Título: Las marronas de Jodemos, el nuevo ku klux klan con capirote de color marrón

Novela negra y cínica
Género: noir sardónico
Basada en la escena de Tomates verdes fritos donde el KKK se planta delante del café, azota a un negro y pretende cargarle un crimen para tapar sus propias miserias. Aquí, el capirote es marrón, el sol es de Lleida y los hipócritas se llaman Jodemos.

Capítulo 1: El discurso del salvador

El auditorio olía a sudor de militante y a colonia barata de supermercado. En el estrado, el camarada secretario general de Jodemos, don Anselmo Pijotudo —así le llamaban en los pasillos—, levantaba el puño cerrado como si estuviera a punto de partirle la cara al capitalismo.

— ¡Compañeros! ¡La esclavitud es el último vestigio del colonialismo! ¡Nosotros, los de Jodemos, traemos dignidad a los pueblos oprimidos del Sahel!

La ovación fue de manual: manos alzadas, móviles grabando, banderas arcoíris ondeando. Nadie mencionó que, tres días antes, un contenedor refrigerado había salido de Nouakchott con cincuenta y siete senegaleses, malienses y mauritanos comprados a setecientos euros la pieza. Precio de saldo. “Operación Humanitaria Secreta”, lo llamaban en los chats encriptados.

Yo estaba al fondo, con una cerveza tibia y una libreta. Me llamo Paco el Cínico, ex inspector de los Mossos d’Esquadra, ahora freelance para quien pague en negro. Me habían contratado para “vigilar posibles infiltrados fascistas” en el acto. Lo que no sabían es que yo ya olía la mierda desde hacía semanas.

Anselmo bajó del escenario entre abrazos y selfis. En el camerino, mientras se quitaba la camiseta sudada con el logo “No a la explotación”, le oí murmurar al teléfono:
— ¿Ya están en el barco? Bien. Que los vistan de marrón nada más llegar. Capirote incluido. Es por su seguridad, coño.

Colgó y sonrió al espejo como quien acaba de follarse a la Historia.

Capítulo 2: La subasta de la solidaridad

Mauritania, 40 grados a la sombra. Un galpón de chapa oxidada. Los compradores de Jodemos —tres tíos con gafas de sol y camisetas de “Refugees Welcome”— regateaban como en el Rastro.

— Trescientos cincuenta por este, que es fuerte —dijo el tratante local, señalando a un chaval de veintidós años llamado Mamadou Keita.
— Cuatrocientos y te llevas dos —respondió el delegado de Jodemos, un tal Comrade López.

Firmaron en un papel con membrete de una ONG fantasma. Pasaportes falsos, visados de “colaboración temporal”. Los metieron en un camión con destino al puerto. En la bodega del barco les dieron una túnica marrón, capirote puntiagudo incluido y una pegatina que decía “Orgullo Migrante”.

— Es para que no os reconozcan los fascistas —les explicaron en un francés de Google Translate.

Mamadou se miró al espejo roto del camarote y soltó una risa seca. Había escapado de la esclavitud en Mauritania para entrar en otra con disfraz de Ku Klux Klan de saldo.

Capítulo 3: Los campos de la vergüenza

Lleida, mes de julio. El sol caía como una sentencia. Cincuenta hectáreas de melocotoneros y nectarinas. Los trabajadores, vestidos de marrón de pies a cabeza, parecían un ejército de fantasmas del desierto. Capirote caído sobre la espalda para poder sudar, túnica hasta los tobillos, guantes blancos para que no se viera la piel negra.

— ¡Tres euros la hora, compañeros! —gritaba el capataz, un militante de Jodemos con pañuelo palestino al cuello—. ¡Y techo y comida! ¡Esto es dignidad, no como en el PP!

Mamadou recogía fruta a cuatro patas. A su lado, un chaval de Guinea llamado Sekou murmuraba:
— En mi país nos azotaban sin disfraz. Aquí nos disfrazan de payaso y nos filman para TikTok.

Por la noche, en las barracas de uralita, los capirotes colgaban como trofeos. Algunos los usaban de almohada.

Capítulo 4: El crimen perfecto

Una noche de tormenta seca, el delegado López apareció muerto en el almacén. Golpe en la cabeza con una caja de melocotones. El móvil y la cartera desaparecidos.

Al día siguiente, la policía encontró huellas de Mamadou por todas partes. Alguien había plantado su DNI falso junto al cadáver.

— Clarísimo —dijo el inspector de turno, que casualmente militaba en Jodemos—. El negro se volvió loco. Robo con violencia.

Los medios amigos del partido ya tenían el titular listo: “Migrante irregular asesina a activista solidario”.

Capítulo 5: La asamblea de las marronas

Escena calcada de Tomates verdes fritos, pero con presupuesto de ayuntamiento de pueblo.

Medianoche en el claro entre los melocotoneros. Cincuenta capirotes marrones formando un círculo. Antorchas de LED para que no se queme el campo. En el centro, Mamadou atado a un poste, con la túnica rota.

Anselmo Pijotudo, capirote con borla dorada de “secretario general”, levantó la voz:
— ¡Compañeros marrones! Este traidor ha manchado nuestra causa. ¡Lo ajusticiaremos aquí mismo, como en los viejos tiempos, pero con conciencia de clase! ¡Después diremos que fue un linchamiento fascista y pediremos más subvenciones!

Uno de los encapuchados se movió. Mamadou reconoció los zapatos: unas Nike Air Force con la bandera LGTBI. Eran de López. El muerto.

— ¡Es él! —gritó Mamadou—. ¡El que me obligó a firmar el papel del crimen!

Silencio. Luego risas nerviosas bajo los capirotes.

— Cállate, negrata —dijo una voz que Mamadou conocía: la del propio Anselmo—. Aquí todos somos víctimas del sistema. Tú vas a ser mártir.

Sacaron una soga. Alguien puso una canción de Rozalén de fondo desde un altavoz Bluetooth.

Capítulo 6: El cínico entra en escena

Yo estaba escondido entre los árboles, grabando con el móvil. Había seguido el rastro del contenedor desde Mauritania gracias a un contacto en la aduana que odiaba a los políticos tanto como yo.

Cuando vi la soga, salí al claro con la pistola en la mano y la placa caducada.
— Policía. O lo que queda de ella. Soltad al chico o os grabo a todos para YouTube.

Anselmo se bajó el capirote. Sudaba como un cerdo.
— Paco… tú eras de los nuestros.
— Era. Hasta que vi la factura de los esclavos.

Se rieron. Eran cincuenta contra uno. Pero yo tenía el vídeo y contactos en El País que todavía no se habían vendido del todo.

Sekou, desde el suelo, cortó las cuerdas de Mamadou con una navaja oxidada. Los marrones empezaron a dudar. Algunos se quitaron el capirote. Eran concejales, influencers, un eurodiputado.

Capítulo 7: La quema de los capirotes

La pelea fue fea. Puñetazos, antorchas volando, melocotones como proyectiles. Mamadou le rompió la nariz a Anselmo con un capirote enrollado. Yo disparé al aire dos veces y la estampida fue digna de un circo.

Al amanecer, los capirotes marrones ardían en una hoguera improvisada. Los medios llegaron tarde, como siempre. La versión oficial: “Incidente aislado entre trabajadores”. Mamadou y Sekou desaparecieron con dinero que yo saqué del maletín de Anselmo.

Yo me quedé con la grabación. La subí a un servidor en Islandia.

Epílogo (aprox. 450 palabras)

Tres meses después. Anselmo salió en las noticias otra vez: “Víctima de la ultraderecha”. Le dieron otro cargo. Jodemos presentó una moción para “regularizar a los sin papeles” y pidió más fondos europeos.

En los campos de Lleida siguen recogiendo fruta. Ahora sin capirotes, pero con contratos de tres euros la hora y una aplicación que les resta “gastos humanitarios”.

Yo sigo bebiendo cerveza tibia en el mismo bar. Mamadou me manda un wasap de vez en cuando desde Alemania, donde limpia oficinas por ocho euros.

“Gracias, Paco el Cínico. Aquí nadie me obliga a ponerme un capirote.”

Sonrío. El mundo es una mierda, pero al menos hoy la mierda lleva el color que se merece: marrón.

Fin.