A ver, GROK, escríbeme una novela del género negro y cínico, con título “¿Trabajar? ¿Para qué? Mejor okupar, robar y vivir de ayudas y subvenciones progresistas» de 7000 palabras y con 7 capítulos y un epílogo final, basada en lo siguiente:
Si tuviese 25 años por menos de 2000 euros limpios al mes no trabajaría y viviría de las ayudas y subvenciones del Estado. ¿Por qué? Porque haciendo números me sale más rentable.
Vamos a calcular la esperanza de vida de hombres y mujeres españoles para saber, primero, qué parte del dinero de los jóvenes van directamente para pagar pensiones de las personas mayores que ni conocen.
En España, la esperanza de vida en 2024 (datos más recientes del INE) es de 84,01 años en total, con las mujeres superando a los hombres: ellas viven hasta los 86,53 años, mientras que los hombres alcanzan los 81,38 años, una diferencia notable de más de 5 años a favor de ellas, siendo un referente de longevidad en Europa.
Vamos a hacer cálculos:
Si los hombres y mujeres se jubilan a los 65 años y comienzan a cobrar las pensiones hasta la fecha de su muerte, entonces:
Hombres: 81,38 – 65 = 16,38 años
Mujeres: 86,53 – 65 = 21,53 años
Cada pensionista recibe 14 pagas mensuales, por lo tanto:
Los hombres cobrarán hasta su muerte 229 pagas
Las mujeres cobraran hasta su muerte 301 pagas
La primera pregunta es: ¿Deberían ser iguales las pagas de los hombres que van a vivir un 25% menos de años? O debería haber una compensación de un coeficiente multiplicador de 1,25 por cobrar un 25% menos de tiempo que las mujeres? Este debate, en principio, parece interesante, más que nada por la «igualdad»…
Ahora, vamos a calcular qué parte del salario de un trabajador va directamente a un pensionista.
El ratio de la población trabajadora versus la población jubilada es de 2,4
Pero el sueldo medio de un pensionista es mayor al de la mediana de un trabajador. Es decir que 2 trabajadores deben de poder pagar a un jubilado.
Entonces, haciendo grandes números:
El precio del alquiler es de una media de 800 euros por persona. De 600 euros en alimentación y de 400 euros en transporte, entonces, una persona que trabaja 8 horas a la semana tiene unos gastos fijos «de supervivencia» de 1.800 euros…
Y si una persona se declara «vulnerable» y decide no trabajar, entonces:
Le da una patada a una casa de un particular y se instala en ella gratuitamente de por vida.
Se hace amigo de un colaborador de una ONG y consigue la comida gratis de un Banco de alimentos.
Y se cuela en el metro y en el autobús y no paga en los taxis.
Para disminuir la población según la Agenda 2030, Pedro Sánchez regala un bono de viajes para ir a Adamuz gratis.
Además, el Gobierno Progresista le paga una ayuda mensual de 1.000 euros para que pueda ver las series de Netflix y comprar comida a domicilio a TelepPizza… ¿Trabajar? ¿Para qué? Mejor estar sentado en un sofá robado viendo la televisión en una casa okupada y no pagar nada según el manual del Progtresismo woke.
¿Trabajar? ¿Para qué? Mejor okupar, robar y vivir de ayudas y subvenciones progresistas
Capítulo 1: El Despertar del Vago
En las calles húmedas de Madrid, donde el asfalto se resquebraja bajo el peso de los sueños rotos, vivía un tipo llamado Raúl. Veinticinco años, pelo revuelto como su vida, y una sonrisa cínica que parecía decir: «El mundo es una estafa, y yo soy el estafador». Raúl había dejado la universidad a medio camino, harto de profesores que predicaban sobre el «esfuerzo» mientras cobraban sueldos inflados por el Estado. ¿Trabajar? Ja. Por menos de dos mil euros limpios al mes, ni loco. Hacía números en un cuaderno manchado de café: las ayudas del Estado salían más rentables.
Una noche, bajo la luz parpadeante de un neón en un bar de Malasaña, Raúl calculó su futuro. Esperanza de vida en España, 2024: 84,01 años en promedio. Hombres como él, 81,38. Mujeres, 86,53. Si se jubilaban a los 65, los tíos como él cobrarían pensión por 16,38 años; las tías, 21,53. Eso eran 229 pagas para hombres, 301 para mujeres. «¿Igualdad? ¿Dónde?», murmuró Raúl, apurando su cerveza robada de la nevera del bar. Los hombres vivían un 25% menos en jubilación. Deberían tener un coeficiente multiplicador de 1,25 en sus pagas, pensó. Pero no, el sistema era una ruleta rusa donde los jóvenes pagaban la fiesta de los viejos.
Raúl miró a su alrededor: camareros sudando por propinas miserables, oficinistas con ojeras eternas. Él no. Él había descubierto el truco: vivir de las subvenciones progresistas. ¿Por qué sudar ocho horas al día cuando podías okupar una casa, robar comida y viajar gratis? El Gobierno, con su agenda woke, lo facilitaba todo. Pedro Sánchez y su corte de iluminados regalaban bonos para todo, menos para trabajar.
Esa noche, Raúl dio el primer paso. Encontró un piso vacío en Lavapiés, propiedad de algún especulador que nunca aparecía. Una patada a la puerta, y listo: hogar dulce hogar, gratis de por vida.
Capítulo 2: La Matemática de la Pereza
Al día siguiente, Raúl se despertó en su nuevo sofá robado –bueno, «prestado» de un contenedor cercano–. Sacó su cuaderno y profundizó en los números. Ratio de trabajadores a jubilados: 2,4 a 1. Pero los pensionistas cobraban más que la mediana de un currito. Dos trabajadores para pagar a un viejo. «¿Mi sueldo? Directo a la pensión de un abuelo que ni conozco», pensó Raúl, riendo con amargura.
Gastos fijos de un pringado: alquiler 800 euros, comida 600, transporte 400. Total: 1.800 al mes. ¿Para qué? Si te declaras «vulnerable», el Estado te cubre. Okupa la casa: cero alquiler. Amigos en ONGs: comida gratis de bancos de alimentos. Colarte en el metro: transporte cero. Y encima, ayudas mensuales de 1.000 euros para Netflix y Telepizza. Raúl lo había calculado: trabajando por 1.500 netos, perdía tiempo y dignidad. Sin trabajar, ganaba libertad.
Se hizo socio de una ONG woke, de esas que defienden el «derecho a la vivienda». Un tipo con dreadlocks le dio una caja de comida: latas, pan, fruta. «Gracias al progresismo», dijo el hippie. Raúl sonrió: «Sí, gracias a los impuestos de los idiotas que trabajan».
Por la tarde, robó un bono de viaje. La Agenda 2030 hablaba de disminuir población, pero Sánchez regalaba viajes a pueblos como Adamuz. Raúl se coló en un tren, destino incierto, riendo de los controles que nunca funcionaban.
Capítulo 3: La Okupación Perfecta
El piso de Lavapiés era un palacio comparado con su antigua habitación compartida. Paredes agrietadas, pero gratis. Raúl decoró con posters robados de tiendas: Che Guevara, pero con una cerveza en mano. Sus vecinos, un puñado de okupas como él, formaban una comuna cínica. «El propietario? Un capitalista que vive en Suiza», decían.
Una noche, llegó la poli. Dos agentes con cara de hastío. «¿Papeles?», preguntaron. Raúl sacó su carné de «vulnerable»: una declaración jurada de pobreza, firmada por un amigo en la ONG. «Derechos humanos», espetó. Los polis se encogieron de hombros: las leyes progresistas los ataban. «No podemos desalojar sin orden judicial, y eso tarda años». Raúl les ofreció una cerveza –robada, claro–. Se fueron riendo.
Calculó más: hombres cobrando 25% menos en pensión por vivir menos. «¿Igualdad de género? Solo para lo que conviene», pensó. Mujeres vivían más, cobraban más pagas. Él, con suerte, llegaría a los 81. Mejor disfrutar ahora, robando el sistema que lo robaba a él.
Se hizo amigo de Lola, una okupa de 30 con tatuajes de anarquía. Ella le enseñó a colarse en supermercados: «Lleva una bolsa de la ONG, nadie pregunta». Comida gratis, vida fácil.
Capítulo 4: El Banquete de los Ladrones
Raúl expandió su red. En un banco de alimentos, conoció a Paco, ex-trabajador quemado. «Trabajé 20 años en una fábrica, ¿para qué? Pensión mísera», dijo Paco. Raúl le explicó los números: 16,38 años de pensión para hombres, 21,53 para mujeres. «Nos joden vivos y muertos».
Juntos, saquearon un supermercado. No un robo a mano armada –eso era para tontos–. Simplemente, llenaron carritos con etiquetas de «donación» falsificadas. La ONG cubría las espaldas: «Ayuda humanitaria». Comida para meses: pizzas, cervezas, hasta caviar caducado.
Transporte: Raúl se colaba en buses, metros. Una vez, un taxista lo pilló. «Paga o bajo», gritó. Raúl sacó su app de «bono progresista»: viajes gratis para «vulnerables». El taxista maldijo a Sánchez, pero lo llevó.
Ayudas: 1.000 euros al mes. Raúl los gastaba en series, delivery. «¿Trabajar? ¿Para qué?», se repetía, tumbado en su sofá okupado, viendo Netflix en una TV «encontrada» en la calle.
Pero el cinismo crecía: veía noticias de trabajadores protestando. «Pobres ilusos», pensaba. El sistema los exprimía para pagar pensiones de viejos que vivían como reyes.
Capítulo 5: La Agenda Oculta
Una tarde, en un bar okupado, Raúl oyó de la Agenda 2030. «Disminuir población», decían. Sánchez regalaba bonos para viajes a pueblos remotos, como Adamuz, para «descongestar ciudades». Raúl rio: «Quieren que nos extingamos, pero mientras, nos pagan».
Viajó gratis a Adamuz. Un pueblo fantasma, pero con subvenciones para «repoblación». Instaló una okupación temporal en una casa abandonada. Comida local gratis, ayudas extras. Calculó: si todos hicieran lo mismo, el sistema colapsaría. Pero no le importaba. Hombres muriendo antes, mujeres cobrando más. «¿Compensación? Ja, el feminismo solo para salarios, no para pensiones».
Conoció a María, una mujer de 40, ex-funcionaria. «Las mujeres vivimos más, pero el sistema nos explota igual», dijo. Raúl debatía: «Deberíais cobrar menos por paga, o nosotros más». Ella rio: «En tu mundo cínico, quizás».
Robaron juntos: un almacén de ONGs. Comida, ropa, todo gratis. Vida de reyes sin corona.
Capítulo 6: La Traición del Sistema
El cinismo de Raúl alcanzó pico cuando vio las noticias: subidas de pensiones, bajadas de salarios. Ratio 2 trabajadores por jubilado, pero sueldos medios inferiores. «¿Mi futuro? Pagar para morir joven».
Intentó trabajar una semana: mozo de almacén, 1.200 netos. Gastos: 1.800. Pérdida neta. Renunció. Mejor okupar.
Lola lo traicionó: denunció la okupación por celos. Poli vino, pero leyes progresistas: «Proceso largo». Raúl escapó, robó otra casa en Chueca.
Calculó final: 229 pagas para hombres, 301 para mujeres. «Igualdad: un chiste». Vivía de ayudas, robando, colándose. ¿Moral? Para perdedores.
Capítulo 7: El Apogeo del Cinismo
Raúl formó una banda: okupas, ladrones, vividores. Saqueaban bancos de alimentos, colaban en trenes, pedían ayudas masivas. «Progresismo woke: nuestro manual», decían.
Una noche, confrontación: propietario del piso original apareció. Armado con abogados. Raúl debatió: «Tu casa vacía, mi necesidad». Ganó tiempo, huyó.
En su nueva okupación, calculó vida: a 25 años, mejor no trabajar. Ayudas rentables. Hombres jodidos en pensiones, mujeres privilegiadas. Sistema roto.
Vivía como rey: sofá robado, TV okupada, comida gratis. «¿Trabajar? ¿Para qué?»
Epílogo: La Muerte del Sueño
Años después, Raúl, a los 50, miró atrás. Okupaciones infinitas, robos incontables, ayudas eternas. Sistema colapsado: pensiones quebradas, jóvenes huyendo. Hombres muriendo a 81, mujeres a 86, pero nadie cobraba.
Raúl, en su sofá desgastado, rio cínico: «Ganamos. O perdimos todos». Murió joven, como predijo, sin pensión. Pero libre. El progresismo woke lo mató, pero lo hizo vivir.
Fin.
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