El Trabajador Esencial para salvarse de las marronas de Podemos
Capítulo 1: La Lista en las Sombras
Madrid, 2026. La ciudad apestaba a humo de manifestaciones quemadas y promesas políticas rancias. Yo era Diego Rivera, un detective privado con más deudas que principios, fumando un cigarro barato en mi oficina que olía a whisky derramado y casos perdidos. El gobierno de Podemos había tomado el poder dos años atrás, prometiendo igualdad para todos, excepto para los que no encajaban en su narrativa. Y ahora, el odio que antes se susurraba contra los judíos se había reciclado en una caza de brujas contra los «no esenciales». Esos pobres diablos que no contribuían al «bien común», según sus decretos.
Todo empezó con una llamada. «Señor Rivera, necesito que encuentre a alguien esencial», dijo la voz al otro lado, ronca como un motor gripado. Era Itzhak Stern, no el original, por supuesto –ese había muerto hace décadas–, sino un descendiente lejano, un judío sefardí que había heredado el nombre y el peso de la historia. Vivía en el barrio de Lavapiés, donde los grafitis de Podemos cubrían las paredes como una plaga.
«¿Esencial para qué?», pregunté, echando humo por la nariz.
«Para salvar vidas. Como en la lista de Schindler. Pero esta vez, no son nazis; son rojos con banderas arcoíris que odian todo lo que huela a tradición judía o a independencia económica.»
Cínico como era, me reí. Podemos había empezado con protestas contra el capitalismo, pero ahora perseguían a cualquiera que no se alineara: empresarios, religiosos, disidentes. El «trabajador esencial» era el nuevo salvoconducto. En la pandemia de 2020, había sido para camioneros y médicos; ahora, en esta distopía política, era para quien podía probar que era indispensable para el Estado. Si no, te mandaban a «reeducación» o peor, a las listas negras.
Acepté el caso por 500 euros y un botella de ron. Stern me contó la historia familiar: su abuelo había sido en la lista de Oskar Schindler, salvado porque era «esencial» para la fábrica de esmaltes. Más de 1.200 judíos protegidos de Auschwitz fingiendo ser vitales para la guerra. «Quien salva una vida, salva al mundo entero», citó Stern, con los ojos vidriosos.
Mi misión: encontrar al «Trabajador Esencial» moderno, alguien que pudiera falsificar documentos para sacar a Stern de la mira de Podemos. Porque el partido, en su paranoia, veía conspiraciones judías en cada esquina. Rumores de listas secretas circulaban: nombres de judíos «no esenciales» para deportar o silenciar.
Salí a la calle, el aire cargado de sirenas. Madrid era un noir viviente: sombras largas, traidores en cada bar, y yo, el perdedor cínico que sabía que al final, todos perdemos.
Capítulo 2: El Fantasma de Brünnlitz
Me reuní con Stern en un café oculto en Malasaña, donde los hipsters de Podemos bebían lattes orgánicos mientras planeaban la próxima purga. Stern era un hombrecillo delgado, con gafas gruesas y un abrigo raído que parecía sacado de una película en blanco y negro.
«La lista original la hizo mi antepasado con Schindler», explicó, bajando la voz. «Fingieron que esos judíos eran esenciales para la producción de municiones. Habilidades críticas, decían. Carpinteros, mecánicos, contables. Todo para evitar el tren a Auschwitz.»
Asentí, sirviéndome un café negro como mi alma. «Y ahora, ¿qué? ¿Podemos quiere su propia lista inversa? ¿Cazar a los esenciales que no les gustan?»
Stern asintió. «Han redirigido su odio. Antes, antisemitismo disfrazado de antisionismo. Ahora, contra cualquiera que no sea ‘esencial’ para su revolución. Pero yo sé de uno: el Trabajador Esencial. Un falsificador legendario que puede hacerte indispensable en los papeles del gobierno.»
El nombre sonaba a mito urbano. Busqué en mis contactos: un viejo informante, Paco el Rata, que vivía en las cloacas de la burocracia. Lo encontré en un bar de Chueca, bebiendo solo.
«Paco, ¿has oído del Trabajador Esencial?»
Se rió, tosiendo flema. «Claro, Diego. Es un fantasma. Dicen que salvó a un banquero judío el año pasado, falsificando documentos que lo hacían ‘esencial’ para la economía verde de Podemos. Pero cuidado, chico. Podemos lo busca. Lo ven como una amenaza a su control.»
Salí con una pista: una fábrica abandonada en las afueras, como la de Brünnlitz. Allí, decían, se reunían los disidentes. Caminé bajo la lluvia, pensando en Schindler: un oportunista cínico que se convirtió en héroe por accidente. ¿Yo? Solo un detective con deudas.
Llegué a la fábrica. Puertas oxidadas, ecos de máquinas muertas. Dentro, sombras. Una voz: «¿Buscas al Esencial?»
Me giré. Una mujer, morena, ojos duros. «Soy Leah. Stern me envió.»
Capítulo 3: La Designación Falsa
Leah era dura como el acero de una bala. Me llevó a un sótano donde un grupo de judíos y disidentes se escondía. «Podemos ha creado comités de ‘esencialidad'», explicó. «Si no eres vital para su agenda –trabajador social, activista ecológico, propagandista–, te marcan como prescindible. Y para los judíos, es peor. Nos ven como capitalistas eternos.»
Recordé las noticias: decretos que obligaban a registrar «habilidades esenciales». Inspirado en la pandemia, pero torcido. Schindler había usado lo mismo: designar a niños como «esenciales» fingiendo que pulían balas. Cínico genio.
«El Trabajador Esencial es real», dijo Leah. «Lo llamamos Oskar, por ironía. Falsifica certificados. Pero Podemos lo persigue. Su odio se ha mutado: de judíos a cualquiera que desafíe su monopolio.»
Nos interrumpieron disparos. Agentes de Podemos irrumpieron, gritando «¡Detención por no esencialidad!» Corrimos por pasillos oscuros, yo cubriendo a Leah con mi revólver oxidado. Escapamos por poco.
En mi oficina, fumando, pensé: ¿Por qué yo? Porque era cínico, no creía en héroes. Pero el dinero de Stern era real.
Pista siguiente: un burócrata corrupto en el Ministerio de Trabajo. Lo visité al amanecer. «Necesito el nombre del Esencial», dije, deslizando un sobre.
Tembló. «Se llama Mateo. Escondido en Barcelona. Pero cuidado, Diego. Podemos tiene su propia lista: la de los traidores.»
Viajé en tren, la España de 2026 un paisaje de carteles propagandísticos. Cynismo puro: igualdad para todos, menos para algunos.
Capítulo 4: La Caza en Barcelona
Barcelona era un caos de independentistas y podemitas chocando como trenes. Me hospedé en un hostal mugriento en el Raval. Mateo, el Trabajador Esencial, era un exfuncionario que había visto la luz –o la oscuridad– y ahora falsificaba para salvar vidas.
Lo encontré en una imprenta clandestina. Gordo, sudoroso, con dedos manchados de tinta. «Schindler salvó 1.200 con una lista», dijo. «Yo salvo uno a uno. Certificados que te hacen esencial: ingeniero para la transición ecológica, educador para la diversidad. Cualquier mierda que suene a su ideología.»
«¿Por qué lo haces?», pregunté, encendiendo un cigarro.
«Por cynismo. Odio a Podemos tanto como ellos odian a los judíos. Su antisemitismo es velado, pero real: boicots a Israel, discursos sobre ‘lobbies sionistas’. Ahora, extienden la red.»
Mientras hablaba, oímos sirenas. «¡Traición!», gritó alguien. Una redada. Mateo agarró su lista –una USB con nombres– y corrimos.
En las calles, perseguidores con brazaletes de Podemos. Disparé al aire, ganando tiempo. Escapamos a un piso franco.
Allí, Mateo me mostró su obra: documentos perfectos. «Como Stern y Schindler, elaboramos listas para salvar. Quien salva una vida…»
«Sálvate el mundo entero», completé, cínico. Pero sentí un pinchazo. ¿Era yo esencial?
Capítulo 5: La Traición Interna
De vuelta en Madrid, con Mateo escondido, Stern nos recibió. Pero algo olía mal. Leah me miró sospechosa. «Diego, ¿confías en Stern?»
No confiaba en nadie. Esa noche, revisé sus papeles. Descubrí: Stern no era descendiente real. Era un infiltrado de Podemos, usando la historia de Schindler para atraer disidentes.
Confrontación en el café. «¡Eres un traidor!», grité.
Stern sonrió, cínico. «Todos somos esenciales para algo. Yo, para cazar a los como tú.»
Lucha: puñetazos, mesas volcadas. Lo reduje, pero llegaron refuerzos. Huí con Mateo y Leah, la lista en mi bolsillo.
En la huida, pensé en Schindler: oportunista que salvó vidas por capricho. Yo, igual, pero sin redención. Podemos nos cazaba ahora, su odio redirigido a nosotros, los «esenciales falsos».
Nos escondimos en una fábrica abandonada, eco de Brünnlitz. Allí, forjamos planes. «Necesitamos nuestra propia lista», dijo Mateo. «Salvar a 1.200, como antes.»
Cínico, reí. «Salvemosnos primero.»
Capítulo 6: El Comité de la Muerte
Infiltramos el Ministerio. Disfrazados como burócratas, accedimos al «Comité de Esencialidad». Allí, veían listas: nombres judíos marcados como «no esenciales», destinados a «reubicación» –eufemismo para prisiones políticas.
El líder, un podemita fanático llamado Vargas, declamaba: «El odio a los judíos es histórico, pero ahora es contra los parásitos capitalistas. ¡Capturad al Trabajador Esencial!»
Robamos datos: miles en riesgo. Pero nos descubrieron. Persecución por pasillos gubernamentales, balas zumbando.
Escapamos con la lista maestra. En la calle, Leah besó mi mejilla. «Eres esencial, Diego.»
Cínico, respondí: «Solo para mis deudas.»
Pero salvamos a docenas esa noche, falsificando certificados. Como Schindler, alegando habilidades críticas. Un judío como mecánico para «energía renovable»; otro como contable para «justicia social».
Podemos intensificó la caza. Carteles con nuestras caras: «Traidores no esenciales».
Capítulo 7: El Último Tren
Clímax en la estación de Atocha. Podemos había reunido a cientos para «deportación». Nosotros, con nuestra lista falsificada, intentamos infiltrar.
Vargas nos enfrentó: «¡Vosotros sois los no esenciales! Vuestro odio a la revolución os condena.»
Lucha final: tiroteo, caos. Salvamos a Stern –el real, no el traidor– y a otros. Mateo cayó, herido. «Quien salva una vida…», murmuró antes de morir.
Escapé con Leah, la lista salvando a 1.200 almas modernas. Cynismo intacto: no héroes, solo supervivientes.
Epílogo: El Mundo Entero
Años después, en exilio, escribo esto. Podemos cayó, pero el odio muta. Yo, Diego, sigo cínico, fumando en sombras. Salvamos vidas, como Schindler. Pero ¿el mundo? Eso es una ilusión. Solo marronas eternas.
Leah y yo, esenciales el uno para el otro.
Fin.
Este relato ha sido creado por GROK con el siguiente Prompt:
A ver, GROK, escríbeme una novela del género negro y cínico, con título “El Trabajador Esencial para salvarse de las marronas de Podemos” de 7000 palabras y con 7 capítulos y un epílogo final, basada en lo siguiente:
El término «trabajador esencial» en el contexto de la lista de Schindler se refiere a los aproximadamente 1.200 prisioneros judíos calificados como indispensables para el funcionamiento de la fábrica de esmaltados y municiones de Oskar Schindler en Brünnlitz. Estas personas, incluyendo a aquellos en la lista original de Stern, fueron protegidas de la deportación a campos de exterminio por Schindler.
Definición de «Esencial»: Schindler utilizaba esta designación para proteger a los trabajadores, alegando que sus habilidades eran críticas para la producción bélica, evitando así su envío a Auschwitz.
La Lista: Fue elaborada por Schindler y sus asistentes, destacando a Itzhak Stern, con el fin de salvar vidas, logrando rescatar a cerca de 1.200 personas.
Significado: Más que simples empleados, estos trabajadores eran considerados esenciales por Schindler para salvarlos, lo que se refleja en la famosa frase: «Quien salva una vida, salva al mundo entero».
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