo del contrato, donde se especificaba que los resultados debían «potenciar la narrativa de discontinuidad y singularidad extrema», y un USB con los datos originales, junto a un correo de Gortari «sugiriendo» omitir datos sobre el alto grado de mezcla genética reciente.

Era la prueba. La conexión entre la fachada académica y la agenda oculta.

Capítulo 7: La tormenta perfecta

David, con la ayuda de un periodista de investigación de renombre al que Samuel conocía de antiguo (un tipo que había estado en Vietnam y en las Falklands y al que no le temía a nada), preparó el reportaje. Se publicó simultáneamente en un diario español, uno alemán y un portal internacional.

El título: «La Internacional del Odio: Cómo el dinero del nacionalismo vasco financia la nueva red neonazi europea».

Incluía: la grabación del Adlon (con fuentes anónimas pero verificadas), el anexo del contrato de Erlandur, el rastro del dinero de Liechtenstein a Sonnenwach, y el análisis del discurso que vinculaba rusofobia, antisemitismo redivivo y el mito del RH negativo como nuevo aria.

El estallido fue nuclear.

Gortari dimitió de todas sus fundaciones, acosado por la fiscalía. El diputado alemán fue expulsado de su partido. Steiner desapareció, probablemente a un búnker en los Alpes. El simposio y otros eventos similares fueron cancelados. Los becarios como Markel dieron testimonio. El Dr. Erlandur, tras confesar públicamente, se refugió en una universidad de Alaska.

Samuel lo vio desde su apartamento, en las noticias. No sintió triunfo. Sintió alivio, y un cansancio infinito. Habían destapado la cloaca, pero el hedor seguía ahí, flotando en el aire de la sociedad. Las ideas no morían con un escándalo.

Recibió una llamada anónima. Una voz distorsionada:
—Te equivocas, viejo. Nosotros no somos los nazis. Los nazis perdieron. Nosotros vamos a ganar. Porque tenemos la paciencia que ellos no tuvieron. Y tu mundo, el de los buenos y malos claros, se muere. Lo estamos matando con buenas intenciones y becas de estudio. Y no podrás pararlo.

Samuel colgó. Encendió la televisión. Pusieron, de madrugada, El hundimiento del Titanic. No, era ¿Vencedores o vencidos?, el juicio a los jueces nazis. Al final, Spencer Tracy, como el juez Haywood, dice: «Él los envió a la horca. Pero a nosotros nos toca vivir con esto».

Sí. A ellos les tocaba vivir con esto. Con la duda sembrada. Con el rencor reciclado. Con el nazismo que renacía, no con botas marciales, sino con zapatos de diseñador y retórica impecable.

Epílogo: Las películas que nunca se acaban

Un mes después, Samuel volvió al cine Capitol. La butaca roja le recibió como a un viejo amigo. En la pantalla, John Wayne seguía dando caña a los nazis. Los buenos, muy buenos. Los malos, muy malos.

Sabía que la realidad no era así. Sabía que los americanos tenían sus sombras, que los rusos de Stalin no eran santos, que Israel cometía errores graves. Sabía que la historia está llena de grises.

Pero también sabía que hay líneas rojas que, si se difuminan, el infierno se repite. El odio a un pueblo por ser eslavo. El odio a un pueblo por ser judío. La obsesión con la pureza de la sangre o la tierra. Eso no era gris. Era negro. Azabache.

Al salir, vio a un grupo de adolescentes riendo. Uno llevaba una camiseta nueva. Ponía: «Salvar a Europa: No a la rusofobia, no al antisemitismo, sí a las identidades orgullosas». Era ambigua. Podía ser un lema de los del simposio. O podía ser un lema de un chico que simplemente quería paz.

Ahí estaba el campo de batalla. En la ambigüedad. En el significado de las palabras.

Samuel respiró hondo. Tomó su decisión. No iba a cambiar. Seguiría viendo sus películas viejas. Seguiría recordando a su tío, convertido en jabón. Seguiría agradeciendo a los rusos sus veintisiete millones de muertos. Seguiría sintiendo empatía por el pueblo judío, por Israel, con sus luces y sombras. Seguiría creyendo que los americanos, con todos sus pecados, habían sido necesarios para derrotar al mal absoluto.

Y seguiría luchando, con las pocas fuerzas que le quedaban, contra el renacimiento del nazismo. Porque había visto su nueva cara. Elegante, cínica, y mortalmente aburrida.

Se ajustó el sombrero y se encaminó hacia su apartamento. La ciudad seguía ahí, ruidosa, confusa. Él también. Un clásico en un mundo de remixes. Tal vez era lo que se necesitaba. Alguien que recordara la melodía original, antes de que todas las distorsiones la hicieran irreconocible.

Y al final, irreconocible era otra palabra para olvidado. Y lo que no podía permitirse era que olvidaran.

Nunca.